Paper El “Big-cuent” del Bitcoin (¿de “burbu-giles” a “gili-coins”?) Introducción y cuenta la historia…



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Yo pecador me confieso a Internet todopoderoso, a la bienaventurada siempre Google, al bienaventurado Facebook, al bienaventurado YouTube, a los Santos Apóstoles Twitter y My Space, a todos los Santos (Linkedin, Digg, StumbleUpon, Viadeo, Orkut, Fark, Yahoo!Buzz, Reddit, Technorati, YahooMyWeb, del.icio.us, GoogleBookmarks, Tuenti, Menéame… o de pronto, porqué no… la colifata o me la suda), y a vosotros, hermanos en laRed, que pequé gravemente con el pensamiento (no me interesan la redes sociales), palabra (no tengo teléfono móvil, ni smartphone, ni iPhone, ni iPad) y obra (no tengo blog, no envío SMS, ni participo en ningún chat, ni cuelgo en la red mi vida cotidiana), y para peor… tengo un vocabulario de más de 200 palabras (lo que es más grave, aún). Por mi culpa, por mi culpa, por mi gravísima culpa...


La teoría de la estupidez ilimitada (lo importante es estar conectados)
Hay que “estar a la última”. No importa qué es, ni para qué sirve, ni cuánto cuesta… tenemos que tenerlo antes que los “coleguis”. Aunque ese privilegio sea de 24 horas.
Cuando veo en el telediario (también en los canales económicos, que “arrean la manada” de los inversores) a los jóvenes haciendo cola toda la noche (y a veces, más de un día), a las puertas de los locales autorizados, para adquirir el último “gadget” de Apple, me invade una profunda melancolía, frustración y zozobra. Cuando miro a los primeros “triunfadores” salir exhibiendo su premio (y fotografiarse, como gladiadores “essedarius”), solo puedo sentir piedad, compasión y misericordia.
El próximo “gadget”: ese oscuro (e inútil) objeto de deseo

El cosquilleo en el estómago es innegable: una presentación de cualquier marca en el mundo de la tecnología, alimentada convenientemente durante semanas con una calibrada dosis de rumores, acaba con los nervios de cualquier. ¡Suenan las trompas! llega el nuevo iPhone lo que sea, Galaxy cual sea o último grito en los relojes inteligentes.

El marketing hace el resto. Donde un ojo inmune a los fuegos de artificio vería un trozo de plástico azul con lucecitas, como por arte de magia, nuestra retina contaminada por filtraciones, “tuits” y demás munición pesada, ve el “gadget” que siempre hemos deseado. Aquel artefacto se convierte de repente en un objetivo prioritario y examinamos a conciencia nuestra cuenta corriente para iniciar el abordaje. Ya ni siquiera hay que moverse de casa: un clic y listo. El cotizado tesoro llegará al domicilio en un par de días.

Y por fin toca la puerta el sofocado mensajero con la caja. Firmamos con las manos temblorosas. Estamos en el punto más alto de la emoción de un proceso que hace tiempo se nos ha ido de las manos. Yonquis de las compras al borde del síndrome de abstinencia,  abrimos el paquete y ahí está: el súper “gadget” que nos ha costado un riñón y que volamos a ponerlo a cargar, un trámite agónico que los compradores de dispositivos tecnológicos conocen bien.

El embrujo dura días, los que tardamos en conocer todas y cada una de las virguerías que ofrece el “aparatejo”. Es la fase del intenso romance, en la que enseñamos las múltiples funciones del equipo a nuestros amigos, “y además mira lo que hace”.

Pero el embobamiento dura poco. El desamor empieza sutilmente: un día nos lo dejamos en casa, y a los pocos días se nos olvida cargarlo. Es el duro peaje que paga de forma habitual el comprador compulsivo. Aquella maravilla de la tecnología se convierte de la noche a la mañana en un “trasto” azul con lucecitas, que acumula polvo.

Llegan los remordimientos. Lo que hubiera podido hacer uno con ese dinero... ¿Qué ha sucedido? Descubrimos que somos un eslabón más de una maquinaria diabólica en la que las marcas emplean retorcidas tácticas para entrar hasta la cocina de nuestra psique. Poco les importa desplumarnos y que el producto estrella sea sólo un voluminoso cargo en nuestra tarjeta de crédito.

