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Sobre el nacer y el morir. Controversias contemporáneas acerca del aborto y la eutanasia



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Sobre el nacer y el morir. Controversias contemporáneas acerca del aborto y la eutanasia

Aborto


En los Estados Unidos de Norteamérica la controversia sobre el aborto ha sido calificada de nueva versión de las terribles guerras de religión de la Europa del siglo XVII. Probablemente esto es una exageración que tiene que ver con la paradójica ambivalencia norteamericana hacia la religión y con la violencia verbal con que, en determinados momentos, han chocado allí dos extremos: el fundamentalista religioso y el movimiento de liberación de las mujeres. Pero también en otros países ha ocurrido algo parecido: en Irlanda y en España, en Alemania después de la reunificación, en Polonia y en Italia en los últimos años. En varios momentos y países la controversia pública ha estado marcada por la afirmación de principios morales contrapuestos y por la intolerancia. Si se ha de juzgar por lo visto y oído en algunos de los debates sobre el aborto en los medios de comunicación, parece que habría que concluir que esta es una de las cuestiones públicas contemporáneas en que no hay posibilidad de acuerdo entre las partes.

Como en el caso de la controversia sobre objeción de conciencia/insumisión, tiene aquí importancia atender a la forma en que se ha configurado el derecho y la legislación en esta materia: si mediante pactos legislativos o políticos, o por imperativo legal de la Corte Suprema y de los Tribunales constitucionales, como en EEUU (1973, caso Roe versus Wade). Se puede justificar la importancia de esta distinción teniendo en cuenta que la controversia moral sobre el aborto deriva en seguida, en nuestras sociedades, hacia la controversia jurídica (penalización o despenalización total o parcial).

Sin embargo, varias las aportaciones teóricas contemporáneas, en el campo de la filosofía moral y jurídica, parten de la convicción de que, a pesar de las discrepancias morales sobre el aborto, es posible y deseable encontrar criterios para un acuerdo: convivir discrepando sobre el aborto tal como se discrepa en otros temas [véase, por ejemplo: R. Dowrkin en El dominio de la vida]. Entonces se plantea la cuestión de si puede haber acuerdo entre dos posturas que en principio parecen irreconciliables, a saber: a) que las mujeres tienen el derecho fundamental a tomar sus propias decisiones en materia de aborto (argumento principal del feminismo contemporáneo) y b)que el aborto es un asesinato que viola los derechos e intereses más fundamentales de la persona por nacer (argumento principal de la iglesia católica y de los grupos pro-vida). Para propectar esa vía, que a veces se califica de convivencial, lo primero que hay que hacer es tratar de especificar sobre qué versa realmente el debate.

La discusión corriente a este respecto se puede resumir en esta pregunta ¿es el feto un indefenso niño no nacido con derechos e intereses propios desde el momento de la concepción, en cuyo caso el aborto sería un asesinato, o no lo es y, por tanto, debe permitirse el aborto en cualquier circunstancia? Una de las partes de la controversia mantiene la creencia de que el feto humano es ya un sujeto moral desde el momento mismo de la concepción. La otra parte considera que el feto es un conjunto de células sólo bajo el control del código genético: como un huevo recién fertilizado respecto del pollo, como la bellota respecto del roble. Así planteado el debate sería una cuestión de convicciones morales (o más en general: de concepción del mundo y de la vida) básicas. Y en esos términos polarizadores no puede haber, en efecto, pacto, acuerdo o compromiso entre personas con principios morales radicalmente distintos, porque las dos partes no tienen nada sobre qué razonar o ser razonables (Dowrkin, 18). Para ser justos hay que añadir, sin embargo, que la oposición de principios no se reduce a la que enfrenta hoy habitualmente al feminismo militante con la iglesia católica. Viene de más lejos y tiene carácter intercultural: El Juramento hipocrático no era cristiano y era antiabortista (frente a la posición defendida por otros filósofos griegos eminentes); antes de que el feminismo contemporáneo hubiera visto la luz el Marqués de Sade, en La Philosophie dans le boudoir, exponía con toda crudeza un argumento que muchas feministas actuales rechazarían: ”No temas al aborto en absoluto. Se trata de un crimen imaginario. Nosotras somos las dueñas de lo que llevamos en nuestro vientre. Y si destruimos esa especie de materia no hacemos más que cuando, por necesidad, purgamos la otra por medio de medicamentos”.

Una forma posible de salir del dilema de las oposiciones morales de principio es la que propone Judith Jarvis Thompson [“Una defensa del aborto”, en AAVV, Debate sobre el aborto] en un ensayo que se ha convertido en un clásico numerosas veces citado y discutido. En lo esencial este punto de vista consiste en admitir el punto de partida o la convicción esencial de la otra parte para, a continuación, mostrar que, contra lo que parece y se dice habitualmente, no tiene por qué seguirse de ella la conclusión habitual contraria a la despenalización.

