Olvido e incomprensión del pensamiento anarquista


Función anticipadora del futuro



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Función anticipadora del futuro

La función liberadora del determinismo legal en el discurso de Barrett operaba, como pudo observarse, como esfuerzo por mostrar una continuidad histórica; ante la sentencia de Ritter: “la cuestión social es insoluble”, Barrett propone la interpretación: “la cuestión social se está resolviendo desde los comienzos de la civilización”, (Barrett; LCS, 1943: 349), y para esto es necesario visualizar el “enorme camino recorrido” por la humanidad, un camino de logros que es preciso reconocer: “no seamos ingratos con nuestros padres (…) porque no obstante las ideas avanzan (…) contemplad el inmenso fresco de la historia; ved la propiedad en perpetua retirada ante el trabajo, cediéndole una parte siempre mayor de bienestar, de inteligencia y de empuje”; (Barrett; LCS, 1943: 351).

Barrett se muestra aquí, afirma Corral Sánchez, como “un hombre de su tiempo”, al compartir la fe en el futuro, rasgo característico del pensamiento europeo del siglo XIX. Esta confianza en que la historia de la humanidad refleja el progresivo acercamiento de los seres humanos a la perfección, es deudora de una extrapolación del evolucionismo a la explicación de los fenómenos sociales y del krausismo, de importante impacto en España a fines de siglo; (Corral Sánchez, 1998: 28). En este sentido, esta convicción de Barrett, sumada a la grandeza intelectual que siempre le caracterizó, le permitió sopesar el aporte de Marx a las luchas populares de liberación.

Barrett critica en Marx los riesgos de caer en un determinismo económico; “estudió la lucha de clases en un frasco cerrado”, los factores asumidos por Marx no pueden ser los únicos factores históricos, opina Barrett, pero no por eso las consecuencias que extrae dejan de ser, dentro de cierta esfera, válidas. Como apunta Cappelletti (2011: 3), el espíritu de Barrett es ampliamente ecléctico, diversas teorías e interpretaciones de autores tan variados como Tarde, Sorel, Carlyle, el azar, todos colaboran solidariamente en busca de explicaciones para comprender la realidad social.

Barrett juzga como poco importante la trascendencia del marxismo en la ‘acción’ humana”,

“La razón será lo que se quiera, menos un motor. ¿En qué puede vigorizar al proletariado la idea del determinismo económico? ¿Obedecerían mejor los astros a la ley de Newton, si tuviesen conciencia de ella? ¿Caería de otro modo el guijarro, si supiera que tiene que caer? De aquí la evolución del marxismo de combate. El proletariado, después de adquirir, según la bella frase de Pelloutier, ‘la ciencia de su desgracia’, se inclina a cultivar los elementos que le prometen el triunfo, que se lo prometerían y tal vez se lo procurarían aunque se tratara de un triunfo ilógico: la disciplina y la fe” (Barrett; LCS, 1943: 356).

Barrett da prioridad a la acción, el pensamiento y la razón están al servicio de ella; tal comunión entre interioridad y exterioridad -que deja como resultado el hecho de que no exista mejor argumento para convencer que la acción- recuerda a la escuela cínica de la antigüedad. Es importante actuar, moverse, abrirse al riesgo del futuro quebrando nuestros esquemas de perfección y de justicia22:

“La duda nos amordaza, nos ciega, nos paraliza. Lo justo es no moverse. El justo, como el fiel de la balanza simbólica, debe petrificarse en su gesto solemne. Resolverse a no hacer el mal es suicidarse, y sólo los muertos son perfectamente justos”; (Barrett; MA, La justicia, 1943: 40).

El futuro no puede ser una extensión del presente, la metáfora de Barrett señalando que la propiedad privada es una “enfermedad”, abre la posibilidad de que ésta pueda y deba ser curada. Combatir los “excesos” de la propiedad privada es tener una doble moral, es “podar hipócritamente las ramas del árbol del mal mientras en sigilo se abona y se riega su infame raíz”, (Barrett; LCS, 1943: 350)23. Es necesario más bien una solución radical, una cura definitiva a la enfermedad, un destronque de ese árbol: “no se ataca, no se circunviene, no se contamina la obra de la propiedad sin herirla en su centro mismo”, (Barrett; LCS, 1943: 350). Y esta acción es posible; a la solidaridad de las ideas debe acompañarla la solidaridad de los obreros, dejando a un lado las controversias internas que dividían en la época al movimiento mundial, Barrett afirma que las disputas entre marxistas y anarquistas, “es la última carta de la burguesía”, y propone que ambos se encuentren, en la acción, es decir, en el terreno neutral del sindicalismo,

“La gran Internacional, que hizo vacilar a Europa, fracasó por la divergencia entre los discípulos de Marx y los de Bakunin. Si la actual Internacional lograra la unión de las dos ramas en el terreno relativamente neutro del sindicalismo, los minutos que le restan de vida a la sociedad capitalista, estarían contados”; (Barrett; LCS, 1943: 359).



