Papel de la psicologia en el marco del conflicto armado


Sandra Liliana Londoño Calero PhD



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Sandra Liliana Londoño Calero PhD

Resumen

El conflicto en Colombia tiene una historia de larga duración, tan extensa que casi consideramos haber vivido siempre en él. Las cifras del conflicto muestran población afectada en todas las direcciones, resulta en particular preocupante la violencia contra niños, niñas y jóvenes, la violencia contra la mujer y la agresión a población indígena y afrodescendiente. Frente a ello, el profesional en Ciencias Sociales tiene grandes desafíos, entre ellos romper las fronteras de su práctica tradicional, abordar el conocimiento de su realidad y rescatar el valor y el poder de las poblaciones para agenciar su cambio. La formación de profesionales que enfrentarán en el inmediato futuro este ingente desafío, deben ser educados a la altura del desafío, con nuevas prácticas, mayor contacto con la realidad y mayor pertinencia y espíritu crítico en los contenidos. Este es el recorrido de este documento de cuatro escenas, que deja la última al lector para que se convierta en vida.

Palabras claves:

Conflicto social, ciencias sociales, violencia en Colombia, enseñanza de las ciencias sociales en Colombia.


Introducción

En la siguiente presentación haré un recuento de algunos hechos de violencia social que son el día a día en Colombia y que precisan y describen el contexto de los desafíos más ingentes que enfrentamos como científicos sociales. No son cifras exhaustivas ni agotan los análisis posibles, se presentan a modo de sensibilización y movilización del pensamiento para generar ideas de intervención. Posteriormente presentaré algunas claves de trabajo surgidas de la experiencia y una reflexión sobre las necesidades de intervención con este tipo de poblaciones que se presenta como enumeración, lista abierta para seguir construyendo temas y oportunidades de trabajo. Finalmente señalaré los aspectos que considero fundamentales para el aprendizaje de profesionales que sean capaces de estar a la altura de estas demandas y propuestas de la realidad, con la intención también abierta de seguir recuperando opciones y estrategias de las experiencias de otros profesionales.

E
Primera escena: Algunas cifras del conflicto
s una reflexión en construcción abierta al aporte de nuevas propuestas y caminos para el análisis planteado por escenas. La metáfora de las escenas ayuda a ubicar momentos, una suerte de fotografías que requieren movimientos intermedios que completa quien lee y que ayuda a visualizar una trayectoria completa, la trayectoria que debe construir un científico social en formación.

El conflicto armado en Colombia lleva 43 años en su último periodo. Esta ubicación reconoce el nacimiento de las FARC-EP y del ELN, como un momento clave en la historia del conflicto en el año 1964. Un conflicto de tan larga duración que ha sido catalogado como uno de los más antiguos del planeta. Para los colombianos, la violencia siempre ha existido, no ha habido nunca propiamente tiempos de paz, de tal suerte que todas las violencias de todos los tiempos parecen ser una y la misma. Pécaut (2001) al respecto señala: “La memoria de la violencia sigue siendo, en efecto, singularmente fuerte. Una memoria compleja, como lo ha sido La Violencia misma (…) Esta memoria no es extraña en la reiniciación de la violencia a fines de los años setenta. Ella ha forzado el imaginario social que incita a pensar que las relaciones sociales y políticas son regidas constantemente por la violencia, y que esta puede invadir de nuevo toda la escena” (p. 110).

¿Qué tipo de sociedad somos habiendo crecido y creído que la violencia nos constituye y es parte de nuestra realidad? El colombiano naturaliza su escena, se comporta y transita por su vida lidiando con la existencia de la violencia y sólo en breves instantes se libra de lo que llamaría Martín-Baró el fatalismo. Blanco& Díaz (2007) señalan al respecto: “ (…)Consuelo, por su parte, es el vivo ejemplo de reactancia: confronta esa honda actitud de pasividad conformista y resignada ante lo que la vida tenga a bien depararle e intenta abrirse camino hacia la rebeldía (fatalismo reflexivo le podríamos llamar con la ayuda de Beck) para salir de la “ruta marcada por las generaciones pasadas””. Quizás así vivimos los colombianos, en medio de la incertidumbre, la inseguridad, la resignación, la conformidad, la apatía, diversas formas, que nos recuerdan Blanco & Díaz (2007), son el amparo contra la posibilidad de desaparecer que siempre trae consigo la violencia.

Los efectos devastadores de 43 años de confrontaciones sobre variedad de poblaciones ha intentado calcularse, especialmente en las últimas décadas con la ayuda de entidades del Estado o no gubernamentales, regionales, nacionales, e internacionales como, Human Right Watch, UNICEF, Consultoría para los derechos humanos y el desplazamiento (CODHES), Cruz Roja Internacional, Agencia de la ONU para los refugiados (ACNUR), Amnistía Internacional, Fundación País Libre, entre muchas otras. Estas organizaciones cuentan con observatorios de violencia, redactan informes, realizan denuncias, atienden y disminuyen los impactos del conflicto sobre todos los actores, tomando como base cifras que colectan con rigor y constancia para producir estadísticas y análisis de gran valor en la comprensión del fenómeno. Estas cantidades profusamente almacenadas y analizadas han ayudado a visualizar la situación por poblaciones, por regiones, por tipo de lesiones, por actores y en líneas de tiempo.

