Obras Completas de Sandor Ferenczi



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Obras Completas de Sandor Ferenczi

CXXVI. «PSICOLOGÍA DE LAS MASAS Y ANÁLISIS DEL YO» DE FREUD


(Progresos de la psicología individual)

Si se considera a vuelo de pájaro la evolución de las ciencias, hay que constatar forzosamente que en este campo el progreso lineal alcanza por lo general con bastante rapidez un punto muerto que obliga a proseguir el trabajo desde otro ángulo, a menudo totalmente inesperado o insólito, si se pretende avanzar. He tenido ya ocasión de señalar este fenómeno sorprendente cuando he visto en los «Tres ensayos sobre la teoría de la sexualidad» de Freud, obra de psicología pura, un progreso importante de la biología, que es una ciencia proviniente de las exactas y naturales, progreso que esta disciplina nunca hubiera conseguido por sus propios medios.

Este «utraquismo» (como yo lo llamaría) de una buena política científica se halla confirmado no sólo en la gran alternativa entre métodos de conocimiento objetivos (ciencias exactas y naturales) y subjetivos (psicología), sino también en el marco mismo de la psicología. Apenas estamos habituados a la hipótesis de que los hechos psicoanalíticos de la psicología individual constituyen la base de nuestra ciencia y que su «aplicación» resolverá los fenómenos más complejos de la psiquis colectiva (arte, religión, formación de mitos, etc.), cuando nuestra confianza en esta hipótesis resulta truncada por la reciente aparición de la obra de Freud sobre la «Psicología de las masas». Se nos dice, en efecto, que la investigación de los procesos que surgen de la psicología colectiva puede resolver problemas importantes de la psicología individual. En las páginas que siguen me propongo poner de manifiesto los principales progresos que la psicología individual normal y patológica debe a esta disección del alma colectiva realizada por Freud.

El autor descarta la idea, admitida automáticamente por los demás, de que los fenómenos colectivos se produzcan únicamente dentro de una “muchedumbre”, es decir, en el seno de un gran número de individuos. Constata más bien que pueden producirse cuando se trata de un pequeño número de personas, por ejemplo, la familia, e incluso en las relaciones con una sola persona, como en el caso de la «formación colectiva a dúo». Esta concepción nos lleva a cambiar radicalmente nuestro punto de vista sobre uno de los procesos más llamativos y más importantes para la psicología individual: la hipnosis y la sugestión.

Hasta el presente, los autores pretendían explicar los fenómenos colectivos mediante la sugestión sin poder aclarar la naturaleza de ésta. Freud ha descubierto la existencia de fenómenos colectivos cuya evolución histórica deberá contribuir a explicar el proceso de sugestión tal como funciona entre dos individuos. Según Freud, puede seguirse en el rastro de la disposición a la hipnosis hasta la época primitiva de la raza humana, hasta la horda humana en la que la visión del padre, el padre temido de la horda, dueño de la vida y de la muerte, ejercía efectivamente durante toda la vida y sobre todos los miembros de la horda el mismo efecto paralizante, la misma inhibición de toda actividad independiente, de toda moción intelectual personal que la producida todavía hoy por la mirada del hipnotizador sobre su “médium”. El temor inspirado por esta mirada forma parte, pues, del poder hipnótico; en cuanto a los restantes procedimientos para producir la hipnosis (sueño monótono, fijarse en determinado asunto), se limitan a desviar la atención consciente del sujeto dispuesto a dormirse para someter mejor su inconsciente a la in fluencia del hipnotizador.

Contrariamente a la hipótesis de Berheim, prevaleciente hasta hoy, que veía en la hipnosis únicamente una forma de sugestión, supondremos ahora con Freud que la aptitud para ser hipnotizado constituye el fenómeno esencial que puede explicarnos la sugestibilidad; en cuanto a la aptitud propiamente dicha para ser hipnotizado, no es tan sólo, como se creía hasta ahora, un residuo de la angustia infantil inspirada por el padre severo, sino que representa también el retorno de las emociones experimentadas por el hombre de la horda primitiva frente al temido jefe. La psicología colectiva proporciona, pues, el paralelo filogenético a la ontogénesis de la aptitud para ser hipnotizado. Si tomamos en consideración la posición central de los problemas planteados por la hipnosis y la sugestión en la patología, la terapia de las neurosis y la pedagogía, veremos inmediatamente la revisión fundamental de nuestras precedentes concepciones ocupar todo el campo de la psicología normal y patológica.

