Olvido e incomprensión del pensamiento anarquista



Descargar 0.68 Mb.
Página7/12
Fecha de conversión23.12.2018
Tamaño0.68 Mb.
Vistas278
Descargas0
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   12

Los orígenes

El esfuerzo de Luce Fabbri por definir y desentrañar las causas que dieron origen al fascismo en Italia advirtió, en primer lugar, sobre el desenvolvimiento de un “proceso lógico” que si bien tuvo su primera manifestación histórica en esta península, extendió su modelo a otros países y, advierte la autora, “puede repetirse en cualquier otra parte”, (Fabbri, 1934: 9).52 La autora señala que hubo un letargo respecto del fenómeno del fascismo, se creyó un acontecimiento aislado, marginal, un retroceso momentáneo de una particular región geográfica, y sólo un violento impacto obligó a despertarnos de esta languidez: la certeza de que el nacionalsocialismo se expandiera por toda Europa. El “fascismo alemán”, es el hijo predilecto y mejor acabado del fascismo italiano; es necesario entonces, en opinión de Fabbri, estudiar en él, las causas que le dieron origen para comprender también los demás fascismos de la región.

No obstante, esta tarea no se ha realizado a tiempo, se ha perdido la posibilidad de aprender de la experiencia italiana; no ha habido una acumulación histórica,

“Y así la experiencia trágica, acaso mortal, de toda una nación, ha sido completamente inútil. Los mismos errores se han repetido, el mismo descuido, en todas partes, ha permitido a las fuerzas reaccionarias levantar la cabeza e iniciar la destrucción de todo lo que había sido conquistado”, (Fabbri, 1934: 9).

Esta pérdida de aprendizajes de la experiencia italiana fue alimentada –a juicio de Fabbri- por dos posturas, ambas igualmente infecundas, que oscilaron entre el optimismo ciego “confiado y cómodo” -que veía en el fascismo italiano un fenómeno aislado y localizado como vimos- y un pesimismo que supeditaba la historia a factores ajenos a ella, constituyendo así un carácter de tragedia: se habla de “fatalidad histórica”, de “inflexibles leyes económicas”, del “fracaso de la idea de libertad”; (Fabbri, 1934: 10). Fabbri reacciona ante este determinismo estableciendo que el origen de las dictaduras en las que desemboca el fascismo no puede reducirse a un cliché, porque “el campo multiforme de la historia humana escapa continuamente a nuestro afán sistemático de previsión”, y porque “la vida, aún en sus manifestaciones colectivas, es el dominio de lo imprevisto”, (Fabbri, 1934: 12). Se abordarán estos aspectos en lo que sigue.

El ambiente cultural pre-fascista en Italia

El “proceso lógico” que desembocó en el fascismo, fue el resultado de un itinerario histórico y como tal, deudor de las causas que le dieron origen. Es interesante notar que Fabbri señala entre ellos, sutiles antecedentes culturales que coadyuvaron en su gestación. Los elementos culturales habían quedado relegados en los primeros momentos del fascismo cuando el movimiento sometió la teoría a la práctica, pero fueron adquiriendo relevancia a medida que el régimen de Mussolini se estabilizó y decidió emprender una política de difusión “extra muros”:

“Hubo motivos políticos, culturales, sentimentales, que se aliaron consciente o inconscientemente al motivo económico y sirvieron cual más, cual menos, a preparar el terreno para el movimiento fascista y a darle después su color especial y su contradictorio contenido teórico”; (Fabbri, 1934: 54).

En Italia, antes de la guerra, las tendencias culturales que “agitaban el ambiente en sentido prefascista”, refiere Fabbri, carecían de importancia y de estructuración interna, sus principales lineamientos eran contradictorios entre sí y estaban lejos de percibir las consecuencias extremas que de ellas prolongaría el fascismo después de la guerra; (Fabbri, 1934: 54). El positivismo, al igual que en toda Europa, gozaba en Italia de un prestigio ascendente en los primeros veinte años del siglo XX, su influencia había impregnado todos los estamentos culturales y derrotado al “espíritu romántico”. La filosofía, la literatura y la cultura en general se presentaban con un tinte cientificista; pero, como advierte Fabbri, “razón y sentimiento”, “ciencia y misticismo” son “inmanentes” en el espíritu humano y no basta ninguna corriente de pensamiento, por más poderosa que sea, para borrar de la mente de los seres humanos esta tensión inconciliable, aunque fecunda y complementadora; “no podían faltar pues corrientes que reivindicaran contra la experiencia y contra la razón, las exigencias estéticas e irracionales del alma humana”; (Fabbri, 1934: 55).

