Olvido e incomprensión del pensamiento anarquista



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Voluntad de poder

Fabbri escoge como “eje” de la tarea de propaganda -que en este contexto los anarquistas debieran realizar- el concepto de la “voluntad de poder”; (Fabbri, 2000: 50). La voluntad de poder, “es en esencia un instrumento sano”, no hay que confundirlo con las degeneraciones morbosas que puede alcanzar (ejemplos vívidos que denuncian el placer que experimentan ciertas personas al “doblegar la voluntad ajena”, en manipular la “masa impersonal”); la voluntad de poder es una fuerza vital que hay que “cultivar”, “canalizar”, “llevarla a la medida del hombre”, (Fabbri, 2000: 51).

El “poder político” en opinión de Fabbri, es el instrumento más evidente de esta degeneración morbosa del instinto vital; y tarde o temprano, este poder político se apoya en la violencia material para poder pervivir; “si no hubiera policías y ejércitos no existiría autoridad política”, (Fabbri, 2000: 51). Otro de los instrumentos de dominación del instinto vital es el poder económico: “la tendencia del individuo o del grupo a dominar a los otros hombres a través de las armas o de las leyes, equivale a la que lleva a dominarlos a través de la posesión de los medios de producción y de cambio”; (Fabbri, 2000: 51).

La lucha por la libertad del hombre debe ser dirigida al mismo tiempo contra ambas tiranías, la política y la económica, “nuestro tiempo nos ha ilustrado suficientemente respecto de la necesidad de invertir la fórmula corriente y de reconocer el valor político de la propiedad”; (Fabbri, 2000: 52). Ya en “El totalitarismo entre las dos guerras” Fabbri había hecho suficiente hincapié en que el “carácter de la lucha” en el período inter-bélico, no podía explicarse preferentemente por factores económicos, “dato esencial” según la autora para comprender la historia:

“El Estado ha sido siempre la expresión de la clase privilegiada, su creador y su criatura al mismo tiempo. Esto no quiere decir que la causa de los fenómenos políticos (entendiendo por político todo lo que afecta las relaciones entre los hombres), sea necesariamente el interés económico. Todo lo contrario. Lo que mueve al hombre es el deseo de potencia, que no es más que el grado superlativo del instinto vital. Ahora bien, la forma bestial, viciosa, del deseo de potencia es el ansia de dominio sobre otros hombres, la voluptuosidad de doblegar voluntades ajenas, de situarse en un peldaño más alto que los demás”; (Fabbri, 1947: 5).

El socialismo es consciente de esta voluntad de poder presente en cada individuo y pretende satisfacerla “en lo que tiene de más alto”, y de “más humano”, (Fabbri, 2000: 53), como lo han demostrado los estudios de Reclus o de Kropotkin sobre el apoyo mutuo78. Una sana voluntad de poder

“(…) se traduce en el deseo de libertad y de autodominio, en el ansia de plegar la naturaleza hostil y la materia inerte a las necesidades del hombre, en el apetito de trabajo, de creación, de conocimiento; y sobre todo en la asociación que multiplica y extiende hasta los límites del universo conocido las posibilidades y la irradiación de la acción individual, en la solidaridad que, partiendo del subconciente colectivo de la especie, llega a ser, en la esfera de la conciencia, fraternidad, amor, espíritu de sacrificio” ; (Fabbri, 2000: 53).

Es necesario reconocer entonces en toda voluntad de poder esa tendencia invencible en todo ser humano que lo lleva a realizar con escasos intervalos de tiempo tanto las acciones más nobles con las más bajas y brutales:

“la autoridad que atomiza la sociedad bajo el peso de una uniformidad inorgánica, disfrazada de organización, y la solidaridad espontánea que construye en la base los órganos vitales de la vida asociada cuyo proceso culmina en la libertad, son los dos polos opuestos de la voluntad de poder natural en el hombre”, (Fabbri, 2000: 54).

El socialismo “tiene su misma base en este aspecto sano de la voluntad de poder”, afirma Fabbri, su instrumento es la asociación, que “multiplica al infinito las proyecciones del esfuerzo individual”. Por lo tanto, el socialismo es “la verdadera liberación del individuo” ya que da a los productores y a los consumidores la posesión colectiva de los medios de producción y de los bienes de consumo, y libera de esta forma, a las comunidades humanas del “predominio obsesivo del factor económico, transformando la codicia hostil en común esfuerzo de explotación de las riquezas naturales”; (Fabbri, 2000: 49-55).