En realidad, este hecho tan tristemente habitual revela una realidad: compramos muchos aparatos que casi nunca utilizamos, y no son baratos precisamente. Un experimento le ha dado la vuelta al asunto de una forma tan grotesca que plantea de una forma ridícula nuestra propensión a arruinarnos con trastos que nunca hemos necesitado: se trata de una red de tostadoras bautizada como Addicted Products. El proyecto ha sido liderado por Simone Rebaudengo y consiste en conectar una serie de tostadoras entre sí (ya se sabe, (ya se sabe, el manido internet de las cosas) confiriéndoles personalidad.

Una vez establecida la red, la tostadora registra las veces que se ha utilizado y si ve que no se le hace caso pide un cambio de domicilio. Un enfado fingido pero que ha despertado la conciencia de los participantes del ensayo que se han enfrentado a la pregunta clave: “¿realmente necesitaba esta tostadora?”.

Lo curioso del asunto es que al dotar de “vida” al electrodoméstico, algunas de las familias comenzaron a organizar actos para dar uso a su protestona tostadora, llegando incluso a celebrar fiestas. Algunos otros acabaron hartos con el experimento, pero todos ellos fueron conscientes, aunque fuera por un momento, de que ahí tenían algo por lo que habían pagado acumulando polvo.

El experimento de la tostadora ha dejado en evidencia una realidad que todos conocemos, aunque en muchas ocasiones no queramos verla: buena parte de los elementos que compramos no los necesitamos, ni mucho ni poco, nada. ¿Cómo es posible que desembolsemos semejante dineral en un dispositivo que no usaremos jamás?

La psicología tiene la respuesta: el marketing pasa por encima de nuestro poder de decisión y llega lacerante a las emociones. Así se explican luego las colas por comprar el último iPhone o las guerras entre plataformas. Psychology Today explica que las marcas manipulan nuestras emociones para impregnar de connotaciones positivas sus productos, y así se comprende que la compra del último grito de smartphone proporcione a su propietario un subidón pasajero que compensa un cierto estado de zozobra en un momento dado.

Explica además que a diferencia de otros ámbitos de la vida, el consumidor si es convenientemente “cocinado”, pasa a la acción, o lo que es lo mismo, no duda en desenfundar la tarjeta de crédito sin tener en cuenta de forma clara las consecuencias. 

Y luego llega Paco con las rebajas, no sólo con el cargo de la VISA, sino también con un fenómeno conocido como “remordimiento de compra”, en el que el consumidor es consciente de la barbaridad que ha cometido y se le viene el mundo encima. Pero para este descosido las marcas también tienen remiendo en forma de técnicas como el empleo de cupones descuento para futuras compras o la posibilidad de devolver el producto sin preguntas. Todo sea porque la maquinaria siga en funcionamiento... 



Y así, poquito a poco, llegamos a Bitcoin (una moneda “imaginaria”)
Para los adictos de la red, para los nomofóbicos, para los amantes de las Apps, para los habitantes de la “irrealidad” virtual, ¿qué mejor que una moneda “virtual”, algo que se puede crear, adquirir, trasladar, emplear… ¿y perder? por medios electrónicos.
Como los antiguos “alquimistas”, transformar los “bits” en “coins”, producir la piedra filosofal y el elixir de la vida…
Si el mundo de estos “enredados” sociales, se limita a las Apps, Whatsapps, Facebook, Twitter o, como muy lejos… YouTube, lo más “tentador”, puede ser jugar con “monederos virtuales”. Tiene lógica dentro de su absurdo. Además no tienen que pasarse una noche, o más, esperando que se lancen al mercado. Están disponibles en Internet. Son todas para ellos (luz, color y fantasía).
Gracias a Nakamoto, pueden tener su “tamagotchi” (mascota virtual) exclusivo, al que alimentar, cuidar, entretener y hasta… ¿beneficiar?
Una economía gallinácea. La dictadura del instante. La barbarie de lo último, lleva a que todo lo que se crea o produce sea perecedero y efímero. Sin voluntad de permanecer en el tiempo y con la mirada puesta en la nadería más absoluta.
Lo relevante es que la economía (así también la política) se desliza de forma irremediable al territorio de lo inmediato. Al espacio de lo obvio y de lo trillado. Puros movimientos tácticos útiles para salir del embrollo.
Pero que siguen siendo incapaces de elaborar una estrategia a largo plazo. Una economía (así también la política) que “procura” (no encuentro un verbo más indulgente) mantener a la sociedad en la inmadurez y adolescencia eterna. Y por supuesto, lucrar con ello. Poder y dinero, de eso se trata.
Así como Wall Street es el máximo ejemplo del falso capitalismo, Facebook, Twitter, los Apps, WahtsApp, los “gadgets”, son el máximo ejemplo de las malas tecnologías.
Entonces, para adquirir falsas tecnologías, nada mejor que utilizar fingidas monedas.
En definitiva, el bitcoin es una moneda tonta, para que gente tonta, compre cosas tontas.
En un Paper anterior- Desnudos en la Red… Del Planeta Web, a agarrados por los Web…¿El muro de Internet? Gobiernos, operadores y empresas ponen en peligro la “neutralidad” de la red de redes - Bienvenidos a Zombieland (La era de la explotación digital. Los “streappers” caseros: siervos voluntarios de la comunicación irrelevante y la amistad caníbal), publicado el 15/3/11, decía lo siguiente:

En este maremágnum de Internet, podría abordar los temas de la publicidad (directa o indirecta), o los comerciales (ventas), o el ciberdelito, o la pornografía, o el juego online, o los timos varios… (la lista de asuntos podría ser más amplia, la de afectados también).

Por poner un ejemplo, los ciberdelitos mueven ya más dinero que el narcotráfico, según ha advertido el director general de Norton Symantec para España y Portugal, Salvador Tapia, quien ha señalado el crimen informático más habitual es “el virus que infecta el ordenador”. El ciberdelito mueve más dinero que el narcotráfico “a nivel mundial” (Expansión - 17/9/10)

No obstante, Tapia ha señalado que en los últimos años los delitos informáticos que más han crecido son los económicos, que actualmente representan un 14 por ciento del total, y el acoso sexual, que está registrando un “alto crecimiento”.

La dificultad para controlar este tipo de delitos estriba en la dificultad de localizar al delincuente. “Lo hace una persona que aloja el servidor en otro país y que además puede acceder a millones de puntos en un solo segundo”, explica Tapia.

A esto hay que añadir que, según explica el jefe del grupo de delitos telemáticos de la Guardia Civil, Juan Salom, “hay mucho índice de delito oculto” debido a que, con frecuencia, cuando una persona es víctima de este tipo de crímenes, no denuncia y simplemente lo asume como un “engaño”.

El perfil del ciberdelincuente es “un varón que no suele salir mucho de casa, no tiene muchos estudios, pero tiene una gran imaginación y una gran creatividad”. Además, tiene un objetivo único que es “hacerse rico en muy corto plazo”.

Entre los consejos para evitar estos ciberdelitos, “tener una seguridad instalada en el ordenador y en cualquiera de los dispositivos que acceden a Internet”, cerrar las “pop-ups” (ventanas que de repente se abren en la web) y aplicar el “sentido común”.

Otro tema de especial interés y amplia difusión podría ser el de las “redes sociales” y todo lo que representan (el elixir de los narcisos). A modo de ejemplo (para la reflexión) me permito citar algunos párrafos de interés (Libertad Digital - 17/9/10):

El narcisismo, entendido como amor propio, es un elemento saludable de la personalidad, pero más allá de ciertos límites se considera un trastorno psicológico: “Una patología mental en la que se tiene una idea exagerada de la importancia de uno mismo y una profunda necesidad de ser admirado, además de una escasa consideración por los sentimientos de los demás”, según la definición de la Clínica Mayo.

En su libro The Narcissism Epidemic, Twenge y Campbell exponen los resultados de varios estudios sobre la incidencia de este trastorno en la población estadounidense. Según el más numeroso, en el que participaron 35.000 personas, la proporción de quienes presentan síntomas de narcisismo es tres veces mayor entre los veinteañeros que entre los mayores de 65 años. Otro, llevado a cabo en 85 universidades entre 1979 y 2006, reveló en este tiempo un incremento del 30% en el número de personas con dichos síntomas.