Esta “atmósfera cultural”, mezclaba confusamente las siguientes tendencias:

“Un vago irracionalismo, un vago misticismo, un vago individualismo, reacción romántica contra el positivismo dominante en la cultura oficial y el iluminismo demócrata que constituía el ideal político de la gente tranquila. Esa atmósfera contenía inconscientemente, insisto sobre esta palabra, junto a muchas otras cosas, también los gérmenes de lo que será más tarde la doctrina aparente del fascismo”; (Fabbri, 1934: 58).

Estas tendencias disímiles -cuyo único elemento aglutinador era el “reivindicar los valores pasionales”- Fabbri las denomina “romanticismo”; advirtiendo previamente sobre la vaguedad y demasiada amplitud del término. El ambiente intelectual crecía en una tendencia de espíritu antidemocrático, actitud individualista y literaria, estética si se quiere, pero que en todo caso, resultaba difícil imaginar que pudieran coincidir en la práctica53.

El fascismo se sirvió de este caos contradictorio de elementos para hacerse de una teoría, “un débil barniz ideológico”, extrayendo los insumos de esta materia prima intelectual de la Italia anterior a la Gran Guerra; “factores involuntarios”, que la guerra hizo pasar del estado latente a la actualidad de la conciencia54. A pesar de que Fabbri aclare que esas teorías “no constituyen el contenido ideológico del fascismo”, es interesante apuntar el hecho de que les atribuya cierta responsabilidad en las consecuencias futuras –posiblemente no deseadas- del movimiento fascista posterior, reprocha a estos intelectuales que sus actitudes pesimistas, individualistas y estéticas resultaran ser funcionales a la situación política de la época y poco constructoras de un proceso de cambio en el sentido de revolución social y política55.

Contenido ideológico” y “contenido lírico” del fascismo

El fascismo surge entonces como un “fenómeno histórico sin autoconciencia, que ha adquirido coloración distinta según las circunstancias (…) una fuerza en busca de una ideología”, (Fabbri, 1963: 5); “es la obra instintiva y apresurada del miedo: del miedo y del odio”, es la respuesta al “anhelo de emancipación de las masas”, (Fabbri, 1947: 7). Es importante no prestarse a equívocos, ya que, como se verá a lo largo de este capítulo, una estrategia habitual de este régimen es la manipulación de los conceptos56; es útil distinguir en el fascismo –propone Fabbri– un contenido “ideológico” y un contenido “lírico”; el esquema podría ser el siguiente:




Contenido ideológico del fascismo

Contenido lírico del fascismo

Defensa armada de los privilegios de la clase burguesa.

Crítica a la banalidad de la democracia burguesa

Voluntad de dominio

Esteticismo

Antidemocracia

Rebeldía

Restauración




En primer lugar, Fabbri advierte dos rasgos nítidos en el fascismo; son su carácter clasista -a pesar de las constantes negaciones de sus protagonistas y mentores- y su carácter absolutista:

“Lo que podemos decir es que las causas del fascismo a pesar de no ser sólo económicas, tienen todas un carácter clasista, ya que la división en clases no se limita al campo económico. Es la reacción de una clase contra los progresos de otras. Fascismos y guerras son dos momentos de una misma aspiración. Frente a una realidad técnica que se transforma rápidamente, cambiando a la vez las condiciones de la acción y de la vida, el capitalismo siente que le falta terreno bajo los pies y busca en un fortalecimiento del Estado por él controlado un medio para conservar violentamente lo que quiere morir de muerte natural. Tal es el origen de las dictaduras en las que desemboca el fascismo.” (Fabbri, 1934: 12).57

Fabbri concibe al fascismo como un producto creado por el capital privado para defender sus intereses; tanto en la práctica como –después de la marcha sobre Roma- en la teoría, siempre se ha mostrado y declarado un defensor del capital privado:

“En la práctica (…) el fascismo (…) que vive al día por las razones mismas de su vida, obedece a los intereses de los grandes tiburones de la industria, así como, en sus comienzos, los camisas negras no hacían sino ejecutar la voluntad de los distintos comerciantes y latifundistas, que los dirigían contra una determinada organización, contra los huelguistas, contra una cooperativa”; (Fabbri, 1934: 14).


El fascismo tiene para el capitalismo el interés que puede tener una herramienta, útil para frenar los cambios que se venían operando en la sociedad y permitir a su vez su metamorfosis necesaria:

“El capitalismo se servirá de él, en una palabra, para no dejar a sus adversarios la iniciativa del cambio, para conservar las riendas en el momento crítico, para poder morir bien y resurgir bajo otras formas. El fascismo puede ser en los cálculos del capitalismo un medio de salvación o un agente de eutanasia” (Fabbri, 1934: 13).