La brecha entre los datos recopilados por una organización y por otra que atienden fenómenos similares y la gran cantidad de personas que nunca llegan a las estadísticas de estas entidades es un asunto que estas mismas instituciones analizan y recogen en sus informes. En el caso de los problemas para llevar estadísticas sobre víctimas, por solo mencionar un aspecto de la problemática, se destaca que normalmente existe en el afectado miedo a identificarse por el peligro que corre su vida, la desconfianza en los intereses que defienden algunas organizaciones que ofrecen ayuda, la desinformación o dificultad del desplazado o vulnerado para acceder a los lugares donde se brinda apoyo específico, el carácter y recursos de algunas de las víctimas que les permite soluciones individuales o de apoyo familiar y como un aspecto muy particular, la distorsión de los registros y datos a favor de intereses de quienes los presentan.

Esta situación de las víctimas, es claramente retratada cuando Mauricio Gaborit (2006) recoge de Martín-Baró, la dura experiencia de las víctimas del conflicto armado de El Salvador: “Para muchos, la mentira se volvía la forma más expedita para poder sobrevivir y, aunque, en una primera instancia, la mentira era rechazada, pronto se incorporaba en el lenguaje cotidiano, que daba cuenta de la vida personal y colectiva. (p. 11 ) Gaborit (2006) señala que esta aceptación de la mentira impuesta, trae a su vez a las personas una identidad impuesta y genera que se interiorice la violencia que está en la base de esta mentira. La lógica de la supervivencia se impone a las convicciones, rompiendo, dice Gaborit, “la unión lógica que debe existir entre vivencia subjetiva y realidad social”.

A modo de ejemplo de lo anterior, es posible citar a La Alta Comisionada para la Paz, Mary Robinson (2007) cuando, asevera en su informe sobre la situación de derechos humanos en Colombia durante 2006 que aún tenemos como país, un subregistro de casos de desplazamiento, que hay dificultades para cuantificar la cantidad de paramilitares desmovilizados dado que vuelven a reclutarse o son reclutados por la fuerza en nuevos grupos, o cuando señala casos de ajusticiamiento de personas que calificadas de subversivas son en realidad población civil. Esto desde luego sólo alude a unas cuantas posibilidades de distorsiones en los datos, pero deja ver que el fenómeno del conflicto armado en nuestro país, en todas y cada una de sus facetas sigue siendo esquivo, subestimado en algunas ocasiones, sobre estimado en otras, pero sobre todo complejo, incierto y descontrolado. En los 90 se consideró sobre analizado, la aparición y proliferación de violentólogos y analistas sociales y políticos, desgastó perspectivas teóricas y especulaciones académicas hasta los límites, pero pese a ello el fenómeno siguió siendo confuso, irregular, heterogéneo, multiforme, incomprendido y sin solución contundente. Los efectos psicológicos, políticos, económicos, culturales y de toda índole se presagiaban intensos, irremediables, inexorables, duraderos por muchas generaciones superando con creces la voluntad de las generaciones presentes por encontrar soluciones definitivas.

Pese a las dificultades que siempre habrá en las cifras por diferentes razones, algunas de las cuales ya he señalado, voy a permitirme presentar algunos datos recolectados de diferentes informes, artículos y documentos, producidos por periodistas, ONG´s y organizaciones del Estado que se encargan de la denuncia, del seguimiento y del diseño de programas para atender y disminuir la diversidad de efectos de todo orden que trae consigo este conflicto. La recolección de información que he hecho, si bien no es exhaustiva, ni sistemática, ni tiene pretensión de ser un estado del arte, busca sensibilizar sobre el enorme reto que se presenta a los profesionales colombianos a la hora de pensar qué tipo de disciplina debemos proponer para enfrentar con pertinencia los retos y desafíos que se imponen desde la realidad del conflicto armado que vivimos.

En el panorama nefasto de nuestro conflicto interno, los niños, niñas y adolescentes, han sido una de las poblaciones más vulneradas, y al afirmar esto, no me refiero sólo a la cantidad que ha sido afectada, o a la diversidad de formas en que ha sido vulnerada, sino a las graves consecuencias y efectos que puede tener para un ser humano, el vivir, tan temprano en su existencia realidades tan severas y degradantes.

Según La Coalición Contra la Vinculación de niños, niñas y jóvenes al Conflicto Armado en Colombia, CEJIL (2007), No hay una cifra que se pueda considerar confiable de los niños y niñas vinculados como combatientes en grupos armados, pero se afirma que datos conservadores sobre el fenómeno podría cuantificarlos entre 8.000 y 13.000. CEJIL tomando como fuente a Human Right Watch, además añade que al menos uno de cada cuatro com­batientes en el conflicto es menor de 18 años.