Y el arma principal del sindicalismo es la huelga general, el “paro terrestre”. En la segunda conferencia a los obreros paraguayos, Barrett define la huelga como un “instrumento de emancipación”, “todas las huelgas son justas, porque todos los hombres y todas las colecciones de hombres tienen el derecho de declararse en huelga. Lo contrario de esto sería la esclavitud”; (Barrett; LH, 1943: 400). Aquí Barrett se aproxima al anarquismo colectivista de Bakunin, (Bogado, 2011: 74), instando a los trabajadores a apropiarse del capital, fruto de su trabajo; “cada progreso de la clase trabajadora tiene su origen en una huelga”, (Barrett; LH, 1943: 400), esa es la garantía de su éxito futuro: “cuando no haya quien saque a la tierra el sustento cotidiano, los ricos no tendrán qué comer, por ricos que sean”; (Barrett; LH, 1943: 402). La huelga general será el “juicio final de donde surgirá la sociedad futura”; (Barrett; LH, 1943: 402). Será el comienzo de un nuevo orden social y político:

He aquí el papel probable de la huelga en los destinos humanos. Su acción es todavía de corto radio. Usáis de la huelga en pequeños conflictos, en problemas locales, pero no olvidéis que su trascendental misión es llegar al paro terrestre. Todo lo que se haya mantenido en pie hasta entonces se derrumbará. Y la sociedad se transformará de una manera definitiva”; (Barrett; LH, 1943: 402).

La confianza de Barrett en que la acción obrera transformará, en un futuro no muy lejano, las bases de la sociedad, trasunta toda su obra: “no somos el pasado, sino el presente, creador divino de lo que no existió nunca. No somos el recuerdo; somos la esperanza”, (Barrett; MA, Lo viejo y lo nuevo, 1943: 61); “analizad las virtudes viriles y descubriréis que se reducen a una: la esperanza”; (Barrett; MA, Acto de esperanza, 1943: 61). Tan fuerte como este convencimiento, está presente también la idea de que el crecimiento de la acción obrera, redundará en un conflicto contra el Estado y sus instituciones; en coherencia con la línea trazada por el movimiento anarquista desde Proudhon, pasando por Bakunin y Kropotkin, Barrett es consciente que una revolución que pretenda acabar con las diferencias de clase, debe eliminar al mismo tiempo el poder político y la fuerza del Estado, bajo riesgo de engendrar una nueva sociedad de clases y una nueva clase dominante:

“Estamos desde hace siglos en presencia de un hecho formidable: la masa anónima, el inmenso rebaño de los que nada tienen sube poco a poco acercándose al poder. He aquí al viejo Estado enfrente del número. Mejor dicho, ahora es cuando el número adquiere, gracias a la cohesión, todo su terrible peso. El pueblo comienza a dejar de ser arena; se cuaja en roca (…) Lo instructivo es que los obreros se van agrupando y organizando por el trabajo mismo; sus herramientas se convierten imperceptiblemente en armas; los aparatos con que la humanidad circula y trasmite el pensamiento están en sus manos (…) El Estado se batirá; opondrá al número el número. Opondrá el ejército compuesto de hombres educados para esperar la muerte, al proletariado, compuesto de hombres que tienen la irritante pretensión de vivir”; (Barrett; MA, El derecho a la huelga, 1943: 95).

Es interesante observar que Barrett atribuye a la tarea de la revolución social un carácter “multiclasista”, no reduciendo el protagonismo en exclusividad a la clase obrera. Con una intuición de anticipación histórica sorprendente, Barrett visualiza la reacción autoritaria que en el futuro interpondrá al impulso vital de los pueblos, las acciones más violentas y autoritarias del Estado.



Función crítico reguladora.