Función liberadora del determinismo legal

Se ha mostrado como Luce Fabbri presentó su concepción del anarquismo, pero el anarquismo “de siempre”, el “de todos”, (Fabbri, 2000: 31). Este anarquismo posee a su juicio un “significado amplio y un valor permanente”, posee también una o más localizaciones históricas como movimiento organizado que se desprenden del socialismo, aunque no agotan su contenido; (Fabbri, 2000: 30-31). Por esto reivindica los postulados históricos del movimiento ácrata, lo central no ha cambiado, los que se han visto modificados son los “factores históricos en medio de los cuales éste debe conducir su batalla”; por esto, “entre las cosas que hay que “revisar”, acaso ocupen un lugar importante nuestras relaciones con la tradición”, (Fabbri, 2000: 46).

El socialismo surgió en el siglo XIX como “una exigencia de justicia contra la explotación de las fuerzas de trabajo por parte del capitalismo privado”, (Fabbri, 2000: 33). Fabbri reivindica, en consonancia con “Camisas negras” los principios de 1789, principios que el movimiento popular interpretaba no como una conquista ya realizada, sino la “premisa lógica para conquistas ulteriores”; de ahí, que el punto de inflexión que dividió las aguas entre el proletariado y la burguesía fuera junio de 1848 en Francia, cuando el Estado se transformó en el instrumento para defender la propiedad y el orden vigente, (Fabbri, 2000: 33).

Este socialismo, elemental, de amplia base popular, que luchaba “simple y globalmente contra el gobierno y los patrones” y que tenía en la revolución –concebida como continuación de la francesa del 89- su proyecto y deseo permanente, fue quedando paulatinamente de lado ante el surgimiento del “socialismo científico”. La corriente bakuniana pareció “fuera de moda” por el hecho de conservar las características y –en parte- el vocabulario del socialismo sin adjetivos, y de continuar combatiendo “contra el gobierno y los patrones”, (Fabbri, 2000: 34-35). Como consecuencia de este proceso, según la opinión de Fabbri, el socialismo se transformó de aspiración liberadora, en una interpretación más o menos determinista de la historia:

“Marx (…) se equivocó en la segunda parte de su diagnóstico, cuando dijo –y todos lo aceptaron- que la muerte del capitalismo privado significaba el triunfo del socialismo. Esta falsa previsión derivaba de la función central que desempeñaba en el sistema de Marx el factor económico y de la sobreestimación que en él se hacía de la importancia de las clases”; (Fabbri, 2000: 34).
Pero esta interpretación, ya desde entonces, no contó con una aceptación unánime; el desarrollo posterior de la teoría marxista implicaba sostener que “el Estado es la expresión de la clase privilegiada”, que el proletariado, “construyendo –a través de su propia dictadura- el socialismo (que es por definición una sociedad sin clases) se niega a sí mismo como clase y, destruyendo las clases, destruye al Estado”; “esta es evidentemente -afirma Fabbri- la afirmación más utópica que jamás se haya hecho en el campo socialista (…) La divergencia entre Marx y Bakunin, continuada a través de la escisión de la 1a. Internacional tiene por centro este problema. Bakunin describe proféticamente, hablando de la dictadura del proletariado, el Estado totalitario moderno”; (Fabbri, 2000: 34).
Pero la historia ha dado la razón a los postulados de ese socialismo primigenio, “los hechos hoy han revelado a todos el carácter utópico de la teoría de la autodestrucción del Estado”, (Fabbri, 2000: 34-35); y si el socialismo quiere sobrevivir, afirma Fabbri, “el socialismo se vuelve a encontrar en la vieja posición: contra el gobierno y los patrones”; (Fabbri, 2000: 36).79

Hoy, somos más conscientes que nunca de la arbitrariedad que toda pretensión de encontrar “leyes” en los procesos humanos comporta:

“El concepto mismo de ley, aplicado a los seres humanos está hoy en crisis, ya sea que se lo tome en sentido jurídico, o que se dé a la palabra un sentido científico en el ámbito de las disciplinas que estudian al hombre. En esta época de extrema mecanización material nuestra visión de la vida se ha hecho más realista; la única realidad verdaderamente concreta es el individuo, la única fuerza concreta su fuerza física y espiritual. Así las leyes históricas, económicas, fonéticas, que parecían gobernar la evolución de las instituciones humanas, de la producción y el consumo, o de las lenguas, se reducen a simples indicaciones estadísticas y ayudan a hacer cálculos de probabilidades, que pueden ser contradichos en cualquier momento por imprevisibles intervenciones, no del factor hombre en abstracto, sino de determinados hombres en concreto, muchos o pocos, débiles o poderosos”; (Fabbri, 2000: 77).

