Padres en la mira



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Padres en la mira.
Ejerciendo y regulando la paternidad en Tamaulipas

Oscar Misael Hernández1




Resumen

Derivado de un estudio antropológico, en este trabajo se aborda la paternidad y su traslape con la masculinidad en una colonia popular de la capital de Tamaulipas, México. Con base en observaciones y entrevistas realizadas con hombres y mujeres de diferentes edades, estado civil y ocupaciones, se exploran tanto las representaciones como las prácticas culturales de la paternidad, así como la regulación de la misma por parte del Estado a través de programas gubernamentales y leyes que han moldeado lo que significa ser padre en Tamaulipas, al mismo tiempo que la apropiación de tales regulaciones por hombres y mujeres para redefinir lo que significa ser un padre y un hombre responsable en la vida cotidiana.



Palabras clave: Paternidad, masculinidad, hombre responsable, obligaciones paternas.

 

Introducción

¿Qué se siente ser papá?, pregunté una noche a Alejandro, un vendedor de hot-dogs de 27 años de edad. Acababa de decirme que tenía cinco años de casado y dos pequeños hijos varones. Alejandro me respondió: “No, pues cuando eres papá la cosa es distinta, aunque uno no es el que carga a los hijos, pero cuando ya los ves es diferente. No es lo mismo que veas a los hijos del vecino jugar en la calle, a que veas los tuyos. Es distinto, los quieres y los cuidas”. ¿Y por qué dices que uno no es el que los carga?, insistí y me dijo: “Pues uno no es el que los tiene. Por eso al principio pues no se siente mucho, por eso hasta que ya los ves es cuando es diferente”.

Basado en un estudio antropológico realizado en una colonia popular de Ciudad Victoria, la capital de Tamaulipas, en este trabajo me propongo explorar cómo, en los albores del siglo XXI, el ejercicio de la paternidad ha sido regulado por el Estado, así como el vínculo entre varones, masculinidades y vivencias y significados de la paternidad. En suma, mi interés es conocer cómo se relaciona el hecho de ser padre con el de ser hombre tanto para los hombres como para las mujeres que hoy día viven en la colonia Libertad, un asentamiento urbano de clase trabajadora resultado de un movimiento popular en la década de los ochenta y que para el año 2000 contaba con una población total de 8,821 habitantes, siendo la colonia más poblada en la capital tamaulipeca (INEGI, 2003).

Después de un tiempo de residir en la colonia Libertad, como etnógrafo y como hombre en unión libre y sin hijos o hijas descubrí que el ejercicio de la paternidad era un tema frecuente entre hombres y mujeres, así como uno de los núcleos de construcción de las masculinidades (Hernández, 2004). También observé que era un tema apropiado y regulado por el Estado a través de programas y leyes. Por ejemplo, en 1999 en Tamaulipas inició un programa llamado “Escuela para Padres”; en el 2004 se aprobó la Ley de Paternidad Responsable y, a finales del 2006, empezó un programa gubernamental enfocado a los jóvenes conocido como Padres Virtuales. Visto así, para hombres y mujeres que residen en la colonia Libertad, la paternidad es un asunto de interés e, institucionalmente, un tema público.

Lejos de contrastar programas y legislaciones sobre la paternidad, mi propósito es explorar sus contenidos (objetivos y percepciones populares) y los debates culturales entre hombres y mujeres, así como las diferencias de género y generacionales de la paternidad como un proceso en constante construcción, ejercicio y significación. Para lograrlo utilizo: observaciones realizadas en diferentes espacios de interacción social, entrevistas con hombres y mujeres de diferentes edades, estado civil y ocupaciones, y los resultados de una encuesta que apliqué y de un test que respondieron estudiantes de secundaria de la colonia Libertad.

 

Imágenes de paternidad

Algunos psicólogos como Rodrigo Parrini (2000: 70) plantean, por un lado, que la paternidad es una construcción cultural, es decir, tiene un carácter histórico. Por otro lado, que no se puede entender si no es en relación con la maternidad. Finalmente, se propone que hay que situar las representaciones de la paternidad en un universo simbólico para lograr comprenderlas.

Saber cómo se relaciona el hecho de ser padre con el de ser o actuar como hombre, entonces, requiere que exploremos no sólo las experiencias y opiniones de hombres y mujeres, sean o no padres o madres, sino también las variaciones históricas y culturales de las imágenes de la paternidad. Por ejemplo, al describir la vida familiar del colonizador de Tamaulipas, José de Escandón, en el siglo XVIII, González Filizola escribe que:


“Los dos hijos menores de Escandón, Francisco y María Josefa, por su corta edad al momento del cambio de residencia terminaron de criarse en Nuevo Santander bajo la tutela de su madre y probablemente de algún preceptor traído ex profeso de la villa para tal propósito” (1998: 29).

El momento histórico y cultural es importante para conocer determinadas imágenes y prácticas de interacción entre hijos e hijas y padres; ya sea cargándolos o educándolos, por ejemplo. Por otro lado, no sólo padres y madres construyen imágenes sobre lo que significa ser padre –o madre–, sino también los hijos y las hijas menores al cuestionar ciertas prácticas y estereotipos culturales.

