Olvido e incomprensión del pensamiento anarquista



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Anarquismo y democracia

Es lugar común sostener que las diferentes interpretaciones de pensadores anarquistas latinoamericanos en el siglo XX respecto del “Estado” no han contribuido a una profundización de la herencia recibida por sus pares europeos; la identificación de “Estado” con “sociedad política” parecería ser el tópico más extendido en la mayor parte de la literatura ácrata, así como una concepción de la sociedad civil en franca oposición con las instituciones del Estado y sus representantes. No obstante, tal impresión no es del todo acertada. Ejemplo de ello fue la tónica del debate que tuvo lugar en el movimiento anarquista internacional, discusión pública, aunque poco conocida, y que tuvo en Luce Fabbri su principal animadora cuando, en ocasión de su viaje a Italia en 1981, fue entrevistada por Gianpiero Landi, editor de la Revista “A” de Milán. La discusión sobre el valor y el sentido estratégico de la democracia burguesa venía desarrollándose desde la culminación de la Segunda Guerra Mundial, y “fue uno de los primeros diálogos al máximo nivel entre anarquismo y el pensamiento contemporáneo”, (Masini, prólogo a Fabbri, 1996: 12). Las afirmaciones de Fabbri respecto a la democracia y el rol que en ella debe jugar el movimiento anarquista, generaron una polémica muy viva.

En la primera entrevista que realiza la revista (“Entrevista a Luce Fabbri”, Revista “A” de Milán (Nº 95), octubre de 1981: 29)86 la introducción que hace el director presenta a la autora como una de las primeras que ha desarrollado en el ámbito anarquista una teoría orgánica de la tecnoburocracia, a partir del análisis comparativo del fascismo y del leninismo-estalinismo. En su opinión, en esta entrevista se trasluce la profunda “tensión moral” que atraviesa y sostiene toda la concepción del anarquismo presente en Fabbri. Su “ética anárquica”, deudora de su padre, Luigi Fabbri y de Errico Malatesta, por ejemplo, su concepción sobre la violencia revolucionaria, que nunca debe ceder terreno al violentismo, ni al “ribellismo esasperato”, a la “mitizzazione della violenza”, (Fabbri, 1981: 29). Respecto a la pregunta sobre cuál debe ser el rol del anarquismo en el mundo contemporáneo, Fabbri responde:

“Io penso che il nostro tereno sia quello della creazione dei germi di un mondo libero e della propaganda della tolleranza e della molteplicità: bisogna cercare che si ammetta attorno a noi l’esistenza della pluralità e della convivenza delle posizioni. Bisogna stimolare soprattutto la creazione di organi che possano essere domani i nuclei di una società libera. Per quello abbiamo bisogno delle libertà fondamentali, per quello credo che bisogna difendere la democrazia dove ancora sussiste, con tutte le sue debolezze, perchè ci offre la possibilità di organizzarci, di creare comunità, di coordinare sforzi, di studiare ed eventualmente contribuire a rendere forti gli organismi spontanei, che possono essere domani utilizzati per un’organizzazione libertaria. Credo che il nostro compito sia de approfittare delle libertà di cui ancora si gode in una parte del mondo, per andare creando realizzazione nostre. Bisogna attuare l’autogestione nella maggior misura possibile già nella società presente, perché si possa realizzare domani un cambiamento di struttura che sia il meno cruento, e quindi il meno autoritario possibile. Dobbiamo studiare e utilizzare tutti quegli organismi, esistenti già oggi, che non siano strumenti di sfruttamento e di dominazione, o che non lo siano necessariamente, e possano essere magari modificati e indirizzati nel nostro senso”; (Fabbri, 1981: 38).