El otro resultado, también esencial, que la psicología individual debe a estas investigaciones de la psicología colectiva, es el descubrimiento de una nueva etapa del desarrollo del Yo y de la libido. Las neurosis de transferencia, punto de partida de la investigación psicoanalítica y su único objeto durante mucho tiempo, han permitido a Freud reconstruir casi completamente las fases del desarrollo del impulso sexual. Por el contrario, el segundo factor implicado en la formación de la neurosis, el Yo, resultaba una masa compacta, imposible de reducir en partes, y las ideas que se tenían de su estructura eran extraordinariamente hipotéticas. El estudio de las psiconeurosis narcisistas y de la vida amorosa del individuo normal ha arrojado alguna luz en esta oscuridad, pero ha sido preciso este estudio de la psicología colectiva para que Freud consiga desgajar la existencia de un verdadero “estadium” en el Yo. Esta etapa superior del Yo, que sucede al narcisismo original del niño y de la humanidad, consiste en la distinción entre un Yo siempre caracterizado por el narcisismo primario y un «Ideal del Yo», modelo erigido en el interior de cada uno para medir todos los actos y cualidades propias. Este Ideal del Yo cumple funciones importantes, como la prueba de realidad, la conciencia moral, la autoobservación y la censura de los sueños; es también la fuerza responsable de la producción del “rechazo inconsciente”, tan importante en la formación de la neurosis.

Paralelamente a esta etapa evolutiva del Yo, existe un proceso libidinal especifico que va a integrarse a partir de ahora, en cuanto fase particular del desarrollo, entre el narcisismo y el amor objetal (más exactamente entre las fases de organización oral y sádico-anal que aún son narcisistas y el amor objetal propiamente dicho). Este proceso libidinal intermediario es la identificación. En el curso de este proceso, los objetos del mundo exterior no son “incorporados” realmente como en la fase caníbal, sino sólo de forma imaginaria, o, según decimos, son introyectados, y sus propiedades son atribuidas al Yo propio. Al identificarse de este modo con un objeto (persona), se crea de alguna forma el puente entre el Yo y el mundo exterior y este lazo permite en lo sucesivo desplazar el acento del «ser» intransitivo sobre el «tener» transitivo, es decir, que permite a la identificación evolucionar hacia el verdadero amor objetal. Pero la fijación en el estadío de la identificación permite retornar de la fase más tardía del amor objetal a la etapa de la identificación; se encuentran ejemplos particularmente llamativos de esta regresión en determinados procesos patológicos, y otros también evidentes en las producciones de la psiquis colectiva que hasta ahora habían resultado incomprendidas. La hipóstasis de esta nueva etapa del desarrollo del Yo y de la libido permitirá ciertamente comprender un poco mejor algunos fenómenos, aún mal explicados, de la psicología y de la patología individuales.

Aunque Freud se ha preocupado sobre todo de la dinámica de la psiquis colectiva en su obra sobre la psicología colectiva, no ha podido impedir el proseguir la elaboración de determinados capítulos sobre la teoría de las neurosis que sus precedentes investigaciones habían dejado incompletos. Me limitaré a citar algunos ejemplos entre la avalancha de ideas que se nos proponen.

La crítica psicoanalítica había constatado ya que la homosexualidad masculina se presentaba a menudo como reacción a una antigua corriente heterosexual particularmente intensa. Ahora Freud nos indica que esta reacción se produce también al retornar del amor objetal a la identificación. La mujer es abandonada en cuanto objeto amoroso externo, pero en revancha es erigida de nuevo en el Yo mediante la identificación, es decir, colocada en lugar del Ideal del Yo; el hombre se convierte así en femenino y se busca sexualmente una pareja masculina con el fin de restablecer la relación heterosexual primera, aunque sea al revés.