Por esto es un proceso reaccionario, más allá de que sus vestiduras sean nuevas:

“El fascismo italiano, que habla a cada momento de reconstrucción, de la nueva idealidad, de la nueva Italia, no hace sino llamar con nombres nuevos y cubrir con caparazones jurídicas nuevas la opresión de una clase por otra protegida por el Estado: es decir, una realidad vieja que contrasta visiblemente con las exigencias económicas y espirituales de la sociedad moderna.” (Fabbri, 1934: 19-20).

Al sostener que el fascismo es “un ataque violento contra la civilización burguesa y liberal del siglo pasado”, Fabbri establece una línea de continuidad a través del tiempo, mostrándolo como una reacción a las conquistas obreras de la segunda mitad del siglo XIX, y esto es posible, “sólo porque esa civilización contiene en sí los gérmenes o, mejor dicho, las posibilidades de desarrollo de un mundo nuevo que la supere”; (Fabbri, 1934: 11). La Revolución Francesa, dejó como legado el afianzamiento de la burguesía como actor político y económico, pero, al mismo tiempo, permitió consolidar una “progresiva conquista de las libertades políticas y constitucionales” de los sectores más desprotegidos de la sociedad, proceso que, no obstante, abandonó temerosamente; (Fabbri, 1934: 14-15). La burguesía capitalista una vez consolidada la Revolución Francesa, al asumir los puestos de mando, destruyó los puentes que ella misma había creado. En Italia, por ejemplo, ante el avance del movimiento obrero,

“Cuando las clases adineradas, que esperaban llenas de terror y de odio el estallido de un movimiento expropiador, se dieron cuenta de la debilidad material de las masas, recobraron ánimo y salieron ellas del campo de la legalidad para destruir con la violencia lo que el pueblo sobre el terreno legal había construido. Tuvimos, así en Italia una contrarrevolución sin haber tenido una revolución. Esa contrarrevolución, que pareció en ese entonces un fenómeno puramente italiano y es hoy un fenómeno mundial, se llamó fascismo.” (Fabbri, 1934: 75).

Este doble desarrollo de la burguesía en su aspecto político y económico va a ser muy importante en apreciaciones que hará Fabbri en obras posteriores; en su opinión, el capitalismo se ha servido del Estado en una condición dual: por una parte, el Estado era una protección para el capitalismo en sus comienzos, pero también un estorbo, de ahí que los dos caracteres fundamentales de la mentalidad burguesa en el siglo pasado fueran “la tendencia a limitar por las trabas democráticas el poder del Estado y el individualismo, sea en el campo económico, sea en el campo espiritual y político”; (Fabbri, 1934: 15)58:

Lo que hace poderosamente significativo el fenómeno fascista es justamente el hecho de que con él la burguesía capitalista rompe en las manos del proletariado el arma frágil que antaño ella misma creara para sí y que hasta ahora le sirvió para adormecer las nuevas fuerzas en una engañadora apariencia de seguridad y de progreso científico.” (Fabbri, 1934: 17; cursivas nuestras).

Esta reacción violenta contra los valores espirituales, sociales y políticos surgidos de la Revolución Francesa es una de las características más saliente –aunque no la más profunda- que distingue en todo el mundo al fenómeno fascista de los otros fenómenos de reacción policial,

“Este tipo de acción violenta, a menudo sádica, orientada contra las realizaciones de la clase obrera y contra los intelectuales considerados de izquierda, constituía lo único concreto y materialmente visible del movimiento fascista, a través de sus continuos cambios de ideología. Y es aún allí, en esos hechos siniestros, iluminados por toda experiencia posterior, que hay que buscar hoy la substancia y la definición del fascismo”; (Fabbri, 1963: 11).

Asimismo, el fascismo encarna el “principio de autoridad”, ya que cuando la propiedad está amenazada, vuelve una “mentalidad de las cavernas” para defenderse; (Fabbri, 1934: 18). Por eso estamos asistiendo al fin de la democracia, instrumento creado para servir a la burguesía capitalista, “arma forjada para los intereses de una clase en progresivo ascenso, termina su ciclo histórico ahora que esa misma clase, llegada a su punto culminante, tiene que emplear armas muy distintas para mantenerse en las pasiones conquistadas”. (Fabbri, 1934: 17).