En opinión de Fabbri, el énfasis de la tarea de los anarquistas en la actualidad debe estar puesto en contribuir a la “creación de los gérmenes de un mundo libre”, propiciar la tolerancia y la multiplicidad, la admisión de la pluralidad y la convivencia de las posiciones. Pero también hace falta “estimular sobre todo la creación de órganos que puedan ser mañana los núcleos de una sociedad libre”, vale decir, donde puedan desarrollarse las “libertades fundamentales”; esto conlleva a “defender la democracia dónde todavía existe”, reconociendo sus debilidades y limitaciones, pero haciendo hincapié en la posibilidad que ofrece de “organizarnos, de crear comunidad, de coordinar esfuerzos, de estudiar y eventualmente contribuir a hacer fuertes los organismos espontáneos, que pueden ser mañana utilizados por una organización libertaria. Aprovechar en definitiva las libertades de que todavía se goza para ir creando un trabajo colectivo en sentido libertario87. Para Fabbri, el ideal de autogestión debe ser realizado cuanto antes en la mayor medida posible en la sociedad presente, lo cual posibilitaría en un futuro un cambio de estructura menos cruento, violento, y por tanto, menos autoritario. Esta postura supone el estudio serio y sistemático del funcionamiento de los diferentes organismos y estructuras del Estado, ya que nadie puede cambiar aquello que no conoce.

Posturas similares a lo largo de la historia en otros campos, han provocado la reacción de posiciones ideológicas “puritanas” que, ante un temor sanamente fundado, advierten sobre la posible pérdida de identidad88 si se colabora en y con aquellas estructuras que se pretenden transformar o eliminar; tal postura únicamente podría ser válida en la lógica de la persecución y conquista de espacios de poder, postura antitética, por definición, con la anarquista. Por otra parte, este temor a la “contaminación ideológica” o al progresivo renunciamiento a los principios, puede denunciar una inseguridad interior en el abrigo de los postulados ideológicos. En todo caso, Fabbri no propugna la participación en todos los espacios de poder, antes bien, excluye claramente aquellos que puedan ser “instrumentos de explotación y de dominación”, es decir, aquellos espacios que por su propio funcionamiento no brindan esos gérmenes potenciales de libertad.

Lejos de abdicar de los postulados centrales del anarquismo, Fabbri reafirma como objetivo central del movimiento un principio regulativo, medida de toda acción libertaria: la abolición del Estado es el “punto final” que conserva su validez independientemente del hecho de que pueda o no alcanzarse totalmente. No obstante aclara que toda posición ideal es una utopía, y por tanto no se puede realizar como ha sido concebida, en las condiciones ideales en que ha sido pensada. Las circunstancias coyunturales relativizan inevitablemente toda teoría, pero la tarea ha de ser la de aproximarse lo máximo posible a ese ideal:

“L’anarchismo si pone l’obiettivo dell’abolizione dello Stato, che è un punto finale che conserva la sua validità indipendentemente dal fatto se si può raggiungere totalmente oppure no. Io ritengo che ogni posizione ideale è un’utopia, non si può realizzare come è stata concepita nelle condizioni ideali in cui è stata concepita. Una teoria è sempre relativizzata dalle circostanze concrete. Penso che l’anarchismo non sfugga a questo: esso non può realizzarsi così come noi lo concepiamo, nei termini di un fine ideale, ma possiamo solo avvicinarci a tale fine il più possibile. Nei limiti in cui tutto è possibile, cioè nei limiti di un’approssimazione, di un’avvicinamento, penso che l’anarchia sia realizzabile. Ma l’importanza del nostro movimento non sta solo nella sua capacità realizzatrice; sta anche e forse soprattutto nel suo compito attuale e permanente di testimone d’una esigenza invincibile dell’essere umano, sta nella sua presenza attiva e inquietante, che agisce come un pungolo nel senso d’una sempre maggiore libertà, identificata (e non in contrasto) con una sempre maggiore giustizia.” (Fabbri, (1981): 38).