CEJIL (2007) Tomando como fuente a UNICEF Y a Human Right Watch (2006) reconoce que un poco menos de la mitad de la población que ha sido desplazada en Colombia durante los últimos seis años son niñas y niños, 1 millón cien de ellos y ellas aproximadamente, en una población aproximada de 3 millones de personas desplazadas calculadas para 2006. En otro aspecto del conflicto, Según datos del sistema de Información del Observatorio de Minas Antipersonales del Programa Presidencial de Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario, hablando de cifras entre 1990 y 2006, se afirma que 5.619 colombianos y colombianas han sido víctimas de las minas antipersona y entre ellos 567 son menores de edad (442 niños y 125 niñas).

CEJIL (2007), para hablar de la diversidad de maneras en que esta población tan sensible es afectada, denuncia que en los dos últimos años se ha visto un incremento en las ejecuciones extrajudiciales de niños y niñas por parte de miembros de la fuerza pública, quien, en algunos casos, ha presentado sus cadáveres antes las autoridades judiciales y los medios de comunicación como insurgentes muertos en combate. Estos casos hacen parte de situaciones donde estos niños y niñas son obligados a confesar, a delatar o a denunciar a través de tortura convirtiéndose de esta manera en blanco y objetivo militar para los diferentes actores del conflicto.

Otra población profundamente vulnerada en este conflicto, son las mujeres. CEJIL, citando a Amnistía Internacional, en su informe “Cuerpos marcados, crímenes silenciados” 2004 advierte que en 40 años de conflicto colombiano, todos los grupos armados, legal o ilegalmente constituidos han abusado y explotado sexualmente a mujeres civiles, a mujeres combatientes de todas las edades, aún siendo niñas. Esta situación de las niñas y de las mujeres en el conflicto es muy angustiosa porque las denuncias son más invisibles o algunas veces no se producen. Las connotaciones sexuales advierten daños profundos psicológicos y físicos y en última instancia se está hablando de que el cuerpo femenino se convierte en un arma y un territorio de guerra hasta donde se extiende el conflicto con toda su fuerza y degradación, en todo el sentido de la frase. El cuerpo femenino se desdibuja con un prójimo, casi deja de ser humano, para convertirse en objeto con el que se amenaza al contrario, en territorio donde se traslada la disputa, sin importar quien lo habita y cuánto sufre.

Campesinos, indígenas, afrodescendientes han sido igualmente profundamente vulnerados, torturados, asesinados, desplazados. Su situación es particularmente significativa puesto que además del desastre social que se produce por la destrucción de formas culturales, su pérdida de autonomía y control social interno, lesiones morales por asesinato de sus autoridades tradicionales y líderes comunitarios, se ocasionan tragedias ecológicas y graves problemas económicos, desabastecimiento alimentario, violaciones de derechos humanos, delincuencia por expansión de cultivos ilícitos y tráfico de drogas, siembra de minas antipersonales, conflictos inter étnicos, debilitamiento de sus formas de subsistencia. Para la región sur occidente, especialmente para Valle y Cauca con una presencia importante de población afro e indígena, este es un problema grave y prioritario. La lucha de población campesina, afro e indígena, su resistencia a involucrarse con el conflicto y su solidez cultural y social son un ejemplo, con muchos costos del valor del colombiano y de la colombiana con su innegable capacidad de resiliencia.

El valor de las poblaciones en Colombia que viven en situación de violencia se hace tanto más significativo si se entiende, como dice Pécaut que “el recurso del terror está acompañado de la puesta en escena del horror, para impedir todo intento de resistencia por parte de la población” (p.212) un horror que perdura por su virulencia y su ánimo destructor de la esperanza. Refrendando lo anterior y para citar sólo el caso de agentes de la fuerza pública como uno de los actores que ejercen la fuerza contra estas poblaciones, cita el informe de la Alta Comisionada ya mencionado en este texto, que La Defensoría del Pueblo registró un incremento de quejas de violaciones de derechos humanos atribuidas a miembros de la fuerza pública, particularmente del ejército y de la policía en 2006 contra estas poblaciones. Esta situación, afectó en especial a miembros de comunidades indígenas y afrocolombianas, líderes sociales, defensores de derechos humanos, campesinos, mujeres, niños y niñas, sindicalistas, periodistas, y personas desplazadas según datos del informe. Persisten también, según el documento, altos índices de impunidad frente a estos hechos, en especial cuando las acciones son perpetradas por la fuerza militar, lo que agrava, indigna y profundiza el dolor y la impotencia de las víctimas. Con lo anterior, no se excluyen acciones perpetradas por guerrilleros o paramilitares, sólo centra o enfoca un aspecto del problema.