En cada juicio que realiza Barrett anticipando un futuro alternativo, busca mostrar la racionalidad, el “sentido común” de la lucha y la solidaridad emancipadora de los sectores más perjudicados de la sociedad, pero como engarce final, usualmente utiliza el recurso –como quien busca recordar a sus lectores el horizonte último hacia donde tienden todos nuestros esfuerzos- de explicitar el ideal, imposible a corto plazo, pero guía ineludible de todos nuestros esfuerzos, un dispositivo discursivo que busca estimular en la lucha:

“Ni el Paraguay, ni en el último rincón del globo se sustraen ni se sustraerán a un movimiento humano de la trascendencia de la emancipación económica. Se trata de una ola más alta y más profunda que la extensión del cristianismo en los siglos XV y XVI, que la extensión de la democracia en el siglo XIX. Es el clima social del planeta lo que se transforma; ¡aunque alcéis en torno vuestros muros de diez millas, no detendréis la primavera! Nadie detendrá la marcha del pensamiento en busca del dolor, y el dolor está en todas partes. Nada detendrá el tiempo”; (Barrett; LCS, 1943: 361).

Este fragmento refleja una profunda confianza en el futuro, una proyección que opera como ‘lugar teórico’ desde el cual es posible enjuiciar el presente, Barrett apuesta a transitar los derroteros de los ideales más altos:



Elevad hasta el firmamento nuestros ideales. No combatamos por codicia, ni por venganza, sino por la fe irresistible en una humanidad más útil y más bella. No desalentéis; empleemos noblemente nuestras vidas pasajeras. Si es cierto que no veremos los más hermosos frutos de nuestra obra, ya florecen bajo nuestros ojos flores de promesa”; (Barrett; LH, 1943: 403-404).

Barrett está profundamente convencido de que “las grandes transformaciones sociales no se llevan a cabo sin estas magníficas epidemias de fe y de esperanza”, (Barrett; LCS, 1943: 356); es por esto que se sintió llamado a desenvolver de un modo casi mesiánico, su compromiso, pero es un llamado que no es privativo de su persona, es abierto a los demás y abierto al futuro:

“(…) siento en mí algo irresistible que se opone a la estéril repetición del pasado, y que ansía romper las barreras del egoísmo para realizar su obra inconfundible. Siento que soy indispensable a un plan desconocido y que debo entregarme heroicamente. Estoy seguro de que todos los hombres sienten como yo cuando se hace el silencio en sus almas; estoy seguro de que todos, al comenzar a cumplir su noble destino, se reconciliarían con la muerte”; (Barrett; FDA, 1943: 344).

El altruismo en Barrett es el principio ético fundamental que consiste en “descubrir la energía interior y entregarla para renovar el mundo”, (Barrett; FDA, 1943: 344), esta tarea, lejos de ser una quimera, es un ejercicio indispensable para la construcción de una sociedad alternativa, en palabras de Maeterlinck, Barrett aclara que “todo lo que hemos obtenido hasta hoy ha sido anunciado y por decirlo así llamado por aquellos a quienes se acusa de mirar demasiado arriba. Es, pues, juicioso, en la duda, preferir el extremo que supone la humanidad más perfecta, más noble y más generosa”, (Barrett, MV, Roosevelt y el socialismo, 1943: 469).

Función constituyente de formas de sujetividad.

La burocracia es la patria” afirma Barrett, (Barrett; DCYE, La Patria, 1943: 269) y su institución suprema, el Estado, necesita buenos funcionarios, como evidencia en ocasión de una huelga:

“Se dio entonces a los modestísimos empleados el pomposo nombre de "funcionarios públicos", y se declaró que un funcionario público está en la obligación de no interrumpir un minuto su trabajo. Sería una grave falta de disciplina. Se ve la habilidad con que el gobierno —que al fin cedió ante la fuerza huelguista— trataba de introducir ideas sublimes y palabras altisonantes en el conflicto. Había que asimilar el cartero y el telegrafista al soldado. El único deber del funcionario, es funcionar. No hay huelgas; no hay más que deserciones. Mañana se aplicaría el mismo razonamiento a los operarios de las industrias nacionales; pasado mañana, a los peones agricultores, al bajo personal del comercio. Suspender la faena productora es una indisciplina, un delito, una traición. Se debilitan las energías del país; ¡se disminuye la riqueza de la patria!”; (Barrett; MA, El derecho a la huelga, 1943: 94).

