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LA DÉCIMA

REVELACIÓN
En Busca de la Luz Interior
James Redfield


Este libro fue pasado a formato Word para facilitar la difusión, y con el propósito de que así como usted lo recibió lo pueda hacer llegar a alguien más. HERNÁN



Para mi mujer e inspiración Salle Merrill Redfield
AGRADECIMIENTOS
Mi más profundo agradecimiento a todos los que participaron de alguna manera en este libro, sobre todo a Joann Davis de Warnes Books, por su incesante consejo y a Albert Gaulden por su oportuno asesoramiento. Y, por supuesto, a mis amigos de las Blue Ridge Mountains, que mantienen siempre encendido el fuego de un refugio seguro.
NOTA DEL AUTOR
Esta segunda parte es, al igual que La Novena Re­velación, una parábola de aventura, un intento por ilustrar la transformación espiritual continua que está produciéndose en nuestro tiempo. Mi esperanza con los dos libros fue transmitir lo que yo llamaría un cuadro de consenso, un retrato vívido de las percepciones, senti­mientos y fenómenos nuevos que vienen a definir la vida cuando estamos a punto de entrar en el tercer milenio.

Nuestro principal error es, en mi opinión, pensar que la espiritualidad humana ya está comprendida y esta­blecida. Si algo nos dice la historia, es precisamente que la cultura y el conocimiento humano evolucionan de mane­ra constante. Sólo las opiniones individuales son fijas y dogmáticas. La verdad es más dinámica y la gran alegría de la vida radica en que nos dejemos llevar, en que encontremos la verdad especial que nos corresponde reconocer y, luego, observemos la sincronicidad con la cual la verdad evoluciona y adquiere una forma más clara, justo cuando hace falta para hacer impacto en la vida de alguien.

Juntos, estamos yendo a alguna parte; cada genera­ción construye sobre los logros de la anterior, destinada a un fin que apenas podemos recordar vagamente. Todos estamos en el proceso de despertar y abrirnos a quiénes somos en realidad y qué venimos a hacer, lo cual constituye en general una tarea sumamente difícil. No obstante, estoy convencido de que si integramos siempre lo mejor de las tradiciones que encontramos antes que nosotros y tenemos presente el proceso, cada desafío a lo largo del camino, cada irritación interpersonal puede superarse con un sentido de destino y de milagro.

No quiero minimizar los enormes problemas que todavía enfrenta la humanidad, sino sólo sugerir que cada uno de nosotros, a su modo, está involucrado en su solución. Si nos mantenemos atentos y reconocemos el gran misterio que ese esta vida, veremos que hemos sido colocados en el lugar indicado, exactamente en la posición correcta... para cambiar el mundo.

J.R.

Primavera, 1996

... Miré, y observé,

se abrió una puerta en el cielo:

y la primera voz que oí fue... una trompeta

que dijo: “Ven aquí y te mostraré

cosas que habrá en lo sucesivo”.

Y, de inmediato, yo estaba en el espíritu,

y observé un trono instalado en el cielo...

Y había un arco iris que rodeaba el trono

había cuatro y veinte asientos. Y en los asientos

vi cuatro y veinte ancianos sentados, vestidos de blanco...

Y vi un nuevo Cielo y una nueva Tierra:

pues el viejo Cielo y la vieja Tierra habían muerto...

REVELACIÓN



LAS IMÁGENES DEL CAMINO
Caminé hasta el borde saliente de granito y miré en dirección norte la escena que se desplegaba más abajo. Frente a mis ojos se extendía el valle de los Apalaches, de una belleza asombrosa, con sus diez u once kilómetros de largo y ocho de ancho. A lo largo del valle corría un riacho meandroso que serpenteaba entre trechos de pra­deras abiertas y bosques densos y coloridos: bosques viejos, con árboles de varios metros de alto.

Observé el rudimentario mapa que tenía en mis manos. En el valle todo coincidía exactamente con el dibujo: el cordón empinado donde yo estaba parado, el camino que bajaba, la descripción del paisaje y el río, los pies de los montes a lo lejos. Ése tenía que ser el lugar que Charlene había bosquejado en la nota hallada en su oficina. ¿Por qué lo había hecho? ¿Y por qué había desa­parecido de repente?

Ya había pasado un mes desde la última vez que Char­lene se había comunicado con sus socios de la empresa de investigaciones donde trabajaba y, cuando Frank Carter, su compañero de oficina, pensó en llamarme, ya estaba muy alarmado.

—Tiene sus excentricidades, pero nunca había desaparecido durante tanto tiempo —dijo—, y de ningún modo teniendo reuniones ya fijadas con clientes de mucho tiempo. Algo anda mal.

—¿Cómo se le ocurrió llamarme? —pregunté. Me respondió describiendo parte de una carta, ha­llada en la oficina de Charlene, que yo le había enviado unos meses antes en la que hacía una crónica de mis experiencias en Perú. Me dijo que, al lado, había una nota garabateada con mi nombre y mi número de teléfono.

—Estoy llamando a todas las personas que tienen alguna relación con ella —agregó. —Hasta el momento, nadie parece saber nada. A juzgar por la carta, usted es amigo de Charlene. Esperaba que supiera algo de ella.

—Lo lamento —le dije—. Hace cuatro meses que no hablo con ella.