La teoría que muestra la naturaleza libidinosa del vínculo social con el jefe y con los semejantes permite entrever la patogénesis de la paranoia. Comprendemos por primera vez por qué tantos individuos se tornan paranoicos a consecuencia de una humillación social. La libido, que hasta entonces se hallaba vinculada socialmente, se halla liberada debido a la ofensa y desearía expresarse de una forma sexual grosera, en general homosexual, pero este modo de expresión es rechazado por el Ideal del Yo particularmente exigente y el brote de este conflicto agudo se traduce en la paranoia. El antiguo vínculo social continúa expresándose en el sentimiento de ser perseguido por las colectividades, las comunidades y las asociaciones (jesuitas. francmasones, judíos, etc.). De este modo la paranoia aparece como una perturbación no sólo del vínculo (homosexual) con el padre, sino también de la «identificación» social (asexuada de por sí).

La solución del problema planteado por la psicología colectiva ofrece un nuevo apoyo a la metapsicología de la melancolía que había sido ya elaborada anteriormente. Esta psicosis se presenta también como una consecuencia de la sustitución del objeto por el Ideal del Yo, objeto abandonado al exterior en cuanto que es odiado; respecto a la fase maníaca de la ciclotimia, aparece como la revuelta provisional de lo que queda del Yo narcisista (narcisismo primario) contra la tiranía del Ideal del Yo. Vemos a las nuevas fases del Yo y de la libido iniciar sus prometedoras apariciones en la psiquiatría.

La identificación histérica difiere de las restantes identificaciones por el hecho de que la incorporación (inconsciente) del objeto es sólo parcial, y concierne únicamente a determinadas propiedades del objeto.

Importantes capítulos de la vida amorosa normal habrán de reconsiderarse a la luz de estas nuevas concepciones. La distinción entre impulsos sexuales directos e impulsos sexuales inhibidos en cuanto al objeto (amorosos) se demuestra en esta investigación ser más importante de lo que hasta ahora se había supuesto y el período de latencia que desarrolla esta inhibición en cuanto a su objetivo gana también en importancia.



La justa estimación de las mociones sexuales inhibidas en cuanto al objeto ha obligado a Freud a elaborar una nueva concepción de la dinámica de las enfermedades neuróticas. Según esta última descripción, el conflicto neurótico se desarrolla entre los impulsos sexuales inhibidos en cuanto al objeto requeridos por el Ideal del Yo (conformes al Yo) y los impulsos sexuales directos (rechazados por el Yo). Los procesos de bloqueo libidinoso en el estado amoroso aparecen también bajo una nueva luz tras esta investigación de la psicología colectiva. El sentimiento de vergüenza se hace comprensible si se le considera igualmente determinado por un fenómeno de psicología colectiva, es decir, como la reacción a la perturbación que supone la manifestación en público de los impulsos heterosexuales, siempre asociales.

Tornemos a nuestro punto de partida e indiquemos una vez más para concluir los factores de la psicología colectiva que se hallan implicados en toda psicoterapia y hacen indispensable el estudio de esta obra de Freud a quien quiera cuidar de los espíritus enfermos. Durante el tratamiento, el médico es el representante de toda la sociedad humana y puede, al igual que el sacerdote católico, salvar o condenar. A través del amor del médico, el enfermo aprende a neutralizar su antigua «conciencia moral» que le ha convertido en enfermo, y la autoridad del médico le permite descubrir sus rechazos. Los médicos son en consecuencia los primeros que deben reconocimiento y admiración al autor de esta obra. En efecto, determinados procesos de la psicología colectiva han permitido a Freud explicar la eficacia de los diversos procedimientos psicoterapéuticos y por primera vez pueden los médicos comprender cómo actúa el útil del que se sirven cotidianamente.


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