A diferencia del siglo pasado, aclara Fabbri, momento en que muchos anarquistas aceptaban gran parte de la visión marxista de la economía, hoy somos conscientes del “peligro que se esconde en las tácticas y programas basados en una teoría general de la historia”, (Fabbri, 2000: 46); “Las construcciones abstractas y fuera del tiempo, como la de Rousseau y –pese a su apariencia historicista- el marxismo, siempre han llevado a la dictadura”, (Fabbri, 2000: 30).

No obstante, aún encontramos en la actualidad una misma actitud dogmática tanto en el materialismo filosófico como en su antagonista, el pensamiento religioso; ambos comparten una misma fe, una misma idolatría, una misma inclinación peligrosamente totalitaria. Existe una “línea de derivación directa” desde la “Ciudad de Dios de San Agustín (…) a Torquemada; (…) la misma que lleva del materialismo dialéctico a los campos de concentración stalinianos”. En ambas actitudes, la de quien “se siente intérprete de la historia, como quien se cree inspirado por Dios, sacrifica la vida presente a la futura. Y no se puede sacrificar el presente de los hombres –que están vivos y aman a pesar de todo la vida –sin el más brutal ejercicio de la autoridad”; (Fabbri, 2000: 46).

Capitalismo y sovietismo son más parecidos de lo que habitualmente se cree, en sustancia, entre “oriente” y “occidente”, no existe más que una “efímera rivalidad”; (Fabbri, 2000: 59). La “lucha verdadera”, a través de la cual todavía se puede salvar el destino de la humanidad, no es la guerra, sino el esfuerzo revolucionario contra los totalitarismos en acto o en gestación en todas partes del mundo,

“La única posibilidad de ‘tercera posición’ se encuentra fuera de los partidos autoritarios, por encima de las fronteras, fuera y contra los cuadros del capitalismo privado y de la burocracia del Estado empresario; se halla entre los hombres y las mujeres, considerados en su común humanidad, como seres que piensan, aman, trabajan y consumen pero sólo en la medida en que logren ser ellos mismos, rehuyendo la falsa simplicidad de las clasificaciones que los “directores” privilegiados de la política mundial imponen en tácito acuerdo, en defensa de sus intereses, los que se oponen ciertamente entre sí en una lucha feroz por el predominio, pero coinciden en un común instinto de conservación, que terminará quizás por identificarlos”; (Fabbri, 1951: 4).

Este esfuerzo, no sólo no tiene nada que ver con la guerra, sino que “es en sí mismo la única posible lucha contra la guerra misma, siempre que sea esfuerzo creador, esto es, en este momento, siempre que sea esfuerzo orientado en sentido socialista”; (Fabbri, 2000: 59).

Fabbri no pretende erigir una teoría de la revolución, sus juicios son el resultado de la “experiencia histórica”, experiencia que revela la artificialidad del “seudo-historicismo de la misión revolucionaria de la clase trabajadora”, de la falsedad de la tesis del socialismo “como heredero necesario del capitalismo privado”, de la “revolución provisoria” y de otros “mitos” que no han sido más que ideas-fuerzas, es decir, en definitiva, ideas utilizadas como “instrumentos de dominio”, dice la autora. Los esfuerzos de Fabbri están orientados a combatir los determinismos históricos, la historia es dialéctica, pero no en sentido marxista, (Fabbri, 2000: 36). Las funcionalidades anti-utópicas del discurso están dadas por los “fatalistas de las leyes históricas”, aquellos quienes quieren obrar respetando escrupulosamente presuntas “leyes históricas”, pero que terminan al margen de todos los procesos reales; (Fabbri, 2000: 71).