En efecto, el punto de vista de JJ Thompson es que, aun admitiendo que el feto sea una persona desde el momento mismo de la concepción se puede argumentar la defensa del aborto tanto en el plano moral como, sobre todo, en el plano jurídico. Esta argumentación se basa en contraponer dos derechos a la vida (el derecho del feto y el derecho de la madre), rechazar luego que el derecho del feto sea más fuerte que el derecho de la madre (por lo que no se podría permitir el aborto), mantener (metafóricamente) que “la madre es dueña de la casa”, discutir que el derecho a la vida (en este caso del feto) incluya el derecho “a usar o a disponer de forma continua del cuerpo de otra persona, aunque se necesite para la vida misma” (JJT, 20) y acabar concluyendo, a través de una curiosa analogía, que no se puede exigir por ley a las mujeres la aceptación de un derecho que incluya esto último. Pues tal cosa no sería moralmente sana ni legalmente correcta. JJT ilustra esta conclusión distinguiendo entre dos comportamientos típicos, el del “buen samaritano” y el del “samaritano mínimamente decente”: ninguna ley obliga a un hombre a que sea un samaritano mínimamente decente, pero las leyes de la mayoría de los estados obligan a las mujeres a comportarse como lo haría el buen samaritano.

La argumentación de JJT ha provocado objeciones y algunas dudas. Expondré las más importantes.

En primer lugar está la aceptación del supuesto de que el feto sea una persona. Ya esto suscita dudas. ¿Se puede dar por sentado, como hace JJT (sin creer en ello y sólo a afectos de la argumentación discursiva en el plano ético-jurídico) que el feto es una persona desde el momento de la concepción? ¿No es eso empezar obviando una cuestión importante? Se puede contestar que esta forma de argumentar permite concentrarse en lo que más importa, a saber: cómo se puede pasar de la afirmación según la cual el feto es una persona a la afirmación de que hay que prohibir el aborto. Pero JJT margina así una pregunta que podemos considerar preliminar: cómo se pasa del reconocimiento de hecho de la vitalidad del feto, en tanto que embrión de persona, a la tesis de que el feto es una persona. La cualidad de persona es una afirmación moral, una prescripción, un juicio de valor que no se sigue del reconocimiento de la vida del por nacer. Esta última es una cuestión opinable y controvertida y no puede ser decidida por mayoría. Por lo que, sin aceptar la premisa, se puede llegar por otra vía a la conclusión de que no tiene fundamento la pretensión antiabortista de imponer jurídicamente a todos su propia ley moral.

En segundo lugar, se ha discutido mucho, y desde distintos puntos de vista, la adecuación de la analogía que propone JJT para tratar de probar que el aborto no es un asesinato: la situación de una persona obligada a sacrificarse por un violinista hospitalizado en peligro de muerte a la que nadie acusaría de tal cosa si exigiera su desconexión de los aparatos que siguen dando vida al violinista. El uso en ese contexto analógico del término “secuestro” (para comparar la situación de la madre embarazada con la de la persona obligada a estar conectada al sistema circulatorio del violinista en peligro) no parece particularmente adecuado.

También provoca objeciones en ese contexto la expresión “la madre es dueña de la casa” para reforzar el argumento en favor del derecho prioritario de la embarazada. Esta expresión choca por lo general con convicciones morales establecidas (no sólo cristianas) que se manifiestan intuitivamente en favor del “derecho del más débil” o del “indefenso”, en este caso del “por nacer” [cf. a este respecto la argumentación de José I. González Faus, “El derecho de nacer. Crítica de la razón abortista”. Cristianisme i Justicia, Barcelona, 1994].

La discusión del uso de la palabra “derecho” es relevante en este contexto. Y conviene distinguir con claridad entre la dimensión jurídica y la dimensión moral del problema: qué es deber (en el sentido de moralmente decente y en el sentido de legalmente requerido) [cf. Luigi Ferrajoli, “Il problema moral e il ruolo de lla legge”, CM, mayo/junio, 1995, pág. 41 y ss.]. Una cosa es decidir sobre si el aborto es moralmente lícito y otra si, con independencia de lo que se piense acerca de su inmoralidad, es moralmente lícito pretender o tolerar su castigo, si es moralmente lícito o ilícito su castigo como delito. Se puede decir que en este punto la posición pro-vida confunde o identifica por lo general derecho y moral. La ética laica, en cambio, reivindica la recíproca autonomía entre derecho y moral.

Conviene, pues, distinguir preliminarmente tres cuestiones: 1) significado moral de la tesis de que el aborto es inmoral en tanto que significa matar a una persona; 2) papel del derecho penal en materia de aborto, con independencia de que se admita o no que sea inmoral; 3) hasta qué punto queda lesionada la libertad personal de la mujer como persona por la prohibición penal del aborto y la consiguiente obligación jurídica de devenir madre (prohibición que ha producido muchas muertes de mujeres a lo largo de la historia).