Una sociedad anárquica sería viable no en el sentido de la realización escrupulosa de sus ideales “a la letra”, sino como construcción humana y política, “en los límites de una aproximación, de un acercamiento”. Pero la importancia del anarquismo hoy, no está en opinión de Fabbri en su capacidad ejecutora, sino “sobre todo” en su tarea actual y permanente de testificar una “exigencia invencible del ser humano”, está en una presencia “activa e inquietante” que actúa como un “aguijón” en el sentido de una mayor libertad, identificada (y no en contraste) con una siempre mayor justicia”, (Fabbri, 1981: 38). Como Sócrates -afirma Fabbri- “nuestra misión de militantes, que en el fondo es educativa aún cuando se despliegue a través de una actividad revolucionaria, (…) se asemeja a la de la partera: ayuda a nacer”; (Fabbri, 2000: 74).

En el prefacio de presentación, los responsables de la revista, expresan algunos reparos sobre las opiniones de Fabbri, especialmente

“è laddove si esprime in favore della difesa delle democrazie, delle istituzioni democratiche. L’istintiva necesità e la raziónale volontà di battersi sempre e ovunque per il massimo di libertà possibile non debe essere confusa (anche se può momentáneamente esservi sovrapposta) con una strategia di difesa di quelle istituzioni democratiche che l’anarchismo ha invece il compito di demistificare.” (Fabbri, 1981: 29).

En un posterior número de la revista, (“Difendere la democracia?” Revista “A” de Milán, Nº 98, febrero 1982), se publica íntegramente una carta enviada por Luce Fabbri aclarando algunos puntos que entendía, podían prestarse a falsas interpretaciones. En el acápite que presenta esta carta, los editores, reiteran como puntos de especial disenso, “il rapporto tra anarchismo e democrazia, argomento forse scabroso per alcuni, ma a nostro avviso di fondamentale importanza”, no obstante, es importante el valor que dan los editores a la discusión planteada, que según expresión del prologuista, es lamentable que no haya trascendido los límites del movimiento anarquista. Pero sin duda, los postulados de Fabbri son visualizados en la misma “longitud de onda” que el resto, y claramente ocupada en la “rimeditazione” del patrimonio histórico e ideológico del anarquismo:

“ancora una volta dobbiamo innanzitutto segnalare che la ritroviamo sulla nostra lunghezza d’onda, lucidamente impegnata in quella rimeditazione del patrimonio storico ed ideologico dell’anarchismo che ormai da anni anche noi stiamo portando avanti sulla nostra rivista.” (Fabbri, 1982: 14).

En el texto enviado, Fabbri comienza planteando la objeción que considera más grave: la interpretación del prologuista, que ve en su postura la recomendación de seguir una “estrategia de defensa de las instituciones democráticas que el anarquismo tiene, por el contrario el deber de desmitificar” (Fabbri, 1982: 14). Fabbri aclara en primer término que en ningún momento habló de “instituciones”, sino “globalmente” de “democracia”, y que por otra parte, la objeción puede ser falaz, si se interpreta en el sentido de una “falsa oposición”, es decir que, no tiene porqué haber contradicción entre el desmitificar la democracia burguesa y servirse de sus espacios, defendiéndolos, ante la amenaza totalitaria:

“Non c’è contraddizione tra il demistificare la democrazia borghese, dimostrandone da una parte l’insufficenza come barriera contro il totalitarismo e dall’altra il suo carattere poco democratico, avversandola nel senso d’una maggior libertà e svelandone il carattere classista, e nello stesso tempo opporsi nel suo seno alle sue degenerazioni totalitarie, e difendere contro il nemico totalitario gli spazi ch’essa mantiene aperti. Sono due lotte differenti, da combattere con animo e metodi diversi”; (Fabbri, (1982): 15).

