Nota a la primera edicióN


Estando un maestro sastre



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Estando un maestro sastre

cortando unos pantalones,

pasó un chavea gitano

que vendía camarones.

Óigame usted, señor sastre,

hágamelos estrechitos

pa que cuando vaya a misa

me miren los señoritos.
El niño no tiene cara de persona, tiene cara de animal doméstico, de sucia bestia, de pervertida bestia de corral. Son muy pocos sus años para que el dolor haya marcado aún el navajazo del cinismo —o de la resignación— en su cara, y su cara tiene una bella e ingenua expresión estúpida, una expresión de no entender nada de lo que pasa. Todo lo que pasa es un milagro para el gitanito, que nació de milagro, que come de milagro, que vive de milagro y que tiene fuerzas para cantar de puro milagro.

Detrás de los días vienen las noches, detrás de las noches vienen los días. El año tiene cuatro estaciones; primavera, verano, otoño, invierno. Hay verdades que se sienten den tro del cuerpo, como el hambre o las ganas de orinar.

Las cuatro castañas se acabaron pronto y Martin, con el real que le quedaba, se fue hasta Goya.

—Nosotros vamos corriendo por debajo de todos los que están sentados en el retrete. Colón: muy bien; duques, no­tarios y algún carabinero de la Casa de la Moneda. ¡Qué ajenos están, leyendo el periódico o mirándose para los pliegues de la barriga! Serrano: señoritos y señoritas. Las señoritas no salen de noche. Éste es un barrio donde vale todo hasta las diez. Ahora estarán cenando. Velázquez: más señoritas, da gusto. Éste es un Metro muy fino. ¿Va mos a la Ópera? Bueno. ¿Has estado el domingo en los caballos? No. Goya: se acabó lo que se daba.

Martín, por el andén, se finge cojo; algunas veces lo hace.

—Puede que cene en casa de la Filo (¡sin empujar, señora, que no hay prisa!) y si no, pues mira, ¡de tal día en un año!

La Filo es su hermana, la mujer de don Roberto González —la bestia de González, como le llamaba su cuñado—, empleado de la Diputación y republicano de Alcalá Zamora.

El matrimonio González vive al final de la calle de Ibiza, en un pisito de los de la Ley Salmón, y lleva un apañado pasar, aunque bien sudado.

Ella trabaja hasta caer rendida, con cinco niños pequeños y una criadita de dieciocho años para mirar por ellos, y él hace todas las horas extraordinarias que puede y donde se tercie; esta temporada tiene suerte y lleva los libros en una perfumería, donde va dos veces al mes para que le den cinco duros por las dos, y en una ta­hona de ciertos perendengues que hay en la calle de San Bernardo y donde le pagan treinta pesetas. Otras veces, cuando la suerte se le vuelve de espaldas y no encuentra un tajo para las horas de más, don Roberto se vuelve triste y ensimismado y le da el mal humor.

Los cuñados, por esas cosas que pasan, no se pueden ni ver. Martín dice de don Roberto que es un cerdo ansioso y don Roberto dice de Martín que es un cerdo huraño y sin compostura. ¡Cualquiera sabe quién tiene la razón! Lo úni­co cierto es que la pobre Filo, entre la espada y la pared, se pasa la vida ingeniándoselas para capear el temporal de la mejor manera posible.

Cuando el marido no está en casa le fríe un huevo o le calienta un poco de café con leche al hermano, y cuando no puede, porque don Roberto, con sus zapatillas y su cha­queta vieja, hubiera armado un escándalo espantoso lla­mándole vago y parásito, la Filo le guarda las sobras de la comida en una vieja lata de galletas que baja la muchacha hasta la calle.

—¿Eso es justo, Petrita?

—No, señorito, no lo es.

—¡ Ay, hija! ¡Si no fuera porque tú me endulzas un poco esta bazofia!

Petrita se pone colorada.

—Ande, déme la lata, que hace frío.

—¡Hace frío para todos, desgraciada!

—Usted perdone...

Martín reacciona en seguida.

—No me hagas caso. ¿Sabes que estás hecha una mujer?

—Ande, cállese.

—¡Ay, hija, ya me callo! ¿Sabes lo que yo te daría, si tu­viese menos conciencia?

—Calle.

—¡Un buen susto!

—¡Calle!

Aquel día tocó que el marido de Filo no estuviese en casa y Martín se comió su huevo y se bebió su taza de café.

—Pan no hay. Hasta tenemos que comprar un poco de estraperlo para los niños.

—Está bien así, gracias; Filo, eres muy buena, eres una verdadera santa.

No seas bobo.

A Martin se le nubló la vista.

—Sí; una santa, pero una santa que se ha casado con un miserable. Tu marido es un miserable, Filo.

—Calla, bien honrado es.

—Allá tú. Después de todo, ya le has dado cinco bece­rros.

Hay unos momentos de silencio. Al otro lado de la casa se oye la vocecita de un niño que reza. La Filo se sonríe.

—Es Javierín. Oye, ¿tienes dinero?

—No.


—Coge esas dos pesetas.

—No. ¿Para qué? ¿A dónde voy yo con dos pesetas?

—También es verdad. Pero ya sabes, quien da lo que tie­ne...

—Ya sé.


—¿Te has encargado la ropa que te dije, Laurita?

—Sí, Pablo. El abrigo me queda muy bien, ya verás como te gusto.

Pablo Alonso sonríe con la sonrisa de buey benévolo del hombre que tiene las mujeres no por la cara, sino por la cartera.

—No lo dudo... En esta época, Laurita, tienes que abri­garte; las mujeres podéis ir elegantes y, al mismo tiempo, abrigadas.

—Claro.

—No está reñido. A mí me parece que vais demasiado desnudas. ¡Mira que si te fueras a poner mala ahora!



—No, Pablo, ahora no. Ahora me tengo que cuidar mu­cho para que podamos ser muy felices...

Pablo se deja querer.

—Quisiera ser la chica más guapa de Madrid para gus­tarte siempre... ¡Tengo unos celos!

La castañera habla con una señorita. La señorita tiene las mejillas ajadas y los párpados enrojecidos, como de tenerlos enfermos.

—¡Qué frío hace!

—Sí, hace una noche de perros. El mejor día me quedo pasmadita igual que un gorrión.

La señorita guarda en el bolso una peseta de castañas, la cena.

—Hasta mañana, señora Leocadia.

—Adiós, señorita Elvira, descansar.

La mujer se va por la acera, camino de la plaza de Alon­so Martínez. En una ventana del Café que hace esquina al bulevar, dos hombres hablan. Son dos hombres jóvenes, uno de veintitantos y otro de treinta y tantos años; el más viejo tiene aspecto de jurado en un concurso literario; el más joven tiene aire de ser novelista. Se nota en seguida que lo que están hablando es algo muy parecido a lo si­guiente:

—La novela la he presentado bajo el lema "Teresa de Ce­peda" y en ella abordo algunas facetas inéditas de ese eter­no problema que...

—Bien, bien. ¿Me da un poco de agua, por favor?

—Sin favor. La he repasado varias veces y creo poder decir con orgullo que en toda ella no hay una sola caco­fonía.

—Muy interesante.

—Eso creo. Ignoro la calidad de las obras presentadas por mis compañeros. En todo caso, confio en que el buen sentido y la rectitud...

—Descuide; Hacemos todo con una seriedad ejemplar.

—No lo dudo. Ser derrotado nada importa si la obra premiada tiene una calidad indudable; lo que descorazo­na...

La señorita Elvira, al pasar, sonrió: la costumbre.

Entre los hermanos hay otro silencio.

—¿Llevas camiseta?

—Pues claro que llevo camiseta. ¡Cualquiera anda por la calle sin camiseta!

—¿Una camiseta marcada P. A.?

—Una camiseta marcada como me da la gana.

—Perdona.

Martín acabó de liar un pitillo con tabaco de don Ro­berto.

—Estás perdonada, Filo. No hables de tanta terneza. Me revienta la compasión.

La Filo se creció de repente.

—¿Ya estás tú?

—No. Oye, ¿no ha venido Paco por aquí? Tenía que ha­berme traído un paquete.

—No, no ha venido. Lo vio la Petrita en la calle de Goya y le dijo que a las once te esperaba en el bar de Narváez.

—¿Qué hora es?

—No sé; deben de ser ya más de las diez.

—¿Y Roberto?

—Tardará aún. Hoy le tocaba ir a la panadería y no ven­drá hasta pasadas las diez y media.

Sobre los dos hermanos se cuelgan unos instantes de silencio, insospechadamente llenos de suavidad. La Filo pone la voz cariñosa y mira a los ojos a Martin.

—¿Te acuerdas que mañana cumplo treinta y cuatro

años?

— ¡Es verdad!



—¿No te acordabas?

—No, para qué te voy a mentir. Has hecho bien en decír­melo, quiero hacerte un regalo.

—No seas tonto, ¡pues sí que estás tú para regalos!

—Una cosita pequeña, algo que te sirva de recuerdo.

La mujer pone las manos sobre las rodillas del hombre.

—Lo que yo quiero es que me hagas un verso, como hace años. ¿Te acuerdas?

Si...

La Filo posa su mirada, tristemente, sobre la mesa.

—El año pasado no me felicitasteis ni tú ni Roberto, os olvidasteis los dos.

Filo pone la voz mimosa: una buena actriz la hubiera puesto opaca.

—Estuve toda la noche llorando...

Martin la besa.

—No seas boba, parece que vas a cumplir catorce años.

—Qué vieja soy ya, ¿verdad? Mira cómo tengo la cara de arrugas. Ahora, esperar que los hijos crezcan, seguir en­vejeciendo y después morir. Como mamá, la pobre.

Don Roberto, en la panadería, seca con cuidado el asiento de la última partida de su libro. Después lo cierra y rom­pe unos papeles con los borradores de las cuentas.

En la calle se oye lo de los pantalones estrechitos y lo de los señoritos de la misa.

Adiós, señor Ramón, hasta el próximo dia.

A seguir bien, González, hasta más ver. Que cumpla muchos la señora y todos con salud.

Gracias, señor Ramón, y usted que lo vea.

Por los solares de la Plaza de Toros, dos hombres van de retirada.

—Estoy helado. Hace un frío como para destetar buitres.

—Ya, ya.


Los hermanos hablan en la diminuta cocina. Sobre la apagada chapa del carbón, arde un hornillo de gas.

—Aqui no sube nada a estas horas, abajo hay un hornillo ladrón.

En el gas cuece un puchero no muy grande. Encima de la mesa, media docena de chicharros espera la hora de la sartén.

—A Roberto le gustan mucho los chicharros fritos.

—Pues también es un gusto...

—Déjalo, ¿A ti qué daño te hace? Martín, hijo, ¿por qué le tienes esa manía?

—¡Por mí! Yo no le tengo manía, es él quien me la tiene a mí. Yo lo noto y me defiendo. Yo sé que somos de dos ma­neras distintas.

Martín toma un ligero aire retórico, parece un profesor.

—A él le es todo igual y piensa que lo mejor es ir tirando como se pueda. A mí, no; a mí no me es todo igual ni mu­cho menos. Yo sé que hay cosas buenas y cosas malas, co­sas que se deben hacer y cosas que se deben evitar.

—¡Anda, no eches discursos!

—Verdaderamente. ¡Así me va!

La luz tiembla un instante en la bombilla, hace una finta, y se marcha. La timida, azulenca llama del gas lame, pau­sadamente, los bordes del puchero.

—¡Pues sí!

—Pasa algunas noches, ahora hay una luz muy mala.

—Ahora tenía que haber la misma luz de siempre. ¡La Compañía, que querrá subirla! Hasta que suban la luz no la darán buena, ya verás. ¿Cuánto pagas ahora de luz?

—Catorce o dieciséis pesetas, según.

—Después pagarás veinte o veinticinco.

—¡Qué le vamos a hacer!

—¿Así queréis que se arreglen las cosas? ¡Vais buenos!

La Filo se calla y Martín entrevé en su cabeza una de esas soluciones que nunca cuajan. A la incierta lucecilla del gas, Martín tiene un impreciso y vago aire de zahori.

A Celestino le coge el apagón en la trastienda.

—¡Pues la hemos liado! Estos desalmados son capaces de desvalijarme.

Los desalmados son los clientes.

Celestino trata de salir a tientas y tira un cajón de gaseo­sas. Las botellas hacen un ruido infernal al chocar contra los baldosines.

—¡Me cago hasta en la luz eléctrica! Suena una voz desde la puerta.

—¿Qué ha pasado?

—¡Nada! ¡Rompiendo lo que es mío!

Doña Visitación piensa que una de las formas más efica­ces para alcanzar el mejoramiento de la clase obrera, es que las señoras de la Junta de Damas organicen concursos de pinacle.

—Los obreros —piensa— también tienen que comer, aun­que muchos son tan rojos que no se merecerían tanto des­velo.

Doña Visitación es bondadosa y no cree que a los obre­ros se les debe matar de hambre, poco a poco.

Al poco tiempo, la luz vuelve, enrojeciendo primero el fi­lamento, que durante unos segundos parece hecho como de venidas de sangre, y un resplandor intenso se extiende, de repente, por la cocina. La luz es más fuerte y más blan­ca que nunca y los paquetillos, las tazas, los platos que hay sobre el vasar, se ven con mayor precisión, corno si hubieran engordado, como si estuvieran recién hechos.

—Está todo muy bonito, Filo.

—Limpio...

—¡Ya lo creo!

Martin pasea su vista con curiosidad por la cocina, como si no la conociera. Después se levanta y coge su som­brero. La colilla la apagó en la pila de fregar y la tiró des­pués, con mucho cuidado, en la lata de la basura.

—Bueno, Filo; muchas gracias, me voy ya.

—Adiós, hijo, de nada; yo bien quisiera darte algo más... Ese huevo lo tenía para mí, me dijo el médico que tomara dos huevos al día.

—¡Vaya!


—¡Déjalo, no te preocupes! A ti te hace tanta falta como a mi.

—Verdaderamente.

—Qué tiempos, ¿verdad, Martín?

—Sí, Filo, ¡qué tiempos! Pero ya se arreglarán las cosas, tarde o temprano.

—¿Tú crees?

—No lo dudes. Es algo fatal, algo incontenible, algo que tiene la fuerza de las mareas.

Martin va hacia la puerta y cambia de voz.

—En fin... ¿Y Petrita?

—¿Ya estás?

—No, mujer, era para decirle adiós.

—Déjala. Está con los dos peques, que tienen miedo; no los deja hasta que se duermen. La Filo sonríe, para añadir:

—Yo, a veces, también tengo miedo, me imagino que me voy a quedar muerta de repente...

Al bajar la escalera, Martín se cruza con su cuñado que sube en el ascensor. Don Roberto va leyendo el periódico. A Martín le dan ganas de abrirle una puerta y dejarlo entre dos pisos.

Laurita y Pablo están sentados frente a frente; entre los dos hay un florerito esbelto con tres rosas pequeñas den­tro.

—¿Te gusta el sitio?

—Mucho.


El camarero se acerca. Es un camarero joven, bien vesti­do, con el negro pelo rizado y el ademán apuesto. Laurita procura no mirarle; Laurita tiene un directo, un inmediato concepto del amor y de la fidelidad.

—La señorita, consomé; lenguado al horno y pechuga Villeroy. Yo voy a tomar consomé y lubina hervida, con aceite y vinagre.

—¿No vas a comer más?

—No, nena, no tengo ganas. Pablo se vuelve al camarero.

—Media de Sauternes y otra media de Borgoña. Está bien.

Laurita, por debajo de la mesa, acaricia una rodilla de Pablo.

—¿Estás malo?

—No, malo, no; he estado toda la tarde a vueltas con la comida, pero ya me pasó. Lo que no quiero es que repita.

La pareja se miró a los ojos y con los codos apoyados sobre la mesa, se cogieron las dos manos apartando un poco el florerito.

En un rincón, una pareja que ya no se coge las manos, mira sin demasiado disimulo.

—¿Quién es esa conquista de Pablo?

—No sé, parece una criada, ¿te gusta?

—Psché, no está mal...

—Pues vete con ella, si te gusta, no creo que te sea dema­siado difícil.

—¿Ya estás?

—Quien ya está eres tú. Anda, rico, déjame tranquila que no tengo ganas de bronca; esta temporada estoy muy poco folklórica.

El hombre enciende un pitillo.

—Mira, Mari Tere, ¿sabes lo que te digo?, que asi no va­mos a ningún lado.

—¡Muy flamenco estás tú! Déjame si quieres, ¿no es eso lo que buscas? Todavía tengo quien me mire a la cara.

—Habla más bajo, no tenemos por qué dar tres cuartos al pregonero.

La señorita Elvira deja la novela sobre la mesa de noche y apaga la luz. "Los misterios de París" se quedan a oscu­ras al lado de un vaso mediado de agua, de unas medias usadas y de una barra de rouge ya en las últimas.

Antes de dormirse, la señorita Elvira siempre piensa un poco.

—Puede que tenga razón doña Rosa. Quizá sea mejor volver con el viejo, así no puedo seguir. Es un baboso, pero, ¡después de todó!, ya no tengo mucho donde escoger. La señorita Elvira se conforma con poco, pero ese poco casi nunca lo consigue. Tardó mucho tiempo en enterarse de cosas que, cuando las aprendió, le cogieron ya con los ojos llenos de patas de gallo y los dientes picados y enne­grecidos. Ahora se conforma con no ir al hospital, con poder seguir en su miserable fonducha; a lo mejor, dentro de unos años, su sueño dorado es una cama en el hospital, al lado del radiador de la calefacción.

El gitanillo, a la luz de un farol, cuenta un montón de calderilla. El día no se le dio mal: ha reunido, cantando des­de la una de la tarde hasta las once de la noche, un duro y sesenta céntimos. Por el duro de calderilla le dan cinco cin­cuenta en cualquier bar; los bares andan siempre mal de cambios.

El gitanillo cena, siempre que puede, en una taberna que hay por detrás de la calle de Preciados, bajando por la cos­tanilla de los Ángeles; un plato de alubias, pan y un plátano le cuestan tres veinte.

El gitanillo se sienta, llama al mozo, le da las tres veinte y espera a que le sirvan.

Después de cenar sigue cantando, hasta las dos, por la calle de Echegaray, y después procura coger el tope del úl­timo tranvía. El gitanillo, creo que ya lo dijimos, debe an­dar por los seis años.

Al final de Narváez está el bar donde, como casi todas las noches, Paco se encuentra con Martín. Es un bar pe­queño, que hay a la derecha, conforme se sube, cerca del garaje de la Policía Armada. El dueño, que se llama Celes­tino Ortiz, había sido comandante con Cipriano Mera du­rante la guerra, y es un hombre más bien alto, delgado, cejijunto y con algunas marcas de viruela; en la mano dere­cha lleva una gruesa sortija de hierro, con un esmalte en colores que representa a León Tolstoi y que se había man­dado hacer en la calle de la Colegiata, y usa dentadura pos­tiza que, cuando le molesta mucho, deja sobre el mostra­dor. Celestino Ortiz guarda cuidadosamente, desde hace muchos años ya, un sucio y desbaratado ejemplar de la "Aurora", de Nietzsche, que es su libro de cabecera, su ca­tecismo. Lo lee a cada paso y en él encuentra siempre solu­ción a los problemas de su espíritu.

—"Aurora" —dice—, "Meditación sobre los prejuicios morales". ¡Qué hermoso título!

La portada lleva un óvalo con la foto del autor, su nom­bre, el título, el precio —cuatro reales— y el pie editorial: F. Sempere y Compañía, editores, calle del Palomar, 10, Valencia; Olmo, 4 (sucursal), Madrid. La traducción es de Pedro González Blanco. En la portada de dentro apare­ce la marca de los editores: un busto de señorita con gorro frigio y rodeado, por abajo, de una corona de laurel y, por arriba, de un lema que dice "Arte y Libertad".

Hay párrafos enteros que Celestino se los sabe de me­moria. Cuando entran en el bar los guardias del garaje, Ce­lestino Ortiz esconde el libro debajo del mostrador, sobre el cajón de los botellines de vermú.

—Son hijos del pueblo como yo —se dice—, ¡pero por si acaso!

Celestino piensa, con los curas del pueblo, que Nietzsche es realmente algo muy peligroso.

Lo que suele hacer, cuando se enfrenta con los guardias, es recitarles parrafitos, como de broma, sin decirles nunca de dónde los ha sacado.

—"La compasión viene a ser el antidoto del suicidio, por ser un sentimiento que proporciona placer y que nos sumi­nistra, en pequeñas dosis, el goce de la superioridad."

Los guardias se ríen.

—Oye, Celestino, ¿tú no has sido nunca cura?

—¡Nunca! "La dicha —continúa—, sea lo que fuere, nos da aire, luz y libertad de movimientos." Los guardias ríen a carcajadas.

—Y agua corriente.

—Y calefacción central.

Celestino se indigna y les escupe con desprecio:

—¡Sois unos pobres incultos!

Entre todos los que vienen hay un guardia, gallego y re­servón, con el que Celestino hace muy buenas migas. Se tratan siempre de usted.

—Diga usted, patrón, ¿y eso lo dice siempre igual?

—Siempre, García, y no me equivoco ni una sola vez.

—¡Pues ya es mérito!

La señora Leocadia, arrebujada en su toquilla, saca una mano.

—Tome, van ocho y bien gordas.

—Adiós.

—¿Tiene usted hora, señorito?



El señorito se desabrocha y mira la hora en su grueso re­loj de plata.

—Sí, van a dar las once.

A las once viene a buscarla su hijo, que quedó cojo en la guerra y está de listero en las obras de los Nuevos Ministe­rios. El hijo, que es muy bueno, le ayuda a recoger los bár­tulos y después se van, muy cogiditos del brazo, a dormir. La pareja sube por Covarrubias y tuerce por Nicasio Ga­llego. Si queda alguna castaña se la comen; si no, se meten en cualquier chigre y se toman un café con leche bien ca­liente. La lata de las brasas la coloca la vieja al lado de su cama, siempre hay algún rescoldo que dura, encendido, hasta la mañana.

Martín Marco entra en el bar cuando salen los guardias. Celestino se le acerca.

—Paco no ha venido aún. Estuvo aquí esta tarde y me dijo que lo esperara usted.

Martín Marco adopta un displicente aire de gran señor.

—Bueno.

—¿Va a ser?



—Solo.

Ortiz trajina un poco con la cafetera, prepara la sacari­na, el vaso, el plato y la cucharilla, y sale del mostrador. Coloca todo sobre la mesa, y habla. Se le nota en los ojos, que le brillan un poco, que ha hecho un gran esfuerzo para arrancar.

—¿Ha cobrado usted?

Martín lo mira como si mirase a un ser muy extraño.

—No, no he cobrado. Ya le dije a usted que cobro los días cinco y veinte de cada mes. Celestino se rasca el cuello.

—Es que...

—¡Qué!

—Pues que con este servicio ya tiene usted veintidós pe­setas.



—¿Veintidós pesetas? Ya se las daré. Creo que le he pa­gado a usted siempre, en cuanto he tenido dinero.

—Ya sé.


—¿Entonces?

Martín arruga un poco la frente y ahueca la voz.

—Parece mentira que usted y yo andemos a vueltas siem­pre con lo mismo, como si no tuviéramos tantas cosas que nos unan.

—¡Verdaderamente! En fin, perdone, no he querido mo­lestarle, es que, ¿sabe usted?, hoy han venido a cobrar la contribución.

Martin levanta la cabeza con un profundo gesto de orgu­llo y de desprecio, y clava sus ojos sobre un grano que tiene Celestino en la barbilla.

Martin da dulzura a su voz, sólo un instante.

—¿Qué tiene usted ahi?

—Nada, un grano.

Martín vuelve a fruncir el entrecejo y a hacer dura y reti­cente la voz.

—¿Quiere usted culparme a mí de que haya contribucio­nes?

—¡Hombre, yo no decía eso!

—Decía usted algo muy parecido, amigo mío. ¿No he­mos hablado ya suficientemente de los problemas de la dis­tribución económica y del régimen contributivo?

Celestino se acuerda de su maestro y se engalla.

—Pero con sermones yo no pago el impuesto.

—¿Y eso le preocupa, grandísimo fariseo? Martín lo mira fijamente, en los labios una sonrisa mitad de asco, mitad de compasión.

—¿Y usted lee a Nietzsche? Bien poco se le ha pegado. ¡Usted es un mísero pequeño burgués!

—¡Marco!

Martín ruge como un león.

—¡Sí, grite usted, llame a sus amigos los guardias!

—¡Los guardias no son amigos míos!

—¡Pegúeme si quiere, no me importa! No tengo dinero, ¿se entera? ¡No tengo dinero! ¡No es ninguna deshonra!

Martín se levanta y sale a la calle con paso de triunfador. Desde la puerta se vuelve.

—Y no llore usted, honrado comerciante. Cuando tenga esos cuatro duros y pico, se los traeré para que pague la contribución y se quede tranquilo. ¡Allá usted con su con­ciencia! Y ese café me lo apunta y se lo guarda donde le quepa, ¡no lo quiero!

Celestino se queda perplejo, sin saber qué hacer. Piensa romperle un sifón en la cabeza, por fresco, pero se acuerda: "Entregarse a la ira ciega es señal de que se está cerca de la animalidad". Quita su libro de encima de los botellines y lo guarda en el cajón. Hay días en que se le vuelve a uno el santo de espaldas, en que hasta Nietzsche parece como pa­sarse a la acera contraria.

Pablo había pedido un taxi.

—Es temprano para ir a ningún lado. Si te parece nos meteremos en cualquier cine, a hacer tiempo.

—Como tú quieras, Pablo, el caso es que podamos estar muy juntitos.

El botones llegó. Después de la guerra casi ningún boto­nes lleva gorra.

—El taxi, señor.

—Gracias. ¿Nos vamos, nena?

Pablo ayudó a Laurita a ponerse el abrigo. Ya en el co­che, Laurita le advirtió:

—¡Qué ladrones! Fíjate cuando pasemos por un farol: va ya marcando seis pesetas.

Martín, al llegar a la esquina de O'Donnell, se tropieza con Paco.

En el momento en que oye "¡Hola!", va pensando:

—Si, tenía razón Byron: si tengo un hijo haré de él algo prosaico, abogado o pirata.

Paco le pone una mano sobre el hombro.

—Estás sofocado. ¿Por qué no me esperaste? Martín parece un sonámbulo, un delirante.

—¡Por poco lo mato! ¡Es un puerco!

—¿Quién?

—El del bar.

—¿El del bar? ¡Pobre desgraciado! ¿Qué te hizo?

—Recordarme los cuartos. ¡Él sabe de sobra que, en cuanto tengo, pago!

—Pero, hombre, ¡le harían falta!

—Sí, para pagar la contribución. Son todos iguales. Martín miró para el suelo y bajó la voz.

—Hoy me echaron a patadas de otro Café.

—¿Te pegaron?

—No, no me pegaron, pero la intención era bien clara. ¡Estoy ya muy harto, Paca!

—Anda, no te excites, no merece la pena. ¿A dónde vas?

—A dormir.

—Es lo mejor. ¿Quieres que nos veamos mañana?

—Como tú quieras. Déjame recado en casa de Filo, yo me pasaré por allí.

—Bueno.


—Toma el libro que querías. ¿Me has traído las cuarti­llas?

—No, no pude. Mañana veré si las puedo coger.

La señorita Elvira da vueltas en la cama, está desazona­da: cualquiera diría que se había echado al papo una cena tremenda. Se acuerda de su niñez y de la picota de Villalón; es un recuerdo que la asalta a veces. Para desecharlo, la señorita Elvira se pone a rezar el Credo hasta que se duer­me; hay noches —en las que el recuerdo es más pertinaz— que llega a rezar hasta ciento cincuenta o doscientos Cre­dos seguidos.

Martin pasa las noches en casa de su amigo Pablo Alon­so, en una cama turca puesta en el ropero. Tiene una llave del piso y no ha de cumplir, a cambio de la hospitalidad, sino tres cláusulas: no pedir jamás una peseta, no meter a nadie en la habitación y marcharse a las nueve y media de la mañana para no volver hasta pasadas las once de la no­che. El caso de enfermedad no estaba previsto.

Por las mañanas, al salir de casa de Alonso, Martin se mete en Comunicaciones o en el Banco de España, donde se está caliente y se pueden escribir versos por detrás de los impresos de los telegramas y de las imposiciones de las cuentas corrientes.

Cuando Alonso le da alguna chaqueta, que deja casi nuevas, Martín Marco se atreve a asomar los hocicos, des­pués de la hora de la comida, por el hall del Palace. No siente gran atracción por el lujo, ésa es la verdad, pero pro­cura conocer todos los ambientes.

—Siempre son experiencias —piensa.

Don Leoncio Maestre se sentó en su baúl y encendió un pitillo. Era feliz como nunca y por dentro cantaba "La donna é mobile", en un arreglo especial. Don Leoncio Maestre, en su juventud, se había llevado la flor natural en unos juegos florales que se celebraron en la isla de Menor­ca, su patria chica.

La letra de la canción que cantaba don Leoncio era, como es natural, en loa y homenaje de la señorita Elvira. Lo que le preocupaba era que, indefectiblemente, el primer verso tenía que llevar los acentos fuera de su sitio. Había tres soluciones:
¡Oh,bella Elvírita!

¡Oh,bella Elvírita!

¡Oh,bella Elviriíta!
Ninguna era buena, ésta es la verdad, pero sin duda la mejor era la primera; por lo menos llevaba los acentos en el mismo sitio que "La donna é mobile".

Don Leoncio, con los ojos entornados, no dejaba ni un instante de pensar en la señorita Elvira.

—¡Pobrecita mía! Tenía ganas de fumar. Yo creo, Leon­cio, que has quedado como las propias rosas regalándole la cajetilla...

Don Leoncio estaba tan embebido en su amoroso re­cuerdo que no notaba el frío de la lata de su baúl debajo de sus posaderas.

El señor Suárez dejó el taxi a la puerta. Su cojera era ya jacarandosa. Se sujetó los lentes de pinza y se metió en el ascensor. El señor Suárez vivía con su madre, ya vieja, y se llevaban tan bien que, por las noches, antes de irse a la ca­ma, la señora iba a taparlo y a darle su bendición.

—¿Estás bien, hijito?

—Muy bien, mami querida.

—Pues hasta mañana, si Dios quiere. Tápate, no te vayas a enfriar. Que descanses.

—Gracias, mamita, igualmente; dame un beso.

—Tómalo, hijo; no te olvides de rezar tus oraciones.

—No, mami. Adiós.

El señor Suárez tiene unos cincuenta años; su madre, Veinte o veintidós más.

El señor Suárez llegó al tercero, letra C, sacó su llavín y abrió la puerta. Pensaba cambiarse la corbata, peinarse bien, echarse un poco de colonia, inventar una disculpa ca­ritativa y marcharse a toda prisa, otra vez en el taxi.

—¡Mami!


La voz del señor Suárez al llamar a su madre desde la puerta, cada vez que entraba en casa, era una voz que imi­taba un poco la de los alpinistas del Tirol que salen en las películas.

—¡Mami!


Desde el cuarto de delante, que tenía la luz encendida, nadie contestó.

—¡Mami! ¡Mami!

El señor Suárez empezó a ponerse nervioso.

—¡Mami! ¡Mami! ¡Ay, santo Dios! ¡Ay, que yo no entro! ¡Mami!

El señor Suárez, empujado por una fuerza un poco rara, tiró por el pasillo. Esa fuerza un poco rara era, probable­mente, curiosidad.

—¡Mami!


Ya casi con la mano en el picaporte, el señor Suárez dio marcha atrás y salió huyendo. Desde la puerta volvió a re­petir:

—¡Mami! ¡Mami!

Después notó que el corazón le palpitaba muy de prisa y bajó las escaleras, de dos en dos.

—Lléveme a la Carrera de San Jerónimo, enfrente del Congreso.

El taxi lo llevó a la Carrera de San Jerónimo, enfrente del Congreso.

Mauricio Segovia, cuando se aburrió de ver y de oír có­mo doña Rosa insultaba a sus camareros, se levantó y se marchó del Café.

—Yo no sé quién será más miserable, si esa foca sucia y enlutada o toda esa caterva de gaznápiros. ¡Si un día le die­ran entre todos una buena tunda!

Mauricio Segovia es bondadoso, como todos los pelirro­jos, y no puede aguantar las injusticias. Si él preconiza que lo mejor que podían hacer los camareros era darle una so­manta a doña Rosa, es porque ha visto que doña Rosa los trataba mal; así, al menos, quedarían empatados —uno a uno— y se podría empezar a contar de nuevo.

—Todo es cuestión de cuajos: los hay que lo deben tener grande y blanducho, como una babosa, y los hay también que lo tienen pequeñito y duro, como una piedra de meche­ro.

Don Ibrahim de Ostolaza y Bofarull se encaró con el es­pejo, levantó la cabeza, se acarició la barba y exclamó:

—Señores académicos: No quisiera distraer vuestra aten­ción más tiempo, etc., etc. (Sí, esto sale bordado... La cabe­za en arrogante ademán... Hay que tener cuidado con los puños, a veces asoman demasiado, parece como si fueran a salir volando.)

Don Ibrahim encendió la pipa y se puso a pasear por la habitación, para arriba y para abajo. Con una mano sobre el respaldo de la silla y con la otra con la pipa en alto, como el rollito que suelen tener los señores de las estatuas, continuó:

—¿Cómo admitir, como quiere el señor Clemente de Die­go, que la usucapión sea el modo de adquirir derechos por el ejercicio de los mismos? Salta a la vista la escasa consis­tencia del argumento, señores académicos. Perdóneseme la insistencia y permítaseme que vuelva, una vez más, a mi ya vieja invocación a la lógica; nada, sin ella, es posible en el mundo de las ideas. (Aquí, seguramente, habrá murmullos de aprobación.) ¿No es evidente, ilustre senado, que para usar algo hay que poseerlo? En vuestros ojos adivino que pensáis que sí. (A lo mejor, uno del público dice en voz ba­ja: "Evidente, evidente".) Luego si para usar algo hay que poseerlo, podremos, volviendo la oración por pasiva, asegurar que nada puede ser usado sin una previa posesión. Don Ibrahim adelantó un pie hacia las candilejas y aca­rició, con un gesto elegante, las solapas de su balín. Bien: de su frac. Después sonrió..

—Pues bien, señores académicos: así como para usar algo hay que poseerlo, para poseer algo hay que adquirirlo. Nada importa a titulo de qué; yo he dicho, tan sólo, que hay que adquirirlo, ya que nada, absolutamente nada, pue­de ser poseído sin una previa adquisición. (Quizá me inte­rrumpan los aplausos. Conviene estar preparado.)

La voz de don Ibrahim sonaba solemne como la de un fagot. Al otro lado del tabique de panderete, un marido, de vuelta de su trabajo, preguntaba a su mujer:

—¿Ha hecho su caquita la nena?

Don Ibrahim sintió algo de frío y se arregló un poco la bufanda. En el espejo se veía un lacito negro, el que se lleva en el frac por las tardes.

Don Mario de la Vega, el impresor del puro, se había ido a cenar con el bachiller del plan del 3.

—Mire, ¿sabe lo que le digo? Pues que no vaya mañana a verme; mañana vaya a trabajar. A mi me gusta hacer las cosas así, sobre la marcha.

El otro, al principio, se quedó un poco perplejo. Le hu­biera gustado decir que quizá fuera mejor ir al cabo de un par de días, para tener tiempo de dejar en orden algunas cosillas, pero pensó que estaba expuesto a que le dijeran que no.

—Pues nada, muchas gracias, procuraré hacerlo lo mejor que sepa.

—Eso saldrá usted ganando. Don Mario de la Vega sonrió.

—Pues trato hecho. Y ahora, para empezar con buen pie, le invito a usted a cenar.

Al bachiller se le nubló la vista.

—Hombre...

El impresor le salió al paso.

—Vamos, se entiende que si no tiene usted ningún com­promiso, yo no quisiera ser inoportuno.

—No, no, descuide usted, no es usted inoportuno, todo lo contrario. Yo no tengo ningún compromiso. El bachiller se armó de valor y añadió:

—Esta noche no tengo ningún compromiso, estoy a su disposición.

Ya en la taberna, don Mario se puso un poco pesado y le explicó que a él le gustaba tratar bien a sus subordinados, que sus subordinados estuvieran a gusto, que sus subordi­nados prosperasen, que sus subordinados viesen en él a un padre, y que sus subordinados llegasen a cogerle cariño a la imprenta.

—Sin una colaboración entre el jefe y los subordinados no hay manera de que el negocio prospere. Y si el negocio prospera, mejor para todos: para el amo y para los subor­dinados. Espere un instante, que voy a telefonear, tengo que dar un recado.

El bachiller, tras la perorata de su nuevo patrón, se dio cuenta perfectamente de que su papel era el de subordina­do. Por si no lo había entendido del todo, don Mario, a me­dia comida, le soltó:

—Usted entrará cobrando dieciséis pesetas; pero de con­trato de trabajo, ni hablar. ¿Entendido?

—Sí, señor; entendido.

El señor Suárez se apeó de su taxi enfrente del Congreso y se metió por la calle del Prado, en busca del Café donde lo esperaban. El señor Suárez, para que no se le notase de­masiado que llevaba la boquita hecha agua, había optado por no llegar con el taxi hasta la puerta del Café.

—¡Ay, chico! Estoy pasado. En mi casa debe suceder algo horrible, mi mamita no contesta.

La voz del señor Suárez, al entrar en el Café, se hizo aún más casquivana que de costumbre, era ya casi una voz de golfa de bar de camareras.

—¡Déjala y no te apures! Se habrá dormido.

—¡Ay! ¿Tú crees?

—Lo más seguro. Las viejas se quedan dormidas en se­guida.

Su amigo era un barbián con aire achulado, corbata ver­de, zapatos color corinto y calcetines a rayas. Se llama Jo­sé Giménez Higueras y aunque tiene un aspecto sobrecogedor, con su barba dura y su mirar de moro, le llaman, por mal nombre, Pepito el Astilla.

El señor Suárez sonrió, casi con rubor.

—¡Qué guapetón estás, Pepe!

—¡Cállate, bestia, que te van a oír!

—¡Ay, bestia, tú siempre tan cariñoso! El señor Suárez hizo un mohín. Después se quedó pensa­tivo.

—¿Qué le habrá pasado a mi mamita?

—¿Te quieres callar?

El señor Giménez Figueras, alias el Astilla, le retorció una muñeca al señor Suárez, alias la Fotógrafa.

—Oye, chata, ¿hemos venido para ser felices o para que me coloques el rollo de tu mamá querida?

—¡Ay, Pepe, tienes razón, no me riñas! ¡Es que estoy que no me llega la camisa al cuerpo!

Don Leoncio Maestre tomó dos decisiones fundamenta­les. Primero: es evidente que la señorita Elvira no es una cualquiera, se le ve en la cara. La señorita Elvira es una chica fina, de buena familia, que ha tenido algún disgusto con los suyos, se ha largado y ha hecho bien, ¡qué caram­ba! ¡A ver si va a haber derecho, como se creen muchos padres, a tener a los hijos toda la vida debajo de la bota! La señorita Elvira, seguramente, se fue de su casa porque su familia llevaba ya muchos años dedicada a hacerle la vida imposible. ¡Pobre muchacha! ¡En fin! Cada vida es un misterio, pero la cara sigue siendo el espejo del alma.

—¿En qué cabeza cabe pensar que Elvira pueda ser una furcia? Hombre, ¡por amor de Dios!

Don Leoncio Maestre estaba un poco incomodado con­sigo mismo.

La segunda decisión de don Leoncio fue la de acercarse de nuevo, después de cenar, al Café de doña Rosa, a ver si la señorita Elvira habia vuelto por allí.

—¡Quién sabe! Estas chicas tristes y desgraciadas que han tenido algún disgustillo en sus casas, son muy partida­rias de los Cafés donde se toca la música.

Don Leoncio Maestre cenó a toda prisa, se cepilló un poco, se puso otra vez el abrigo y el sombrero, y se marchó al Café de doña Rosa. Vamos; él salió con intención de darse una vueltecita por el Café de doña Rosa.

Mauricio Segovia fue a cenar con su hermano Hermene­gildo, que había venido a Madrid a ver si conseguía que lo hiciesen secretario de la C.N.S. de su pueblo.

—¿Cómo van tus cosas?

—Pues, chico, van... Yo creo que van bien...

—¿Tienes alguna noticia nueva?

—Si. Esa tarde estuve con don José María, el que está en la secretaría particular de don Rosendo, y me dijo que él apoyaría la propuesta con todo interés. Ya veremos lo que hacen entre todos. ¿Tú crees que me nombrarán?

—Hombre, yo creo que si. ¿Por qué no?

—Chico, no sé. A veces me parece que ya lo tengo en la mano, y a veces me parece que lo que me van a dar, al fi­nal, es un punterazo en el culo. Esto de estar así, sin saber a qué carta quedarse, es lo peor.

—No te desanimes, de lo mismo nos hizo Dios a todos. Y además, ya sabes, el que algo quiere, algo le cuesta.

—Si, eso pienso yo.

Los dos hermanos, después, cenaron casi todo el tiempo en silencio.

—Oye, esto de los alemanes va de cabeza.

—Sí, a mí ya me empieza a oler a cuerno quemado.

Don Ibrahim de Ostolaza y Bofarull hizo como que no oía lo de la caquita de la nena del vecino, se volvió a arre­glar un poco la bufanda, volvió a poner la mano sobre el respaldo de la silla, y continuó:

—Sí, señores académicos, quien tiene el honor de infor­mar ante ustedes cree que sus argumentos no tienen vuelta de hoja. (¿No resultará demasiado popular, un poco cha­bacano, esto de la vuelta de hoja?) Aplicando al concepto jurídico que nos ocupa, las conclusiones del silogismo pre­cedente (aplicando al concepto jurídico que nos ocupa, las conclusiones del silogismo precedente, quizás quede algo largo) podemos asegurar que, asi como para usar algo hay que poseerlo, paralelamente, para ejercer un derecho, cual­quiera que fuere, habrá que poseerlo también. (Pausa.)

El vecino de al lado preguntaba por el color. Su mujer le decía que de color normal.

—Y un derecho no puede poseerse, corporación insigne, sin haber sido previamente adquirido. Creo que mis pala­bras son claras como las fluyentes aguas de un arroyo cris­talino. (Voces: sí, sí.) Luego si para ejercer un derecho hay que adquirirlo, porque no puede ejercerse algo que no se tiene (¡Claro, claro!), ¿cómo cabe pensar, en rigor científi­co, que exista un modo de adquisición por el ejercicio, como quiere el profesor De Diego, ilustre por tantos con­ceptos, si esto seria tanto como afirmar que se ejerce algo que aún no se ha adquirido, un derecho que todavía no se posee? (Insistentes rumores de aprobación.)

El vecino de al lado preguntaba:

—¿Tuviste que meterle el perejilito?

—No, ya lo tenía preparado, pero después lo hizo ella só­lita. Mira, he tenido que comprar una lata de sardinas; me dijo tu madre que el aceite de las latas de sardinas es mejor para estas cosas.

—Bueno, no te preocupes, nos las comemos a la cena y en paz. Eso del aceite de las sardinas son cosas de mi ma­dre.

El marido y la mujer se sonrieron con terneza, se dieron un abrazo y se besaron. Hay días en que todo sale bien. El estreñimiento de la nena venia siendo ya una preocupa­ción.

Don Ibrahim pensó que, ante los insistentes rumores de aprobación, debía hacer una breve pausa, con la frente baja y la vista mirando, como distraídamente, para la car­peta y el vaso de agua.

—No creo preciso aclarar, señores académicos, que es necesario tener presente que el uso de la cosa —no el uso o ejercicio del derecho a usar la cosa, puesto que todavía no existe— que conduce, por prescripción, a su posesión, a tí­tulo de propietario, por parte del ocupante, es una situación de hecho, pero jamás un derecho. (Muy bien.)

Don Ibrahim sonrió como un triunfador y se estuvo unos instantes sin pensar en nada. En el fondo —y en la su­perficie también— don Ibrahim era un hombre muy feliz. ¿Que no le hacían caso? ¡Qué más da! ¿Para qué estaba la Historia?

—Ella a todos, al fin y a la postre, hace justicia. Y si en este bajo mundo al genio no se le toma en consideración, ¿para qué preocuparnos si dentro de cien años, todos cal­vos?

A don Ibrahim vinieron a sacarlo de su dulce sopor unos timbrazos violentos, atronadores, descompuestos.

¡Qué barbaridad, qué manera de alborotar! ¡Vaya con la educación de algunas gentes! ¡Lo que faltaba es que se hu­bieran confundido!

La señora de don Ibrahim, que hacía calceta, sentada al brasero, mientras su marido peroraba, se levantó y fue a abrir la puerta.

Don Ibrahim puso el oído atento. Quien llamó a la puer­ta había sido el vecino del cuarto.

—¿Está su esposo?

Sí, señor, está ensayando su discurso.

—¿Me puede recibir?

—Sí, no faltaría más.

La señora levantó la voz:

—Ibrahim. es el vecino de arriba. Don Ibrahim respondió:

—Que pase, mujer, que pase; no lo tengas ahí. Don Leoncio Maestre estaba pálido.

—Veamos, convecino, ¿qué le trae por mi modesto ho­gar?

A don Leoncio le temblaba la voz.

—¡Está muerta!

—¿Eh?


—¡Que está muerta!

—¿Qué?


—Que si, señor, que está muerta: yo le toqué la frente y está fría como el hielo.

La señora de don Ibrahim abrió unos ojos de palmo.

—¿Quién?

—La de al lado.

—¿La de al lado?

—Sí.


—¿Doña Margot?

—Sí.


Don Ibrahim intervino.

—¿La mamá del maricón?

Al mismo tiempo que don Leoncio decía que sí, su mujer le reprendió:

—¡Por Dios, Ibrahim, no hables así!

—¿Y está muerta, definitivamente?

—Sí, don Ibrahim, muerta del todo. Está ahorcada con una toalla.

—¿Con una toalla?

—Sí, señor, con una toalla de felpa.

—¡Qué horror!

Don Ibrahim empezó a cursar órdenes, a dar vueltas de un lado para otro, y a recomendar calma.

—Genoveva, cuélgate del teléfono y llama a la policía.

—¿Qué número tiene?

—¡Yo qué sé, hija mia; míralo en la lista! Y usted, amigo Maestre, póngase en guardia en la escalera, que nadie suba ni baje. En el perchero tiene usted un bastón. Yo voy a avi­sar al médico.

Don Ibrahim, cuando le abrieron la puerta de la casa del médico, preguntó, con aire de gran serenidad:

—¿Está el doctor?

—Sí, señor; espere usted un momento.

Don Ibrahim ya sabía que el médico estaba en casa. Cuando salió a ver lo que queria, don Ibrahim, como no acertando por dónde empezar, le sonrió:

—¿Qué tal la nena, se le arregla ya su tripita?

Don Mario de la Vega, después de cenar, invitó a café a Eloy Rubio Antofagasta, que era el bachiller del plan 3. Se veía que queria abusar.

—¿Le apetece un purito?

—Sí, señor; muchas gracias.

—¡Caramba, amigo, no pasa usted a nada! Eloy Rubio Antofagasta sonrió humildemente.

—No, señor. Después añadió:

—Es que estoy muy contento de haber encontrado traba­jo, ¿sabe usted?

—¿Y de haber cenado?

—Sí, señor; de haber cenado también.

El señor Suárez se estaba fumando un purito que le rega­ló Pepe, el Astilla.

—¡Ay, qué rico me sabe! Tiene tu aroma. El señor Suárez miró a los ojos a su amigo.

—¿Vamos a tomarnos unos chatos? Yo no tengo ganas de cenar; estando contigo se me quita el apetito.

—Bueno, vamonos.

—¿Me dejas que te invite?

La Fotógrafa y el Astilla se fueron, muy cogiditos del brazo, por la calle del Prado arriba, por la acera de la iz­quierda, según se sube, donde hay unos billares. Algunas personas, al verlos, volvian un poco la cabeza.

—¿Nos metemos aquí un rato, a ver posturas?

—No, déjalo; el otro día por poco me meten un taco por la boca.

—¡Qué bestias! Es que hay hombres sin cultura, ¡hay que ver! ¡Qué barbaridad! Te habrás llevado un susto in­menso, ¿verdad, Astillita?

Pepe, el Astilla, se puso de mal humor.

—Oye, le vas a llamar Astillita a tu madre. Al señor Suárez le dio la histeria.

—¡Ay, mi mamita! ¡Ay, qué le habrá pasado! ¡Ay Dios mío!

—¿Te quieres callar?

—Perdóname, Pepe, ya no te hablaré más de mi mamá. ¡Ay, pobrecita! Oye, Pepe, ¿me compras una flor? Quiero que me compres una camelia roja; yendo contigo conviene llevar el cartelito de prohibido...

Pepe, el Astilla, sonrió, muy ufano, y le compró al señor Suárez una camelia roja.

—Póntela en la solapa.

—Donde tú quieras.

El doctor, después de comprobar que la señora estaba muerta y bien muerta, atendió a don Leoncio Maestre, que el pobre estaba con un ataque de nervios, casi sin sentido y tirando patadas a todos lados.

—¡Ay, doctor! ¿Mire que si ahora se nos muere éste? Doña Genoveva Cuadrado de Ostolaza estaba muy apu­rada.

—No se preocupe, señora, éste no tiene nada importante, un susto de ordago y nada más.

Don Leoncio, sentado en una butaca, tenía los ojos en blanco y echaba espuma por la boca. Don Ibrahim; mien­tras tanto, había organizado al vecindario.

—Calma, sobre todo una gran calma. Que cada cabeza de familia registre concienzudamente su domicilio. Sirva­mos la causa de la Justicia, prestándole el apoyo y la cola­boración que esté a nuestros alcances.

—Sí; sí, señor, muy bien hablado. En estos momentos, lo mejor es que uno mande y los demás obedezcamos.

Los vecinos de la casa del crimen, que eran todos es­pañoles, pronunciaron, quién más, quién menos, su frase lapidaria.

—A éste prepárenle una taza de tila.

—Sí, doctor.

Don Mario y el bachiller Eloy acordaron acostarse tem­prano.

—Bueno, amigo mío, mañana, ¡a chutar! ¿Eh?

—Si, señor, ya verá usted como queda contento de mi trabajo.

—Eso espero. Mañana a las nueve tendrá usted ocasión de empezar a demostrármelo. ¿Hacia dónde va usted?

—Pues a casa, ¿a dónde voy a ir? Iré a acostarme. ¿Us­ted también se acuesta temprano?

—Toda la vida. Yo soy un hombre de costumbres ordenadas.

Eloy Rubio Antofagasta se sintió cobista; el ser cobista era, probablemente, su estado natural.

—Pues si usted no tiene inconveniente, señor Vega, yo le acompaño primero.

—Como usted guste, amigo Eloy, y muy agradecido. ¡Cómo se ve que está usted seguro de que aún ha de caer algún que otro pitillo!

—No es por eso, señor Vega, créame usted.

—¡Ande y no sea tonto, hombre de Dios, que todos he­mos sido cocineros antes que frailes!

Don Mario y su nuevo corrector de pruebas, aunque la noche estaba más bien fría, se fueron dando un paseito, con el cuello de los gabanes subido. A don Mario, cuando le de­jaban hablar de lo que le gustaba, no le hacían mella ni el frío, ni el calor, ni el hambre.

Después de bastante andar, don Mario y Eloy Rubio Antofagasta se encontraron con un grupo de gente estacio­nada en una bocacalle, y con dos guardias que no dejaban pasar a nadie.

—¿Ha ocurrido algo? Una mujer se volvió.

—No sé, dicen que han hecho un crimen, que han mata­do a puñaladas a dos señoras ya mayores.

—¡Caray!


Un hombre intervino en la conversación.

—No exagere usted, señora; no han sido dos señoras, ha sido una sola.

—¿Y le parece poco?

—No, señora; me parece demasiado. Pero más me pare­cería si hubieran sido dos.

Un muchacho joven se acercó al grupo.

—¿Qué pasa?

Otra mujer le sacó de dudas.

—Dicen que ha habido un crimen, que han ahogado a una chica con una toalla de felpa. Dicen que era una ar­tista.

Los dos hermanos, Mauricio y Hermenegildo, acorda­ron echar una canita al aire.

—Mira, ¿sabes lo que te digo?, pues hoy es una noche muy buena para irnos de bureo. Si te dan eso, lo celebra­mos por anticipado, y si no, ¡pues mira!, nos vamos a con­solar y de tal día en un año. Si no nos vamos por ahí, vas a andar toda la noche dándole vueltas a la cabeza. Tú ya has hecho todo lo que tenias que hacer; ahora ya sólo falta esperar a lo que hagan los demás.

Hermenegildo estaba preocupado.

—Sí, yo creo que tienes razón; asi, todo el día pensando en lo mismo, no consigo más que ponerme nervioso. Va­mos a donde tú quieras, tú conoces mejor Madrid.

—¿Te hace que nos vayamos a tomar unas copas?

—Bueno, vamos; pero, ¿así, a palo seco?

—Ya encontraremos algo. A estas horas lo que sobran son chavalas.

Mauricio Segovia y su hermano Hermenegildo se fueron de copeo por los bares de la calle de Echegaray. Mauricio dirigía y Hermenegildo obedecía y pagaba.

—Vamos a pensar que lo que celebramos es que me dan eso; yo pago.

—Bueno; si no te queda para volver al pueblo, ya avisa­rás para que te eche una mano.

Hermenegildo, en una tasca de la calle de Fernández y González, le dio con el codo a Mauricio.

—Mira esos dos, qué verde se están dando. Mauricio volvió la cabeza.

—Ya, ya. Y eso que Margarita Gautier está mala la po­bre, fíjate que camelia roja lleva en la solapa. Bien mirado, hermano, aquí el que no corre vuela.

Desde el otro extremo del local, rugió un vozarrón:

—...¡No te propases, Fotógrafa, deja algo para luego! Pepe, el Astilla, se levantó.

—¡A ver si aquí va a salir alguno a la calle!

Don Ibrahim le decía al señor juez:

—Mire usted, señor juez, nosotros nada hemos podido esclarecer. Cada vecino registró su propio domicilio y nada hemos encontrado que nos llamase la atención.

Un vecino del principal, don Fernando Cazuela, Procu­rador de los Tribunales, miró para el suelo; él sí había en­contrado algo.

El juez interrogó a don Ibrahim.

—Vayamos por partes, ¿la finada tenía familia?

—Sí, señor juez, un hijo.

—¿Dónde está?

—¡Uf, cualquiera lo sabe, señor juez! Es un chico de ma­las costumbres.

—¿Mujeriego?

—Pues no, señor juez, mujeriego, no.

—¿Quizás jugador?

—Pues no, que yo sepa, no. El juez miró para don Ibrahim.

—¿Bebedor?

—No, no, tampoco es bebedor.

El juez ensayó una sonrisita un poco molesta.

—Oiga usted, ¿a qué llama usted malas costumbres? ¿A coleccionar sellos? Don Ibrahim se picó.

—No, señor, yo llamo malas costumbres a muchas co­sas; por ejemplo a ser marica.

—¡Ah, vamos! El hijo de la finada es marica.

—Sí, señor juez, un marica como una catedral.

—¡Ya! Bien, señores, muchas gracias a todos. Retírense a sus cuartos, por favor; si los necesito ya les requeriré.



Los vecinos, obedientemente, se fueron volviendo a sus cuartos. Don Fernando Cazuela, al llegar al principal dere­cha, se encontró con que su mujer estaba hecha un mar de llanto.

—¡Ay, Fernando! ¡Mátame si quieres! Pero que nuestro hijito no se entere de nada.

—No, hija, ¡cómo te voy a matar con el juzgado en casa! Anda, vete a la cama. ¡Lo único que nos faltaba ahora es que tu querido resultase ser el asesino de doña Margot!

Para distraer al grupo de la calle, que era ya de varios cientos de personas, un gitanillo de unos seis años cantaba flamenco, acompañándose con sus propias palmas. Era un gitanito simpático, pero ya muy visto...





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