Un viernes por la mañana, a fines de julio del año 2003, por ejemplo, cuando me encontraba en la casa de mi amigo Gilberto, su hijo Margil, de entonces 7 años, observó que en mi computadora tenía una fotografía en la que estábamos mi pareja Artemisa y yo abrazados y cargando a la pequeña hija de un amigo. Me preguntó si era mi hija y le dije que no, a lo que respondió: “Yo pensaba que sí, como tienes barba pensé que estabas casado”. Le expliqué que la niña era hija de un amigo y me preguntó por qué, entonces, yo tenía barba. Le dije que cuando uno crece le sale barba. “Ah, yo pensé que era tu hija porque ya tienes barba, ¿a mí también me va a salir cuando me case?”. Le aclaré que cuando creciera y tal vez antes de que se casara. “¿Y tú ya estás casado?”, preguntó y le dije que no.

Claramente, para Margil, una práctica cultural como cargar a una niña se relacionaba con el hecho de ser padre, al igual que un hombre tuviera barba y abrazara a una mujer con estar casado. Como señala José Olavarría (1999), la paternidad es parte fundamental de las identidades de género y se relaciona no sólo con el ser, sino también con el deber ser de los hombres. Sin embargo, las imágenes de la paternidad, en relación con el ser o deber ser de los hombres, son construidas de formas contradictorias dependiendo de la generación y el estado civil de los hombres y las mujeres.


Esto salió a relucir cuando fui a visitar a José, un estudiante soltero de entonces 20 años. Se encontraba platicando con tres amigos frente a su casa: Javier, un soltero repartidor de refrescos de 25 años; Iván, un soltero estudiante universitario de 22 años; y Oscar, un padre soltero de Saltillo de alrededor de 25 años. Aproveché para mostrarles dos fotografías: la primera donde un hombre joven cargaba a su hija y una pañalera y la segunda de un hombre adulto que llevaba a un hijo y una hija en una carreola2. Sus reacciones y opiniones a la primera fotografía fueron las siguientes:

— José: La tiene que cargar a huevo, ¿ya qué?, ya se “embarcó”3.

— Javier: Así vas a andar tú después, ja, ja, ja.

— José: ¡Cállate, compadre, no me sales! Es un padre que se preocupa por su hija, la lleva a pasear.

— Javier: Ja, ja, ja. Lleva la pañalera para esconder a la niña por si le sale “un tiro”4.

— Oscar: Lo he hecho yo, porque tengo una niña allá y los fines de semana me la llevo a la plaza y también cargo una pañalera.

— Yo: ¿Entonces estás casado? Le pregunté.

— Oscar: No, pero que tengo una hija. Me la llevo a pasear, y como yo andan varios “batos”5, cargando a sus hijos. Aunque a veces te critican, pero vale madre, con que uno esté a gusto.

— Yo. Los demás permanecieron callados ante lo que dijo6.

— Iván: A mí me parece que el chavo trata de pasar momentos inolvidables con su hija, de ayudarle a ser una persona de bien en un futuro, sin problemas psicológicos, su personalidad.

— Javier: Se ayuda el padre, se siente a gusto, deja de lado el estrés de la casa y el trabajo.

Les mostré la segunda fotografía y esta vez comentaron:

— José: Se la pasa toda la semana en el jale y se va a distraer en el tianguis.

— Oscar: Veo un padre soltero, hace la función de madre, como que anda de compras, pero no puede dejar a los niños en la casa.

— Iván: Se distrae él con sus hijos.

— Oscar: Yo pienso que es normal cargar a niños, no le hace que piensen que eres puto o mandilón, yo a veces cargo la pañalera.

— Javier: Al de la foto lo conozco, trabaja en la Kemet (una maquiladora), trabaja mediodía, sale a des-estresarse, saca a sus hijos para complacerlos. En cuatro días que trabaja no lo puede hacer, el fin de semana sí los pasea, los disfruta.

Las reacciones y respuestas a estas fotografías permiten conocer, parcialmente, las imágenes contradictorias sobre la paternidad en una generación de jóvenes. En cierta forma, ejercer la paternidad cargando a los hijos y las hijas o empujándolos en carreolas es visto por ellos, por un lado, como una obligación contraída por los hombres; por otro, como una forma de convivir con los hijos y las hijas. Al mismo tiempo, estas prácticas dan pie al cuestionamiento de la hombría y de la procreación.

Cuando mostraba las mismas fotografías a mujeres sus reacciones y opiniones eran aprobatorias. Gregoria, una abuela casada de 63 años, comentó: “Que bueno que los cargan, así fueran todos”. Una mujer joven, empelada de una papelería, expresó: “Está bien que hagan eso, no se les cae nada”. Mientras que una estudiante de la secundaria, al mirar las fotografías, dijo: “¿Dónde hay de esos para conseguirme uno?”, y enseguida señaló que a los hombres no les gusta cargar a los niños porque piensan que se ven mal.

Es decir, al menos para las mujeres, el hecho de que los hombres carguen a sus hijos e hijas y se involucren en otras actividades relacionadas con su educación y en los quehaceres domésticos, es un ideal de hombre responsable que anhelan como parejas, tal como demostré en un trabajo anterior (Hernández, 2004).


Obligaciones paternas y maternas

Como vimos, la paternidad que construyen hombres y mujeres de la colonia Libertad de una u otra generación, casados o solteros, es un tema importante y de interés. Como algunas mujeres sabían que vivía en unión libre con Artemisa, comúnmente me hacían preguntas como: ¿Y ya es papá o todavía no?, ¿Para cuándo tienen hijos?, ¿Ya mero se animan? Por tal razón empecé a explorar la paternidad preguntando a hombres y mujeres cuáles eran las obligaciones de padres y de madres, si eran las mismas con relación a sus hijos e hijas.