Mientras lo decía, me parecía mentira que hubiera pasado tanto tiempo. Al recibir mi carta, Charlene me había llamado por teléfono y había dejado un mensaje en el contestador en el que me hablaba de su entusiasmo respecto de las Revelaciones y me comentaba la rapidez con que parecía estar difundiéndose su conocimiento. Recordé que había escuchado el mensaje de Charlene varias veces, pero que había dilatado mi llamado, pen­sando que me comunicaría más tarde, tal vez al día siguiente o el otro, cuando me sintiera dispuesto a hablar. En aquel momento sabía que hablar con ella me forzaría a recordar y explicar los detalles del Manuscrito y me decía a mí mismo que necesitaba más tiempo para pensar, para digerir lo que había ocurrido.

La verdad era, obviamente, que algunas partes de la profecía todavía se me escapaban. Sin duda había retenido la capacidad para conectarme con una energía espiritual interior, un gran consuelo para mí teniendo en cuenta que con Marjorie todo había terminado y ahora pasaba muchísimo tiempo solo. Y era más consciente que nunca de pensamientos intuitivos y los sueños y la luminosidad de una habitación o un paisaje. Sin embargo, al mismo tiempo, la naturaleza esporádica de las coincidencias había pasado a ser un problema.

Me cargaba de energía, por ejemplo, discernía la cuestión más importante de mi vida, y en general tenía un presentimiento claro respecto de qué hacer o adónde ir para buscar la respuesta; no obstante, después de hacer algo relacionado con la situación eran muchísimas las veces en que no ocurría nada importante. No encontraba ningún mensaje, ninguna coincidencia.

Esto sucedía sobre todo cuando la intuición tenía que ver con buscar a alguien que ya conocía en alguna medida, un viejo conocido quizas, o alguien con quien trabajaba en forma rutinaria. De vez en cuando esa persona y yo encontrábamos algún punto de interés nuevo, pero con igual frecuencia mi iniciativa, pese a mis esfuerzos por enviar energía, era totalmente rechazada o, peor aún, empezaba de una manera estimulante sólo para desviarse, descontrolarse y al fin morir en medio de un torrente de irritaciones y emociones inesperadas.

Durante el proceso, esa incapacidad no me había amargado, pero me di cuenta de que algo me faltaba cuando quería vivir las Revelaciones a largo plazo. En Perú yo procedía siguiendo un impulso y actuaba a menudo con una especie de fe nacida de la desespe­ración. Al regresar a casa y enfrentar de nuevo mi medio habitual, rodeado muchas veces de escépticos mani­fiestos, sentía que perdía la expectativa entusiasta o la firme creencia de que mis corazonadas realmente me conducían a alguna parte. En apariencia había olvidado lguna parte vital del conocimiento... o tal vez aún no la había descubierto.

—No sé muy bien qué hacer —había señalado el socio de Charlene—. Ella tiene una hermana, creo que en Nueva York. ¿Usted no sabe cómo contactarla? O tal vez conozca a alguien que sepa dónde está.

—Lo lamento, pero no lo sé —dije—. En realidad, Charlene y yo estamos reviviendo una vieja amistad. No recuerdo ningún pariente y no sé qué amigos tiene ahora.

—Bueno, creo que voy a hacer la denuncia a la poli­cía, salvo que usted tenga alguna idea mejor.

—No, creo que eso sería lo más prudente. ¿Hay algún otro indicio?

—Sólo una especie de dibujo que podría ser la descripción de un lugar. No lo sé con exactitud.

Más tarde me envió por fax toda la nota que había encontrado en la oficina de Charlene, incluido el boceto rudimentario de líneas cruzadas y números con marcas vagas en los márgenes. Y, sentado en mi estudio, compa­rando el dibujo con los números de ruta en un atlas del sur, descubrí la que en apariencia podía ser la localización real. A partir de ese momento empecé a experimentar una imagen vívida de Charlene en mi mente, la misma imagen que había percibido en Perú cuando me hablaron de la existencia de la Décima Revelación. ¿Su desaparición estaba conectada de alguna manera con el Manuscrito?

Una brisa rozó mi cara y volví a estudiar la vista que se desplegaba más abajo. Más lejos, a la izquierda, donde terminaba el valle al oeste, se distinguía una hilera de techos. Ése debía de ser el pueblo que Charlene había indicado en el mapa. Guardé el papel en el bolsillo de mi chaqueta, volví a la ruta y subí a mi rural.

El pueblo en sí era pequeño, de dos mil habitantes, según el cartel que había junto al único semáforo. La mayoría de los edificios comerciales se alineaban sobre una sola calle que corría junto a la orilla del río. Pasé la luz, divisé un motel cerca de la entrada del Bosque Nacional y avancé hasta el estacionamiento que había frente a un restaurante y bar. En ese momento entraban varias personas, entre ellas un hombre alto de tez oscura y pelo negro azabache, que cargaba una mochila grande. Se volvió y por un instante hicimos contacto visual. Me bajé, cerré el auto y decidí, como por una corazonada, entrar en el restaurante antes de ir al motel. En el interior, las mesas estaban casi vacías: apenas unos pocos ex­cursionistas en el bar y algunas de las personas, que habían entrado antes que yo, en un apartado. La mayoría ignoró mi mirada, pero mientras seguía escudriñando el local mis ojos volvieron a cruzarse con el hombre alto que había visto antes; iba caminando hacia el fondo del salón. Esbozó una débil sonrisa, mantuvo el contacto visual otro segundo y se dirigió a la salida de atrás.