Y esas nuevas armas están dadas por la estructuración jerárquica de la vida, la clase explotadora rechaza ahora la democracia para volver atrás, “para borrar de la historia humana en beneficio propio todas las luchas del siglo XIX, que los fascistas recogiendo una frase de Daudet, llaman ‘el estúpido siglo XIX’”. (Fabbri, 1934: 17).


Fabbri reconoce entonces, en la actual coyuntura europea, tres principios en lucha; en primer lugar, “la civilización burguesa democrática”, deudora de Revolución Francesa y del iluminismo posterior, “impregnada de una adoración un poco abstracta por la libertad política y económica”, que utilizó como instrumentos el tercer estado en su fase ascendente. En segundo término, “una civilización naciente, informe y caótica aún”, es consecuencia de la primera, la guerra le dio un “alumbramiento doloroso”, civilización que tiende a extender el concepto de libertad de lo político a lo social y a superar la democracia en el sentido de una mayor autonomía de las fuerzas en juego. Fabbri sostiene que esta segunda forma es el “desarrollo lógico de la primera” y que “llevaría a una transformación profunda de la estructura social” si pudiera desarrollar los principios que lleva en ciernes. Pero para esto, debe disponer libremente de los instrumentos de trabajo para ser libre. Por último,” un resurgimiento brutal del principio de autoridad, instrumento necesario del capitalismo burgués para su conservación”, (Fabbri, 1934: 17-18).
Respecto de este resurgimiento del principio de autoridad, Fabbri aclara que estas reivindicaciones han rebasado las filas de los grupos reaccionarios, a través de un “contagio psicológico”, y que la verdadera antinomia no radica en este momento entre capitalismo o socialismo, sino mas bien, entre autoridad o libertad:

“El ultraautoritario socialismo de Estado, si podía considerarse diametralmente opuesto al capitalismo, liberista de antes, no está en contraposición directa con el capitalismo unitario y dirigido que se está delineando hoy y por lo tanto no puede desempeñar el papel de reactivo libertador. Ahora se dice: “Roma o Moscú”. En realidad, el verdadero dilema, sea en el campo político sea en el campo económico es: autoridad o libertad.” (Fabbri, 1934: 17-18).

La guerra de 1914 que más que la causa ha sido la condición del fascismo (Fabbri, 1934: 53), aceleró un proceso que culminó con las “caretas” de la burguesía; con este acontecimiento se precipitaron las acciones humanas, dando un tinte nuevo a la época: la burguesía asumió un nuevo rol conservador, una cara más “cínica y materialista”:

“(…) más correspondiente a su nuevo papel que es un papel eminentemente conservador. Frente a la crisis interna del sistema, frente a las fuerzas contrarias que la están minando desde abajo, la clase dominante adopta la misma actitud ultraautoritaria que la aristocracia legitimista había adoptado antes de la Revolución francesa o en la Restauración de 1815 frente a las aspiraciones del tercer Estado.” (Fabbri, 1934: 16).59

Es entonces como se da este proceso de reacción, de muerte de la democracia, que, no obstante estaba llamada a morir, pero de “muerte natural”, a través de un proceso superador, resultado de las progresivas adquisiciones de los derechos políticos y económicos conquistados con paciencia y sangre a lo largo del siglo XIX:

“El fermento espiritual que hace tan interesante y tan profundamente creadora la historia del siglo pasado habría llegado seguramente, si hubiera podido desarrollarse según su lógica interior, a negar la democracia, superándola en el sentido de una libertad más amplia en el campo político y a destruir la explotación capitalista en el campo económico. Y como no hay enemigo que no se defienda, era natural que el conflicto se acentuara. La guerra no hizo sino agudizar y volver más brutal el proceso, imprimiéndole un ritmo progresivamente acelerado. (Fabbri, 1934: 23).

Pero no hay que confundir esa victoria del absolutismo con una victoria de la autoridad sobre la libertad, por el contrario, Fabbri reafirma su convicción de que “el pueblo sabe luchar y morir para defender sus derechos y sus conquistas” (Fabbri, 1934: 47), el espíritu de libertad, a pesar de todo crece y se fortalece:

“(…) Para citar mi experiencia directa puedo decir que en la vida oculta del pensamiento italiano, en ese trabajo de formación ideal lenta y paciente que se realiza en la oscuridad, lejos del mundo, la democracia parlamentaria ha muerto, pero el espíritu de libertad, bajo el peso aplastante de la dictadura, se vigoriza y busca inquieto nuevas formas, posibilidades inéditas que respondan a las necesidades irreprimibles de la vida. En ese trabajo, en esa búsqueda inquieta están los gérmenes de la sociedad de mañana”; (Fabbri, 1934: 86).