Según el informe de la Alta Comisionada para la Paz, la Alta Consejería Presidencial para la Acción Social reconoce una cifra total de desplazados entre 1985 y 2005 de 3 millones de personas; cifras del 2007 de diferentes entidades ya hablan de 4 millones y con los acontecimientos que no dejan de cobrar víctimas a diario, podríamos haber aumentado esta cifra para 2008. Al respecto dice Pécaut “(…) el desplazamiento no es, una simple coyuntura sino que es vivido como una condición social casi permanente” (pág. 262). Su situación se agrava porque el desplazado no puede reclamar sus derechos dada la desorganización, las presiones a sus vidas que no les deja actuar colectivamente. Dice Pécaut, el desplazado se vuelve frencuentemente “sospechosos”(….) y añade “ aunque no son apátridas, los desplazados colombianos viven la experiencia de la triple pérdida descrita por Arendt: pérdida de la inserción social, del significado de la experiencia y de los derechos” (p. 262)

El documento de la Alta Comisionada señala que se recibieron en programas de atención humanitaria al desmovilizado entre 2002 y 2006, 3295 desmovilizados individuales de AUC y 6340 de la guerrilla, desmovilizaciones colectivas de autodefensas 30944. Estos grupos representan un enorme desafío, pues ante el fracaso o poca efectividad de los programas gubernamentales, existe el riesgo y la evidencia, probada en países como el Salvador y Nicaragua y en nuestro país, de que estas personas, especialmente las que pertenecían a las bases de estos grupos, pronto se rearman o se vinculan a organizaciones de delincuencia común que deterioran aún más su relación con la sociedad hacia el futuro. Sobre este proceso de desmovilización hay grandes expectativas y profundos escepticismos, pues la esperanza de verdad y reparación, tiene cerca de 50000 personas en vilo y un país dividido en opiniones y críticas.

A partir de 1996 y hasta el 2006, Según la Fundación País Libre (2007), en Colombia se han secuestrado más de 21000 personas y más de 3000 pueden seguir cautivas. Aristizabal (2000), dice “El 80% de los secuestros mundiales se efectúan en Latinoamérica y de esa cifra más de la mitad en Colombia” (p .32).

Los Reportes consignados por Medios Para La Paz de diferentes fuentes (s.f) presenta refiriéndose a cifras del conflicto en Colombia que desde el año 1993 hasta 2006 los paramilitares realizaron, según el observatorio Presidencial de los derechos humanos 1517 masacres que dejaron 8386 víctimas. Según los datos consignados por Amnistía Internacional durante los últimos 20 años, el conflicto colombiano ha cobrado la vida de al menos 70.000 personas, la gran mayoría de ellas, civiles muertos fuera de combate. Según el periódico El Tiempo, referido en estas cifras del conflicto que desde 1990 hasta junio de 2006 se habían registrado 4322 accidentes con minas antipersona y munición abandonada. Para finalizar este panorama no exhaustivo del fenómeno cita Medios Para la Paz, que La Coordinación Colombia-Europa-Estados Unidos, haciendo un análisis del gobierno del Presidente Álvaro Uribe desde agosto de 2002 hasta agosto de 2004, detectó 6332 detenciones arbitrarias a colombianas y colombianos, aumentando el desconcierto y la preocupación por un país tan gravemente herido y vulnerado, hasta por aquellos en quienes naturalmente quisiera confiar.

Pecáut (2001) señala que las personas sometidas a contextos de terror como los que nosotros hemos vivido “sufren una triple experiencia: Desterritorialización, es decir, el espacio pierde características sociales respecto del trabajo y de la solidaridad, no hay zonas seguras. Destemporarización: la guerra impide ver el futuro y un eje temporal continuo, la gente le cuesta tener un relato colectivo. Desobjetivación. El sujeto pierde la capacidad de afirmarse como sujeto de su propia vida, es un sujeto sometido a las leyes de otros. (p.293) unas leyes que no son claras, homogéneas, permanentes y ancladas en valores compartidos.



Segunda escena: Algunas claves del ejercicio

Al dejarse impactar por estas cifras sueltas pero angustiantes y estos fenómenos humanos tan devastadores, se puede comprender con toda claridad cómo es que la Organización Panamericana de la Salud y la Organización Mundial de la Salud, en su Informe Mundial Sobre la Violencia y la Salud (2002) recuerdan que en La Asamblea Mundial de la Salud, en 1996, en Ginebra, se aprobó una resolución por la que se declaraba la violencia como uno de los principales problemas de salud pública en todo el mundo.