Mis entrevistados en la colonia Libertad coincidieron en que eran las mismas. Por ejemplo, Jacobo, un mesero de 34 años en unión libre, que en el año 2004 era vicepresidente de padres de familia en el jardín de niños José Vasconcelos, opinó: “Yo siento que es lo mismo, es el mismo tipo de obligación, tanto del padre como de la madre; en el ramo económico, sentimental y en todos los actos: económico, moral, sentimental, yo siento que es lo mismo. No por el hecho de que seas papá debes querer menos a los hijos, esa es la política de muchos, pero no, hay que ser parejos”.

Algunas madres, como Romana, casada, de 34 años y con dos hijos, son de la misma opinión que Jacobo. Ella comentó al respecto: “Pues son iguales (las obligaciones), ver a los hijos desde que nacen, todo el tiempo estar con ellos, apoyarlos en lo que se pueda y educarlos, ayudarlos en las tareas que les dejan en la escuela, de llamarles la atención”.

Sin embargo, a mí me interesaba más saber quiénes hacían qué actividades relacionadas con la crianza y educación de los hijos y las hijas, no sólo si había obligaciones paternas, maternas o eran las mismas para ambos. Adoptando una técnica utilizada por Catalina Wainerman (2000) para explorar concepciones de género y la división sexual del trabajo, en la colonia Libertad apliqué una encuesta en la que mencioné a hombres y mujeres algunas actividades relacionadas con la crianza y educación de hijos e hijas y les pregunté quiénes las hacían: si los padres, las madres, ambos por igual u otra persona (abuelos/as, tíos/as, etc.)7.

Los resultados son por demás relevantes. Por ejemplo, siete de cada diez hombres con hijos o hijas respondieron que era la madre quien se encargaba de cambiar pañales; cinco de cada diez que ambos por igual cargaban a los hijos o hijas; cuatro de cada diez que eran las madres quienes apoyaban con tareas escolares y cuatro de cada diez que ambos por igual y el padre, respectivamente, se encargaban de castigar a hijos o hijas (ver cuadro 1). Llama la atención que si bien pocos hombres reconocen que por sí solos realizan las actividades citadas, son significativos los casos de aquellos que resaltan su participación en pareja.

Por el contrario, ocho de cada diez mujeres con hijos o hijas respondieron que eran ellas como madres las que se encargaban de cambiar pañales; seis de cada diez que también ellas eran quienes cargaban a los hijos o hijas; siete de cada diez que ellas eran las que apoyaban a hijos o hijas con las tareas escolares y cuatro de cada diez que ellas y ambos por igual, respectivamente, se encargaban de castigar a hijos o hijas (ver cuadro 2). De las respuestas de las mujeres llama la atención que ellas reconocen menor participación de los hombres como padres en las actividades descritas, tanto por sí solos como en pareja.

Cuadro 1
División de actividades relacionadas con la crianza y educación de hijos e hijas
en la colonia Libertad según la declaración de los hombres (%)


Actividades

El padre

La madre

Ambos

Otros

Cambiar pañales

10.6

68.1

20.1

1.1

Cargarlos/las

13.9

38.3

45.7

2.1

Apoyar con las tareas

19.1

44.7

35.1

1.1

Castigarlos

36.2

22.3

40.4

1.1

Fuente: Encuesta aplicada por el autor de febrero a mayo de 2006, distribuciones porcentuales al interior de cada renglón (Submuestra de 94 hombres encuestados).

 

Cuadro 2


División de actividades relacionadas con la crianza y educación de hijos e hijas en la colonia Libertad según la declaración de las mujeres (%)

Actividades

El padre

La madre

Ambos

Otros

Cambiar pañales

3.1

80.7

11.7

4.5

Cargarlos/las

5.0

57.4

31.4

6.2

Apoyar con las tareas

9.0

69.5

16.6

4.9

Castigarlos

24.7

38.1

35.4

1.8

Fuente: Encuesta aplicada por el autor de febrero a mayo de 2006, distribuciones porcentuales al interior de cada renglón (Submuestra de 223 mujeres encuestadas).

En otras palabras, si bien en el discurso hombres y mujeres coinciden en señalar que no existen obligaciones paternas o maternas, sino que ambos por igual deben encargarse de atender a los/as hijos/as, en la vida cotidiana hay una clara división sexual del trabajo relacionado con la crianza y educación de hijos e hijas, recayendo en las madres la responsabilidad de realizar la mayoría de las actividades exploradas y escasamente en los padres por sí solos.

Claro que afirmar que, de entre todos los padres de la colonia Libertad, ninguno participa en la crianza y educación de sus hijos e hijas sería un error. Si bien el argumento principal de los hombres –e incluso de las mujeres– es que los hombres no se involucran con los hijos y las hijas porque trabajan y se ausentan de la casa, durante mis recorridos observé a hombres que los cargaban, los llevaban al jardín de niños, e incluso declaraban que cuando la esposa estaba embarazada ellos los atendían, ya fuera bañándolos o cambiándoles los pañales.

Por ejemplo, Martín, un taquero de 34 años casado con tres hijos varones, me platicaba:


Cuando salió (su esposa) embarazada eran problemas, eran amenazas de aborto casi por lo regular, que no hagas cosas pesadas (él le decía), yo lavo los trastes, yo trapeo, yo te barro… ya nació el primer bebé y yo le seguía ayudando… siempre hemos compartido el trabajo aquí en la casa como fuera de la casa. Cuando tuvo el primer bebé… no, pues, quédate ahí, yo hago los atoles y que yo le hago esto al bebé, que yo lo cambio, que yo lo baño, ¡nomás dime cómo lo hago!, no, ya empecé a ver, yo lo bañaba, yo lo cambiaba, lo talqueaba y lo acomodaba.

