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Biopoder y emociones humanas. Una reflexión crítica a partir de la experiencia existencial y el significado ético de los programas de rehabilitación en grupos de personas con problemas de adicción a sustancias psicoactivas

Nombre del responsable y país: Luis Barboza Arias (Costa Rica)

Institución: Centro Internacional de Política Económica / Universidad Nacional

Resumen: Las emociones, como objeto de estudio, han recibido atención limitada por parte de las ciencias sociales. Para la academia tradicional, la experiencia subjetiva del actor sintiente plantearía una disyuntiva metodológica si se desea estudiarla en términos de procesos sociales más amplios: estructuras. Esta investigación, propone un marco de análisis sociológico para profundizar en el conocimiento de las emociones y su relación con las formas de control y sometimiento en personas intervenidas.

Palabras clave: Emociones - Biopoder - Adicción - Control social - Salud pública

Introducción

Ante el interrogante de por qué es pertinente profundizar en el análisis sociológico de las emociones, como fuente de conocimiento empírico capaz de abrir la perspectiva disciplinar y orientarla hacia nuevos debates, es necesario enfatizar su carácter simbólico en el contexto de las estructuras sociales. De acuerdo con Bárcena (2003, p. 60), “el cuerpo, como biología, es pura materialidad y existe por sí mismo. Pero el cuerpo, en tanto que humano es una construcción simbólica cargada de un sentido posible pendiente siempre de una nueva elaboración”.

A partir de la interacción social y los procesos de subjetivización que se llevan a cabo desde la institucionalidad, es posible identificar la orientación social del poder y su impacto en la elaboración existencial del individuo. Reconocer la experiencia individual de la persona intervenida permite el establecimiento de puentes discursivos entre el poder como forma de organización social y los mecanismos de fuerza y dominio que las instituciones ejercen sobre la vida humana. Esta investigación, en curso actualmente, sostiene la hipótesis que el vínculo emocional expresado en las distintas formas de socialización que se establecen a lo interno de los centros de desintoxicación, rehabilitación y readaptación social se encuentra mediado por las dinámicas del poder institucionalizado. Se indaga en los procesos psico-educativos y de rehabilitación social de dos instituciones orientadas al tratamiento de personas con problemas de adicción a sustancias psicoactivas con el objetivo de esclarecer la dimensión simbólica del poder y su funcionalidad al interior de las instituciones de salud pública que operan como agentes de normalización.

El objetivo general del estudio es analizar la articulación del componente emocional a los programas de rehabilitación y adaptación social de la Asociación REMAR y la Asociación de Desarrollo Específico Clínica para Enfermos Alcohólicos (ADEPEA), para entender cómo influye el abordaje terapéutico de las emociones en el proceso de reinserción social de las personas que participan del programa. Como objetivos específicos, se espera lograr al cierre de la investigación, la revisión crítica de los programas de rehabilitación y metodologías utilizadas por estas instituciones, para conocer los contenidos de trabajo que implementa cada centro; así como la identificación de políticas públicas y directrices institucionales que rigen los métodos formativos, incluyendo los modelos de rehumanización en drogodependencia y su influencia en las dinámicas de inserción social y económica de las personas participantes.

Las emociones tienen una función central en la configuración de la realidad social. Desde la perspectiva intersubjetiva, funcionan como elementos de referencia que determinan el comportamiento individual y, por ende, contribuyen a significar el espacio simbólico en el que las relaciones sociales tienen lugar. La confluencia de las emociones desencadena una serie de factores cognitivos y conductuales en las personas. Sin embargo, hasta la década de los años ochenta no se contaba con metodológicas apropiadas para insertar variables de tipo emocional dentro de los estudios sociales. Para autores como Hochschild (1975), Kemper (1978) y Scheff (1983), pioneros de la Sociología de las emociones, éstas forman parte de una estructura social. No suponen únicamente la manifestación expresiva de una personalidad o un estado de ánimo, sino que confluyen en la corriente de significados intersubjetivos y representaciones sociales. Es decir, dotan de sentido la realidad social de las personas, pues están estrechamente vinculadas a las creencias, valores y estilos de vida.