En esta asamblea se impulsa a los Estados Miembros a evaluar el problema de la violencia, a evaluar tipos y eficacia de las medidas y programas destinados a prevenir la violencia y a mitigar sus efectos considerando las diferentes poblaciones con un énfasis en abordajes comunitarios. Esto es visto directamente como una intervención en salud. Este trabajo se recomienda intersectorial en la prevención y en la intervención y se anticipa como un esfuerzo de gobiernos, autoridades locales, organizaciones del sistema de las naciones unidas, entre otras instancias. Lo interesante de esta propuesta es su enfoque público, una perspectiva que obliga a pensar a profesionales como los científicos sociales que somos, los problemas de salud mental o física, en particular aquellos derivados de la violencia, como fenómenos personales, ahistóricos y descontextuados y afrontemos la violencia como un problema público, en este sentido político y comunitario, en un momento histórico particular y en un contexto específico.
Así, Velandia (2000) señala que “El derecho a la salud se convierte entonces, en el plano social en el punto de partida para reafirmar el derecho a la vida: una vida cuanto más larga, cuanto más eficazmente se aprovechen todas las reservas biológicas del (ser humano) y se reduzca al mínimo el efecto patológico de los factores propios del envejecimiento social precoz.”
Esta perspectiva ya ha sido propuesta por las escuelas críticas en las ciencias sociales, teorías llamada críticas y liberadoras, permitidas por el espíritu de una época que puso en los 70 en movimiento una miriada de intelectuales latinoamericanos por excelencia, pensadores inspirados y animados por la Escuela Crítica de Frankfurt y a través de ella del marxismo, el postestructuralismo, el interaccionismo simbólico y la teología de la liberación, sabia amalgama sólo posible en nuestros países híbridos, jóvenes, del realismo mágico y en la cola del desarrollo. Esta manera de pensar fue cuna de Paulo Freire y su pedagogía del oprimido, de Orlando Fals Borda y la Investigación Acción Participativa, de García Marquez, Cortazar, Borges y Sábato nuestros visionarios intelectuales del mundo de la literatura, de Ignacio Martín Baró psicólogo inmolado en el conflicto del Salvador impulsor sin tregua de la Psicología de la liberación, de Maritza Montero, Elizabeth Lira y de tantos otros que lograron darse cuenta de que era necesario, urgente y determinante, construir un modo de actuar y de pensar pertinente en cuanto referido a la realidad que estábamos viviendo desde el lugar de la gente común, cotidiana, de las víctimas, de los oprimidos, de los sin voz, sujetos históricos y contextuales sobre los que recae toda acción como intervención, acción que es comportamiento, como solemos estudiar los científicos sociales, pero comportamiento con sentido.
Es sabido, y así lo recuerda Bauman (2004) que en los lugares donde hay violencia permanente se genera agresividad en las personas que va de lo público a lo privado, el vecindario, la familia ya no son los espacios de solidaridad y cooperación. Tanto dolor y angustia, recuerda el sociólogo alemán en su libro “La sociedad sitiada”, tiende a destruir los lazos sociales. Las personas no pueden aprender porque sus entornos se vuelven impredecibles y el hecho de conformar hábitos, o de hacer memoria puede convertirse en un acto suicida. Se necesita empezar siempre de nuevo, pensar que cada circunstancia es única a fin de tener la flexibilidad para sobrevivir, aun si está práctica desgarra y fragmenta la conexión con el pasado o con otros seres humanos. Todo esto hace más grave y difícil la situación de las víctimas y más urgente y determinante el papel del científico social, tejiendo y destejiendo con los otros la posibilidad de existir y no desaparecer social e individualmente.
Pécaut (2001) habla de tres tipos de memorias de la violencia en los colombianos, una que se refiere a la violencia pretérita entre los dos partidos y que desconoce otras dimensiones de la violencia, la de los relatos individuales que no se integran a un relato colectivo y la de la memoria mítica que considera una violencia que ha existido siempre. Esta última trivializa el problema como si fuera parte de nuestra naturaleza. Estas formas de memoria se afianzan en los instantes, hacen que prevalezca un cierto inmediatismo que señala el autor, carece de horizonte de espera y de puntos de referencia en el pasado. “Está allí desde siempre y se reproduce sin fin”. En este panorama, el trabajo con la memoria se hace más complejo y diverso en un contexto como el nuestro, la memoria como un elemento reparador y constructor de sentido.
Martín Baró (1989) señala que las ciencias sociales deben estudiar todos estos hechos como los que se han mencionado hasta ahora, por el sólo hecho de que son personas o grupos los que están detrás de estas acciones. Personas sometidas a los determinismos y condicionamientos que operan para determinar cualquier conducta en relación con su familia, hijos o equipos de trabajo y que por eso podemos comprenderlos y analizarlos, intervenirlos y confrontarlos.
Para pensar las ciencias sociales en el presente, en el marco de un conflicto como el que vivimos, inspirados en estos antecedentes parecen aflorar algunas premisas de acción que pueden ser claves de pertinencia para el momento en que vivimos. Martín Baró (1986) nos advierte que la psicología latinoamericana, no se ha preguntado, ni se ha planteado como disciplina los problemas y las soluciones a sus problemas urgentes y que en ocasiones, cuando se ha dado algo en este sentido, ha sido más el reflejo de un compromiso político que de una reflexión disciplinar. Hay en esto un reto por asumir que no se logrará en el espacio de este documento, pero que trata de apuntar en este sentido a través de la reflexión sobre asuntos que todos quizás sabemos de intuición y de experiencia laboral, en un país que hallamos a cada paso tan profundamente herido.