El retorno de este “socialismo supérstite” está representado hoy, por el anarquismo. Este socialismo, “no anula, ni siquiera ideológicamente un siglo de historia, sino que atesora sus enseñanzas, ya que representa la solución de seudo-soluciones fracasadas, y no, como en el socialismo del período de los orígenes, una visión demasiado nebulosa, o una ignorancia total, de los problemas futuros”, (Fabbri, 2000: 36). Fabbri entiende que el tránsito de esta realidad de opresión a un futuro liberador no puede ser pensado como una ruptura brusca y definitiva con el pasado, la libertad de los individuos es central, la historia es el resultado de una praxis humana, una constante construcción-deconstrucción de individualidades y forjamiento de estructuras más libres; de este modo, vemos en Fabbri una acentuada postura “antijacobina”, ya que –como afirma Zibechi- “rechaza con vehemencia, y notable valor moral, la posición de hacer tabla rasa con el pasado”, (Zibechi, en Fabbri, 2000: 21).80



Función crítico-reguladora

En los escritos de Fabbri pueden identificarse dos usos diferentes de la palabra “utopía”, por una parte, utopía es –siguiendo el uso ordinario que posee en nuestra cultura- algo irrealizable; en este sentido Fabbri afirma que el socialismo libertario no es “utópico” porque se está construyendo en libertad, en la “historia real”, en individuos concretos, depurando las experiencias del pasado, aprendiendo de la tradición y aferrándose a un deseo incansable de libertad; utopía es en cambio, “querer fabricar una sociedad desde posiciones de gobierno, utilizando a los hombres como materia prima a fuerza de leyes aplicadas por la violencia”; (Fabbri, 2000: 77).

En otro sentido, Fabbri utiliza “utopía” como la condición de posibilidad de realización que todo esfuerzo humano conlleva,

“Tenemos necesidad de orientar nuestro camino, de un punto de llegada, al que sea posible acercarse cada vez más aunque se tenga la conciencia de que la perfección no es cosa humana y está por consiguiente como el paraíso de las distintas religiones, fuera de la Tierra. ‘Hermoso pero irrealizable’ repite la gente. ¿Por qué irrealizable, si tiene una realidad en la mente del hombre y llega a orientar su acción en una cierta medida? Esta medida es también la de su ‘realidad’”; (Fabbri, 2000: 72).

Siguiendo esta orientación, afirma que “todo lo humano es utópico antes de traducirse en realidad; y todo lo que depende de la voluntad es irrealizable. Lo que importa es tener un camino orientado”; (Fabbri, 2000: 76). El ejercicio de proyección que posibilita orientarnos, adquiere en este texto, el nombre de “esquema”. Según Fabbri, un problema que “atormenta desde hace tiempo a los anarquistas”, pero que “parece hacerse sentir en forma más aguda en este momento”; y que se refleja en el pudor “con que se evita definir idealmente el futuro”, es el temor al ridículo. Esta dificultas radica en una “debilidad congénita” que posee toda utopía anarquista:

“(…) una “utopía” anarquista posee (…) una debilidad congénita: cuanto menos autoritario sea un régimen; tanto mayor será la expresión de aquella variedad ilimitada que es inherente al espíritu humano, y por consiguiente tanto menos reducible a un esquema”; (Fabbri, 2000: 71).


A pesar de esta aparente debilidad, Fabbri reivindica el ejercicio de proyección de ese ideal, “los esquemas son útiles”, siempre “sobre una base material concreta, limitada en el tiempo y en el espacio (…) y sirven entonces como ejercicio, aún cuando la realidad se muestra siempre mucho más grande que ellos”; (Fabbri, 2000: 71). Este rol es muy importante –dice Fabbri - “pero a esto se limita su eficacia”. En el polo opuesto se ubican los “destructores”, “los que piensan que todo está podrido en la sociedad actual y hay que barrerlo todo, dejando a la Revolución o a la Humanidad Futura (con mayúsculas) el encargo de reconstruir. Son los fatalistas de la espontaneidad”, actitud que termina siendo legitimadora del statu quo, (Fabbri, 2000: 71). El “utopismo antiutópico” también está presente en estos “eufóricos” que quieren todo ya, “producto tanto de un dinamismo exasperado, como de la pereza de la voluntad, que evita el esfuerzo menudo y sostenido, sin recompensa a término”, conciben la historia “bajo el signo del milagro”; (Fabbri, 1962: 17).