En su replanteamiento de estos problemas R. Dowrkin propone identificar y eliminar una confusión intelectual muy extendida para propiciar una resolución jurídica de la controversia, una resolución que, según él, es responsable, que no insulta ni degrada a ningún grupo y que todos pueden aceptar sin menoscabar el respeto a sí mismos (19). Para ello hace una distinción que considera crucial entre:

La objeción al aborto de carácter derivado: que los fetos son criaturas con intereses propios desde el comienzo, lo que incluye el interés de mantenerse vivos, y que, por tanto, los fetos tienen el derecho que tienen todos los humanos a proteger esos intereses básicos, incluido el derecho a que no les maten. De donde se sigue que abortar es inmoral y que, por tanto, el gobierno, cualquier gobierno, tiene la responsabilidad de proteger al feto (como a cualquier otra persona) prohibiendo o regulando el aborto.

La objeción al aborto de carácter autónomo: la vida humana tiene un valor intrínseco, innato, porque es sagrada en sí misma incluso antes de que la criatura tenga movimiento, sensación, intereses o derechos propios. Desde este punto de vista el aborto es inmoral y/o problemático porque desatiende el carácter sagrado de la vida humana.

La idea de que el aborto es un pecado o un acto perverso porque la vida humana es sagrada es muy distinta de la afirmación de que es un pecado o un acto perverso porque el feto tiene derecho a vivir. En el primer caso no se presupone que el feto sea una persona con derechos e intereses propios.

Las consecuencias de una y otra posición son muy distintas para la cuestión jurídico-política de si el Gobierno debería prohibir o permitir el aborto y de cuándo debería hacerlo. Que es lo que habitualmente se discute cuando está en juego la despenalización o no del aborto. Desde luego, no todo el mundo estaría dispuesto a aceptar que sólo se discute eso o que se discute primordialmente eso cuando discutimos sobre el tema del aborto [cf., por ejemplo, la objeción de González Faus desde el punto de vista cristiano]. Para estar dispuesto a admitir este desplazamiento o esta reducción de la cuestión hay que aceptar previamente dos cosas: 1ª que en nuestras sociedades hay de hecho éticas distintas que pueden convivir civilmente y 2ª que reservamos, por el momento, las consideraciones antropológico-filosóficas en favor de la resolución de los problemas prácticos.

Esta manera de proceder se entiende mejor teniendo en cuenta lo que RD llama “la filosofía desde dentro”: ”La teoría puede conectar con la práctica de dos modos o en dos direcciones. Puede conectar con ella desde fuera hacia adentro: podemos construir teorías generales de la justicia, de la ética personal o de la interpretación constitucional a partir de presupuestos generales acerca de la naturaleza humana, la estructura de lenguaje o del pensamiento, o de los primeros principios de alguna otra índole, y luego intentar aplicar esas teorías generales a problemas concretos. O podemos proceder en la dirección opuesta, desde dentro hacia afuera, que es lo que intentamos hacer. Podemos empezar por problemas prácticos, como la cuestión de si ley debería permitir alguna vez el aborto o la eutanasia, y, si es así en qué circunstancias, y entonces preguntar qué cuestiones generales de naturaleza filosófica o teórica debemos afrontar para resolver esos problemas prácticos” [R. Dworkin, El dominio de la vida. Barcelona, Ariel,1994.

En cierto modo, la distinción entre objeción de carácter derivado y objeción de carácter autónomo, que RD llama crucial, es otra forma de distinguir con propiedad entre la cuestión moral y la cuestión jurídica. De hecho la argumentación tradicional sobre aborto (y sobre eutanasia) empieza con la declaración de los principios éticos más generales y luego, cuando entra en la casuística, tiende a debilitar los principios inicialmente afirmados para resolver la contraposición práctica entre derechos o los casos en que la injusticia derivada de la aplicación de los principios generales resulta más llamativa. Pero en la controversia corriente se confunden las dos objeciones de que habla RD. Si esas dos objeciones se distinguen con claridad entonces mejora la posibilidad de un diálogo racional al respecto.

El centro de la argumentación de RD es que la afirmación de carácter derivado, según la cual el feto es plenamente una persona moral, con derechos e intereses de igual importancia que los de cualquier otro miembro de la comunidad moral, aunque aparece habitualmente en la retórica provida, sólo es creida por muy pocas personas, y que el desacuerdo que divide a las personas es menos polarizado y se refiere a la mejor manera de respetar una idea fundamental que casi todos compartimos de una forma u otra, a saber: que la vida humana individual es sagrada. O sea, que la objeción principal, que hay que discutir, es de carácter autónomo y no derivado.

Se puede considerar que éste es un punto de vista pragmático de tratar la cuestión. Consiste en poner el acento en lo que se supone que la gente cree realmente a este respecto, no en lo que dice retóricamente cuando entra en la polémica pública. Hay evidencia de que las cosas son así realmente. Una de esas evidencias es el análisis de los resultados de las contradicciones en las opiniones sobre el aborto reveladas por la encuestas (tanto en EEUU como en otros lugares).