“Ideas sublimes” y palabras altisonantes” son el anzuelo recurrente en los discursos políticos para justificar la sumisión del obrero y del campesino a los intereses de los propietarios, terratenientes y jefes de ejército. Barrett denuncia una implícita convicción que desprecia las posibilidades de los sectores populares. Tanto el señor Ritter como muchos intelectuales y políticos en el Paraguay no confían en las posibilidades futuras de los trabajadores, especialmente respecto de la educación que reciben en los sindicatos, cuestionando así la posibilidad de que los trabajadores se hagan cargo directamente de los medios de producción:

“La educación del obrero en los sindicatos es, para el doctor Ritter, ilusoria en cuanto al arte de dirigir empresas. ‘¿Qué cosas podrán aprender en su sindicato los estibadores en cuanto a la explotación complicadísima de la navegación trasatlántica, etc.?’ El doctor Ritter, por su escasa fe, se ahoga en un vaso de agua”; (Barrett; LCS, 1943: 356-357).



Pero, tal como lo explicita uno de sus personajes en los “Diálogos”, “es mejor y anterior a fabricar la patria, fabricar hombres; (Barrett; DCYE, La Patria, 1943: 268). Este desprecio ante la posibilidad de los obreros de construir su propio destino también es posible visualizarla en la actitud de muchos sectores dirigentes ante los elementos culturales autóctonos del Paraguay. Ejemplo de ello es el desdén hacia el idioma guaraní, acusado de dificultar una apropiada comprensión por parte de los trabajadores de los criterios empresariales de eficiencia. Barrett critica en primer lugar el paradigma desarrollista-tecnocéntrico y su credo del “progreso”,

El progreso no existe. Habrá existido prehistóricamente, existirá tal vez, pero no existe. Si el hombre tuviera una intuición más clara de su destino; si su alma hubiera abordado el alma de la Naturaleza y su dolor al dolor hermano; si el enigma de la muerte y la furia de la vida hubieran levantado en las brumas de su espíritu imágenes más serenas y más altas; si la incertidumbre hubiera purificado su conducta; si hubiera incorporado su vientre sobre el barro y su razón sobre su vientre; si fuera siquiera más feliz, hubiera progresado”; (Barrett; EP, 1943: 386).

Esta concepción del progreso ha sido erigida como institución religiosa, constituida a partir de la sacralización del “desarrollo” y afirmación de la necesidad de fortalecer un discurso propio24; al respecto escribe en su artículo “Guaraní”:

“Para algunos, el guaraní es la rémora. Se le atribuye el entorpecimiento del mecanismo intelectual y la dificultad que parece sentir la masa en adaptarse a los métodos de labor europeos. (...)El remedio se deduce obvio: matar el guaraní. Atacando el habla se espera modificar la inteligencia. Enseñando una gramática europea al pueblo se espera europeizarlo. (...) Contrariamente a lo que los enemigos del guaraní suponen, juzgo que el manejo simultáneo de ambos idiomas robustecerá y flexibilizará el entendimiento. Se toman por opuestas cosas que quizá se completen. Que el castellano se aplique mejor a las relaciones de la cultura moderna, cuyo carácter es impersonal, general, dialéctico, ¿quién lo duda? Pero ¿no se aplicará mejor el guaraní a las relaciones individuales estéticas, religiosas, de esta raza y de esta tierra? Sin duda también”; (Barrett; EDP, Guaraní, 1943: 151-152).

La postura de Barrett supone que la escisión de los elementos culturales autóctonos cercena al sujeto, desencarnándolo y vaciándolo para una mejor manipulación por parte de las empresas del capital. En momentos en que América Latina parecía consolidar definitivamente la entronización de la “civilización” sobre la “barbarie”, Barrett defiende el criterio que ve en la disposición natural de los pueblos a comunicarse, una acción ejemplar de construcción de acuerdos comunes, en libertad:

“Las necesidades mismas, el deseo y el provecho mayor o menor de la vida contemporánea regularán la futura ley de transformación y redistribución del guaraní. En cambio a dirigir ese proceso por medio del Diario Oficial, ilusión es de políticos que jamás se han ocupado de filología. Tan hacedero es alterar una lengua por decreto como ensanchar el ángulo facial de los habitantes”; (Barrett; EDP, Guaraní, 1943: 153).