Por eso, “el socialismo libertario (…) es acaso la única utopía que no ha sido derrotada, en terreno teórico, por los acontecimientos. En la práctica, en lo concreto del acontecer diario, el proyecto anarquista está acostumbrado a las derrotas (…) Esto se debe a que a diferencia de los demás proyectos, no centra su victoria en la conquista del poder”; (Rago, en Fabbri, 2000, estudio posterior: 92).

Los antecedentes históricos, experiencias de socialismo de base, autónomos, tratando de no quedar anulados en el Estado como la Comuna de París, Rusia en 1917, la experiencia de tres años en España, todas estas experiencias aisladas, efímeras, “son sin embargo suficientemente frecuentes y amplias como para señalar un camino”; (Fabbri, 2000: 76). Un camino que debe exigir una fuerte coherencia entre fines y medios: “justo por este especial carácter suyo, el punto de llegada no cambia. Cambian, sí, los obstáculos a través de los cuales debe pasar el camino, que es, esencialmente, el camino de la libertad”; (Fabbri, 2000: 72).

Función anticipadora del futuro

En el prólogo a “El Camino”, firmado por La Editorial Nordan/Comunidad del Sur, se afirma que el pensamiento de Fabbri, “enraizado en la historia”, apunta sin embargo “a un proyecto de sociedad contra la historia”, (Fabbri, 2000, prólogo: 15); es posible leer en esta opinión el hecho de que el anarquismo que Fabbri concibe es una posibilidad cierta, alternativa capaz de encauzar los procesos históricos, que, no obstante, siempre están sujetos a las voluntades humanas. Enraizado en la historia, a través de una “descentralización coordinada”, es posible

“(…) un retorno maduro a la originaria democracia directa de nuestra comunidad medioeval, antecedente histórico no despreciable para nosotros, que, no teniendo a nuestra disposición el engañoso instrumento de la dictadura con la cual parece fácil crear un mundo nuevo sobre las ruinas de todo el pasado y el presente, debemos tratar de liberar en el presente aquello que hay de más libre, vivo y espontáneo (y las raíces en el pasado son una garantía de espontaneidad)”; (Fabbri, 2000: 45-46).81

Las “posibilidades lógicas” de organización política no son infinitas, opina Fabbri, el predominio marxista “está ya lógicamente superado en el campo socialista”, tanto por el fracaso del socialismo estatal estalinista como por la difuminación de los principios revolucionarios en los partidos socialdemócratas. Por lo tanto, “en el horizonte de las probabilidades lógicas”, no queda otra opción más que el socialismo antiestatal “con su debilidad numérica y su fuerza moral, justamente en el momento en que el viejo enemigo de la libertad, el Estado, se está identificando con el viejo enemigo del socialismo: la explotación capitalista”; (Fabbri, 2000: 36-37).

Estas afirmaciones traslucen una profunda confianza en que los acontecimientos no pasan en vano y que los pueblos realizan un aprendizaje de sus errores; según Fabbri, es posible una acumulación histórica capaz de retomar lo más genitivo y fermental de las experiencias del pasado. Esta convicción no parece coincidir con la desazón que expresara Fabbri en el inicio de Camisas Negras respecto al fenómeno del fascismo, pero es solidaria con el contexto general de su pensamiento.

El anarquismo es un proyecto contra la historia, en el sentido de que las antinomias “socialismo”/“individualismo capitalista”; “sector planificado de la sociedad”/”sector libre”; “liberalismo económico”/“liberalismo político” serán superadas. En realidad, “el capitalismo jamás ha sido individualista y no se llega al socialismo a través de la estatización”; (Fabbri, 2000: 38). Estas asociaciones de pares de ideas son artificiales y a pesar de todos los esfuerzos, terminarán por romperse:

“(…) no pasará sin duda mucho tiempo que el fracaso progresivo del liberalismo capitalista en el campo económico y político obligará a disolver el binomio. Quienes lo defienden porque se sienten ligados al sistema capitalista de producción basado en el beneficio (que, compatible en un tiempo con la libertad formal, ponía sin embargo en manos de los privilegiados un invisible bastón de mando) dejarán caer su liberalismo para conciliarse con los nuevos regímenes más o menos totalitarios en formación, que salvan la jerarquía social, creando una casta superior y privilegiada de funcionarios. A su vez aquellos que en el binomio libertad-capitalismo ven sobre todo los valores del primer término y sufren el segundo como una necesidad histórica inherente al primero, al reconocer el carácter falaz de este vínculo, serán llevados naturalmente a dejar de defender el privilegio económico”; (Fabbri, 2000: 38-39).

