Palacios, Jesús (1989): La cuestión escolar. Laia. Barcelona


C. R. Rogers: La enseñanza no directiva, la educación centrada en el estudiante



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C. R. Rogers: La enseñanza no directiva, la educación centrada en el estudiante
Carl R. Rogers (nacido en 1902) es, ante todo y más que ninguna otra cosa, un terapeuta. Aunque durante años haya alternado el trabajo terapéutico con la docencia universitaria, la psicoterapia ha sido la actividad fundamental que ha ocu­pado más años de su vida. La profundización en sus hallazgos terapéuticos y la investigación permanente llevada a cabo sobre ellos fueron dando lugar, de manera progresiva, a una serie de puntos de vista sobre la personalidad, y, posterior­mente, sobre las relaciones humanas. El núcleo de todo el sistema, el eje en torno al cual giran estas aplicaciones, es, por lo tanto, la teoría de la psicoterapia, como el mismo Rogers ha puesto de manifiesto al hacer una exposición de la estructura general de su teoría.1 Hasta tal punto esto es así, que el planteamiento rogeriano de los problemas fami­liares, educativos, grupales, etc., sólo es comprensible a la luz de su planteamiento del problema terapéutico. Como ten­dremos ocasión de comprobar enseguida, esto es particular­mente exacto en el caso de su postura pedagógica; en lo que a ella se refiere, el mismo Rogers escribe que, poco a poco, «fueron cristalizando ciertas hipótesis básicas que por cierto son paralelas a las hipótesis terapéuticas»2 Por ello, no ana­lizaremos el pensamiento pedagógico de Rogers sin habernos antes adentrado en su teoría de la terapia y la personalidad, pues sin ésta, aquél no podría entenderse en su justo sentido. No se trata aquí de empezar con una síntesis general para ac­ceder luego a un aspecto concreto, ya que, en este caso, como veremos más abajo, lo que se diga en un campo es aplicable al otro, puesto que, ‑para Rogers, entre terapia y educación existe un isomorfismo casi completo., No extrañe, pues, que nuestro camino hacia la pedagogía rogeriana empiece por senderos que son los de la psicoterapia.
I. La psicoterapia centrada en el cliente
Para no extendernos en exceso, presentaremos aquí sola­mente los aspectos más generales de la teoría terapéutica, limitándonos a describir la forma en que Rogers entiende la relación que tiene lugar en la terapia y su teoría de la per­sonalidad. Aunque, como hemos visto, la teoría de la terapia es anterior a la de la personalidad, nuestra exposición proce­derá a la inversa por simples razones expositivas.
1. Teoría de la personalidad
«El ser humano tiene la capacidad, latente o manifiesta, de comprenderse a sí mismo, de resolver sus problemas de modo suficiente para lograr la satisfacción y la eficacia necesarias a un funcionamiento adecuado (...); tiene, igualmente, una tendencia a ejercer esta capacidad».3 Esta capacidad natural no se manifiesta siempre de manera automática, sino que necesita de unas condiciones determinadas para emerger: en efecto, «el ejercicio de esta capacidad requiere un contexto de relaciones humanas positivas, favorables a la conservación y a la valorización del "yo", es decir, requiere relaciones ca­rentes de amenaza o de desafío a la concepción que el sujeto se hace de sí mismo».4

Quizá, por curioso que parezca, en estas dos citas se en­cuentra condensado todo lo que el pensamiento de Rogers es. Estos principios, esta confesión de confianza, están en la base de su relación con el paciente, con el estudiante, con el miembro de una familia... con las personas. Son, en defini­tiva, algunas de las ideas generadoras y motrices de toda la obra de Rogers.