La constitución de nuevas sujetividades opera en Barrett como exhortación a que los obreros tomen conciencia de su identidad25 y su poder: “¡Vuestra presencia, oh manos humildes que todo lo ejecutan, es la condición indispensable de la vida!”, (Barrett; LH, 1943: 401); “no hay más riqueza que el trabajo”, (Barrett; EDP, El Empréstito, 1943: 182); el trabajo “(…) es la medida de nuestra vitalidad”, (Barrett; EDP, Oro sellado, 1943: 182) y “cada uno debe ser rico en la medida de su trabajo”; (Barrett; LT, 1943: 399). Por esto,

“(…) cuando los proletarios dispongan de los medios de producción, el arreglo mutuo para la marcha del trabajo será asunto baladí. Los obreros se encontrarán en su puesto, combinados y encadenados por la faena cotidiana. El estibador y el maquinista y el capitán y el gerente seguirán en consorcio mutuo, si así lo desean, y la navegación trasatlántica, si así conviene, seguirá funcionando, precisamente porque todo lo que en el mundo obra es trabajo, y nada más que trabajo. Suprimir al capital no es suprimir a los trabajadores, sean gerentes de empresas o sean simples mozos de cordel. Suprimir el oro no es suprimir la fuerza ni el talento; es libertarlos. Concedamos crédito a la difusión de la sabiduría y, sobre todo, a los recursos de la naturaleza. Aquellos bárbaros que improvisaron la Revolución Francesa fundaron la política contemporánea. ¿En dónde aprendieron la explotación complicadísima de la industria de gobernar? Cuando la humanidad está de parto, confiemos en lo invisible. No nos aflijamos de que no se enseñe a parir a las madres”; (Barrett; LCS, 1943: 356-357).

Los hombres dependen de su propia fuerza y trabajo, y una vez liberados del yugo que los explota, serán capaces de darse a sí mismos el mejor modo de organizarse. No hay ninguna contradicción, pues, entre razón y voluntad, las dos fuerzas que parecen luchar a veces por separado en Barrett, si se cree en la potencia de la virtud: razón para construir las condiciones materiales del bienestar humano, a través de la técnica, y buena voluntad para usarlas bien, (Alba Rico, 2008: 16-17).



Para Barrett, los seres humanos traemos al mundo con nuestro nacimiento una “chispa creadora”, es necesario ayudar a despertarla en nosotros mismos y en nuestros semejantes,

“(…) convenzámonos de que todos, microscópicos o gigantes, tenemos el genio; todos traemos algo nuevo a la tierra. Hay que descubrirlo; hay que beneficiar el metal del espíritu, y trabajar es trabajarnos”; (Barrett; MA, La obra que salva, 1943: 110-111).

Esta condición creadora del hombre es la clave de su carácter divino, Barrett “diviniza lo humano”, “hasta el punto de que en esa creación se ve incluido el propio Dios”26, (Corral Sánchez, 2010: 25). Corral cree encontrar en esta característica que Barrett atribuye a lo humano, una concepción religiosa secularizada, producto de una tradición filosófica que podría concatenarse del siguiente modo: vitalismo-idealismo-espiritualismo. La clave para una ética práctica en el pensamiento de Barrett se halla en la contribución individual al mejoramiento de la especie humana; esto afirma el valor ético fundamental que nuestro autor postula: el altruismo. Barrett sitúa la evolución de la especie en el eje de sustentación de los principios éticos, “somos hermanos hasta de la fatalidad que nos aplasta. Al luchar y al vencer colaboramos en la obra enorme, y también colaboramos al ser vencidos”; (Barrett; MA, El esfuerzo, 1943: 20).

Capítulo IV

Estudio sobre Barrett II. La anarquía

El anarquismo27 de Rafael Barrett no es un simple remedo de ideas ajenas; penetrante como todo su pensamiento, su concepción del anarquismo encarna el ejercicio de una actividad radicalmente crítica. En el marco de la denominada “crisis de fin de siglo”, Barrett consideraba el anarquismo como “la punta de lanza de la gran corriente revolucionaria que conmovía su tiempo”; “es la extrema izquierda del alud emancipador, representa el genio social moderno en su actitud de suma rebeldía”, (Barrett; LCS, 1943: 357). Pero esta concepción radical, no le impide evitar el dogmatismo; Barrett atribuye al anarquismo un rol articulador entre las diferentes expresiones de la lucha popular, ejemplo de ello es el decidido rechazo que muestra a los enfrentamientos entre socialistas y anarquistas tras el Congreso de La Haya.