Lo seguí. Estaba parado, a unos seis metros, incli­nado sobre su mochila. Vestía jeans, camisa vaquera y botas, y aparentaba tener unos cincuenta años. Detrás de él, el sol del atardecer dibujaba largas sombras entre los árboles altos y el pasto y, a unos cincuenta metros, pasaba el río, que iniciaba allí su viaje hacia el valle.

Sonrió con entusiasmo y levantó la vista.

—¿Otro peregrino? —preguntó.

—Estoy buscando a una amiga —dije—. Tuve el presentimiento de que usted podía ayudarme.

Hizo un gesto afirmativo con la cabeza, mientras studiaba con atención los contomos de mi cuerpo. Se acercó, se presentó como David Lone Eagle y me explicó, como si fuera algo que tal vez necesitara saber, que era descendiente directo de los americanos nativos que habitaron originalmente ese valle. Por primera vez noté que tenía en la cara una cicatriz delgada que iba desde el borde de su ceja izquierda y bajaba a lo largo de toda la mejilla, dejando libre sólo el ojo.

—¿Quiere café? —preguntó—. Tienen buena bebida ahí adentro, pero el café es malo. —Señaló un área cerca del río donde se alzaba una carpa pequeña entre tres sauces grandes. Docenas de personas caminaban por el lugar, algunas por un camino que cruzaba un puente y conducía al Bosque Nacional. Todo parecía seguro...

—Sí —respondí—. Buena idea.

En el campamento, encendió un pequeño calentador de gas, llenó la pava de agua y la colocó sobre la llama.

—¿Cómo se llama su amiga? —preguntó al fin.

—Charlene Billings.

Hizo una pausa y me miró, y mientras nos observábamos, con la mirada de mi mente vi una imagen clara de él en otro tiempo. Era más joven y estaba vestido con calzones de piel de ante, sentado frente a una gran fogata. Trazos de pintura de guerra adornaban su cara. A su alrededor se desplegaba un círculo de gente, en su mayo­ría americanos nativos, pero entre ellos había también dos blancos, una mujer y un hombre muy robusto. La discusión era acalorada. En el grupo había quienes querían la guerra; otros deseaban la reconciliación. Él se interponía y ridiculizaba a los que consideraban la idea de la paz. ¿Cómo podían ser tan ingenuos, les decía, después de tanta traición?

La mujer blanca parecía comprender pero le rogaba que la escuchara. La guerra podía evitarse, sostenía, y era posible proteger perfectamente el valle si el remedio espiritual era lo bastante bueno. Él rechazaba de plano su argumento y después de increpar al grupo montaba en su caballo y partía. La mayoría lo seguía.

—Su instinto es bueno —dijo David, apartándome de repente de mi visión. Extendió entre nosotros una manta tejida a mano y me invitó a sentarme. —He oído hablar de ella.

Me miró con expresión interrogante.

—Estoy preocupado —dije—. Nadie ha tenido noticias de ella; lo único que quiero es cerciorarme de que se encuentra bien. Y tenemos que hablar.

—¿Sobre la Décima Revelación? —preguntó, sonrien­do.

—¿Cómo sabía?

—Una suposición. Muchos de los que llegan a este valle no vienen sólo por la belleza del Bosque Nacional. Vienen para hablar de las revelaciones. Piensan que la Décima está por acá. Algunos afirman incluso saber qué dice.

Se volvió y puso un filtro lleno de café en el agua caliente. Algo en el tono de su voz me hizo pensar que estaba poniéndome a prueba, tratando de verificar si yo era quien decía ser.

—¿Dónde está Charlene? —pregunté. Con el dedo señaló hacia el este.

—En el bosque. No hablé nunca con su amiga pero oí cuando la presentaron una noche en el restaurante y desde entonces la vi algunas veces. Hace varios días vol­ví a verla; iba caminando sola por el valle y, a juzgar por la forma en que iba equipada, diría que es probable que todavía siga ahí.

Miré en esa dirección. Desde ese ángulo el valle parecía enorme y se extendía hacia la lejanía.

—¿Adónde cree que se dirigía? —pregunté. Me miró un instante.

—Tal vez hacia el cañón Sipsey. Es allí donde se encuentra una de las aberturas. —Estudió mi reacción.

—¿Las aberturas?

Esbozó una sonrisa misteriosa.

—Eso es. Las aberturas dimensionales.

Me incliné hacía él, recordando mi experiencia en las Ruinas Celestinas.

—¿Quién está al tanto de esto?

—Muy pocos. Hasta ahora son sólo rumores, fragmentos de información, intuición. Ni un alma ha visto el Manuscrito. La mayoría de los que vienen aquí bus­cando la Décima sienten que fueron conducidos aquí de manera sincrónica y tratan de vivir auténticamente las Nueve Revelaciones, si bien se quejan de que las coin­cidencias los guían durante un tiempo y de pronto se interrumpen. —Rió entre dientes. —Pero en eso estamos todos, ¿no? La Décima Revelación tiene que ver con la comprensión de toda esa cuestión: la percepción de las coincidencias misteriosas, la conciencia espiritual cada vez mayor de la Tierra, las desapariciones de la Novena Revelación... todo desde la perspectiva más elevada de la otra dimensión, para que podamos entender por qué está ocurriendo todo esto y participemos de manera más plena.