La unión de estos dos principios que acabamos de citar puede expresarse también de otro modo: si las condiciones circunstanciales se mantienen favorables, el organismo tiende, invariablemente, a la actualización. Según Rogers, la noción de «tendencia actualizante» es el postulado fundamental de la terapia centrada en el cliente, y corresponde, según él, a este enunciado: «Todo organismo está animado por una ten­dencia inherente a desarrollar toda su potencialidad y a desarrollarla de modo que queden favorecidos su conservación y su enriquecimiento ».5 La palabra «organismo» está aquí tomada en su acepción gestáltica, es decir, es sinónima de lo que Go1dstein llama «organísmico»; la palabra «tendencia» hace aquí, de hecho, referencia a «espontaneidad automática», es decir, respondo a la idea de que en situaciones favorables el organismo siempre tiende ‑vale decir, está de suyo diri­gido‑ al desarrollo. Desarrollo y actualización o tendencia actualizante hacen referencia, por su lado, a cosas muy simila­res: un sujeto percibe algo como bueno para él, como enri­quecedor para su organismo, y tiende a hacerlo acto (actua­lizarlo) en él, para él. Obviamente, lo que este individuo per­cibe como bueno o enriquecedor para sí, puede o no serlo objetivamente; pero eso vendrá, más que por ninguna otra cosa, condicionado por las determinaciones circunstanciales anteriormente aludidas y por la forma en que el yo las vive. Puesto que el yo es para Rogers «una estructura de expe­riencias disponibles a la conciencia»,6 hacia donde tiende el organismo es, precisamente, a la actualización de esas poten­cialidades percibidas desde esta estructura, desde este yo.

El yo, que es «una expresión de la tendencia general del organismo a funcionar de manera que él quede preservado y revalorizado»,7 es, ante todo, «una estructura perceptual, es decir, un conjunto organizado y cambiante de percepciones que se refieren al sujeto»; 8 el yo es el director, el regulador de la actualización; la actualización es, a su vez, el factor dinámico y energético de la actividad; yo y actualización for­man parte del organismo. Dicho de otro modo: el yo es el conjunto de las percepciones que el individuo tiene de sí mismo; estas percepciones incluyen las de su yo real y las de su yo ideal; en la medida en que, aceptando y partiendo de ese yo real, el yo se actualiza tendiendo al yo ideal, el orga­nismo se desarrolla ‑en el sentido de desarrollo que Maslow sostiene‑. Como, á su vez, la forma en que uno se percibe a sí mismo es la que posibilita o no la percepción de unos ideales, «es la noción del yo la que determina la eficacia o ineficacia de la tendencia actualizante».9 Una noción del yo realista, permitirá que la operación de la tendencia actualizante esté guiada adecuadamente por el yo, con lo que el sujeto logrará sus objetivos. Una noción del yo errónea hará que, por una parte, la tendencia actualizante no aparezca clara y, por otra, que los fines sean difícilmente asequibles y alcanzables, con las consecuencias subsiguientes.

Para que la noción del yo sea realista, debe estar fundada en la experiencia auténtica del sujeto, es decir, en lo que él experimenta realmente; para ello es necesaria la «libertad de experiencia»,, En Rogers, la noción de experiencia «se re­fiere a todo lo que pasa en el organismo en cualquier momen­to y que está potencialmente disponible a la conciencia. Dicho de otro modo, a todo lo que es susceptible de ser aprehendido por la conciencia. La noción de experiencia engloba, pues, tanto los acontecimientos de que el individuo es consciente como los fenómenos de los que es inconsciente ».10 Pues bien, «libertad de experiencia» sólo se dará cuando el individuo no se sienta obligado a negar o deformar sus opiniones y acti­tudes íntimas con tal de no perder el aprecio o afecto de personas importantes para él. Si esas opiniones, esas actitu­des y, en definitiva, esas acciones, pueden ser genuinas, la percepción del yo será realista; si, por el contrario, deben ser deformadas para que sean aceptadas, el yo y su consi­guiente percepción pierden su genuinidad, la congruencia consigo mismos.

