Palacios, Jesús (1989): La cuestión escolar. Laia. Barcelona



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Según Freire, concientización es, en primer lugar, un acto de conocimiento; implica un desvelamiento de la realidad con el que el hombre se adentra poco a poco en la esencia de los hechos que tiene frente a sí como objetos cognoscibles, a fin de desvelar la razón de ser de esos hechos. Es, según lo define Freire, «un acto de búsqueda de conocimiento».

En segundo lugar, la concientización no puede basarse en una simple conciencia del mundo, sino que se basa en una dialectización conciencia‑mundo. La concientización no puede basarse en una conciencia aislada del mundo, no puede ba­sarse en la creencia de que es dentro de la conciencia donde se opera la transformación del mundo, sino que está dentro del mundo mismo, en la historia, a través de la praxis en que se da el proceso de transformación.

La concientización implica la práctica de la transforma­ción de la realidad. Tal como Freire lo expone, el proceso de concientización que no se encamina, a través del desvelamien­to de la realidad, a la organización de la práctica de la trans­formación de esa realidad, es un proceso que se frustra.

La concientización supone, en cuarto lugar, una opción ideológica anterior. Sin esa opción ideológica previa, la con­cientización como esfuerzo de transformación del mundo se puede frustrar. Si la opción es la del mantenimiento de la situación establecida, es imposible realizar el proceso de con­cientización; como ya vimos, en la concepción de Freire el hombre es un ser para la transformación, no para la acomo­dación. La concientización es un quehacer que, desde el prin­cipio al fin, implica una opción ideológica comprometida y revolucionaria.

En quinto lugar, la concientización tiene que encargarse de organizar la práctica de la transformación. Si para que el hombre pueda humanizarse es necesario transformar la rea­lidad, el proceso de concientización debe ser capaz de dar a los oprimidos la organización necesaria para transformar la realidad deshumanizante.

La concientización, por fin, es utópica y el proceso de con­cientización es un proceso utópico. Para Freire, la utopía no es la palabra irrealizable, sino la palabra verdadera; la uto­pía es la dialectización entre el acto de denuncia del mundo deshumanizador y el anuncio del mundo humanizante. Una de las grandes tareas de la educación liberadora es, según Freire, invitar a las masas a hacerse utópicas, denunciantes; la cuestión es que la utopía crítica, y no la ingenua, exige que el anuncio y la denuncia sean praxis histórica. No puede transformarse nada con el verbalismo vacío y estéril; el anuncio y la denuncia, la transformación, tienen que darse en la praxis transformadora de cada uno dentro de la his­toria humana.
VIL Hacia la utopía: la revolución cultural
Las propuestas de Freire no se detienen en los aspectos puramente pedagógicos. Si hemos visto que la educación ex­tensiva y bancaria se daban como característica de una «cultura del silencio» que era consecuencia de una sociedad cerrada o en tránsito, la pedagogía de la liberación, la educa­ción problematizadora, dará acceso a una «cultura de la pa­labra», a una sociedad abierta, democrática, cambiante. Pero esta transformación exige unas condiciones determinadas so­bre las que vamos a centrarnos brevemente.

Exige, en primer lugar, el desarrollo en los oprimidos de una conciencia crítica que sustituya a su anterior conciencia ingenua e intransitiva. La superación de la situación de opre­sión exige, en efecto, el reconocimiento crítico de la razón de su situación a fin de lograr la instauración de una situa­ción diferente a través de una acción transformadora que incida sobre la realidad. Tal como lo cita Paulo Freire, la conciencia crítica «es la representación de las cosas y de los hechos tal como se dan en la existencia empírica, con sus correlaciones causales y sus circunstancias »,55 y éstas son sus características: anhela la profundidad y no se satisface con las apariencias; reconoce que la realidad es cambiante; sustituye las explicaciones mágicas por principios auténticos de causalidad; procura verificar los hallazgos; está dispuesta a someterse a revisiones; hace lo posible por despojarse de prejuicios; rechaza las posiciones inmovilistas; rechaza toda transferencia de responsabilidad; es interrogativa, averiguati­va; no rechaza lo viejo por serlo ni acepta lo nuevo por ser nuevo, sino que lo rechaza o acepta en la medida en que es válido. 56