  1. Se impone el conocimiento de la realidad, su interpretación y análisis. Este conocimiento no puede ser la lectura de una sola versión de los hechos y datos que se presentan a nuestra vista sobre los sucesos de la realidad. En un mundo donde crece la posibilidad de informarse, es cada vez más grave y desafortunado el aumento también de la desinformación, de las múltiples versiones y del manejo acomodado de los hechos. En un país en conflicto la desinformación también es una táctica de guerra y aunque conocer la verdad sea una utopía, la reconstrucción de la historia narrada por las comunidades y llevadas al consenso a través de la recuperación de la memoria es un deber para iniciar la reparación y la restitución de colectivos humanos sometidos a violencia y una condición mínima para cualquier profesional que afronte el desafío de contribuir a su transformación.

Saber y no perder el amor por la verdad no la de una cierta visión de ciencia objetiva y racional que en un escenario de tantas versiones se vuelve confusa, sino la verdad con minúscula que se construye desde el otro y su experiencia, este quizás sea el pilar de la acción con sentido de un científico social colombiano en la escena del conflicto. La oportunidad que se ofrece es la de transformar la necesidad de hacer ciencia a través de visiones imparciales de la realidad, avanzado a miradas comprometidas y solidarias que recuperan una memoria, un tipo de memoria que no reside en un solo cerebro, sino en una entelequia que podemos llamar mente colectiva y que reconstruye escenas y procesos en una red de relaciones afectivas y emotivas que reparan. Maritza Montero (2002) nos habla de una investigación social y psicosocial que permite ampliar el campo de interpretaciones reconociendo el carácter activo y constructor del ser humano, un conocimiento que se producen en relación y que permite comprender el carácter opresor o liberador de la relación para entender la exclusión o la Inclusión social.




  1. Deberemos sacar las profesiones de los espacios cerrados de las oficinas. Se abren los muros para que entre la gente y el lugar habitual de trabajo se amplía y se traslada hasta las comunidades. No se habla de eliminar la forma tradicional del trabajo pues es inherente a esa condición particular que hace al profesional en las ciencias sociales tal, su competencia para captar lo que sucede con el fenómeno humano, diagnosticarlo, intervenir en él, pero se abre a un saber más compartido, a espacios menos rituales, a prácticas más horizontales, a entregar el saber a otros para que también puedan participar del entre comillas saber profesional y especializado, el saber se democratiza, la torre de marfil del profesional ilustre y erudito se cae, y se abre al poder del otro, a su conocimiento, a la construcción social de la realidad y a la potenciación de lo que los profesionales en las comunidades llaman la potenciación de las virtudes populares. La oficina, el consultorio se reservan para escuchar a uno siempre y cuando no pueda ser acogido por todos, para apalancar la inserción a lo colectivo y para el fortalecimiento del uno que le permita participar en la transformación del grupo. Esto es muy importante pues el que ha sido violentado tiene un mundo y una comprensión inefable del mundo y del otro, un secuestrado político o reinsertado guerrillero, tiene un trauma que seguramente diría Martín Baró, no es sólo un síndrome individual sino político incomunicable a quien no es político, una herida de país, una herida de comunidad, una herida de palabras que no son discursos del yo, sino discursos de sociedad convulsa, enferma de poder y complicada de ideologías.



  1. Se exige abrir las fronteras entre disciplinas, saberes, metodologías y campos de acción. Ante la profundidad de los conflictos y la complejidad de su configuración no son posibles visiones dogmáticas, cerradas, individualistas, monolíticas. Ningún científico social trabajará solo, hará parte de grupos de profesionales, de miembros comunitarios, de equipos institucionales. Al interior de las ciencias sociales se exige apertura del profesional para moverse en los diferentes campos pues la variedad y multiplicidad de experiencias que se presentan para ser afrontadas exigen saber y apelar a todo el conocimiento básico, a todas las aplicaciones y a la incursión en metodologías de las diferentes disciplinas y áreas del conocimiento. Nuevas comprensiones que subvierten el conocimiento tradicional de la disciplina empiezan a emerger y un profesional versátil empieza a surgir para preguntar y aventurar respuestas, ¿existe una psicología de la tortura?, ¿un síndrome del desplazado?, ¿un tipo de estrés post traumático específico según si se es familiar de un desaparecido o de un masacrado?. ¿Existe el trauma del amputado por minas antipersonas?, ¿o un modelo educativo y de afrontamiento construido desde comunidades indígenas y afrodescendientes que hacen resistencia desde hace más de 400 años? Cuál de nosotros está para estudiarlas, caracterizarlas, devolverlas como un saber útil a las comunidades, enseñarlas a las futuras generaciones de profesionales y compartirlas con otros profesionales que discurren en los mismos escenarios de violencia que nosotros enfrentamos para que aprendamos de nosotros mismos y para que repitamos aquello que es exitoso y que ya es propio de la idiosincrasia y valor inconmensurable de nuestros colombianos y colombianas.