Retornando de nuevo al principio de esta tan apretadísi­ma síntesis, vemos cómo la hipótesis que late en la base de toda la concepción rogeriana es que «cuando la tendencia actualizante puede ejercerse en condiciones favorables, es decir, sin dificultades psicológicas graves, el individuo se desarrollará en el sentido de la madurez».11


2. Teoría de la relación terapéutica
Quede claro de entrada, el objetivo de la terapia centrada en el cliente: lo que el terapeuta rogeriano pretende es crear condiciones en las que el sujeto pueda cambiar lo que no está funcionando bien en él. El terapeuta no es el agente del cam­bio, no es el que lo dirige; se limita a posibilitarlo, a facilitarlo (Rogers concibe su labor en todos los campos como la de un «facilitador»). Si la percepción del yo ‑la autocom­prensión, la autovisión ‑ es la que guía las actuaciones de las personas, lo que el terapeuta debe hacer posible es esa percepción auténtica; ella será la que después guíe al sujeto. Para decirlo con palabras del mismo Rogers, «si podemos proporcionar al cliente la visión de la manera como se ve a sí mismo, él mismo puede hacer el resto».12 El terapeuta, por tanto, no hace cambiar al sujeto; su labor consiste en crear las condiciones, la atmósfera, en la que el cambio le sea a éste posible. Las decisiones y las acciones son del clien­te; por él debe ser guiado el proceso. Esto recuerda las palabras del viejo Zaratustra de Nietszche: «No me sigas a mí; síguete a ti mismo.»

En el ámbito de las relaciones humanas en general, parece que las más fecundas se dan cuando hay unas condiciones ambientales» que las favorezcan. La relación terapéutica, tal como es entendida por Rogers, no escapa a este principio puede decirse que el ambiente, la atmósfera, es terapéutica cuando está impregnada de seguridad y de calor. Es lógico si se piensa que la terapia debe llevar a la puesta en marcha de un proceso más que a la solución de un problema concreto, si se piensa que el terapeuta debe ser más un compañero que un guía, más un espejo que un juez, se necesita que la rela­ción se lleve a cabo en una atmósfera de seguridad y calor. Por el contrario, unas condiciones de miedo, de temor y frial­dad parece que deben conducir a, por lo menos, el retrotra­imiento del sujeto, a su desconfianza y timidez ante el tera­peuta y a la inseguridad respecto a sí mismo. Y en estas con­diciones, un proceso como el que pretende Rogers es, a todas luces, inviable.

¿Cómo crece la sensación de seguridad del cliente a lo largo de la relación terapéutica? ¿Cómo se consigue una at­mósfera en la que él se sienta seguro? Sencillamente, y antes que nada, «el terapeuta tiende a comunicar a la persona que solicita su asistencia que ella misma tiene recursos, que es capaz de conocer el origen de sus dificultades e incluso es capaz de resolver éstas por sus propios medios».13 Subrayamos «comunicar» porque lo que el terapeuta hace no es informar; la información, de hecho, dificultaría el proceso. En la medida en que el terapeuta desea y posibilita que la terapia sea una actividad libre realizada por el sujeto (por eso Rogers desecha el término «paciente»), en la medida en que le deja ser autónomo, el cliente gana confianza y seguridad en sí mismo, confía más en sus propias fuerzas. El terapeuta que respeta el ritmo y la cualidad del relato del cliente, que no le interrumpe en sus pausas ni le hace notar que ha cambiado de tema, el terapeuta que no impone su ritmo ni su forma de análisis al cliente y que se dedica a comprender y no a enjuiciar, está comunicando al cliente que la dirección del proceso está en sus propias manos, que lo importante es lo que él mismo hace, piensa y dice, que él ‑el terapeuta‑ es sólo un ayudante, un asesor, un facilitador.

El que las relaciones entre el terapeuta y el cliente sean cálidas es una necesidad obvia, especialmente en una terapia como la no‑directiva (Rogers gusta más del término client­centered). Las formas con que el calor de las relaciones se puede lograr son muy variadas y dependen de la cualidad personal del terapeuta. En todo caso, el terapeuta no puede aprender técnicas para hacer la atmósfera afectuosamente cálida de una manera equilibrada; es la actitud de disponi­bilidad afectiva y mental la que pondrá, sin particulares es­fuerzos, la calidez más adecuada a la relación; una calidez que permitirá al cliente sentirse aceptado, comprendido y que­rido en su manera de ser exclusivamente personal y en su independencia del terapeuta.