—¿Usted cómo lo sabe? —pregunté.

Me miró con ojos penetrantes, enojado de pronto.

—¡Yo sé!

Durante un momento más su cara permaneció seria, luego su expresión volvió a suavizarse. Alargó el brazo, sirvió café en dos jarros y me entregó uno.

—Mis antepasados vivieron cerca de este valle durante miles de años —continuó—. Ellos creían que este bosque era un lugar sagrado a mitad de camino entre el mundo superior y el mundo intermedio, aquí en la Tie­rra. Mi pueblo ayunaba y entraba en el valle en busca de visiones, para encontrar sus dones específicos, su medicina, el camino que debían recorrer en esta vida.

"Mi abuelo me habló de un chamán que vino de una tribu lejana y enseñó a nuestro pueblo a buscar lo que llamaba un estado de purificación. El chamán les enseñó que partieran de este preciso lugar, llevando sólo un cuchillo, y que caminaran hasta que los animales les die­ran una señal, para seguir luego hasta alcanzar lo que llamaban la abertura sagrada al mundo superior. Les dijo que si eran dignos, si habían purificado las emociones más bajas, podían ser autorizados a atravesar la abertura y encontrarse directamente con sus antepasados donde podían recordar no sólo su propia visión, sino la visión del mundo en su totalidad.

"Obviamente, todo terminó cuando llegó el hombre blanco. Mi abuelo no pudo recordar cómo hacerlo y yo tampoco puedo. Tenemos que averiguarlo como todos los demás.

—Usted está aquí buscando la Décima, ¿no? —inquirí.

—Por supuesto... Por supuesto. Pero al parecer lo único que hago es esta penitencia de remisión. —Su voz volvió a endurecerse, y de pronto parecía hablar más consigo mismo que conmigo. —Cada vez que trato de avanzar, una parte mía no puede superar el resen­timiento y la rabia por lo que le ocurrió a mi pueblo. Y eso no mejora. Cómo es posible que nos robaran la tierra, que nuestra forma de vida fuera avasallada, destruida. ¿Por qué fue posible algo así?

—Ojalá no hubiera sucedido —dije.

Miró para abajo y de nuevo se rió entre dientes.

—Lo creo. Pero de todos modos siento rabia cada vez que pienso en el mal uso que se hace de este valle. —¿Ve esta cicatriz? —preguntó señalándose la cara—. Podría haber evitado la pelea en la que me la hice. Fueron cowboys de Texas que habían bebido demasiado. Podría haberme ido, pero fue esta ira que arde dentro de mí.

—¿Acaso la mayor parte de este valle no está protegida dentro del Bosque Nacional? —pregunté.

—Sólo la mitad, más o menos, al norte del río, pero los políticos siempre amenazan con venderla.

—¿Y la otra mitad? ¿De quién es?

—Durante mucho tiempo esta zona fue propiedad de distintos individuos, pero ahora hay una sociedad extranjera registrada que trata de comprarla. No sabemos quién está atrás, pero a algunos de los propietarios les ofrecieron cantidades enormes para que vendan.

Miró para otro lado por un momento y luego dijo:

—Mi problema es que desearía que los tres siglos anteriores hubieran sido distintos. Estoy resentido por el hecho de que los europeos empezaran a radicarse en este continente sin tener en cuenta a la gente que ya estaba aquí. Fue criminal. Me gustaría que nada de eso hubiera sucedido, como si fuera posible cambiar el pasado de alguna manera. Nuestra forma de vida era importante. Aprendíamos el valor de recordar. Ése era el gran men­saje que los europeos podrían haber recibido de mi pueblo si se hubieran detenido a escuchar.

Mientras hablaba, mi mente se deslizó con lentitud hada otro ensueño. Dos personas —otro americano nati­vo y la misma mujer blanca— conversaban a la orilla de un riacho. Detrás de ellos se alzaba un bosque tupido.

Después de un rato, otros americanos nativos se agol­paron en tomo de ellos para oír su conversación.

—¡Podemos remediarlo! —decía la mujer.

—Me temo que todavía no sabemos lo suficiente

—respondía el americano nativo, con una expresión que demostraba mucho respeto por la mujer—. La mayoría de los otros jefes ya se fueron.

—¿Por qué no? Piense en las discusiones que tuvimos. Usted mismo dijo que con fe suficiente podía­mos remediarlo.

—Sí —respondía—. Pero la fe es una certeza que deriva de saber cómo deberían ser las cosas. Los an­cestros saben, pero no somos muchos los que hemos alcanzado ese saber.

—Pero tal vez podamos alcanzar ese saber ahora

—rogaba la mujer—. ¡Debemos intentarlo!

Mis pensamientos se interrumpieron al ver a varios oficiales del Servicio Forestal que se acercaban a un hombre mayor en el puente. Tenía el pelo canoso con un corte muy prolijo; llevaba puestos pantalones de vestir y una camisa impecable. Al caminar parecía renquear un poco.

—¿Ve a ese hombre con los oficiales? —preguntó David.

—Sí —respondí—. ¿Qué pasa con él?