En Costa Rica existe un vacío conceptual si se quiere comprender qué función cumplen las instituciones de rehabilitación y tratamiento de las adicciones en su papel correccional y de normalización, y cómo su abordaje influye en el control y expresión de las emociones. Si bien es cierto, existe un proyecto para construir el Hospital Nacional de Desintoxicación, esta posibilidad apenas se ha mencionado, pues hay una resistencia importante al apoyo por parte de un sector de la política y la sociedad. En consecuencia, una cantidad importante de los centros de rehabilitación que operan actualmente lo hacen bajo condiciones de lucro e informalidad. ¿Qué puede aportar el análisis de las emociones con respecto a dinámicas de socialización propias de centros de readaptación social? ¿Están las emociones sujetas al cálculo de los mecanismos de poder? Indagar qué tipo de control emocional y socioafectivo producen y reproducen las estructuras de poder institucionalizado, como los centros de desintoxicación y rehabilitación social, permite la exploración y análisis de las nuevas formas de socialización de los individuos en la sociedad moderna. Un estudio que, necesariamente, debe anclar en el ámbito existencial y reflexivo, pues esta es la única manera de entrever la sutil relación que se establece entre el poder y la experiencia ético-moral del individuo que atraviesa por un proceso semejante.



La biopolítica de las drogas: De acuerdo con Romaní (1999), la farmacología y la criminología son las disciplinas científicas que han dominado el abordaje psicoterapéutico de las personas con problemas de adicción, instaurando de esta manera un modelo jurídico-represivo que identifica en el consumidor de drogas, sea éste una persona dependiente o no, a un posible desviado o delincuente en potencia (Pons Diez, 2008). Desde la perspectiva médica, Palazzolo (2014, p. 5) argumenta que el modelo hegemónico “concibe al usuario de drogas como un enfermo sin capacidad de autocontrol al que hay que curar, poniendo en juego una institucionalización que define una “carrera del paciente”: diagnóstico y prescripción, desintoxicación, rehabilitación social y/o fijación en el rol de “ex-adicto”. Foucault (1976) nos habla de la medicalización indefinida para referirse a la expansión de la medicina hacia otras esferas de la vida cotidiana. En palabras de Stolkiner (2013), el fenómeno de la medicalización desborda el estadio dicotómico de la salud/enfermedad, articulando elementos políticos, económicos y culturales, propios de toda interacción humana. Dimov, citada por Aucía & Ragone (2010), plantea que la definición del consumo de drogas como enfermedad permitió el abordaje de la drogodependencia desde el plano de la patología. Este mecanismo estaría destinado, mayoritariamente, “a la sujeción y control de los individuos que ingieren estupefacientes, desde el momento que se centra la “lucha contra las drogas” en el consumo personal, no así en el narcotráfico” (íbid., p. 21).

Para Kleinman (2000) y Bourgois (2002), quienes han investigado la temática con relación al fenómeno de la violencia, el abordaje público-institucional de la drogadicción opera a través de mecanismos de control que intentan disciplinar a la persona adicta con prácticas y discursos que generan marginalidad y exclusión social. El sufrimiento social es causado por la violencia institucionalizada, pero invisible, que toma forma en las políticas de desamparo (Zarza, 2000) y la exclusión-inclusiva (Agamben, 1998) de la persona adicta, convirtiéndose para ésta en una herida social permanente (Feitlowits, 2001) que le impide consolidar un proyecto de vida plena a futuro. Se trata de un síndrome cultural característico de la sociedad moderna, con implicaciones morales y éticas. Szasz (1994) sugiere que el uso de drogas es visto como una enfermedad legal y política y, en ese sentido, “las intervenciones médicas en la persona adicta se convierten en un ‘tratamiento sobre la conducta’ para lograr una “rehabilitación”, y devienen en un accionar punitivo, donde la medicina, la psicología y otras disciplinas actúan como colaboradores de la tarea del ejercicio de control y de castigo de las agencias estatales” (Aucía & Ragone, 2010, p. 115).



Las emociones y el modelo de tratamiento: Cañas (2004) sugiere que:

Consecuencia de las relaciones con nosotros, las relaciones con los otros constituyen un espejo para reconocernos, y un colchón de seguridad afectiva que amortigua las caídas. Estas relaciones, que pueden darse en múltiples niveles, tienen especialmente una connotación emocional, que nos lleva a involucrar la totalidad del ser en cada interacción (p. 94).