Tras estas consideraciones es fácil adivinar el profundo respeto que el terapeuta rogeriano profesa al cliente. Según Rogers, “el terapeuta puede ser "no‑directivo" en la medida en que el respeto hacia los otros hunde sus raíces en la propia organización de su personalidad”.14 Esta actitud es, a la vez, la hipótesis de trabajo de la terapia centrada en el cliente; una hipótesis según la cual el individuo tiene capacidad su­ficiente para manejar de forma constructiva todos los aspectos de su vida que pueda «conocer» de forma consciente, que pueda reconocer en su conciencia; la hipótesis debe ser cons­tantemente comprobada, confirmada o negada.

Es así como el terapeuta debe olvidarse de su preocupación por el diagnóstico, de sus evaluaciones precisas, de sus inten­tos de guiar y manejar ‑sutil o descaradamente‑ al cliente. Su labor debe estar centrada en el intento de proporcionar al cliente la manera en que éste se ve a sí mismo; logrado esto, el cliente, como vimos, puede hacer el resto. Se trata, por tanto, de que la persona se comprenda y se acepte profundamente a sí misma en lo que de ella le llega a la conciencia, al tiempo que las áreas rechazadas de la conciencia van siendo exploradas. Ni más ni menos. De esta forma, como Rogers afirma, «el consejo centrado en el cliente, si se pret­ende que sea efectivo, no puede ser una treta o una herra­mienta. No es un modo sutil de guiar al cliente mientras se simula que se le permite guiarse a sí mismo. Para ser efectivo, debe ser genuino».15

E1 terapeuta que trabaja en una orientación no‑directiva, concentra todo su esfuerzo en lograr una profunda comprensión del mundo del cliente. Y esto es así porque juzga, según su hipótesis, que la comprensión y la aceptación son efectivas, El consejero se sitúa ante el cliente como un perceptor pers­picaz ante una gestalt de cierta complejidad, no perdiendo nunca de vista la figura ni el fondo; efectuado el insight de la gestalt del cliente, se lo comunica. Pero esta comunicación no es valorativa ni diagnóstica; es, simplemente, una refor­mulación de lo comunicado por el cliente. Con «ciertas» diferencias cualitativas, por supuesto. El cliente transmite su situación con ansiedad, vergüenza, culpa, temor o cualquier otra actitud; el terapeuta, comprendida la situación desde el sujeto y no desde él mismo, se la retransmite, pero sin connotaciones afectivas: se la transmite de manera empática, comprensiva y aceptativa; el cliente, entonces, efectúa un nuevo insight de la situación, que ahora comprende y acepta más fácilmente. Esto es, por supuesto, posible sólo en la me­dida en que el terapeuta tiene confianza en la potencialidad del cliente para el cambio constructivo y para su autodesarrollo dirigido a una vida más plena y satisfactoria, y en la medi­da en que esa confianza es genuina, es decir, en la medida en que no es una táctica terapéutica.

Vemos así cómo la confianza básica y genuina en las potencialidades del cliente es la raíz sobre la que crece toda la perspectiva rogeriana. Hablando de cómo llegó a centrar la psicoterapia en el cliente, Rogers escribe que poco a poco fue comprendiendo que «es el paciente quien sabe qué es lo que le afecta, hacia dónde dirigirse, cuáles son sus problemas fundamentales y cuáles sus experiencias olvidadas. Compren­dí ‑sigue Rogers‑ que, a menos que yo necesitara demostrar mi propia inteligencia y mis conocimientos, lo mejor sería confiar en la dirección que el cliente mismo impone al proceso». 16.