De todo lo dicho entonces, Fabbri concluye que las posibilidades de que la sociedad construya un futuro alternativo en sentido libertario están vigentes:

“Por esto es que el anarquismo, que es actitud básica, elemental, permanente, tiene hoy históricamente su hora, o mejor, para no hipotecar el porvenir, ni mutilarle al pasado sus hipotéticas posibilidades no realizadas, una de sus horas. Esta determinada posibilidad de hoy está en la identificación de un completo socialismo con un completo liberalismo en la catarsis de la voluntad de poder. Aprovechar esta hora puede ser obra de pocos, siempre que sean conscientes y plenamente desinteresados”; (Fabbri, 2000: 44).

La función anticipadora del futuro está dada en esta obra por esta misma concepción que entiende que los acontecimientos históricos de la humanidad deben interpretarse como un ‘caminar’ colectivo82, es una postura contra los fatalismos y contra los determinismos en un período de mucha polarización ideológica, y amenaza de una guerra total. Una postura más “modesta” y “realista”, sostiene la autora, una postura que consiste en

“… repudiar el ‘todo o nada’, en respetar aquello que pueda haber de bueno en lo que el esfuerzo humano ha creado en los siglos, en acentuar y mejorar todo lo que tenga de libertario y solidario, combatiendo en cambio todas las manifestaciones autoritarias que lo deforman y desnaturalizan. Este no es un fin último al que tienda una única revolución83: es un camino en el cual evoluciones y revoluciones (llamando revoluciones los períodos de crisis –violenta o no- en que el proceso histórico toma un ritmo más rápido y el trabajo silencioso de siglos muestra de pronto sus frutos) se alternan, camino sobre el cual es posible verse obligados a retroceder en los momentos de derrota, pero que es sin embargo el que se quiere seguir”; (Fabbri, 2000: 71-72)84.

Hay en esta última frase un otorgamiento muy importante a la voluntad política, en detrimento de los determinismos, naturales o científicos85; una voluntad que involucra tanto a las decisiones colectivas como individuales, (Fabbri, 2000: 36); y en el que la lucha en sí tiene una importancia capital, por el significado que encierra, aunque esas pequeñas conquistas sean sólo psicológicas o internas, “siempre serán conquistas”, (en Rago, (2002): 183).

Por eso la revolución no es la “principal tarea” de los anarquistas, sino “un momento de una historia que toda ella es tarea para nosotros”; (Fabbri, (1962): 48). El “programa” de la revolución libertaria,

“(…) es la ruptura, o la transformación en el sentido de la máxima elasticidad de los moldes de la sociedad actual, moldes que –con términos que no han crecido en proporción a su significado –llamamos Capitalismo y Estado, y que son por otra parte anacrónicos en su rigidez estructural frente a la potencia del hombre de hoy y –desde un principio- inadecuados y arbitrariamente constrictivos frente a las posibilidades y exigencias colectivas e individuales del hombre de siempre. Romper o modificar profundamente los moldes e impedir que se formen otros tanto o más coactivos que los destruidos, dejar que las energías liberadas se den, desde adentro, las estructuras que le son naturalmente apropiadas, substituir la subordinación coactiva por una coordinación orgánica y eventualmente planificada, sobre la base de pactos revisibles y delegaciones revocables, en la que la responsabilidad de cada uno sea en lo posible la garantía de la vida de todos”; (Fabbri, 1962: 10).

La anticipación del futuro se da en los textos de Fabbri partiendo de una concepción de la historia abierta a las posibilidades de realización, asumiendo la potencialidad humana y atenta a reconocer y sumarse a los importantes logros que a lo largo del “camino” los seres humanos estamos construyendo. El socialismo antiestatal se vislumbra entonces en el campo de lo posible como alternativa al tiempo vivido y posibilidad lógica, que apuesta a evitar los errores del pasado en una tarea de aprendizaje constante.




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