—Hace dos semanas que lo veo por acá. Su nombre es Feyman, creo. No he oído el apellido. —David se inclinó hacia adelante y por primera vez me dio la im­presión de que confiaba plenamente en mí. —Mire, está pasando algo muy extraño. En las últimas semanas el Servicio Forestal parece controlar a los caminantes que entran en el Bosque. Nunca lo habían hecho y ayer alguien me dijo que cerraron por completo el extremo este. Hay lugares en esa zona que están a dieciséis kilómetros de la autopista más cercana. ¿Sabe las pocas personas que se aventuran tan lejos? Algunos hemos empezado a oír extraños ruidos en esa dirección.

—¿Qué clase de ruidos?

—Una especie de disonancia. La mayoría de la gente no la oye.

De repente se incorporó y echó abajo su carpa.

—¿Qué hace? —le pregunté.

—No puedo quedarme aquí —respondió—. Tengo que ir al valle.

Después de un rato interrumpió su trabajo y volvió a mirarme.

—Mire —dijo—. Hay algo que debe saber. Ese hombre que le señalé, Feyman. Vi a su amiga con él varias veces.

—¿Qué hacían?

—Hablaban, pero le digo que acá pasa algo raro. —Continuó empacando.

Lo observé en silencio durante un momento. No sabía qué pensar de la situación, pero tenía la sensación

de que no era descabellado que Charlene estuviera en algún lugar del valle.

—Déjeme buscar mi equipo —dije—. Me gustaría ir con usted.

—No —se apresuró a decir—. Cada persona debe experimentar el valle sola. No puedo ayudarlo ahora. De­bo encontrar mi propia visión. —Su expresión parecía apenada.

—¿Puede decirme dónde queda exactamente ese cañón?

—Siga el río unos tres kilómetros. Llegará a otra pequeña ensenada que se mete en el río desde el norte. Siga esa ensenada otros dos kilómetros. Lo llevará directamente a la boca del cañón Sipsey.

Asentí y me volví para irme, pero él me tomó del brazo.

—Mire —dijo—, puede encontrar a su amiga si eleva su energía a otro nivel. En el valle hay sitios específicos que pueden ayudarlo.

—Las aberturas dimensionales —pregunté.

—Sí. Allí puede descubrir la perspectiva de la Décima Revelación, pero para encontrar esos lugares debe comprender la verdadera naturaleza de sus intui­ciones y cómo mantener esas imágenes mentales. Observe también los animales y empezará a recordar qué está haciendo en este valle... por qué estamos todos juntos aquí. Pero tenga mucho cuidado. No deje que lo vean entrar en el bosque. —Reflexionó un instante. —Hay alguien allí, un amigo mío. Curtis Webber. Si ve a Curtis, dígale que habló conmigo y que me pondré en contacto con él.

Sonrió débilmente y envolvió su carpa. Quería preguntarle qué significaba eso de la intuición y de observar los animales, pero él evitaba el contacto visual y se mantenía concentrado en su trabajo.

—Gracias —dije.

Me hizo un ligero saludo con la mano.

Cerré despacio la puerta del motel y salí a caminar bajo la luz de la luna. El aire fresco y la tensión hicieron estremecer todo mi cuerpo. ¿Por qué estaba haciendo eso?, pensé. No había ninguna prueba de que Charlene siguiera en el valle, o de que la sospecha de David fuera, por lo demás, correcta. Sin embargo, las vísceras me decían que en realidad algo andaba mal. Pasé varias horas pensando si debía o no llamar al comisario. Pero, ¿para decirle qué? ¿Que mi amiga había desaparecido y que la habían visto entrando en el bosque por su propia voluntad, pero que tal vez se hallaba en problemas, todo sobre la base de una nota vaga hallada a cientos de kilómetros de distancia? Recorrer el lugar requeriría cientos de personas, y yo sabía que no iban a montar semejante operativo sin algo más sustancial.

Hice un alto y miré la luna casi llena que se alzaba sobre los árboles. Mi plan consistía en cruzar el río hacia el este del puesto de los guardabosques y luego seguir por el camino principal hasta el valle. Contaba con que la luna alumbraría mi camino, pero no pensaba que estaría tan brillante. La visibilidad era por lo menos de cien metros.

Pasé por el bar y llegué a la zona donde había acam­pado David. El lugar estaba totalmente despejado. Hasta había desparramado hojas y ramas de pino para quitar cualquier indicio de su presencia. Para cruzar por donde yo había pensado, debía caminar unos cuarenta metros a la vista del puesto de los guardabosques, que no podía divisar con mucha claridad. A través de la ventana lateral del puesto había dos oficiales que conversaban ani­madamente. Uno se levantó de su silla y tomó el teléfono.

Agazapado, cargué mi mochila sobre los hombros, caminé hasta el borde arenoso del río y al final hasta el agua misma, donde me topé con montones de piedras lisas y tuve que saltar varios troncos caídos. A mi alrededor estalló una sinfonía de ranas y grillos de los árboles. Volví a mirar a los guardabosques; seguían charlando, indiferentes a mi incursión. En su punto más profundo, el agua moderadamente tranquila me llegaba hasta el muslo, pero en apenas segundos había cruzado

el torrente de tres metros y me encontraba en una playa de pinos pequeños.

Avancé con mucho cuidado hasta que encontré una huella que llevaba al valle. Hacia el este, la huella desa­parecía en la oscuridad, y al mirar en esa dirección más dudas invadieron mi mente. ¿Qué era ese ruido miste­rioso que preocupaba tanto a David? ¿Con qué podía tropezar en la oscuridad?