Sin embargo, como han observado algunos autores, la participación de los hombres en la crianza y educación de los hijos y las hijas, así como en actividades relacionadas con los quehaceres domésticos, siguen siendo vistas por ellos como “una ayuda” y no como parte de las obligaciones mutuas. Aún así, en la colonia Libertad no hay una ausencia general de los padres como lo han planteado académicas feministas (Chodorow, 1984; Ruddick, 1989), pues, si bien trabajan, varios dedican horas libres a sus hijos o hijas para convivir con ellos y ellas, o bien durante los fines de semana.


Escuela para Padres

En 1999 el Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia de Tamaulipas inició un diplomado en orientación familiar dirigido a maestros y maestras de primarias y secundarias, para que después emprendieran en sus escuelas un taller denominado “Escuela para Padres”. El taller tuvo como objetivo “orientar y capacitar a las parejas de padres de familia, para fomentar su participación en la importante responsabilidad de guiar con éxito la formación de sus hijos, en el proceso de enseñanza-aprendizaje y su desenvolvimiento en el entorno social” (Sistema DIF Tamaulipas, 1999).

En la colonia Libertad, al igual que en otras colonias de la ciudad y de Tamaulipas, se imparte dicho taller. Participan maestros, psicólogos y médicos que exponen a padres de familia temas como sexualidad, noviazgo, embarazos “no deseados” en adolescentes, entre otros. Sin embargo, entre los padres de familia hay un debate respecto a qué tan apropiado es llamar a estos talleres “Escuela para Padres”, no sólo porque el nombre alude a la figura paterna, sino también porque en su gran mayoría son madres las que asisten y no padres varones.

Mi amigo Ismael, un adolescente de 15 años, me comentó que en la secundaria donde estudiaba impartían ese taller y que su padre había asistido una vez, pero no le gustó. También me comentó que él había observado que solamente iban madres y rara vez padres. Opté por ir a la secundaria a informarme. Allí conocí a la maestra Lourdes, responsable del taller, quien me habló del mismo y confirmó que asistían más madres que padres.

Le pregunté qué opinaba de la poca o nula asistencia de padres varones y me respondió:


Hay un padre de familia, pero siempre se cae en el error. El papá siempre busca la excusa: “yo trabajo, tú eres la encargada de ‘tú’ hijo”. Las mamás dicen: “maestra, yo quisiera que usted exigiera a los padres que vinieran, porque él nomás me dice: si quieres ir a ‘Escuela para Padres’ vete, yo no tengo nada qué hacer allá, yo ya todo lo sé, allá ve tú, son ‘tus hijos’”. Entonces yo me pregunto: ¿Cuándo se le va a quitar el machismo al hombre?, porque siguen igual y no los haces cambiar. Hay uno (padre) que asiste, hay uno que le interesan sus hijos, hay uno que le interesa tener una familia unida.

Lourdes me invitó a una de las reuniones. Antes de empezar el taller conocí a una madre de familia, Ana María, quien expresó que a “Escuela para Padres” sólo asistían madres con hijos o hijas sin problemas escolares, y las que deberían asistir no lo hacían. Le pregunté por qué pasaba eso y me dijo: “Porque no quieren a sus hijos, es la única explicación”. También comentó que no asistían padres varones porque argumentaban que trabajaban y no tenían tiempo. ¿Y su esposo asiste?, le pregunté y respondió: “Trabaja fuera de la ciudad, pero de no ser así me lo traería, pues el hijo que tenemos es de los dos”.

El taller inició con una asistencia de 16 madres y sólo una pareja (padre y madre). Dos médicos (un varón y una mujer) fueron los expositores del tema “Embarazos no deseados en adolescentes”. Durante el taller hubo escasa participación de las madres. Una que otra atinó a decir: “Hoy día los hijos saben más que los padres o la TV se encarga de enseñarles sobre sexo”. Después de la exposición y dos documentales que pasaron sobre relaciones de pareja y prejuicios con portadores de VIH, los asistentes se retiraron apurados.

Abordé a la pareja que asistió, ya que el varón era el padre del que me habló Lourdes. Antonio, de entonces 51 años, empleado municipal y con un hijo en la secundaria, me informó que él asistía a todas las reuniones del taller y que era el único varón que iba. Concertamos una entrevista y me pidió que fuera a su casa al otro día. Cuando llegué se encontraba pelando nopales a la vez que veía fútbol, mientras su esposa hacía de comer.
Le pregunté por qué él sí asistía a las reuniones de “Escuela para Padres” y me dijo:


El matrimonio para mí es de pareja, es de dos, y yo, como ve, ahorita le estoy ayudando a mi mujer, no estoy haciendo otra cosa y me pongo a ayudar mientras ella está ocupada, pero yo igual me salgo y agarro la escoba y me pongo a barrer, y no porque sea hombre eso me va a limitar a mí en ciertas cosas del hogar. Le digo, para mí, el matrimonio es de pareja, es de dos, y así como lo hacemos con los trabajos de la casa, así también con los hijos […] En este caso, de Escuela para Padres o en reuniones de la escuela, siempre que es la educación de los hijos hemos tratado de estar juntos.