La contradicción principal es entre: a) la continua y extendida condena moral del aborto (por ejemplo, en EEUU alrededor del 37% considera que “el aborto es exactamente tan malo como matar a una persona que ya ha nacido; es un asesinato”; otro 11,5,% considera que el aborto es un asesinato, aunque no tan malo como matar a alguien que ya ha nacido; y otro 28% considera que no es asesinato, pero sí implica el sacrificio de una vida humana), y b) la creencia, también muy extendida, de que el aborto no debería ser prohibido por la ley: casi el 50% acepta que una mujer debería poder abortar si así lo decide, sin importar el motivo, y sólo el 10% cree que el aborto debería ser ilegal en cualquier circunstancia.

RD pone de manifiesto que esos resultados son desconcertantes o contradictorios sólo si se interpretan a la luz de la concepción de carácter derivado, según la cual el feto tiene derechos e intereses propios. Pues, en efecto, nadie puede sostener coherentemente que el feto tiene derecho a que no le maten y al mismo tiempo sostener que es inmoral o injusto que el Gobierno proteja ese derecho a través de la ley penal. Estaríamos ante una inconsecuencia. Pero no existe incoherencia o inconsecuencia si analizamos los mismo datos a la luz de la concepción autónoma, o sea, no hay contradicción entre la convicción de que es intrínsecamente inmoral poner fin deliberadamente a una vida humana y creer que la decisión de poner fin o no a una vida humana durante la primera etapa del embarazo debería dejarse a la mujer embarazada, cuya conciencia está directamente conectada con la decisión y que es titular de los intereses en juego más importantes (23-24). Esto último es coherente con la tradición de libertad de conciencia de las modernas democracias pluralista.

Al analizar las opiniones de los dos bandos, que llama “conservadores” y “liberales”, en el debate público, RD muestra que en ambos partes existe un amplio abanico con diversos grados de opinión: un análisis detallado de la mayor parte de la opinión conservadora sobre el aborto revela que ésta es contradictoria con la suposición de que el feto tiene derechos desde el momento de la concepción. Y un análisis detallado de la mayor parte de la opinión liberal muestra que ésta no se basa exclusivamene en el presupuesto de que el feto no tiene tales derechos.

Por ejemplo, la opinión de que un aborto tardío es peor que un aborto temprano no parece que sea más claramente liberal o más claramente conservadora que su opuesta.

O, por ejemplo, la iglesia católica ha cambiado de opinión a lo largo de la historia acerca de cuándo hay que considerar persona al feto: si en el momento mismo de la concepción o en algún momento posterior; en una primera fase histórica la condena del aborto por la Iglesia católica se basaba en la idea de que el aborto es inmoral porque insulta el don de Dios de crear vida (lo que es congruente con la opinión de que el feto se convierte en persona en el momento mismo de la concepción sino en un periodo posterior del embarazo); ahora, en los últimos tiempos, se basa en la afirmación, de carácter derivado, según la cual el feto es una persona con derecho a que no la maten. Esta posición no es compartida por muchos católicos que creen que el aborto debería ser legal en muchas o en todas las circunstancias.

Incide en lo mismo el que se admitan excepciones como, por ejemplo, que el aborto debería permitirse cuando es necesario salvar la vida de la madre, o cuando el embarazo es consecuencia de una violación o de un incesto; lo cual es contradictorio con cualquier creencia que diga que el feto es una persona con derecho a la vida. Si se pensara en serio que el feto es sujeto de intereses y derechos, y en particular del derecho a la vida, éstos no cambiarían por el hecho de que el embarazo fuera consecuencia de una violación.

Por otra parte, en el lado “liberal” se suele considerar que el aborto no es nunca permisible para una razón meramente trivial o frívola, o por el capricho de la madre sobre el sexo de feto. Si se considera en serio que el aborto no es problemático porque la mujer tiene derecho a usar como quiera su propio cuerpo, que es una cuestión de “libre elección” individual de las mujeres, entonces no se ve por qué habría que hacer excepción al principio cuando, por ejemplo, el motivo aducido es un viaje o que no se desea tener una niña, pongamos por caso. Esto remite a la misma consideración: también aquí hay consideraciones positivas que reconocen el valor intrínseco de la vida humana.

 

Otra razón aducida por RD para replantear el debate en los términos propuestos sería la siguiente: que es muy difícil dar sentido a la idea que postula que el feto tiene intereses propios, en particular un interés en no ser destruido, desde el momento de la concepción. Pues para que algo tenga intereses no basta con que esté vivo. Ni siquiera es suficiente para que algo tenga intereses que esté de hecho en camino de convertirse en un ser humano completo.



Se puede decir, más en general, que hay interés en evitar el dolor. Pero un feto no puede ser consciente del dolor hasta el final de embarazo porque hasta entonces su cerebro no está lo suficientemente desarrollado. Aproximadamente a la séptima semana desde la concepción hay cierta actividad eléctrica cerebral en el tronco del cerebro del feto y éste es capaz de movimiento reflejo. Pero no hay ningún fundamento para creer que el dolor es posible antes de que se produzca la conexión entre el tálamo del feto y su neocortex en desarrollo (con toda seguridad después de la segunda mitad de la gestación, aunque éste es un asunto actualmente en discusión: 22-23 semanas de gestación).