Ésos son los números que han encontrado Twenge y Campbell, pero como ellos mismos dicen, “tampoco hay que buscar muy lejos. El narcisismo está por todas partes”: ropa para bebés con la inscripción “soy especial”, competiciones deportivas escolares donde se otorgan trofeos simplemente por participar para que todos se sientan “ganadores” y adultos que publican cada detalle de su vida en Facebook, son algunos de los casos más frecuentes.

Hay académicos que discrepan de sus conclusiones, pero no faltan ejemplos en la vida diaria: “Mi favorito es éste: ya se pueden alquilar paparazzi falsos que te siguen cuando sales de noche, para aparentar que eres famoso”, afirma Twenge. “Eso era impensable hace apenas cinco años. Hay más narcisistas que nunca, y quienes no lo son se dejan seducir también por el culto al aspecto físico, la idolatría hacia los famosos y la búsqueda de notoriedad”.

Si esta epidemia es real, entonces ¿a qué se debe? Campbell y Twenge identifican cuatro causas: los padres, que hinchan el ego de sus hijos con elogios excesivos; los medios de comunicación, que presentan como normales conductas narcisistas patológicas; internet, que hace posible un exhibicionismo sin precedentes; y por último, la burbuja crediticia.

“El boom de crédito fácil, que comenzó en los 90 y terminó de manera espectacular en 2007-08, permitió a la gente aparentar que estaban mejor de lo que realmente estaban”, se lee en The Narcissism Epidemic. “La inflación del crédito lleva a la inflación de la imagen de uno mismo y alimenta el sentimiento de que se tiene derecho a todo, porque se consigue lo que uno quiere sin pagar”.

“Lamentablemente, comprar bienes lujosos a crédito para creerse importante es como fumar crack para subirse el ánimo: una solución rápida y barata, pero que sólo funciona al principio. A largo plazo te deja deprimido y sin un duro”.

La epidemia de narcisismo en EEUU coincide en el tiempo con dicha expansión del crédito. Para explicar la conexión entre ambos fenómenos Twenge y Campbell acuden al padre de la psicología moderna: “Freud describió la psique como una batalla entre los deseos infantiles (el principio del placer) y las exigencias del mundo adulto (el principio de realidad). Los primeros son importantes, pero para funcionar en sociedad hay que compensarlos con los dictados de la realidad”. El narcisista, sin embargo, aspira a saltarse el principio de realidad, ya que pone límites a sus aspiraciones grandiosas.

Volvamos al libro de Twenge y Campbell, que se limita a la psicología: “El crédito fácil es como un hada madrina, que te concede todos tus deseos, pero sólo hasta que llega el plazo para pagar. Y cuando llega, como en el 2007, la carroza se convierte de nuevo en una calabaza. No decimos que la gente no deba tener sueños a los que aspirar. Pero hoy la distancia entre la fantasía y la realidad se ha eliminado, al menos de forma temporal, al permitir que esos sueños se materialicen sin ningún esfuerzo, gracias al elixir mágico del crédito fácil”.

En Facebook, Twitter y similares hay un exhibicionismo en muchos casos desmedido. Muchas personas han encontrado en estos servicios un modo de jugar a ser famosos. Ellos mismos se convierten en las “estrellas” de su propia “revista del corazón”, su propio perfil en la red social, en la que cuentan al resto de la humanidad dónde están, que hicieron la noche anterior o lo que piensan sobre un asunto en concreto. Su forma de actuar es libre, por lo que nadie debe protegerles de su propia indiscreción.

Pero, sin restar importancia a ninguno de los temas anteriores, deseo centrarme en la “pérdida de la intimidad”, en la “pérdida de libertad”, en definitiva, en la “pérdida de la seguridad” que representa la acción de gobiernos, operadores y empresas, al poner en peligro la “neutralidad” de la red de redes…



De los “memes” de Facebook a los “memos” de Bitcoin (todos en la “nube” de pedo)

Un estudio analiza 460 millones de memes en Facebook entre abril de 2009 y octubre de 2011, para conocer cómo se reproducen y como mutan por el camino. La conclusión es que los mensajes virales evolucionan de la misma manera en la que lo hacen las entidades biológicas”... Los memes de Facebook evolucionan como los seres vivos (Voxpópuli - 12/3/14)




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