Dice McNeil (1992) “Necesitamos urgentemente una nueva especie de científicos que esté menos atado a su disciplina y sea menos dependiente de su limitado concepto de las relaciones internacionales hostiles del hombre. A pesar del hecho de que los científicos de todas las disciplinas pretenden que son incapaces de absorber siquiera la bibliografía de su propio campo, todavía aparece vital que debamos tener una nueva camada de científicos cuya capacidad intelectual sea lo suficientemente grande para abarcar el conocimiento y el método a través de la ciencia política, de la economía, de la historia, de la psicología, del trabajo social y asignaturas afines” (p. 298)




  1. Hay una demanda de pertinencia y de verificación en la manera como abordamos grupos y comunidades. Igual que la clínica más individual ha buscado identificar lo que ha llamado Tratamientos Empíricamente Validados, se nos impone a todos, en especial cuando tenemos que atender poblaciones que han sido tan maltratadas y vulneradas, dejar de ensayar intervenciones insulsas que no sabemos si funcionan o no, que no hemos probado nunca y que pueden desgastar presupuestos, tiempo y oportunidades que difícilmente podrán volverse a conseguir. Esto no exime la creatividad, la recuperación del saber popular y la contextualización de tiempos, lugares y personas, pero se impone la sistematización, el estudio y la investigación, no como un divertimento que nos ubica en la cúspide de las categorías de investigadores y nos enfila en la competencia sin indulgencia de la productividad académica, sino como el único deber que se nos advierte ineludible como profesionales privilegiados en un contexto estremecido por la violencia. Somos sin lugar a dudas responsables por contribuir a la construcción de un mejor país y por apoyar la recuperación de la esperanza de generaciones futuras que puedan superar y afrontar una historia tan larga de confrontación y violencia.




  1. Así, a la hora de pensar en investigación, debemos privilegiar los temas y asuntos que devastan a nuestra población, ¿quién es el menor combatiente de la guerra, cuál es el perfil del militar o el dirigente que ajusticia a un individuo sin permitirle un debido proceso en nuestro país, que consecuencia tiene para la mujer el uso de su cuerpo como arma de guerra y cuál es la dimensión del fenómeno en nuestro país? Qué problemas de salud mental se presentan en combatientes de nuestras selvas de Colombia? Qué fenómenos de nuevos movimientos sociales y nuevas prácticas grupales hay en las marchas globales que hemos presenciado en los últimos meses? Qué tipo de influencia social, poder y persuasión puede entenderse en un líder revolucionario combatiendo por cerca de 43 años? Qué problemas educativos y de aprendizaje se presentan en niños de poblaciones desplazadas? Esta exigencia trae al profesional el riesgo de su vida y le impone ser más atento, mejor informado, menos ingenuo y más participativo de la vida política. Ninguna teoría es ajena a ideologías, a formas de pensamiento de una época. Las ciencias sociales que hemos heredado del siglo XX por aquellos que han tenido la hegemonía del saber, ha sido sobre todo una ciencia social que propende por la adaptación, por el bienestar, para Martín-Baró (1986) es un reflejo de nuestra dependencia colonial, una dependencia que oprime tanto a los pueblos en desventaja económica y social como a sus profesionales destacados con su aprendizaje que reproduce saber construido y reflexionado en otros contextos, realidades que, cuando se estudia lo que sucede en un país en guerra, no son fáciles de entender. Es coherente, por ejemplo, pensar en la adaptación de una población desplazada, o es importante cierto nivel de desadaptación para la organización popular, para el inconformismo social que impulse formas de vida más justas o un trato dentro de las normas del Derecho Internacional Humanitario? Martín- Baró (1986) atribuye esto a la visión homeostática de la psicología que lleva a recelar de todo lo que es cambio y desequilibrio y a valorar en forma negativa, la ruptura, el conflicto y la crisis. Así las luchas sociales a menudo son interpretadas como transtornos personales.

Dice Braudillard (1988) “La teoría no puede contentarse con describir y analizar, es preciso que constituya un acontecimiento en el universo que describe. Para eso es necesario que entre en su misma lógica y que sea su aceleración. Debe desprenderse de toda referencia y enorgullecerse del futuro” (p.83)




  1. Debemos ocuparnos del tipo de personas y profesionales que debemos ser, afrontando el desgaste, la depresión, el síndrome tipificado como burnout, que en profesionales que se enfrentan a situaciones tan irresolubles, severas y degradadas puede aparecer con mucha frecuencia y severidad. Este síndrome puede afectarnos personalmente, o aquejar al personal que trabaja en nuestros equipos. Si en la clínica tradicional se impone el trabajo de psicoterapia individual como una exigencia del ejercicio profesional, al abordar en Colombia, la complejidad de asuntos que se derivan de las situaciones de conflicto social, no queda más que reconocer la importancia de estar atento y trabajar sobre el autocuidado como profesionales expuestos a riesgo de depresión, desgaste y desesperanza crónica.