Claramente Antonio es una excepción entre los padres de la colonia Libertad, no sólo por asistir a reuniones de “Escuela para Padres”, sino también por tener una concepción de la paternidad y del matrimonio diferente a la de otros hombres, aún cuando él alude a la concepción de “ayuda” en las labores del hogar con su pareja y no reconoce que se trata de corresponsabilidad conyugal. Sin embargo, las confrontaciones y negociaciones entre padres y madres de familia respecto a la obligación mutua de la pareja sobre criar y educar a los hijos e hijas, es un hecho que las mujeres cotidianamente enfrentan en sus casas con los varones.

Andrea, una madre de 41 años, presidenta del Comité de Padres de Familia en la primaria Simón Bolívar, comentaba sobre los debates familiares:



Pues, prácticamente yo siento que la responsabilidad de los hijos… hay hombres que la comparten, pero hay otros que no tienen, ellos bueno… yo voy a hablar por el mío, él está impuesto a nomás la responsabilidad de llevar el dinero porque él trabaja, y la responsabilidad de los hijos se la deja a uno […] Mi hijo también le dice: “apá, mi amá tiene una junta en la escuela”, “Sí, pero nomás anda de junta en junta”, le dice él y yo le digo: “Vamos para que veas lo que dicen”, pero no. 

A pesar de las resistencias de muchos padres (especialmente hombres) de involucrarse en talleres como “Escuela para Padres” u otros relacionados con la educación de sus hijos e hijas, las madres insisten en que es su obligación como padres participar y compartir responsabilidades con ellas. A principios de marzo de 2006, por ejemplo, observé un contingente de alrededor de 20 personas que promocionaban en las calles de la colonia el inicio de reuniones de “Escuela para Padres”. Noté que al frente venían Martín y su esposa Fátima portando una manta con el logotipo del taller.

Quince días después asistí nuevamente a reuniones de “Escuela para Padres” en la secundaria. Al igual que antes, se reunían cada martes de la semana y uno era para exposición de temas y otro para hacer manualidades. Martín era uno de los que asistían comúnmente y al preguntarle por qué lo hacía me dijo: “Pues es que son nuestros hijos, no nomás de la mamá, los dos tenemos que venir a las reuniones”. Fátima, su esposa, coincidía con él e incluso criticaba que sólo dos padres más fueran a las reuniones. Afirmaba que los que no iban eran hombres que no les interesaban sus hijos o hijas.

Lo relevante de “Escuela para Padres”, como programa institucional, es que durante sus reuniones se pretende informar y provocar debates en torno a temas como los embarazos, la sexualidad de los hijos y las hijas, los valores y la violencia familiar, entre otros. Lo más importante es que constituye un espacio de interacción entre médicos/as, maestras, madres y algunos padres con relación a las obligaciones y responsabilidades con los hijos y las hijas, cuestionándose no sólo el ser un padre varón, sino también la responsabilidad masculina en la familia.


Normando la paternidad

A fines del 2004, los diputados del Congreso del Estado de Tamaulipas abordaron el dictamen con propuesta de la Ley de Paternidad Responsable. Después de darle lectura, el presidente de la legislatura puso a consideración del pleno el dictamen en referencia. Sin embargo, no hubo participaciones ni debates y el dictamen fue aprobado por unanimidad expidiéndose el decreto de la ley en cuestión8.

La Ley estipula, entre otras medidas, que cuando una madre registra un menor nacido fuera del matrimonio y presume que el padre no lo reconoce, puede iniciar un procedimiento legal. Si no se reconoce su paternidad, se cita a la madre, el niño o niña y el presunto padre para practicarles un estudio comparativo de “marcadores genéticos”. Si el padre no se presenta y no justifica la inasistencia, se da por sentada la paternidad, debiendo cumplir con sus obligaciones, pero sin tener derechos sobre el hijo o la hija.

Si asiste y los resultados del estudio son positivos, el padre debe pagar su costo, de lo contrario la madre debe pagar. Asimismo, si se demuestra que es el padre, la madre puede demandarlo por gastos de embarazo, maternidad, puerperio y demás que se generan hasta doce meses después del nacimiento. Ya sea que el presunto padre no se presente o resulte positivo el estudio, el padre está obligado a pagar la pensión alimenticia.

En cierta forma esta Ley no es nueva. Desde principios del siglo XX, en Tamaulipas hubo otras que regulaban la paternidad9. Pero hoy día, cuando les preguntaba a algunos hombres y mujeres de la colonia Libertad si sabían que había esta Ley, solían expresar: “No, ni en cuenta” o “No, ¿pero pues de qué sirve?”. Incluso, a principios de 2007, cuando fui a dar una plática sobre masculinidades y paternidad a un grupo de estudiantes universitarios, les mencioné la Ley y pregunté si alguien sabía de su existencia, pero nadie respondió.

Sin embargo, durante mi última temporada de trabajo de campo, comúnmente observé, en la “sección policíaca” de periódicos locales, notas sobre el arresto de padres que no daban la pensión alimenticia. Por ejemplo, el viernes primero de septiembre el periódico Expreso publicó el siguiente titular: Apresan a padres irresponsables. Son acusados por sus respectivas exesposas de no pasar la manutención para sus hijos (Peña, 2006)10. Como éste identifiqué varios casos de hombres arrestados siendo, en su totalidad, de clase trabajadora.

No obstante el desconocimiento de dicha Ley por innumerables hombres y mujeres de la colonia Libertad, los debates en torno al no reconocimiento de la paternidad biológica o, en otros casos, la resistencia de los padres para pagar la pensión alimenticia, eran comunes entre madres solteras, divorciadas o separadas que conocí y que solían quejarse de los hombres etiquetándolos de irresponsables con sus hijos o hijas.