El terrorismo es obra vuestra

El primer lugar de residencia de Rafael Barrett en América fue Buenos Aires, el artículo que lleva su nombre denunció la situación de injusticia, miseria y expoliación en que vivieron muchos bonaerenses a pesar de la suntuosidad de los mármoles. Radicado posteriormente en el Paraguay y en su breve estancia en Uruguay, dedicó sin embargo varios artículos a la situación social en Argentina, motivado también por la ley de Residencia de 1910, momento que encuentra al autor ya decididamente defendiendo la causa anarquista. En “El terror argentino”, Barrett denuncia la pervivencia en la democracia porteña de privilegios que se arrastran desde la época de la Corona española:

“Los privilegios de la colonización han mantenido, bajo una forma distinta, el viejo monopolio de las mercedes reales. Hay todavía latifundios a las puertas de la capital (…) La Independencia Nacional brilló desde 1810 para los ricos, mas no para los pobres, sometidos por la ley de conchabos, vigente hasta fines de la centuria, a una servidumbre peor que la del coloniaje, en tanto que enormes feudos eran distribuidos entre los favoritos del poder”, (Barrett; ETA, La tierra, los salarios, 1943: 129).

En la medida en que las luchas obreras y las huelgas fueron recrudeciéndose en la Argentina, “en general predominó la opinión de que la represión era la solución para un problema que se consideraba importado de Europa por los inmigrantes y extraño al cuerpo social de la Nación”, (Suriano, 1990: 110); el hincapié estaba puesto en la represión, con el supuesto de que así se terminaba con la “cuestión social”, (Costanzo, 2009: 39). Los sectores dirigentes fueron asumiendo cada vez más un rol de patronazgo y buscaron garantizar la reproducción del sistema social y político con orden y tranquilidad; al mismo tiempo, las agremiaciones anarquistas mostraban poca capacidad de adaptación a las exigencias gubernativas y una combatividad muy marcada.

El Estado argentino entonces, a través de las Cámaras del Congreso, sancionó en 1902, la ley 4144 que establecía la deportación de ciudadanos de origen extranjero que perturbaran el orden o la seguridad nacional; en 1910, la “Ley de Defensa Social”, llegó a completar la tarea, el Estado encontró los instrumentos político-policiales necesarios para enfrentar la nueva situación, atemorizante a sus ojos, y cuyo origen atribuía a los inmigrantes anarquistas, responsables de todas las agitaciones, las huelgas y los boicots contra el sistema gubernativo argentino, “las leyes represivas eran producto de un universo compuesto de representaciones, sentidos y significados que construía la clase dirigente: sobre la figura del anarquista argentino y sobre los orígenes de los conflictos sociales”, (Costanzo, 2009: 45).

Barrett describe de este modo su visión de los acontecimientos:

“A raíz de los sangrientos sucesos del primero de mayo, en Buenos Aires, el jefe de policía elevó al ministro un curioso informe, pidiendo reformas legales para reprimir el anarquismo, el socialismo y otras doctrinas que fueron juzgadas por el autor de acuerdo con su puesto, aunque no con la verdad. No puede haber a los ojos de un funcionario opinión tan abominable como la de que su función es inútil. Ahora el Poder Ejecutivo presenta al Congreso un proyecto de ley contra la inmigración "malsana". Se trata de impedir que desembarquen los idiotas, locos, epilépticos, tuberculosos, polígamos, rameras y anarquistas, sean inmigrantes, sean ‘simples pasajeros’”, (Barrett; MA, El anarquismo en la Argentina, 1943: 91).

El carácter eugenésico que se le otorgó a las medidas legislativas, así como el hecho de que la voz influyente fuera la del jefe de policía, desnudan el carácter represivo de la democracia representativa. En opinión de Barrett, el terrorismo es obra del gobierno y no de los grupos anarquistas:



Vosotros inaugurasteis el Terror con la ley de residencia. Vosotros lo instalasteis con la matanza del 1º de mayo de 1909. Los crímenes de los terroristas son un tenue reflejo de vuestros crímenes. Las gotas de sangre y de lágrimas que os salpican a la explosión de una bomba, ¿qué son junto a los ríos de lágrimas y de sangre que derramáis vosotros implacablemente, fríamente, año tras año, desde que empuñáis el sable, el cheque y el hisopo?”, (Barrett; ETA, El Terrorismo, 1943: 138).