En cualquier caso, se puede considerar falaz el argumento según el cual cualquier feto tiene intereses desde el momento de su concepción aduciendo lo que ha llegado a ser por no haber sido abortado: eso es un contrafáctico. Y se puede considerar retórica o demagógica la presentación que a veces se hace de imágenes distorsionadas que pretenden mostrar el dolor del feto ya en las primeras semanas de la gestación.

Tal vez lo más característico de un punto de vista pragmático o, como se dice a veces, convivencial, de abordar este tipo de problemas es renunciar de entrada a la resolución de los mismos por la vía de la violencia. Muchas veces se ha dicho (Hegel, por ejemplo) que entre derechos iguales o equivalentes decide la violencia. Y que ahí está el origen de la tragedia humana. Es muy posible que esta afirmación tenga que ser considerada como un buen candidato a la verdad histórica (sobre todo porque, en general, hacía referencia a los derechos sociales). Pero tampoco se puede descartar que cuando hablamos de aborto no estemos ante un caso así. No en balde muchas veces se opone el “derecho del por nacer” al derecho de la madre como derechos equivalentes. Y la violencia (en un sentido amplio) sigue existiendo: tanto en el caso del aborto como en el caso de muchos embarazos no deseados que conducen al parto. Lo que el punto de vista pragmático (o el desplazamiento de la cuestión hacia su resolución jurídica) implica no es propiamente, pues, la desaparición de toda violencia en este mundo sino sólo y exclusivamente de la violencia social que supone imponer a otros por la vía penal un punto de vista ético (o una concepción del mundo) que no comparten ni pueden compartir.

Se puede concluir, por tanto, que este planteamiento permite poner de manifiesto, con toda claridad, la existencia de una asimetría en las posiciones inicialmente éticas: mientras que una parte supone implícitamente que toda la sociedad debe regirse por las mismas convicciones morales acerca del aborto e implica en esa suposición la penalización jurídica del aborto (entendiendo la tolerancia, cuando la entiende, de una forma casuística, o como simple reconocimiento de situaciones eximentes), la otra parte admite la discrepancia moral, respeta las razones por las cuales muchas mujeres se niegan a abortar en cualquier circunstancia, reconoce la violencia que representa el acto mismo de abortar, critica por ello la consideración frívola del aborto como capricho y exige la despenalización en un amplio número de supuestos (lo que no obliga a quien discrepa del punto de vista laico). Por todo eso la mayoría de los defensores del aborto como un derecho de las mujeres suelen declarar de entrada: 1) que esperan que algún día no exista el problema de la interrupción voluntaria del embarazo, y 2) que siendo esto un derecho de la mujer “no es precisamente el más gozoso de los derechos” [véase J.V Marqués en Morowitz y Trefil citado en Bibliografía]

Con todo, queda un problema al que apuntaba JJT en su artículo, a saber: la acción obligada de “un tercero” en el acto mismo del aborto terapéutico (el médico o la médica). La legislación vigente en la mayoría de los países deja de hecho en manos del médico si no la decisión final, sí, al menos, el informe preceptivo que permite llegar a la decisión. Es natural teniendo esto en cuenta (y la existencia de la objeción moral de algunos médicos, sobre todo en países de cultura católica) que este punto se haya convertido últimamente en centro de nuevas discusiones.

 

Eutanasia

Tampoco la controversia sobre la eutanasia es exclusiva de nuestro tiempo. Pero se ha convertido en una cuestión pública ampliamene debatida en los últimos tiempos por varios motivos: por la alteración relativamente reciente, en el ámbito de la medicina, de la noción de “muerte”, por el considerable aumento de las posibilidades tecnológicas de mantenimiento artificial de la vida de las personas y por la aparición, en la mayoría de los países, de asociaciones que defienden no sólo la moralidad de la eutanasia sino también su despenalización. El procesamiento y encarcelamiento de médicos que, en EEUU, Alemania y Holanda principalmente, han declarado públicamente haber ayudado a “bien morir” a pacientes en estado comatoso o con enfermedades irreversibles contribuyó a dar publicidad a una controversia que inicialmente se estaba produciendo en el seno de comisiones o comités deontológicos de las asociaciones médicas. En nuestro país el caso de Ramón Sampedro, ampliamente divulgado por los medios de comunicación, ha actuado como revelador de las distintas posiciones al respecto [ver las resoluciones legales sobre el caso en María Casado, La eutanasia. Aspectos éticos y jurídicos, pag.- 63 y ss. cit. en Bibliografía].