A mediados de abril del 2004 Elena, una obrera de 34 años con dos hijos varones, separada desde hacía cuatro años, me invitó a comer a su casa. Me dijo que su hijo Israel, un adolescente de 15 años, se había ido a otro municipio a visitar a sus abuelos porque su padre no lo había querido llevar de viaje a la frontera. Incluso se quejó, comentó que, a pesar de que el padre de sus hijos trabaja, no les daba ni para los gastos en la escuela.

Enseguida me contó su historia. Después de que se separó, demandó a su esposo reclamando la manutención y él quedó de darle una mensualidad, pero hasta esa fecha no se la daba. Si acaso una semana al mes le entregaba cincuenta pesos: “Cuando menos se hiciera responsable de Israel y no del otro niño, expresó, que le diera para sus gastos de la escuela, pero no, no es responsable”. Un tanto exasperada, agregó que estaba pensando demandarlo nuevamente para que ahora sí cumpliera como padre.

Dos años después, Israel, su hijo, fue a mi casa. Me platicó que cuando iba de visita con sus abuelos paternos a un ejido del sur de Tamaulipas, percibía que no les caía bien, al grado que él optaba por irse con uno de sus tíos que vive cerca. Supo de una conversación entre sus abuelos y su tío, donde los primeros le decían al último que no les gustaba que su hijo (el padre de Israel) le siguiera dando dinero, pues consideraban que Israel ya era grande y debía hacerse responsable.

Israel comentó que eso le molestó mucho, pero sobre todo le dolió. Después de reflexionar unos segundos expresó: “Pero, la Constitución dice que hasta los 18 años debe de mantenerme, así que mi papá no puede dejar de darme dinero”. Sin saberlo, Israel también aludía a la Ley de Paternidad Responsable; las tres generaciones (sus abuelos, su padre y él) evocaban la noción de ser responsable como una categoría relacionada con ser padre o hijo, pero sobre todo, un hombre responsable.

Marina Castañeda, por ejemplo, plantea que “En gran parte del mundo contemporáneo, la figura paterna ya no es una presencia, sino una ausencia” (2002: 199). Ésta es una aseveración demasiado general como para encasillar a todos los padres de todas partes. Si bien el argumento de Castañeda es que la industrialización y la urbanización han incidido en el alejamiento entre padres, hijos o hijas debido al trabajo, deja de lado la diversidad de formas de ejercicio de la paternidad en diferentes culturas y estratos sociales.

Aún en los casos donde el trabajo de los hombres implica viajar constantemente e incluso no hay una relación de pareja (consensuada o legal), la paternidad se ejerce de otras formas. Cuando conocí a Vicente, un camionero de 27 años en el 2003, me platicó que había tenido un hijo con una mujer que apenas conocía. Ella le dijo que estaba embarazada, pero que no quería casarse con él: “Nomás que le respondiera como hombre dándole lana para los gastos del morrito”, según dijo Vicente. Desde entonces, él le enviaba dinero cada mes, sin especificar el monto. Le pregunté si ella lo dejaba ver a su hijo y asintió. Comentó que desde que su hijo tenía cuatro meses comenzó a llevarlo a su casa para presentarlo a sus familiares y convivir con él. A decir de Vicente, no estaba mucho con su hijo debido a su trabajo como camionero, pero cada momento con él lo aprovechaba.

A diferencia de teóricos como Anthony Clare, que plantean que “si reconociéramos que la función del padre es, como tantas otras funciones masculinas, superflua” (2002: 222), para hombres y mujeres de la colonia Libertad ser padre es una práctica importante sujeta a debates domésticos, y es ejercida de formas variadas y regulada por el Estado, mediante programas gubernamentales como “Escuela para Padres” y leyes como la de Paternidad Responsable. Sin embargo, al menos para algunos hombres como Francisco, un soltero de 37 años, ser padre no se reduce a la mera procreación. Una tarde que platicábamos al respecto, comentó: “Tampoco hay que tener hijos a lo pendejo, ¿verdad?”.



Padres y madres “virtuales”

Hoy día, para algunos padres y madres de la colonia Libertad, la sexualidad y los “embarazos no deseados” entre adolescentes son preocupantes, pero muy pocos se atreven a abordarlos con sus hijos o hijas. Sin embargo, tanto en la escuela primaria como en la secundaria son temas revisados en libros y materias sobre el cuerpo humano y la reproducción sexual, a pesar de los reclamos de algunas madres de familia.

Las autoridades estatales han coordinado pláticas sobre estos temas entre estudiantes, mismas que imparten médicos, enfermeras, psicólogos y maestras. La doctora Sandra, quien daba pláticas sobre sexualidad, noviazgo y embarazos en adolescentes a estudiantes de tercer grado de la secundaria, me decía, por ejemplo, que: “Muchos jóvenes no tienen orientación sobre sexualidad o están mal orientados, por eso es que hay muchos embarazos no deseados”.

En las reuniones de “Escuela para Padres” estos temas también salían a colación. La primera vez que asistí a una en la secundaria, por ejemplo, el tema fue: “Embarazos no deseados en adolescentes”. El expositor, un médico, comentó que los hombres huyen cuando dejan embarazada a alguna chica, pues piensan: “Hombre es el que tiene una relación, no el que atiende las consecuencias de la relación”, delegando la responsabilidad a las mujeres, pues creen que no es su problema.

