Nota a la primera edicióN


Estando un maestro sastre



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Estando un maestro sastre

cortando unos pantalones,

pasó un chavea gitano

que vendía camarones.

3

Cuando sacaron a doña Margot, camino del depósito, el niño se calló respetuoso.

Don Pablo, después de la comida, se va a un tranquilo Café de la calle de San Bernardo, a jugar una partida de ajedrez con don Francisco Robles y López-Patón, y a eso de las cinco y media sale en busca de doña Pura para dar una vuelta y recalar por el Café de doña Rosa, a merendar su chocolatito, que siempre le parece que está un poco aguado.

En una mesa próxima, al lado de una ventana, cuatro hombres juegan al dominó: don Roque, don Emilio Rodrí­guez Ronda, don Tesifonte Ovejero y el señor Ramón.

Don Francisco Robles y López-Patón, médico de enfer­medades secretas, tiene una chica, la Amparo, que está ca­sada con don Emilio Rodríguez Ronda, médico también. Don Roque es marido de doña Visi, la hermana de doña Rosa; don Roque Moisés Vázquez, según su cuñada, es una de las peores personas del mundo. Don Tesifonte Ove­jero y Solana, capitán veterinario, es un buen señorito de pueblo, un poco apocado, que lleva una sortija con una es­meralda. El señor Ramón, por último, es un panadero que tiene una tahona bastante importante cerca de por allí.

Estos seis amigos de todas las tardes son gente tranquila, formal, con algún devaneo sin importancia, que se llevan bien, que no discuten, y que hablan de mesa a mesa, por encima de las conversaciones del juego, al que no siempre prestan gran interés.

Don Francisco acaba de perder un alfil.

—¡Mal se pone la cosa!

—¡Mal! Yo, en su lugar, abandonaba.

—Yo no.


Don Francisco mira para su yerno, que va de pareja con el veterinario.

—Oye, Emilio, ¿cómo está la niña? La niña es la Amparo.

—Bien, ya está bien, mañana la levanto.

—¡Vaya, me alegro! Esta tarde va a ir la madre por vues­tra casa.

—Muy bien. ¿Usted va a venir?

—No sé, ya veremos si puedo.

La suegra de don Emilio se llama doña Soledad, doña Soledad Castro de Robles.

El señor Ramón ha dado salida al cinco doble, que se le habia atragantado. Don Tesifonte le gasta la broma de siempre:

—Afortunado en el juego...

—Y al revés, mi capitán, usted ya me entiende.

Don Tesifonte pone mala cara mientras los amigos se ríen. Don Tesifonte, ésa es la verdad, no es afortunado ni con las mujeres ni con las fichas. Se pasa el día encerrado, no sale más que para jugar su partidita.

Don Pablo, que tiene la partida ganada, está distraído, no hace caso del ajedrez.

—Oye, Roque, ayer tu cuñada estaba de mala uva. Don Roque hace un gesto de suficiencia, como de estar ya de vuelta de todo.

—Lo está siempre, yo creo que nació ya de mala uva. ¡Mi cuñada es una bestia parda! ¡Si no fuera por las niñas, ya le habia puesto yo las peras a cuarto hace una tempora­da! Pero, en fin, ¡paciencia y barajar! Estas tías gordas y medio bebidas suelen durar mucho.

Don Roque piensa que, sentándose y esperando, el Café "La Delicia", entre otro montón de cosas, será algún día de sus hijas. Bien mirado, a don Roque no le faltaba razón, y además la cosa merecía, sin duda alguna, la pena de aguantar, aunque fuesen cincuenta años. París bien vale una misa.

Doña Matilde y doña Asunción se reúnen todas las tar­des, nada más comer, en una lechería de la calle de Fuencarral, donde son amigas de la dueña, doña Ramona Braga­do, una vieja teñida pero muy chistosa, que había sido ar­tista allá en los tiempos del general Prim. Doña Ramona, que recibió, en medio de un escándalo mayúsculo, una manda de diez mil duros de testamento del Marqués dé Casa Peña Zurana —el que fue senador y dos veces Subse­cretario de Hacienda—que había sido querido suyo lo me­nos veinte años, tuvo cierto sentido común y en vez de gas­tarse los cuartos, tomó el traspaso de la lechería, que mar­chaba bastante bien y que tenía una clientela muy segura. Además, doña Ramona, que no se perdía, se dedicaba a todo lo que apareciese y era capaz de sacar pesetas de de­bajo de los adoquines; uno de los comercios que mejor se le daba era el andar siempre de trapichera y de correveidile, detrás del telón de la lechería, soplando dorados y bien adobados embustes en los oídos de alguna mocita que quería comprarse un bolso, y poniendo después la mano cerca del arca de algún señorito haragán, de esos que pre­fieren no molestarse y que se lo den todo hecho. Hay algu­nas personas que lo mismo sirven para un roto que para un descosido.

Aquella tarde estaba alegre la tertulia de la lechería.

—Traiga usted unos bollitos, doña Ramona, que yo pago.

—¡Pero, hija! ¿Le ha caído a usted la lotería?

—jHay muchas loterías, doña Ramona! He tenido carta de la Paquita, desde Bilbao. Mire usted lo que dice aquí.

—¿A ver? ¿A ver?

—Lea usted, yo cada vez tengo menos vista: lea usted aquí abajo.

Doña Ramona se caló los lentes y leyó:

—"La esposa de mi novio ha fallecido de unas anemias perniciosas." ¡Caray, doña Asunción, así ya se puede!

—Siga, siga.

—"Y mi novio dice que ya no usemos nada y que si que­do en estado, pues él se casa." ¡Pero, hija, si es usted la mujer de la suerte!

—Sí, gracias a Dios, tengo bastante suerte con esta hija.

—¿Y el novio es el catedrático?

—Sí, don José María de Samas, catedrático de Psico­logía, Lógica y Ética.

—¡Pues, hija, mi enhorabuena! ¡Bien la ha colocado!

—¡Si, no va mal!

Doña Matilde también tenía su buena noticia que con­tar, no era una noticia definitiva, como podía serlo la de la Paquita, pero era, sin duda, una buena noticia. A su niño, el Florentino del Mare Nostrum, le había salido un contra­to muy ventajoso para Barcelona, para trabajar en un sa­lón del Paralelo, en un espectáculo de postín que se llamaba "Melodías de la Raza" y que, como tenia un fondo patriótico, esperaban que fuese patrocinado por las autori­dades.

—A mí me da mucho sosiego que trabaje en una gran ca­pital; en los pueblos hay mucha incultura y, a veces, a esta clase de artistas les tiran piedras. ¡Como si no fueran como los demás! Una vez, en Jadraque, tuvo que intervenir hasta la Guardia Civil; si no llega a tiempo, al pobrecito mío lo despellejan aquellos seres desalmados y sin cultura que lo único que les gusta es la bronca y decir ordinarieces a las estrellas. ¡Angelito, qué susto más grande le hicieron pasar!

Doña Ramona asentía.

—Sí, sí, en una gran capital como Barcelona está mucho mejor; se aprecia más su arte, lo respetan más, ¡todo!

—¡Ay, sí! A mí, cuando me dice que se va de tourné por los pueblos, es que me da un vuelco el corazón. ¡Pobre Florentinín, con lo sensible que él es, teniendo que trabajar para un público tan atrasado y, como él dice, lleno de pre­juicios! ¡Qué horror!

—Sí, verdaderamente. Pero, ¡en fin!, ahora va bien...

—Sí, ¡si le durase!

Laurita y Pablo suelen ir a tomar café a un bar de lujo, donde uno que pase por la calle casi no se atreve ni a en­trar, que hay detrás de la Gran Vía. Para llegar hasta las mesas —media docenita, no más, todas con tapetillo y un florero en el medio— hay que pasar por la barra, casi de­sierta, con un par de señoritas soplando coñac y cuatro o cinco pollitos tarambanas jugándose los cuartos de casa a los dados.

—Adiós, Pablo, ya no te hablas con nadie. Claro, desde que estás enamorado...

—Adiós, Mari Tere. ¿Y Alfonso?

—Con la familia, hijo; está muy regenerado esta tempo­rada.

Laurita frunció el morro; cuando se sentaron en el sofá, no cogió las manos a Pablo, como de costumbre. Pablo, en el fondo, sintió cierta sensación de alivio.

—Oye, ¿quién es esa chica?

—Una amiga.

Laurita se puso triste y capciosa.

—¿Una amiga como soy yo ahora?

—No, hija.

—¡Como dices una amiga!

—Bueno, una conocida.

—Sí, una conocida... Oye, Pablo. Laurita, de repente, apareció con los ojos llenos de lágri­mas.

—Qué.


—Tengo un disgusto enorme.

—¿Por qué?

—Por esa mujer.

—¡Mira, niña, estáte callada y no marees! Laurita suspiró.

—¡Claro! Y tú, encima, me riñes.

—No, hija, ni encima ni debajo. No des la lata más de lo necesario.

—¿Lo ves?

—¿Veo, qué?

—¿Lo ves cómo me riñes? Pablo cambió de táctica.

—No, nenita, no te estoy riñendo; es que me molestan es­tas escenitas de celos, ¡qué le vamos a hacer! Toda la vida me pasó lo mismo.

—¿Con todas tus novias igual?

—No, Laurita, con unas más y con otras menos...

—¿Y conmigo?

—Contigo mucho más que con nadie.

—¡Claro! ¡Porque no me quieres! Los celos no se tienen más que cuando se quiere mucho, muchisimo. como yo a ti.

Pablo miró para Laurita con el gesto con que se puede mirar a un bicho muy raro. Laurita se puso cariñosa.

—Óyeme, Pablito.

—No me llames Pablito. ¿Qué quieres?

—¡Ay, hijo, eres un cardo!

—Sí, pero no me lo repitas, varía un poco; es algo que me lo dijo ya demasiada gente. Laurita sonrió.

—Pero a mí no me importa nada que seas un cardo. A mí me gustas así, como eres. ¡Pero tengo unos celos! Oye, Pablo, si algún día dejas de quererme, ¿me lo dirás?

—Sí.


—¡Cualquiera os puede creer! ¡Sois todos tan mentiro­sos!

Pablo Alonso, mientras se bebía el café, se empezó a dar cuenta de que se aburría al lado de Laurita. Muy mona, muy atractiva, muy cariñosa, incluso muy fiel, pero muy poco variada.

En el Café de doña Rosa, como en todos, el público de la hora del café no es el mismo que el público de la hora de merendar. Todos son habituales, bien es cierto, todos se sientan en los mismos divanes, todos beben en los mismos vasos, toman el mismo bicarbonato, pagan en iguales pese­tas, aguantan idénticas impertinencias a la dueña, pero, sin embargo, quizás alguien sepa por qué, la gente de las tres de la tarde no tiene nada que ver con la que llega dadas ya las siete y media; es posible que lo único que pudiera unir­los fuese la idea, que todos guardan en el fondo de sus co­razones, de que ellos son, realmente, la vieja guardia del Café. Los otros, los de después de almorzar para los de la merienda y los de la merienda para los de después de al­morzar, no son más que unos intrusos a los que se tolera, pero en los que ni se piensa. ¡Estaría buena! Los dos gru­pos, individualmente o como organismo, son incompati­bles, y si a uno de la hora del café se le ocurre esperar un poco y retrasar la marcha, los que van llegando, los de la merienda, lo miran con malos ojos, con tan malos ojos, ni más ni menos, como con los que miran los de la hora del café a los de la merienda que llegan antes de tiempo. En un Café bien organizado, en un Café que fuese algo así como la República de Platón, existiría sin duda una tregua de un cuarto de hora para que los que vienen y los que se van no se cruzasen ni en la puerta giratoria.

En el Café de doña Rosa, después de almorzar, el único conocido que hay, aparte de la dueña y el servicio, es la señorita Elvira, que en realidad es ya casi como un mueble más.

—¿Qué tal, Elvirita? ¿Se ha descansado?

—Si, doña Rosa, ¿y usted?

—Pues yo, regular, hija, nada más que regular. Yo me pasé la noche yendo y viniendo al water; se conoce que cené algo que me sentó mal y el vientre se me echó a per­der.

—¡Vaya por Dios! ¿Y está usted mejor?

—Sí, parece que sí, pero me quedó muy mal cuerpo.

—No me extraña, la diarrea es algo que rinde.

—¡Y que lo diga! Yo ya lo tengo pensado; si de aquí a mañana no me pongo mejor, aviso que venga el médico. Así no puedo trabajar ni puedo hacer nada, y estas cosas, ya sabe usted, como una no esté encima...

—Claro.


Padilla, el cerillero, trata de convencer a un señor de que unos emboquillados que vende no son de colillas.

—Mire usted, el tabaco de colillas siempre se nota; por más que lo laven siempre le queda un gusto un poco raro. Además, el tabaco de colillas huele a vinagre a cien leguas y aquí ya puede usted meter la nariz, no notará nada raro. Yo no le voy a jurar que estos pitillos lleven tabaco de G-ner, yo no quiero engañar a mis clientes; éstos llevan taba­co de cuarterón, pero bien cernido y sin palos. Y la manera de estar hechos, ya la ve usted; aquí no hay máquina, aquí está todo hecho a mano, pálpelos si quiere.

Alfonsito, el niño de los recados, está recibiendo instruc­ciones de un señor que dejó un automóvil a la puerta.

—A ver si lo entiendes bien, no vayamos a meter la pata entre todos. Tú subes al piso, tocas el timbre y esperas. Si te sale a abrir esta señorita, fíjate bien en la foto, que es alta y tiene el pelo rubio, tú le dices "Napoleón Bonaparte", apréndetelo bien, y si ella te contesta "Sucumbió en Waterloo", tú vas y le das la carta. ¿Te enteras bien?

—Sí, señor.

—Bueno. Apunta eso de Napoleón y lo que te tiene que contestar y te lo vas aprendiendo por el camino. Ella enton­ces, después de leer la carta, te dirá una hora, las siete, las seis, o la que sea, tú la recuerdas bien y vienes corriendo a decírmelo. ¿Entiendes?

—Sí, señor.

—Bueno, pues vete ya. Si haces bien el recado te doy un duro.

—Sí, señor. Oiga, ¿y si me sale a abrir la puerta alguien que no sea la señorita?

—¡Ah, es verdad! Si te sale a abrir otra persona, pues na­da, dices que te has equivocado; le preguntas: "¿Vive aquí el señor Pérez?", y como te dirán que no, te largas y en paz. ¿Está claro?

—Sí, señor.

A Consorcio López, el encargado, le llamó por teléfono nada menos que Marujita Ranero, su antigua novia, la ma­má de los dos gemelines.

—¿Pero qué haces tú en Madrid?

—Pues que se ha venido a operar mi marido.

López estaba un poco cortado; era hombre de recursos, pero aquella llamada, la verdad, le había cogido algo des­prevenido.

—¿Y los nenes?

—Hechos unos hombrecetes. Este año van a hacer el in­greso.

—¡Cómo pasa el tiempo!

—Ya, ya.

Marujita tenia la voz casi temblorosa.

—Oye.

—Qué.


—¿No quieres verme?

—Pero...


—¡Claro! Pensarás que estoy hecha una ruina.

—No, mujer, qué boba; es que ahora...

—No ahora no; esta noche cuando salgas de ahí. Mi ma­rido se queda en el sanatorio y yo estoy en una pensión.

—¿En cuál?

—En "La Colladense", en la calle de la Magdalena.

A López las sienes le sonaban como disparos.

—Oye, ¿y cómo entro?

—Pues por la puerta, ya te he tomado una habitación, la número 3.

—Oye, ¿y cómo te encuentro?

—¡Anda y no seas bobo! Ya te buscaré...

Cuando López colgó el teléfono y se dio la vuelta otra vez hacia el mostrador, tiró con el codo toda una estan­tería, la de los licores: cointreau, calisay, benedictine, curacao, crema de café y pippermint. ¡La que se armó!

Petrita, la criada de Filo, se acercó al bar de Celestino Ortiz a buscar un sifón porque Javierín estaba con flato. Al pobre niño le da el flato algunas veces y no se le quita más que con sifón.

—Oye, Petrita, ¿sabes que el hermano de tu señorita se ha vuelto muy flamenco?

—Déjelo usted, señor Celestino, que el pobre lo que está es pasando las de Cain. ¿Le dejó algo a deber?

—Pues sí, veintidós pesetas. Petrita se acercó a la trastienda.

—Voy a coger un sifón, enciéndame la luz.

—Ya sabes donde está.

—No, enciéndamela usted, a veces da calambre. Cuando Celestino Ortiz se metió en la trastienda, a en­cender la luz, Petrita lo abordó.

—Oiga, ¿yo valgo veintidós pesetas? Celestino no entendió la pregunta.

—¿Eh?


—Que si yo valgo veintidós pesetas.

A Celestino Ortiz se le subió la sangre a la cabeza.

—¡Tú vales un imperio!

—¿Y veintidós pesetas?

Celestino Ortiz se abalanzó sobre la muchacha.

—Cóbrese usted los cafés del señorito Martín.

Por la trastienda del bar de Celestino Ortiz pasó como un ángel que levantase un huracán con las alas.

—¿Y tú por qué haces esto por el señorito Martín?

—Pues porque me da la gana y porque lo quiero más que a nada en el mundo; a todo el que lo quiera saber se lo di­go, a mi novio el primero.

Petrita, con las mejillas arreboladas, el pecho palpitante, la voz ronca, el pelo en desorden y los ojos llenos de brillo, tenia una belleza extraña, como de leona recién casada.

—¿Y él te corresponde?

—No le dejo.

A las cinco, la tertulia del Café de la calle de San Bernar­do se disuelve, y a eso de las cinco y media, o aun antes, ya está cada mochuelo en su olivo. Don Pablo y don Roque, cada uno en su casa; don Francisco y su yerno, en la con­sulta; don Tesifonte, estudiando, y el señor Ramón viendo cómo levantan los cierres de su panadería, su mina de oro.

En el Café, en una mesa algo apartada, quedan dos hombres, fumando casi en silencio; uno se llama Ventura Aguado y es estudiante de Notarías.

—Dame un pitillo.

—Cógelo.


Martín Marco enciende el pitillo.

—Se llama Purita y es un encanto de mujer, es suave como una niña, delicada como una princesa. ¡Qué vida as­querosa!

Pura Bartolomé, a aquellas horas, está merendando con un chamarilero rico, en un figón de Cuchilleros. Martín se acuerda de sus últimas palabras:

—Adiós, Martín; ya sabes, yo suelo estar en la pensión todas las tardes, no tienes más que llamarme por teléfono. Esta tarde no me llames; estoy ya comprometida con un amigo.

—Bueno.

—Adiós, dame un beso.



—Pero, ¿aquí?

—Sí, bobo; la gente se creerá que somos marido y mujer. Martín Marco chupó del pitillo casi con majestad. Des­pués respiró fuerte.

—En fin... Oye, Ventura, déjame dos duros, hoy no he comido.

—¡Pero, hombre, así no se puede vivir!

—¡Bien lo sé yo!

—¿Y no encuentras nada por ahí?

—Nada, los dos artículos de colaboración; doscientas pe­setas con el nueve por ciento de descuento.

—¡Pues estás listo! Bueno, toma, ¡mientras yo tenga! Ahora mi padre ha tirado de la cuerda. Toma cinco, ¿qué vas a hacer con dos?

—Muchas gracias; déjame que te invite con tu dinero. Martín Marco llamó al mozo.

—¿Dos cafés corrientes?

—Tres pesetas.

—Cóbrese, por favor.

El camarero se echó mano al bolsillo y le dio las vueltas: veintidós pesetas.

Martín Marco y Ventura Aguado son amigos desde hace tiempo, buenos amigos; fueron compañeros de carrera, en la Facultad de Derecho, antes de la guerra.

—¿Nos vamos?

—Bueno, como quieras. Aquí ya no tenemos nada que hacer.

—Hombre, la verdad es que yo tampoco tengo nada que hacer en ningún otro lado. ¿Tú a dónde vas?

—Pues no sé, me iré a dar una vuelta por ahí para hacer tiempo.

Martín Marco sonrió.

—Espera que me tome un poco de bicarbonato. Contra las digestiones difíciles no hay nada mejor que el bicarbo­nato.

Julián Suárez Sobrón, alias la Fotógrafa, de cincuenta y tres años de edad, natural de Vegadeo. provincia de Oviedo, y José Giménez Figueras, alias el Astilla, de cuarenta y seis años de edad, y natural del Puerto de Santa María, provincia de Cádiz, están mano sobre mano, en los sótanos de la Dirección General de Seguridad, esperando a que los lleven a la cárcel.

—¡Ay, Pepe, qué bien vendría a estas horas un cafetito!

—Si, y una copita de triple; pídelo a ver si te lo dan.

El señor Suárez está más preocupado que Pepe, el Asti­lla; el Giménez Figueras se ve que está más habituado a es­tos lances.

—Oye, ¿por qué nos tendrán aquí?

—Pues no sé. ¿Tú no habrás abandonado a alguna vir­tuosa señorita después de hacerla un hijo?

—¡Ay, Pepe, qué presencia de ánimo tienes!

—Es que, chico, lo mismo nos van a dar.

—Sí, eso es verdad también. A mi lo que más me duele es no haber podido avisar a mi mamita.

—¿Ya vuelves?

—No, no.

A los dos amigos los detuvieron la noche anterior, en un bar de la calle de Ventura de la Vega. Los policías que fue­ron por ellos, entraron en el bar, miraron un poquito alre­dedor y, ¡zas!, se fueron derechos como una bala. ¡Qué tíos, qué acostumbrados debían estar!

—Acompáñennos.

—¡Ay! ¿A mí por qué se me detiene? Yo soy ciudadano honrado que no se mete con nadie, yo tengo la documenta­ción en regla.

—Muy bien. Todo eso lo explica usted cuando se lo pre­gunten. Quítese esa flor.

—¡Ay! ¿Por qué? Yo no tengo por qué acompañarles, yo no estoy haciendo nada malo.

—No escandalice, por favor. Mire usted para aquí. El señor Suárez miró. Del bolsillo del policía asomaban los plateados flejes de las esposas.

Pepe, el Astilla, ya se había levantado.

—Vamos con estos señores, Julián; ya se pondrá todo en claro.

—Vamos, vamos. ¡Caray, qué modales!

En la Dirección de Seguridad no fue preciso ficharlos, ya lo estaban; bastó con añadir una fecha y tres o cuatro pala­britas que no pudieron leer.

—¿Por qué se nos detiene?

—¿No lo sabe?

—No, yo no sé nada, ¿qué voy a saber?

—Ya se lo dirán a usted..

—Oiga, ¿y no puedo avisar que estoy detenido?

—Mañana, mañana.

—Es que mi mamá es muy viejecita; la pobre va a estar muy intranquila.

—¿Su madre?

—Sí, tiene ya setenta y seis años.

—Bueno, yo no puedo hacer nada. Ni decir nada, tampo­co. Ya mañana se aclararán las cosas.

En la celda donde los encerraron, una habitación inmen­sa, cuadrada, de techo bajo, mal alumbrada por una bom­billa de quince bujías metida en una jaula de alambre, al principio no se veía nada. Después, al cabo de un rato, cuando ya la vista empezó a acostumbrarse, el señor Suá­rez y Pepe, el Astilla, fueron viendo algunas caras conoci­das, maricas pobres, descuideros, tomadores del dos, sa­blistas de oficio, gente que siempre andaba dando tumbos como una peonza, sin levantar jamás cabeza.

—¡Ay, Pepe, qué bien vendría a estas horas un cafetito! Olía muy mal allí dentro, a un olorcillo rancio, penetran­te, que hacía cosquillas en la nariz.
—Hola, qué temprano vienes hoy. ¿Dónde has estado?

—Donde siempre, tomando café con los amigos. Doña Visi besa en la calva a su marido.

—¡Si vieses qué contenta me pongo cuando vienes tan pronto!

—¡Vaya! A la vejez, viruelas.

Doña Visi sonríe; doña Visi, la pobre, sonríe siem­pre.

—¿Sabes quién va a venir esta tarde?

—Algún loro, como si lo viera. Doña Visi no se incomoda jamás.

—No, mi amiga Montserrat.

—¡Buen elemento!

—¡Bien buena es!

—¿No te ha contado ningún milagro más de ese cura de Bilbao?

—¡Cállate, no seas hereje! ¿Por qué te empeñas en decir siempre esas cosas, si no las sientes?

—Ya ves.

Don Roque está cada día que pasa más convencido de que su mujer es tonta.

¿Estarás con nosotras?

—No.


—¡Ay, hijo!

Suena el timbre de la calle y la amiga de doña Visi entró en la casa al tiempo que el loro del segundo decía pecados.

—Mira, Roque, esto ya no se puede aguantar. Si ese loro no se corrige, yo lo denuncio.

—Pero, hija, ¿tú te das cuenta del choteo que se iba a or­ganizar en la Comisaría cuando te viesen llegar para de­nunciar a un loro?

La criada pasa a doña Montserrat a la sala.

—Voy a avisar a la señorita, siéntese usted.

Doña Visi voló a saludar a su amiga, y don Roque, despues de mirar un poco detrás de los visillos, se sentó al bra­sero y sacó la baraja.

—Si sale la sota de bastos antes de cinco, buena señal. Si sale el as, es demasiado; yo ya no soy ningún mozo. Don Roque tiene sus reglas particulares de cartomancia. La sota de bastos salió en tercer lugar.

—¡Pobre Lola, lo que te espera! ¡Te compadezco, chica! En fin...

Lola es hermana de Josefa López, una antigua criada de los señores de Robles con quien don Roque tuvo algo que ver, y que ahora, ya metida en carnes y en inviernos, ha sido desbancada por su hermana menor. Lola está para todo en casa de doña Matilde, la pensionista del niño imita­dor de estrellas.

Doña Visi y doña Montserrat charlan por los codos. Doña Visi está encantada; en la última página de "El que­rubín misionero", revista quincenal, aparece su nombre y el de sus tres hijas.

—Lo va usted a ver por sus propios ojos cómo no son cosas mias, cómo es una gran verdad. ¡Roque! ¡Roque! Desde el otro extremo de la casa, don Roque grita:

—¿Qué quieres?

—¡Dale a la chica el papel donde viene lo de los chinos!

—¿Eh?

Doña Visi comenta con su amiga:



—¡Ay, santo Dios! Estos hombres nunca oyen nada. Levantando la voz volvió a dirigirse a su marido.

—¡Que le des a la chica...! ¿Me entiendes?

—¡Sí!

—¡Pues que le des a la chica el papel donde viene lo de los chinos!



—¿Qué papel?

—¡El de los chinos, hombre, el de los chinitos de las mi­siones!

—¿Eh? No te entiendo. ¿Qué dices de chinos? Doña Visi sonríe a doña Montserrat.

—Este marido mío es muy bueno; pero nunca se entera de nada. Voy yo a buscar el papel, no tardo ni medio minu­to. Usted me perdonará un instante.

Doña Visi, al llegar al cuarto dónde don Roque, sentado a la mesa de camilla, hacía solitarios, le preguntó:

—Pero, hombre, ¿no me habías oído?

Don Roque no levantó la vista de la baraja.

—¡Estás tú fresca si piensas que me iba a levantar por los chinos!

Doña Visi revolvió en la cesta de la costura, encontró el número de "El querubín misionero" que buscaba y, rezon­gando en voz baja, se volvió a la fría sala de las visitas, donde casi no se podía estar.

El costurero, después del trajín de doña Visi, quedó abierto y, entre el algodón de zurcir y la caja de los botones —una caja de pastillas de la tos del año de la polca— aso­maba tímidamente otra de las revistas de doña Visi.

Don Roque se echó atrás en la silla y la cogió,

—Ya está aquí éste.

"Éste" era el cura bilbaíno de los milagros.

Don Roque se puso a leer la revista:

"Rosario Quesada (Jaén), la curación de una hermana suya de una. fuerte colitis, 5 pesetas."

"Ramón Hermida (Lugo), por varios favores obtenidos en sus actividades comerciales, 10 pesetas,"

"María Luisa del Valle (Madrid), la desaparición de un bultíto que tenía en un ojo sin necesidad de acudir al oculis­ta, 5 pesetas."

"Guadalupe Gutiérrez (Ciudad Real), la curación de un niño de diecinueve meses de una herida producida al caerse del balcón de un entresuelo, 25 pesetas."

"Marina López Ortega (Madrid), el que se amansase un animal doméstico, 5 pesetas."

"Una viuda gran devota (Bilbao), él haber hallado un pliego de valores que había perdido un empleado de casa, 25 pesetas."

Don Roque se queda preocupado.

—A mí que no me digan; esto no es serio. Doña Visi se siente un poco en la obligación de discul­parse ante su amiga.

—¿No tiene usted frío, Montserrat? ¡Esta casa está algu­nos días heladora!

—No, por Dios, Visitación; aquí se está muy bien. Tie­nen ustedes una casa muy grata, con mucho confort, como dicen los ingleses.

—Gracias Montserrat. Usted siempre tan amable.

Doña Visi sonrió y empezó a buscar su nombre en la lis­ta. Doña Montserrat, alta, hombruna, huesuda, desgarba­da, bigotuda, algo premiosa en el hablar y miope, se caló los impertinentes.

Efectivamente, como aseguraba doña Visi, en la última página de "El querubín misionero", aparecía su nombre y el de sus tres hijas.

"Doña Visitación Leclerc de Moisés, por bautizar dos chinitos con los nombres de Ignacio y Francisco Javier, 10 pesetas. La señorita Julita Moisés Leclerc, por bautizar un chinito con el nombre de Ventura, 5 pesetas. La señorita Visitación Moisés Leclerc, por bautizar un chinito con el nombre de Manuel, 5 pesetas. La señorita Esperanza Moi­sés Leclerc, por bautizar un chinito con el nombre de Agustín, 5 pesetas."

—¿Eh? ¿Qué te parece?

Doña Montserrat asiente, obsequiosa.

—Pues que muy bien me parece a mi todo esto, pero que muy bien. ¡Hay que hacer tanta labor! Asusta pensar los millones de infieles que hay todavía que convertir. Los paí­ses de los infieles, deben estar llenos como hormigueros.

—¡Ya lo creo! ¡Con lo monos que son los chinitos chi­quitines! Si nosotras no nos privásemos de alguna cosilla, se iban todos al limbo de cabeza. A pesar de nuestros po­bres esfuerzos, el limbo tiene que estar abarrotado de chi­nos, ¿no cree usted?

—¡Ya, ya!

—Da grima sólo pensarlo. ¡Mire usted que es maldición la que pesa sobre los chinos! Todos paseando por allí, en­cerrados sin saber qué hacer...

—¡Es espantoso!

—¿Y los pequeñitos, mujer, los que no saben andar, que estarán siempre parados como gusanines en el mismo si­tio?

—Verdaderamente.

—Muchas gracias tenemos que dar a Dios por haber na­cido españolas. Si hubiéramos nacido en China, a lo mejor nuestros hijos se iban al limbo sin remisión. ¡Tener hijos para eso! ¡Con lo que una sufre para tenerlos y con la gue­rra que dan de chicos!

Doña Visi suspira con ternura.

—¡Pobres hijas, qué ajenas están al peligro que corrie­ron! Menos mal que nacieron en España, ¡pero mire usted que si llegan a nacer en China! Igual les pudo pasar, ¿ver­dad, usted?

Los vecinos de la difunta doña Margot están reunidos en casa de don Ibrahim. Sólo faltan don Leoncio Maestre, que está preso por orden del juez; el vecino del entresuelo D, don Antonio Jareño, empleado de "Wagons-Lits", que está de viaje; el del 2.° B, don Ignacio Galdácano, que el pobre está loco, y el hijo de la finada, don Julián Suárez, que na­die sabe donde pueda estar. En el principal A hay una aca­demia donde no vive nadie. De los demás no falta ni uno solo; están todos muy impresionados con lo ocurrido, y atendieron en el acto el requerimiento de don Ibrahim para tener un cambio de impresiones.

En la- casa de don Ibrahim, que no era grande, casi no cabían los convocados, y la mayor parte se tuvo que que­dar de pie, apoyados en la pared y en los muebles, como en los velatorios.

—Señores —empezó don Ibrahim—, me he permitido ro­garles su asistencia a esta reunión, porque en la casa en que habitamos ha sucedido algo que se sale de los límites de lo normal.

—Gracias a Dios —interrumpió doña Teresa Corrales, la pensionista del 4.° B.

—A Él sean dadas —replicó don Ibrahim con solemni­dad.

—Amén —añadieron algunos en voz baja.

—Cuando anoche —siguió don Ibrahim de Ostolaza—, nuestro convecino don Leoncio Maestre, cuya inocencia todos deseamos que pronto brille intensa y cegadora como la luz solar...

—¡No debemos entorpecer la acción de la justicia! —cla­mó don Antonio Pérez Palenzuela, un señor que estaba empleado en Sindicatos y que vivia en el 1.° C—. ¡Debemos abstenernos de opinar antes de tiempo! ¡Soy el jefe de casa y tengo el deber de evitar toda posible coacción al poder ju­dicial!

—Cállese usted, hombre —le dijo don Camilo Pérez, ca­llista, vecino del principal D—, deje usted seguir a don Ibra­him.

—Bien, don Ibrahim, continúe usted, no quiero interrum­pir la reunión, tan sólo quiero respeto para las dignas autoridades judiciales y consideración a su labor en pro de un orden...

—¡Chist,..! ¡Chist...! ¡Deje seguir! Don Antonio Pérez Palenzuela se calló.

—Como decía, cuando anoche don Leoncio Maestre me comunicó la mala nueva del accidente acaecido en la perso­na de doña Margot Sobrón de Suárez, que en Gloría esté, me faltó tiempo para solicitar de nuestro buen y particular amigo el doctor don Manuel Jorquera, aquí presente, que diese un exacto y preciso diagnóstico del estado de nuestra convecina. El doctor Jorquera, con una presteza que dice mucho y muy alto de su pundonor profesional, se puso a mi disposición y juntos entramos en el domicilio de la víctima.

Don Ibrahim quintaesenció su actitud tribunicia.

—Me tomo la libertad de solicitar de ustedes un voto de gracias para el ilustre doctor Jorquera, quien en unión del también ilustre doctor don Rafael Masasana, cuya modes­tia, en estos momentos, le hace semiesconderse tras la cor­tina, a todos nos honran con su vecindad.

—Muy bien —dijeron al tiempo don Exuperío Estremera, el sacerdote del 4.° C, y el propietario, don Lorenzo So-gueiro, del bar "El Fonsagradino", que estaba en uno de los bajos.