Por otra parte conviene tener en cuenta a este respecto que así como la cuestión de aborto puede no afectar de manera directa a muchas personas (en el sentido de que nunca han tenido o tendrán que decidir personalmente sobre el asunto) la cuestión de la muerte (y por implicación el asunto de la mejor manera de acabar) nos concierne absolutamente a todos. Y nos obliga a reflexionar con conocimiento de causa no sólo sobre la muerte que queremos para nosotros mismos sino muchas veces sobre lo que deseamos para los seres más próximos. Naturalmente esta reflexión no tiene por qué ser suscitada sólo por la controversia acerca de la eutanasia, pero también es evidente que tal controversia ha suscitado en las últimas décadas una reflexión más general sobre la muerte y el sentido de la vida humana [C. Everett Koop].Podría decirse incluso que es en torno a este tema como ha empezado a configurarse en los últimos tiempos una ética laica, secularizada, que tradicionalmente, y salvando excepciones, dejaba el tema de la muerte a la consideración exclusiva de las éticas de raíz religiosa. Todavía hoy parece que se puede decir con verdad que no hay una cultura laica de la muerte.

Para entrar en la controversia acerca de la eutanasia con todos los datos precisos conviene empezar por un repaso de las nociones filosófico-literaria y científica de “muerte”. La lectura de Philipee Ariès, Essai sur l´histoire de la mort á l´Occident du Moyen Age á nos jours. [Seul, París, 1975] puede ayudar a este respecto. Y se puede complementar con la lectura de uno de los mejores relatos de Tólstoi: Ivan Ilich. Por lo que hace a la noción científica de “muerte” hay que decir que en los últimos tiempos se ha pasado de la idea de cesación de las funciones vitales (respiración o de los latidos del corazón) a la idea de “muerte cerebral”: encefalograma plano, isoeléctrico, con una línea horizontal. Ya este paso sugiere, entre otras cosas, una cierta medicalización y tecnificación del asunto: no es sólo que el médico tenga que firmar el acta de defunción del enfermo (función tradicional) sino que en muchos casos de estados comatosos sólo el médico (ayudado tecnológicamente, desde luego) puede decidir acerca del momento de la muerte del enfermo. [Sobre algunos de los problemas implicados en esto se puede consultar Quadern CAPS nª 23, Barcelona, otoño de 1995, dedicado a “La atención hospitalaria al enfermo moribundo”].

Eutanasia quiere decir, literalmente, buena muerte, bien morir, muerte feliz o pacífica (sin padecimientos, sin dolor y rápida). Esta es un definición en principio neutra y, como tal, no resulta problemática, ni en lenguaje ordinario ni en la discusión filosófico-moral. Todo el mundo está de acuerdo en que esa es la mejor forma de acabar el ciclo de la vida. Pero de hecho en los debates recientes sobre eutanasia se entiende que con tal término se alude a una acción positiva por la que se quita la vida o se ayuda a morir a un enfermo próximo a la muerte y que lo pide de una forma continuada. responsable y a veces ampliamente argumentada (como en el caso mencionado de Ramón Sampedro). En lo esencial el debate moral versa sobre si se debe o no prolongar lo más posible la vida de otra persona aun si ésta (1) afirma que no quiere seguir viviendo, (2) se halla en estado de gran sufrimiento, (3) se halla en algún profundo estado comatoso, (4) parece que tiene muy pocas probabilidades de seguir viviendo una existencia que la mayoría de las personas considerarían “normal” o “digna”.

Una manera de reducir la controversia actual por la vía nominalista es distinguir la eutanasia, tal como acaba de ser definida, de la ortotanasia (no prolongación, irracional o desproporcionada) de la vida de un enfermo próximo a la muerte), de la distanasia (encarnizamiento terapéutico) y de la cacotanasia (mala muerte, quitar la vida al enfermo sin conocer su intención o en contra de su voluntad) [En este sentido se pueden ver los trabajos de J. Gafo, director de la cátedra de Bioética de la Universidad Pontificia Comillas].

Pero la controversia contemporánea ha puesto los acentos sobre todo en la distinción entre eutanasia voluntaria (cuando la persona la solicita o requiere, expresa el deseo de poner fin a su vida) y la eutanasia involuntaria (cuando se pone fin a la vida de una persona sin expreso deseo o requerimiento de ésta, porque la persona es ya incapaz de expresar una opinión o deseo). Otra distinción recurrente es la que se establece entre eutanasia pasiva (dar por terminados cualesquiera medios excepcionales empleados para seguir manteniendo la vida de la persona) y eutanasia activa (obrar de un modo directo para acelerar el fin, como, por ejemplo, administrar una droga letal). Durante algún tiempo la eutanasia llamada pasiva se ha practicado en los hospitales sin demasiadas complicaciones morales ni por parte del enfermo moribundo y sus familiares ni por parte del personal médico. Se daba por hecho que en la mayoría de los casos esto ayudaba al bien morir, evitaba en encarnizamiento terapéutico y seguramente evitaba al enfermo dolores insufribles. De ahí que hasta mediada la década de los setenta el punto de vista dominante en los comités deontológicos haya sido considerar permisible (al menos en algunos casos) cesar el tratamiento y dejar morir al paciente, pero, en cambio, considerar inmoral y legalmente punible pasar a una acción directa que tiene como fin matar al paciente. Esto último se equiparaba a un asesinato (en el mejor de los casos “piadoso”).