El deber de desmitificar el mito de la democracia burguesa es indudable tarea del movimiento anarquista, fue su preocupación principal en el período que va desde el fin del bonapartismo (1870) hasta la guerra de 1914, punto de partida de la “pesadilla totalitaria”. Fabbri señala que la burguesía, sirviéndose de una democracia cómplice, preparaba la guerra, mientras el “socialismo legalitario” permanecía empantanado en el parlamento; advertir contra esta hipocresía resultaba primordial para el movimiento anarquista de entonces, pero como parte de la lucha contra la amenaza de guerra. No obstante, en la situación actual, esa tarea está lejos de ser primordial; es mucho más importante en esta coyuntura operar en el interior de la democracia, reforzando su aspecto liberal de respeto de la autonomía, los derechos de las minorías ante los atropellos de las presuntas mayorías; en definitiva,

“... sviluppando i germi libertari insiti nel postulato basico del sistema democratico: governo del popolo, cioè autogoverno, al limite (come tendenza logicamente implicita) non-governo, contro il nuovo tipo d’assolutismo –basato forse presto sull’energia nucleare- che ci minaccia”; (Fabbri, 1982: 15).

En la actualidad, la nueva distribución de fuerzas sobre el mundo ha impuesto un “nuevo orden de prioridades” según Fabbri, es necesario buscar en las raíces de los teóricos anteriores a 1914 las riquezas de nuestra mejor herencia política, que tendrá, no obstante, que resignificarse creativamente para dar respuestas adecuadas a los nuevos desafíos:

“Nella selva selvaggia in cui si sta trasformando il mondo, s’impone un nouvo ordine di priorità. L’eredità ideale del 1789 ha ricuperato un significato al opera della spinta totalitaria che la minaccia, e vale più di prima la pena d’andare a cercare negli enciclopedisti del sec. XVIII le nostre radici (Ci sono sempre state, ma non importava). Noi tendiamo a una democrazia diretta, senza rappresentanze e con un minimo di deleghe revocabili, basata su patti fra gli interessati e articolata federativamente, cioè con nessi coordinativi e non subordinativi. Ma la distanza che ci separa da un socialista democratico sincero, che accetta il sistema rappresentativo è infinitamente minore di quella che sta fra coloro che amano la libertà e chi vuol instaurare un regime assoluto, in cui lo stato, cioè la nuova casta dei dominatori, gestisca la società dirigendo a baccheta una moltitudine di schiavi, privi non solo del controllo sul proprio pane, ma anche del diritto di riunirsi e di parlare”; (Fabbri, 1982: 16).

Hay en el pensamiento de Fabbri una comunión interesante entre las exigencias radicales de transformación social que abriga el anarquismo, con una rica diferenciación de situaciones, matices, y distinciones teóricas que intentan dar cuenta de una realidad, que se reconoce, no encaja en los moldes conceptuales y lingüísticos.

“Di fronte al pericolo totalitario è imperioso difendere, non l’esistente, ma all’interno di ciò che esiste, quegli elementi che possono essere punti di partenza o condizioni favoreboli per sviluppi –rivoluzionari o no, secondo i momenti- in senso libertario (...) Questo non vuol dire che non si lotti contro lo stato in senso alle democrazie; e lottare contro lo stato vuol dire in primo luogo demistificarne gl’ingranaggi. Ma la nostra lotta, in seno a una democrazia oggi sempre esposata al pericolo totalitario, non deve perdere di vista il nemico più potente, insito nello stato, ma controbilanciato, in regime democratico, da una quantità di fattori centrifughi che mantengono una tensione vitale, completamente assente in un paese in cui il totalitarismo prevale. Quella tensione, che sopravvive nei regimi in varia misura democratici, va difesa. Va difesa la possibilità di parlare, di riunirsi, di creare, sempre di più. Non si tratta di rinunciare a nessun fine, nè di cedere spazi. Solo, io credo che, dove rumoreggia sotterraneamente la minaccia fascista, la lotta va condotta di fronte, per certe cose e contro certe altre, ma non sul terreno del terremoto generico e del “tanto peggio, tanto meglio”; (Fabbri, 1982: 16).