La transformación de la sociedad en marcha hacia la uto­pía, hacia la realización del inédito social viable, exige ade­más un compromiso político concreto. En su artículo Las Iglesias en América Latina: su papel educativo, Freire se opo­ne a aquellos que conciben la concientización como una es­pecie de tercera vía para eludir la lucha de clases: «tal mistificación de la concientización, no sólo en América Latina, (...) constituye naturalmente un obstáculo y no una ayuda para el proceso de liberación».57 Freire defiende con toda cla­ridad que la educación para la libertad es una pedagogía po­lítica, una opción política revolucionaria orientada a trans­formar la realidad concreta que obstaculiza la humanización de los hombres. Ser revolucionario significa, para Freire, opo­nerse a la opresión y la explotación; significa actuar por la liberación, ya que «decir que los hombres son personas y que como personas son libres, y no hacer nada para lo­grar concretamente que esta afirmación sea objetiva, es una farsa».58

El problema de la politización implica el de la organiza­ción de las masas y el del papel del liderazgo revolucionario. La organización les es necesaria a las masas para, unificadas, hacer de su debilidad una fuerza transformadora con la cual sea posible recrear el mundo, hacerlo más humano. La orga­nización de las masas populares en clases «es el proceso a través del cual el liderazgo revolucionario, de quienes, como a las masas, se les ha prohibido decir su palabra, instauran el aprendizaje de la pronunciación del mundo».59 El liderazgo revolucionario es particularmente necesario en momentos históricos de transición en los que los oprimidos van libe­rándose de los opresores; su papel, de una enorme importan­cia, es el de problematizar a los oprimidos todos los mitos que las élites utilizan para oprimir cada vez más.

A medida que el proceso revolucionario se va imponiendo, surgen nuevas instituciones que lo potencian; instituciones que no surgen de la nada, sino del proceso revolucionario mismo. En primer lugar, van surgiendo nuevos tipos de so­ciedad: las sociedades abiertas, opuestas a aquellas socieda­des cerradas que analizamos al principio, cuya esencia es la flexibilidad, el cambio, la democracia. El proceso revolucio­nario hace cambiar el rostro de las instituciones en que an­tes apoyaban su dominio las clases opresoras; la Iglesia ce­rrada y adormecedora a la que nos referimos más arriba, se va convirtiendo poco a poco en una Iglesia profética, en una Iglesia que «no "refugia" a las masas populares oprimi­das, alienándolas más aún con discursos de denuncias falsas. Las invita, por el contrario, a un nuevo éxodo».60

La educación liberadora, por fin, da paso a una acción cultural para la libertad dirigida a los oprimidos para que descubran la verdad de su situación y se pongan en marcha hacia la utopía. La acción cultural dialógica es el estadio an­terior al triunfo revolucionario y tiene como objetivo aclarar a los oprimidos la situación concreta en que se encuentran, superar las contradicciones en que se desarrolla su vida y transformar la realidad. La revolución cultural es, según la expresión de Freire, el esfuerzo máximo de concientización que es posible desarrollar a través del poder revolucionario, esfuerzo que exige un máximo de lucha y sacrificio a los que se comprometan en el empeño: «El proyecto revolucionario está comprometido en una lucha contra las estructuras opre­soras y deshumanizadoras. En la medida en que considera al hombre liberado como el verdadero hombre, cualquier con. cesión al método opresor representa siempre un peligro y una amenaza para el propio proyecto revolucionario. Los re­volucionarios deben exigir de sí mismos una imperiosa cohe­rencia. Como hombres, pueden cometer errores, están sujetos a la equivocación, pero no pueden actuar como reaccionarios y autodenominarse revolucionarios. Deben ajustar su acción a las condiciones históricas, sacando ventajas de la única y real posibilidad que existe. Su tarea es descubrir los méto­dos más eficientes y viables, a fin de ayudar al pueblo a salir de los niveles de conciencia sem.‑intransitiva y transitiva ingenua y llegar al nivel de conciencia crítica. Esta preocupa­ción, por sí sola auténticamente liberadora, está implícita en el propio proyecto revolucionario. Cada proyecto revolucio­nario originado en la praxis, es básicamente "acción cultural" en el proceso de volverse "revolución cultura1”


54. Freire aclaró su concepto de concientización en una conferen­cia pronunciada en Cuernavaca bajo el título de Desmitificación de la concientización. Cuando las obras de Freire estaban prohibidas en Es­paña ‑y hace muy poco de ello‑ el texto de esta conferencia y el con­tenido de sus libros circulaban multicopiados entre nosotros en forma de boletines. La conferencia a que nos referimos ha sido reproducida en varias revistas latinoamericanas.


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