Gran parte de la discusión en las últimas décadas se ha centrado precisamente en esta distinción entre eutanasia activa y eutanasia pasiva. Desde el punto de vista moral parece obvio que hay diferencia entre lo uno y lo otro. Esa diferencia se equipara a la existente entre “dejar morir” y “matar”, cosa que también tiene implicaciones desde el punto de vista jurídico. Hay que tener en cuenta que en la práctica la llamada eutanasia pasiva equivale a (en la jerga médica) “desenchufar” mientras que la eutanasia activa equivale a “inyección letal”. Son muchos ya los autores que consideran que ya distinción entre eutanasia activa y eutanasia pasiva, mantenida por la Asociación Médica Norteamericana y otras entidades profesionales médicas en el resto del mundo, parece arbitraria tanto desde el punto de vista moral como desde el punto de vista lógico. En efecto, si lo que se busca es “la buena muerte” (aceptada o pedida por el enfermo terminal) parece que hay casos en los que la inyección letal es mejor que el desenchufar (“mejor” en el sentido de que lo primero acelera un proceso que la eutanasia llamada pasiva puede hacer largo y sumamente doloroso. Tendríamos aquí un caso en que lo mejor (desde el punto de vista ético) es enemigo de lo bueno. Teniendo eso en cuenta hay autores que argumentan poniendo en duda que también moralmente sea peor, en tales situaciones, “matar” que “dejar morir” [véase J. Rachels, “Eutanasia activa y pasiva”, en R.M. Baird y S.E. Rosembaum cit en Bibliografía, 47 y ss., así como la polémica que suscita su punto de vista].

Por otra parte, se ha argumentado que, en rigor, y dada la situación de la medicina actual y sus complicaciones tecnológicas, la eutanasia pasiva no es realmente pasiva. ¿Por qué? Por que no se puede desconectar un aparato para la respiración artificial pasivamente; se desconecta activamente, la desconexión supone una decisión e implica un acto, una actividad concreta que afecta a otro. Este argumento lleva a poner entre paréntesis la distinción tradicional aduciendo que se trata en realidad no de una distinción moral sino de una distinción legal que se ha introducido con el fin de evitar acusar a los médicos de homicidio más bien que con el fin de sentar una serie de normas destinadas a establecer lo que más convenga a los pacientes.

La defensa moral de la eutanasia se basa en la consideración de que la obligación de aminorar los sufrimientos de una persona está por encima de la obligación de preservar la vida en general. También esto implica un debilitamiento del principio ético tradicional, de raiz religiosa, que da un valor sagrado a la vida misma (señaladamente a la vida de los individuos humanos). No hay duda de que en muchos casos la defensa laica de la eutanasia comporta, además, una reafirmación del derecho a la autodeterminación de los individuos que puede considerarse como un individualismo radical y que ciertos autores suelen presentar como un síntoma más de la extensión del relativismo moral en nuestras sociedades. Los críticos de la despenalización o legalización de la eutanasia establecen en ocasiones un parangón entre eutanasia y genocidio como si lo primero implicara o tuviera que implicar lo segundo. Pero esto no es en realidad un argumento: es un recurso retórico que partiendo de un hecho (el inmenso poder de los médicos y de una medicina mercantilizada en nuestras sociedades) desvía una preocupación justa (la necesidad de establecer controles sociales de ese poder) hacia insinuaciones emotivas que no tienen que ver con el asunto. Pero es discutible, en cambio, que la defensa de la autodeterminación de la persona sobre su propia vida sea determinante en el asunto de la eutanasia (como es discutible que lo sea en el asunto del aborto), puesto que también aquí resulta decisivo “un tercero”, el que ayuda a morir, lo que convierte la cosa en un acto social. Este es tal vez un punto esencial para aproximar posiciones en el debate ético-jurídico en torno a la eutanasia, más allá de las diferencias de principio.

Bioética

La aparición del término “bioética” está directamente relacionada con las preocupaciones medioambientales y con las preocupaciones suscitadas por la aplicación de los resultados de la biología molecular. Su nacimiento es inmediatamente anterior, sin embargo, a los primeros aldabonazos en estos campos (el primero informe del Club de Roma en 1972 y la Conferenia de Asilomar en 1975).

Los dos primeros autores que utilizaron el término “bioética” fueron el cancerólogo norteamericano V.R. Potter en un libro publicado en 1971 y el obstetra de origen holandés A. Hellegers que creó ese mismo año un centro para el estudio de la reproducción humana y la bioética adscrito a la Universidad de Washington.