Por último, el artículo aparecido en 1982, (“Ancora sulla ‘Democrazia’”, Revista “A” de Milán (Nº 104), 1982)89, se inscribe según nos narra la autora, en el contexto de una discusión en la que se han presentado “numerosas objeciones” en los medios libertarios a posturas que se esforzaban en distinguir entre dos tipos de Estado, el democrático y el totalitario, reparos frente a “identificar la supervivencia del anarquismo con la socialdemocracia capitalista”. Estas discrepancias hacen justicia -según la interpretación que Fabbri hace de ellas- en “no perder el carácter revolucionario del movimiento anarquista y (…) no dejar que se diluya y se hunda en las arenas movedizas del demoliberalismo”; pero también estas opiniones temen que se asuma por vergüenza la postura del “realismo del mal menor”. Fabbri es de la opinión, no obstante, que todos practicamos en la vida cotidiana esta postura como antítesis del “tanto peor, tanto mejor”, (Fabbri, 1990: 219). Otro concepto presente en el debate es la cuestión de “la defensa de las libertades adquiridas”, que siempre ocuparán el lugar de “punto de partida” o una “cobertura marginal” en las luchas anarquistas, pero nunca como preocupación central. Fabbri no comparte esa preocupación, su concepción del anarquismo -una concepción que según nos advierte es de “esencia” y no de “grado” con otras filosofías políticas- hace que perciba claramente los rasgos distintivos que alejarían presuntas confusiones:

“Los anarquistas, están inmersos en el “océano común de la humanidad”, y en él, son los “eternos opositores”, ya que “siempre habrán de combatir a los gobiernos y nunca deberán afrontar una oposición desde lo alto de un gobierno. Son los vencidos de la historia tal como es entendida comúnmente, que sin embargo vencen parcialmente con cada aumento de libertad y siempre van a dar a la cárcel”; (Fabbri, 1990: 219).

Hay una tarea colectiva, un tensión utópica que no obstante tiene etapas intermedias de construcción, una praxis, el ideal anarquista está siempre “en el horizonte”, dice Fabbri, citando a Emilio Colombo, (“La anarquía es el horizonte, no el fin de la historia”, según un artículo aparecido en “Volontá”, Nº 2, pág. 98). Y “se sabe que el horizonte es una inmensa circunferencia de la que somos el centro y que cambia de lugar apenas lo hacemos nosotros”; pero lejos de ser una quimera, “la aceptación de este modo de concebir el anarquismo es la condición de toda visión realista de nuestra posición y de nuestra tarea en los sucesivos momentos que vivimos y que viviremos”; (Fabbri, 1990: 219).

En definitiva, las discrepancias son entre dos posturas al interior del movimiento anarquista que Fabbri denomina los “defensores de la democracia” y los “antidemocráticos”, diferencias que la autora considera, radican en el hecho de que

“estos últimos ven como núcleo de un programa de acción aquello que para los primeros es un escalón en qué apoyar los pies para la subida. Entre democracia y anarquía no hay antítesis, sino progreso. En efecto, entre el derecho de la mayoría en que se basa la democracia y el libre acuerdo característico de las soluciones libertarias, no existe una diferencia diametral sino una diversidad de grado, ya que para nosotros se trata de canalizar los conflictos por medio de la tolerancia, del reconocimiento de los derechos de la minoría y de los individuos, la coordinación federal y la libre experimentación. Pero la preocupación de evitar el dominio violeto de la minoría es común a los unos y los otros. Y contra este peligro el tradicional espíritu democrático en sentido amplio constituye siempre una defensa”; (Fabbri, 1990: 220, las cursivas son nuestras).