El terapeuta no desea que el cliente siga tal o cual camino; desea que elija cualquier camino, cualquier dirección siempre que sean propiamente suyos. Lejos de lo que podría parecer, esta actitud no asusta al terapeuta, no le produce la ansiedad que le llevaría a abandonar su hipótesis en mo­mentos cruciales de la relación; el terapeuta está convencido de que «en la medida en que acepta que el cliente elija la muerte, éste elige la vida; en la medida en que acepta que elija la neurosis, elige una saludable normalidad».17

Además de un elevado grado de madurez emocional y de autocomprensión, el terapeuta rogeriano ‑y con esto ter­minamos esta introducción‑ debe poseer tres características sin las cuales el trabajo centrado en el cliente es imposible; nos referimos a la empatía, la autenticidad y la concepción positiva y liberal de las relaciones humanas.

La empatía es una especie de sensibilidad alterocéntrica que permite al terapeuta hacer abstracción de sus puntos de vista y de sus «criterios de realidad» cuando está en interac­ción con el cliente. Según la define Rogers, «la empatía o com­prensión empática consiste en la percepción correcta del mar­co de referencia de los demás, con las cosas subjetivas y los valores personales que van unidos. Percibir de modo empático es percibir el mundo subjetivo de los demás “como si” fuéra­mos esa persona, sin perder de vista, sin embargo, que se trata de una situación análoga, “como si”.18

La autenticidad la entiende Rogers como un acuerdo entre la ‑experiencia y su representación en la conciencia; autenti­cidad es, para Rogers, sinónimo de integración, armonía, acuerdo, congruencia, aplicados a la personalidad o al com­portamiento. «Cuando las experiencias relativas al yo están correctamente simbolizadas e integradas en la estructura del yo, existe acuerdo entre el yo y la experiencia. » 19 Si todas las experiencias del individuo estuvieran correctamente sim­bolizadas en el yo, tal individuo funcionaría óptimamente, al margen de esta hipotética situación, cuando una parte de la experiencia está correctamente simbolizada, el individuo con­sigue, en la práctica, un estado de autenticidad, de acuerdo.

Por lo que se refiere a la noción de concepción positiva, Rogers la define de este modo:,«Cuando compruebo que otra persona se da cuenta de una experiencia cualquiera relativa a ella misma, y cuando esta comprobación me afecta de un modo positivo, experimento un sentimiento de consideración positiva hacia ella. Del mismo modo, el individuo que se per­cibe como objeto de consideración positiva por parte de otra persona, se da cuenta de que afecta al campo experiencial de esa otra persona de un modo positivo.»20

No nos detendremos más en este punto. Por sucinta y sim­plificada que sea, tenemos ya una visión de algunos de los puntos claves de la obra y el pensamiento de Carl Rogers. Se han marginado aquí muchísimos matices por razones eviden­tes; la obra de Rogers es, por supuesto, mucho más que lo que aquí se ha insinuado. Pero quizá con lo visto tenemos ya suficiente para abordar con cierta seguridad y conocimien­to de causa lo que realmente nos interesa: el punto de vista de Rogers sobre la educación.


II. La enseñanza centrada en el estudiante
1. Teoría del aprendizaje
Cuando Carl Rogers describe su teoría terapéutica, tan cargada de aspectos novedosos, sus críticas a las doctrinas clásicas en la materia son muy escasas. La mejor crítica es la que indirectamente se desprende del planteamiento de sus propios puntos de vista: al rechazar toda técnica, Rogers critica a las escuelas terapéuticas cuya eficiencia descansa, precisamente, en la utilización de cualquier tipo de artilugio técnico; al despreciar el valor del diagnóstico con finalidades terapéuticas, critica a quienes utilizan el diagnóstico como primus movens de la relación terapéutica; al centrarse en el presente, cuestiona la validez del retorno a lo que ya pasó. Lo mismo sucede en el caso de la educación; al margen de algunas frases desperdigadas en sus escritos, o, como mu­cho, de algún párrafo corto y aislado, Rogers gasta pocas energías en hacer una crítica directa a la educación tradi­cional. Y, sin embargo, de la lectura de su teoría de la edu­cación se desprenden, indirectamente, un número de críti­cas que nada tienen que envidiar a las del más decidido detractor de la vieja pedagogía. Efectivamente, al sistema educacional que puede definirse como «la institución más tra­dicional, conservadora, rígida y burocrática de nuestro tiempo». 21 Rogers opondrá unos contextos institucionales revolucio­narios ‑según él‑, abiertos y flexibles; a la preocupación de la pedagogía tradicional por las técnicas, Rogers responde con su inquietud por las actitudes; mientras que el punto de vista tradicional llega a obsesionarse con la distribución de conocimientos definidos de antemano por «el experto», Rogers intenta facilitar el autoaprendizaje merced a la creación de un clima determinado; frente a la pedagogía de la represión, Rogers levanta la de la empatía, etc.