Para Scribano (2013, p. 102), “identificar, clasificar y volver crítico el juego entre sensaciones, percepción y emociones es vital para entender los dispositivos de regulación de las sensaciones que el capital dispone como uno de sus rasgos contemporáneos para la dominación social”. Para este autor, la dinámica del poder establece marcas y patrones destinados a regular la interacción con y entre personas cuya valoración, por parte del sistema, condiciona su ámbito de acción y desplazamiento. Además señala que:

Las estrategias que una sociedad acepta para dar respuesta a la disponibilidad social de los individuos son un capítulo, y no el menor, de la estructuración del poder. Dichas estrategias se anudan y “fortalecen” por las políticas de las emociones tendientes a regular la construcción de la sensibilidad social (p. 102).

Ya Kemper (1978), en su Teoría Sociorrelacional, nos había alertado sobre la función normativa de las emociones y el vínculo existente entre la “subjetividad afectiva” y las “situaciones sociales objetivas”. Y Stearns (1990), mencionaba la producción cultural de emociones, sugiriendo la participación del Estado, y otros poderes como el económico y el social-organizativo en la determinación histórica de lo que sentimos y cómo lo sentimos.

En el marco de las adicciones, la interpretación sociológica de las emociones permite entrever los hilos cuasi-transparentes de esa participación, pues la lógica, en apariencia discursiva1, de prácticas como la desintoxicación y el internamiento se materializa como forma constitutiva del ser en los espacios de encuentro psico-terapéutico, que tienen por objetivo el reconocimiento de afrentas sociales y la infracción de códigos de conducta por parte de la persona intervenida. El proceder adictivo, se convierte así, en el puente narrativo de todo intento de comunicación posible. No en vano, lo que se busca en las primeras etapas del tratamiento es lograr que la persona tenga una confrontación activa con sí misma. Para los especialistas, el ingreso al centro es el primer indicio favorable de la rehabilitación, pues a través de este paso la persona manifiesta de forma implícita la aceptación de la culpa o el error cometido, y permite el despliegue de los mecanismos de readaptación sin oposición alguna. Esta relación asimétrica, establecida desde el inicio de la intervención, da paso a un modo de acercamiento institucional en el cual la persona adquiere progresivamente un rol pasivo. Se reafirma, además, el principio de la criminalización, que supone a todo adicto el responsable de su suerte.

A nivel metodológico, esta investigación analiza los modelos de tratamiento utilizados por Asociación REMAR -Costa Rica- y ADEPEA. Se trata, en ambos casos, de organizaciones no gubernamentales (ONG), localizadas en la provincia de Cartago. Junto a Hogares CREA, capítulo Costa Rica, son las únicas instituciones para la rehabilitación de personas con problemas de adicción a drogas, reconocidas por el Instituto de Alcoholismo y Farmacodependencia (IAFA), que tienen presencia en esta región. En el país no existen centros de atención a la persona con problemas de adicción de carácter público. Por ese motivo, el IAFA evalúa, supervisa y aprueba los programas que estas organizaciones someten a estudio. Para todos los casos, la forma de operar y metodologías son distintas, y su enfoque difiere notablemente entre una y otras. Asimismo, la incorporación del componente emocional no se realiza de la misma manera.

ADEPEA tiene la particularidad de ser el único centro de desintoxicación de Costa Rica, razón por la cual su modelo de atención mantiene un fuerte componente médico-farmacológico. La duración del programa varía entre los 15 y 22 días, pues su prioridad de trabajo es el abordaje clínico del síndrome de abstinencia aguda, que se presenta en un porcentaje significativo (90%) de las personas ingresadas y los episodios de ansiedad que también son frecuentes durante las primeras horas (este tratamiento dura por lo general una semana). El tiempo de internamiento restante se dedica a actividades psico-terapéuticas para la motivación al cambio y la prevención de recaídas, aunque las autoridades reconocen que la rehabilitación completa de la persona no es su finalidad. El manejo de emociones se realiza a través de psicología de grupos y sesiones de logoterapia, donde se busca la expresión de sentimientos. A lo interno del Centro, existe un Grupo de Alcohólicos Anónimos institucional que, mediante la modalidad de la tribuna, intenta generar catarsis y motivación al cambio a partir del reconocimiento e intercambio de experiencias. Sin embargo, debido a lo fluctuante de la población, la evaluación de estos procesos no es posible. Por lo general, la persona que culmina la desintoxicación regresa con sus familias o es remitida a otra institución, perdiendo el contacto con ADEPEA.

Asociación REMAR, por otra parte, es un centro de rehabilitación, cuyo programa está diseñado a seis meses plazo. Éste consiste en tres módulos. El primero de ellos responde a una fase de diagnóstico y tratamiento farmacológico. El módulo posterior destaca por la incorporación del proceso psico-terapéutico, con sesiones individuales y de grupo que incluyen el tema emocional. El último módulo se considera un período de preparación para la salida del Centro. En este caso, las dos psicoterapeutas que brindan atención a las personas ingresadas (15 al momento de esta investigación2), tienen completa libertad para abordar la temática emocional, según observen necesidades y destrezas actitudinales en cada caso específico.

Para el desarrollo de este trabajo se han realizado entrevistas a especialistas y responsables de cada centro, conversatorios individuales con las personas participantes utilizando guía de preguntas base, así como revisión de los programas según el interés mayor de generar una etnografía institucional de ambos Centros. A julio de 2015, se está coordinando una actividad con responsables y participantes de REMAR para determinar el impacto del “trabajo de calle” en la metodología de rehabilitación.



Conclusiones

A la fecha, los resultados más importantes son los siguientes: con relación al modelo jurídico-represivo, éste predomina en ambos Centros. El 80% de las personas intervenidas en la Asociación REMAR fueron remitidas por los tribunales de justicia, debido a infracciones a la ley como robo agravado, tráfico de drogas, intento de homicidio o el no pago de pensión alimentaria. Cuándo se le pregunta a autoridades del Centro con cuáles instituciones tiene vínculos estrechos, las cortes de justicia son las primeras en ser citadas. Es común que la persona, junto a su expediente médico, tenga adjunta una copia de su historial judicial. ADEPEA diferencia entre los adictos al crack y las personas con problemas de alcoholismo para referirse a la relación de los pacientes con la justicia. El consumo de crack se presenta en personas en situación de calle, y muchas cometen asaltos para obtener la droga. En las personas alcohólicas se presentan antecedentes de violencia doméstica, aunque en un porcentaje bajo según los datos oficiales (5%), en estos casos la persona intervenida suele ser el agresor. Un 45% de las personas ingresadas en REMAR en el último año se encuentran en situación de calle, y no tienen contacto con familiares, y ADEPEA reporta que entre el 15 y 20% de las personas que recibió en ese período ha perdido el apoyo familiar.

También hay un fuerte sesgo, al considerar que la adicción es una enfermedad y, por tanto, debe ser tratada clínicamente. ADEPEA define la problemática de adicción como un trastorno patológico, señalan además que 50% de las personas que atienden presenta patologías mentales. Un 85% de los ingresos a esta institución es remitido por hospitales, EBAIS y centros de rehabilitación. El porcentaje restante lo conforman personas que ingresan por presión de familiares o, casos excepcionales, en los que la persona ingresa por cuenta propia. En REMAR, el 20% de las personas ingresadas a la fecha presenta desórdenes mentales asociados a la esquizofrenia, psicosis y bipolaridad, lo que también se conoce como Síndrome dual, un cuadro reactivo provocado por la abstinencia o los daños que el consumo abusivo produce al sistema nervioso central, incluyendo las paranoias y delirios. En la atención prevalece el uso de lenguaje instrumentalizado, evidenciado en el empleo de calificativos como usuario, interno o paciente, para referirse a la persona.