Además, para el médico un embarazo no sólo era “culpa” de los hombres por incitar a las mujeres, sino también de ellas por dejarse seducir. El problema, según dijo, es que los padres educan a los hombres y las madres a las mujeres; no se trataba de machismo, sino de “mala” información sobre sexualidad. Una madre presente comentó que uno de sus hijos, cuando veía anuncios de condones en la TV, no le preguntaba a ella sino a su hermano mayor para que le explicara qué eran. Los hijos ya saben más que los padres, expresó resignada.

En otras palabras, mientras que padres y madres se preocupan por la sexualidad de los jóvenes y los embarazos de las mujeres, las instituciones gubernamentales, escolares y la TV se ocupan de abordarlos. Sin embargo, si bien para las instituciones se trata de políticas de salud sexual, para padres y madres tiene que ver con el ejercicio responsable de la sexualidad por sus hijos y el control de la sexualidad de sus hijas ante un embarazo no previsto que puede ser juzgado por los demás.

En gran medida ésta es una preocupación exagerada, pues, según datos oficiales, en Tamaulipas son mínimas las mujeres menores de 19 años que se han convertido en madres, incluso las que son madres solteras. Por ejemplo, durante el año 2001 se registraron 69,009 nacimientos. De estos, un 0.4% de las madres eran menores de 15 años y 15.9% de entre 15 y 19 años. De estos datos llama la atención que en el primer grupo quinquenal la mitad de las madres declararon estar en unión libre, una quinta parte soltera, otra proporción igual casada y algunas separadas; en el segundo grupo dos quintas partes casadas y otro tanto igual en unión libre, una de cada diez solteras y algunas separadas o divorciadas (INEGI, 2003: 60).

Aún así, a fines del año 2006 el Sistema DIF Tamaulipas implementó un programa denominado “Mejores jóvenes”, mejor conocido como “Padres virtuales”, pues consiste en la distribución de “bebés virtuales” de “ambos sexos” que se entregan por 24 ó 48 horas. Según la coordinadora de este programa, los bebés virtuales se entregaban: “Principalmente, a los adolescentes y jóvenes del tercer grado de secundaria, ya que es la etapa donde más embarazos no deseados se registran”.

Cada bebé virtual posee un microchip que registra información sobre el cuidado que recibe mientras está a cargo de los adolescentes: el tiempo que llora sin ser atendido o el número de veces que pide de comer. A decir de la coordinadora del programa:


Al principio los jóvenes ven a los bebés como cosa de juego, pero una vez que los tienen en sus casas y se ven en la necesidad de estar al pendiente de ellos, dejan de verlo como un asunto divertido y es en ese momento cuando comenzamos a alcanzar el objetivo: desalentarlos de un embarazo a temprana edad (Aguilar, 2007).

Para directivos escolares como Mariano Báez, por ejemplo, “los estudiantes que han vivido esta experiencia, manifiestan que hay que estar bien ubicados en todos los sentidos y tener la edad suficiente para traer un hijo al mundo” (Cabrera, 2006). Mientras que algunas adolescentes como Martha, después de tener a su cuidado un bebé virtual por un fin de semana, comentan: “Los niños son encantadores, pero aún no estoy preparada para ser mamá” (Aguilar).

La coordinadora del programa me decía que los adolescentes varones opinan sobre el programa: “Es mucha responsabilidad, es un trabajo muy difícil, no lo podemos hacer”, mientras que “En las mujeres surge el sentimiento materno, pero no toman la responsabilidad total de cuidar al bebé, no saben cómo hacerlo”. Además de los bebés virtuales también se utilizan “simuladores de embarazos”: un chaleco colocado en mujeres por 24 ó 48 horas para que perciban veinte síntomas de embarazo.

Hasta la segunda semana de enero del 2007, poco más de 20,000 adolescentes de Tamaulipas habían “vivido la experiencia de ser padres virtuales”. Este programa no había iniciado cuando me marché de la colonia Libertad, sin embargo, para algunos jóvenes y adolescentes solteros la paternidad es un asunto serio. Cuando le pregunté a Ángel, un obrero soltero de 25 años, si le gustaría ser papá más adelante, me respondió: “Pues sí, es como parte de la vida, que llega el momento que es papá uno, pero pienso que es mucha responsabilidad”.

Para adolescentes que cursaban el sexto grado de primaria y el tercero de secundaria, respectivamente, si bien los deberes de un padre o una madre son representados de formas contradictorias por hombres y mujeres, plantean que un padre debe “escuchar, atender y cuidar a sus hijos”, “trabajar para mantenerlos”, “ser responsables” y “ser respetuosos”, mientras que dicen que una madre debe “educar y alimentar a sus hijos”, “apoyarlos y quererlos”, “convivir con ellos” y “ser responsables11. Es decir, para ellos y ellas la paternidad y la maternidad implican muchas responsabilidades, pero eso no los exime de ejercer la sexualidad a su edad.



A manera de conclusiones

“La paternidad constituye una práctica que se va aprendiendo y desarrollando”, afirma Jiménez Guzmán (2003: 150), quien, además, plantea que la paternidad implica más que proveer económicamente a la familia, a los hijos y las hijas. Asimismo, afirma que la paternidad incluye actitudes emotivas y afectivas.

Sin embargo, como he intentado demostrar en este trabajo, la paternidad no sólo es una práctica sino también un proceso sujeto a transformaciones históricas y culturales, donde las relaciones de género, generacionales y entre el Estado y hombres y mujeres constantemente se traslapan atribuyendo nuevos significados (y regulaciones) a la paternidad.