En el fondo del asunto hay que ver una cuestión de valo­res. «El trabajo del maestro y del educador, así como el del terapeuta, esta inextrincablemente ligado al problema de los valores.» 22 La escuela ha sido siempre un medio privilegiado de transmisión de esos valores de una generación a otra, pero este proceso hace crisis en la actualidad, en un momento en que las personas se encuentran en la encrucijada de valores distintos y hasta divergentes, en un momento en que los jóvenes han roto las barreras que la escuela interponía antes en­tre ellos y la realidad. Tal y como Rogers se lo plantea, se trata del enfrentamiento entre los valores democráticos y los que no lo son. Por supuesto, Rogers opta por los primeros, al declararse lo dispuesto a «producir técnicos bien informados que estén completamente dispuestos a llevar a cabo todas las órdenes de la autoridad constituida sin cuestionarla».23

No bucearemos, por lo tanto, en los escritos de Rogers buscando ataques a la pedagogía tradicional. Vamos a intentar hacer una exposición general de su teoría de la educación con la confianza en que sus ideas nuevas serán la mejor crítica de Rogers a los métodos viejos. Para mayor claridad, articu­lamos nuestra exposición en siete apartados.
1.1. Principios básicos sobre la enseñanza y el aprendizaje
En varios lugares de sus obras expone Rogers los princi­pios fundamentales de la enseñanza centrada en el estudian­te.24 Tomaremos aquí como esqueleto de nuestra exposición sus últimas precisiones y en torno a ellas expondremos esos principios.25

El postulado básico sigue siendo la confianza en las potencialidades del ser humano; Rogers cree, en efecto, que el ser humano posee una potencialidad natural para el aprendizaje. A no ser que los sistemas educativos usuales le pongan trabas, el ser humano tiene una curiosidad innata por su mundo, curiosidad que le moverá, constantemente, a asimilar­lo. Aquel aprendizaje y esta asimilación necesitan de deter­minadas circunstancias y condiciones.

Una de ellas es lo que podríamos llamar, con W. Glasser 26 La pertinencia del asunto a aprender: el aprendizaje significa­tivo (hablaremos luego de él) tiene lugar cuando el estudiante percibe el tema de estudio como importante para sus objeti­vos (en una formulación anterior, Rogers sostenía que sólo se aprenden significativamente las cosas percibidas como vinculadas a la supervivencia o estructura del sí mismo). Ade­más de pertinentes, los contenidos deben ser no amenazantes para el yo: los aprendizajes que implican cambios amenaza­dores en la organización del yo encuentran resistencias y son rechazados. El yo se hace rígido frente a las amenazas y obs­taculiza el aprendizaje que pueda alterarlo. Inversamente, cuando las amenazas desaparecen, el yo amplía sus límites y el aprendizaje resulta más fácil.

Otra de las condiciones del aprendizaje al que ya hemos calificado de significativo de manera provisional, es la que se refiere al hecho de que es gracias a la práctica como se logra la mayor parte de dicho aprendizaje; cuando se enfrentan problemas concretos o inmediatos, la eficacia del aprendizaje aumenta.

Por otra parte, el aprendizaje participativo es más eficaz que el aprendizaje pasivo. El aprendizaje se facilita cuando el estudiante participa responsablemente en el proceso mis­mo de aprender; «El aprendizaje significativo será mayor cuando el alumno elige su dirección, ayuda a descubrir sus recursos de aprendizaje, formula sus propios problemas, de­cide su curso de acción y vive la consecuencia de cada una de sus elecciones.»




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