Este modo peculiar de concebir el anarquismo, reconoce tanto en el socialismo marxiano como en la tradición liberal vertientes fecundas en las que el anarquismo se ha nutrido. Del mismo modo que Barrett, Fabbri no duda en reconocer, -como lo había hecho ya en “El camino”- una tradición humana de luchas e ideas que con enorme sacrificio se ha ido abriendo paso en la historia, y que no es patrimonio exclusivo del pensamiento ácrata. Su concepción del anarquismo postula una transformación “esencial” en la sociedad, pero a través de una revolución “gradualista”, como ya hemos señalado.

Si bien es cierto que en las democracias hay un constante peligro autoritario, ese mismo riesgo está presente en cualquier sociedad, “porque está inmanente en el espíritu humano”, (…) “frente a ese peligro inmanente las democracias son particularmente vulnerables, precisamente por seguir teniendo al poder como perno organizativo”;

“La ventaja, para nosotros, de la democracia, por limitada que sea, está precisamente en el hecho de que defender algunos de sus aspectos no significa (como frente a un régimen totalitario) defenderla en bloque (…) Aquellos que piensan que todos los regímenes de base estatal (hasta ahora los únicos existentes) son sustancialmente iguales, ven en quien hace la distinción y procede en consecuencia una actitud reformista como una mayor adaptación a la sociedad actual, como un repliegue a posiciones atrasadas, aconsejado por la tendencia cómoda y realista al ‘mal menor’”; (Fabbri, 1990: 220).

Es necesario ocupar “espacios todavía libres”, y hay que mantenerlos con la cooperación de los anarquistas, para

“el desarrollo de una renovación que debe comenzar en nosotros para difundirse en torno a nosotros, situando todos los problemas en un terreno inédito, de ruptura con la autoridad y la violencia, que son las características del mundo de hoy (…) Para resistir hay que actuar, hay que construir; al mismo tiempo hay que conocer este mundo incandescente, participando en su proceso fulminantemente evolutivo, y hacerlo desde una posición, en lo posible, autónoma”; (Fabbri, 1990: 221).

La viabilidad de esta propuesta está sujeta, subraya Fabbri una vez más, a un cambio de mentalidad:

“Es una situación que requiere para la supervivencia misma de la especie, una nueva mentalidad, que no esté ligada a los esquemas tradicionales. Y, en primer lugar, hay que salir del círculo vicioso de la violencia que llama a la violencia, y que es siempre autoritaria. En una sociedad como ésta, eso quiere decir tomar entre manos lo que en el mundo actual no es ni violento ni autoritario y hacerlo el punto de partida de un futuro orientado en sentido libertario, insuflándole un nuevo espíritu”; (Fabbri, 1990: 222; las cursivas son nuestras).

Este postura no puede ser catalogada de reformista en opinión de la autora, es una actitud vital, no idealizada, dispuesta a irradiar en derredor su influencia, expandiendo la libertad. En un ambiente de creciente belicismo, Fabbri insiste en la urgencia de esta postura ante la posibilidad de un nuevo conflicto,

“¿No es esencial mantener los espacios donde todavía puede ser gritada? Mas para nada serviría gritar, si no se trabajara en la preparación de aquel mundo nuevo, liberado en la medida de lo posible de la autoridad que genera la guerra”; (Fabbri, 1990: 223).

Se necesita una manera “creativa” de luchar contra el Estado, tarea difícil por la enorme capacidad de incidencia en las múltiples actividades de la vida social. Fabbri aboga por la socialización de estas tareas del Estado, “sin excesiva burocracia”, evitando la intervención privada, o de organismos, o partidos que lo utilicen para ejercer el poder. Esta tarea de descentralización sobre bases federales del aparato estatal, requiere no sólo el trabajo político del consenso y la suma de voluntades, sino también la condición previa de conocer a fondo los mecanismos que lo mueven, y para esto, es necesario poseer competencia específica en cada campo, “saber es cada vez más condición de libertad”; (Fabbri, 1990: 222).90

Ahora bien, esta acción política sólo es realizable en el marco de una sociedad democrática: “la descentralización de los servicios útiles, la lucha por la intervención en ellos de las fuerzas de base, son posibles sólo en una sociedad democrática y constituyen metas parciales positivas, incluso cuando son ‘reformistas’”; (Fabbri, 1990: 223).