Desde esta perspectiva de la paternidad como un proceso histórico y cultural, podemos observar que la construcción de imágenes en torno a ella, por un lado, no se puede comprender si no es en relación con la maternidad y, por otro, que hay variaciones simbólicas (incluso contradicciones) de la paternidad entre hombres y mujeres de diferentes edades, estado civil y posiciones sociales.

Aún cuando para hombres y mujeres ser padre y el ejercicio de la paternidad constituyen una obligación que deben compartir ambos por igual en la familia, en la vida cotidiana hay una clara división sexual del trabajo en torno a la crianza y educación de los hijos, si bien hoy en día, en comparación con generaciones anteriores, los hombres jóvenes se involucran más con sus hijos e hijas.

A manera de supuesto, esto se debe a que, entre generaciones de hombres y mujeres jóvenes, ser padre está intrínsecamente relacionado con ser un hombre responsable, lo que implica no sólo ser un proveedor económico en la familia sino también compartir derechos y obligaciones con sus parejas, hijos e hijas.

En gran medida, las nociones de ser padre y ser hombre responsable a la vez han sido apropiadas por el Estado para regular la paternidad a través de programas institucionales como “Escuela para Padres”, “Padres Virtuales” y leyes como la de Paternidad Responsable en Tamaulipas. Con el argumento de informar acerca de temas sobre la sexualidad en adolescentes, embarazos no deseados, valores y violencia en la familia, el Estado pretende, cada vez más, regular algunos elementos de la paternidad y la maternidad de las personas.

Sin embargo, en la vida cotidiana hombres y mujeres se apropian de y resignifican tales regulaciones del Estado sobre la paternidad –incluso sobre la maternidad–, vinculando el hecho de ser un padre con ser un hombre responsable tanto con la pareja como con los hijos e hijas, considerando que proveer económicamente a la familia es tan sólo una de las responsabilidades masculinas que deben compartirse y complementarse con otras como colaborar en los quehaceres domésticos y convivir entre sí.

Claramente, la injerencia del Estado en temas relacionados con la familia, la paternidad o la maternidad no es nueva. Como en otros contextos de México y América Latina, las instituciones gubernamentales han implementado leyes y programas que intentan moldear y regular comportamientos sociales en la vida cotidiana. Fuera de esto, lo más importante son los debates culturales que se generan entre hombres y mujeres tamaulipecos respecto a ser padre y ser hombre en los albores del siglo XXI.


Bibliografía

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1 Candidato a doctor en antropología social en El Colegio de Michoacán, becario del Programa de Mejoramiento del Profesorado de la Universidad Autónoma de Tamaulipas. E-mail: ohernandez@colmich.edu.mx.

2 Estudios etnográficos como los de Jelin, Vila y D’Amico (1987), García Canclini, Safa y Grobet (1989), y Gutmann (2000), han utilizado fotografías para provocar verbalizaciones y captar ciertas representaciones culturales de los informantes.

3 Se refería a que el hombre de la fotografía ya se había casado y era su obligación cuidar a su hija, a la vez que aludía a la pérdida de la soltería.

4 Se refería a que si el padre tenía la oportunidad de conquistar a una mujer, lo haría escondiendo a su hija en la pañalera para que ella no supiera que ya era padre o sospechara que estaba casado.

5 Se refería a otros hombres.

6 Leon Mann señala que “La presencia real o implícita de los demás lleva a la persona a comportarse de un modo calculado para preservar su reputación” (1999: 9). Es decir, hay cierta preocupación por la reputación social ante otros. Pero en este caso, Oscar invirtió la situación al no importarle su reputación como padre y desafiar los comentarios de los demás, provocando el cambio de actitudes.

7 La encuesta se aplicó en una muestra aleatoria del 20% de las viviendas habitadas de la colonia Libertad, entrevistando a 374 hombres y mujeres de entre 15 y 80 años de edad. Al respecto, los resultados presentados corresponden a una submuestra de 317 encuestados con hijos o hijas. La pregunta en la encuesta fue: Cuando sus hijos o hijas eran pequeñas, o si lo son, ¿quiénes hacían o hacen las siguientes actividades? En total expuse a hombres y mujeres diez actividades relacionadas con la crianza y educación de hijos o hijas. Sin embargo, aquí solamente retomo las cuatro más ilustrativas en mi opinión.

8 Según consta en el acta no. 188 de la Sesión Pública Ordinaria, correspondiente al segundo periodo ordinario de sesiones del tercer año de ejercicio legal de la Quincuagésima Octava Legislatura Constitucional del Estado de Tamaulipas, página 12, 19 de octubre del año 2004.

9 Por ejemplo, en 1923 se adoptó la Ley sobre relaciones familiares para el Distrito Federal y Territorios que databa de 1917, la cual regulaba derechos y obligaciones conyugales y en 1933 la Ley de divorcio, que estipulaba la disolución del contrato matrimonial y la patria potestad sobre los hijos o las hijas (véase Zorrilla, 1980).

10 A decir del periodista, uno de los hombres tenía 24 años y era empleado de una cervecería, siendo demandado por “su ex-mujer” por abandono de obligaciones alimenticias hacia sus hijos. El detenido expresó: “A mí se me hizo fácil no darles nada de dinero”.

11 Éstas son algunas de las respuestas a las frases: “Un padre debe de…” y “Una madre debe de…”, las cuales integré en el test de frases incompletas que apliqué a dos grupos de estudiantes de primaria y de secundaria de la colonia Libertad durante el mes de junio del 2006.



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