Las miradas de aplauso de todos los reunidos iban de un médico al otro; aquello se parecía bastante a una corrida de toros, cuando el matador que quedó bien y es llamado a los medios, se lleva consigo al compañero que tuvo menos suerte con el ganado y no quedó tan bien.

—Pues bien, señores —exclamó don Ibrahim—; cuando pude ver que los auxilios de la ciencia eran ineficaces ya ante el monstruoso crimen perpetrado, tan sólo tuve dos preocupaciones que, como buen creyente, a Dios encomen­dé: que ninguno de nosotros (y ruego a mi querido señor Pérez Palenzuela que no vea en mis palabras la más ligera sombra de conato de coacción sobre nadie), que ninguno de nosotros, decía, se viese encartado en este feo y deshon­roso asunto, y que a doña Margot no le faltasen las honras fúnebres que todos, llegado el momento, quisiéramos para nosotros y para nuestros deudos y allegados.

Don Fidel Utrera, el practicante del entresuelo A, que era muy flamenco, por poco dice "¡Bravo!"; ya lo tenia en la punta de la lengua, pero, por fortuna, pudo dar marcha atrás.

—Propongo, por tanto, amables convecinos, que con vuestra presencia dais lustre y prestancia a mis humildes muros...

Doña Juana Entrena, viuda de Sisemón, la pensionista del 1.° B, miró para don Ibrahim. ¡Qué manera de expre­sarse! ¡Qué belleza! ¡Qué precisión! ¡Parece un libro abier­to! Doña Juana, al tropezar con la mirada del señor Ostolaza, volvió la vista hacia Francisco López, el dueño de la peluquería de señoras "Cristi and Quico", instalada en el entresuelo C, que tantas veces había sido su confidente y su paño de lágrimas.

Las dos miradas, al cruzarse, tuvieron un breve, un ins­tantáneo diálogo.

—¿Eh? ¿Qué tal?

—¡Sublime, señora! Don Ibrahim continuaba impasible.

—...que nos encarguemos, individualmente, de encomen­dar a doña Margot en nuestras oraciones, y colectivamen­te, de costear los funerales por su alma.

—Estoy de acuerdo —dijo don José Leciñena, el propie­tario del 2.° D.

—Completamente de acuerdo —corroboró don José María Olvera, un capitán de Intendencia que vivía en el 1º A.

—¿Piensan todos ustedes igual? Don Arturo Ricote, empleado del Banco Hispano Ame­ricano y vecino del 4.° D, dijo con su vocecilla cascada:

—Sí, señor.

—Sí, si —votaron don Julio Maluenda, el marino mercan­te retirado del 2.° C, que tenía la casa que parecia una cha-marilería, llena de mapas y de grabados y de maquetas de barcos, y don Rafael Sáez, el joven aparejador del 3.° D.

—Sin duda alguna tiene razón el señor Ostolaza; debe­mos atender los sufragios de nuestra desaparecida conve­cina —opinó don Carlos Luque, del comercio, inquilino del 1.° D.

—Yo, lo que digan todos, a mi todo me parece bien.

Don Pedro Pablo Tauste, el dueño del taller de repara­ción de calzado "La clínica del chapín", no quería marchar contra la corriente.

—Es una idea oportuna y plausible. Secundémosla —ha­bló don Fernando Cazuela, el procurador de los tribunales del principal B, que la noche anterior, cuando todos los ve­cinos buscaban al criminal por orden de don Ibrahim, se encontró con el amigo de su mujer, que estaba escondido, muy acurrucado, en la cesta de la ropa sucia.

—Igual digo —cerró don Luis Noalejo, representante en Madrid de las "Hilaturas Viuda e Hijos de Casimiro Pons", y habitante del principal C.

—Muchas gracias, señores, ya veo que todos estamos de acuerdo; todos nosotros hemos hablado y expresado nues­tros coincidentes puntos de vista. Recojo vuestra amable adhesión y la pongo en manos del pío presbítero don Exuperio Estremera, nuestro vecino, para que él organice todos los actos con arreglo a sus sólidos conocimientos de cano­nista.

Don Exuperio puso un gesto mirífico.

—Acepto vuestro mandato.

La cosa había llegado a su fin y la reunión comenzó a di­solverse poco a poco. Algunos vecinos tenían cosas que ha­cer; otros, los menos, pensaban que quien tendría cosas que hacer era, probablemente, don Ibrahim, y otros, que de todo hay siempre, se marcharon porque ya estaban cansa­dos de llevar una hora larga de pie. Don Gumersindo Ló­pez, empleado de la Campsa y vecino del entresuelo C, que era el único asistente que no había hablado, se iba pregun­tando, a medida que bajaba, pensativamente, las escaleras:

—¿Y para esto pedí yo permiso en la oficina?

Doña Matilde, de vuelta de la lechería de doña Ramona, habla con la criada.

—Mañana traiga usted hígado para el mediodía, Lola. Don Tesifonte dice que es muy saludable.

Don Tesifonte es el oráculo de doña Matilde. Es también su huésped.

—Un higado que esté tiernecito para poder hacerlo con el guiso de los ríñones, con un poco de vino y cebollita pi­cada.

Lola dice a todo que sí; después, del mercado, trae lo pri­mero que encuentra o lo que le da la gana.

Seoane sale de su casa. Todas las tardes, a las seis y media, empieza a tocar el violín en el Café de doña Rosa. Su mujer se queda zurciendo calcetines y camisetas en la coci­na. El matrimonio vive en un sótano de la calle de Ruiz, hú­medo y malsano, por el que pagan quince duros; menos mal que está a un paso del Café y Seoane no tiene que gas­tarse jamás ni un real en tranvías.

—Adiós, Sonsoles, hasta luego. La mujer ni levanta la vista de la costura.

—Adiós, Alfonso, dame un beso.

Sonsoles tiene debilidad en la vista, tiene los párpados rojos; parece siempre que acaba de estar llorando. A la po­bre, Madrid no le prueba. De recién casada estaba hermo­sa, gorda, reluciente, daba gusto verla, pero ahora, a pesar de no ser vieja aún, está ya hecha una ruina. A la mujer le salieron mal sus cálculos, creyó que en Madrid se ataban los perros con longanizas, se casó con un madrileño y aho­ra que ya las cosas no tenían arreglo, se dio cuenta de que se había equivocado. En su pueblo, en Navarredondilla, provincia de Ávila, era una señorita y comia hasta hartar­se; en Madrid era una desdichada que se iba a la cama sin cenar la mayor parte de los días.

Macario y su novia, muy cogiditos de la mano, están sentados en un banco, en el cuchitril de la señora Fruc­tuosa, tía de Matildita y portera en la calle de Fernan­do VI.

—Hasta siempre...

Matildita y Macario hablan en un susurro.

—Adiós, pajarito mío, me voy a trabajar.

—Adiós, amor, hasta mañana. Yo estaré todo el tiempo pensando en ti.

Macario aprieta largamente la mano de la novia y se le vanta; por el espinazo le corre un temblor.

—Adiós, señora Fructuosa, muchas gracias.

—Adiós, hijo, de nada.

Macario es un chico muy fino que todos los días da las gracias a la señora Fructuosa. Matildita tiene el pelo como la panocha y es algo corta de vista. Es pequeñita y gracio­sa, aunque feuchina, y da, cuando puede, alguna clase de piano. A las niñas les enseña tangos de memoria, que es de mucho efecto.

En su casa siempre echa una manó a su madre y a su hermana Juanita, que bordan para fuera.

Matildita tiene treinta y nueve años.

Las hijas de doña Visi y de don Roque, como ya saben los lectores de "El querubín misionero", son tres: las tres jóvenes, las tres bien parecidas, las tres un poco frescas, un poco ligeras de cascos.

La mayor se llama Julita, tiene veintidós años y lleva el pelo pintado de rubio. Con la melena suelta y ondulada, parece Jean Harlow.

La del medio se llama Visitación, como la madre, tiene veinte años y es castaña, con los ojos profundos y soñado­res.

La pequeña se llama Esperanza. Tiene novio formal, que entra en casa y habla de política con el padre. Esperanza está ya preparando su equipo y acaba de cumplir los dieci­nueve años.

Julita, la mayor, anda por aquellas fechas muy enamo­riscada de un opositor a Notarías que le tiene sorbida la se­sera. El novio se llama Ventura Aguado Sans, y lleva ya siete años, sin contar los de la guerra, presentándose a No­tarías sin éxito alguno.

—Pero, hombre, preséntate de paso a Registros —le suele decir su padre, un cosechero de almendra de Riudecols, en el campo de Tarragona.

—No, papá, no hay color.

—Pero, hijo, en Notarías, ya lo ves, no sacas plaza ni de milagro.

—¿Que no saco plaza? ¡El día que quiera! Lo que pasa es que para no sacar Madrid o Barcelona, no merece la pena. Prefiero retirarme, siempre se queda mejor. En No­tarías, el prestigio es una cosa muy importante, papá.

—Sí, pero, vamos... ¿Y Valencia? ¿Y Sevilla? ¿Y Zara­goza? También deben estar bastante bien, creo yo.

—No, papá, sufres un error de enfoque. Yo tengo hecha mi composición de lugar. Si quieres, lo dejo...

—No, hombre, no, no saques las cosas de quicio. Sigue. En fin, ¡ya que has empezado! Tú de eso sabes más que yo.

—Gracias, papá, eres un hombre inteligente. Ha sido una gran suerte para mí ser hijo tuyo.

—Es posible. Otro padre cualquiera te hubiera mandado al cuerno hace ya una temporada. Pero bueno, lo que yo me digo, ¡si algún día llegas a notario!

—No se tomó Zamora en una hora, papá.

—No, hijo, pero mira, en siete años y pico ya hubo tiem­po de levantar otra Zamora al lado, ¿eh? Ventura sonríe.

—Llegaré a notario de Madrid, papá, no lo dudes. ¿Un lucky?

—¿Eh?

—¿Un pitillo rubio?



—¡Huy, huy! No, deja, prefiero del mío.

Don Ventura Aguado Despujols piensa que su hijo, fu­mando pitillos rubios como una señorita, no llegará nunca a notario. Todos los notarios que él conoce, gente seria, grave, circunspecta y de fundamento, fuman tabaco de cuarterón.

—¿Te sabes ya el Castan de memoria?

—No, de memoria, no; es de mal efecto.

—¿Y el código?

—Si, pregúntame lo que quieras y por donde quieras.

—No, era sólo por curiosidad.

Ventura Aguado Sans hace lo que quiere de su padre, lo abruma con eso de la composición de lugar y del error de enfoque.

La segunda de las hijas de doña Visi, Visitación, acaba de reñir con su novio, llevaban ya un año de relaciones. Su antiguo novio se llama Manuel Cordel Esteban y es estu­diante de Medicina. Ahora, desde una semana, la chica sale con otro muchacho, también estudiante de Medicina. A rey muerto, rey puesto.

Visi tiene una intuición profunda para el amor. El primer día permitió que su nuevo acompañante le estrechase la mano, con cierta calma, ya durante la despedida, a la puer­ta de su casa; habían estado merendando té con pastas en Garibay. El segundo, se dejó coger del brazo para cruzar las calles; estuvieron bailando y tomándose una media combinación en Casablanca. El tercero, abandonó la ma­no, que él llevó cogida toda la tarde; fueron a oír música y a mirarse, silenciosos, al Café María Cristina.

—Lo clásico, cuando un hombre y una mujer empiezan a amarse —se atrevió a decir él, después de mucho pensarlo.

El cuarto, la chica no opuso resistencia a dejarse coger del brazo, hacia como que no se daba cuenta.

—No, al cine, no. Mañana.

El quinto, en el cine, él la besó furtivamente, en una ma­no. El sexto, en el Retiro, con un frío espantoso, ella dio la disculpa que no lo es, la disculpa de la mujer que tiende su puente levadizo.

—No, no, por favor, déjame, te lo suplico, no he traído la barra de los labios, nos pueden ver...

Estaba sofocada y las aletas de la nariz le temblaban al respirar. Le costó un trabajo inmenso negarse, pero pensó que la cosa quedaba mejor así, más elegante.

El séptimo, en un palco del Cine Bilbao, él, cogiéndola de la cintura, le suspiró al oido:

—Estamos solos, Visi..., querida Visi, vida mía.

Ella dejando caer la cabeza sobre su hombro, habló con un hilo de voz, con un hilito de voz delgada, quebrado, lle­no de emoción.

—Sí, Alfredo, ¡qué feliz soy!

A Alfredo Ángulo Echevarría le temblaron las sienes vertiginosamente, como si tuviese calentura, y el corazón le empezó a latir a una velocidad desusada.

—Las suprarrenales. Ya están ahí las suprarrenales sol­tando su descarga de adrenalina.

La tercera de las niñas, Esperanza, es ligera como una golondrina, tímida como una paloma. Tiene sus conchas, como cada quisque, pero sabe que le va bien su papel de fu­tura esposa, y habla poco y con voz suave y dice a todo el mundo:

—Lo que tú quieras, yo hago lo que tú quieras.

Su novio, Agustín Rodríguez Silva, le lleva quince años y es dueño de una droguería de la calle Mayor.

El padre de la chica está encantado, su futuro yerno le parece un hombre de provecho. La madre también lo está.

—Jabón Lagarto, del de antes de la guerra, de ese que nadie tiene, y todo, todito lo que le pida, le falta tiempo para traérmelo.

Sus amigas la miran con cierta envidia. ¡Qué mujer dé suerte! ¡Jabón Lagarto!

Doña Celia está planchando unas sábanas cuando suena el teléfono.

¿Diga?


—Doña Celia, ¿es usted? Soy don Francisco.

—¡Hola, don Francisco! ¿Qué dice usted de bueno?

—Pues ya ve, poca cosa. ¿Va a estar usted en casa?

—Si, sí, yo de aquí no me muevo, ya sabe usted.

—Bien, yo iré a eso de las nueve.

—Cuando usted guste, ya sabe que usted me manda. ¿Llamo a...?

—No, no llame a nadie.

—Bien, bien.

Doña Celia colgó el teléfono, chascó los dedos, y se me­tió en la cocina, a echarse al cuerpo una copita de anís. Había días en que todo se ponía bien. Lo malo es que tam­bién se presentaban otros en los que las cosas se torcían y, al final, no se vendía una escoba.

Doña Ramona Bragado, cuando doña Matilde y doña Asunción se marcharon de la lechería, se puso el abrigo y se fue a la calle de la Madera, donde trataba de catequizar, a una chica que estaba empleada de empaquetadora en una imprenta.

—¿Está Victorita?

—Si, ahí la tiene usted.

Victorita, detrás de una larga mesa, se dedicaba a prepa­ra unos paquetes de libros.

—¡Hola, Victorita, hija! ¿Te quieres pasar después por la lechería? Van a venir mis sobrinas a jugar a la brisca; yo creo que lo pasaremos bien y que nos divertiremos.

Victorita se puso colorada.

—Bueno; si, señora, como usted quiera.

A Victorita no le faltó nada para echarse a llorar; ella sabía muy bien donde se metía. Victorita andaba por los dieciocho años, pero estaba muy desarrollada y parecía una mujer de veinte o veintidós años. La chica tenía novio, a quien habían devuelto del cuartel porque estaba tubercu­loso; el pobre no podía trabajar y se pasaba todo el día en la cama, sin fuerzas para nada, esperando a que Victorita fuese a verlo al salir del trabajo.

—¿Cómo te encuentras?

—Mejor.

Victorita, en cuanto la madre de su novio salia de la al­coba, se acercaba a la cama y lo besaba.



—No me beses, te voy a pegar esto.

—Nada me importa, Paco. ¿A ti no te gusta besarme?

—¡Mujer, si!

—Pues lo demás no importa; yo por ti sería capaz de cualquier cosa.

Un día que Victorita estaba pálida y demacrada, Paco le preguntó:

—¿Qué te pasa?

—Nada, que he estado pensando.

—¿El qué pensaste?

—Pues pensé que esto se te quitaba a ti con medicinas y comiendo hasta hartarte.

—Puede ser, pero, ¡ya ves!

—Yo puedo buscar dinero.

—¿Tú?


A Victorita se le puso la voz gangosa, como si estuviera bebida.

—Yo, sí. Una mujer joven, por fea que sea, siempre vale dinero.

—¿Qué dices?

Victorita estaba muy tranquila.

—Pues lo que oyes. Si te fueses a curar me liaba con el primer tío rico que me sacase de querida.

A Paco le subió un poco el color y le temblaron ligera­mente los párpados. Victorita se quedó algo extrañada cuando Paco le dijo:

—Bueno.

Pero en el fondo, Victorita lo quiso todavía un poco más.



En el Café, doña Rosa estaba que echaba las muelas. La que le había armado a López por lo de las botellas de licor había sido épica; broncas como aquélla no entraban muchas en quintal.

—Cálmese, señora; yo pagaré las botellas.

—¡Anda, pues naturalmente! ¡Eso si que estaría bueno, que encima se me pegasen a mi al bolsillo! Pero no es eso sólo. ¿Y el escándalo que se armó? ¿Y el susto que se lleva­ron los clientes? ¿Y el mal efecto de que ande todo rodando por el suelo? ¿Eh? ¿Eso cómo se paga? ¿Eso quién me lo paga a mí? ¡Bestia! ¡Que lo que eres es un bestia, y un rojo indecente, y un chulo! ¡La culpa la tengo yo por no denun­ciaros a todos! ¡Di que una es buena! ¿Dónde tienes los ojos? ¿En qué furcia estabas pensando? ¡Sois igual que bueyes! ¡Tú y todos! ¡No sabéis donde pisáis!

Consorcio López, blanco como el papel, procuraba tran­quilizarla.

—Fue una desgracia, señora; fue sin querer.

—¡Hombre, claro! ¡Lo que faltaba es que hubiera sido aposta! ¡Sería lo último! ¡Que en mi Café y en mis propias narices, una mierda de encargado que es lo que eres tú, me rompiese las cosas porque sí, porque le daba la gana! ¡No, si a todo llegáremos! ¡Eso ya lo sé yo! ¡Pero vosotros no lo vais a ver! ¡El día que me harte vais todos a la cárcel, uno detrás de otro! ¡Tú el primero, que no eres más que un gol­fo! ¡Di que una no quiere, que si tuviera mala sangre como la tenéis vosotros...!

En plena bronca, con todo el Café en silencio y atento a los gritos de la dueña, entró en el local una señora alta y algo gruesa, no muy joven pero bien conservada, guapetona, un poco ostentosa, que se sentó a una mesa enfrente del mostrador. López, al verla, perdió la poca sangre que le quedaba: Marujita, con diez años más, se había convertido en una mujer espléndida, pictórica, rebosante, llena de salud y de poderío. En la calle, cualquiera que la viese la hu­biera diagnosticado de lo que era, una rica de pueblo, bien casada, bien vestida y bien comida, y acostumbrada a mandar en jefe y a hacer siempre su santa voluntad. Marujita llamó a un camarero.

—Tráigame usted café.

—¿Con leche?

—No, solo. ¿Quién es esa señora que grita?

—Pues, la señora de aquí; vamos, el ama.

—Dígale usted que venga, que haga el favor.

Al pobre camarero le temblaba la bandeja.

—Pero ¿ahora mismo tiene que ser?

—Sí, Dígale que venga, que yo la llamo. El camarero, Con el gesto del reo que camina hacia el ga­rrote, se acercó al mostrador.

—López, marche uno solo. Oiga, señora, con permiso. Doña Rosa se volvió.

—¡Qué quieres!

—No, yo nada, es que aquella señora la llama a usted.

¿Cuál?

—Aquella de la sortija; aquella que mira para aquí.



—¿Me llama a mí?

—Sí, a la dueña, me dijo; yo no sé qué querrá; parece una señora importante, una señora de posibles. Me dijo, di­ce, diga usted a la dueña que haga el favor de venir.

Doña Rosa, con el ceño fruncido, se acercó a la mesa de Marujita. López se pasó la mano por los ojos.

—Buenas tardes. ¿Me buscaba usted?

—¿Es usted la dueña?

—Servidora.

—Pues sí, a usted buscaba. Déjeme que me presente: soy la señora de Gutiérrez, doña María Ranero de Gutiérrez; tome usted una tarjeta, ahí va la dirección. Mi esposo y yo vivimos en Tomelloso, en la provincia de Ciudad Real, donde tenemos la hacienda, unas finquitas de las que vivi­mos.

—Ya, ya.


—Si. Pero ahora ya nos hemos hartado de pueblo, ahora queremos liquidar todo aquello y venirnos a vivir a Madrid. Aquello, desde la guerra, se puso muy mal, siempre hay en­vidias, malos quereres, ya sabe usted.

—Sí, sí.


—Pues, claro. Y además los chicos ya son mayorcitos y lo que pasa, que si los estudios, que si después las carreras, lo de siempre: que si no nos venimos con ellos, pues los perdemos ya para toda la vida.

—Claro, claro. ¿Tienen ustedes muchos chicos? La señora de Gutiérrez era algo mentirosa.

—Pues, sí, tenemos cinco ya. Los dos mayorcitos van a cumplir los diez años, están ya hechos unos hombres. Es­tos gemelos son de mi otro matrimonio; yo quedé viuda muy joven. Mírelos usted.

A doña Rosa le sonaban, ella no podía recordar de qué, las caras de aquellos dos chiquillos de primera comunión.

—Y natural, pues al venirnos a Madrid, queremos, poco más o menos, ver lo que hay.

—Ya, ya.


Doña Rosa se fue calmando, ya no parecía la misma de unos minutos antes. A doña Rosa, como a todos los que gritan mucho, la dejaban como una malva en cuanto que la ganaban por la mano.

—Mi marido había pensado que, a lo mejor, no sería malo esto de un Café; trabajando, parece que se le debe sa­car provecho.

—¿Eh?

—Pues, sí, bien claro, que andamos pensando en com­prar un Café, si el amo se pone en razón.



—Yo no vendo.

—Señora, nadie le había dicho a usted nada. Además, eso no se puede nunca decir. Todo es según cómo. Lo que yo le digo es que lo piense. Mi esposo está ahora malo, lo van a operar de una fístula en el ano, pero nosotros queremos estar algún tiempo en Madrid. Cuando se ponga bue­no ya vendrá a hablar con usted; los cuartos son de los dos, pero vamos, el que lo lleva todo es él. Usted, mientras tanto, lo piensa si quiere. Aqui no hay compromiso ningu­no, nadie ha firmado ningún papel.

La voz de que aquella señora quería comprar el Café co­rrió, como una siembra de pólvora, por todas las mesas.

—¿Cuál?


—Aquélla.

—Parece mujer rica.

—Hombre, para comprar un Café no va a estar viviendo de una pensión.

Cuando la noticia llegó al mostrador, López, que estaba ya agonizante, tiró otra botella. Doña Rosa se volvió, con silla y todo. Su voz retumbó como un cañonazo.

—¡Animal, que eres un animal!

Marujita aprovechó la ocasión para sonreír un poco a López. Lo hizo de una manera tan discreta, que nadie se enteró; López, probablemente, tampoco.

—¡Ande, que como se queden con un Café, ya pueden usted y su esposo tener vista con este ganado!

—¿Destrozan mucho?

—Todo lo que usted les eche. Para mi que lo hacen apos­ta. La cochina envidia, que se los come vivitos...

Martín habla con Nati Robles, compañera suya de los tiempos de la FUE. Se la encontró en la Red de San Luis. Martín estaba mirando para el escaparate de una joyería y Nati estaba dentro; había ido a que le arreglasen el broche de una pulsera. Nati está desconocida, parece otra mujer. Aquella muchacha delgaducha, desaliñada, un poco con aire de sufragista, con zapato bajo y sin pintar, de la época de la Facultad, era ahora una señorita esbelta, elegante, bien vestida y bien calzada, compuesta con coquetería e in­cluso con arte. Fue ella quien lo reconoció.

—¡Marco!

Martín la miró temeroso. Martín mira con cierto miedo a todas las caras que le resultan algo conocidas, pero que no llega a identificar. El hombre siempre piensa que se le van a echar encima y que le van a empezar a decir cosas desa­gradables; si comiese mejor, probablemente no le pasaría esto.

—Soy Robles, ¿no te acuerdas?, Nati Robles. Martin se quedó pegado, estupefacto.

—¿Tú?


—Sí, hijo, yo.

A Martín le invadió una alegría muy grande.

—¡Qué bárbara, Nati! ¿Cómo estás? ¡Pareces una du­quesa!

Nati se rió.

—Chico, pues no lo soy; no creas que por falta de ganas, pero ya ves, soltera y sin compromiso, ¡como siempre! ¿Llevas prisa?

Martín titubeó un momento.

—Pues no, la verdad; ya sabes que soy un hombre que no merece la pena que ande de prisa. Nati lo cogió del brazo.

—¡Tan bobo como siempre!

Martín se azoró un poco y trató de escurrirse.

—Nos van a ver.

Nati soltó la carcajada, una carcajada que hizo volver la cabeza a la gente. Nati tenía una voz bellísima, alta, musi­cal, jolgoriosa, llena de alegría, una voz que parecía una campana finita.

—Perdona, chico, no sabía que estuvieses comprometido. Nati empujó con un hombro a Martin y no se soltó; al contrario, lo cogió más fuerte.

—Sigues lo mismo que siempre.

—No, Nati; yo creo que peor. La muchacha echó a andar.

—¡Venga, no seas pelma! Me parece que a ti lo que te vendría de primera es que te espabilasen. ¿Sigues haciendo versos?

A Martín le dio un poco de vergüenza seguir haciendo versos.

—Pues, si; yo creo que esto ya tiene mal arreglo.

—¡Y tan malo! Nati volvió a reir.

—Tú eres una mezcla de fresco, de vago, de tímido y de trabajador.

—No te entiendo.

—Yo tampoco. Anda, vamos a meternos en cualquier la­do, tenemos que celebrar nuestro encuentro.

—Bueno, como quieras.

Nati y Martín se metieron en el Café Gran Via, que está lleno de espejos. Nati, con tacón alto, era incluso un poco más alta que él.

—¿Nos sentamos aquí?

—Sí, muy bien, donde tú quieras. Nati le miró a los ojos.

—Chico, ¡qué galante! Parece que soy tu última con­quista.

Nati olía maravillosamente bien...

En la calle de Santa Engracia, a la izquierda, cerca ya de la plaza de Chamberi, tiene su casa doña Celia Vecino, viu­da de Cortés.

Su marido, don Obdulio Cortés López, del comercio, había muerto después de la guerra, a consecuencia, según decía la esquela del ABC, de los padecimientos sufridos durante el dominio rojo.

Don Obdulio había sido toda su vida un hombre ejem­plar, recto, honrado, de intachable conducta, lo que se lla­ma un modelo de caballeros. Fue siempre muy aficionado a las palomas mensajeras, y cuando murió, en una revista de­dicada a estas cosas, le tributaron un sentido y cariñoso recuerdo: una foto suya, de joven todavía, con un pie donde podía leerse: "Don Obdulio Cortés López, ilustre procer de la colombofilia hispana, autor de la letra del himno Vuela sin cortapisas, paloma de la paz, ex presidente de la Real Sociedad Colombófila de Almería, y fundador y director de la que fue gran revista 'Palomas y Palomares' (Boletín mensual con información del mundo entero), a quien rendi­mos, con motivo de su óbito, el más ferviente tributo de ad­miración con nuestro dolor". La foto aparecía rodeada, toda ella, de una gruesa orla de luto. El pie lo redactó don Leonardo Cascajo, maestro nacional.

Su señora, la pobre, se ayuda a malvivir alquilando a al­gunos amigos de confianza unos gabinetitos muy cursis, de estilo cubista y pintados de color naranja y azul, donde el no muy abundante confort es suplido, hasta donde pueda serlo, con buena voluntad, con discreción y con mucho de­seo de agradar y de servir.

En la habitación de delante, que es un poco la de respeto, la reservada para los mejores clientes, don Obdulio, desde un dorado marco de purpurina, con el bigote enhiesto y la mirada dulce, protege, como un malévolo y picardeado diosecilio del amor, la clandestinidad que permite comer a su viuda.

La casa de doña Celia es una casa que rezuma ternura por todos los poros; una ternura, a veces, un poco agraz; en ocasiones, es posible que un poco venenosilla. Doña Ce­lia tiene recogidos dos niños pequeños, hijos de una sobrinita que murió medio de sinsabores y disgustos, medio de avitaminosis, cuatro o cinco meses atrás. Los niños, cuan­do llega alguna pareja, gritan jubilosos por el pasillo: "¡Vi­va, viva, que ha venido otro señor!" Los angelitos saben que el que entre un señor con una señorita del brazo signifi­ca comer caliente al otro día.

Doña Celia, el primer dia que Ventura asomó con la no­via por su casa, le dijo:

—Mire usted, lo único que le pido es decencia, mucha decencía, que hay criaturas. Por amor de Dios, no me albo­rote.

—Descuide usted, señora, no pase cuidado, uno es un ca­ballero.

Ventura y Julita solían meterse en la habitación a las tres y media o cuatro y no se marchaban hasta dadas las ocho. No se les oía ni hablar; así daba gusto.

El primer día, Julita estuvo mucho menos azorada de lo corriente; en todo se fijaba y todo lo tenía que comentar.

—Qué horrorosa es esa lámpara; fíjate, parece un irriga­dor.

Ventura no encontraba una semejanza muy precisa.

—No, mujer, qué se va a parecer a un irrigador. Anda, no seas gansa, siéntate aquí a mi lado.

—Voy.


Don Obdulio, desde su retrato, miraba a la pareja casi con severidad.

—Oye, ¿quién será ése?

—¡Yo qué sé! Tiene cara de muerto, ése debe estar ya muerto.

Julita seguía paseando por el cuarto. A lo mejor los ner­vios la hacían andar dando vueltas de un lado para otro; en otra cosa, desde luego, no se le notaban.

—¡A nadie se le ocurre poner flores de cretona! Las cla­van en serrín porque seguramente piensan que eso hace muy bonito, ¿verdad?

—Sí, puede ser.

Julita no se paraba ni de milagro.

—¡Mira, mira, ese corderito es tuerto! ¡Pobre!

Efectivamente, al corderito bordado sobre uno de los al­mohadones del diván le faltaba un ojo.

Ventura se puso serio, aquello empezaba a ser el cuento de nunca acabar.

—¿Quieres estarte quieta?

—¡Ay, hijo mío, qué brusco eres! Por dentro, Julita estaba pensando: ¡Con el encanto que tiene llegar de puntillas al amor! Julita era muy artista, mucho más artista, sin duda, que su novio.

Marujita Ranero, cuando salió del Café, se metió en una panadería a llamar por teléfono al padre de sus dos gemelitos.

—¿Te gusté?

—Sí. Oye, Maruja, ¡pero tú estás loca!

—No, ¡qué voy a estarlo! Fui a que me vieses, no quería que esta noche te cogiera la cosa de sorpresa y te llevaras una desilusión.

—Sí, sí...

—Oye, ¿de verdad que te gusto todavía?

—Más que antes, te lo juro, y antes me gustabas más que el pan frito.

—Oye, y si yo pudiese, ¿te casarías conmigo?

—Mujer...

—Oye, con éste no he tenido hijos.

—¿Pero él?

—Él tiene un cáncer como una casa; el médico me dijo que no puede salir adelante.

—Ya, ya. Oye.

—Qué.


—¿De verdad que piensas comprar el Café?

—Si tú quieres, si. En cuanto que se muera y nos poda­mos casar. ¿Lo quieres de regalo de boda?

—¡Pero, mujer!

—Sí, chico, yo he aprendido mucho. Y además soy rica y hago lo que me da la gana. Él me lo deja todo; me enseñó el testamento. Dentro de unos meses no me dejo ahorcar por cinco millones.

—¿Eh?

—Pues que dentro de unos meses, ¿me oyes?, no me dejo ahorcar por cinco millones.



—Sí, sí...

—¿Llevas en la cartera las fotos de los nenes?

—Sí.

—¿Y las mías?



—No; las tuyas, no. Cuando te casaste, las quemé; me pareció mejor.

—Allá tú. Esta noche te daré unas cuantas. ¿A qué hora irás, poco más o menos?

—Cuando cerremos, a la una y media o dos menos cuarto.

—No tardes, ¿eh?, vete derecho.

—Sí.

—¿Te acuerdas del sitio?



—Sí. "La Colladense", en la calle de la Magdalena.

—Eso es, habitación número tres.

—Sí. Oye, cuelgo, que arrima para aquí la bestia.

—Adiós, hasta luego. ¿Te echo un beso?

—Sí.

—Tómalo, tómalos todos; no uno, sino mil millones...



La pobre panadera estaba asustadita. Cuando Marujita Ranero se despidió y le dio las gracias, la mujer no pudo ni contestarle.

Doña Montserrat dio por terminada su visita.

—Adiós, amiga Visitación; por mí estaría aquí todo el santo día, escuchando su agradable charla.

—Muchas gracias.

—No es coba, es la pura verdad. Lo que pasa, ya le digo, es que hoy no quiero perderme la Reserva.

—¡Si es por eso!

—Sí, ya he faltado ayer.

—Yo estoy hecha una laica. En fin, ¡que Dios no me cas­tigue!

Ya en la puerta, doña Visitación piensa decirle a doña Montserrat: ¿Quiere que nos tuteemos? Yo creo que ya debemos tutearnos, ¿no te parece?

Doña Montserrat es muy simpática, hubiera dicho en­cantada que sí.

Doña Visitación piensa decirle, además:

—Y si nos tuteamos, lo mejor será que yo te llame Monse y tú me llames Visi, ¿verdad?

Doña Montserrat también hubiera aceptado. Es muy complaciente y, bien mirado, las dos son amigas ya casi ve­teranas. Pero, ¡lo que son las cosas!, con la puerta abierta, doña Visitación no se atrevió más que a decir:

—Adiós amiga Montserrat, no se nos venda usted tan cara.

—No, no; ahora voy a ver si vengo por aquí con más fre­cuencia.

—¡Ojalá sea cierto!

—Sí. Óigame, Visitación, no se me olvide usted de que me prometió dos pastillas de jabón Lagarto a buen precio.

—No, no; descuide.

Doña Montserrat, que entró en casa de doña Visi bajo el mismo signo, se marchó al tiempo que el loro del segundo barbarizaba.

—¡Qué horror! ¿Qué es eso?

—No me hable usted hija, un loro que es el mismo dia­blo.

—¡Qué vergüenza! ¡A eso no debía haber derecho!

—Verdaderamente. Yo ya no sé lo que hacer.

Rabelais es un loro de mucho cuidado, un loro procaz y sin principios, un loro descastado y del que no hay quien haga carrera. A lo mejor está una temporada algo más tranquilo, diciendo "chocolate" y "Portugal" y otras pala­bras propias de un loro fino, pero como es un inconsciente, cuando menos se piensa y a lo mejor su dueña está con una visita de cumplido, se descuelga declamando ordinarieces y pecados con su voz cascada de solterona vieja. Angelito, que es un chico muy piadoso de la vecindad, estuvo tratando de llevar a Rabelais al buen camino, pero no consiguió nada; sus esfuerzos fueron en vano y su labor cayó en el vacío. Después se desanimó y lo fue dejando poco a poco, y Rabelais, ya sin preceptor, pasó unos quin.ce días en que sonrojaba oírle hablar. Cómo sería la cosa, que hasta llamó la atención a su dueña un señor del principal, don Pío Navas Pérez, interventor de los ferrocarriles.

—Mire usted, señora, lo de su lorito ya pasa de castaño oscuro. Yo no pensaba decirle nada, pero la verdad es que ya no hay derecho. Piense usted que tengo ya una pollita en estado de merecer y que no está bien que oiga estas co­sas. ¡Vamos, digo yo!

—Sí, don Pío, tiene usted más razón que un santo. Perdo­ne usted, ya le llamaré la atención. ¡Este Rabelais es inco­rregible!

Alfredo Ángulo Echevarría le dice a su tía doña Lolita Echevarría de Cazuela:

—Visi es un encanto de chica, ya la verás. Es una chica moderna, con muy buen aire, inteligente, guapa, en fin, to­do. Yo creo que la quiero mucho.

Su tía Lolita está como distraída. Alfredo sospecha que no le está haciendo maldito el caso.

—Me parece, tía, que a ti no te importa nada esto que te estoy contando de mis relaciones.

—Sí, sí, ¡qué bobo! ¿Cómo no me va a importar?

Después, la señora de Cazuela empezó a retorcerse las manos y a hacer extraños, y acabó rompiendo en un llanto violento, dramático, aparatoso. Alfredo se asustó.

—¿Qué te pasa?

—¡Nada, nada!, ¡déjame! Alfredo trató de consolarla.

—Pero, mujer, tía, ¿qué tienes? ¿Metí la pata en algo?

—No, no, déjame llorar.

Alfredo quiso gastarle una bromita a ver si se animaba.

—Bueno, tía, no seas histérica, que ya no andas por los dieciocho años. Cualquiera que te vea va a pensar que lo que tú tienes son contrariedades amorosas...

Nunca lo hubiera dicho. La señora de Cazuela palideció, puso los ojos en blanco y, ¡pum!, se fue de bruces contra el suelo. El tío Fernando no estaba en casa; estaba reunido con todos los vecinos porque la noche anterior había habi­do un crimen en la casa y querían tener un cambio de im­presiones y tomar algunos acuerdos. Alfredo sentó a la tía Lolita en una butaca y le echó un poco de agua por la cara; cuando se repuso, Alfredo les dijo a las criadas que le pre­parasen una taza de tila.

Cuando doña Lolita pudo hablar, miró para Alfredo y le dijo, con una voz lenta y opaca:

—¿Tú sabes quién me compraría el cestón de la ropa su­cia?

Alfredo se quedó un poco extrañado de la pregunta.

—No sé, cualquier trapero.

—Si te encargas de que salga de casa, te lo regalo; yo no quiero ni verlo. Lo que te den, para ti.

—Bueno.

A Alfredo le entró cierta preocupación. Cuando volvió su tío, lo llamó aparte y le dijo:



—Mira, tío Fernando, yo creo que debes llevar a la tía al médico, a mí me parece que tiene una gran debilidad ner­viosa. Además, tiene manías; me dijo que me llevara de casa el cestón de la ropa sucia; que ella no quería ni verlo.

Don Fernando Cazuela no se inmutó, se quedó tan fres­co como si tal cosa. Alfredo, cuando lo vio tan tranquilo, pensó que allá ellos, que lo mejor sería no meterse en nada.

—Mira —se dijo—, si loquea, que loquee. Yo ya lo dije bien claro; si no me hacen caso, peor para ellos. Después vendrán las lamentaciones y el llevarse las manos a la ca­beza.
La carta está sobre la mesa. El papel tiene un membrete que dice: "agrosil. Perfumería y droguería. Calle Ma­yor, 20. Madrid". La carta está escrita con una bella letra de pendolista, llena de rabos, de fiorituras y de jeribeques. La carta, que ya está terminada, dice así:
"Querida madre:

Le escribo a usted estas dos lineas para comunicarle una noticia que sé que la va a agradar a usted. Antes de dársela quiero desearle que su salud sea perfecta como la mía lo es por el momento, a Dios gracias sean dadas, y que siga usted disfrutándola muchos años en compañía de la buena hermana Paquita, y de su esposo y nenes.

Pues, madre, lo que la tengo que decir es que ya na estoy solo en el mundo, aparte de ustedes, y que he encontrado la mujer que me puede ayudar a fundar una familia y a erigir un hogar, y que puede acompañarme en el trabajo y que me ha de hacer feliz, si Dios quiere, con sus virtudes de buena cristiana. A ver si para el verano se anima usted a visitar a este hijo que tanto la echa de menos y así la conoce. Pues, madre, he de decirla que de los gastos del viaje no debe preocuparse y que yo, sólo por verla a usted, ya sabe que pagaría eso y mucho más. Ya verá usted como mi novia le parece un ángel. Es buena y hacendosa y tan lucida como honrada. Su mismo nombre de pila, que es Esperanza, ya viene a ser como eso, una esperanza de que todo salga con bien. Pida usted mucho a Dios por nuestra futura felicidad, que será también la antorcha que alumbrará su vejez.

Sin más por hoy, reciba usted, querida madre, el beso de cariño de su hijo que mucho la quiere y no la olvida,

tinín."
El autor de la carta, al terminar de escribirla, se levantó, encendió un pitillo y la leyó en voz alta.

—Yo creo que me ha salido bastante bien. Este final de la antorcha está bastante bien.

Después se acercó a la mesa de noche y besó, galante y rendido como un caballero de la Tabla Redonda, una foto con marquito de piel y con una dedicatoria que decía: "A mí Agustín de mi vida con todos los besos de su Esperan­za".

—Bueno; si viene mi madre, la guardo (1).

Una tarde, a eso de las seis, Ventura abrió la puerta y llamó en voz baja a la señora.

—¡Señora!

Doña Celia dejó el puchero en el que se estaba preparan­do una taza de café para merendar.

—¡Va en seguida! ¿Desea usted algo?

—Si, haga el favor.

Doña Celia cortó un poco el gas, para que el café no lle­gara a cocer y se presentó presurosa, recogiéndose el man­dil a la espalda y secándose las manos con la bata.

—¿Llamaba usted, señor Aguado?

—Sí, ¿me presta usted el parchís?

Doña Celia cogió el parchís del trinchero del comedor, se lo pasó a los novios y se puso a cavilar. A doña Celia le da pena, y también cierto temblor al bolsillo, el pensar que el cariño de los tortolitos pueda ir cuesta abajo, que las co­sas puedan empezar a marchar mal.

—No, a lo mejor no es eso —se decía doña Celia tratando de ver siempre el lado bueno—, también puede ser que la chica esté mala...

Doña Celia, negocio aparte, es una mujer que coge ca­riño a las gentes en cuanto las conoce; doña Celia es muy sentimental, es una dueña de casa de citas muy sentimen­tal.

Martin y su compañera de Facultad llevan ya una hora larga hablando.

—¿Y tú no has pensado nunca en casarte?

—Pues no, chico, por ahora no. Ya me casaré cuando se me presente una buena proporción; como comprenderás, casarse para no salir de pobre, no merece la pena. Ya me casaré, yo creo que hay tiempo para todo.

—¡Feliz tú! Yo creo que no hay tiempo para nada; yo creo que si el tiempo sobra es porque, como es tan poco, no sabemos lo que hacer con él.

Nati frunció graciosamente la nariz.

—¡Ay, Marco, hijo! ¡No empieces a colocarme frases profundas! Martin se rió.

—No me tomes el pelo, Nati.

La muchacha lo miró con un gesto casi picaresco, abrió el bolso y sacó una pitillera de esmalte.

—¿Un pitillo?

—Gracias, estoy sin tabaco. ¡Qué pitillera tan bonita!

—Si, no es fea, un regalo. Martín se busca por los bolsillos.

—Yo tenía una caja de cerillas...

—Toma fuego, también me regalaron el mechero.

—¡Caray!


Nati fuma con un aire muy europeo, jugando las manos con soltura y con elegancia. Martín se le quedó mirando.

—Oye, Nati, yo creo que hacemos una pareja muy extraña, tú de punta en blanco y sin que te falte un detalle, y yo hecho un piernas, lleno de lámparas y con los codos fuera...

La chica se encogió de hombros.

—¡Bah, no hagas caso! ¡Mejor, bobo! Así la gente no sabrá a qué carta quedarse.

Martín se fue poniendo triste poco a poco de una manera casi imperceptible, mientras Nati lo mira con una ternura infinita, con una ternura que por nada del mundo hubiera querido que se la notasen.

—¿Qué te pasa?

—Nada. ¿Te acuerdas cuando los compañeros te llamá­bamos Natacha?

—Sí.


—¿Te acuerdas cuando Gascón te echó de clase de Ad­ministrativo?

Nati también se puso algo triste.

—Sí.

—¿Te acuerdas de aquella tarde que te besé en el Parque del Oeste?



—Sabía que me lo ibas a preguntar. Si, también me acuerdo. He pensado en aquella tarde muchas veces, tú fuiste el primer hombre a quien besé en la boca... ¡Cuánto tiempo ha pasado! Oye, Marco.

—Qué.


—Te juro que no soy una golfa.

Martin sintió unos ligeros deseos de llorar.

—¡Pero, mujer, a qué viene eso!

—Yo sí lo sé, Marco, yo siempre te debo a ti un poquito de fidelidad, por lo menos para contarte las cosas.

Martin, con el pitillo en la boca y las manos enlazadas sobre las piernas, mira cómo una mosca da vueltas por el borde de un vaso. Nati siguió hablando.

—Yo he pensado mucho en aquella tarde. Entonces me figuraba que jamás necesitaría un hombre al lado y que la vida podía llenarse con la política y con la Filosofía del De­recho. ¡Qué estupidez! Pero aquella tarde yo no aprendí nada; te besé, pero no aprendí nada. Al contrario, creí que las cosas eran así, como fueron entre tú y yo, y después vi que no, que no eran así...

A Nati le tiembla un poco la voz.

—...que eran de otra manera mucho peor... Martin hizo un esfuerzo.

—Perdona, Nati. Es ya tarde, me tengo que marchar, pero el caso es que no tengo un duro para invitarte. ¿Me dejas un duro para invitarte?

Nati revolvió en su bolso y, por debajo de la mesa, buscó la mano de Martín.

—Toma, van diez, con las vueltas hazme un regalo.

4

El guardia Julio García Morrazo lleva ya una hora pa­seando por la calle de Ibiza. A la luz de los faroles se le ve pasar, para arriba y para abajo, siempre sin alejarse dema­siado. El hombre anda despacio, como si estuviera medita­bundo, y parece que va contando los pasos, cuarenta para allí, cuarenta para aquí, y vuelta a empezar. A veces da al­gunos más y llega hasta la esquina.

El guardia Julio García Morrázo es gallego. Antes de la guerra no hacía nada, se dedicaba a llevar a su padre ciego de romería cantando las alabanzas de San Sibrán y tocan­do el guitarrillo. A veces cuando había vino por medio, Ju­lio tocaba un poco la gaita, aunque, por lo común, prefería bailar y que la gaita la tocasen otros.

Cuando vino la guerra y le llamaron a quintas, el guar­dia Julio García Morrázo era ya un hombre lleno de vida, como un ternero, con ganas de saltar y de brincar como un potro salvaje, y aficionado a las sardinas cabezudas, a las mozas tetonas y al vino del Ribero. En el frente de Astu­rias, un mal día le pegaron un tiro en un costado y desde entonces el Julio García Morrazo empezó a enflaquecer y ya no levantó cabeza; lo peor de todo fue que el golpe no resultó lo bastante grande para que lo diesen inútil y el hombre tuvo que volver a la guerra y no pudo reponerse bien.

Cuando la guerra terminó, Julio García Morrazo se bus­có una recomendación y se metió a guardia.

—Para el campo no quedaste bien —le dijo su padre— y además a ti tampoco te gusta trabajar. ¡Si te hicieran cara­binero!

El padre de Julio García Morrazo se encontraba ya viejo y cansado y no quería volver a las romerías.

—Yo ya me quedo en casa. Con lo que tengo ahorrado puedo ir viviendo, pero para los dos no hay.

Julio estuvo varios días pensativo, dándole vueltas a la cosa, y al final, al ver que su padre insistía, se decidió.

—No; carabinero es muy difícil, para carabinero echan instancia los cabos y los sargentos; yo ya me conformaba con guardia.

—Bueno, tampoco está mal. Lo que yo te digo es que aquí no hay para los dos, ¡que si hubiera!

—Ya, ya.


Al guardia Julio García Morrazo se le mejoró algo la sa­lud y, poco a poco, fue cogiendo hasta media arrobita más de carne. No volvió, bien es cierto, a lo que había sido, pero tampoco se quejaba; otros, al lado suyo, se habían queda­do en el campo, tumbados panza arriba. Su primo Santiaguiño, sin ir más lejos, que le dieron un tiro en el macuto donde llevaba las bombas de mano y del que el pedazo más grande que se encontró no llegaba a los cuatro dedos.

El guardia Julio García Morrazo era feliz en su oficio; subirse de balde a los tranvías era algo que, al principio, le llamaba mucho la atención.

—Claro —pensaba—, es que uno es autoridad.

En el cuartel lo querían bien todos los jefes porque era obediente y disciplinado y nunca había sacado los pies del plato, como otros guardias que se creían tenientes genera­les. El hombre hacía lo que le mandaban, no ponía mala cara a nada, y todo lo encontraba bien; él sabía que no le quedaba otra cosa que hacer, y no se le ocurría pensar en nada más.

—Cumpliendo la orden —se decía— nunca tendrán que decirme nada. Y además, el que manda, manda, para eso tienen galones y estrellas y yo no los tengo.

El hombre era de buen conformar y tampoco quería complicaciones.

—Mientras me den de comer caliente todos los días y lo que tenga que hacer no sea más que pasear detrás de las es­traperlistas...

Victorita, a la hora de la cena, riñó con la madre.

—¿Cuándo dejas a ese tísico? ¡Anda, que lo que vas a sacar tú de ahí!

—Yo saco lo que me da la gana.

—Sí, microbios y que un día te hinche el vientre.

—Yo ya sé lo que me hago, lo que me pase es cosa mía.

—¿Tú? ¡Tú qué vas a saber! Tú no eres más que una mocosa que no sabe de la misa la media.

—Yo sé lo que necesito.

—Sí, pero no lo olvides; si te deja en estado, aquí no pi­sas.

Victorita se puso blanca.

—¿Eso es lo que te dijo la abuela? La madre se levantó y le pegó dos tortas con toda su al­ma. Victorita ni se movió.

—¡Golfa! ¡Mal educada! ¡Que eres una golfa! ¡Asi no se le habla a una madre!

Victorita se secó con el pañuelo un poco de sangre que tenia en los dientes.

—Ni a una hija tampoco. Si mi novio está malo, bastante desgracia tiene para que tú estés todo el día llamándole tísico.

Victorita se levantó de golpe y salió de la cocina. El pa­dre había estado callado todo el tiempo.

—¡Déjala que se vaya a la cama! ¡Tampoco hay derecho a hablarla así! ¿Que quiere a ese chico? Bueno, pues déjala que lo quiera, cuanto más le digas va a ser peor. Además, ¡para lo que va a durar el pobre!

Desde la cocina se oía un poco el llanto entrecortado de la chica, que se había tumbado encima de la cama.

—¡Niña, apaga la luz! Para dormir no hace falta luz. Victorita buscó a tientas la pera de la luz y la apagó.

Don Roberto llama al timbre de su casa; se había dejado las llaves en el otro pantalón, siempre le pasa lo mismo y eso que no hacia más que decirlo: "Cambiarme las llaves del pantalón, cambiarme las llaves del pantalón". Le sale a abrir la puerta su mujer.

—Hola, Roberto.

—Hola.

La mujer procura tratarlo bien y ser amable; el hombre trabaja como un negro para mantenerlos con la cabeza a flote.



—Vendrás con frío, ponte las zapatillas, te las tuve pues­tas al lado del gas.

Don Roberto se puso las zapatillas y la chaqueta vieja de casa, una americana raída, que fue marrón en sus tiem­pos, con una rayita blanca que hacía muy fino, muy ele­gante.

—¿Y los niños?

—Bien, acostaditos ya; el pequeño dio un poco de guerra para dormirse, no sé si estará algo malito.

El matrimonio fue hacia la cocina; la cocina es el único sitio de la casa donde se puede estar durante el invierno.

—¿Arrimó ese botarate por aquí?

La mujer eludió la respuesta, a lo mejor se habían cruza­do en el portal y metía la pata. A veces, por querer que las cosas salgan bien y que no haya complicaciones, se mete la pata y se organizan unos líos del diablo.

—Te tengo de cena chicharros fritos. Don Roberto se puso muy contento, los chicharros fritos es una de las cosas que más le gustan.

—Muy bien.

La mujer le sonrió, mimosa.

—Y con unas perras que fui sisando de la plaza, te he traído media botella de vino. Trabajas mucho, y un poco de vino, de vez en cuando, siempre te vendrá bien al cuerpo.

La bestia de González, según le llamaba su cuñado, era un pobre hombre, un honesto padre de familia, más infeliz que un cubo, que en seguida se ponía tierno.

—¡Qué buena eres, hija! Muchas veces lo he pensado: hay días en que, si no fuera por ti, yo no sé lo que haría. En fin, un poco de paciencia, lo malo son estos primeros años, hasta que yo me vaya situando, estos diez primeros años. Después ya todo será coser y cantar, ya verás.

Don Roberto besó a su mujer en la mejilla.

—¿Me quieres mucho?

—Mucho, Roberto, ya lo sabes tú.

El matrimonio cenó sopa, chicharros fritos y un pláta­no. Después del postre, don Roberto miró fijo para su mu­jer.

—¿Qué quieres que te regale mañana? La mujer sonrió, llena de felicidad y de agradecimien­to.

—¡Ay, Roberto! ¡Qué alegría! Creí que este año tampo­co te ibas a acordar.

—¡Calla, boba! ¿Por qué no me iba a acordar? El año pasado fue por lo que fue, pero este año...

—¡Ya ves! ¡Me encuentro tan poquita cosa!

A la mujer, como hubiese seguido, tan sólo un instante, pensando en su pequeñez, se le hubieran arrasado los ojos de lágrimas.

—Di, ¿qué quieres que te regale?

—Pero, hombre, ¡con lo mal que andamos!

Don Roberto, mirando para el plato, bajó un poco la voz.

—En la panadería pedí algo a cuenta.

La mujer lo miró cariñosa, casi entristecida.

—¡Qué tonta soy! Con la conversación me había olvidado de darte un vaso de leche.

Don Roberto, mientras su mujer fue a la fresquera, con tinuó:

—Me dieron también diez pesetas para comprarles algu­na chuchería a los niños.

—¡Qué bueno eres, Roberto!

—No, hija, son cosas tuyas; como todos, ni mejor ni peor.

Don Roberto se bebió un vaso de leche, su mujer le da siempre un vaso de leche de sobrealimentación.

—A los chicos pensé comprarles una pelota. Si sobra al­go, me tomaré un vermú. No pensaba decirte nada, pero, ¡ya ves!, no sé guardar un secreto.

A doña Ramona Bragado le llamó por teléfono don Ma­rio de la Vega, uno que tiene una imprenta. El hombre quería noticias de algo detrás de lo que andaba ya desde hacia varios dias.

—Y además, son ustedes del mismo oficio, la chica tra­baja en una imprenta, yo creo que no ha pasado de aprendiza.

—¿Ah, sí? ¿En cuál?

—En una que se llama tipografía "El Porvenir", que está en la calle de la Madera.

—Ya, ya; bueno, mejor, asi todo queda en el gremio. Oiga, ¿y usted cree que...? ¿Eh?

—Sí, descuide usted, eso es cosa mía. Mañana, cuando eche usted el cierre, pásese por la lechería y me saluda con cualquier disculpa.

—Sí, sí.

—Pues eso. Yo se la tendré allí, ya veremos con qué mo­tivo. La cosa me parece que ya está madurita, que ya está al caer. La criatura está muy harta de calamidades y no aguanta más que lo que queramos dejarla tranquila. Además, tiene el novio enfermo y quiere comprarle medicinas; estas enamoradas son las más fáciles, ya verá usted. Esto es pan comido.

—¡Ojalá!

—Usted lo ha de ver. Oiga, don Mario, que de aquello no bajo un real, ¿eh? Bastante en razón me he puesto.

—Bueno, mujer, ya hablaremos.

—No, ya hablaremos, no, ya está todo hablado. ¡Mire usted que doy marcha atrás!

—Bueno, bueno.

Don Mario se rió, como dándoselas de hombre muy ba­queteado. Doña Ramona quería atar bien todos los cabos.

—¿De acuerdo?

—Sí, mujer, de acuerdo.

Cuando don Mario volvió a la mesa, le dijo al otro:

—Usted entrará cobrando dieciséis pesetas, ¿entendido? Y el otro le contestó:

—Sí, señor, entendido.

El otro es un pobre chico que había estudiado algo, pero que no acababa de encajar en nada; el hombre no tenía buena suerte ni tampoco buena salud. En su familia había una vena de tísicos; a un hermano suyo que se llamaba Paco lo habían devuelto del cuartel porque ya no podía ni con su alma.

Los portales llevan ya algún tiempo cerrados, pero el mundo de los noctámbulos sigue todavía goteando, cada vez más lentamente, camino del autobús.

La calle, al cerrar de la noche, va tomando un aire entre hambriento y misterioso, mientras un vientecillo que corre como un lobo, silba por entre las casas.

Los hombres y las mujeres que van, a aquellas horas, hacia Madrid, son los noctámbulos puros, los que salen por salir, los que tienen ya la inercia de trasnochar: los clien­tes con dinero de los cabarets, de los cafés de la Gran Vía, llenos de perfumadas, de provocativas mujeres que llevan el pelo teñido y unos impresionantes abrigos de pieles, de color negro, con alguna canita blanca de cuando en cuan­do; o los noctivagos de bolsillo más ruin, que se meten a charlar en una tertulia, o se van de copeo por los tupis. To­do, menos quedarse en casa.

Los otros, los trasnochadores accidentales, los clientes de los cines, que sólo salen alguna que otra noche, siempre a tiro hecho y jamás a lo que caiga, han pasado hace ya ra­to, antes de cerrar los portales. Primero los clientes de los cines del centro, apresurados, mejor vestidos, que tratan de coger un taxi: los clientes del Callao, del Capítol, del Pala­cio de la Música, que pronuncian casi correctamente los nombres de las actrices, que incluso alguno de ellos es invi­tado de vez en cuando a ver películas en la Embajada ingle­sa, en el local de la calle de Orfila. Saben mucho de cine y en vez de decir, como los habituales de los cines de barrio, "es una película estupenda de la Joan Crawford", dicen, como hablando siempre para iniciados, "es una grata co­media, muy francesa, de René Clair", o "es un gran drama de Frank Capra". Ninguno sabe con exactitud qué es lo "muy francés", pero no importa; vivimos un poco el tiem­po de la osadía, ese espectáculo que algunos hombres de limpio corazón contemplan atónitos desde la barrera sin entender demasiado lo que sucede, que es bien claro.

Los clientes de los cines de barrio, los hombres que no saben nunca quiénes son los directores, pasan un poco des­pués, ya con los portales cerrados, sin grandes prisas, peor vestidos, menos preocupados también, por lo menos a esas horas, Marchan dando un paseíto hasta el Narváez, el Al­calá, el Tívoli, el Salamanca, donde ven películas ya famo­sas, con una fama quizá ya un poco marchita por varias se­manas de Gran Vía, películas de hermosos, poéticos nom­bres que plantean tremendos enigmas humanos no siempre descifrados.

Los clientes de los cines de barrio todavía deberán esperar algún tiempo para ver "Sospecha" o "Las aventuras de Marco Polo" o "Si no amaneciera".

El guardia Julio García Morrazo, en una de las veces en que se llegó hasta la esquina, se acordó de Celestino, el del bar.

—Este Celestino es el mismo diablo, ¡qué cosas se le ocu­rren! Pero no tiene un pelo de tonto, es hombre que ha leí­do la mar de libros.

Celestino Ortiz, después de recordar aquello de la ira cie­ga y de la animalidad, quitó su libro, su único libro, de enci­ma de los botellines de vermú y lo guardó en el cajón. ¡Las cosas que pasan! Martin Marco no salió del bar con la frente rota en pedazos, gracias a Nietzsche. ¡Si Nietzsche levantara la cabeza!

Detrás de los visillos de su entresuelo, doña María Mo­rales de Sierra, hermana de doña Clarita Morales de Pérez, la mujer de don Camilo, el callista que vivía en la misma casa de don Ignacio Galdácano, el señor que no podrá asis­tir a la reunión en casa de don Ibrahim porque está loco, habla a su marido, don José Sierra, Ayudante de Obras Pú­blicas.

—¿Te has fijado en ese guardia? No hace más que ir de un lado para otro, como si esperase a alguien.

El marido ni le contesta. Leyendo el periódico está total­mente evadido, igual que si viviese en un mundo mudo y extraño, muy lejos de su mujer. Si don José Sierra no hu­biera alcanzado un grado tan perfecto de abstracción no podría leer el periódico en su casa.

—Ahora vuelve otra vez para aquí. ¡Lo que daría por sa­ber qué hace! Y eso que éste es un barrio tranquilo, de gen­te de orden. ¡Si fuera por ahí detrás, por los solares de la Plaza de Toros, que está todo negro como boca de lobo!

Los solares de la antigua Plaza de Toros están a unas docenas de pasos del entresuelo de doña María.

—Por ahí ya sería otra cosa, por ahí son capaces hasta de atracarla a una, ¡pero por aquí! Por amor de Dios, ¡si esto está como una balsa de aceite! ¡Si por aquí no se mue­ve ni una rata!

Doña María se volvió, sonriente. Su sonrisa no pudo verla su marido, que seguía leyendo.

Victorita lleva ya mucho rato llorando y en su cabeza los proyectos se atropellan unos con otros: desde meterse a monja hasta echarse a la vida, todo le parece mejor que se­guir en su casa. Si su novio pudiera trabajar, le propondría que se escapasen juntos; trabajando los dos, malo sería que no pudiesen reunir lo bastante para comer. Pero su novio, la cosa era bien clara, no estaba para nada más que para estarse en la cama todo el día, sin hacer nada y casi sin ha­blar. ¡También era fatalidad! Lo del novio, todo el mundo lo dice, a veces se cura con mucha comida y con inyeccio­nes; por lo menos, si no se curan del todo, se ponen bastan­te bien y pueden durar muchos años, y casarse, y hacer vida normal. Pero Victorita no sabe cómo buscar dinero. Mejor dicho, sí lo sabe, pero no acaba de decidirse; si Paco se enterase, la dejaría en el momento, ¡menudo es! Y si Vic­torita se decidiese a hacer alguna barbaridad, no sería por nada ni por nadie más que por Paco. Victorita hay algunos momentos en los que piensa que Paco le iba a decir: "Bue­no, haz lo que quieras, a mi no me importa", pero pronto se da cuenta de que no, de que Paco no le iba a decir eso. Vic­torita en su casa no puede seguir, ya está convencida; su madre le hace la vida imposible, todo el día con el mismo sermón. Pero, también, lanzarse asi, a la buena de Dios, sin alguien que le eche una mano, es muy expuesto. Victorita había hecho ya sus cálculos y vio que la cosa tenía sus más y sus menos; yendo todo bien era como un tobogán, pero las cosas, bien del todo, no van casi nunca, y a veces van muy mal. La cuestión estaba en tener suerte y que alguien se acordase de una; pero ¿quién se iba acordar de Victorita? Ella no conocía a nadie que tuviera diez duros ahorrados, a nadie que no viviese de un jornal. Victorita está muy cansada, en la imprenta está todo el día de pie, a su novio lo encuentra cada día peor, su madre es un sargento de Ca­ballería que no hace más que gritar, su padre es un hombre blandengue y medio bebido con el que no se puede contar para nada. Quien tuvo suerte fue la Pirula, que estaba con Victorita en la imprenta, de empaquetadora también, y que se la llevó un señor que además de tenerla como una reina y de darle todos los caprichos, la quiere y la respeta. Si le pidiese dinero, la Pirula no se lo negaría; pero, claro, la Pi­rula podría darle veinte duros, pero tampoco tenía por qué darle más. La Pirula, ahora, vivía como una duquesa, la llamaba todo el mundo señorita, iba bien vestida y tenía un piso con radio. Victorita la vio un día por la calle; en un año que llevaba con ese señor, hay que ver el cambio que habia hecho, no parecía la misma mujer, hasta pare­cía que había crecido y todo. Victorita no pedía tanto...

El guardia Julio García Morrazo habla con el sereno, Gumersindo Vega Calvo, paisano suyo.

—¡Mala noche!

—Las hay peores.

El guardia y el sereno tienen, desde hace ya varios me­ses, una conversación que les gusta mucho a los dos, una conversación sobre la que vuelven y vuelven, noche a no­che, con un paciente regodeo.

—Entonces, ¿usted dice que es de la parte de Porrino?

—Eso es, de cerca; yo le vengo a ser de Mos,

—Pues yo tengo una hermana casada en Salvatierra, que se llama Rosalía.

—¿La del Burelo, el de los clavos?

—Ésa; sí, señor.

—Ésa está muy bien, ¿eh?

—Ya lo creo, ésa casó muy bien. La señora del entresuelo sigue en sus conjeturas, es una señora algo cotilla.

—Ahora se junta con el sereno, seguramente le estará pidiendo informes de algún vecino, ¿no te parece?

Don José Sierra seguía leyendo con un estoicismo y una resignación ejemplares.

—Los serenos están siempre muy al tanto de todo, ¿ver­dad? Cosas que no sabemos los demás, ellos ya están har­tos de saberlas.

Don José Sierra acabó de leer un editorial sobre previ­sión social y se metió con otro que trataba del funciona­miento y de las prerrogativas de las Cortes tradicionales es­pañolas.

—A lo mejor, en cualquier casa de éstas, hay un masón camuflado. ¡Como no se les conoce por fuera!

Don José Sierra hizo un sonido raro con la garganta, un sonido que tanto podía significar que sí, como que no, como que quizá, como que quién sabe. Don José es un hombre que, a fuerza de tener que aguantar a su mujer, había conseguido llegar a vivir horas enteras, a veces hasta días enteros, sin más que decir, de cuando en cuando, ¡hum!, y al cabo de otro rato, ¡hum!, y así siempre. Era una manera muy discreta de darle a entender a su mujer que era una imbécil, pero sin decírselo claro.

El sereno está contento con la boda de su hermana Ro­salía; los Burelos son gente muy considerada en toda la co­marca.

—Tiene ya nueve rapaces y está ya del décimo

—¿Casó hace mucho?

—Sí hace ya bastante; casó hace ya diez años.

El guardia tarda en echar la cuenta. El sereno, sin darle tiempo a terminar, vuelve a coger el hilo de la conversa­ción.

—Nosotros somos de más a la parte de La Cañiza, noso­tros somos de Covelo. ¿No oyó usted nombrar a los Pelo­nes?

—No, señor.

—Pues ésos somos nosotros.

El guardia Julio García Morrazo se vio en la obligación de corresponder.

—A mi y a mi padre nos dicen los Raposos.

—Ya.

—A nosotros no nos da por tomarlo a mal, todo el mun­do nos lo llama.



—Ya.

—El que se cabreaba la mar era mi hermano Telmo, uno que se murió de los tifus, que le llamaban Pito Tiñoso.

—Ya. Hay algunas personas que tienen muy mal carác­ter, ¿verdad, usted?

—¡Huy! ¡Le hay algunos que tienen el demonio en la sangre! Mi hermano Telmo no aguantaba que le diesen una patada.

—Ésos acaban siempre mal.

—Es lo que yo digo.

El guardia y el sereno hablan siempre en castellano; quieren demostrarse, el uno al otro, que no son unos pailanes.

El guardia Julio García Morrazo, a aquellas horas, em­pieza a ponerse elegiaco.

—¡Aquél sí que es buen país! ¿Eh?

El sereno Gumersindo Vega Calvo es un gallego de los otros, un gallego un poco escéptico y al que da cierto rubor la confesión de la abundancia.

—No es malo.

—¡Qué ha de ser! ¡Allí se vive! ¿Eh?

-¡Ya, ya!

De un bar abierto en la acera de enfrente, salen a la fría calle los compases de un fox lento hecho para ser oído, o bailado, en la intimidad.

Al sereno le llama alguien que llega.

—¡Sereno!

El sereno está como recordando.

—Allí lo que mejor se da son las patatas y el maíz; por la parte de donde somos nosotros también hay vino.

El hombre que llega vuelve a llamarlo más familiarmen­te.

-¡Sindo!


-¡Va!

Al llegar a la boca del Metro de Narváez, a pocos pasos de la esquina de Alcalá, Martin se encontró con su amiga la Uruguaya, que iba con un señor. Al principio disimuló, hizo como que no la veía.

—Adiós, Martín, pasmado.

Martín volvió la cabeza, ya no había más remedio.

—Adiós, Trinidad, no te había visto.

—Oye, ven, os voy a presentar. Martín se acercó.

—Aquí, un buen amigo; aquí, Martín, que es escritor. A la Uruguaya la llaman así porque es de Buenos Aires.

—Éste que ves —le dice al amigo—, aquí donde lo tienes, hace versos. ¡Pero venga, hombre, saludaros, que os he presentado!

Los dos hombres obedecieron y se dieron la mano.

—Mucho gusto, ¿cómo está usted?

—Muy bien cenado, muchas gracias.

El hombre que va con la Uruguaya es uno de esos que se las dan de graciosos.

La pareja empezó a reírse a voces. La Uruguaya tenía los dientes de delante picados y ennegrecidos.

—Oye, tómate un café con nosotros. Martin se quedó indeciso, pensaba que al otro, a lo me­jor, le iba a sentar mal.

—Sí, hombre, métase usted aquí con nosotros. ¡Pues no faltaría más!

—Bueno, muchas gracias, sólo un momento.

—¡No tenga usted prisas, hombre, todo el tiempo que quiera! ¡La noche es larga! Quédese usted, a mi me hacen mucha gracia los poetas.

Se sentaron en un Café que hay en el chaflán, y el cabrito pidió café y coñac para todos.

—Dígale al cerillero que venga.

—Sí, señor.

Martin se puso enfrente de la pareja. La Uruguaya esta­ba un poco bebida, no había más que verla. El cerillero se acercó.

—Buenas noches, señor Flores, ya hacía tiempo que no se dejaba usted ver... ¿Va usted a querer algo?

—Sí, danos unos puntos que sean buenos. Oye, Urugua­ya, ¿tienes tabaco?

—No, ya me queda poco; cómprame un paquete.

—Dale también un paquete de rubio a ésta.

El bar de Celestino Ortiz está vacío. El bar de Celestino Ortiz es un bar pequeñito, con la portada de color verde os­curo, que se llama "Aurora Vinos y comidas". Comidas, por ahora, no hay, Celestino instalará el servicio de comi­das cuando se le arreglen un poco las cosas; no se puede hacer todo en un día.

En el mostrador, el último cliente, un guardia, bebe su ruin copeja de anís.

—Pues eso mismo es lo que yo le digo a usted, a mí que no me vengan con cuentos de la China.

Cuando el guardia se largue, Celestino piensa bajar el cierre, sacar su jergón y echarse a dormir; Celestino es hombre a quien no le gusta trasnochar, prefiere acostarse pronto y hacer vida sana, por lo menos todo lo sana que se pueda.

—¡Pues mire usted que lo que me puede importar a mí!

Celestino duerme en su bar por dos razones: porque le sale más barato y porque así evita que lo desvalijen la noche menos pensada.

—El mal donde está es más arriba. Ahí, desde luego, no.

Celestino aprendió pronto a hacerse la gran cama, de la que se viene abajo alguna que otra vez, colocando su col­choneta de crin sobre ocho o diez sillas juntas.

—Eso de prender a las estraperlistas del Metro, me pare­ce una injusticia. La gente tiene que comer y si no encuen­tra trabajo, pues ha de apañárselas como pueda. La vida está por las nubes, eso lo sabe usted tan bien como yo, y lo que dan en el suministro no es nada, no llega ni para empe­zar. No quiero ofender, pero yo creo que el que unas muje­res vendan pitillos o barras no es para que anden ustedes los guardias detrás.

El guardia del anís no era un dialéctico.

—Yo soy un mandado.

—Ya lo sé. Yo sé distinguir, amigo mío.

Cuando el guardia se marcha, Celestino, después de ar­mar el tinglado sobre el que duerme, se acuesta y se pone a leer un rato; le gusta solazarse un poco con la lectura antes de apagar la luz y echarse a dormir. Celestino, en la cama, lo que suele leer son romances y quintillas, a Nietzsche lo deja para por el día. El hombre tiene un verdadero montón y algunos pliegos se los sabe enteros, de pe a pa. Todos son bonitos, pero los que más le gustan a él son los titulados "La insurrección en Cuba" y "Relación de los crímenes que cometieron los dos fíeles amantes don Jacinto del Cas­tillo y doña Leonor de la Rosa para conseguir sus prome­sas de amor". Este último es un romance de los clásicos, de los que empiezan como Dios manda:


Sagrada Virgen María,

Antorcha del Cielo Empíreo,

Hija del Eterno Padre,

Madre del Supremo Hijo

y del Espíritu Esposa,

pues con virtud, y dominio

en tu vientre virginal

concibió el ser más benigno,

y al cabo de nueve meses,

nació el Autor más divino

para redención del hombre,

de carne humana vestido,

quedanto tu intacto Seno

casto, terso, puro y limpio.
Estos romances antiguos eran sus preferidos. A veces, para justificarse un poco, Celestino se ponía a hablar de la sabiduría del pueblo y de otras monsergas por el estilo. A Celestino también le gustaban mucho las palabras del cabo Pérez ante el piquete:
Soldados, ya que mi suerte

me ha puesto en estos apuros,

os regalo cuatro duros

porque me deis buena muerte;

sólo Pérez os advierte

para que apuntéis derecho,

aunque delito no ha hecho

para tal carnicería,

que toméis la puntería

dos al cráneo y dos al pecho.
—¡Vaya tío! ¡Antes sí que había hombres! —dice Celesti­no en voz alta, poco antes de apagar la luz.

Al fondo del semioscuro salón, un violinista melenudo y lleno de literatura toca, apasionadamente, las czardas de Monti.



Los clientes beben. Los hombres, whisky; las mujeres, champán; las que han sido porteras hasta hace quince dias, beben pippermint. En el local todavía hay muchas mesas, es aún un poco pronto.

—¡Cómo me gusta esto, Pablo!

—Pues hínchate, Laurita, no tienes otra cosa que hacer.

—Oye, ¿es verdad que esto excita?

El sereno fue a donde lo llamaban.

—Buenas noches, señorito.

—Hola.

El sereno sacó la llave y empujó la puerta. Después, Como sin darle mayor importancia, puso la mano.



—Muchas gracias.

El sereno encendió la luz de la escalera, cerró el portal y se vino, dando golpes con el chuzo contra el suelo, a seguir hablando con el guardia.

—Éste viene todas las noches a estas horas y no se marcha hasta eso de las cuatro. En el ático tiene una señorita que está la mar de bien, se llama la señorita Pirula.

—Así cualquiera.

La señora del entresuelo no les quita ojo de encima.

—Y de algo hablarán cuando no se separan. Fíjate, cuan­do el sereno tiene que abrir algún portal el guardia lo es­pera.

El marido dejó el periódico.

—¡También tienes ganas tú de ocuparte de lo que no te importa! Estará esperando a alguna criada.

—Sí, claro, así todo lo arreglas en seguida.

El señor que tiene la querida en el ático, se quitó el abri­go y lo dejó sobre el sofá del hall. El hall es muy pequeñito, no tiene más mueble que un sofá de dos y enfrente una re­pisa de madera, debajo de un espejo de marco dora­do.

—¿Qué hay, Pirula?

La señorita Pirula había salido a la puerta en cuanto oyó la llave.

—Nada, Javierchu; para mí, todo lo que hay eres tú.

La señorita Pirula es una chica joven y con aire de ser muy fina y muy educadita, que aún no hace mucho más de un año decía "denén", y "leñe", y "cocretas".

De una habitación de dentro, suavemente iluminada por una luz baja, llegaba, discreto, el sonar de la radio: un sua­ve, un lánguido, un confortable fox lento escrito, sin duda, para ser oído y bailado en la intimidad.

—Señorita, ¿usted baila?

—Muchas gracias, caballero, estoy algo cansada, he es­tado bailando toda la noche.

La pareja se puso a reír a carcajadas, no unas carcaja­das como las de la Uruguaya y el señor Flores, claro es, y después se besó.

—Pirula, eres una chiquilla.

—Y tú un colegial, Javier.

Hasta el cuartito del fondo, la pareja fue abrazada del talle, como si estuvieran paseando por una avenida de aca­cias en flor.

—¿Un cigarrillo?

El rito es el mismo todas las noches, las palabras que se dicen, poco más o menos, también. La señorita Pirula tiene un instinto conservador muy perspicaz, probablemente ha­rá carrera. Desde luego, por ahora no puede quejarse: Javier la tiene como una reina, la quiere, la respeta...

Victorita no pedía tanto. Victorita no pedía más que co­mer y seguir queriendo a su novio, si llegaba a curarse al­guna vez. Victorita no sentía deseos ningunos de golfear; pero a la fuerza ahorcan. La muchacha no había golfeado jamás, nunca se había acostado con nadie más que con su novio. Victorita tenía fuerza de voluntad y, aunque era cachonda, procuraba resistirse. Con Paco siempre se había portado bien y no lo engañó ni una sola vez.

—A mi me gustáis todos los hombres —le dijo un dia, an­tes de que él se pusiera malo—, por eso no me acuesto más que contigo. Si empezase, iba a ser el cuento de nunca aca­bar.

La chica estaba colorada y muerta de risa al hacer su confesión, pero al novio no le gustó nada la broma.

—Si te soy igual yo que otro, haz lo que quieras, puedes hacer lo que te dé la gana.

Una vez, ya durante la enfermedad del novio, la fue si­guiendo por la calle un señor muy bien vestido,

—Oiga usted, señorita, ¿a dónde va usted tan de prisa?

A la muchacha le gustaron los modales del señor; era un señor fino, con aire elegante, que sabia presentarse.

—Déjeme, que voy a trabajar.

—Pero, mujer, ¿por qué voy a dejarla? Que vaya usted a trabajar me parece muy bien; es señal de que, aunque joven y guapa, es usted decente. Pero ¿qué mal puede haber en que crucemos unas palabras?

—¡Mientras no sea más que eso!

—¿Y qué más puede ser?

La muchacha sintió que las palabras se le escapaban.

—Podría ser lo que yo quisiese... El señor bien vestido no se inmutó.

—¡Hombre, claró! Comprenda usted, señorita, que uno tampoco es manco y que hace lo que sabe.

—Y lo que le dejan.

—Bueno, claro, y lo que le dejan.

El señor acompañó a Victorita durante un rato. Poco antes de llegar a la calle de la Madera, Victorita lo des­pidió.

—Adiós, déjeme ya. Puede vernos cualquiera de la im­prenta.

El señor frunció un poquito las cejas.

—¿Trabaja usted en una imprenta de por aquí?

—Sí, ahí en la calle de la Madera. Por eso le decía que me dejase usted, otro día nos veremos.

—Espérate un momento.

El señor, cogiendo la mano de la chica, sonrió.

—¿Tú quieres? Victorita sonrió también.

—¿Y usted?

El señor la miró fijo a los ojos.

—¿A qué hora sales esta tarde? Victorita bajó la mirada.

—A las siete. Pero no venga a buscarme, tengo novio.

—¿Y viene a recogerte?

La voz de Victorita se puso un poco triste.

—No, no viene a recogerme. Adiós.

—¿Hasta luego?

—Bueno, como usted quiera, hasta luego.

A las siete, cuando Victorita salió de trabajar en la tipo­grafía "El Porvenir", se encontró con el señor, que la esta­ba esperando en la esquina de la calle del Escorial.

—Es sólo un momento, señorita, ya me hago cargo de que tiene que verse con su novio.

A Victorita le extrañó que volviera a tratarla de usted.

—Yo no quisiera ser una sombra en las relaciones entre usted y su novio, comprenda usted que no puedo tener nin­gún interés.

La pareja fue bajando hasta la calle de San Bernardo. El señor era muy correcto, no la cogia del brazo ni para cru­zar las calles.

—Yo me alegro mucho de que usted pueda ser muy feliz con su novio. Si de mí dependiese, usted y su novio se casa­ban mañana mismo.

Victorita miró de reojo al señor. El señor le hablaba sin mirarla, como si hablase consigo mismo.

—¿Qué más se puede desear, para una persona a la que se aprecia, sino que sea muy feliz?

Victorita iba como en una nube. Era remotamente dichosa, con una dicha vaga, que casi no se sentía, con una dicha que era también un poco lejana e imposible.

—Vamos a meternos aqui, hace frío para andar pasean­do.

—Bueno.

Victorita y el señor entraron en el Café San Bernardo y se sentaron a una mesa del fondo, uno frente al otro.



—¿Qué quiere usted que pidamos?

—Un café calentito.

Cuando el camarero se acercó, el señor le dijo:

—A la señorita tráigale un exprés con leche y un tortel; a mí déme uno solo.

El señor sacó una cajetilla de rubio.

—¿Fuma?


—No, yo no fumo casi nunca.

—¿Qué es casi nunca?

—Bueno, pues que fumo de vez en cuando, en Noche­buena...

El señor no insistió, encendió su cigarrillo y guardó la cajetilla.

—Pues si, señorita, si de mí dependiese, usted y su novio se casaban mañana sin falta. Victorita lo miró.

—¿Y por qué quiere usted casarnos? ¿Qué saca usted con eso?

—No saco nada, señorita. A mi, como usted comprende­rá, ni me va ni me viene con que usted se case o siga solte­ra. Si se lo decía es porque me figuraba que a usted le agra­daría casarse con su novio.

—Pues si me agradaría. ¿Por qué voy a mentirle?

—Hace usted bien, hablando se entiende la gente. Para lo que yo quiero hablarle a usted, nada importa que sea casa­da o soltera.

El señor tosió un poquito.

—Estamos en local público, rodeados de gente y separa­dos por esta mesa.

El señor rozó un poco con sus piernas las rodillas de Victorita.

—¿Puedo hablarla a usted con entera libertad?

—Bueno. Mientras no falte...

—Nunca puede haber falta, señorita, cuando se hablan las cosas claras. Lo que voy a decirle es como un negocio, que puede tomarse o dejarse, aquí no hay compromiso nin­guno.

La muchacha estaba un poco perpleja.

—¿Puedo hablarla?

—Sí.


El señor cambió de postura.

—Pues mire usted, señorita, vayamos al grano. Por lo menos, usted me reconocerá que no quiero engañarla, que le presento las cosas tal como son.

El Café estaba cargado, hacía calor, y Victorita se echó un poco hacia atrás su abriguillo de algodón.

—El caso es que no sé cómo empezar... Usted me ha im­presionado mucho, señorita.

—Ya me figuraba yo lo que quería decirme.

—Me parece que se equivoca usted. No me interrumpa, ya hablará usted al final.

—Bueno, siga.

—Bien. Usted, señorita, le decía, me ha impresionado mucho: sus andares, su cara, sus piernas, su cintura, sus pechos...

—Sí, ya entiendo, todo.

La muchacha sonrió, sólo un momento, con cierto aire de superioridad.

—Exactamente: todo. Pero no sonría usted, te estoy ha­blando en serio.

El señor volvió a rozarle las rodillas y le cogió una mano que Victorita dejó ir, complaciente, casi con sabiduría.

—Le juro que le estoy hablando completamente en serio. Todo en usted me gusta, me imagino su cuerpo, duro y ti­bio, de un color suave...

El señor apretó la mano de Victorita.

—No soy rico y poco puedo ofrecerle...

El señor se extrañó de que Victorita no retirase la mano.

—Pero lo que voy a pedirle tampoco es mucho. El señor tosió otro poquito.

—Yo quisiera verla desnuda, nada más que verla. Victorita apretó la mano del señor.

—Me tengo que marchar, se me hace tarde.

—Tiene usted razón. Pero contésteme antes. Yo quisiera verla desnuda, le prometo no tocarla a usted ni un dedo, no rozarla ni un pelo de la ropa. Mañana iré a buscarla. Yo sé que usted es una mujer decente, que no es ninguna cocotte... Guárdese usted esto, se lo ruego. Sea cual sea su deci­sión, acépteme usted esto para comprarse cualquier cosita que le sirva de recuerdo.

Por debajo de la mesa, la muchacha cogió un billete que le dio el señor. No le tembló el pulso al cogerlo.

Victorita se levantó y salió del Café. Desde una de las mesas próximas, un hombre la saludó.

—Adiós, Victorita, orgullosa, que desde que te tratas con marqueses ya no saludas a los pobres.

—Adiós, Pepe.

Pepe era uno de los oficiales de la tipografía "El Porve­nir".

Victorita lleva ya mucho rato llorando. En su cabeza, los proyectos se agolpan como la gente a la salida del Metro. Desde irse monja hasta hacer la carrera, todo le parece me­jor que seguir aguantando a su madre.


Don Roberto levanta la voz.

—¡Petrita! ¡Tráeme el tabaco del bolsillo de la chaqueta!

Su mujer interviene.

—¡Calla, hombre! Vas a despertar a los niños.

—No, ¡qué se van a despertar! Son igual que angelitos, en cuanto cogen el sueño no hay quien los despierte.

—Yo te daré lo que necesites. No llames más a Petrita, la pobre tiene que estar rendida.

—Déjala, éstas ni se dan cuenta. Más motivos para estar rendida tienes tú.

—¡Y más años! Don Roberto sonríe.

—¡Vamos, Filo, no presumas, todavía no te pesan! La criada llega a la cocina con el tabaco.

—Tráeme el periódico, está en el recibidor.

—Sí, señorito.

—¡Oye! Ponme un vaso de agua en la mesa de noche.

—Sí, señorito.

Filo vuelve a intervenir.

—Yo te pondré todo, hombre, déjala que se acueste.

—¿Que se acueste? Si ahora le dieses permiso se largaba para no volver hasta las dos o las tres de la mañana, ya lo verías.

—Eso también es verdad...

La señorita Elvira de vueltas en la cama, está desasose­gada, impaciente, y una pesadilla se le va mientras otra le llega. La alcoba de la señorita Elvira huele a ropa usada y a mujer: las mujeres no huelen a perfume, huelen a pescado rancio. La señorita Elvira tiene jadeante y como entrecor­tado el respirar, y su sueño violento, desapacible, su sueño de cabeza caliente y panza fria, hace crujir, quejumbroso, el vetusto colchón.

Un gato negro y medio calvo que sonríe enigmáticamen­te, como si fuera una persona, y que tiene en los ojos un brillo que espanta, se tira, desde una distancia tremenda, sobre la señorita Elvira. La mujer se defiende a patadas, a golpes. El gato cae contra los muebles y rebota, como una pelota de goma, para lanzarse de nuevo encima de la cama.

El gato tiene el vientre abierto y rojo como una granada y del agujero del trasero le sale como una flor venenosa y maloliente de mil colores, una flor que parece un plumero de fuegos artificiales. La señorita Elvira se tapa la cabeza . con la sábana. Dentro de la cama, multitud de enanos se mueven enloquecidos, con los ojos en blanco. El gato se cuela, como un fantasma, coge del vientre a la señorita El­vira, le lame la barriga y se ríe a grandes carcajadas, unas carcajadas que sobrecogen el ánimo. La señorita Elvira es­tá espantada y lo tira fuera de la habitación: tiene que ha­cer grandes esfuerzos, el gato pesa mucho, parece de hie­rro. La señorita Elvira procura no aplastar a los enanos. Un enano le grita "¡Santa María! ¡Santa María!". El gato pasa por debajo de la puerta, estirando todo el cuerpo como una hoja de bacalao. Mira siniestramente, como un verdugo. Se sube a la mesa de noche y fija sus ojos sobre la señorita Elvira con un gesto sanguinario. La señorita Elvira no se atreve ni a respirar. El gato baja a la almohada y le lame la boca y los párpados con suavidad, como un babo­so. Tiene la lengua tibia como las ingles y suave, igual que el terciopelo. Le suelta con los dientes las cintas del cami­són. El gato muestra su vientre abierto, que late acompasa­damente, como una vena. La flor que le sale por detrás está cada vez más lozana, más hermosa. El gato tiene una piel suavísima. Una luz cegadora empieza a inundar la alcoba. El gato crece hasta hacerse como un tigre delgado. Los enanos siguen moviéndose desesperadamente. A la señorita Elvira le tiembla todo el cuerpo con violencia. Respira con fuerza mientras siente la lengua del gato lamiéndole los la­bios. El gato sigue estirándose cada vez más. La señorita Elvira se va quedando sin respiración, con la boca seca. Sus muslos se entreabren, un instante cautelosos, descara­dos después...

La señorita Elvira se despierta de súbito y enciende la luz. Tiene el camisón empapado en sudor. Siente frío, se le­vanta y se hecha el abrigo sobre los pies. Los oídos le zumban un poco y los pezones, como en los buenos tiempos, se le muestran rebeldes, casi altivos.

Se duerme con la luz encendida, la señorita Elvira.

—¡Pues, sí! ¡Qué pasa! Le di tres duros a cuenta, maña­na es el cumpleaños de su señora.

El señor Ramón no consigue ponerse lo bastante enérgi­co; por más esfuerzos que hace, no consigue ponerse lo bastante enérgico.

—¿Que qué pasa? ¡Tú bien lo sabes! ¿No te andas con ojo? ¡Allá tú! Yo siempre te lo tengo dicho, asi no salimos de pobres. ¡Mira tú que andar ahorrando para esto!

—Pero, mujer, si se los descuento después. ¿A mí qué más me da? ¡Si se los hubiera regalado!

—Sí, sí, se los descuentas. ¡Menos cuando te olvidas!

—¡Nunca me he olvidado!

—¿No? ¿Y aquellas siete pesetas de la señora Josefa? ¿Dónde están aquellas siete pesetas?

—Mujer, necesitaba una medicina. Aun así, ya ves cómo ha quedado.

—¿Y a nosotros, qué se nos da que los demás anden ma­los? ¿Me quieres decir?

El señor Ramón apagó la colilla con el pie.

—Mira, Paulina, ¿sabes lo que te digo?

—Qué.


—Pues que en mis cuartos mando yo, ¿te das cuenta? Yo bien sé lo que me hago y tengamos la fiesta en paz.

La señora Paulina rezongó en voz baja sus últimas razo­nes.

Victorita no consigue dormirse; le asalta el recuerdo de su madre, que es una bestia.

—¿Cuándo dejas a ese tísico, niña?

—Nunca lo dejaré; los tísicos dan más gusto que los bo­rrachos.

Victorita nunca se hubiera atrevido a decirle a su madre nada semejante. Sólo si el novio se pudiera curar... Si el no­vio se pudiera curar, Victorita hubiera sido capaz de hacer cualquier cosa, todo lo que le hubieran pedido.

A vueltas en la cama, Victorita sigue llorando. Lo de su novio se arreglaba con unos duros. Ya es sabido: los tísicos pobres, pringan; los tísicos ricos, si no se curan del todo, por lo menos se van bandeando, se van defendiendo. El di­nero no es fácil de encontrar, Victorita lo sabe muy bien. Hace falta suerte. Todo lo demás lo puede poner uno, pero la suerte no; la suerte viene si le da la gana, y lo cierto es que no le da la gana casi nunca.

Las treinta mil pesetas que le había ofrecido aquel señor, se perdieron porque el novio de Victorita estaba lleno de es­crúpulos.

—No, no, a ese precio no quiero nada, ni treinta mil pese­tas, ni treinta mil duros.

—¿Y a nosotros qué más nos da? —le decía la mucha­cha—. No deja rastro y no se entera nadie.

—¿Tú te atreverías?

—Por ti, sí. Lo sabes de sobra.

El señor de las treinta mil pesetas era un usurero de quien le habían hablado a Victorita.

—Tres mil pesetas te las presta fácil. Las vas a estar pa­gando toda la vida, pero te las presta fácil.

Victorita fue a verlo; con tres mil pesetas se hubieran po­dido casar. El novio aún no estaba malo; cogía sus cata­rros, tosía, se cansaba, pero aún no estaba malo, aún no había tenido que meterse en la cama.

—¿De modo, hija, que quieres tres mil pesetas?

—Sí, señor.

—¿Y para qué las quieres?

—Pues ya ve usted, para casarme.

—¡Ah, conque enamorada! ¿Eh?

—Pues, sí...

—¿Y quieres mucho a tu novio?

—Sí, señor.

—¿Mucho, mucho?

—Sí, señor, mucho.

—¿Más que a nadie?

—Sí, señor, más que a nadie.

El usurero dio dos vueltas a su gorrito de terciopelo verde. Tenía la cabeza picuda, como una pera, y el pelo desco­lorido, lacio, pringoso.

—Y tú, hija, ¿estás virgo? Victorita se puso de mala uva.

—¿Y a usted qué leche le importa?

—Nada, hijita, nada. Ya ves, curiosidad... ¡Caray con las formas! Oye, ¿sabes que eres bastante mal educada?

—¡Hombre, usted dirá! El usurero sonrió.

—No, hija, no hay que ponerse así. Después de todo, si tienes o no tienes el virgo en su sitio, eso es cosa tuya y de tu novio.

—Eso pienso yo.

—Pues por eso.

Al usurero le brillaban los ojitos como a una lechuza.

—Oye.

—Qué.


—Y si yo te diera, en vez de tres mil pesetas, treinta mil, ¿tú que harías?

Victorita se puso sofocada.

—Lo que usted me mandase.

—¿Todo lo que yo te mandase?

—Sí, señor, todo.

—¿Todo?


—Todo, sí, señor.

—¿Y tu novio, qué me haría?

—No sé; si quiere, se lo pregunto. Al usurero le brotaron en las pálidas mejillas unas rosetitas de arrebol.

—Y tú, rica, ¿sabes lo que yo quiero?

—No, señor; usted dirá.

El usurero tenía un ligero temblorcillo en la voz.

—Oye, sácate las tetitas.

La muchacha se sacó las tetitas por el escote.

—¿Tú sabes lo que son treinta mil pesetas?

—Sí, señor.

—¿Las has visto alguna vez juntas?

—No, señor, nunca.

—Pues yo te las voy a enseñar. Es cuestión de que tú quieras; tú y tu novio.

Un aire abyecto voló, torpemente, por la habitación, re­botando de mueble en mueble, como una mariposa mori­bunda.

—¿Hace?

Victorita sintió que un chorro de desvergüenza le subía a la cara.



—Por mi, sí. Por seis mil duros soy capaz de pasarme toda la vida obedeciéndole a usted. ¡Y más vidas que tu­viera!

—¿Y tu novio?

—Ya se lo preguntaré, a ver si quiere.

El portal de doña María se abre y de él sale una muchachita, casi una niña, que cruza la calle.

—¡Oye, oye! ¡Si parece que ha salido de esta casa! El guardia Julio García se aparta del sereno, Gumersin­do Vega.

—¡Suerte!

—Es lo que hace falta.

El sereno, al quedarse solo, se pone a pensar en el guar­dia. Después se acuerda de la señorita Pirula. Después, del chuzazo que le arreó en los riñones, el verano pasado, a un lila que andaba propasándose. Al sereno le da la risa.

—¡Cómo galopaba el condenado!

Doña María bajó la persiana.

—¡Ay, qué tiempos! ¡Cómo está todo el mundo! Después se calló unos instantes.

—¿Qué hora es ya?

—Son ya cerca de las doce. Anda, vamonos a dormir, se­rá lo mejor.

—¿Nos vamos a acostar?

—Sí, será lo mejor.

Filo recorre las camas de los hijos, dándoles la bendi­ción. Es, ¿cómo diríamos?, es una precaución que no deja de tomarse todas las noches.

Don Roberto lava su dentadura postiza y la guarda en un vaso de agua, que cubre con un papel de retrete, al que da unas vueltecitas rizadas por el borde, como las de los cartuchos de almendras. Después se fuma el último pitillo. A don Roberto le gusta fumarse todas las noches un pitillo, ya en la cama y sin los dientes puestos.

—No me quemes las sábanas.

—No, mujer.

El guardia se acerca a la chica y la coge de un brazo.

—Pensé que no bajabas.

—¡Ya ves!

—¿Por qué has tardado tanto?

—¡Pues mira! Los niños no se querían dormir. Y después el señorito: "¡Petrita, tráeme agua!, ¡Petrita, tráeme el ta­baco del bolsillo de la chaqueta!, ¡Petrita, tráeme el periódi­co que está en el recibidor!" ¡Creí que iba a estar toda la noche pidiéndome cosas!

Petrita y el guardia desaparecen en una bocacalle, cami­no de los solares de la Plaza de Toros.

Un vientecillo frío le sube a la muchacha por las piernas tibias.

Javier y Pirula fuman los dos un solo cigarrillo. Es ya el tercero de la noche.

Están en silencio y se besan, de cuando en cuando, con voluptuosidad, con parsimonia.

Echados sobre el diván, con las caras muy juntas, tienen los ojos entornados mientras se complacen en pensar, va­garosamente, en nada o en casi nada.

Llega el instante en que se dan un beso más largo, más profundo, más desbordado. La muchacha respira honda­mente, como quejándose. Javier la coge del brazo, como a una niña, y la lleva hasta la alcoba.

El lecho tiene la colcha de moaré, sobre la que se refleja la silueta de una araña de porcelana, de color violeta clarito, que cuelga del techo. Al lado de la cama arde una estufita eléctrica.

Un airecillo templado le sube a la muchacha por las pier­nas tibias.

—¿Está eso en la mesa de noche?

Sí... No hables...

Desde los solares de la Plaza de Toros, incómodo refu­gio de las parejas pobres y llenas de conformidad, como los feroces, los honestísimos amantes del Antiguo Testamento, se oyen —viejos, renqueantes, desvencijados, con la carro­cería destornillada y los frenos ásperos y violentos— los tranvías que pasan, no muy lejanos, camino de las coche­ras.

El solar mañanero de los niños alborotadores, camorris­tas, que andan a pedrada limpia todo el santo día, es, desde la hora de cerrar los portales, un edén algo sucio donde no se puede bailar, con suavidad, a los acordes de algún re­cóndito, casi ignorado, aparatito de radio; donde no se pue­de fumar el aromático deleitoso cigarrillo del preludio, donde no se pueden decir, al oído, fáciles ingeniosidades se­guras, absolutamente seguras. El solar de los viejos y las viejas de después de comer, que vienen a alimentarse al sol, como los lagartos, es, desde la hora en que los niños y los matrimonios cincuentones se acuestan y se ponen a soñar, un paraíso directo donde no caben evasiones ni subterfu­gios, donde todo el mundo sabe a lo que va, donde se ama noblemente, casi con dureza, sobre el suelo tierno, en el que quedan, ¡todavía!, las rayitas que dibujó la niña que se pa­só la mañana saltando a la pata coja, los redondos, los per­fectos agujeros que cavó el niño que gastó avaramente sus horas muertas jugando a las bolas.

—¿Tienes frío, Petrita?

—No, Julio; ¡estoy tan bien a tu lado!

—¿Me quieres mucho?

—Mucho, no lo sabes tú bien.

Martín Marco vaga por la ciudad sin querer irse a la ca­ma. No lleva encima ni una perra gorda y prefiere esperar a que acabe el Metro, a que se escondan los últimos amari­llos y enfermos tranvías de la noche. La ciudad parece más suya, más de los hombres que, como él, marchan sin rum­bo fijo con las manos en los vacíos bolsillos —en los bolsi­llos que, a veces, no están ni calientes—, con la cabeza vacía, con los ojos vacíos, y en el corazón, sin que nadie se lo explique, un vacío profundo e implacable.

Martín Marco sube por Torrijos hasta Diego de León, lentamente, casi olvidadamente, y baja por Príncipe de Vergara, por General Mola, hasta la plaza de Salamanca, con el Marqués de Salamanca en medio, vestido de levita y rodeado de un jardinillo verde y cuidado con mimo. A Martín Marco le gustan los paseos solitarios, las largas, cansadas caminatas por las calles anchas de la ciudad, por las mismas calles que de día, como por un milagro, se lle­nan —rebosantes como las tazas de los desayunos hones­tos— con las voces de los vendedores, los ingenuos y desco­cados cuplés de las criadas de servir, las bocinas de los automóviles, los llantos de los niños pequeños: tiernos, violentos, urbanos lobeznos amaestrados.

Martin Marco se sienta en un banco de madera y encien­de una colilla que lleva envuelta, con otras varias, en un so­bre que tiene un membrete que dice: "Diputación Provin­cial de Madrid. Negociado de Cédulas Personales".

Los bancos callejeros son corno una antología de todos los sinsabores y de casi todas las dichas: el viejo que des­cansa su asma, el cura que lee su breviario, el mendigo que se despioja, el albañil que almuerza mano a mano con su mujer, el tísico que se fatiga, el loco de enormes ojos soñadores, el músico callejero que apoya su cornetín sobre las rodillas, cada uno con su pequeñito o su grande afán, van dejando sobre las tablas del banco ese aroma cansado de las carnes que no llegan a entender del todo el misterio de la circulación de la sangre. Y la muchacha que reposa las consecuencias de aquel hondo quejido, y la señora que lee un largo novelón de amor, y la pequeña mecanógrafa que devora su bocadillo de butifarra y pan de tercera, y la can­cerosa que aguanta su dolor, y la tonta de la boca entrea­bierta y dulce babita colgando, y la vendedora de baratijas que apoya la bandeja sobre el regazo, y la niña que lo que más le gusta es ver cómo mean los hombres...

El sobre de las colillas de Martín Marco salió de casa de su hermana. El pobre, bien mirado, es un sobre que ya no sirve para nada más que para llevar colillas, o clavos, o bi­carbonato. Hace ya varios meses que quitaron las cédulas personales. Ahora hablan de dar unos carnets de identidad, con fotografía y hasta con huellas dactilares, pero eso lo más probable es que todavía yaya para largo. Las cosas del Estado marchan con lentitud.

Entonces Celestino, volviéndose hacia la fuerza, les dice:

—¡Ánimo, muchachos! ¡Adelante por la victoria! ¡El que tenga miedo que se quede! ¡Conmigo no quiero más que hombres enteros, hombres capaces de dejarse matar por defender una idea!

La fuerza está en silencio, emocionada, pendiente de sus palabras. En los ojos de los soldados se ve el furioso brillo de las ganas de pelear.

—¡Luchamos por una humanidad mejor! ¿Qué importa nuestro sacrificio si sabemos que no ha de ser estéril, si sa­bemos que nuestros hijos recogerán la cosecha de lo que hoy sembramos?

Sobre las cabezas de la tropa vuela la aviación contraria.

Ni uno solo se mueve.

—¡Y a los tanques de nuestros enemigos, opondremos el temple de nuestros corazones! La fuerza rompe el silencio.

—¡Muy bien!

—¡Y los débiles, y los pusilánimes, y los enfermos, debe­rán desaparecer!

—¡Muy bien!

—¡Y los explotadores, y los especuladores, y los ricos!

—¡Muy bien!

—¡Y los que juegan con el hambre de la población traba­jadora!

—¡Muy bien!

—¡Repartiremos el oro del Banco de España!

—¡Muy bien!

—¡Pero para alcanzar la ansiada meta de la victoria fi­nal, es preciso nuestro sacrificio en aras de la libertad!

—¡Muy bien!

Celestino estaba más locuaz que nunca.

—¡Adelante, pues, sin desfallecimientos y sin una sola claudicación!

—¡Adelante!

—¡...Luchamos por el pan y la libertad!

—¡Muy bien!

—¡Y nada más! ¡Que cada cual cumpla con su deber! ¡Adelante!

Celestino, de repente, sintió ganas de hacer una necesi­dad.

—¡Un momento!

La fuerza se quedó un poco extrañada. Celestino dio una vuelta, tenía la boca seca. La fuerza empezó a desdibujar­se, a hacerse un poco confusa... Celestino Ortiz se levantó de su jergón, encendió la luz del bar, tomó un traguito de sifón y se metió en el retrete.

Laurita ya se tomó su pippermint. Pablo ya se tomó un whisky. El violinista melenudo, probablemente, aún sigue rascando, con gesto dramático, su violín lleno de czardas sentimentales y de valses vieneses.

Pablo y Laurita están ya solos.

—¿No me dejarás nunca, Pablo?

—Nunca, Laurita.

La muchacha es feliz, incluso muy feliz. Allá en el fondo de su corazón, sin embargo, se levanta como una inconcre­ta, como una ligera sombra de duda.

La muchacha se desnuda, lentamente, mientras mira al hombre con los ojos tristes, como una colegiala interna.

—¿Nunca, de verdad?

—Nunca, ya lo verás.

La muchacha lleva una combinación blanca, bordada con florecitas de color de rosa.

—¿Me quieres mucho?

—Un horror.

La pareja se besa de pie, ante el espejo del armario. Los pechos de Laurita se aplastan un poco contra la chaqueta del hombre.

—Me da vergüenza, Pablo. Pablo se ríe.

—¡Pobrecita!

La muchacha lleva un sostén minúsculo.

—Suéltame aquí.

Pablo le besa la espalda, de arriba abajo.

—¡Ay!


—¿Qué te pasa?

Laurita sonríe, agachando un poco la cabeza.

—¡Qué malo eres!

El hombre le vuelve a besar en la boca.

—Pero ¿no te gusta?

La muchacha siente hacia Pablo un agradecimiento pro­fundo.

—Sí, Pablo, mucho. Me gusta mucho, muchísimo...

Martín siente frio y piensa ir a darse una vuelta por los hotelitos de la calle de Alcántara, de la calle de Montesa, de la calle de Las Naciones, que es una callejuela corta, llena de misterio, con árboles en las rotas aceras y paseantes po­bres y pensativos, que se divierten viendo entrar y salir a la gente de las casas de citas, imaginándose lo que pasa dentro, detrás de los muros de sombrío ladrillo rojo.

El espectáculo, incluso para Martín, que lo ve desde den­tro, no resulta demasiado divertido, pero se mata el tiempo. Además, de casa en casa, siempre se va cogiendo algo de calor.

Y algo de cariño también. Hay algunas chicas muy sim­páticas, las de tres duros; no son muy guapas, ésa es la ver­dad, pero son muy buenas y amables, y tienen un hijo en los agustinos o en los jesuítas, un hijo por el que hacen unos esfuerzos sin límite para que no salga un hijo de puta, un hijo al que van a ver, de vez en cuando, algún domingo por la tarde, con un velito a la cabeza y sin pintar. Las otras, las de postín, son insoportables con sus pretensiones y con su empaque de duquesas; son guapas, bien es cierto, pero también son atravesadas y despóticas, y no tienen nin­gún hijo en ningún lado. Las putas de lujo abortan, y si no pueden, ahogan a la criatura en cuanto nace, tapándole la cabeza con una almohada y sentándose encima.

Martín va pensando, a veces habla en voz baja.

—No me explico —dice— cómo sigue habiendo criaditas de veinte años ganando doce duros.

Martín se acuerda de Petrita, con sus carnes prietas y su cara lavada, con sus piernas derechas y sus senos levantán­dole la blusita o el jersey.

—Es un encanto de criatura, haría carrera y hasta podría ahorrar algunos duros. En fin, mientras siga decente, mejor hace. Lo malo será cuando la tumbe cualquier pescadero o cualquier guardia de Seguridad. Entonces será cuando se dé cuenta de que ha estado perdiendo el tiempo. ¡Allá ella!

Martin sale por Lista y al llegar a la esquina del General Pardiñas le dan el alto, le cachean y le piden la documenta­ción.

Martín iba arrastrando los pies, iba haciendo ¡clas! ¡clas! sobre las losas de la acera. Es una cosa que le entre­tiene mucho...

Don Mario de la Vega fue pronto a la cama, el hombre quería estar descansado al día siguiente, por si salía bien la maniobra que llevaba doña Ramona.

El hombre que iba a entrar cobrando dieciséis pesetas, no era cuñado de una muchacha que trabajaba de empa­quetadora en la tipografía "El Porvenir", de la calle de la Madera, porque a su hermano Paco le había agarrado la ti­sis con saña.

—Bueno, muchacho, hasta mañana, ¿eh?

—Adiós, siga usted bien. Hasta mañana y que Dios le dé mucha suerte, le estoy a usted muy agradecido.

—De nada, hombre, de nada. El caso es que sepas traba­jar.

—Procuraré, sí, señor.

Al aire de la noche, Petrita se queja, gozosa, toda la san­gre del cuerpo en la cara.

Petrita quiere mucho al guardia, es su primer novio, el hombre que se llevó las primicias por delante. Allí en el pueblo, poco antes de venirse, la chica tuvo un preten­diente, pero la cosa no pasó a mayores.

—¡Ay, Julio, ay, ay! ¡Ay, qué daño me haces! ¡Bestia! ¡Cachondo! ¡Ay, ay!

El hombre le muerde en la sonrosada garganta, donde se nota el tibio golpecito de la vida.

Los novios esperan unos momentos en silencio, sin mo­verse. Petrita parece como pensativa.

—Julio.


—Qué.

—¿Me quieres?

El sereno de la calle de Ibiza se guarece bajo un portal que deja entornado por si alguien llama.

El sereno de la calle de Ibiza enciende la luz de la escale­ra; después se da aliento en los dedos, que le dejan al aire los mitones de lana, para desentumecerlos. La luz de la es­calera se acaba pronto. El hombre se frota las manos y vuelve a dar la luz. Después saca la petaca y lía un piti­llo.

Martín habla suplicante, acobardado, con precipitación. Martín está tembloroso como una vara verde.

—No llevo documentos, me los he dejado en casa. Yo soy escritor, yo me llamo Martín Marco. A Martín le da la tos. Después se ríe.

—¡Je, je! Usted perdone, es que estoy algo acatarrado, eso es, algo acatarrado, ¡je, je!

A Martín le extraña que el policía no lo reconozca.

—Colaboro en la prensa del Movimiento, pueden ustedes preguntar en la Vicesecretaria, ahí en Genova. Mi último artículo salió hace unos días en varios periódicos de pro vincias: en Odiel, de Huelva; en Proa, de León; en Ofensiva, de Cuenca. Se llamaba Razones de la permanencia es­piritual de Isabel la Católica,

El policía chupa su cigarrillo.

—Ande, siga. Vayase a dormir, que hace frío.

—Gracias, gracias.

—No hay de qué. Oiga. Martín creyó morir.

—Qué.


—Y que no se le quite la inspiración.

—Gracias, gracias. Adiós.

Martin aprieta el paso y no vuelve la cabeza, no se atre­ve. Lleva dentro del cuerpo un miedo espantoso que no se explica.

Don Roberto, mientras acaba de leer el periódico, acari­cia, un poco por cumplido, a su mujer, que apoya la cabeza sobre su hombro. A los pies, en este tiempo, siempre se echan un viejo abrigo.

—Mañana qué es, Roberto, ¿un día muy triste o un día muy feliz?

—¡Un día muy feliz, mujer!

Filo sonríe. En uno de los dientes de delante tiene una caries honda, negruzca, redondita.

—Sí, ¡bien mirado!

La mujer, cuando sonríe honestamente, emocionadamente, se olvida de su caries y enseña la dentadura.

—Sí, Roberto, es verdad. ¡Qué día más feliz mañana!

—¡Pues claro, Filo! Y, además, ya sabes lo que yo digo, ¡mientras todos tengamos salud!

—Y la tenemos, Roberto, gracias a Dios.

—Sí, no podemos quejarnos. ¡Cuántos están peor! Noso­tros, mal o bien, vamos saliendo. Yo no pido más.

—Ni yo, Roberto. Verdaderamente, muchas gracias te­nemos que dar a Dios, ¿no te parece?

Filo está mimosa con su marido. La mujer es muy agra­decida; el que le hagan un poco de caso le llena de alegría.

Filo cambia algo la voz,

—Oye, Roberto.

—Qué.


—Deja el periódico, hombre.

—Si tú quieres...

Filo coge a don Roberto de un brazo.

—Oye.


—Qué.

La mujer habla como una novia.

—¿Me quieres mucho?

—¡Pues claro, hijita, naturalmente que mucho! ¡A quién se le ocurre!

—¿Mucho, mucho?

—Don Roberto deja caer las palabras como en un ser­món; cuando ahueca la voz, para decir algo solemne, pare­ce un orador sagrado.

—¡Mucho más de lo que te imaginas!

Martín va desbocado, el pecho jadeante, las sienes con fuego, la lengua pegada al paladar, la garganta agarrotada, las piernas flaccidas, el vientre como una caja de música con la cuerda rota, los oídos zumbadores, los ojos más miopes que nunca.

Martin trata de pensar, mientras corre. Las ideas se em­pujan, se golpean, se atropellan, se caen y se levantan den­tro de su cabeza, que ahora es grande como un tren, que no se explica por qué no tropieza en las dos filas de casas de la calle.

Martín, en medio del frío, siente en sus carnes un calor sofocante, un calor que casi no le deja respirar, un calor húmedo e incluso quizás amable, un calor unido por mil hilitos invisibles a otros calores llenos de ternura, rebosantes de dulces recuerdos.

Mi madre, mi madre, son los vahos de eucaliptus, los vahos de eucaliptus, haz más vahos de eucaliptus, no seas asi...

A Martín le duele la frente, le da unos latidos rigurosa­mente acompasados, secos, fatales.

¡Ay!

Dos pasos.



¡Ay!

Dos pasos.

¡Ay!

Dos pasos.



Martin se lleva la mano a la frente. Está sudando como un becerro, como un gladiador en el circo, como un cerdo en la matanza.

¡Ay!


Dos pasos más.

Martín empieza a pensar muy de prisa.

¿De qué tengo yo miedo? ¡Je, je! ¿De qué tengo yo miedo? ¿De qué, de qué? Tenía un diente de oro. ¡Je, je! ¿De qué, de qué? A mí me haría bien un diente de oro. ¡Qué lucido! ¡Je, je! ¡Yo no me meto en nada! ¡En nada! ¿Qué me pueden hacer a mí si yo no me meto en nada? ¡Je, je! ¡Qué tío! ¡Vaya un diente de oro! ¿Por qué tengo yo miedo? ¡No gana uno para sustos! ¡Je, je! De repente, ¡zas!, ¡un diente de oro! "¡Alto! ¡Los papeles!" Yo no ten­go papeles. ¡Je, je! Tampoco tengo un diente de oro. ¡Je, je! En este país, a los escritores no nos conoce ni Dios. Paco, ¡ay, si Paco tuviera un diente de oro! ¡Je, je! "Sí, colabora, colabora, no seas bobo, ya darás cuenta, ya..." ¡Qué risa! ¡Je, je! ¡Esto es para volverse uno loco! ¡Éste es un mundo de locos! ¡De locos de atar! ¡De locos peligrosos! ¡Je, je! A mi hermana le hacía falta un diente de oro. Si tuviera dinero, mañana le regalaba un diente de oro a mi hermana. ¡Je, je! Ni Isabel la Católica, ni la Vicesecretaría, ni la perma­nencia espiritual de nadie. ¿Está claro? ¡Lo que yo quiero es comer! ¡Comer! ¿Es que hablo en latín? ¡Je, je! ¿O en chino? Oiga, póngame aquí un diente de oro. Todo el mun­do lo entiende. ¡Je, je! Todo el mundo. ¡Comer! ¿Eh? ¡Co­mer! ¡Y quiero comprarme una cajetilla entera y no fumar­me las colillas del bestia! ¿Eh? ¡Este mundo es una mierda! ¡Aquí todo Dios anda a lo suyo! ¿Eh? ¡Todos! ¡Los que más gritan, se callan en cuanto les dan mil pesetas al mes! O un diente de oro. ¡Je, je! ¡Y los que andamos por ahí tira­dos y malcomidos, a dar la cara y a pringar la marrana! ¡Muy bien! ¡Pero que muy bien! Lo que dan ganas es de mandar todo al cuerno, ¡qué coño!

Martín escupe con fuerza y se para, el cuerpo apoyado contra la gris pared de una casa. Nada ve claro y hay mo­mentos en los que no sabe si está vivo o muerto.

Martín está rendido.

La alcoba del matrimonio González tiene los muebles de chapa, un día agresiva y brilladora, hoy ajada y deslucida: la cama, las dos mesillas de noche, una consolita y el arma­rio. Al armario nunca pudieron ponerle la luna y, en su sitio, la chapa se presenta cruda, desnuda, pálida y delato­ra.

La lámpara de globos verdes del techo aparece apagada. La lámpara de globos verdes no tiene bombilla, está de adorno. La habitación se alumbra con una lamparita sin tulipa que descansa sobre la mesa de noche de don Ro­berto.

A la cabecera de la cama, en la pared, un cromo de la Virgen del Perpetuo Socorro, regalo de boda de los com­pañeros de don Roberto en la Diputación, ha presidido ya cinco felices alumbramientos.

Don Roberto deja el periódico.

El matrimonio se besa con cierta pericia. Al cabo de los años, don Roberto y Filo han descubierto un mundo casi ilimitado.

—Oye, Filo, pero ¿has mirado el calendario?

—¡Qué nos importa a nosotros el calendario, Roberto! ¡Si vieras como te quiero! ¡Cada día más!

—Bueno, pero ¿vamos a hacerlo... así?

—Sí, Roberto, así.

Filo tiene las mejillas sonrosadas, casi arrebatadas.

Don Roberto razona como un filósofo.

—Bueno, después de todo, donde comen cinco cacho­rros, bien pueden comer seis, ¿no te parece?

—Pues claro que sí, hijo, pues claro que sí. Que Dios nos dé salud, y lo demás..., pues mira. ¡Si no estamos un poco más anchos, estamos un poco más estrechos y en paz!

Don Roberto se quita las gafas, las mete en el estuche y las pone sobre la mesa de noche, al lado del vaso de agua, que tiene dentro, como un misterioso pez, la dentadura postiza.

—No te quites el camisón, te puedes enfriar.

—No me importa, lo que quiero es gustarte. Filo sonríe, casi con picardía.

—Lo que quiero es gustar mucho a mi maridito... Filo, en cueros, tiene todavía cierta hermosura.

—¿Te gusto aún?

—Mucho, cada día me gustas más.

—¿Qué te pasa?

—Me parecía que lloraba un niño.

—No, hija, están dormiditos. Sigue...

Martín saca el pañuelo y se lo pasa por los labios. En una boca de riego, Martín se agacha y bebe. Creyó que iba a estar bebiendo una hora, pero la sed pronto se le acaba.

El agua estaba fría, casi helada, con un poco de escarcha por los bordes.

Un sereno se le acerca, toda la cabeza envuelta en una bufanda.

—Conque bebiendo, ¿eh?

—¡Pues, sí! Eso es... Bebiendo un poco...

—¡Vaya nochecita! ¿Eh?

—¡Ya lo creo, una noche de perros! El sereno se aleja y Martín, a la luz de un farol, busca en su sobre otra colilla en buen uso.

—El policía era un hombre bien amable. Ésa es la ver­dad. Me pidió la documentación debajo de un farol, se co­noce que para que no me asustase. Además me dejó mar­char en seguida. Seguramente habrá visto que yo no tengo aire de meterme en nada, que yo soy un hombre poco ami­go de meterme en donde no me llaman; esta gente está muy acostumbrada a distinguir. Tenía un diente de oro y llevaba un abrigo magnifico. Sí, no hay duda que debía ser un gran muchacho, un hombre bien amable...

Martín siente un temblor por todo el cuerpo y nota que el corazón le late, otra vez con más fuerza, dentro del pe­cho.

—Esto se me quitaba a mí con tres duros.

El panadero llama a su mujer.

—¡Paulina!

—¡Qué quieres!

—¡Trae la palangana!

—¿Ya estamos?

—Ya. Anda, estáte callada y vente.

—¡Voy, voy! Pues, hijo, ¡ni que tuvieras veinte años!

La alcoba de los panaderos es de recia carpintería de sa­ludable nogal macizo, vigoroso y honesto como los amos. En la pared lucen, en sus tres marcos dorados iguales, una reproducción en alpaca de la Sagrada Cena, una litografía representando una Purísima de Murillo, y un retrato de boda con la Paulina de velo blanco, sonrisa y traje negro, y el señor Ramón de sombrero flexible, enhiesto mostacho y leontina de oro.

Martín baja por Alcántara hasta los chalets, tuerce por Ayala y llama al sereno.

—Buenas noches, señorito.

—Hola. No, ésa no.

A la luz de una bombilla se lee "Villa Filo". Martín tiene aún vagos, imprecisos, difuminados respetos familiares. Lo que pasó con su hermana... ¡Bien! A lo hecho, pecho, y agua pasada no corre molino. Su hermana no es ningún pendón. El cariño es algo que no se sabe dónde termina. Ni dónde empieza tampoco. A un perro se le puede querer más que a una madre. Lo de su hermana... ¡Bah! Después de todo, cuando un hombre se calienta no distingue. Los hombres en esto seguimos siendo como los animales.

Las letras donde se lee "Villa Filo" son negras, toscas, frías, demasiado derechas, sin gracia ninguna.

—Usted perdone, voy a dar la vuelta a Montesa.

—Como usted guste, señorito. Martin piensa:

—Este sereno es un miserable, los serenos son todos muy miserables, ni sonríen ni se enfurecen jamás sin antes calcu­larlo. Si supiera que voy sin blanca me hubiera echado a patadas, me hubiera deslomado de un palo.

Ya en la cama, doña María, la señora del entresuelo, ha­bla con su marido. Doña María es una mujer de cuarenta o cuarenta y dos años. Su marido representa tener unos seis más.

—Oye, Pepe.

Qué.


—Pues que estás un poco despegado conmigo.

—¡No, mujer!

—Sí, a mí me parece que sí.

—¡Qué cosas tienes!

Don José Sierra no trata a su mujer ni bien ni mal, la tra­ta como si fuera un mueble al que a veces, por esas manías que uno tiene, se le hablase como a una persona.

—Oye, Pepe.

—Qué.

—¿Quién ganará la guerra?



—¿A ti qué más te da? Anda, déjate ahora de esas cosas y duérmete.

Doña María se pone a mirar para el techo. Al cabo de un rato vuelve a hablar con su marido.

—Oye, Pepe.

—Qué.


—¿Quieres que coja el pañito?

—Bueno, coge lo que quieras.

En la calle de Montesa no hay más que empujar la verja del jardín y tocar dentro, con los nudillos, sobre la puerta. Al timbre le falta el botón y el hierrito que queda suelto, a veces, corriente. Martín ya lo sabía de otras ocasiones.

—¡Hola, doña Jesusa! ¿Cómo está usted?

—Bien, ¿y tú, hijo?

—¡Pues ya ve! Oiga, ¿está la Marujita?

—No, hijo. Esta noche no ha venido, ya me extraña. A lo mejor viene todavía. ¿Quieres esperarla?

—Bueno, la esperaré. ¡Para lo que tengo que hacer!

Doña Jesusa es una mujer gruesa, amable, obsequiosa, con aire de haber sido guapetona, teñida de rubio, muy dis­puesta y emprendedora.

—Anda, pasa con nosotras a la cocina, tú eres como de la familia.

—Si...

Alrededor del hogar donde cuecen varios pucheros de agua, cinco o seis chicas dormitan aburridas y con cara de no estar ni tristes ni contentas.



—¡Qué frío hace!

—Ya, ya. Aqui se está bien, ¿verdad?

—Sí, ¡ya lo creo!, aquí se está muy bien. Doña Jesusa se acerca a Martín.

—Oye, arrímate al fogón, vienes helado. ¿No tienes abri­go?

—No.

—¡Vaya por Dios!



A Martín no le divierte la caridad. En el fondo, Martín es también un nietzscheano.

—Oiga, doña Jesusa, ¿y la Uruguaya, tampoco está?

—Si, está ocupada; vino con un señor y con él se ence­rró, van de dormida.

—¡Vaya!


—Oye, si no es indiscreción, ¿para que querías a la Marujita, para estar un rato con ella?

—No... Quería darle un recado.

—Anda, no seas bobo. ¿Es que... estás mal de fon­dos?

Martín Marco sonrió, ya estaba empezando a entrar en calor.

—Mal no, doña Jesusa, ¡peor!

—Tú eres tonto, hijo. ¡A estas alturas no vas a tener con­fianza conmigo, con !o que yo quería a tu pobre madre, que en Gloria esté!

Doña Jesusa dio en el hombro a una de las chicas que se calentaban al fuego, a una muchachita flacucha que estaba leyendo una novela.

—Oye, Pura, vete con éste, ¿no andabas medio mala? Anda, acostaros y no bajes ya. No te preocupes por nada, mañana ya te sacaré yo las castañas del fuego.

Pura, la chica que está medio mala, mira para Martín y sonríe. Pura es una mujer joven, muy mona, delgadita, un poco pálida, ojerosa, con cierto porte de virgen viciosilla.

—Doña Jesusa, muchas gracias, usted siempre tan buena conmigo.

—Calla, mimoso, ya sabes que se te trata como a un hijo. Tres pisos escaleras arriba y una habitación abuhardi­llada.

Una cama, un aguamanil, un espejito con marco blanco, un perchero y una silla.

Un hombre y una mujer.

Cuando falta el cariño, hay que buscar el calor. Pura y Martín echaron sobre la cama toda la ropa, para estar más abrigados. Apagaron la luz (—No, no. Estáte quieta, muy quieta...) se durmieron en un abrazo, como dos recién casa­dos.

Fuera se oía, de vez en vez, el "¡Va!" de los serenos.

A través del tabique de panderete se distinguía el crujir de un somier, disparatado y honesto como el canto de la ci­garra.

La noche se cierra, al filo de la una y media o las dos de la madrugada, sobre el extraño corazón de la ciudad.

Miles de hombres se duermen abrazados a sus mujeres sin pensar en el duro, en el cruel día que quizá les espere, agazapado como un gato montes, dentro de tan pocas ho­ras.

Cientos y cientos de bachilleres caen en el íntimo, en el sublime y delicadísimo vicio solitario.

Y algunas docenas de muchachas esperan —¿qué espe­ran, Dios mío?, ¿por qué las tienen tan engañadas?— con la mente llena de dorados sueños.



5

Hacia las ocho y media de la tarde, o a veces antes, ya suele estar Julita en casa.

—¡Hola, Julita, hija!

—¡Hola, mamá!

La madre la mira de arriba abajo, boba, orgullosa.

—¿Dónde has estado metida?

La niña deja el sombrero sobre el piano y se esponja la melena ante el espejo. Habla distraídamente, sin mirarla.

—Ya ves, ¡por ahí!

La madre tiene la voz tierna, parece como si quisiese agradar.

—¡Por ahí! ¡Por ahí! Te pasas todo el dia en la calle y después, cuando vienes, no me cuentas nada. A mí, ¡con lo que me gusta saber de tus cosas! A tu madre, que tanto te quiere...

La muchacha se arregla los labios mirándose en el revés de la polvera.

—¿Y papá?

—No sé. ¿Por qué? Se marchó hace ya rato y todavía es pronto para que vuelva. ¿Por qué me lo preguntas?

—No, por nada. Me acordé de él de repente porque lo vi en la calle.

—¡Con lo grande que es Madrid! Mita sigue hablando.

—¡Ca, es un pañuelo! Lo vi en la calle de Santa Engra­cia. Yo bajaba de una casa, de hacerme una fotografía.

—No me habías dicho nada.

—Quería sorprenderte... Él iba a la misma casa; por lo visto, tiene un amigo enfermo en la vecindad.

La niña la mira por el espejito. A veces piensa que su madre tiene cara de tonta.

—¡Tampoco me dijo una palabra! Doña Visi tenía el aire triste.

—A mi nunca me dices nada.

Julita sonríe y se acerca a besar a su madre.

—¡Qué bonita es mi vieja!

Doña Visi la besa, hecha la cabeza atrás y enarca las ce­jas.

—¡Huy! ¡Hueles a tabaco! Julita frunce la boca.

—Pues no he fumado, ya sabes de sobra que no fumo, que me parece poco femenino. La madre ensaya un gesto severo.

—Entonces... ¿Te habrán besado?

—Por Dios, mamá, ¿por quién me tomas?

La mujer, la pobre mujer, coge a la hija de las dos manos.

—Perdóname, hijita, ¡es verdad! ¡Qué tonterías digo! Se queda pensativa unos instantes y habla muy quedo, como consigo misma:

—Es que a una todo se le imagina peligro para su hijita. Julita deja escapar dos lágrimas.

—¡Es que dices unas cosas!

La madre sonríe, un poco a la fuerza, y acaricia el pelo de la muchacha.

—Anda, no seas chiquilla, no me hagas caso. Te lo decía de broma.

Mita está abstraída, parece que no oye.

—Mamá...


—Qué.

Don Pablo piensa que los sobrinos de su mujer le han venido a hacer la pascua, le han estropeado la tarde. A estas horas estaba ya todos los días en el Café de doña Ro­sa, tomándose su chocolate.

Los sobrinos de su mujer se llaman Anita y Fidel. Anita es hija de un hermano de doña Pura, empleado del Ayunta­miento de Zaragoza, que tiene una cruz de Beneficencia porque una vez sacó del Ebro a una señora que resultó pri­ma del presidente de la Diputación. Fidel es su marido, un chico que tiene una confitería en Huesca. Están pasando unos días en Madrid, en viaje de novios.

Fidel es un muchacho joven, que lleva bigotito y una corbata verde claro. En Zaragoza ganó, seis o siete meses atrás, un concurso de tango, y aquella misma noche le pre­sentaron a la chica que ahora es su mujer.

El padre de Fidel, pastelero también, había sido un tío muy bruto que se purgaba con arena y que no hablaba más que de las joticas y de la Virgen del Pilar. Presumía de cul­to y emprendedor y usaba dos clases de tarjetas, unas que decían: "Joaquín Bustamante. Del comercio", y otras, en letra gótica, donde se leía: "Joaquín Bustamante Valls. Au­tor del proyecto Hay que doblar la producción agrícola en España". A su muerte dejó una cantidad tremenda de pa­peles de barba llenos de números y planos; quería duplicar las cosechas con un sistema de su invención: unas tremen­das pilas de terrazas rellenas de tierra fértil, que recibirían el agua por unos pozos artesianos y el sol por un juego de espejos.

El padre de Fidel cambió de nombre la pastelería cuando la heredó de su hermano mayor, muerto el 98 en Filipinas. Antes se llamaba "La endulzadora", pero le pareció el nombre poco significativo y le puso "Al solar de nuestros mayores". Estuvo más de medio año buscando título y al final tenía apuntados lo menos trescientos, casi todos por el estilo.

Durante la República y aprovechando que el padre se murió, Fidel volvió a cambiar el nombre de la pastelería y le puso "El sorbete de oro".

—Las confiterías no tienen por qué tener nombres políti­cos —decía.

Fidel, con una rara intuición, asociaba la marca "Al so­lar de nuestros mayores" con determinadas tendencias del pensamiento.

—Lo que tenemos que hacer es colocar a quien sea los bollos suizos y los petisús. Con las mismas pesetas nos pa­gan los republicanos que los carlistas.

Los chicos, ya sabéis, han venido a Madrid a pasar la luna de miel y se han creído en la obligación de hacer una larga visita a los tíos. Don Pablo no sabe cómo sacárselos de encima.

—De modo que os gusta Madrid, ¿eh?

—Pues sí...

Don Pablo deja pasar unos instantes para decir:

—¡Bueno!

Doña Pura está pasada. La pareja, sin embargo, no parece entender demasiado.

Victorita se fue a la calle de Fuencarral, a la lechería de doña Ramona Bragado, la antigua querida de aquel señor que fue dos veces Subsecretario de Hacienda.

—¡Hola, Victorita! ¡Qué alegría más grande me das!

—Hola, doña Ramona.

Doña Ramona sonríe, meliflua, obsequiosa.

—¡Ya sabía yo que mi niña no había de faltar a la cita! Victorita intentó sonreír también.

—Sí, se ve que está usted muy acostumbrada.

—¿Qué dices?

—Pues ya ve, ¡nada!

—¡Ay, hija, qué suspicaz!

Victorita se quitó el abrigo, llevaba el escote de la blusa desabrochado y tenía en los ojos una mirada extraña, no se sabría bien si suplicante, humillada o cruel.

—¿Estoy bien así?

—Pero hija, ¿qué te pasa?

—Nada., no me pasa nada.

Doña Ramona, mirando para otro lado, intentó sacar a flote sus viejas mañas de componedora.

—¡Anda, anda! No seas chiquilla. Anda, entra ahí a ju­gar a las cartas con mis sobrinas. Victorita se plantó.

—No, doña Ramona. No tengo tiempo. Me espera mi novio. A mi, ¿sabe usted?, ya me revienta andar dándole vueltas al asunto, como un borrico de noria. Mire usted, a usted y a mi lo que nos interesa es ir al grano, ¿me entiende?

—No, hija, no te entiendo. Victorita tenía el pelo algo revuelto.

—Pues se lo voy a decir más claro: ¿dónde está el cabri­to?

Doña Ramona se espantó.

—¿Eh?


—¡Que dónde está el cabrito! ¿Me entiende? ¡Que dónde está el tío!

—¡Ay, hija, tú eres una golfa!

—Bueno, yo soy lo que usted quiera, a mí no me importa. Yo tengo que tirarme a un hombre para comprarle unas medicinas a otro. ¡Venga el tío!

—Pero, hija, ¿por qué hablas así? Victorita levantó la voz.

—¡Pues porque no me da la gana de hablar de otra ma­nera, tía alcahueta! ¿Se entera? ¡Porque no me da la gana!

Las sobrinas de doña Ramona se asomaron al oír las vo­ces. Por detrás de ellas sacó la jeta don Mario.

—¿Qué pasa, tía?

—¡Ay! ¡Esta mala pécora, desagradecida, que quiso pe­garme!

Victorita estaba completamente serena. Poco antes de hacer alguna barbaridad, todo el mundo está completa­mente sereno. O poco antes, también, de decidirse a no ha­cerla.

—Mire usted, señora, ya volveré otro día, cuando tenga menos clientas.

La muchacha abrió la puerta y salió. Antes de llegar a la esquina la alcanzó don Mario. El hombre se llevó la mano al sombrero.

—Señorita, usted perdone. Me parece, ¡para qué nos vamos a andar con rodeos!, que yo soy un poco el culpable de todo esto. Yo...

Victorita le interrumpió.

—¡Hombre, me alegro de conocerlo! ¡Aquí me tiene! ¿No me andaba buscando? Le juro a usted que jamás me he acostado con nadie más que con mi novio. Hace tres meses, cerca de cuatro, que no sé lo que es un hombre. Yo quiero mucho a mi novio. A usted nunca lo querré, pero en cuanto me pague me voy a la cama. Estoy muy harta. Mi novio se salva con unos duros. No me importa ponerle los cuernos. Lo que me importa es sacarlo adelante. Si usted me lo cura, yo me lío con usted hasta que usted se harte.

La voz de la muchacha ya venia temblando. Al final se echó a llorar.

—Usted dispense...

Don Mario, que era un atravesado con algunas venas de sentimental, tenía un nudo en la garganta.

—¡Cálmese, señorita! Vamos a tomar un café, eso le sen­tará bien.

En el Café, don Mario le dijo a Victorita:

—Yo te daría dinero para que se lo llevases a tu novio, pero, hagamos lo que hagamos, él se va a creer lo que le dé la gana, ¿no te parece?

—Sí, que se crea lo que quiera. Ande, lléveme usted a la cama.

Julita, abstraída, parece no oír, parece como si estuviera en la luna.

—Mamá...

—Qué.


—Tengo que hacerte una confesión.

—¿Tú? ¡Ay, hijita, no me hagas reir!

—No, mamá, te lo digo en serio, tengo que hacerte una confesión.

A la madre le tiemblan los labios un poquito, habría que fijarse mucho para verlo.

—Di, hija, di.

—Pues... No sé si me voy a atrever.

—Sí, hija, di, no seas cruel. Piensa en lo que se dice, que una madre es siempre una amiga, una confidente para su hija.

—Bueno, si es así...

—A ver, di.

—Mamá...


—Qué.

Julita tuvo un momento de arranque.

—¿Sabes por qué huelo a tabaco?

—¿Por qué?

La madre está anhelante, se la hubiera ahogado con un pelo.

—Pues porque he estado muy cerca de un hombre y ese hombre estaba fumando un puro.

Doña Visi respiró. Su conciencia, sin embargo, le seguía exigiendo seriedad.

—¿Tú?


—Sí, yo.

—Pero...


—No mamá, no temas. Es muy bueno. La muchacha toma una actitud soñadora, parece una poetisa.

—¡Muy bueno, muy bueno!

—¿Y decente, hija mía, que es lo principal?

—Sí, mamá, también decente.

Ese último gusanito adormecido del deseo que aun en los viejos existe, cambió de postura en el corazón de doña Visi.

—Bueno, hijita, yo no sé qué decirte. Que Dios te bendi­ga...

A Julita le temblaron un poco los párpados, tan poco que no hubiera habido reló capaz de medirlo.

—Gracias, mamá.

Al día siguiente, doña Visi estaba cosiendo cuando lla­maron a la puerta.

—¡Tica, ve a abrir!

Escolástica, la vieja y sucia criada a quien todos llaman Tica, para acabar antes, fue a abrir la puerta de la calle.

—Señora, un certificado.

—¿Un certificado?

—Sí.


—¡Huy, qué raro!

Doña Visi firmó en el cuadernito del cartero. El sobre del certificado dice: "Señorita Julia Moisés, ca­lle de Hartzenbusch, 57, Madrid"

—¿Qué será? Parece cartón.

Doña Visi mira al trasluz, no se ve nada.

—¡Qué curiosidad tengo! Un certificado para la niña, ¡qué cosa más rara!

Doña Visi piensa que Julita ya no puede tardar mucho, que pronto ha de salir de dudas. Doña Visi sigue cosiendo.

—¿Qué podrá ser?

Doña Visi vuelve a coger el sobre, color paja y algo más grande que los corrientes, vuelve a mirarlo por todas par­tes, vuelve a palparlo.

—¡Qué tonta soy! ¡Una foto! ¡La foto de la chica! ¡Tam­bién es rapidez!

Doña Visi rasga el sobre y un señor de bigote cae sobre el costurero.

—¡Caray, qué tío!

Por más que lo mira y por más vueltas que le da...

El señor del bigote se llamó en vida don Obdulio. Doña Visi lo ignora, doña Visi ignora casi todo lo que pasa en el mundo.

—¿Quién será ese tío?

Cuando Julita llega, la madre le sale al paso.

—Mira, Julita, hija, has tenido una carta. La he abierto porque vi que era una foto, pensé que sería la tuya. ¡Tengo tantas ganas de verla! Julita torció el gesto, Julita era, a veces, un poco déspota con su madre.

—¿Dónde está?

—Tómala, yo creo que debe ser una broma. Julita ve la foto y se queda blanca.

—Sí, una broma de muy mal gusto. La madre, a cada instante que transcurre, entiende me­nos lo que pasa.

—¿Lo conoces?

—No, ¿de qué lo voy a conocer?

Julita guarda la foto de don Obdulio y un papel que la acompañaba donde, con torpe letra de criada, se leía: "¿Conoces a éste, chata?"

Cuando Julita ve a su novio, le dice:

—Mira lo que he recibido por correo.

—¡El muerto!

—Sí, el muerto.

Ventura está un momento callado, con cara de conspira­dor.

—Dámela, ya sé yo lo que hacer con ella.

—Tómala.

Ventura aprieta un poco el brazo de Julita.

—Oye, ¿sabes lo que te digo?

—Qué.


—Pues que va a ser mejor cambiar de nido, buscar otra covacha, todo esto ya me está dando mala espina.

—Sí, a mí también. Ayer encontré a mi padre en la esca­lera.

—¿Te vio?

—¡Pues claro!

—¿Y qué le dijiste?

—Nada, que venia de sacarme una foto. Ventura está pensativo.

—¿Has notado algo en tu casa?

—No, nada, por ahora no he notado nada.

Poco antes de verse con Julita, Ventura se encontró a doña Celia en la calle de Luchana.

—¡Adiós, doña Celia!

—¡Adiós, señor Aguado! Hombre, a propósito, ni que me lo hubieran puesto a usted en el camino. Me alegro de haberlo encontrado, tenía algo bastante importante que de­cirle.

—¿A mí?


—Si, algo que le interesa. Yo pierdo un buen cliente, pero, ya sabe usted, a la fuerza ahorcan, no hay más reme­dio. Tengo que decírselo a usted, yo no quiero líos: ándese con ojo usted y su novia, por casa va el padre, de la chica.

—¿Sí?


—Como lo oye.

—Pero...


—Nada, se lo digo yo, ¡como lo oye!

—Sí, sí, bueno... ¡Muchas gracias!

La gente ya ha cenado.

Ventura acaba de redactar su breve carta, ahora está po­niendo el sobre: "Sr. D. Roque Moisés, calle de Hartzen-busch, 57, Interior."

La carta, escrita a máquina, dice asi:

"Muy señor mío: Ahí le mando la foto que en el valle de Josafat podrá hablar contra usted. Ándese con tiento y no juegue, pudiera ser peligroso. Cien ojos le esan y más de una mano no titubearía en apretarle el pescuezo. Guárde­se, ya sabemos por quienes votó usted en el 36".

La carta iba sin firma.

Cuando don Roque la reciba, se quedará sin aliento. A don Obdulio no lo podrá recordar, pero la carta, a no du­darlo, le encongerá el ánimo.

—Esto debe ser obra de masones —pensará—; tiene todas las características, la foto no es más que para despistar. ¿Quién será este desgraciado con cara de muerto de hace treinta años?


Doña Asunción, la mamá de Paquita, contaba lo de la suerte que habia tenido su niña a doña Juana Entrena, viu­da de Sisemón, la pensionista vecina de don Ibrahim y de la pobre doña Margot.

Doña Juana Entrena, para compensar, daba a doña Asunción toda clase de detalles sobre la trágica muerte de la mamá del señor Suárez, por mal nombre la Fotógrafa.

Doña Asunción y doña Juana eran ya casi viejas ami­gas, se habían conocido cuando las evacuaron a Valencia, durante la guerra civil, a las dos en la misma camioneta.

—¡Ay, hija, sí! ¡Estoy encantada! Cuando recibí la noti­cia de que la señora del novio de mi Paquita la habia prin­gado, creí enloquecer. Que Dios me perdone, yo no he de­seado nunca mal a nadie, pero esa mujer era la sombra que oscurecía la felicidad de mi hija.

Doña Juana, con la vista clavada en el suelo, reanudó su tema: el asesinato de doña Margot.

—¡Con una toalla! ¿Usted cree que hay derecho? ¡Con una toalla! ¡Qué falta de consideración para una ancianita! El criminal la ahorcó con una toalla, como si fuera un po­llo. En la mano le puso una flor. La pobre se quedó con los ojos abiertos, según dicen parecía una lechuza, yo no tuve valor para verla, a mi estas cosas me impresionan mucho.

Yo no quisiera equivocarme, pero a mí me da el olfato que su niño debe andar mezclado en todo esto. El hijo de doña Margot, que en paz descanse, era mariquita, ¿sabe usted?. andaba en muy malas compañías. Mi pobre marido siem­pre lo decía: quien mal anda, mal acaba.

El difunto marido de doña Juana, don Gonzalo Sisemón, habia acabado sus días en un prostíbulo de tercera clase, una tarde que le falló el corazón. Sus amigos lo tuvieron que traer en un taxi, por la noche, para evitar complicacio­nes. A doña Juana le dijeron que se había muerto en la cola de Jesús de Medinaceli, y doña Juana se lo creyó. El cadá­ver de don Gonzalo venía sin tirantes, pero doña Juana no cayó en el detalle.

—¡Pobre Gonzalo! —decía—: ¡pobre Gonzalo! ¡Lo único que me reconforta es pensar que se ha ido derechito al cie­lo, que a estas horas estará mucho mejor que nosotros! ¡Pobre Gonzalo!

Doña Asunción, como quien oye llover, sigue con lo de la Paquita.

—¡Ahora, si Dios quisiera que se quedase embarazada! ¡Eso sí que sería suerte! Su novio es un señor muy conside­rado por todo el mundo, no es ningún pelagatos, que es todo un catedrático. Yo he ofrecido ir a pie al Cerro de los Ángeles si la niña se queda en estado. ¿No cree usted que hago bien? Yo pienso que, por la felicidad de una hija, todo sacrificio es poco, ¿no le parece? ¡Que alegría se habrá lle­vado la Paquita al ver que su novio está libre!

A las cinco y cuarto o cinco y media, don Francisco lle­ga a su casa, a pasar la consulta. En la sala de espera hay ya siempre algunos enfermos aguardando con cara de cir­cunstancias y en silencio. A don Francisco le acompaña su yerno, con quien reparte el trabajo.

Don Francisco tiene abierto un consultorio popular, que le deja sus buenas pesetas todos los meses. Ocupando los cuatro balcones de la calle, el consultorio de don Francisco exhibe un rótulo llamativo que dice: "Instituto Pasteur Koch. Director-propietario, Dr. Francisco Robles. Tuberculosis, pulmón y corazón. Rayos X. Piel, venéreas, sífi­lis. Tratamiento de hemorroides por electrocoagulación. Consulta 5 pesetas". Los enfermos pobres de la Glorieta de Quevedo, de Bravo Murillo, de San Bernardo, de Fuenca-rral, tienen una gran fe en don Francisco.

—Es un sabio —dicen—, un verdadero sabio, un médico con mucho ojo y mucha práctica. Don Francisco les suele atajar.

—No sólo con fe se curará, amigo mío —les dice cariño­samente, poniendo la voz un poco confidencial—, la fe sin obras es fe muerta, una fe que no sirve para nada. Hace fal­ta también que pongan ustedes algo de su parte, hace falta obediencia y asiduidad, ¡mucha asiduidad!, no abandonar­se y no dejar de venir por aquí en cuanto se nota una ligera mejoría... ¡Encontrarse bien no es estar curado, ni mucho menos! ¡Desgraciadamente, los virus que producen las en­fermedades son tan taimados como traidores y alevosos!

Don Francisco es un poco tramposillo, el hombre tiene a sus espaldas un familión tremendo.

A los enfermos que, llenos de timidez y de distingos, le preguntan por las sulfamidas, don Francisco los disuade, casi displicente. Don Francisco asiste, con el corazón enco­gido, al progreso de la farmacopea.

—Día llegará —piensa— en que los médicos estaremos de más, en que en las boticas habrá unas listas de pildoras y los enfermos se recetarán solos.

Cuando le hablan, decimos, de las sulfamidas, don Fran­cisco suele responder:

—Haga usted lo que quiera, pero no vuelva por aquí. Yo no me encargo de vigilar la salud de un hombre que volun­tariamente se debilita la sangre.

Las palabras de don Francisco suelen hacer un gran efecto.

—No, no, lo que usted mande, yo sólo haré lo que usted mande.

En la casa, en una habitación interior, doña Soledad, su señora, repasa calcetines mientras deja vagar la imagina­ción, una imaginación torpe, corta y maternal como el vue­lo de una gallina. Doña Soledad no es feliz, puso toda su vida en los hijos, pero los hijos no han sabido, o no han querido, hacerla feliz. Once le nacieron y once viven, casi todos lejos, alguno perdido. Los dos mayores, Soledad y Piedad, se fueron monjas hace ya mucho tiempo, cuando cayó Primo de Rivera; aún hace unos meses, desde el con­vento, tiraron también de María Auxiliadora, una de las pe­queñas. El mayor de los dos únicos varones, Francisco, el tercero de los hijos, fue siempre el ojito derecho de la seño­ra; ahora está de médico militar en Carabanchel, algunas noches viene a dormir a casa. Amparo y Asunción son las dos únicas casadas. Amparo con el ayudante de su padre, don Emilio Rodríguez Ronda; Asunción con don Fadrique Méndez, que es practicante en Guadalajara, hombre traba­jador y mañoso que lo mismo sirve para un roto que para un descosido, que lo mismo pone unas inyecciones a un niño que unas lavativas a una vieja de buena posición, que arregla una radio o pone un parche a una bolsa de goma. La pobre Amparo ni tiene hijos ni podrá ya tenerlos, anda siempre mal de salud, siempre a vueltas con sus arrechu­chos y sus goteras; tuvo primero un aborto, después una larga serie de trastornos, y hubo que acabar al final por ex-tirparle los ovarios y sacarle fuera todo lo que le estorbaba, que debía ser bastante. Asunción, en cambio, es más fuerte y tiene tres hijos que son tres soles: Pilarín, Fadrique y Saturnino; la mayorcita ya va al colegio, ya ha cumplido los cinco años.

Después, en la familia de don Francisco y doña Soledad, viene Trini, soltera, feúcha, que buscó unos cuartos y puso una mercería en la calle de Apodaca.

El local es pequeñito, pero limpio y atendido con esmero.

Tiene un escaparate minúsculo en el que se muestran ma­dejas de lana, confecciones para niños y medias de seda, y un letrero pintado de azul claro, donde con letra picuda se lee "Trini" y debajo y más pequeño, "Mercería". Un chico de la vecindad que es poeta y que mira a la muchacha con una ternura profunda, trata en vano de explicar a su fami­lia, a la hora de la comida:

—Vosotros no os dais cuenta, pero a mí estas tiendas pequeñitas y recoletas que se llaman "Trini", ¡me producen una nostalgia!

—Este chico es tonto —asegura el padre—, el día que yo desaparezca no sé lo que va a ser de él.

El poeta de la vecindad es un jovencito melenudo, páli­do, que está siempre evadido, sin darse cuenta de nada, para que no se le escape la inspiración, que es algo así como una mariposita ciega y sorda pero llena de luz, una mariposita que vuela al buen tuntún, a veces dándose con­tra las paredes, a veces más alta que las estrellas. El poe­ta de la vecindad tiene dos rosetones en las mejillas. El poeta de la vecindad, en algunas ocasiones, cuando está en vena, se desmaya en los Cafés y tienen que llevarlo al retre­te, a que se despeje un poco con el olor a desinfectante, que duerme en su jaulita de alambre, como un grillo.

Detrás de Trini viene Nati, la compañera de Facultad de Martín, una chica que anda muy bien vestida, quizá dema­siado bien vestida, y después María Auxiliadora, la que se fue monja con las dos mayores hace poco. Cierran la serie de los hijos tres calamidades: los tres pequeños. Socorrito se escapó con un amigo de su hermano Paco, Bartolomé Anguera, que es pintor; llevan una vida de bohemios en un estudio de la calle de los Caños, donde se tienen que helar de frío, donde el día menos pensado van a amanecer tiesos como sorbetes. La chica asegura a sus amigas que es feliz, que todo lo da por bien empleado con tal de estar al lado de Bartolo, de ayudarle a hacer su Obra. Lo de "Obra" lo dice con un énfasis tremendo de letra mayúscula,

con un énfasis de jurado de las Exposiciones Nacionales.

—En las Nacionales no hay criterio —dice Socorrito—, no saben por dónde andan. Pero es igual, tarde o temprano no tendrán más remedio que medallar a mi Bartolo.

En la casa hubo un disgusto muy serio con la marcha de Socorrito.

—¡Si por lo menos se hubiera ido de Madrid! —decía su hermano Paco, que tenía un concepto geográfico del ho­nor.

La otra, María Angustias, al poco tiempo empezó con que quería dedicarse al cante y se puso de nombre Carmen del Oro. Pensó también en llamarse Rosario Giralda y Es­peranza de Granada, pero un amigo suyo, periodista, le dijo que no, que el nombre más a propósito era Carmen del Oro. En ésas andábamos cuando, sin dar tiempo a la ma­dre a reponerse de lo de Socorrito, María Angustias se lió la manta a la cabeza y se largó con un banquero de Murcia que se llamaba don Estanislao Ramírez. La pobre madre se quedó tan seca que ya ni lloraba.

El pequeño, Juan Ramón, salió de la serie B y se pasaba el día mirándose al espejo y dándose cremas a la cara.

A eso de las siete, entre dos enfermos, don Francisco sale al teléfono. Casi no se oye lo que habla.

—¿Va a estar usted en casa?

—Bien, yo iré por allí a eso de las nueve.

—No, no llame a nadie.

La muchacha parece estar en trance, el ademán soñador, la mirada perdida, en los labios la sonrisa de la felicidad.

—Es muy bueno, mamá, es muy bueno, muy bueno. Me cogió una mano, me miró fijo a los ojos...

—¿Nada más?

—Si. Se me acercó mucho y dijo: Julita, mi corazón arde de pasión, yo ya no puedo vivir sin ti, si me desprecias mi vida ya no tendrá objeto, será como un cuerpo que flota, sin rumbo, a merced del destino. Doña Visi sonríe emocionada.

—Igual que tu padre, hija mía, igual que tu padre. Doña Visi entorna la mirada y se queda beatíficamente pensativa, dulce y quizás algo tristemente descansada.

—Claro... El tiempo pasa... ¡Me estás haciendo vieja, Julita!

Doña Visi está unos segundos en silencio. Después se lle­va el pañuelo a los ojos y se seca dos lágrimas que asoma­ban tímidas.

—¡Pero mamá!

—No es nada, hijita; la emoción. ¡Pensar que algún día llegarás a ser de algún hombre! Pidamos a Dios, hijita mía, para que te depare un buen marido, para que haga que lle­gues a ser la esposa del hombre que te mereces.

—Sí, mamá.

—Y cuídate mucho, Julita, ¡por el amor de Dios! No le des confianza ninguna, te lo suplico. Los hombre son tai­mados y van a lo suyo, no te fies jamás de buenas palabras. No olvides que los hombres se divierten con las frescas, pero al final se casan con las decentes.

—Sí, mamá.

—Claro que sí, hijita. Y conserva lo que conservé yo du­rante veintitrés años para que se lo llevase tu padre. ¡Es lo único que las mujeres honestas y sin fortuna podemos ofre­cerles a nuestros maridos!

Doña Visi está hecha un mar de lágrimas. Julita trata de consolarla.

—Descuida, mamá.

En el Café, doña Rosa sigue explicándole a la señorita Elvira que tiene el vientre suelto, que se pasó la noche yen­do y viniendo del water a la alcoba y de la alcoba al water.

—Yo creo que algo me habrá sentado mal; los alimentos, a veces, están en malas condiciones; si no, no me lo expli­co.

—Claro, eso debió ser seguramente.

La señorita Elvira, que es ya como un mueble en el Café de doña Rosa, suele decir a todo amén. El tener amiga a doña Rosa es algo que la señorita Elvira considera muy im­portante.

—¿Y tenía usted retortijones?

—¡Huy, hija! ¡Y qué retortijones! ¡Tenía el vientre como la caja de los truenos! Para mí que cené demasiado. Ya dice la gente, de grandes cenas están las sepulturas llenas.

La señorita Elvira seguía asintiendo.

—Sí, eso dicen, que cenar mucho es malo, que no se hace bien la digestión.

—¿Qué se va a hacer bien? ¡Se hace muy mal! Doña Rosa bajó un poco la voz.

—¿Usted duerme bien?

Doña Rosa trata a la señorita Elvira unas veces de tú y otras de usted, según le da.

—Pues sí, suelo dormir bien.

Doña Rosa pronto sacó su conclusión.

—¡Será que cena usted poco!

La señorita Elvira se quedó algo perpleja.

—Pues sí, la verdad es que mucho no ceno. Yo ceno más bien poco.

Doña Rosa se apoya en el respaldo de una silla.

—Anoche, por ejemplo, ¿qué cenó usted?

—¿Anoche? Pues ya ve usted, poca cosa, unas espinacas y dos rajitas de pescadilla.

La señorita Elvira había cenado una peseta de castañas asadas, veinte castañas asadas, y una naranja de postre.

—Claro, éste es el secreto. A mí me parece que esto de hincharse no debe ser saludable.

La señorita Elvira piensa exactamente lo contrario, pero se lo calla.

Don Pedro Pablo Tauste, el vecino de don Ibrahim de Ostolaza y dueño del taller de reparación de calzado "La clínica del chapín", vio entrar en su tenducho a don Ricar­do Sorbedo, que el pobre venía hecho una calamidad.

—Buenas tardes, don Pedro, ¿da usted su permiso?

—Adelante, don Ricardo, ¿qué de bueno le trae por aquí?

Don Ricardo Sorbedo, con su larga melena enmaraña­da; su bufandilla descolorida y puesta un tanto al desgaire; su traje roto, deformado y lleno de lámparas; su trasnocha­da chalina de lunares y su seboso sombrero verde de ala ancha, es un extraño tipo, medio mendigo y medio artista, que malvive del sable, y del candor y de la caridad de los demás. Don Pedro Pablo siente por él cierta admiración y le da una peseta de vez en cuando. Don Ricardo Sorbedo es un hombre pequeñito, de andares casi pizpiretos, de ade­manes grandilocuentes y respetuosos, de hablar preciso y ponderado, que construye muy bien sus frases, con mucho esmero.

—Poco de bueno, amigo don Pedro, que la bondad esca­sea en este bajo mundo, y sí bastante de malo es lo que me trae a su presencia.

Don Pedro Pablo ya conocía la manera de empezar, era siempre la misma. Don Ricardo disparaba, como los arti­lleros, por elevación.

—¿Quiere usted una peseta?

—Aunque no la necesite, mi noble amigo, siempre la aceptaría por corresponder a su gesto de procer.

—¡Vaya!


Don Pedro Pablo Tauste sacó una peseta del cajón y se la dio a don Ricardo Sorbedo.

—Poco es...

—Sí, don Pedro, poco es, realmente, pero su desprendi­miento al ofrecérmela es como una gema de muchos quila­tes.

—Bueno, ¡si es así!

Don Ricardo Sorbedo era algo amigo de Martín Marco a veces, cuando se encontraban, se sentaban en el banco de un paseo y se ponían a hablar de arte y literatura.

Don Ricardo Sorbedo había tenido una novia, hasta hace poco tiempo, a la que dejó por cansancio y aburri­miento. La novia de don Ricardo Sorbedo era una golfita hambrienta, sentimental y un poco repipia, que se llamaba Maribel Pérez. Cuando don Ricardo Sorbedo se quejaba de lo mal que se estaba poniendo todo, la Maribel procura­ba consolarlo con filosofías.

—No te apures —decía la novia—, el alcalde de Cork tar­dó más de un mes en palmarla.

A la Maribel le gustaban las flores, los niños y los animales; era una chica bastante educada y de modales fi­nos.

—¡Ay, ese niño rubio! ¡Qué monada! —le dijo un día, pa­seando por la plaza del Progreso, a su novio.

—Como todos —le contestó don Ricardo Sorbedo-. Ése es un niño como todos. Cuando crezca, si no se muere an­tes, será comerciante, o empleado del Ministerio de Agri­cultura, o quién sabe si dentista incluso. A lo mejor le da por el arte y sale pintor o torero, y tiene hasta sus comple­jos sexuales y todo.

La Maribel no entendía demasiado de lo que le contaba su novio.

—Es un tío muy culto mi Ricardito —les decía a sus ami­gas—, ¡ya lo creo! ¡Sabe de todo!

—¿Y os vais a casar?

—Sí, cuando podamos. Primero dice que quiere retirar­me, porque esto del matrimonio debe ser a cala y a prueba, como los melones. Yo creo que tiene razón.

—Puede. Oye, ¿y qué hace tu novio?

—Pues, mujer, como hacer, lo que se dice hacer, no hace nada, pero ya encontrará algo, ¿verdad?

—Sí, algo siempre aparece.

El padre de Maribel había tenido una corsetería modesta en la calle de la Colegiata, hacía ya bastantes años, corseteria que traspasó porque a su mujer, la Eulogia, se le metió entre ceja y ceja que lo mejor era poner un bar de camareras en la calle de la Aduana. Él bar de la Eulogia se llamó "El paraíso terrenal" y marchó bastante bien hasta que el ama perdió el seso y se escapó con un tocaor que anda siempre bebido.

—¡Qué vergüenza! —decía don Braulio, el papá de la Maribel— ¡Mi señora liada con ese desgraciado que la va a matar de hambre!

El pobre don Braulio se murió poco después, de una pul­monía, y a su entierro fue, de luto riguroso y muy compun­gido, Paco el Sardina, que vivía con la Eulogia en Carabanchel Bajo.

—¡Es que no somos nadie! ¿Eh? —le decía en el entierro el Sardina a un hermano de don Braulio que había venido de Astorga para asistir al sepelio,

—¡Ya, ya!

—La vida es lo que tiene, ¿verdad, usted?

—Sí, si, ya lo creo, eso es lo que tiene —le contestaba don Bruno, el hermano de don Braulio, en el autobús camino del Este.

—Era bueno este hermano de usted, que en paz descan­se.

—Hombre, sí. Si fuera malo lo hubiera deslomado a us­ted.

—¡Pues también es verdad!

—¡Claro que también! Pero lo que yo digo: en este vida hay que ser tolerantes.

El Sardina no contestó. Por dentro iba pensando que el don Bruno era un tío moderno.

—¡Ya lo creo! ¡Éste es un tío la mar de moderno! ¡Que­ramos o no queramos, esto es lo moderno, qué contra!

A don Ricardo Sorbedo, los argumentos de la novia no le convencían mucho.

—Sí, chica, pero a mí las hambres del alcalde de Cork no me alimentan, te lo juro.

—Pero no te apures, hombre, no eches los pies por alto, no merece la pena. Además, ya sabes que no hay mal que cíen años dure.

Cuando tuvieron esta conversación, don Ricardo Sorbedo y Maribel estaban sentados ante dos blancos, en una tasca que hay en la calle Mayor, cerca del Gobierno Civil, en la otra acera. La Maribel tenía una peseta y le había di­cho a don Ricardo:

—Vamos a tomarnos un blanco en cualquier lado. Ya está una harta de callejear y de coger frío.

—Bueno, vamos a donde tú quieras.

La pareja estaba esperando a un amigo de don Ricardo, que era poeta y que algunas veces los invitaba a café con leche e incluso a un bollo suizo. El amigo de don Ricardo era un joven que se llamaba Ramón Maello y que no es que nadase en la abundancia, pero tampoco pasaba lo que se dice hambre. El hombre, que era hijo de familia, siempre se las arreglaba para andar con unas pesetas en el bolsillo. El chico vivía en la calle de Apodaca, encima de la mer­cería de Trini y, aunque no se llevaba muy bien con su pa­dre, tampoco se había tenido que marchar de casa. Ramón Maello andaba algo delicado de salud y haberse marchado de su casa le hubiera costado la vida.

—Oye, ¿tú crees que vendrá?

—Sí, mujer, el Ramón es un chico serio. Está un poco en la luna, pero también es serio y servicial, ya verás como viene.

Don Ricardo Sorbedo bebió un traguito y se quedó pen­sativo.

—Oye, Maribel, ¿a qué sabe esto? La Maribel bebió también.

—Chico, no sé. A mi me parece que a vino. Don Ricardo sintió, durante unos segundos, un asco tre­mendo por su novia.

—¡Esta tía es como una calandria! —pensó. La Maribel ni se dio cuenta. La pobre casi nunca se daba cuenta de nada.

—Mira qué gato más hermoso. Ése sí que es un gato fe­liz, ¿verdad?

El gato —un gato negro, lustroso, bien comido y bien dormido— se paseaba, paciente y sabio como un abad, por el reborde del zócalo, un reborde noble y antiguo que tenía lo menos cuatro dedos de ancho.

—A mí me parece que este vino sabe a té, tiene el mismo sabor que el té.

En el mostrador, unos chóferes de taxi se bebían sus va­sos.

—¡Mira, mira! Es pasmoso que no caiga. En un rincón otra pareja se adoraba en silencio, mano sobre mano, un mirar fijo en el otro mirar.

—Yo creo que cuando se tiene la barriga vacía todo sabe a té.

Un ciego se paseó por entre las mesas cantando los cua­renta iguales.

—¡Qué pelo negro más bonito! ¡Casi parece azul! ¡Vaya gato!

De la calle se colaba, al abrir la puerta, un vientecillo frío mezclado con el ruido de los tranvías, aún más frío to­davía.

—Al té sin azúcar, al té que toman los que padecen del estómago.

El teléfono comenzó a sonar estrepitosamente.

—Es un gato equilibrista, un gato que podría trabajar en el circo.

El chico del mostrador se secó las manos con su mandil de rayas verdes y negras y descolgó el teléfono.

—El té sin azúcar, más propio parece para tomar baños de asiento que para ser ingerido.

El chico del mostrador cogió el teléfono y gritó:

—¡Don Ricardo Sorbedo!

Don Ricardo le hizo una seña con la mano.

—¿Eh?

—¿Es usted don Ricardo Sorbedo?



—Si. ¿tengo algún recado?

—Sí, de parte de Ramón que no puede venir, que se le ha puesto la mamá mala.

En la tahona de la calle de San Bernardo, en la diminuta oficina donde se llevan las cuentas, el señor Ramón habla con su mujer, la Paulina, y con don Roberto González, que ha vuelto al día siguiente, agradecido a los cinco duros del patrón, a ultimar algunas cosas y dejar en orden unos asientos.

El matrimonio y don Roberto charlan alrededor de una estufa de serrín, que da bastante calor. Encima de la estufa hierven, en una lata vacía de atún, unas hojas de laurel.

Don Roberto tiene un día alegre, cuenta chistes a los pa­naderos.

—Y entonces el delgado va y le dice al gordo: "¡Usted es un cochino!", y el gordo se vuelve y le contesta: "Oiga, oi­ga, ¡a ver si se cree usted que huelo siempre así!"

La mujer de don Ramón está muerta de risa, le ha entra­do el hipo y grita, mientras se tapa los ojos con las dos ma­nos:

—¡Calle, calle, por el amor de Dios! Don Roberto quiere remachar su éxito.

—¡Y todo eso dentro de un ascensor! La mujer llora, entre grandes carcajadas, y se echa atrás en la silla.

—¡Calle, calle!

Don Roberto también se ríe.

—¡El delgado tenía cara de pocos amigos!

El señor Ramón, con las manos cruzadas sobre el vien­tre y la colilla en los labios, mira para don Roberto y para la Paulina.

—¡Este don Roberto, tiene unas cosas cuando está de buenas!

Don Roberto está infatigable.

—¡Y aún tengo otro preparado, señora Paulina!

—¡Calle, calle, por amor de Dios!

—Bueno, esperaré a que se reponga un poco, no tengo prisa.

La señora Paulina, golpeándose los recios muslos con las palmas de las manos, aún se acuerda de lo mal que olía el señor gordo.

Estaba enfermo y sin un real, pero se suicidó porque olía a cebolla.

—Huele a cebolla que apesta, huele un horror a cebolla.

—Cállate, hombre, yo no huelo nada, ¿quieres que abra la ventana?

—No, me es igual. El olor no se iría, son las paredes las que huelen a cebolla, las manos me huelen a cebolla. La mujer era la imagen de la paciencia.

—¿Quieres lavarte las manos?

—No, no quiero, el corazón también me huele a cebolla.

—Tranquilízate.

—No puedo, huele a cebolla.

—Anda, procura dormir un poco.

—No podría, todo me huele a cebolla.

—¿Quieres un vaso de leche?

—No quiero un vaso de leche. Quisiera morirme, nada más que morirme, morirme muy de prisa, cada vez huele más a cebolla.

—No digas tonterías.

—¡Digo lo que me da la gana! ¡Huele a cebolla! El hombre se echó a llorar.

—¡Huele a cebolla!

—Bueno, hombre, bueno, huele a cebolla.

—¡Claro que huele a cebolla! ¡Una peste!

La mujer abrió la ventana. El hombre, con los ojos lle­nos de lágrimas, empezó a gritar.

—¡Cierra la ventana! ¡No quiero que se vaya el olor a ce­bolla!

—Como quieras.

La mujer cerró la ventana.

—Quiero agua en una taza; en un vaso, no.

La mujer fue a la cocina, a prepararle una taza de agua a su marido.

La mujer estaba lavando la taza cuando se oyó un berri­do infernal, como si a un hombre se le hubieran roto los dos pulmones de repente.

El golpe del cuerpo contra las losetas del patio, la mujer no lo oyó. En vez sintió un dolor en las sienes, un dolor frío y agudo como el de un pinchazo con una aguja muy larga.

—¡Ay!

El grito de la mujer salió por la ventana abierta; nadie le contestó, la cama estaba vacia.



Algunos vecinos se asomaron a las ventanas del patio.

—¿Qué pasa?

La mujer no podía hablar. De haber podido hacerlo, hu­biera dicho:

—Nada, que olía un poco a cebolla.

Seoane, antes de ir a tocar el violín al Café de doña Ro­sa, se pasa por una óptica. El hombre quiere enterarse del precio de las gafas ahumadas; su mujer tiene unos ojos cada vez peor.

—Vea usted, fantasía con cristales Zeiss, doscientas cin­cuenta pesetas.

Seoane sonríe con amabilidad.

—No, no, yo las quiero más económicas.

—Muy bien, señor. Este modelo quizá le agrade; ciento setenta y cinco pesetas.

Seoane no había dejado de sonreír.

—No, no me explico bien; yo quisiera ver unas de tres a cuatro duros.

El dependiente lo mira con profundo desprecio. Lleva bata blanca y unos ridículos lentes de pinzas, se peina con raya al medio y mueve el culito al andar.

—Eso lo encontrará usted en una droguería. Siento no poder servir al señor.

Bueno, adiós; usted perdone.

Seoane se va parando en los escaparates de las dro­guerías.

Algunas un poco más ilustradas, que se dedican también a revelar carretes de fotos, tienen, efectivamente, gafas de color en las vitrinas.

—¿Tiene gafas de tres duros?

La empleada es una chica mona, complaciente.

—Sí, señor, pero no se las recomiendo; son muy frágiles. Por poco más, podemos ofrecerle a usted un modelo que está bastante bien.

La muchacha rebusca en los cajones del mostrador y saca unas bandejas.

—Vea, veinticinco pesetas, veintidós, treinta, cincuenta, dieciocho (éstas son un poco peores), veintisiete...

Seoane sabe que en el bolsillo no lleva más que tres du­ros.

—Éstas de dieciocho, ¿dice usted que son malas?

—Sí, no compensa lo que se ahorra. Las de veintidós ya son otra cosa.

Seoane sonríe a la muchacha.

—Bien, señorita, muchas gracias, lo pensaré y volveré por aquí. Siento haberla molestado.

—Por Dios, caballero, para eso estamos.

A Julita, allá en el fondo de su corazón, le remuerde un poco la conciencia. Las tardes en casa de doña Celia se le presentan, de pronto, orladas de todas las maldiciones eter­nas.

Es sólo un momento, un mal momento; pronto vuelve a su ser. La lagrimita que, por poco, se le cae mejilla abajo, puede ser contenida.

La muchacha se mete en su cuarto y saca del cajón de la cómoda un cuaderno forrado de hule negro, donde lleva unas extrañas cuentas. Busca un lápiz, anota unos números y sonríe ante el espejo: la boca fruncida, los ojos entorna­dos, las manos en la nuca, sueltos los botones de la blusa.

Está guapa Julita, muy guapa, mientras guiña un ojo al espejo...

—Hoy llegó Ventura al empate.

Julia sonríe, mientras el labio de abajo se le estremece; hasta la barbilla le tiembla un poquito.

Guarda su cuadernito y sopla un poco las tapas para quitarles el polvo.

—La verdad es que voy a una marcha que ya, ya... Al tiempo de echar la llave, que lleva adornada con un lacito rosa, piensa casi compungida:

—¡Este Ventura es insaciable!

Sin embargo —¡lo que son las cosas!—, cuando va a salir de la alcoba, un chorro de optimismo le riega el alma.

Martín se despide de Nati Robles y va hacia el Café de donde lo echaron el día anterior por no pagar.

—Me quedan ocho duros y pico —piensa—; yo no creo que sea robar comprarme unos pitillos y darle una lección a esa tía asquerosa del Café. A Nati le puedo regalar un par de grabaditos que me cuesten cinco o seis duros.

Toma un 17 y se acerca hasta la Glorieta de Bilbao. En el espejo de una peluquería se atusa un poco el pelo y se pone derecho el nudo de la corbata.

—Yo creo que voy bastante bien...

Martín entra en el Café por la misma puerta por donde ayer salió; quiere que le toque el mismo camarero, hasta la misma mesa, si fuera posible.

En el Café hace un calor denso, pegajoso. Los músicos tocan "La cumparsita", tango que para Martín tiene cier­tos vagos, remotos, dulces recuerdos. La dueña, por no perder la costumbre, grita entre la indiferencia de los de­más, levantando los brazos al cielo, dejándolos caer pesa­damente, estudiadamente, sobre el vientre. Martín se sienta a una mesa contigua a la de la escena. El camarero se le acerca.

—Hoy está rabiosa; si lo ve va a empezar a tirar coces.

—Allá ella. Tome usted un duro y tráigame café. Una veinte de ayer y una veinte de hoy, dos cuarenta; quédese con la vuelta; yo no soy ningún muerto de hambre.

El camarero se quedó cortado; tenia más cara de bobo que de costumbre. Antes de que se aleje demasiado, Martín lo vuelve a llamar. —Que venga el limpia.

—Bien. Martín insiste.

—Y el cerillero.

—Bien.

Martín ha tenido que hacer un esfuerzo tremendo; le duele un poco la cabeza, pero no se atreve a pedir una aspi­rina.



Doña Rosa habla con Pepe, el camarero, y mira, estupe­facta, para Martín. Martín hace como que no ve.

Le sirven, bebe un par de sorbos y se levanta, camino del retrete. Después no supo si fue allí donde sacó el pañuelo que llevaba en el mismo bolsillo que el dinero.

De vuelta a su mesa se limpió los zapatos y se gastó un duro en una cajetilla de noventa.

—Esta bazofia que se la beba la dueña, ¿se entera?; esto es una malta repugnante.

Se levantó, casi solemne, y cogió la puerta con un gesto lleno de parsimonia.

Ya en la calle, Martín nota que todo el cuerpo le tiembla.

Todo lo da por bien empleado; verdaderamente se acaba de portar como un hombre.

Ventura Aguado Sans dice a su compañero de pensión don Tesifonte Ovejero, capitán de Veterinaria:

—Desengáñese usted, mi capitán, en Madrid lo que so­bran son asuntos. Y ahora, después de la guerra, más que nunca. Hoy dia, la que más y la que menos hace lo que puede. Lo que hay es que dedicarles algún ratillo al día, ¡qué caramba! ¡No se pueden pescar truchas a bragas en­jutas!

—Ya, ya; me hago cargo.

—Naturalmente, hombre, naturalmente. ¿Cómo quiere usted divertirse si no pone nada de su parte? Las mujeres, descuide, no van a venir a buscarle a usted. Aquí todavía no es como en otros lados.

—Si, eso sí.

—¿Entonces? Hay que espabilarse, mi capitán, hay que tener arrestos y cara, mucha cara. Y sobre todo, no decep­cionarse con los fracasos. ¿Que una falla? Bueno, ¿y qué? Ya vendrá otra detrás.

Don Roque manda un aviso a Lola, la criada de la pen­sionista doña Matilde: "Pásate por Santa Engracia a las ocho. Tuyo, R."

La hermana de Lola, Josefa López, había sido criada du­rante bastantes años en casa de doña Soledad Castro de Robles. De vez en cuando decía que se iba al pueblo y se metia en la Maternidad a pasar unos días. Llegó a tener cinco hijos que le criaban de caridad unas monjas de Chamartin de la Rosa: tres de don Roque, los tres mayores; uno del hijo mayor de don Francisco, el cuarto, y el último de don Francisco, que fue el que tardó más en descubrir el filón. La paternidad de cada uno no ofrecía dudas.

—Yo seré lo que sea —solía decir la Josefa—, pero a quien me da gusto no le pongo cuernos. Cuando una se harta, se tarifa y en paz; pero mientras tanto, como las pa­lomas, uno con una.

La Josefa fue una mujer hermosa, un poco grande. Aho­ra tiene una pensión de estudiantes en la calle de Atocha y vive con los cinco hijos. Malas lenguas de la vecindad dicen que se entiende con el cobrador del gas y que un dia puso muy colorado al chico del tendero, que tiene catorce años. Lo que haya de cierto en todo eso es muy difícil de averi­guar.

Su hermana Lola es más joven, pero también es grande y pechugona. Don Roque le compra pulseras de bisutería y la convida a pasteles, y ella está encantada. Es menos ho­nesta que la Josefa y parece ser que se entiende con algún pollo que otro. Un dia doña Matilde la cogió acostada con Ventura, pero prefirió no decir nada.

La chica recibió el papelito de don Roque, se arregló y se fue para casa de doña Celia.

—¿No ha venido?

—No, todavía no; pasa aquí.

Lola entra en la alcoba, se desnuda y se sienta en la ca­ma. Quiere darle una sorpresa a don Roque, la sorpresa de abrirle la puerta en cueros vivos.

Doña Celia mira por el ojo de la cerradura; le gusta ver cómo se desnudan las chicas. A veces, cuando nota mucho calor en la cara, llama a un lulú que tiene.

—¡Pierrot! ¡Pierrot! ¡Ven a ver a tu amita!

Ventura abre un poco la puerta del cuarto que ocupa.

—Señora.


—Va.

Ventura mete a doña Celia tres duros en la mano.

—Que salga antes la señorita. Doña Celia dice a todo amén.

—Usted manda.

Ventura pasa a un cuarto ropero, a hacer tiempo, encendiendo un cigarrillo, mientras la muchacha se aleja, y la no­via sale, mirando para el suelo, escaleras abajo.

—Adiós, hija.

—Adiós.

Doña Celia llama con los nudillos en la habitación donde aguarda Lola.



—¿Quieres pasar a la alcoba grande? Se ha desocupado.

—Bueno.


Julita, al llegar a la altura del entresuelo, se encuentra con Roque.

—¡Hola, hija! ¿De dónde vienes? Julita está pasada.

—De... la fotografía. Y tú, ¿a dónde vas?

—Pues... a ver a un amigo enfermo; el pobre está muy malo.

A la hija le cuesta trabajo pensar que el padre vaya a casa de doña Celia; al padre le pasa lo mismo.

—No, ¡qué tonto soy! ¡A quién se le ocurre! —piensa don Roque.

—Será cierto lo del amigo —piensa la niña—, papá tendrá sus planes, pero ¡también sería mala uva que se viniera a meter aquí!

Cuando Ventura va a salir, doña Celia lo detiene.

—Espere un momento, han llamado. Don Roque llega; viene algo pálido.

—¡Hola! ¿Ha venido la Lola?

—Sí, está en la alcoba de delante.

Don Roque da dos ligeros golpes sobre la puerta.

—¿Quién?

—Yo.


—Pasa.

Ventura Aguado sigue hablando, casi elocuentemente, con el capitán.

—Mire usted, yo tengo ahora un asuntillo bastante arregladito con una chica, cuyo nombre no hace al caso, que cuando la vi por primera vez pensé: "Aquí no hay nada que hacer". Fui hasta ella, por eso de que no me quedase la pena de verla pasar sin trastearla, le dije tres cosas y le pa­gué dos vermús con gambas, y ya ve usted, ahora la tengo como una corderita. Hace lo que yo quiero y no se atreve ni a levantar la voz. La conocí en el Barceló, el veintitantos de agosto pasado y, a la semana escasa, el día de mi cum­pleaños, ¡zas, al catre! Si me hubiera estado como un gilí viendo cómo la camelaban y cómo le metían mano los de­más, a estas horas estaba como usted.

—Si, eso está muy bien, pero a mí me da por pensar que eso no es más que cuestión de suerte. Ventura saltó en el asiento.

—¿Suerte? ¡Ahí está el error! La suerte no existe, amigo mío, la suerte es como las mujeres, que se entrega a quienes la persiguen y no a quien las ve pasar por la calle sin decir­les ni una palabra. Desde luego, lo que no se puede es estar aquí metido todo el santo día, como está usted, mirando para esa usurera del niño lila y estudiando las enfermeda­des de las vacas. Lo que yo le digo es que así no se va a ninguna parte.

Seoane coloca su violín sobre el piano, acaba de tocar "La cumparsita". Habla con Macario.

—Voy un momento al water.

Seoane marcha por entre las mesas. En su cabeza siguen dando vueltas los precios de las gafas.

—Verdaderamente, vale la pena esperar un poco. Las de veintidós son bastante buenas, a mi me parece.

Empuja con el pie la puerta donde se lee "Caballeros": dos tazas adosadas a la pared y una débil bombilla de quin­ce bujías defendida con unos alambres. En su jaula, como un grillo, una tableta de desinfectante preside la escena.

Seoane está solo, se acerca a la pared, mira para el suelo.

¿Eh?


La saliva se le para en la garganta, el corazón le salta, un zumbido larguísimo se le posa en los oídos. Seoane mira para el suelo con mayor fijeza, la puerta está cerrada. Seoane se agacha precipitadamente. Sí, son cinco duros. Están un poco mojados, pero no importa. Seoane seca el billete con un pañuelo.

Al día siguiente volvió a la droguería.

—Las de treinta, señorita, deme las de treinta.

Sentados en el sofá, Lola y don Roque hablan. Don Ro­que está con el abrigo puesto y el sombrero encima de las rodillas. Lola, desnuda y con las piernas cruzadas. En la habitación arde un chubesqui, se está bastante caliente. So­bre la luna del armario se reflejan las figuras, hacen real­mente una pareja extraña: don Roque, de bufanda y con el gesto preocupado; Lola, en cueros y de mal humor.

Don Roque está callado.

—Eso es todo.

Lola se rasca el ombligo y después se huele el dedo.

—¿Sabes lo que te digo?

—Qué.

—Pues que tu chica y yo no tenemos nada que echarnos en cara, las dos podemos tratarnos de tú a tú. Don Roque grita:



—¡Calla, te digo! ¡Que te calles!

—Pues me callo.

Los dos fuman. La Lola, gorda, desnuda y echando hu­mo, parece una foca del circo.

—Eso de la foto de la niña es como lo de tu amigo enfer­mo.

—¿Te quieres callar?

—¡Venga ya, hombre, venga ya, con tanto callar y tanta monserga! ¡Si parece que no tenéis ojos en la cara! Ya dijimos en otro lado lo siguiente:

"Desde su marco dorado con purpurina, don Obdulio, enhiesto el bigote, dulce la mirada, protege, como un malé­volo, picardeado diosecillo del amor, la clandestinidad que permite comer a su viuda."

Don Obdulio está a la derecha del armario, detrás de un macetero. A la izquierda, cuelga un retrato de la dueña, de joven, rodeada de perros lulús.

—Anda, vístete, no estoy para nada.

—Bueno. Lola piensa:

—La niña me la paga, ¡como hay Dios! ¡Vaya si me la paga!

Don Roque la pregunta:

—¿Sales tú antes?

—No, sal tú, yo mientras me iré vistiendo.

Don Roque se va y Lola echa el pestillo a la puerta.

—Ahí donde está, nadie lo va a notar —piensa. Descuelga a don Obdulio y lo guarda en el bolso. Se arregla el pelo un poco en el lavabo y enciende un tritón.

El capitán Tesifonte parece reaccionar.

—Bueno... Probaremos fortuna...

—No va a ser verdad.

—Sí, hombre, ya lo verá usted. Un día que vaya usted de bureo, me llama y nos vamos juntos. ¿Hace?

—Hace, sí, señor. El primer día que me vaya por ahí, lo aviso.

El chamarilero se llama José Sanz Madrid. Tiene dos prenderías donde compra y vende ropas usadas y "objetos de arte", donde alquila smokings a los estudiantes y cha­qués a los novios pobres.

—Métase ahí y pruébese, tiene donde elegir.

Efectivamente, hay donde elegir: colgados de cientos de

perchas, cientos de trajes esperan al cliente que los saque a tomar el aire.

Las prenderías están, una en la calle de los Estudios y otra, la más importante, en la calle de la Magdalena, hacia la mitad.

El señor José, después de merendar, lleva a Purita al ci­ne, le gusta darse el lote antes de irse a la cama. Van al cine Ideal, enfrente del Calderón, donde ponen "Su hermano y él", de Antonio Vico, y "Un enredo de familia", de Merce­des Vecino, "toleradas" las dos. El cine Ideal tiene la venta­ja de que es de sesión continua y muy grande, siempre hay sitio.

El acomodador los alumbra con la linterna.

—¿Dónde?

—Pues por aquí. Aquí estamos bien. Purita y el señor José se sientan en la última fila. El señor José pasa una mano por el cuello de la muchacha.

—¿Qué me cuentas?

—Nada, ¡ya ves!

Purita mira para la pantalla. El señor José le coge las manos.

—Estás fría.

—Sí, hace mucho frío.

Están algunos instantes en silencio. El señor José no aca­ba de sentarse a gusto, se mueve constantemente en la bu­taca.

—Oye.

—Qué.


—¿En qué piensas?

—Psché...

—No le des más vueltas a eso; lo del Paquito yo te lo arreglo, yo tengo un amigo que manda mucho en Auxilio Social, es primo del gobernador civil de no sé dónde.

El señor José baja la mano hasta el escote de la chica.

—¡Ay, qué fría!

—No te apures, yo la calentaré.

El hombre pone la mano en la axila de Purita, por enci­ma de la blusa.

—¡Qué caliente tienes el sobaco!

—Sí.

Purita tiene mucho calor debajo del brazo, parece como si estuviera mala.



—¿Y tú crees que el Paquito podrá entrar?

—Mujer, yo creo que si, que a poco que pueda mi amigo, ya entrará.

—¿Y tú amigo querrá hacerlo?

El señor José tiene la otra mano en una liga de Purita. Purita, en el invierno, lleva liguero, las ligas redondas no se le sujetan bien porque está algo delgada. En el verano va sin medias; parece que no, pero supone un ahorro, ¡ya lo creo!

—Mi amigo hace lo que yo le mando, me debe muchos favores.

—¡Ojalá! ¡Dios te oiga!

—Ya lo verás como sí.

La chica está pensando, tiene la mirada triste, perdida. El señor José le separa un poco los muslos, se los pellizca.

—¡Con el Paquito en la guardería, ya es otra cosa!

El Paquito es el hermano pequeño de la chica. Son cinco hermanos y ella, seis: Ramón, el mayor, tiene veintidós años y está haciendo el servicio en África; Mariana, que la pobre está enferma y no puede moverse de la cama, tiene dieciocho; Julio, que trabaja de aprendiz en una imprenta, anda por los catorce; Rosita tiene once, y Paquito, el más chico, nueve. Purita es la segunda, tiene veinte años, aun­que quizá represente alguno más.

Los hermanos viven solos. Al padre lo fusilaron, por esas cosas que pasan, y la madre murió, tísica y desnutrida, el año 41.

A Julio le dan cuatro pesetas en la imprenta. El resto se lo tiene que ganar Purita a pulso, callejeando todo el día, recalando después de la cena por casa de doña Jesusa.

Los chicos viven en un sotabanco de la calle de la Terne­ra. Purita para en una pensión, asi está más libre y puede recibir recados por teléfono. Purita va a verlos todas las mañanas, a eso de las doce o la una. A veces, cuando no tiene compromiso, también almuerza con ellos; en la pen­sión le guardan la comida para que se la tome a la cena, si quiere.

El señor José tiene ya la mano, desde hace rato, dentro del escote de la muchacha.

—¿Quieres que nos vayamos?

—¡Si tú quieres!

El señor José ayuda a Purita a ponerse el abriguillo de algodón.

—Sólo un ratito, ¿eh?, la parienta está ya con la mosca en la oreja.

—Lo que tú quieras.

—Toma, para ti.

El señor José mete cinco duros en el bolso de Purita, un bolso teñido de azul que mancha un poco las manos.

—Que Dios te lo pague.

A la puerta de la habitación, la pareja se despide.

—Oye, ¿cómo te llamas?

—Yo me llamo José Sanz Madrid, ¿y tú?, ¿es verdad que te llamas Purita?

—Sí, ¿por qué te iba a mentir? Yo me llamo Pura Barto­lomé Alonso.

Los dos se quedan un rato mirando para el paragüero,

—Bueno, ¡me voy!

—Adiós, Pepe, ¿no me das un beso?

Sí, mujer.

—Oye, ¿cuando sepas algo de lo del Paquito, me llama­rás?

—Si, descuida, yo te llamaré a ese teléfono.

Doña Matilde llama a voces a sus huéspedes:

—¡Don Tesi! ¡Don Ventura! ¡La cena! Cuando se encuentra con don Tesifonte, le dice:

—Para mañana he encargado hígado, ya veremos qué cara le pone.

El capitán ni la mira, va pensando en otras cosas.

—Si, puede que tenga razón ese chico. Estándose aquí como un bobalicón, pocas conquistas se pueden hacer, ésa es la verdad.

A doña Montserrat le han robado el bolso en la Reserva, ¡qué barbaridad!, ¡ahora hay ladrones hasta en las iglesias! No llevaba más que tres pesetas y unas perras, pero el bol­so estaba aún bastante bien, en bastante buen uso.

Se había entonado ya el "Tantum ergo" —que el irreve­rente de José María, el sobrino de doña Montserrat, canta­ba con la música del himno alemán— y en los bancos no quedaban ya sino algunas señoras rezagadas, dedicadas a sus particulares devociones.

Doña Montserrat medita sobre lo que acaba de leer: "Este jueves trae al alma fragancia de azucenas y también dulce sabor de lágrimas de contrición perfecta. En la ino­cencia fue un ángel, en la penitencia emuló las austeridades de la Tebaida..."

Doña Montserrat vuelve un poco la cabeza, y el bolso ya no está.

Al principio no se dio mucha cuenta, todo en su imagi­nación eran mutaciones, apariciones y desapariciones.

En su casa, Julita guarda otra vez el cuaderno y, como los huéspedes de doña Matilde, va también a cenar. La madre le da un cariñoso pellizco en la cara.

—¿Has estado llorando? Tienes los ojos encarnados.

Julita contesta con un mohín.

—No, mamá, he estado pensando. Doña Visi sonríe con cierto aire pícaro.

—¿En él?

—Sí.


Las dos mujeres se cogen del brazo.

—Oye, ¿cómo se llama?

—Ventura.

—¡Ah, lagartona! ¡Por eso pusiste Ventura al chinito! La muchacha entorna los ojos.

—Sí.

—¿Entonces lo conoces ya desde hace algún tiempo?



—Sí, hace ya mes y medio o dos meses que nos vemos de vez en cuando.

La madre se pone casi seria.

—¿Y cómo no me habías dicho nada?

—¿Para qué iba a decirte nada antes de que se me decla­rase?

—También es verdad. ¡Parezco tonta! Has hecho muy bien, hija, las cosas no deben decirse nunca hasta que suce­den ya de una manera segura. Hay que ser siempre discre­tas.

A Julita le corre un calambre por las piernas, nota un poco de calor por el pecho.

—Si, mamá, ¡muy discretas!

Doña Visi vuelve a sonreír y preguntar.

—Oye, ¿y qué hace?

—Estudia Notarías.

—¡Si sacase una plaza!

—Ya veremos si tiene suerte, mamá. Yo he ofrecido dos velas si saca una Notaría de primera, y una si no saca más que una de segunda.

—Muy bien hecho, hija mía, a Dios rogando y con el mazo dando, yo ofrezco también lo mismo. Oye... ¿Y có­mo se llama de apellido?

—Aguado.


—No está mal, Ventura Aguado. Doña Visi ríe alborozada.

—¡Ay, hija, qué ilusión! Julita Moisés de Aguado, ¿tú te das cuenta?

La muchacha tiene el mirar perdido.

—Ya, ya.


La madre, velozmente, temerosa de que todo sea un sueño que se vaya de pronto a romper en mil pedazos como una bombilla, se apresura a echar las falsas cuentas de la lechera.

—Y tu primer hijo, Julita, si es niño, se llamará Roque, como el abuelo, Roque Aguado Moisés. ¡Qué felicidad! ¡Ay, cuando lo sepa tu padre! ¡Qué alegría!

Julita ya está del otro lado, ya cruzó la corriente, ya ha­bla de sí misma como de otra persona, ya nada le importa fuera del candor de la madre.

—Si es niña, le pondré tu nombre, mamá. También hace muy bien Visitación Aguado Moisés.

—Gracias, hija, muchas gracias, me tienes emocionada. Pero pidamos que sea varón; un hombre hace siempre mu­cha falta.

A la chica le vuelven a temblar las piernas.

—Si, mamá, mucha.

La madre habla con las manos enlazadas sobre el vien­tre.

—¡Mira tú que si Dios hiciera que tuviese vocación!

—¡Quién sabe!

Doña Visi eleva su mirada a las alturas. El cielo raso de la habitación tiene algunas manchas de humedad.

—La ilusión de toda mi vida, ¡un hijo sacerdote!

Doña Visi es en aquellos momentos la mujer más feliz de Madrid. Coge a la hija de la cintura —de una manera muy semejante a como la coge Ventura en casa de doña Celia— y la balancea como a un niño pequeño.

—A lo mejor lo es el nietecito, chatita, ¡a lo mejor! Las dos mujeres ríen, abrazadas, mimosas.

—¡Ay, ahora cómo deseo vivir!

Julita quiere adornar su obra.

—Sí, mamá, la vida tiene muchos encantos.

Julita baja la voz, que suena velada, cadenciosa.

—Yo creo que conocer a Ventura —los oídos de la mu­chacha zumban ligeramente— ha sido una gran suerte para mi.

La madre prefiere dar una muestra de sensatez.

—Ya veremos, hija, ya veremos. ¡Dios lo haga! ¡Tenga­mos fe! Si, ¿por qué no? Un nietecito sacerdote que nos edifique a todos con su virtud. ¡Un gran orador sagrado! ¡Mira tú que, si ahora que estamos de broma, después re­sulta que salen anuncios de los Ejercicios Espirituales dirigidos por el Reverendo Padre Roque Aguado Moisés! Yo sería ya una viejecita, hija mía, pero no me cabría el cora­zón en el pecho de orgullo.

—A mí tampoco, mamá.

Martín se repone pronto, va orgulloso de sí mismo.

—¡Vaya lección! ¡Ja, ja!

Martín acelera el paso, va casi corriendo, a veces da un saltito.

—¡A ver qué se le ocurre decir ahora a ese jabalí! El jabalí es doña Rosa.

Al llegar a la Glorieta de San Bernardo, Martín piensa en el regalo de Nati.

—A lo mejor está todavía Rómulo en la tienda.

Rómulo es un librero de viejo que tiene a veces, en su cu­chitril, algún grabado interesante.

Martín se acerca hasta el cubil de Rómulo, bajando, a la derecha, después de la Universidad.

En la puerta cuelga un cartelito que dice: "Cerrado. Los recados por el portal". Dentro se ve luz, se conoce que Rómulo está ordenando las fichas o apartando algún en­cargo.

Martin llama con los nudillos sobre la puertecita que da al patio.

—¡Hola, Rómulo!

—Hola, Martín, ¡dichosos los ojos! Martín saca tabaco, los dos hombres fuman sentados en torno al brasero que Rómulo sacó de debajo de la mesa.

—Estaba escribiendo a mi hermana, la de Jaén. Yo ahora vivo aquí, no salgo más que para comer; hay veces que no tengo gana y no me muevo de aquí en todo el día; me traen un café de ahi enfrente y en paz.

Martin mira unos libros que hay sobre una silla de enea, con el respaldo en pedazos, que ya no sirve más que de es­tante.

—Poca cosa.

—Sí, no es mucho. Eso de Romanones, "Notas de una vida", sí tiene interés, está muy agotado.

—Sí.

Martín deja los libros en el suelo.



—Oye, quería un grabado que estuviera bien.

—¿Cuánto te quieres gastar?

—Cuatro o cinco duros.

—Por cinco duros te puedo dar uno que tiene gracia; no es muy grande, ésa es la verdad, pero es auténtico. Además lo tengo con marquito y todo, así lo compré. Si es para un regalo, te viene que ni pintiparado.

—Sí, es para dárselo a una chica.

—¿A una chica? Pues como no sea una ursulina, ni he­cho a la medida, ahora lo verás. Vamos a fumarnos el piti­llo con calma, nadie nos apura.

—¿Cómo es?

—Ahora lo vas a ver, es una Venus que debajo lleva unas figuritas. Tiene unos versos en toscano o en provenzal, yo no sé.

Rómulo deja el cigarro sobre la mesa y enciende la luz del pasillo. Vuelve al instante con una marco, que limpia con la manga del guardapolvo.

—Mira.


El grabado es bonito, está iluminado.

—Los colores son de la época.

—Eso parece.

—Sí, sí, de eso puedes estar seguro.

El grabado representa una Venus rubia, desnuda com­pletamente, coronada de flores. Está de pie, dentro de una orla dorada. La melena le llega, por detrás, hasta las rodi­llas. Encima del vientre tiene la rosa de los vientos, es todo muy simbólico. En la mano derecha tiene una flor y en la izquierda, un libro. El cuerpo de la Venus se destaca sobre un cielo azul, todo lleno de estrellas. Dentro de la misma orla, hacia abajo, hay dos círculos pequeños, el de debajo del libro con un Tauro y el de debajo de la flor con una Li­bra. El pie del grabado representa una pradera rodeada de árboles. Dos músicos tocan, uno un laúd y otro un arpa, mientras tres parejas, dos sentadas y una paseando, con­versan. En los ángulos de arriba, dos ángeles soplan con los carrillos hinchados. Debajo hay cuatro versos que no se entienden.

—¿Qué dice aquí?

—Por detrás está, me lo tradujo Rodríguez Entrena, el catedrático de Cardenal Cisneros. Por detrás, escrito a lápiz, se lee:
Venus, granada en su ardor,

enciende los corazones gentiles donde hay un cantar.

Y con danzas y vagas fiestas por amor,

induce con un suave divagar.
—¿Te gusta?

—Sí, a mí todas estas cosas me gustan mucho. El mayor encanto de todos estos versos es su imprecisión, ¿no crees?

—Sí, eso me parece a mí. Martín saca otra vez la cajetilla.

—¡Bien andas de tabaco!

—Hoy. Hay dias que no tengo ni gota, que ando guar­dando las colillas de mi cuñado, eso lo sabes tú.

Rómulo no contesta, le parece más prudente, sabe que el tema del cuñado saca de quicio a Martin.

—¿En cuánto me lo dejas?

—Pues mira, en veinte; te habia dicho veinticinco, pero si me das veinte te lo llevas. A mí me costó quince y lleva ya en el estante cerca de un año. ¿Te hace en veinte?

—Venga, dame un duro de vuelta.

Martín se lleva la mano al bolsillo. Se queda un instan­te parado, con las cejas fruncidas, como pensando. Saca el pañuelo que pone sobre las rodillas.

—Juraría que estaba aquí. Martín se pone de pie.

—No me explico...

Busca en los bolsillos del pantalón, saca los forros fuera.

—¡Pues la he hecho buena! ¡Lo único que me faltaba!

—¿Qué te pasa?

—Nada, prefiero no pensarlo.

Martín mira en los bolsillos de la americana, saca la vie­ja, deshilachada cartera, llena de tarjetas de amigos, de re­cortes de periódico.

—¡La he pringado!

—¿Has perdido algo?

—Los cinco duros...

Juita siente una sensación rara. A veces nota como un pesar, mientras que otras veces tiene que hacer esfuerzos para no sonreír.

—La cabeza humana —piensa— es un aparato poco per­fecto. ¡Si se pudiera leer como en un libro lo que pasa por dentro de las cabezas! No, no; es mejor que siga todo así, que no podamos leer nada, que nos entendamos los unos con los otros sólo con lo que queramos decir, ¡qué carajo!, ¡aunque sea mentira!

A Julita, de cuando en cuando, le gusta decir a solas al­gún taco.

Por la calle van cogidos de la mano, parecen un tío con una sobrina que saca de paseo.

La niña, al pasar por la portería, vuelve la cabeza para el otro lado. Va pensando y no ve el primer escalón.

—¡A ver si te desgracias!

—No.

Doña Celia les sale a abrir.



—¡Hola, don Francisco!

—¡Hola, amiga mía! Que pase la chica por ahí, quería hablar con usted.

—¡Muy bien! Pasa por aquí, hija, siéntate donde quieras.

La niña se sienta en el borde de una butaca forrada de verde. Tiene trece años y el pecho le apunta un poco, como una rosa pequeñita que vaya a abrir. Se llama Merceditas Olivar Vallejo, sus amigas le llaman Merche. La familia le desapareció con la guerra, unos muertos, otros emigrados. Merche vive con una cuñada de la abuela, una señora vieja llena de puntillas y pintada como una mona, que lleva pelu­quín y que se llama doña Carmen. En el barrio a doña Car­men la llaman, por mal nombre, "Pelo de muerta". Los chi­cos de la calle prefieren llamarle "Saltaprados".

Doña Carmen vendió a Merceditas por cien duros, se la compró don Francisco, el del consultorio.

Al hombre le dijo:

—¡Las primicias, don Francisco, las primicias! ¡Un cla­velito!

Y a la niña:

—Mira, hija, don Francisco lo único que quiere es jugar, y además, ¡algún día tenía que ser! ¿No comprendes?

La cena de la familia Moisés fue alegre aquella noche.

Doña Visi está radiante y Julita sonríe, casi ruborosa. La procesión va por dentro.

Don Roque y las otras dos hijas están también contagia­dos, todavía sin saber por qué, de la alegría. Don Roque, en algunos momentos, piensa en aquello que le dijo Julita en las escaleras: "Pues... de la fotografía", y el tenedor le tiembla un poco en la mano; hasta que se le pasa, no se atreve a mirar a la hija.

Ya en la cama, doña Visi tarda en dormirse, su cabeza no hace más que dar vueltas alrededor de lo mismo.

—¿Sabes que a la niña le ha salido novio?

—¿A Julita?

—Sí, un estudiante de Notarías.

Don Roque da una vuelta entre las sábanas.

—Bueno, no eches las campanas a vuelo, tú eres muy afi­cionada a dar en seguida tres cuartos al pregonero. Ya ve­remos en qué queda todo.

—¡Ay, hijo, tú siempre echándome jarros de agua fría!

Doña Visi se duerme llena de sueños felices. La vino a despertar, al cabo de las horas, la esquila de un convento de monjas pobres, tocando el alba.

Doña Visi tenía el ánimo dispuesto para ver en todo feli­ces presagios, dichosos augurios, seguros signos de biena­venturanza y de felicidad.

6

La mañana.

Entre sueños, Martín oye la vida de la ciudad despierta. Se está a gusto escuchando, desde debajo de las sábanas, con una mujer viva al lado, viva y desnuda, los ruidos de la ciudad, su alborotador latido; los carros de los traperos que bajan de Fuencarral y de Chamartín, que suben de las Ventas y de las Injurias, que vienen desde el triste, desolado paisaje del cementerio y que pasaron —caminando desde hace ya varias horas bajo el frió— al lento, entristecido re­molque de un flaco caballo, de un burro gris y como preo­cupado. Y las voces de las vendedoras que madrugan, que van a levantar sus puestecillos de frutas en la calle del Ge­neral Porlier. Y las lejanas, inciertas primeras bocinas. Y los gritos de los niños que van al colegio, con la cartera al hombro y la tierna, olorosa merienda en el bolsillo...

En la casa, el trajín más próximo suena, amorosamente, dentro de la cabeza de Martín. Doña Jesusa, la madruga­dora doña Jesusa, que después de comer, durante la siesta, para compensar, dispone la labor de las asistentas, viejas golfas en declive, las unas; amorosas, dulcísimas, domésti­cas madres de familia, las más. Doña Jesusa tiene por las mañanas siete asistentas. Sus dos criadas duermen hasta la hora del almuerzo, hasta las dos de la tarde, en la cama que pueden, en el lecho misterioso que más temprano se vació, quién sabe si como una tumba, dejando prisionero entre los hierros de la cabecera todo un hondo mar de desdicha, guardando entre la crin de su colchón el aullido del joven esposo que por primera vez, sin darse cuenta, engañó a su mujer, que era una muchacha encantadora, con cualquier furcia llena de granos y de mataduras como una mula: a su mujer que le esperaba levantada, igual que todas las no­ches, haciendo calceta al casi muerto fuego del brasero, acunando al niño con el pie, leyendo una larga, intermina­ble novela de amor, pensando difíciles, complejas estrate­gias económicas que le llevarían, con un poco de suerte, a poder comprarse un par de medias.

Doña Jesusa, que es el orden en persona, reparte el tra­bajo entre sus asistentas. En casa de doña Jesusa se lava la ropa de cama todos los días; cada cama tiene dos juegos completos que, a veces, cuando algún cliente les hace, in­cluso a propósito, que de todo hay, algún jirón, se repasan con todo cuidado. Ahora no hay ropa de cama; se encuentran sábanas y tela para almohadas en el Rastro, pero a unos precios imposibles.

Doña Jesusa tiene cinco lavanderas y dos planchadoras desde las ocho de la mañana hasta la una de la tarde. Ga­nan tres pesetas cada una, pero el trabajo no mata. Las planchadoras tienen las manos más finas y se dan brillanti­na en el pelo, no se resignan a pasar. Están delicadas de sa­lud y tempranamente envejecidas. Las dos se echaron, casi niñas, a la vida, y ninguna de las dos supo ahorrar. Ahora les toca pagar las consecuencias. Cantan, como la cigarra, mientras trabajan, y beben sin tino, como sargentos de Ca­ballería:

Una se llama Margarita. Es hija de un hombre que en vida fue baulero en la Estación de las Delicias. A los quince años tuvo un novio que se llamaba José, ella no sabe más. Era un bailón de los merenderos de la Bombilla; la llevó un domingo al monte del Prado y después la dejó. Margarita empezó a golfear y acabó con un bolso por los bares de Antón Martín. Lo que vino después es ya muy vulgar, aún más vulgar todavía.

La otra se llama Dorita. La perdió un seminarista de su pueblo, en unas vacaciones. El seminarista, que ya murió, se llamaba Cojoncio Alba. El nombre había sido una bro­ma pesada de su padre, que era muy bruto. Se apostó una cena con los amigos a que llamaba Cojoncio al hijo, y ganó la apuesta. El día del bautizo del niño, su padre, don Esta­nislao Alba, y sus amigos engancharon una borrachera tre­menda. Daban mueras al Rey y vivas a la República Fede­ral. La pobre madre, doña Conchita Ibáñez, que era una santa, lloraba y no hacia más que decir:

—¡ Ay, qué desgracia, qué desgracia! ¡Mi marido embria­gado en un día tan feliz!

Al cabo de los años, en los aniversarios del bautizo, to­davía se lamentaba:

—¡Ay, qué desgracia, qué desgracia! ¡Mi marido embria­gado en tal día como hoy!

El seminarista, que llegó a canónigo de la catedral de León, la llevó, enseñándole unas estampitas, de colores chi­llones, que representaban milagros de San José de Calasanz, hasta las orillas del Curueño y allí, en un prado, pasó todo lo que tenía que pasar. Dorita y el seminarista eran los dos de Valdeteja, por la provincia de León. La chica, cuan­do lo acompañaba, tenía el presentimiento de que no iba camino de nada bueno, pero se dejaba llevar, iba como me­dio boba.

Dorita tuvo un hijo, y el seminarista, en otro permiso en que volvió por el pueblo, no quiso ni verla.

—Es una mala mujer —decia—, un engendro del Enemi­go, capaz de perder con sus arteras mañas al hombre más templado. ¡Apartemos la vista de ella!

A Dorita la echaron de su casa y anduvo una temporada vagando por los pueblos, con el niño colgado de los pe­chos. La criatura fue a morir, una noche, en unas cuevas que hay sobre el río Burejo, en la provincia de Palencia. La madre no dijo nada a nadie; le colgó unas piedras al cuello y lo tiró al rio, a que se lo comieran las truchas. Después, cuando ya no había remedio, se echó a llorar y estuvo cinco días metida en la cueva, sin ver a nadie y sin comer.

Dorita tenía dieciséis años y un aire triste y soñador de perro sin dueño, de bestia errabunda.

Anduvo algún tiempo tirada —como un mueble desporti­llado— por los burdeles de Valladolid y de Salamanca, has­ta que ahorró para el viaje y se vino a la capital. Aquí estu­vo en una casa de la calle de la Madera, bajando, a la iz­quierda, que le llamaban la Sociedad de las Naciones por­que había muchas extranjeras: francesas, polacas, italia­nas, una rusa, alguna portuguesa morena y bigotuda, pero sobre todo francesas, muchas francesas; fuertes alsacianas con aire de vaqueras, honestas normandas que se echaron a la vida para ahorrar para el traje de novia, enfermizas pa­risinas —algunas con un pasado esplendoroso— que despre­ciaban profundamente al chófer, al comerciante que sacaba sus buenas siete pesetas del bolsillo. De la casa la sacó don Nicolás de Pablos, un ricachón de Valdepeñas que se casó con ella por lo civil.

—Lo que yo quiero —decía don Nicolás a su sobrino Pedrito, que hacía unos versos muy finos y estudiaba Filo­sofía y Letras— es una cachonda con arrobas que me haga gozar, ¿me entiendes?, una tía apretada que tenga a donde agarrarse. Todo lo demás son monsergas y juegos flora­les.

Dorita dio tres hijos a su marido, pero los tres nacieron muertos. La pobre paría al revés: echaba los hijos de pie y, claro, se le ahogaban al salir.

Don Nicolás se marchó de España el año 39, porque decían si era masón, y no se volvió a saber nada más de él. Dorita, que no se atrevía a ir al lado de la familia del mari­do, en cuanto se le acabaron unos cuartos que había en la casa, se echó otra vez a la busca, pero tuvo poco éxito. Por más que ponía buena voluntad y procuraba ser simpática, no conseguía una clientela fija. Esto era a principios del 40. Ya no era ninguna niña y había, además, mucha competencia, muchas chicas jóvenes que estaban muy bien. Y muchas señoritas que lo hacían de balde, por divertirse, qui­tándoles a otras el pan. Dorita anduvo dando tumbos por Madrid hasta que conoció a doña Jesusa.

—Busco otra planchadora de confianza, vente conmigo. No hay más que secar las sábanas y alisarlas un poco. Te doy tres pesetas, pero eso es todos los días. Además tienes las tardes libres. Y las noches también.

Dorita, por las tardes, acompañaba a una señora impe­dida a dar una vuelta por Recoletos o a oír un poco de mú­sica en el María Cristina. La señora le daba dos pesetas y un corriente con leche; ella tomaba chocolate. La señora se llamaba doña Salvadora y había sido partera. Tenía malas pulgas y estaba siempre quejándose y gruñendo. Soltaba tacos constantemente y decia que al mundo había que que­marlo, que no servía para nada bueno. Dorita la aguantaba y le decia a todo amén, tenía que defender sus dos pesetas y su cafetito de las tardes.

Las dos planchadoras, cada una en una mesa, cantan, mientras trabajan y dan golpes con la plancha, sobre las re­cosidas sábanas. Algunas veces hablan.

—Ayer he vendido el suministro. Yo no lo quiero. El cuarto de azúcar lo di por cuatro cincuenta. El cuarto de aceite, por tres. Los doscientos gramos de judias, por dos; estaban llenas de gusanos. El café me lo quedo.

—Yo se lo di a mi hija, yo le doy todo a mi hija. Me lleva a comer todas las semanas algún día.

Martín, desde su buhardilla, las oye hacer. No distingue lo que hablan. Oye sus desentonados cuplés, sus golpes so­bre la tabla. Lleva ya despierto mucho rato, pero no abre los ojos. Prefiere sentir a Pura, que le besa con cuidado de vez en cuando, fingiendo dormir, para no tener que mover­se. Nota el pelo de la muchacha sobre su cara, nota su cuerpo desnudo bajo las sábanas, nota el aliento, que, a ve­ces, ronca un poquito, de una manera que casi no se siente.

Así pasa un largo rato más: aquélla es su única noche fe­liz desde hace ya muchos meses. Ahora se encuentra como nuevo, como si tuviera diez años menos, igual que si fuera un muchacho. Sonríe y abre un ojo, poquito a poco.

Pura, de codos sobre la almohada, le mira fijamente. Sonríe también, cuando lo ve despertar.

—¿Qué tal has dormido?

—Muy bien, Purita, ¿y tú?

—Yo también. Con hombres como tú, da gusto. No mo­lestáis nada.

—Calla. Habla de otra cosa.

—Como quieras.

Se quedaron unos instantes en silencio. Pura le besó de nuevo.

—Eres un romántico.

Martín sonríe, casi con tristeza.

—No. Simplemente un sentimental.

Martín le acaricia la cara.

—Estás pálida, pareces una novia.

—No seas bobo.

—Sí, una recién casada...

Pura se puso seria.

—¡Pues no lo soy!

Martin le besa los ojos delicadamente, igual que un poe­ta de dieciséis años.

—¡Para mí, sí, Pura! ¡Ya lo creo que sí! La muchacha, llena de agradecimiento, sonríe con una resignada melancolía.

—¡Si tú lo dices! ¡No sería malo! Martín se sentó en la cama.

—¿Conoces un soneto de Juan Ramón que empieza "Imagen alta y tierna del consuelo"?

—No. ¿Quién es Juan Ramón?

—Un poeta.

—¿Hacía versos?

—Claro.

Martín mira a Pura, casi con rabia, un instante tan sólo.



-Verás.

Imagen alta y tierna del consuelo

aurora de mis mares de tristeza,

lis de paz con olores de pureza,

¡precio divino de mi largo duelo!
—¡Qué triste es, qué bonito!

—¿Te gusta?

—¡Ya lo creo que me gusta!

—Otro día te diré el resto.

El señor Ramón, con el torso desnudo, se chapuza en un hondo caldero de agua fría.

El señor Ramón es hombre fuerte y duro, hombre que come de recio, que no coge catarros, que bebe sus copas, que juega al dominó, que pellizca en las nalgas a las criadas de servir, que madruga al alba, que trabajó toda su vida.

El señor Ramón ya no es ningún niño. Ahora, como es rico, ya no se asoma al horno aromático y malsano donde se cuece el pan; desde la guerra no sale del despacho, que atiende esmeradamente, procurando complacer a todas las compradoras, estableciendo un turno pintoresco y exacto por edades, por estados, por condiciones y por pare­ceres.

El señor Ramón tiene nevada la pelambre del pecho.

—¡Arriba, niña! ¡Qué es eso de estarse metida en la cama a estas horas, como una señorita!

La muchacha se levanta, sin decir ni palabra, y se lava un poco en la cocina.

La muchacha, por las mañanas tiene una tosecilla ligera, casi imperceptible. A veces coge algo de frío y entonces la tos se le hace un poco más ronca, como más seca.

—¿Cuándo dejas a ese tísico desgraciado? —le dice, algu­nas mañanas, la madre.

A la muchacha, que es dulce como una flor y también capaz de dejarse abrir sin dar ni un solo grito, le entran en­tonces ganas de matar a la madre.

—¡Asi reventases, mala víbora! —dice por lo bajo.

Victorita, con su abriguillo de algodón, va dando una ca­rrera hasta la tipografía "El Porvenir", en la calle de la Ma­dera, donde trabaja de empaquetadora, todo el santo dia de pie.

Hay veces en que Victorita tiene más frío que de costum­bre y ganas de llorar, unas ganas inmensas de llorar.

Doña Rosa madruga bastante, va todos los dias a misa de siete.

Doña Rosa duerme, en este tiempo, con camisón de abrigo, un camisón de franela inventado por ella.

Doña Rosa, de vuelta de la iglesia, se compra unos chu­rros, se mete en su Café por la puerta del portal —en su Ca­fé que semeja un desierto cementerio, con las sillas patas arriba, encima de las mesas, y la cafetera y el piano enfun­dados—, se sirve una copeja de ojén, y desayuna.

Doña Rosa, mientras desayuna, piensa en lo inseguro de los tiempos; en la guerra que, ¡Dios no lo haga!, van per­diendo los alemanes; en los camareros, el encargado, el echador, los músicos, hasta el botones, tienen cada dia más exigencias, más pretensiones, más humos.

Doña Rosa, entre sorbo y sorbo de ojén, habla sola, en voz baja, un poco sin sentido, sin ton ni son y a la buena de Dios.

—Pero quien manda aquí soy yo, ¡mal que os pese! Si quiero me echo otra copa y no tengo que dar cuenta a na­die. Y si me da la gana, tiro la botella contra un espejo. No lo hago porque no quiero. Y si quiero, echo el cierre para siempre y aquí no se despacha un café ni a Dios. Todo esto es mío, mi trabajo me costó levantarlo.

Doña Rosa, por la mañana temprano, siente que el Café es más suyo que nunca.

—El Café es como el gato, sólo que más grande. Como el gato es mío, si me da la gana le doy morcilla o lo mato a palos.

Don Roberto González ha de calcular que, desde su casa a la Diputación, hay más de media hora andando. Don Roberto González, salvo que esté muy cansado, va siempre a pie a todas partes. Dando un paseíto se estiran las piernas y se ahorra, por lo menos, una veinte a diario, treinta y seis pesetas al mes, casi noventa duros al año.

Don Roberto González desayuna una taza de malta con leche bien caliente y media barra de pan. La otra media la lleva, con un poco de queso manchego, para tomársela a media mañana.

Don Roberto González no se queja, los hay que están peor. Después de todo, tiene salud, que es lo principal.

El niño que canta flamenco duerme debajo de un puente, en el camino del cementerio. El niño que canta flamenco vive con algo parecido a una familia gitana, con algo en lo que, cada uno de los miembros que la forman, se las agen­cia como mejor puede, con una libertad y una autonomía absolutas.

El niño que canta flamenco se moja cuando llueve, se hiela si hace frío, se achicharra en el mes de agosto, mal guarecido a la escasa sombra del puente: es la vieja ley del Dios del Sinai.

El niño que canta flamenco tiene un pie algo torcido; ro­dó por un desmonte, le dolió mucho, anduvo cojeando al­gún tiempo...

Purita acarició la frente de Martín.

—Tengo un duro y pico en el bolso, ¿quieres que mande por algo para desayunar?

Martín, con la felicidad, había perdido la vergüenza. A todo el mundo le suele pasar lo mismo.

—Bueno.


—¿Qué quieres, café y unos churros?

Martin se rió un poquito, estaba muy nervioso.

—No, café y dos bollos suizos, ¿te parece?

—A mí me parece lo que tú quieras. Purita besó a Martín. Martín saltó de la cama, dio dos vueltas por la habitación y se volvió a acostar.

—Dame otro beso.

—Todos los que tú quieras.

Martín, con un descaro absoluto, sacó el sobre de las co­lillas y lió un cigarrillo. Purita no se atrevió a decirle ni pa­labra. Martín tenía en la mirada casi el brillo del triunfador.

—Anda, pide el desayuno.

Purita se puso el vestido sobre la piel y salió al pasillo. Martín, al quedarse solo, se levantó y se miró al espejo.

Doña Margot, con los ojos abiertos, dormía el sueño de los justos en el Depósito, sobre el frío mármol de una de las mesas. Los muertos del Depósito no parecen personas muertas, parecen peleles asesinados, máscaras a las que se les acabó la cuerda.

Es más triste un títere degollado que un hombre muerto.

La señorita Elvira se despierta pronto, pero no madruga. A la señorita Elvira le gusta estarse en la cama, muy tapa­da, pensando en sus cosas, o leyendo "Los misterios de París" sacando sólo un poco la mano para sujetar el grue­so, el mugriento, el desportillado volumen.

La mañana sube, poco a poco, trepando como un gusa­no por los corazones de los hombres y de las mujeres de la ciudad; golpeando, casi con mimo, sobre los mirares recién despiertos, esos mirares que jamás descubren horizontes nuevos, paisajes nuevos, nuevas decoraciones.

La mañana, esa mañana eternamente repetida, juega un poco, sin embargo, a cambiar la faz de la ciudad, ese sepul­cro, es cucaña, esa colmena...

¡Que Dios nos coja confesados!

FINAL
Han pasado tres o cuatro días. El aire va tomando cierto color de Navidad. Sobre Madrid, que es como una vieja planta con tiernos tallitos verdes, se oye, a veces, entre el hervir de la calle, el dulce voltear, el cariñoso voltear de las campanas de alguna capilla. Las gentes se cruzan, presuro­sas. Nadie piensa en el de al lado, en ese hombre que a lo mejor va mirando para el suelo; con el estómago deshecho o un quiste en un pulmón o la cabeza destornillada...

Don Roberto lee el periódico mientras desayuna. Luego se va a despedir de su mujer, de la Filo, que se quedó en la cama medio mala.

—Ya lo he visto, está bien claro. Hay que hacer algo por ese chico, piensa tú. Merecer no se lo merece, pero, ¡despues de todo!

La Filo llora mientras dos de los hijos, al lado de la ca­ma, miran sin comprender: los ojos llenos de lágrimas, la expresión vagamente triste, casi perdida, como la de esas terneras que aún alientan —la humeante sangre sobre las losas del suelo— mientras lamen, con la torpe lengua de los últimos instantes, la roña de la blusa del matarife que las hiere, indiferente como un juez: la colilla en los labios, el pensamiento en cualquier criada y una romanza de zarzue­la en la turbia voz.

Nadie se acuerda de los muertos que llevan ya un año bajo tierra.

En las familias se oye decir:

—No olvidaros, mañana es el aniversario de la pobre ma­má.

Es siempre una hermana, la más triste, que lleva la cuen­ta...

Doña Rosa va todos los dias a la Corredera, a hacer la compra, con la criada detrás. Doña Rosa va a la plaza des­pués de haber trajinado lo suyo en el Café; doña Rosa pre­fiere caer sobre los puestos cuando ya la gente remite, ven­cida la mañana.

En la plaza se encuentra, a veces, con su hermana. Doña Rosa pregunta siempre por sus sobrinas. Un dia le dijo a doña Visi:

—¿Y Julita?

—Ya ves.


—¡A esa chica le hace falta un novio! Otro día —hace un par de días— doña Visi al ver a doña Rosa, se le acercó radiante de alegría!

—¿Sabes que a la niña le ha salido novio?

—¿Sí?

Sí.


—¿Y qué tal?

—La mar de bien, hija, estoy encantada.

—Bueno, bueno, que así sea, que no se tuerzan las co­sas...

—¿Y por qué se van a torcer, mujer?

—¡Qué sé yo! ¡Con el género que hay ahora!

—¡Ay, Rosa, tú siempre viéndolo todo negro!

—No, mujer, lo que pasa es que a mí me gusta ver venir las cosas. Si salen bien, pues mira, ¡tanto mejor!

—Sí.


—Y si no...

—Si no, otro será, digo yo.

—Sí, si éste no te la desgracia.

Aún quedan tranvías en los que la gente se sienta cara a cara, en dos largas filas que se contemplan con detenimien­to, hasta con curiosidad incluso.

—Ése tiene cara de pobre cornudo, seguramente su seño­ra se le escapó con alguien, a lo mejor con un corredor de bicicleta, quién sabe si con uno de Abastos.

Si el trayecto es largo, la gente se llega a encariñar. Pare­ce que no, pero siempre se siente un poco que aquella mu­jer, que parecía tan desgraciada, se quede en cualquier calle y no la volvamos a ver jamás, ¡cualquiera sabe si en toda la vida!

—Debe arreglarse mal, quizá su marido esté sin trabajo, a lo mejor están llenos de hijos.

Siempre hay una señora joven, gruesa, pintada, vestida con cierta ostentación. Lleva un gran bolso de piel verde, unos zapatos de culebra, un lunar pintado en la mejilla.

—Tiene aire de ser la mujer de un prendero rico. Tam­bién tiene aire de ser la querida de un médico; los médicos eligen siempre queridas muy llamativas, parece como si quisieran decir a todo el mundo: "¡Hay que ver! ¿Eh? ¿Us­tedes se han fijado bien? ¡Ganado del mejor!"

Martín viene de Atocha. Al llegar a Ventas se apea y tira a pie por la carretera del Este. Va al cementerio a ver a su madre, doña Filomena López de Marco, que murió hace algún tiempo, un día de poco antes de Nochebuena.

Pablo Alonso dobla el periódico y llama al timbre. Laurita se tapa, le da todavía algo de vergüenza que la doncella la vea en la cama. Después de todo, hay que pensar que no lleva viviendo en la casa más que dos días; en la pensión de la calle de Preciados donde se metió al salir de su portería de Lagasca, ¡se estaba tan mal!

¿Se puede?

—Pase. ¿Está el señor Marco?

—No, señor, se marchó hace ya rato. Me pidió una cor­bata vieja del señor, que fuese de luto.

—¿Se la dio?

—Sí, señor.

—Bien. Prepáreme el baño.

La criada se va de la habitación.

—Tengo que salir, Laurita. ¡Pobre desgraciado! ¡Lo úni­co que le faltaba!

—¡Pobre chico! ¿Crees que lo encontrarás?

—No sé, miraré en Comunicaciones o en el Banco de Es­paña, suele caer por allí a pasar la mañana.

Desde el camino del Este se ven unas casuchas misera­bles, hechas de latas viejas y de pedazos de tablas. Unos niños juegan tirando piedras contra los charcos que la llu­via dejó. Por el verano, cuando todavía no se secó del todo el Abroñigal, pescan ranas a palos y se mojan los pies en las aguas sucias y malolientes del regato. Unas mujeres buscan en los montones de basura. Algún hombre ya viejo, quizás impedido, se sienta a la puerta de una choza sobre un cubo boca abajo, y extiende al tibio sol de la mañana un periódico lleno de colillas.

—No se dan cuenta, no se dan cuenta...

Martín, que iba buscando una rima de "laurel", para un soneto a su madre que ya tenía empezado, piensa en eso ya tan dicho de que el problema no es de producción, sino de distribución.

—Verdaderamente, ésos están peor que yo. ¡Qué barba­ridad! ¡Las cosas que pasan!.

Paco llega, sofocado, con la lengua fuera, al bar de la ca­lle de Narváez. El dueño, Celestino Ortiz, sirve una copita de cazalla al guardia García.

—El abuso del alcohol es malo para las moléculas del cuerpo humano, que son, como ya le dije alguna vez, de tres clases: moléculas sanguíneas, moléculas musculares y moléculas nerviosas, porque las quema y las echa a perder, pero una copita de cuando en cuando sirve para calentar el estómago.

—Lo mismo digo.

—...y para alumbrar las misteriosas zonas del cerebro humano.

El guardia Julio García está embobado.

—Cuentan que los filósofos antiguos, los de Grecia y los de Roma y los de Cartago, cuando querían tener algún po­der sobrenatural...

La puerta se abrió violentamente y un ramalazo de aire helado corrió sobre el mostrador.

—¡Esa puerta!

—¡Hola, señor Celestino!

El dueño le interrumpió. Ortiz cuidaba mucho los trata­mientos, era algo así como un jefe de protocolo en poten­cia.

—Amigo Celestino.

—Bueno, déjese ahora. ¿Ha venido Martín por aquí?

—No, no ha vuelto desde el otro día, se conoce que se en­fadó; a mí esto me tiene algo disgustado, puede creerme. Paco se volvió de espaldas al guardia.

—Mire. Lea aquí.

Paco le dio un periódico doblado.

—Ahí abajo.

Celestino lee despacio, con el entrecejo fruncido.

—Mal asunto.

—Eso creo.

—¿Qué piensa usted hacer?

—No sé. ¿A usted qué se le ocurre? Yo creo que será me­jor hablar con la hermana, ¿no le parece? ¡Si pudiéramos mandarlo a Barcelona, mañana mismo!

En la calle de Torrijos, un perro agoniza en el alcorque de un árbol. Lo atropello un taxi por mitad de la barriga. Tiene los ojos suplicantes y la lengua fuera. Unos niños le hostigan con el pie. Asisten al espectáculo dos o tres doce­nas de personas.

Doña Jesusa se encuentra con Purita Bartolomé.

—¿Qué pasa ahí?

—Nada, un chucho deslomado.

—¡Pobre!

Doña Jesusa coge de un brazo a Purita.

—¿Sabes lo de Martín?

—No, ¿qué le pasa?

—Escucha.

Doña Jesusa lee a Purita unas lineas del periódico.

—¿Y ahora?

—Pues no sé, hija, me temo que nada bueno. ¿Lo has vis­to?

—No, no lo he vuelto a ver.

Unos basureros se acercan al grupo del can moribundo, cogen al perro de las patas de atrás y lo tiran dentro del ca­rrito. El animal da un profundo, un desalentado aullido de dolor, cuando va por el aire. El grupo mira un momento para los basureros y se disuelve después. Cada uno tira para un lado. Entre las gentes hay, quizás, algún niño páli­do que goza —mientras sonríe siniestramente, casi imperceptiblemente— en ver como el perro no acaba de morir...

Ventura Aguado habla con la novia, con Julita, por telé­fono.

—Pero ¿ahora mismo?

—Sí, hija, ahora mismo. Dentro dé media hora estoy en el Metro de Bilbao, no faltes.

—No, no, pierde cuidado. Adiós.

—Adiós, échame un beso..

—Tómalo, mimoso.

A la media hora, al llegar a la boca del Metro de Bilbao, Ventura se encuentra con Julita, que ya espera. La mucha­cha tenía una curiosidad enorme, incluso hasta un poco de preocupación. ¿Qué pasaría?

—¿Hace mucho tiempo que has llegado?

—No, no llega a cinco minutos. ¿Qué ha pasado?

—Ahora te diré, vamos a meternos aquí. Los novios entran en una cervecería y se sientan al fon­do, ante una mesa casi a oscuras.

—Lee.

Ventura enciende una cerilla para que la chica pueda leer.



—¡Pues sí, en buena se ha metido tu amigo!

—Eso es todo lo que hay, por eso te llamaba. Julita está pensativa.

—¿Y qué va a hacer?

—No sé, no lo he visto.

La muchacha coge la mano del novio y da una chupada de su cigarro.

—¡Vaya por Dios!

—Sí, en perro flaco todas son pulgas... He pensado que vayas a ver a la hermana, vive en la calle de Ibiza.

—¡Pero si no la conozco!

—No importa, le dices que vas de parte mía. Lo mejor era que fueses ahora mismo. ¿Tienes dinero?

—No.


—Toma dos duros. Vete y vuelve en taxi, cuanto más pri­sa nos demos es mejor. Hay que esconderlo, no hay más remedio.

—Sí, pero... ¿No nos iremos a meter en un lío?

—No sé, pero no hay más remedio. Si Martin se ve solo es capaz de hacer cualquier estupidez.

—Bueno, bueno, ¡tú mandas!

—Anda, vete ya.

—¿Qué número es?

—No sé, es esquina a la segunda bocacalle, a la izquierda, subiendo por Narváez, no sé cómo se llama. Es en la acera de allá, en la de los pares, después de cruzar. Su ma­rido se llama González, Roberto González.

—¿Tú me esperas aquí?

—Sí, yo me voy a ver a mi amigo que es hombre de mu­cha mano, y dentro de media hora estoy aquí otra vez.

El señor Ramón habla con don Roberto, que no ha ido a la oficina, que pidió permiso al jefe por teléfono.

—Es algo muy urgente, don José, se lo aseguro; muy ur­gente y muy desagradable. Ya sabe que a mí no me gusta abandonar el trabajo sin más ni más. Es un asunto de fami­lia.

—Bueno, hombre, bueno, no venga usted, ya diré a Díaz que eche una ojeada por su Negociado.

—Muchas gracias, don José, que Dios se lo pague. Yo sabré corresponder a su benevolencia.

—Nada, hombre, nada, aquí estamos todos para ayudar­nos como buenos amigos, el caso es que arregle usted su problema.

—Muchas gracias, don José, a ver si puede ser... El señor Ramón tiene el aire preocupado.

—Mire usted, González, si usted me lo pide yo lo escon­do aquí unos días; pero después, que busque otro sitio. No es por nada, porque aquí mando yo, pero la Paulina se va a poner hecha un basilisco en cuanto se entere.

Martín tira por los largos caminos del cementerio. Senta­do a la puerta de la capilla, el cura lee una novela de vaque­ros del Oeste. Bajo el tibio sol de diciembre los gorriones pían, saltando de cruz a cruz, meciéndose en las ramas des­nudas de los árboles. Una niña pasa en bicicleta por el sen­dero; va cantando, con su tierna voz, una ligera canción de moda. Todo lo demás es suave silencio, grato silencio. Martín siente un bienestar inefable.

Petrita habla con su señorita, con la Filo.

—¿Qué le pasa a usted, señorita?

—Nada, el niño que está malito, ya sabes tú. Petrita sonríe con cariño.

—No, el niño no tiene nada. A la señorita le pasa algo peor.

Filo se lleva el pañuelo a los ojos.

—Esta vida no trae más que disgustos, hija, ¡tú eres aún muy chiquilla para comprender!

Rómulo, en su librería de lance, lee el periódico.

"Londres. Radio Moscú anuncia que la conferencia en­tre Churchill, Roosevelt y Stalin se ha celebrado en Tehe­rán hace unos días."

—¡Este Churchill, es el mismo diablo! ¡Con la mano de años que tiene y largándose de un lado para otro como si fuese un pollo!

"Cuartel General del Führer. En la región de Gomel, del sector central del Frente del Este, nuestras fuerzas han eva­cuado los puntos de..."

—¡Huy, huy! ¡A mí esto me da muy mala espina! "Londres. El Presidente Roosevelt llegó a la isla de Mal­ta a bordo de su avión gigante Douglas."

—¡Qué tío! ¡Pondría una mano en el fuego porque ese aeroplanito tiene hasta retrete!

Rómulo pasa la hoja y recorre las columnas, casi cansa­damente, con la mirada.

Se detiene ante unas breves, apretadas líneas. La gar­ganta se le queda seca y los oídos le empiezan a zum­bar.

—¡Lo que faltaba para el duro! ¡Los hay gafes!

Moreno, viuda de D. Sebastián Marco Fernández. Falleció en Madrid el 20 de diciembre de 1934."

Martín no va todos los años a visitar los restos de la ma­dre, en el aniversario. Va cuando se acuerda.

Martin se descubre. Una leve sensación de sosiego, sien­te que le da placidez al cuerpo. Por encima de las tapias del cementerio, allá a lo lejos, se ve la llanura color pardo en la que el sol se para, como acostado. El aire es frío, pero no helador. Martin, con el sombrero en la mano, nota en la frente una ligera caricia ya casi olvidada, una vieja caricia del tiempo de la niñez...

—Se está muy bien aquí —piensa—, voy a venir con más frecuencia.

No faltó nada para que se pusiera a silbar, se dio cuenta a tiempo.

Martín mira para los lados.

"La niña Josefina de la Peña Ruiz subió al Cielo el día 3 de mayo de 1941, a los once años de edad."

—Como la niña de la bicicleta. A lo mejor eran amigas; a lo mejor, pocos días antes de morir, le decía, como dicen, a veces, las niñas de once años: "Cuando sea mayor y me case..."

"El Ilmo. Señor Don Raúl Soria Bueno. Falleció en Ma­drid..."

—¡Un hombre ilustre pudriéndose metido en un cajón! Martín se da cuenta de que no hace fundamento.

—No, no. Martín, estáte quieto.

Levanta de nuevo la mirada y se le ocupa la memoria con el recuerdo de la madre. No piensa en sus últimos tiem­pos, la ve con treinta y cinco años...

—Padre nuestro que estás en los Cielos, santificado sea el tu nombre, venga a nos el tu reino, asi como nosotros perdonamos a nuestros deudores... No, esto me parece que no es así.

Martin empieza otra vez y vuelve a equivocarse; en aquel momento hubiera dado diez años de vida por acor­darse del Padrenuestro.

Cierra los ojos y los aprieta con fuerza. De repente, rom­pe a hablar a media voz.

—Madre mía que estás en la tumba, yo te llevo dentro de mi corazón y pido a Dios que te tenga en la Gloria eterna como te mereces. Amén.

Martín sonríe. Está encantado con la oración que acaba de inventar.

—Madre mía que estás en la tumba, pido a Dios... No, no era asi.

Martín frunce el entrecejo.

—¿Cómo era?

Filo sigue llorando.

—Yo no sé lo que hacer, mi marido ha salido a ver a un amigo. Mi hermano no hizo nada, yo se lo aseguro a usted; eso debe ser una equivocación, nadie es infalible, él tiene sus cosas en orden...

Julita no sabe lo que decir.

—Eso creo yo, seguramente es que se han equivocado. De todas maneras, yo creo que convendría hacer algo, ver a alguien. ¡Vamos, digo yo!

—Sí., a ver qué dice Roberto cuando venga. Filo llora más fuerte, de repente. El niño pequeño que tiene en el brazo, llora también.

—A mí lo único que se me ocurre es rezar a la Virgencita del Perpetuo Socorro, que siempre me sacó de apuros.

Roberto y el señor Ramón llegaron a un acuerdo. Como lo de Martín, en todo caso, no debía ser nada grave, lo me­jor sería que se presentase sin más ni más. ¿Para qué andar escapando cuando no hay nada importante que ocultar? Esperarían un par de días —que Martín podía pasar muy bien en casa del señor Ramón— y después, ¿por qué no?, se presentaría acompañado del capitán Ovejero, de don Tesifonte, que no es capaz de negarse y que siempre es una garantía.

—Me parece muy bien, señor Ramón, muchas gracias. Usted es hombre muy cabal.

—No, hombre, no, es que a mi me parece que sería lo mejor.

—Sí, eso creo yo. Créame si le aseguro que me ha quita­do usted un peso de encima...

Celestino lleva escritas tres cartas, piensa escribir aún otras tres. El caso de Martín le preocupa.

—Si no me paga, que no me pague, pero yo no lo puedo dejar así.

Martín baja las laderitas del cementerio con las manos en los bolsillos.

—Sí, me voy a organizar. Trabajar todos los días un poco es la mejor manera. Si me cogieran en cualquier ofici­na, aceptaba. Al principio, no, pero después se puede hasta escribir, a ratos perdidos, sobre todo si tienen buena cale­facción. Le voy a hablar a Pablo, él seguramente sabrá de algo. En Sindicatos se debe estar bastante bien, dan pagas extraordinarias.

A Martín se le borró la madre, como con una goma de borrar, de la cabeza.

—También se debe estar muy bien en el Instituto Nacio­nal de Previsión; ahí debe ser más difícil entrar. En esos si­tios se está mejor que en un Banco. En los Bancos explotan a la gente, al que llega tarde un día le quitan dinero al darle la paga. En las oficinas particulares hay algunas en las que no debe ser difícil prosperar; a mí lo que me venia bien era que me nombrasen para hacer una campaña en la Prensa.

¿Padece usted de insomnio? ¡Allá usted! ¡Usted es un des­graciado porque quiere! ¡Las tabletas equis (Marco, por ejemplo) le harían a usted feliz sin que le atacasen lo más mínimo al corazón!

Martín va entusiasmado con la idea. Al pasar por la puerta se dirige a un empleado.

—¿Tiene usted un periódico? Si ya lo ha leído, yo se lo pago, es para ver una cosa que me interesa...

—Sí, ya lo he visto, lléveselo usted.

—Muchas gracias.

Martin salió disparado. Se sentó en un banco del jardinillo que hay a la puerta del cementerio y desdobló su perió­dico.

—A veces, en la prensa, vienen indicaciones muy buenas para los que buscamos empleo.

Martin se dio cuenta de que iba demasiado de prisa y se quiso frenar un poco.

—Voy a leerme las noticias; lo que sea, será; pero ya se sabe, no por mucho madrugar se amanece más temprano. Martín está encantado consigo mismo.

—¡Hoy sí que estoy fresco y discurro bien! Debe ser el aire del campo.

Martín lía un pitillo y empieza a leer el periódico.

—Esto de la guerra es la gran barbaridad. Todos pierden y ninguno hace avanzar ni un paso a la Cultura.

Por dentro sonríe, va de éxito en éxito.

De vez en cuando, piensa sobre lo que lee, mirando para el horizonte.

—En fin, ¡sigamos!

Martín lee todo, todo le interesa, las crónicas internacio­nales, el artículo de fondo, el extracto de unos discursos, la información teatral, los estrenos de los cines, la Liga...

Martín nota que la vida, saliendo a las afueras a respirar el aire puro, tiene unos matices más tiernos, más delicados que viviendo constantemente hundido en la ciudad.

Martín dobla el diario, lo guarda en el bolsillo de la americana, y rompe a andar. Hoy sabe más cosas que nunca, hoy podría seguir cualquier conversación sobre la actuali­dad. El periódico se lo ha leído de arriba abajo, la sección de anuncios la deja para verla con calma, en algún Café, por si hay que apuntar alguna dirección o llamar a cual­quier teléfono. La sección de anuncios, los edictos y el ra­cionamiento de los pueblos del cinturón, es lo único que Martín no leyó.

Al llegar a la Plaza de Toros ve un grupo de chicas que le miran.

—Adiós, preciosas.

—Adiós, turista.

A Martín le salta el corazón en el pecho. Es feliz. Sube por Alcalá a paso picado, silbando la Madelón.

—Hoy verán los míos que soy otro hombre.

Los suyos pensaban algo por el estilo. Martin, que lleva ya largo rato andando, se para ante los escaparates de una bisutería.

—Cuando esté trabajando y gane dinero, le compraré unos pendientes a la Filo. Y otros a Purita. Se palpa el periódico y sonríe.

—¡Aquí puede haber una pista!

Martín, por un vago presentimiento, no quiere precipi­tarse... En el bolsillo lleva el periódico, del que no ha leído todavía la sección de anuncios ni los edictos. Ni el raciona­miento de los pueblos del cinturón.

—¡Ja, ja! Los pueblos del cinturón. ¡Qué chistoso! ¡Los pueblos del cinturón!



Madrid, 1945-50.

  1. (N, del E. Se trata de un cálculo muy modesto por parte del autor; en el censo que figura en el presente volumen, José Manuel Caballero Bonald recuenta doscientos noventa y seis personajes imaginarios y cincuenta personajes reales; en total, trescientos cuarenta y seis.

(1) ...fornicarios y de fácil negocio. En singular, Libro de Alexan-dre, verso 1016 d

(1) La carta de Agustín Rodríguez Silva tenia puntos, pero no tenía comas: al copiarla aquí se le pusieron algunas. También se corrigieron ciertas pequeñas faltas de ortografía. (N. del E.)





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