Todavía más, la muerte de la democracia es una situación conveniente, frente a aquella que se prestaba a malentendidos, Fabbri enjuicia de un modo contundente una enseñanza para el pueblo de carácter profundamente libertario:

“Es bueno que se aclaren los malentendidos; es bueno que el pueblo se de cuenta de que las armas legales no han sido hechas para él y de que el único camino que le queda para defenderse y para libertarse no pasa por los campos rígidamente cercados de la Constitución y del Estado”; (Fabbri, 1934: 35).



Caracteres esenciales y adquiridos del fascismo

Fabbri propone una distinción entre caracteres “esenciales” y caracteres “adquiridos” del fascismo, los primeros, son los que constituyeron la “razón fundamental” de su surgimiento en sus inicios, mientras que los segundos, el resultado de la adopción de “las cualidades y de la mentalidad de las viejas clases reaccionarias”, o de las simples necesidades nuevas que fue adquiriendo su lucha antiobrera y antiliberal. En este sentido especifica:

“El carácter básico y universal del fascismo es la reacción violenta y en los comienzos ilegal, de la clase explotadora, contra las conquistas y las aspiraciones de las clases explotadas. El método consiste en la violencia material extra-legal que tiende a transformarse, a través del derecho del más fuerte, en absolutismo legal, en centralismo, en rígida jerarquía”. (…) “Lo que no podría cambiar nunca será su carácter autoritario y centralista, su aversión vigilante y armada hacia todas las reivindicaciones de la clase obrera, su horror al libre desarrollo del pensamiento que tendría, como última consecuencia, el derrumbe del principio de autoridad. (Fabbri, 1934: 29- 30).

Los otros son caracteres adquiridos posteriormente y estrechamente vinculados a circunstancias muy puntuales, como por ejemplo, el tinte mesiánico que fue cobrando la figura de Mussolini; situación que también encuentra en el miedo su causa explicativa preeminente, ya que, ante la amenaza de expropiación, los “capitalistas” fundieron sus intereses con “la primordial corriente reaccionaria por venir”. Este temor fue mitigado con promesas de salvación en boca de un líder que, salvando todos los inconvenientes, promete sortear las dificultades que la guerra había dejado; instancia superior de un nuevo orden que no era otra cosa que la restitución de los privilegios perdidos; (Fabbri, 1934: 29-30).

Sin embargo, esa voluntad única, trascendente, desciende a la arena política y social tomando partido por una clase:

“Lo que en cambio no se ve en estas palabras es que esta voluntad suprema, semidivinizada, no se eleva trascendentalmente por encima de la nación, sino que toma parte en la contienda social, poniendo su fuerza al servicio de los unos contra los otros, (Fabbri, 1934: 103).

Otros caracteres secundarios son el tradicionalismo, el restauracionismo monárquico y el nacionalismo; respecto de éste último, es interesante el hecho de que Fabbri lo ubique como un carácter adquirido, una corriente con derroteros propios, del cual el fascismo se nutriría posteriormente60. El nacionalismo no es para el movimiento fascista un ideal, como usualmente se piensa, sino más bien, un simple instrumento de dominio”, (Fabbri, 1934: 34). Es en este sentido que se apela a la “divinización del Estado”, otra faceta de su carácter reaccionario, en tanto pretende instaurar nuevamente una situación que ha perimido o está en vías de desaparecer: la vindicación del poder unipersonal, la ligazón de éste con fundamentos apoyados en el derecho divino y la divinización del Estado, “considerado no como expresión de la nación sino como superior al conjunto de los individuos que la forman y como condición suprema y trascendente de toda vida social”; (Fabbri, 1934: 25).

Desde el punto de vista práctico, y ya no teórico, todos los fascismos –incluso aquellos que no se reconocen como tal- se los puede identificar fácilmente por sus métodos, un modus operandi que “son una lógica consecuencia de sus orígenes y de sus objetivos”. El primer rasgo distintivo en este sentido, es el uso de la violencia:

“El método consiste en la violencia material extra-legal que tiende a transformarse, a través del derecho del más fuerte, en absolutismo legal, en centralismo, en rígida jerarquía”; (Fabbri, 1934: 29).

En síntesis, es posible ilustrar lo dicho con el siguiente cuadro:



Elementos esenciales del fascismo

Elementos adquiridos del fascismo

Carácter autoritario y centralista

Mesianismo

Contrario a la clase obrera

Tradicionalismo restaurador

Rechazo al libre pensamiento

Nacionalismo

Violencia






Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   12


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos