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IX Jornadas de Jóvenes Investigadores

Instituto de Investigaciones Gino Germani

1,2 y 3 de Noviembre de 2017

IX Jornadas de Jóvenes Investigadores

Instituto de Investigaciones Gino Germani

1, 2 y 3 de Noviembre de 2017



Nombre y apellido Ailin, González

Afiliación institucional Universidad de Buenos Aires

Correo electrónico ailin.sociales@gmail.com

Máximo título alcanzado o formación académica en curso Estudiante de grado

Eje problemático propuesto (9) Teorías, epistemologías y metodologías

Título La pregunta por las masas e individualización de las masas en la sociología clásica y contemporánea

Palabras clave masas, individualismo, G. Le Bon, E. Durkheim, R. Castel.
Resumen

El fenómeno de la/s masa/s fue centro de los interrogantes de la sociología desde sus inicios. La pregunta sobre la/s masa/s fue tomando diferentes formas de abordaje a raíz de diversos contextos históricos y sociales. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, pleno proceso de la modernidad, el fenómeno, en lo fundamental, era conceptualizado como emergente de un choque de intereses entre obreros y capitalistas producto del desarrollo industrial. En tiempos recientes, en cambio, el estudio viró hacia la óptica de la individualización de las masas, propio de la modernidad tardía. Este individualismo surge en el contexto de cambio colectivo y de una socialización compleja, contingente y con altos niveles de diferenciación.

Entre los muchos autores que analizaron estos temas, en ambos períodos históricos, hemos decidido profundizar, respectivamente, en la obra de G. Le Bon y E. Durkheim y en la de Robert Castel. El objetivo de esta ponencia es, entonces, recorrer en distintos contextos los aportes significativos a la discusión, caracterizar las problemáticas con la que la misma tendió a vincularse, y establecer las diferencias entre las conceptualizaciones. Es decir, resulta decisivo llevar una continua tarea de reconstrucción conceptual que pueda tomar en cuenta las líneas de continuidad y ruptura del pensamiento clásico y el contemporáneo.
Introducción
¿Qué significa el desarrollo de la Sociología? ¿De qué proviene que sintamos la necesidad de aplicar la reflexión a las cosas sociales, sino de que nuestro estado social es anormal, de que la organización colectiva es bamboleante, no funciona ya con la autoridad del instinto, puesto que esto es lo que exige la reflexión científica y su extensión a un nuevo orden de cosas?

Emile Durkheim


El fenómeno de las masas como centro de las investigaciones e interrogantes de la Sociología, significó una de las principales fuentes de producción en los inicios de la ciencia. La Sociología se enfrentaba con un mundo donde ya había pasado la Revolución francesa, donde primaban las relaciones capitalistas desarrolladas plenamente como modos de producción, y donde se habían generalizado sobre todo las relaciones salariales. Era el momento de las masas irrumpiendo en el escenario político y social. La Sociología pareciera lamentar la pérdida del orden que el viejo mundo social tenía. Sin embargo, esta situación pareciera tener un tiempo y espacio determinado. Como tema de investigación en el campo de la teoría sociológica, la pregunta sobre las masas fue tomando diferentes formas de abordaje. A pesar de la persistencia del fenómeno, la crisis metodológica, epistemológica y teórica de la disciplina hacia los setenta 1970, impulsó el desarrollo de una nueva lectura, y junto a diversos contextos históricos y sociales, el fenómeno en cuestión se recupera, pero ya no desde la problemática de las masas, sino desde la individualización de la misma. La sociología del debate post moderno, se enfrenta a un nuevo escenario de desorientación, lamentando esta vez, la disolución del orden del mundo moderno.

La presencia de las masas en la vida social con comportamientos emocionales e irracionales fue una realidad creciente para algunos autores, en la vida europea de los años 1880-1914. Aquella masa aterró la pluma de Gustave Le Bon en su Psicología de las masas (1895) en el que plasma una concepción negativa de la masa caracterizada por la irracionalidad, el esquematismo simplista, el dogmatismo, la intolerancia y la credulidad. Durkheim, reflexionando con preocupación a raíz del clima social en torno al Affaire Dreyffus, constata un cambio radical en la conducta de los individuos hacia motivaciones irracionales, inmediatas y atávicas. Entendía que la sociedad moderna era una sociedad carente de cohesión mecánica y natural, en la que ya no existían, o se habían roto, los mecanismos de regulación y de solidaridad social. La adopción de esta perspectiva permite comprender, casi 100 años después, la hipótesis de Castel, en “La metamorfosis de la cuestión social” (1995) en la cual afirma que la estructura del individuo moderno está vinculada al tipo de relación que mantiene con el trabajo.

Las acciones de las masas de fines del siglo XIX y principios del siglo XX, significó el quiebre del orden sustentado en el contrato, pasando a consolidarse la conflictiva dinámica de las relaciones de clases sociales modernas, en donde la clase obrera no se quedaba cruzada de brazos. El escenario era un mundo capitalista moderno completamente instalado. Al devenir la crisis de la sociedad salarial, aquellas masas asisten en las últimas décadas del siglo XX, a profundas transformaciones sociales, tanto materiales como subjetivas que tienen un indudable carácter planetario, dichas transformaciones son consecuencia de la crisis del capitalismo y tanto el neoliberalismo como la reestructuración productiva de la era de la acumulación flexible eran una de las respuesta que ha encontrado el capital para enfrentar la crisis.

El presente escrito propone una búsqueda entre los autores seleccionados, para delinear puntos de convergencia que estos pensadores manifestaron, contemplando así, la distancia del tiempo que separa unos con otros. Por ello, no es el objetivo plantear una evaluación minuciosa de todos los hechos acontecidos, pero sí delinear los contextos históricos y sociales, e insinuar, de la mano del paso de una época a otra, una afinidad entre los distintos aportes de los autores. Se intenta entonces, exponer las perspectivas teóricas de los autores, para lograr la correspondencia de sus respectivas posiciones.


Gustave Le Bon. La preocupación por el orden
La opinión de las masas no contaba casi nunca. Hoy día pesan poco las tradiciones políticas, las tendencias individuales de los soberanos, sus rivalidades. La voz de las masas se ha convertido en preponderante. Dicta a los reyes su conducta. No es ya en los consejos de los príncipes, sino en el alma de las masas donde se preparan los destinos de las naciones.

Gustave Le Bon


Gustave Le Bon era un hombre de su época, haciéndole justicia a las transformaciones políticas, sociales, económicas y culturales que enaltecían su período. El siglo XIX precisaba un estudioso, crítico y precursor de la talla de nuestro pensador. Supo observar la relevancia y mayor presencia de las masas en la esfera política, y junto a ellas, se atrevió a desplegar la importancia del inconsciente que predominaba en el comportamiento de las mismas. Le Bon trazó un fino pero concluyente análisis de la acción inconsciente de las masas, como una de las principales características de su tiempo. El contexto histórico del surgimiento de la Sociología parecía dejar atrás la actividad consciente de los individuos para pasar a un ritmo de la historia el cual dilataba y aceleraba los pasos del transeúnte. En la segunda mitad del siglo XIX el individuo cede lugar a la multitud, pero como bien indica Ortiz (2000), tal concepto se contrapone al de individualidad. En la aglomeración de las grandes metrópolis, absorbe los rasgos de singularidad, integrando al individuo en la masa anónima de caminantes. Tal como exploraría ampliamente nuestro autor, la multitud será enemiga de la diversidad. La nueva organización social de la época respectiva constituye uno de esos momentos críticos en los cuales el pensamiento de la humanidad está sufriendo un proceso de transformación. Le Bon encontraba, en la base de esta transformación, dos factores fundamentales. El primero es el de la destrucción de aquellas creencias religiosas, políticas y sociales en las cuales todos los elementos de nuestra civilización tienen sus raíces. El segundo, es el de la creación de condiciones de existencia y de pensamiento enteramente nuevas, como resultado de los descubrimientos científicos e industriales modernos (Le Bon, 2004: 10). Desde ya que para el autor, el ritmo de la historia social se modifica por las transformaciones urbanísticas, por el advenimiento de la luz eléctrica y de los tranvías, por la invención del cinematógrafo y de los nuevos estilos arquitectónicos en hierro y vidrio, estaciones ferroviarias y las telecomunicaciones. En este sentido, el fenómeno de la era moderna, a su juicio, representa un período de transición y anarquía. Y acá es donde imperiosamente resaltan dos miradas de Le Bon, el reconocimiento del poder de las masas y a su vez, la infaltable y apelante crítica hacia las masas

[…] cualesquiera que sean las líneas a lo largo de las cuales se organice la sociedad futura, las mismas tendrán que tener en cuenta un nuevo poder, la última fuerza soberana sobreviviente de los tiempos modernos: el poder de las masas. Sobre las ruinas de tantas ideas antes consideradas indiscutibles y que hoy han decaído o están decayendo, sobre tantas fuentes de autoridad que las sucesivas revoluciones han destruido, este poder, que es el único que ha surgido en su estela, parece pronto destinado a absorber a los demás. Mientras todas nuestras antiguas creencias están tambaleando y desapareciendo, el poder de la masa es la única fuerza a la cual nada amenaza y cuyo prestigio se halla continuamente en aumento. La era en la cual estamos ingresando será, de verdad, la era de las masas

(Le Bon, 2004:11).

En sus escrupulosos análisis y estudios sobre las masas, tropezamos con un autor conservador, preocupado por la disolución del orden de la tradicional política de los Estados europeos, descontento por el desdibujamiento de las rivalidades de los soberanos, y lamentando la pérdida de los consejos de los príncipes. Le Bon ratifica abiertamente el reconocimiento de un período, no solo de transición y de anarquía, entendiendo que el correr de la historia desvela y revela los pensamientos y nuevos ideales de los hombres, sino que acota su período como “necesariamente algo caótico” (Le Bon, 2004: 10). Nuestro autor sutilmente delinea las nuevas transformaciones de su tiempo aceptando que “los eventos memorables de la Historia son los efectos visibles de los invisibles cambios en el pensamiento humano” (Le Bon, 2004: 10). Si bien lo caótico y lo anárquico se abren paso ante la vencida sociedad del soberano, despliega nuestro escritor, sin rencor, la potencia y la admisión de esta nueva voz, la voz de las masas. Los destinos de las naciones se elaboran en el corazón de las masas (Le Bon 2004: 11).

Nuestro autor refleja y expresa el momento bisagra de los finales del siglo XIX, momento de transición, destrucción y creación de lo nuevo. Los reclamos de las masas “significan nada menos que la determinación de destruir completamente a la sociedad tal como ésta existe actualmente” (Le Bon, 2004: 12). Esta lectura de destrucción de una civilización no encuentra su brote de aparición únicamente para el siglo en cuestión. Esta nueva forma de existencia de las masas, que Le Bon denomina, “bastante justificadamente, como bárbaras” (2004: 13), se haya presente en toda la historia. Según el autor, “estas destrucciones completas de una civilización gastada han constituido la tarea más obvia de las masas”, dado que estas “son solamente poderosas para destruir”. Pero el autor determina con frialdad que el progresivo crecimiento del poder de las masas, amén de su singular inferioridad mental, dado que la masa es siempre intelectualmente inferior al hombre aislado, arriba en la actualidad con una conciencia de su fuerza. Y este es el pasaje del momento de transición y creación de lo nuevo: el papel rector de las masas, por eso anuncia el ingreso a la era de las masas, identificadas por “la desaparición de la personalidad consciente y la orientación de los sentimientos y los pensamientos en una dirección definida – que son las características primarias de una masa a punto de volverse organizada […]”. En la presente era de las masas, las mismas son masas organizadas, determinadas a destruir la sociedad existente, y sus “exigencias se refieren a limitación de las horas de trabajo, nacionalización de las minas, ferrocarriles, fábricas y el suelo; la igualitaria distribución de todos los productos, la eliminación de todas las clases superiores en beneficio de las clases populares, etc.” (Le Bon, 2004; 12).

Alarmado Le Bon por la Comuna parisina de 1871, las huelgas, las manifestaciones, la entrada de las clases populares a la vida política, lo cual equivalía para el autor su transformación en clases gobernantes, la fundación de sindicatos, la regulación de las condiciones de trabajo y los salarios, “a pesar de todas las leyes económicas” (Le Bon, 2004: 12), esgrimía en su análisis en vista de la organización de la fuerza de las masas, un retroceso al originario comunismo “que fue la condición normal de todos los grupos humanos antes de los albores de la civilización” (Le Bon, 2004:12). A través de una perspectiva evolucionista, su análisis está atravesado por la idea de una historia de pasaje: barbarie, civilización, barbarie. Y frente a esta anarquía, nuestro pensador cede ante la resignación, la aceptación de este nuevo reino de las masas y la fuerza de estas, como resultado de su actual organización derribando “las barreras que podrían haberlas mantenido bajo control” (Le Bon, 2004: 14). Las interpela no solo como bárbaras, sino como los nuevos dogmas, el nuevo derecho divino que antes gozaban los reyes. La exposición de esta nueva fuerza habilita a escribir al autor que es demasiado tarde volver hacia atrás, “de regreso a sus fuentes” (Le Bon, 2004: 13), dado que “sea cual fuere el destino que este poder nos tiene reservado, tendremos que aceptarlo. Todo razonamiento en contra del mismo es simplemente una vana guerra de palabras” (pág. 13).

Para Le Bon, como subrayamos anteriormente, los sentimientos y las ideas de todas las personas reunidas bajo la misma dirección y sus personalidades conscientes anuladas, adquieren las características especiales de una masa “desde el punto de vista psicológico” (pág. 17). Puede ser así enunciada “la ley de la unidad mental de las masas”. La distinción más extraordinaria que se captura de una masa psicológica es que no importa quiénes la componen, no importa si la masa reúne abogados y zapateros, franceses e ingleses, hombres y mujeres, liberales y conservadores, “el hecho de que han sido transformados en una masa los pone en posesión de una especie de mente colectiva que los hace sentir, pensar y actuar de una manera bastante distinta de la que cada individuo sentiría, pensaría y actuaría si estuviese aislado” (Le Bon, 2004: 19). El comportamiento de esta masa se vuelve más que nada inconsciente, o irracional, y por eso puede ser manipulada por el líder, la contrafigura esencial en los argumentos de Le Bon.

Tal como marcaba la marcha de la historia, en donde las investigaciones sociales se coronaban bajo los modelos tomados de las ciencias naturales, Le Bon, precursor de la psicología social, explica que la masa es más que la simple adición de los individuos que la componen, “la masa psicológica es un ser provisorio formado por elementos heterogéneos que se combinan por un momento, exactamente como las células que constituyen un cuerpo viviente forman por su reunión un nuevo ser que exhibe características muy diferentes de las que posee cada célula en forma individual” (pág. 19).

También Durkheim, nacido bajo la III República francesa, centró su amplia obra en la explicación del funcionamiento y disfunciones de la sociedad moderna. Y también, al igual que Le Bon, se basaría en la metáfora organicista para constituir el estudio de la sociedad como una disciplina científica.
Emile Durkheim. El problema del orden.
Sin duda, las propiedades elementales de las que resulta el hecho social están contenidas en germen en los espíritus particulares. Pero el hecho social no sale de estos sino cuando aquéllas han sido transformadas por la asociación, ya que solamente aparece en este momento. […]. Cuando las conciencias, en lugar de permanecer aisladas unas de otras se agrupan y se combinan, algo ha cambiado en el mundo.

Emile Durkheim


La aparición de las masas como elemento capital de la vida social fue ampliamente abordada por Emile Durkheim. Al igual que su colega G. Le Bon, Durkheim es parte de un país republicano que se erigía luego de Luis Bonaparte, de la guerra con Alemania, de la Comuna de París y también, del estallido de fuerzas irracionales y atávicas, como el affaire Dreyfus, que Durkheim, como judío, descendiente de rabinos, vio con alarma y preocupación; y por eso, la necesidad de una nueva regulación moral de la sociedad que Durkheim, agnóstico y republicano, creía debía ser laica y rigurosa. Bajo este escenario, constata un cambio radical en la conducta de los individuos y la consolidación de un nuevo sujeto social: la masa.

El desarrollo de la tecnología para ese entonces fue el resultado necesario de la confluencia entre las lógicas científica y productiva. La tecnología hizo posible la adaptación de las formas sociales a los nuevos modos de vida impuestos por las formas de producción, resolviendo primero el problema de la producción eficaz y luego, el problema de la reestructuración de las formas de vida transformadas por la producción. Así, la tecnología se convierte en la gran protagonista de la vida social de las grandes metrópolis de los siglos XIX y XX. Esta profunda transformación tiene como resultado una redefinición de los vínculos sociales, cada vez menos asentados en la proximidad, la tradición, la moral, y más en la distancia, la racionalidad, la norma y la utilidad. Durkheim se refiere a este proceso como el pasaje de la sociedad donde primaba la solidaridad mecánica a la sociedad de la solidaridad orgánica. Este pasaje está dado justamente por el incremento de la división del trabajo, única posibilidad para permitir la vida en colectividad. Como bien desarrolla el autor en su tesis doctoral, la división del trabajo es el medio en el que se expresa, en el que se plasma el crecimiento, el volumen y la densidad poblacional. Las nuevas formas sociales derivadas de este proceso de racionalización constituyen la base para la aparición de la masa.



La vieja París tuvo que ser destruida. Un testimonio recogido por Benjamín dice: “París dejó de ser para siempre un conglomerado de pequeñas ciudades que tenían su fisonomía propia, su vida, donde se nacía y se gozaba la vida, lugar del cual no se soñaba partir, donde la naturaleza y la historia habían colaborado para realizar la variedad en la unidad”. Y el autor agrega, “en su ciudad transformada en una encrucijada cosmopolita, el parisino se volvió un ser desraizado”. El pasaje marca dos aspectos de un mismo fenómeno: el fin del aislamiento en el interior de la ciudad y el desarraigo del individuo de su territorialidad local (Ortiz, 2000: 109). En ese nuevo entorno y nuevas formas sociales, la preocupación por la masa desencadena la pregunta central de Durkheim sobre el orden: ¿cómo es factible que siendo el individuo cada vez más individuo, termine dependiendo o interdependiendo cada vez más de los otros?, ¿cómo asegurar el orden en la compleja sociedad industrial en donde los lazos tradicionales que ataban al individuo a la comunidad están rotos? (Portantiero, 1977: 23). En ese contexto es donde se ubica la tesis, conformar una ciencia de la moral. La moral es aquello que mantiene a las personas en relación, es decir, el vínculo que genera las condiciones para que los individuos puedan vivir y convivir en colectividad, “la moral constituye para nosotros un sistema de hechos realizados, ligado al sistema total del mundo” (Durkheim, 2008: 120).

Parte de la reflexión de Durkheim se encuadra en la idea de función. Así comenzaba el capítulo I del Libro 1: “La función se emplea en dos sentidos bastante diferentes. Ora designa un sistema de movimientos vitales, con abstracción de sus consecuencias, ora expresa el vínculo de correspondencia que existe entre esos movimientos y algunas necesidades del organismo. […] Es en esta segunda acepción que nosotros entendemos la palabra” (2008: 131). ¿Qué implica entonces, hablar de una función?, significa pensar parte de un todo que tiene diferencias entre sí y, dadas esas diferencias, cada una de ellas comporta una función distinta. La interdependencia de esas funciones permitiría dar cuenta del funcionamiento del todo. Esa idea, la de un gran organismo, es justamente el marco en el que se va a delinear lo que Durkheim llama en el Libro I, La función de la división del trabajo. En el análisis, si se solicitara identificar entonces, cuál es la función de la división del trabajo social, la respuesta es crear solidaridad1. Si la división del trabajo social es producir solidaridad, es importante concebir esta respuesta desde la tónica, no de la economía política, sino de los aportes que hiciera Auguste Comte con antelación: “[…] estas grandes sociedades políticas tampoco pueden mantenerse en equilibrio sino gracias a la especialización de las tareas; que la división del trabajo es la fuente, si no única, al menos principal, de la solidaridad social. En esta perspectiva se había ubicado ya Comte. Él es el primer sociólogo –hasta donde conocemos- que ha señalado en la división del trabajo algo más que un fenómeno puramente económico” (Durkheim, 2008: 142-143). Consecuentemente, Durkheim, a diferencia de las tradiciones germanas de la sociología (Marx, Weber, Simmel, entre otros), no elabora un diagnóstico crítico de la división del trabajo, no fundamenta esta división como una fractura, un desgarramiento del tejido social, sino una alternativa diferente en la que se expresan las relaciones entre los individuos; y la forma más sólida de legitimar y justificar esta perspectiva es a través de la analogía orgánica. Ahora bien, el problema que surge de las líneas anteriores, es que la relación entre la división del trabajo y la solidaridad sitúa al análisis frente a un obstáculo el cual debe sortearse. En la historia de la humanidad ha existido una época en que la división del trabajo no presentaba el grado de desarrollo como se presencia en la época de nuestro autor lorenés, por lo que obliga a plantearse sobre la existencia de la solidaridad en tiempos pasados, ¿cómo se mantenía ésta, cómo se producía? Es justamente éste punto, lo que obliga a nuestro autor a distinguir las dos formas de solidaridad, y de esta manera delimitar un registro histórico para reconocer el carácter constitutivo de la sociedad moderna, una sociedad capitalista anómica, carente de orden social, de lazos comunitarios, frente a otra sociedad más bien próxima a las formas primitivas, o como expresará en años posteriores, elementales. Las dos formas de solidaridad se diferencian en particular por un aspecto que Durkheim va a considerar central, y que es a través de ése fenómeno que se puede observar y describir el comportamiento de la forma de solidaridad y así caracterizarla. “Nuestro método está, pues, completamente delineado. Puesto que el derecho reproduce las formas principales de la solidaridad social, no tenemos más que clasificar las diferentes especies del mismo para buscar inmediatamente cuáles son los distintos tipos de solidaridad social que les corresponden. Es probable que exista una que simbolice esta solidaridad específica cuya causa es la división del trabajo. Hecho esto, para medir la parte de esta última bastará con comparar la cantidad de reglas jurídicas que la expresan con el volumen total del derecho” (Durkheim, 2008: 147). Durkheim intenta explicar la solidaridad a partir de un fenómeno observable, de un hecho que permita ser constatado en la realidad. El elemento esencial que penetra en la noción para todo tipo de sociedad es la forma del derecho. Los tipos de derecho serán la manera material, observable, tangible y real de poder caracterizar las formas de solidaridad, y así comprender cómo sus cambios, sus desplazamientos, a lo largo de la historia está viabilizado por la expansión de los procesos de la división del trabajo social.

Durkheim distingue entonces, dos clases de derecho para cada tipo de solidaridad. El derecho represivo que sanciona faltas y crímenes, y el derecho restitutivo cuya esencia no es sancionar, sino restablecer el estado de las cosas. El derecho represivo es propio de la conciencia colectiva de las sociedades con solidaridad mecánica, porque al multiplicar las sanciones manifiesta la fuerza de los sentimientos comunes, su extensión y su particularización, es el caso del derecho penal. En cuanto a la otra clase, consiste en restablecer los vínculos perturbados, comprende el derecho civil, comercial, procesal, administrativo y constitucional, “abstracción hecha de las reglas penales que en éstos puedan encontrarse” (Durkheim, 2008: 148). Nuestro autor deposita en las formas del derecho la riqueza de su razonamiento, puesto que las mismas expresan la relación que en una colectividad tiene la conciencia colectiva con sus miembros. Es posible advertir entonces, que de acuerdo a cómo se exprese el peso de la conciencia colectiva en los individuos, se estará frente a un tipo de solidaridad mecánica y en otro caso orgánica.

En las sociedades donde prima la solidaridad mecánica, la relación que tienen sus miembros con el todo es análoga a los resortes o engranajes de una máquina en su totalidad. Existe gran fuerza de la conciencia colectiva, que es la suma de creencias y sentimientos comunes a los individuos y cubre en gran medida sus voluntades. Conforme se desarrolla la división del trabajo, las relaciones de solidaridad varían hasta conformar una solidaridad orgánica, basada en la heterogeneidad de los individuos, y donde Durkheim cree observar una reducción de la conciencia colectiva. Este tipo de solidaridad no estará basado en la semejanza sino en la interdependencia. Los individuos se agrupan en virtud de la naturaleza particular de su actividad. “Las cosas cambian por completo a medida que el trabajo se divide. Al cumplir funciones diferentes, no puede ser fácilmente separadas” (Durkheim, 2008: 219). Distinguimos por tanto dos tipos de solidaridad: la primera, la solidaridad mecánica, que existe entre una comunidad de semejantes y está basada en tradiciones, y en segundo lugar, la solidaridad orgánica, que se genera por la diferencia y la interdependencia entre individuos. La solidaridad se convierte así, en una regla moral de las sociedades, tanto modernas como tradicionales, la cual mantiene la sociedad unida. Sin embargo, existe, en la solidaridad orgánica, una dualidad en la sociedad respecto a los individuos, pues surge un conflicto entre la sujeción a relaciones sociales y la afirmación personal, “en esas condiciones, el único lazo que queda entre los hombres es el intercambio absolutamente libre” (pág. 264). Como consecuencia de la mutua dependencia, se verá que lo que afecta a uno afecta a otros, y de este modo, todo cambio de alguna gravedad adquiere un interés general. De esta manera, Durkheim, con un agudo análisis desarrolla el rasgo específico que está definiendo al nuevo estado de cosas de su época:

[…] como el progreso de la división del trabajo determina una mayor concentración de la masa social, hay entre las diferentes partes de un mismo tejido, de un mismo órgano o de un mismo aparato, un contacto más íntimo, que vuelve más fáciles los fenómenos de contagio. El movimiento que nace en un punto se comunica rápidamente a los otros; no hay más que ver con qué velocidad, por ejemplo, una huelga se generaliza hoy en día en un mismo grupo profesional. (Durkheim, 2008:283).

En este contexto, Durkheim entiende que la vida colectiva no ha nacido de la vida individual, sino que, por el contrario, es ésta la que ha nacido de aquélla. “Sólo así puede explicarse cómo la individualidad personal de las unidades sociales ha podido formarse y crecer sin disgregar la sociedad” (Durkheim, 2008: 330). Este enfoque adoptado permite vincular el desarrollo de la individualización con el proceso histórico de diferenciación social que caracteriza a la modernidad. Como se viene analizando, de la mano de La división social del trabajo, el autor asocia este tema a la solidaridad orgánica o por diferencias y explica cómo –en contraste a la mecánica o por similitudes– la solidaridad de tipo moderna es característica del proceso de diferenciación a partir de nuevas formas de colaboración que fomentan la iniciativa, la reflexión, valoración y autorrealización de la persona, así como una sociedad de masas.

En la era de las masas de Le Bon, y la solidaridad orgánica propia de la sociedad moderna, la referencia a grupos interdependientes y la creciente diferenciación, se da a la par del aumento de los márgenes de la elección individual. La segunda mitad del siglo XIX se presenta así bajo el signo de una modernidad comprometida. Mientras un movimiento obliga a conformar al individuo a partir de la singularidad, por otro lado y contrariamente, se ejerce la ley de la semejanza con todo el mundo (Durkheim, 2008).


Robert Castel. Un nuevo desorden
La 'cuestión social' es una aporía fundamental en la cual una sociedad experimenta el enigma de su cohesión y trata de conjurar el riesgo de su fractura. Es un desafío que interroga, pone en cuestión la capacidad de una sociedad (lo que en términos políticos se denomina una nación) para existir como un conjunto vinculado por relaciones de interdependencia.

Robert Castel


Robert Castel identifica la década de 1830 como la fecha en la cual se comenzó a hablar de la cuestión social como tal. Fue una expresión lanzada a fines del siglo XIX que remitía a los disfuncionamientos de la sociedad industrial naciente, “a partir de la toma de conciencia de las condiciones de vida de las poblaciones que eran a la vez agentes y víctimas de la revolución industrial” (Castel, 1997: 14). Las transformaciones radicales de la sociedad industrial trajeron aparejados cambios en los modos de vida de los países occidentales. La cuestión social se plantea explícitamente en los márgenes de la vida social, pero “pone en cuestión” al conjunto de la sociedad (Castel, 1997: 16), acerca de sus aptitudes para mantener la cohesión entre sus miembros. Es el desafío que interroga la capacidad de una sociedad para existir como un conjunto vinculado por relaciones de interdependencia. Este planteo surge entonces, a partir de las condiciones en las cuales estaban viviendo las poblaciones en el marco de la Revolución Industrial. En este sentido, Castel (1997) sostiene que las principales transformaciones se vincularon con la cuestión del pauperismo y la amenaza al orden político y moral.

Durante el período que abarca los años cincuenta y setenta del siglo XX, el Estado de Bienestar alcanzó su mayor desarrollo. Significó la consolidación de la situación salarial, mediante la ideología del progreso. El paradigma garantizador proponía la aplicación de técnicas aseguradoras al dominio social y la pretensión de universalización de las mismas. Por su parte el trabajo manifestaba durante ese período su máxima centralidad en tanto soporte privilegiado de inscripción en la estructura social. La sociedad salarial, a través de la propiedad social y un amplio régimen de protecciones ligado al salario, permitirá que la mayoría de la población tenga una cobertura de derechos, por ejemplo, el derecho al trabajo y a la seguridad social. Pero llegada la década del ochenta, con el aumento de la desocupación y las nuevas formas de pobreza, este entró en crisis. La fortaleza del Estado en cuanto actor protagónico en la apertura de los cauces de la integración social y en el fomento de un modelo de desarrollo hacia adentro, comienza a desvanecerse. La crisis fiscal y el consecuente agotamiento de los mecanismos claves de mediación entre política económica y política social permiten analizar las causas del debilitamiento del Estado. En este escenario se pusieron en tela de juicio los principios organizadores de la solidaridad y la concepción misma de derechos sociales a partir del fracaso de la concepción tradicional de derechos para ofrecer un marco para pensar la situación de los excluidos. Así hace su ingreso en escena la denominada nueva cuestión social. No obstante, como bien indica Castel, más que estar en presencia de una nueva cuestión social, se dio una metamorfosis de las problemáticas del pasado, es decir que si bien se observan cambios, estos no fueron completamente novedosos. “El presente no es sólo lo contemporáneo. Es también un efecto de herencia, y la memoria de esta herencia nos es necesaria para comprender y obrar hoy en día” (Castel, 1997: 9).



En La metamorfosis de la cuestión social, nuestro autor se sirve de la historia. Mediante un estudio de larga duración investiga las diferentes formas que ha adoptado la cuestión social y, más concretamente, las transformaciones que ha sufrido la organización del trabajo a partir del siglo XIV. En este libro elabora una tipología de las sociedades occidentales a partir de comienzos del siglo XIX que reenvía a tres formas de cristalización de la organización del trabajo: la condición proletaria (1830-1930), la condición obrera (1930-1950), y la condición salarial (1950-1980). Los criterios de demarcación entre ellas los establece en función de las regulaciones y desregulaciones del mercado de trabajo. Muestra así que cuando comienza la industrialización, a finales del siglo XVIII, se produce una ausencia de regulaciones colectivas del mercado de trabajo que dará lugar a que resurja la miseria y la desocialización. Habrá que esperar a la sociedad salarial, que comienza a configurarse en la época del nacimiento del Estado social a finales del siglo XIX, y que cristaliza durante el Estado social keynesiano, para que se establezcan nuevas regulaciones que doten al trabajo de un estatuto social fuerte, es decir, un reconocimiento social. Pero, de nuevo, a partir de la década de mediados de 1970, se produce una metamorfosis de estas problematizaciones, y surgen nuevos grupos de los llamados “inútiles del mundo que eran los vagabundos antes de la revolución industrial, y diferentes categorías de "inempleables" de hoy” (Castel, 1997: 12).

La dimensión social del trabajo presenta actualmente altos índices de desocupación masiva, inestabilidad, precarización laboral y estigmatización, bajos salarios, pobreza estructural y la exclusión de amplios sectores de la población del sistema productivo, así como la invalidación de los menos calificados. Los sujetos que viven de su trabajo se encuentran en un estado de indefensión frente a la ausencia de una acción proteccionista del Estado en el ámbito individual y colectivo dado que además ha quebrado intencionadamente a las organizaciones gremiales dejando a los trabajadores sin representación colectiva organizada. En este punto es necesario indicar que, así como en líneas anteriores se hizo mención sobre las tres principales formas de organización del trabajo, se introduce la cuarta forma de organización, la condición precaria (1980- en adelante). En este contexto la ocupación informal, los contratos de tiempo determinado, el trabajo a prueba, los bajos salarios, dan lugar a una ciudadanía de baja intensidad (O´Donnell, 1993). Estas condiciones sociales objetivas de la problemática laboral, repercuten en el sistema de relaciones sociales, de los sujetos. La falta de demanda de trabajo, tanto asalariada como no asalariada, frente a la magnitud de la oferta de mano de obra, está dejando un importante sector de la población económicamente activa, excluida del mercado laboral y en mucho de los casos, según el tiempo que revista en situación de desocupado, según el nivel de capacitación que detente o según al grupo etario al que pertenezca, entran a engrosar la categoría de prescindibles, por cuanto no se adapten a las nuevas exigencias de la productividad del trabajo. Ante el uso de la palabra exclusión, para Castel el vocabulario expresado es otro, dado que el término de exclusión social es un término estático, por eso sugiere la utilización del concepto de desafiliación. “Hay riesgos de desafiliación cuando el conjunto de las relaciones de proximidad que mantiene un individuo sobre la base de su inscripción territorial, que es también su inscripción familiar y social, tiene una falla que le impide reproducir su existencia y asegurar su protección” (pág. 28). Cuando se habla de desafiliación se tiene como objetivo visualizar no tanto una ruptura sino un recorrido hacia una zona de vulnerabilidad, zona inestable que “conjuga la precariedad del trabajo y la fragilidad de los soportes de proximidad” (Castel, 1997: 10). Las relaciones de trabajo son la base de las relaciones sociales, y estas se han traducido en el exponencial aumento del desempleo, precariedad, informalidad y por lo tanto de la pobreza y del aumento en la concentración de la riqueza, por lo que las fuerzas sociales emancipadas del orden burgués de fines del siglo XIX, en este momento histórico se volcaría en el vaciamiento o la individualización de las masas. Este recorrido Castel lo presenta de la siguiente forma: “en el momento en que el salariado libre se convertía en la forma jurídicamente consagrada de las relaciones de trabajo, la situación salarial estaba aún asociada con la precariedad y la desdicha, y esto se prolongó por mucho tiempo. Enigma de la promoción de un mecanismo distribuidor de la riqueza que instala la miseria en su centro de difusión. Y hoy mismo habrá que sorprenderse del extraño retorno a partir del cual, después de haberse superado el mal trance, el salariado corre el riesgo de volver a convertirse en una situación peligrosa” (Castel, 1997: 12).

Como se abordó con Durkheim, y se recupera en el análisis con Castel, el desarrollo de la industrialización y la urbanización, la producción en masas y la multitud urbana, corrompía los lazos sociales, conformando “formas de individualización que podríamos calificar de "individualismo colectivo"” (Castel, 1997: 386). El orden sustentado en el consumo individual, el individualismo como castigo -vidas precarias, trayectorias inciertas-, la re-mercantilización de la relación salarial, las políticas sociales orientadas a la autogestión, el culto al desempeño, “la segmentación de los empleos, así como el irresistible crecimiento de los servicios, entraña una individualización de los comportamientos laborales totalmente distinta de las regulaciones colectivas de la organización "fordista" (Castel, 1997). Lo social se vuelve así un hiato, sean las masas, o la falta de conciencia colectiva, o el individualismo de masas. Portantiero (1977) expresaba: “La insuficiente integración del individuo con la sociedad es el síntoma patológico de las sociedades modernas, que no han logrado recuperar, en las nuevas condiciones del sistema industrial, los valores de equilibrio de la sociedad pre-industrial”. (pág. 26). Análogamente se puede desprender lo siguiente: la situación de vulnerabilidad del individuo sin una entidad (Estado) que brinde mínimos derechos ciudadanos es el síntoma patológico de las sociedades post-modernas, que no han logrado recuperar, en las nuevas condiciones del sistema neoliberal, los valores de equilibrio de la sociedad industrial.

Esta idea de descolectivización de la situación colectiva, encierra una paradoja o dilema por el cual los sujetos se encuentran insertos en bloques profesionales pero dejados a su suerte en un mercado laboral cada vez más competitivos, y para los casos contrarios, en bloques de aislamiento laboral, despojados de los beneficios que hacía un siglo atrás, obtendrían los trabajadores de la sociedad salarial. La figura de la sociedad protectora del individuo es anulada, los individuos quedan en estado de precariedad. Ante el desorden provocado por una economía capitalista autoregulada y acompañada del debilitamiento de las protecciones sociales gestionadas desde el Estado, se produce una penalización de la pobreza y una situación de vulnerabilidad, misma que se caracteriza por la inestabilidad laboral y las consecuentes incertidumbre y exclusión.
A modo de conclusión

Referirse a los autores abordados, comprende un intento de esbozar un trazo sobre las masas, en distintos momentos históricos y desde diferentes análisis concebidos. Dos registros se pusieron en juego, dos autores para la modernidad, y un autor para la segunda modernidad, o post modernidad. Dos contextos ataviaron los estudios sociológicos, el liberalismo y el neoliberalismo. Tres pensadores se preocuparon por el orden y el desorden, lamentando el desgarro del lazo social. Es cierto que el presente trabajo no contempla las sustanciosas posiciones en las cuales se desplazaron los autores a lo largo de sus trabajos y razonamientos, ni se vuelca en ellos una crítica constructiva como destructiva de sus teorizaciones. Hasta aquí fue un primer esfuerzo por conjugar el estudio de las masas a partir de tres miradas diferentes como afines. Le Bon, Durkheim y Castel intentan hallar respuestas para sus respectivas épocas, poder brindar propuestas alentadoras sobre algunos de sus sombríos pasajes de reflexión y conclusión ante los eventos vividos, así como dejar trazadas preguntas que sólo pueden ser solventadas con los resultados del accionar social. Dos momentos de desorientación son con los que se enfrenta la Sociología, y en esos dos momentos, a partir de las lecturas de los autores seleccionados, se encuentra que la visión de un futuro incierto y preocupante de la mano de las masas, o sin ellas, no deja de estar presente.