Uno de los hallazgos más notables de la investigación ha sido la funcionalidad del trabajo de calle. En el caso de REMAR, las ventas callejeras o ambulatorias responden a dos objetivos básicos. Ante el limitado apoyo económico que reciben del Estado, el ingreso obtenido con las ventas permite cubrir gastos de operación y mantenimiento de las instalaciones3. Pero, además, “sacarlos a la calle” opera como ejercicio de prueba para medir el grado de rehabilitación de la persona. Contrario a la hipótesis planteada, esta táctica no genera situaciones de vulnerabilidad en la persona intervenida, aunque las autoridades reconocen que ha habido casos de escape y/o recaídas. La participación en las ventas, que cada persona debe realizar un día a la semana si su progreso de rehabilitación lo avala, es considerado por ellas mismas como una tarea que les permite validarse socialmente, pues la actividad los hace sentirse útiles. Muchos manifiestan incluso sentimientos de confianza, seguridad y aumento de la autoestima a partir de la dinámica que se genera con las ventas. Otros la conciben como un estímulo para trabajar en sus capacidades y competencias, y así elevar los niveles de venta semana a semana.

Para ADEPEA, que no cuenta con programas de ventas ambulatorias, esta dinámica es vergonzosa e inhumana, pues parte de una metodología de hacer negocio con el paciente. En especial, cuando se utiliza símbolos externos para identificar a las persona, como los utilizados por Hogares Crea. Aseguran que han recibido ingresos que provienen de este Centro, donde la persona afirma sentirse degradada y estigmatizada con el uso de la camisa amarilla y el característico corte de cabello (rapado).

ADEPEA es el único Centro que recibe población mixta4. Sin embargo, de cada diez ingresos solamente una persona es mujer. Reconocen que la adicción en la mujer es estigmatizada, y consideran que a ellas les cuesta más dar el paso del internamiento debido a que éste implica la separación prolongada de los hijos. La maternidad, como forma de control en la sociedad patriarcal, plantea una disyuntiva a la mujer que no se presenta en los hombres. A lo interno de ambos Centros, se observa una actitud de respeto hacia la mujer, pero no así hacia signos de fragilidad en los hombres, asociados con el rol femenino. Pablo, un joven homosexual internado en REMAR, menciona episodios constantes de burla. La violencia física directa es de esta forma reemplazada por el tradicional “choteo”.

Por último, el sistema de salud costarricense no tiene políticas públicas efectivas para la atención de la población con problemas de adicción. La Caja Costarricense del Seguro Social (CCSS), no cuenta con protocolos adecuados para la atención de personas adictas en crisis, tampoco desde el enfoque preventivo. Podría reconocerse a la persona del adicto, en la figura del Homo Sacer descrita por Agamben (1998), pues el Estado no solamente condena, revocando los derechos y deberes, sino que al hacerlo también opera como agente de exclusión a través de su poder soberano. A lo interno de las instituciones de rehabilitación, este poder se hace efectivo en formas de despersonalización del adicto, como la obediencia y la sumisión, a través de la puesta en práctica de un modelo instrumental que queda fuera de toda evaluación crítica por parte de las personas que participan del programa. En este sentido, contraponer el empoderamiento a la represión debe constituirse en el objetivo principal de la política de salud pública, en lo que muchos autores (Cañas, 2004; Weinberg, 2008), han denominado la práctica de rehumanización en drogodependencia o Enfoque Post-Humanista.

Bibliografía

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1. Entiéndase en dos sentidos: lógica discursiva como acción razonable que garantiza la armonía y bienestar social, y lógica discursiva dado que se realiza bajo el supuesto que la experiencia de rehabilitación de la persona intervenida se basa en una metodológica aleccionadora.

2. A junio de 2015.

3. En REMAR, la mensualidad es de ₡50.000, monto que pocas personas pagan. Existe una modalidad de beca, financiada por IAFA, que exonera parcial o totalmente a varias personas. En ADEPEA, los costos de operación y mantenimiento reciben el financiamiento de la Junta de Protección Social y el IAFA, aunque está colaboración disminuye año tras año. A través de la Ley 6849, Ley del impuesto sobre la venta al cemento, 2% de los ingresos del gravamen al cemento producido en la provincia son destinados a ADEPEA. El costo del ingreso a la institución ronda los ₡125.000 por persona, aunque se estima que, en promedio, cada persona le cuesta al Centro ₡500.000.

4. En el país, existen pocos centros de rehabilitación para mujeres, y solamente dos centros a nivel nacional reciben personas adultos mayores, la misma situación ocurre con el sector niñez.

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