Ahuyenté el miedo. Sabía que debía seguir adelante, pero como concesión me interné sólo unos ochocientos metros en el bosque antes de apartarme bien de la huella, en una zona muy boscosa, para armar la carpa y pasar la noche, contento de quitarme las botas mojadas y po­nerlas a secar. Sería mucho más prudente continuar a la luz del día.

A la mañana siguiente, me desperté al alba pensando en la observación críptica de David respecto de sostener mis intuiciones, y mientras estaba acostado en mi bolsa de dormir, revisé mi comprensión de la Séptima Reve­lación, en especial la conciencia de que la experiencia de sincronicidad sigue una estructura determinada. Según esta Revelación, una vez que superamos nuestros dramas pasados, todos podemos identificar algunas cuestiones que definen nuestra situación de vida particular, cuestiones relacionadas con nuestra carrera, nuestras relaciones, el lugar en el que debemos vivir o la manera en que debemos avanzar por nuestro camino. Entonces, si nos mantenemos conscientes, los sentimientos visce­rales, las corazonadas, las intuiciones nos proporcionan impresiones que nos dicen adónde ir, qué hacer o con quién hablar para buscar una respuesta.

Después, obviamente, se supone que debe produ­cirse una coincidencia que revela la razón por la que fuimos llevados a seguir ese rumbo y que suministra nueva información relacionada de alguna manera con nuestra cuestión que nos hace avanzar en nuestras vidas. ¿Cómo ayudaba el hecho de sostener la intuición?

Salí de mi bolsa de dormir, aparté la cortina de la carpa y observé qué pasaba afuera. Como no noté nada raro, enfrenté el aire fresco del otoño y caminé hasta el río para lavarme la cara en el agua fría. Después, empaqué y volví a dirigirme hacia el este, mordisqueando una barra de cereales y manteniéndome oculto todo lo posible en medio de los árboles altos que bordeaban el río. Tras recorrer unos cinco kilómetros, una ola perceptible de miedo y nerviosismo invadió todo mi cuerpo y de inmediato me sentí cansado, de modo que me senté y me recosté contra un árbol tratando de concentrarme en lo que me rodeaba y adquirir energía interna. El cielo estaba totalmente despejado y el sol de la mañana danzaba entre los árboles y en el suelo, a mi alrededor. Noté una plantita verde con pimpollos amarillos a unos tres metros y me concentré en su belleza. Envuelta por completo por la luz del sol, de pronto parecía más brillante; sus hojas, de un verde más rico. Una ráfaga de perfume llegó hasta mi conciencia junto con el olor mohoso de las hojas y la tierra negra.

Al mismo tiempo, proveniente de los árboles más alejados que se alzaban hacia el norte, oí los gritos de varios cuervos. La riqueza del sonido me asombró pero, curiosamente, no podía distinguir su ubicación exacta. Escuché con más atención y tomé conciencia de docenas de otros sonidos individuales que formaban el coro ma­tutino: cantos de pájaros en los árboles que se alzaban sobre mí, un abejorro entre las margaritas silvestres de la orilla del río, el agua que gorgoteaba alrededor de las rocas y las ramas caídas... y algo más, apenas perceptible, un sonido inarticulado, bajo y disonante. Me puse de pie y miré en derredor. ¿Qué era ese ruido?

Levanté mi mochila y seguí caminando hacia el este. Debido al crujido que generaban mis pasos sobre las hojas caídas, debía detenerme y aguzar mucho el oído para seguir escuchando el sonido inarticulado. Pero allí estaba. Más adelante, el bosque terminó y entré en una gran pradera colorida con flores silvestres y un pasto denso de unos sesenta centímetros de alto que parecía continuar un kilómetro. La brisa barría las puntas del pasto como en oleadas. Cuando ya casi había llegado al borde de la pradera, vi un pedazo de tierra donde crecían moras junto a un árbol caído. Los arbustos me parecieron increíblemente bellos y caminé para verlos más de cerca, imaginándolos llenos de moras.

Al hacerlo, experimenté una intensa sensación de deja vu. Los alrededores me parecieron de pronto muy fami­liares, como si ya hubiera estado en ese valle y hubiera comido esas moras. ¿Cómo era posible? Me senté en el tronco de un árbol caído y despacio consumí las moras. En ese momento, en lo más recóndito de mi mente surgió la imagen de una laguna clara como el cristal y varias hileras de cascadas en el fondo, un lugar que, tal como lo imaginaba, me resultaba igualmente familiar. Me sentí otra vez ansioso.

De pronto me sobresaltó un animal que salió corrien­do del terreno de las moras en dirección al norte y que a unos seis metros se detuvo de golpe. La criatura se ocultó entre el pasto alto y yo no tenía idea de qué era pero podía seguir su paso por la hierba. Al cabo de unos minutos retrocedió unos metros hacia el sur, permaneció inmóvil durante unos segundos y volvió a avanzar unos metros hacia el norte para detenerse de nuevo. Supuse que era un conejo, aunque sus movimientos parecían muy peculiares.

Me quedé cinco o seis minutos observando el área donde se había movido por última vez el animal y cami­né con lentitud en esa dirección. Cuando se hallaba más o menos a un metro y medio, de pronto se precipitó de nuevo hacia el norte. En un momento, antes de desapa­recer en la distancia, divisé la cola blanca y las patas traseras de un conejo grande.