Dice Braudillard (1988) “Seamos estoicos: si el mundo es fatal, seamos más fatales qué él. Si es indiferente, seamos más indiferentes que él. Hay que vencer al mundo y seducirle con una indiferencia por lo menos equivalente a la suya” (p.84)




  1. Finalmente como persona y profesional con el privilegio de estar en contacto con futuras generaciones de científicos sociales incidiendo en su formación, no puedo dejar de mencionar el ineludible compromiso que como Universidad tenemos de entregar un conocimiento útil, pertinente, contextualizado, sensible sobre esta realidad. El desarrollo de competencias para el trabajo interdisciplinario, el compromiso ético con la realidad que se afronta, las virtudes y competencias sociales que permiten considerar este tipo de trabajo al interior del conflicto como una opción laboral, el desarrollo de competencias disciplinares para afrontar el tipo de problemáticas específicas que enfrentan este tipo de poblaciones y grupos, el impulso y desarrollo de un pensamiento crítico que cuestione, indague y replantee la realidad que vivimos y la promoción de temas e investigaciones que retomen nuestras urgencias como país y como región sin perder perspectiva en lo mundial, son algunos de los desafíos que afrontamos. No estamos preparados para enfrentar en toda su dimensión lo que esta propuesta implica, pero caminar hacia ella es un magnífico horizonte. Empieza por trabajar como gremio la sensibilidad y la urgencia del trabajo en estos temas, para que profesores y estudiantes puedan y se interesen por desarrollar este ambicioso proyecto.

8. Debemos contribuir, ante la fragmentación, desarticulación y desorganización social a la reconfiguración de una identidad colectiva de nación “construcción colectiva, en cuanto expresión simbólica del proceso

en que la sociedad se crea a sí misma”, según nos los sugiere el equipo que tuvo a su cargo el texto Repensar a Colombia, cuya edición coordinó Garay (
Tercera escena:

Algunas ideas para avanzar en una propuesta educativa para científicos sociales en tiempos de guerra y conflicto


2002) donde habrían algunas claves para continuar esta experiencia.

Los que son educadores como quienes se educan en el ámbito de las ciencias sociales, tal vez puedan pensar en algunas de estas ideas para la enseñanza que describo a continuación, o mejor aún, ser creativos y estar a la altura del desafío. Pero si el que lee, es un agente educativo, colectará intranquilo esta suerte de propuestas y amanecerá el día siguiente al presente con la intención de transformar su forma de enseñar y de aprender. Para hacerlo sugiero:


A. Promover la formación por casos y que estos casos sean el producto de la investigación y el análisis de nuestros ingentes problemas sociales como país.
B. Incrementar los laboratorios sociales, las prácticas y el aprendizaje extramuros, propendiendo la formación con la gente, desde la gente y no sólo para la gente.
C. Favorecer la formación que vincula estudiantes de diferentes programas de ciencias sociales, para promover y facilitar experiencias de trabajo en equipo con propuestas colectivas que ofrezcan las dimensiones complejas de las problemáticas sociales.
D. Favorecer la formación de los estudiantes con electivas que amplíen la visión del profesional en otros temas, enfoques, metodologías y perspectivas que trasciendan su propia mirada.
E. Promover la participación del estudiante en voluntariados, experiencias que lo acerquen a la visión de grupos vulnerados, agentes del estado, diversidad de poblaciones con apertura, tolerancia y espíritu crítico.
F. Abrir un espacio real e incluyente para una educación con perspectiva étnica, para una educación que favorezca la inclusión de personas de discapacidad, con condiciones diversas y talentos atípicos.
G. Favorecer la vinculación de la Universidad con instituciones que atienden y trabajan con víctimas, sin renunciar a la autonomía universitaria y con reflexión crítica sobre los intereses que se favorecen. Ser el espíritu crítico de la sociedad y el espejo que muestra la congruencia o incongruencia de sus propuestas.
H. Procurar el análisis de la realidad y la producción de nuevo conocimiento que amplíe la comprensión de la sociedad y sus fenómenos; en particular, producir conocimiento relevante desde las ciencias sociales que sea útil en el contexto y que permita oportunidades de vida mejores para los menos favorecidos.


Cuarta escena: Se cierra el telón y se abre la vida

Hasta aquí hemos presentado algunas cifras del conflicto colombiano, convulso, violento, complejo e incontrolable. Las violaciones a los derechos fundamentales del ser humano proceden de diferentes actores, algunos incluso en que las personas deberían poder confiar para su defensa y para su tranquilidad.
La complejidad y la degradación de este conflicto exigen conocimiento, participación y análisis político y desde la disciplina, compromiso, reflexión, investigación y análisis. Una nueva epistemología para abordar los grandes desafíos y problemas que enfrentan las ciencias sociales en nuestro contexto, la apertura de la disciplina, de los muros de la consulta individual y la emergencia de lo colectivo, del trabajo interdisciplinario y de la investigación pertinente.
A muchos de los profesionales actuales este aprendizaje sobre realidades que no aparecen en los libros fue un esfuerzo mayor, por eso para el futuro, las universidades y quienes tenemos a cargo la formación de futuros profesionales tenemos el compromiso de sistematizar este saber, transferirlo al estudiante a través de nuevas pedagogías, formación por competencias que se desarrollen en el seno de los grupos sociales y con el ejemplo y la inclusión de las poblaciones vulnerables y vulneradas en el escenario del conocimiento.


Referencias


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