Esta preocupación por “ensanchar” los espacios públicos, por favorecer la afluencia de las personas a esos espacios y propiciar su participación requiere la participación decidida del movimiento anárquico, “en tanto allí se están poniendo en juego algunos de sus núcleos doctrinarios básicos”; (Barret, 2011: 41). Fabbri enumera algunos nudos problemáticos que se derivan de esta manera “nuestra” de concebir “la lucha” que reflejan la complejidad de las situaciones y la necesidad de brindar una respuesta creativa; ejemplo de esto es el sentido que los anarquistas deben otorgar al trabajo:

“¿Debemos considerarlo como una ingrata necesidad a la que uno se somete sin preocuparse de ‘servir los intereses del patrón o del Estado’ o, a pesar de todo, como una función social, susceptible de ser organizada mañana en beneficio de la entera sociedad y cuyo resultado –cuando no se trata de trabajo inútil o nocivo- contribuye, desde el presente y al menos en parte, a ese objetivo?”; (Fabbri, 1990: 224).

Otra situación similar se presenta ante el desafío de los avances tecnológicos, ¿son positivos para la humanidad desde el punto de vista libertario los procesos de “automación” -como Fabbri los llama-? ¿Es posible imaginar hoy una sociedad que prescinda de ellos? O este otro: “¿Hay que luchar por una educación más libre dentro de la escuela pública o fuera de ella” organizando sistemas paralelos?”; (Fabbri, 1990: 224).

En estas ejemplificaciones queda claro que el escenario de realización no es el mismo si se está viviendo en un Estado democrático o totalitario: “Va de suyo que en ninguno de estos campos se puede hacer nada en un Estado totalitario”; (Fabbri, 1990: 225).

Se trata entonces

“…no de defender al régimen democrático, sino de defender en su seno las libertades fundamentales de los ataques de las fuerzas totalitarias y de potenciar en su ámbito todos los organismos colectivos no ligados al Estado o susceptibles de un proceso de desestatización, de descentralización en sentido libertario y socialista”; (Fabbri, 1990: 225).

Para que esto sea posible es importante también superar al interior del movimiento anarquista la mentalidad de “catastrofismo insurreccional” que, asociada a la confianza de la gente en los sistemas tradicionales de la democracia representativa, contribuyen a solidificar el determinismo de la idea de que el Estado es el único garante del orden social.

La democracia debe ser, entonces, punto de partida para el trabajo libertario:

“De todos modos, como la esencia de la mentalidad libertaria es la tolerancia, y nosotros constituimos una fuerza minoritaria, nuestras relaciones con los demás son dictadas por la mayor o menor afinidad. Y entonces creo que nuestro punto de partida y el ámbito de nuestro trabajo están en las masas que se consideran democráticas. Debemos tender a socializar y federalizar la democracia, a transformarla en directa y socialista. No se trata de ceder al Estado. Nuestra función es la de representar el polo antiestatal. Y es una función difícil, si nos alejamos de la visión simplista de la palingenesia total, del “dale al tronco!”, pero vale la pena. Es una función permanente, que no ofrece perspectivas de victoria “total”, pero vale la pena”; (Fabbri, 1990: 225, las cursivas son nuestras).

Es posible reconocer, en estas observaciones de Fabbri la pretensión de delinear trazos muy concretos que apunten a mostrar que el proceso de construcción de una sociedad libre posee una dimensión de viabilidad muy marcada; es posible reconocer en el pensamiento de Luce Fabbri la anticipación de un futuro alternativo, una praxis, una realización imbricada en lo cotidiano y deseosa de abarcar cada vez espacios más amplios e inclusivos.




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