Sonreí y continué de nuevo hacia el este, siguiendo la huella hasta llegar por fin al límite de la pradera, donde ingresé en una zona de bosque muy denso. Allí divisé una pequeña ensenada, de acaso un metro de ancho, que se metía en el río por la izquierda. Por desgracia, no había camino en esa dirección y, peor aún, el bosque que se extendía a lo largo de la ensenada era un enredo de arbustos espesos y llenos de púas. No podía pasar;

tendría que retroceder hasta la huella de la pradera para encontrar un rodeo.

Retrocedí hasta el pasto y caminé por la orilla del bosque buscando un claro en el tupido sotobosque. Para mi gran sorpresa, di con el rastro que había dejado el conejo en el pasto y lo seguí hasta volver a vislumbrar la misma ensenada. Allí la vegetación baja cedía un poco, lo cual me permitió avanzar hasta una zona de árboles más grandes y viejos que me dejaban seguir la ensenada hacia el norte.

Después de continuar otro kilómetro y medio, vi que a ambos lados de la ensenada se alzaba una hilera de colmas. Más adelante me di cuenta de que esas colinas formaban empinadas paredes de cañón y que arriba, más adelante, estaba lo que parecía ser la única entrada.

Al llegar me senté junto a un nogal y observé el panorama. A unos cien metros a ambos lados de la ense­nada, las colinas colindaban con unos cerros de piedra de quince metros de alto que se inclinaban hacia afuera hasta perderse en la distancia, formando un cañón seme­jante a una gran cuenca de más de tres kilómetros de ancho por seis de largo como mínimo. El primer kilómetro era escasamente arbolado y estaba cubierto de pasto. Pensé en el sonido inarticulado y escuché con atención durante cinco o diez minutos, pero parecía haber cesado.

Luego busqué en mi mochila y saqué un pequeño calentador de gas, encendí el mechero, llené una pequeña sartén con agua de mi cantimplora, vacié el contenido de un sobre de guiso de verduras en el agua y coloqué la sartén sobre la llama. Durante unos instantes observé cómo las hilachas de vapor serpenteaban hacia arriba y desaparecían en medio de la brisa. En mi ensueño volví a ver la laguna y la cascada con el ojo de mi mente, sólo que esta vez parecía estar allí, avanzando, como salu­dando a alguien. Sacudí la imagen en mi cabeza. ¿Qué pasaba? Las imágenes se tomaban más vívidas. Primero David en otra época; ahora estas cascadas.

Un movimiento en el cañón atrajo mi atención. Miré la ensenada y luego, más lejos, vislumbré un árbol que había perdido la mayoría de sus hojas. Ahora se hallaba cubierto de algo así como cuervos grandes; varios volaron hacia el suelo. Se me ocurrió que debían de ser los mismos cuervos que había oído antes. Mientras miraba, de pronto volaron todos y formaron un círculo sobre el árbol. En ese mismo momento volví a oír su graznido, mas, igual que antes, el nivel de sus gritos no coincidía con la distancia; sonaban mucho más cerca.

Gorgoteo de agua y vapor silbando volvieron mi atención al calentador del campamento. El guiso se derramaba sobre la llama. Tomé la sartén con un repasador y con la otra mano apagué el gas. Cuando cedió el hervor, volví a colocar la sartén en el quemador y miré de nuevo el árbol a la distancia. Los cuervos se habían ido.

Comí el guiso a toda prisa, limpié todo y guardé los aparejos para dirigirme luego hacia el cañón. En cuanto pasé los riscos noté de inmediato que los colores se habían intensificado. El pasto parecía increíblemente dorado y vi, por primera vez, que estaba sazonado con cientos de flores silvestres, blancas, amarillas y anaranjadas. Desde los acantilados la brisa traía el aroma de azaleas silvestres.

Pese a continuar siguiendo la ensenada que iba hacia el norte, no apartaba la mirada del árbol alto situado a mi izquierda que los cuervos habían rodeado. Cuando que­dó justo del lado oeste, vi que la ensenada de pronto se ensanchaba. Avancé entre algunos sauces y espadañas y me di cuenta de que había llegado a una pequeña laguna que no sólo alimentaba la ensenada que yo seguía, sino una segunda ensenada que formaba ángulo más lejos, hacia el sudeste. Al principio pensé que la laguna era la que había visto en mi mente, pero no tenía cascadas.

Más adelante me esperaba otra sorpresa: hacia el norte de la laguna la ensenada había desaparecido por entero. ¿De dónde venía el agua? Al fin se me ocurrió que la laguna y la ensenada que había seguido se alimen­taban de un enorme manantial subterráneo que salía a la superficie en ese lugar.

A mi izquierda, a unos quince metros, vi un suave promontorio sobre el cual se alzaban tres sicómoros, cada uno con un diámetro de más de sesenta centímetros: un lugar perfecto para reflexionar durante un momento. Caminé hasta allí y me instalé entre ellos, sentado y con la espalda apoyada en el tronco de uno de los árboles.

Desde mi perspectiva, los dos árboles restantes estaban a unos dos o tres metros de mí, y podía mirar a la izquierda y ver el árbol de los cuervos y a la derecha para observar el manantial. La cuestión ahora era: ¿adónde ir desde allí? Podía vagar durante días sin ver ninguna pista de Charlene. ¿Y qué sentido tenían las imágenes?