Más bien sucede que “el proletariado, al volverse más fuerte, se vuelve más violento”, afirma Barrett, (Barrett; LCS, 1943: 357) y el anarquismo como punta de lanza de la clase trabajadora, es una reacción a la situación de violencia generada por las clases dirigentes, es necesario asumir la cuota de responsabilidad que a cada uno le compete,

“El anarquismo no es el crimen, sino el signo del crimen. La sociedad, madre idiota que engendra enfermos para martirizarlos después, crucificará a los anarquistas; hará lo que aquellos Césares cubiertos de sarna: se bañará en sangre. Y seguirá enferma, y seguirá en nosotros el vago remordimiento de lo irremediable”, (Barrett; MA, La dinamita, 1943: 39).



Desde esta perspectiva, las medidas represivas nunca podrán ser la solución, los continuos reclamos de “mano dura” ocultan las causas de la injusticia y de la violencia por parte del Estado burgués. No es con la cárcel como se resolverán los conflictos sociales:

“Las raíces del árbol están heridas, y nos enfurecemos contra las hojas que vemos amarillear y marchitarse (…) El delito no es individual, sino social. No es culpable el ladrón, el falsario y el asesino, sino la colectividad. Tenemos la carne podrida, y pedimos cuentas a las pústulas que nos manchan. La codicia nos envilece, el miedo nos disminuye, la vanidad nos aturde, y nos hacemos la ilusión de curarnos metiendo en la cárcel a los infelices que la epidemia general ha castigado con mayor dureza, (Barrett; MA, La dinamita, 1943: 39).



El recurso discursivo de Barrett apelando a la imagen del árbol consiste en dar cuenta de la cuota de responsabilidad que nos compete como miembros de la sociedad y apunta a mostrar las medidas represivas como un corte que se realiza por el lado más débil de la cuerda. Barrett desnuda la ignorancia de la clase política argentina para comprender al anarquismo; su incomprensión es desconocimiento, por esto, la necesidad de explicarlo: “El anarquismo es una teoría filosófica. ¿Ha tomado el Poder Ejecutivo un diccionario para enterarse? Anarquista es el que cree posible vivir sin el principio de autoridad” y en este sayo ubica a figuras tan dispares como Anatole France, Ravachol, Francisco de Asís y Tolstoi28. Pero esta actitud, no ha quedado librada únicamente a una disposición individual: “hay organismos esencialmente anarquistas, por ejemplo la ciencia moderna, cuyos progresos son enormes desde que se ha sustituido el criterio autoritario por el de la verificación experimental”, (Barrett; MA, El anarquismo en la Argentina, 1943: 91).

El proceso de discusión parlamentaria que preparó la sanción de las Leyes de Residencia es reflejo de esta ignorancia, los "intelectuales" –afirma Barrett- “han confundido el terrorismo con el anarquismo”:



El poseedor argentino ha demostrado que ignora las decenas de millones de obreros organizados para la lucha económica en el mundo, provistos de una doctrina científica y filosófica, un heroico misticismo y un irresistible plan de campaña. Ignora que decenas de millones de obreros están unidos en la convicción de que es indispensable socializar la tierra y los instrumentos de trabajo y suprimir lo que resta del principio de autoridad, rematando el proceso emancipador comenzado hace veinte siglos. Ignora que los doscientos mil obreros de Buenos Aires son una ola del océano internacional. Ignora lo enorme, como el insecto ignora la montaña. En el Parlamento se ha consagrado oficialmente esta ignorancia monstruosa. Se ha votado una ley social sin que un diputado ni un senador haya aducido un argumento de índole social, un dato, una cifra sobre la distribución de la propiedad, sobre los salarios o sobre la renta”, (Barrett; ETA, Psicología de clase, 1943: 137).

Es interesante aquí señalar la enumeración de los componentes que destaca Barrett en el movimiento anarquista: posee en primer lugar una “doctrina científica y filosófica”, “misticismo” y “plan de campaña”, es decir, un corpus teórico y práctico que viene gestándose desde hace “veinte siglos”. Más allá del acierto o no en esta valoración, es importante señalar que Barrett asume en este contexto, un rol combativo en el que la palabra es el arma que busca dilucidar confusiones o malentendidos, para dar a conocer el pensamiento anarquista, obra de “genios y santos” que “honran” esta civilización y exhorta, en definitiva, a liberarnos de los prejuicios de clase que nos impiden visualizar y comprender la alteridad.





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