El siglo XIX fue testigo del creciente despliegue de las luchas obreras por el aumento de los salarios, la limitación de la jornada laboral y el mejoramiento de las condiciones de trabajo, así como del surgimiento de formas organizacionales específicas para la puesta en marcha y dirección de esas luchas. Y también asistió a un progresivo cambio de actitud de empresarios, hombres de negocios, comerciantes y del propio Estado respecto del modo de cercar–en aras de lo que hoy llamaríamos la “gobernabilidad”- a esos cada vez más amenazantes conflictos. En ese sentido, la legalización de los sindicatos, hecho que ocurrió en distintas fechas y con diferentes modalidades en los países europeos, marca uno de los hitos más importantes en ese viraje, cuyo punto de llegada será lo que algunos autores llaman el “Estado-providencia”, y que Castel prefiere denominar el “Estado Social” (De Ipola, s/año).

De la mano de Le Bon, desde su era de las masas, “sea lo que sea aquello que nos aporta, deberemos sufrirlo” (Le Bon, 2004: 11). “Cuando el edificio de una civilización está carcomido, las masas provocan su derrumbamiento. Se pone entonces de manifiesto su papel. Durante un instante, la fuerza ciega del número se convierte en la única filosofía de la historia” (pág. 11). La sociedad industrial, según Durkheim, había desarrollado corrientes que debilitaron la moralidad y con esto a la sociedad. La modernidad es, para él, la pérdida progresiva del sentido de sociedad, de la solidaridad mecánica. Ese modernismo, carente de raíces y de cohesión social y fundamentalmente de autoridad moral, llevaría a la sociedad a seguir en estado de crisis y sin ninguna posibilidad de encontrar remedio a sus males. Tanto en Durkheim como en Castel el tema central reside en la problemática de garantizar la integración social ante los cambios estructurales, y en ambos abordajes el trabajo juega un rol central como institución mediadora de dicha integración. Para Castel no se trata del trabajo per se como fuente de integración social, sino de un tipo histórico particular de trabajo: el trabajo asalariado de duración indeterminada, con derechos y protecciones sociales, un tipo de trabajo que tuvo su expresión histórica en un tiempo muy acotado de la experiencia. Los procesos de racionalización del trabajo se profundizaban en el marco de la globalización de la producción, dando lugar a formas de organización productiva las cuales giraban en torno a métodos de contratación desregulada de mano de obra y formas precarias de empleo. Tres dimensiones se presentaron, en uno, el temor de las masas, en otro, la pérdida del lazo social en la sociedad de masas, y por último, la preocupación por el individualismo de masas y la pérdida de las identidades colectivas. Sus dimensiones comparten las dinámicas entre la pertenencia y la participación, y entre la desafiliación y precariedad, las cuales invitan a pensar y reflexionar para los tiempos de ahora, y preguntarse si estamos en una línea de continuidad con nuestros autores, o sufrimos algún quiebre para generar nuevas reflexiones.

La incentivación de las demandas materiales que los imperativos sistémicos desatan, además de su injusta distribución, ha creado una sociedad siempre insatisfecha, donde el deseo está puesto en el mercado y en la que la satisfacción de las necesidades retrocede a medida que son saciadas. Por eso, una superación de estos imperativos sistémicos y la generación de una sociedad posteconómica no puede surgir únicamente de un sector de excluidos, sino de una toma de conciencia de la sociedad en su conjunto, esto es, de una revolución cultural profunda (De Ipola, s/año).
Bibliografía
Castel, Robert. Las metamorfosis de la cuestión social. Una crónica del salariado. Recuperado de

https://catedracoi2.files.wordpress.com/2013/05/castel-robert-la-metamorfosis-de-la-cuestic3b3n-social.pdf
De Ipola, Emilio. Identidad y Lazo Social (Una lectura de Robert Castel) en

La crisis del lazo social (Durkheim, cien años después). Recuperado de

www.campusvirtual.unt.edu.ar/mod/resource/view.php?id=79016
Durkheim, Émile. (2008). La división del trabajo social. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Editorial Gorla.
Le Bon, Gustave (2004). Psicología de las masas. Recuperado de

https://seryactuar.files.wordpress.com/2012/12/psicologc3ada-de-las-masas-gustave-le-bon-1895-pdf.pdf
Ortiz, Renato. (2000). Modernidad y espacio. Benjamín en París. Buenos Aires: Grupo Editorial Norma.
O`Donnell, Guillermo. (1993). Estado, democratización y ciudadanía, en Revista Nueva Sociedad “gobernabilidad ¿sueño o democracia?” (Documento de Trabajo Nº 128). Caracas, noviembre / diciembre 1993. Recuperado de:

http://www.fcpolit.unr.edu.ar/teoriapolitica/files/2014/03/ODonnell.Estado-democratizaci%C3%B3n-y-ciudadan%C3%ADa.pdf


Portantiero, Juan Carlos. (1977). La sociología clásica: Durkheim y Weber. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina.

1 Durkheim se sirve del concepto solidaridad proveniente de los trabajos de medicina de Claude Bernard (Saint-Julien, 1813-París, 1878), quien fue una de las columnas fundamentales de la fisiología experimental del siglo XIX. Su obra Introducción al estudio de la medicina experimental (1865) le abrió en 1868 las puertas de la Academia Francesa, y es justamente en esta obra que Durkheim acopia los trabajos del maestro francés. Para el maestro, las primeras características propias de los fenómenos vitales que los hacen radicalmente diferentes a los inertes, son la solidaridad, la armonía, y la relación cualitativamente distinta que existe entre ser individual y colectividad de seres vivientes. Treinta años antes de las Reglas del Método Sociológico de Émile Durkheim, Bernard aportaría el esquema para los pensadores en Francia, pensar a los cuerpos parecidos a la sociedad.

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