Cerré los ojos y traté de recuperar la imagen anterior de la laguna y las cascadas, pero por mucho que luchaba, no podía recordar los detalles exactos. Al final me di por vencido y miré de nuevo el pasto y las flores silvestres y luego los dos sicómoros que tenía justo enfrente. Sus troncos eran un collage escamado de corteza gris oscuro y blanco, salpicada con pinceladas de alquitrán y múltiples matices de ámbar. Al concentrarme en la belleza de la escena, los colores parecieron intensificarse y adquirir un aspecto más iridiscente. Respiré hondo una vez más y miré en dirección a la pradera y las flores. El árbol de los cuervos parecía particularmente iluminado.

Levanté mi mochila y caminé hacia el árbol. De inmediato cruzó mi mente la imagen de la laguna y las cascadas. Esta vez traté de recordar toda la imagen. La laguna que veía era grande. El agua que fluía en ella llegaba de atrás, deslizándose por una serie de terrazas empinadas. Dos cascadas más pequeñas caían sólo unos cinco metros, pero la última caía por un risco más largo, de unos diez metros, hasta la laguna. Otra vez, en la ima­gen que surgió en mi mente, sentía que caminaba hacia ese lugar y me encontraba con alguien.

El ruido de un vehículo a mi izquierda me hizo detener. Me arrodillé detrás de varios arbustos. Desde el bosque hacia la izquierda, un jeep gris cruzó la pradera en dirección al sudeste. Esperaba ver alguna insignia del Servicio Forestal en la puerta del vehículo, pero, curiosamente, no tenía ninguna marca. Cuando estaba justo frente a mí, a unos cincuenta metros, el vehículo se detuvo. A través del follaje pude distinguir una figura sola en el interior; vigilaba la zona con binoculares, de modo que me recosté y me oculté por completo. Sabía que el Servicio Forestal prohibía a los vehículos privados internarse tanto en la espesura. ¿Quién era esa gente?

El vehículo volvió a arrancar y se perdió de vista con rapidez entre los árboles. Me di vuelta y me senté, tra­tando de escuchar el sonido inarticulado. Nada. Pensé en volver al pueblo, de encontrar otra forma de buscar a Charlene. Pero en mi fuero íntimo sabía que no había alternativa. Cerré los ojos y pensé otra vez en el consejo de David de sostener mis intuiciones; al fin volví a llevar a los ojos de mi mente la imagen completa de la laguna y las cascadas. Cuando me levanté y emprendí de nuevo el camino hacia el árbol de los cuervos, traté de mantener los detalles de la escena en el fondo de mi mente.

De pronto oí el grito agudo de otro pájaro, esta vez un halcón. A mi izquierda, habiendo dejado atrás el árbol, apenas podía distinguir su forma. Surcaba el aire en dirección norte. Aceleré el paso, al tiempo que trataba de mantener el pájaro a la vista todo el tiempo posible.

La aparición del pájaro parecía haber aumentado mi energía y aun después de que hubo desaparecido en el horizonte seguí avanzando en la dirección de su vuelo. Caminé unos dos kilómetros más por una serie de colinas rocosas. En la cima de la tercera colina volví a paralizarme al oír otro sonido a lo lejos, un sonido muy semejante a agua que corre. No, era agua que caía.

Con cuidado bajé por la pendiente y atravesé una garganta profunda que me hizo evocar otra experiencia de deja. vu. Escalé la siguiente colina y allí, más allá de la cima, estaba la laguna con cascadas, tal como las había imaginado, sólo que la zona era mucho más grande y más bella de lo que pensaba. La laguna en sí tenía casi una hectárea y albergaba en una cuna de pedrejones y salientes enormes su agua cristalina de un azul resplandeciente bajo el cielo de la tarde. Hacia la izquierda y la derecha había varios robles grandes, rodeados a su vez por un conjunto de arces más pequeños y árboles de caucho y sauces.

La orilla más alejada de la laguna era una explosión de rocío blanco y bruma, con la espuma acentuada por la agitación que generaban las dos cascadas más chicas que había en lo alto del cordón. Me di cuenta de que no había salida de la laguna. Desde allí el agua fluía bajo tierra, haciendo un recorrido silencioso hasta emerger como manantial de la gran vertiente junto al árbol de los cuervos.

Mientras admiraba la belleza del paisaje, la extraña sensación aumentaba. Los sonidos, los colores, la escena desde la colina... todo me resultaba de lo más familiar. Yo ya había estado en ese lugar. Pero, ¿cuándo?

Bajé hasta la laguna y luego caminé por toda la zona hasta el borde, para probar el agua, pasando por las cascadas, para sentir el rocío de cada una de las cascadas hasta llegar a la cima de las grandes salientes, donde pude tocar los árboles. Quería sumergirme en el lugar. Por último, me recosté en una de las rocas más chatas, a seis metros de la laguna, y me volví hacia el sol de la tarde con los ojos cerrados, sintiendo sus rayos en la cara. En ese momento, otra sensación familiar invadió mi cuerpo: un calor especial y un afecto que no había sentido en meses. De hecho, hasta ese instante había olvidado su emoción y su carácter especiales, pese a que ahora me resultaba perfectamente reconocible. Abrí los ojos y me di vuelta, seguro de que estaba a punto de ver a alguien.




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