La bioética ha nacido con la vocación de hacer de puente entre la cultura científica y la cultura humanística. Potter aspiraba a una disciplina que hiciera de puente entre las dos culturas, entre ciencia y humanidades. Su objetivo era la creación de un medio ambiente óptimo para la supervivencia de la especie humana en una forma aceptable de sociedad. Su punto de vista era antropocéntrico más que biocéntrico. Hellegers entendió la biotética sobre todo como “ética médica”, como un puente entre le medicina, la filosofía y la ética, como un diálogo. En el primer caso ha predominado la visión científico-filosófica, en el segundo la visión de la ética aplicada.

Esta doble orientación del nacimiento se sigue notando todavía ahora en la institucionalización de la Bioética: de un lado, proliferación de comités de bioética en las asociaciones profesionales de médicos y enfermeros, o en los hospitales, e introducción de la materia de bioética en las carreras de medicina (en conexión con le medicina legal y la ética médica tradicional o Deontología: Carta de los Derechos de los Enfermos en los hospitales estadounidenses basada en el concepto de “consentimiento informado”); de otro, las consideraciones de filosofía moral y jurídica sobre problemas científicos y médicos procedentes de los éticos.

OBJETIVOS DE APRENDIZAJE


  • Desarrollar en el alumno una actitud crítica ante las situaciones de su entorno profesional.

  • Identificar los aspectos importantes que han servido para el desarrollo del conocimiento a lo largo de la historia del hombre.

  • Conocer cuales son sus costumbres, tradiciones y valores del alumno, para poder aplicarlas en ámbito individual y social.

  • Conocer cuales son las funciones principales de la Bioética

  • Dar a conocer las problemáticas del medio ambientales y explicarlas a partir de la ética personal y social.



  • Identificar cual es la ética profesional del TSUI otro apartado

TEMA 2

2.- Ética


2.1. Ética filosófica

Diferenciar los postulados filosóficos que hacen referencia a la ética como parte del modo de vivir del individuo
2.2. Definición de Ética

Conocer las diferentes concepciones del pensamiento socrático y el método mayéutico como parte del conocimiento de la verdad y encontrar una concepción de ética


2.3 Libertad
Conocer la concepción de libertad según Fernando Savater.
2.4. Metafísica de la moral

Conocer el pensamiento Aristotélico como parte del conocimiento de la realidad, y su aportación hacia la Metafísica de la Moral.


2.5. Moralidad Ethos
Conocer los elementos teóricos que sustentan la parte del postulado del Ethos.
2.6. Ética medio ambiental

Desarrollar los elementos que permitan conocer la relación de la ética con el medio ambiente.

2.7. Estudio de casos

2.8. bioética

Conocer la importancia de la Bioética en el campo de la aplicación

3.1 Ética del Técnico Superior Universitario

Hacer un código de ética del TSUI para promover su desarrollo dentro del campo de la informática.
Ejercicio 1 Conocer las diferentes definiciones de ética y su relación con el campo profesional y personal del alumno:

Instrucciones: Discute en clase, cuales son las aportaciones del pensamiento Socrático, Platónico y Aristotélico con respecto al campo de la ética.



Pensador


Fernando Savater

Adolfo Sánchez V.

Leopoldo Zea

Juliana González



Sofistas-Sócrates




Platón




Aristóteles




Otro (s)


Observaciones




Discurso


La libertad como toma de decisión para

Llevar a cabo diversos comportamientos



Describe a la ética en sus concepciones teóricas- practicas y sus derivaciones como la moral, eticidad, costumbres tradiciones y libertades

Aborda la historia de la ética desde el punto de vista de la filosofía.

Desarrolla a la ética desde el punto de vista de los filósofos griegos y los contemporáneos.

Desarrollo de la ética filosófica

Construcción de los postulados filosóficos de la ética y la moral.










Conclusión o definición del problema





























Ejercicio 2

Hacer equipos de investigación y discutir diversos códigos de ética, para posteriormente conformar el código TSUI.

UNIDAD II

FUNDAMENTOS DEL COMPORTAMIENTO HUMANO

INTRODUCCIÓN

Frecuentemente, cuando hablamos sobre la personalidad de alguien, nos referimos a lo que diferencia a esa persona de los demás, incluso lo que le hace única. A este aspecto de la personalidad se conoce como diferencias individuales. Para algunas teorías, esta es la cuestión central. Éstas prestan una atención considerable a tipos y rasgos de las personas, entre otras características, con los cuales categorizar o comparar. Algunas personas son neuróticas, otras no; algunas son más introvertidas, otras más extravertidas, y así sucesivamente.

Sin embargo, los teóricos de la personalidad están también interesados en lo común de las personas. Por ejemplo, ¿qué tienen en común un neurótico y una persona sana?. O, ¿cuál es la estructura común en personas que se expresan de forma introvertida y en aquellas otras que se expresan de manera extravertida?.

Si uno coloca a las personas en una cierta dimensión (como sano-neurótico o introversión-extraversión) estamos diciendo que las dimensiones son algo sobre lo que podemos situar a los sujetos. Ya sean neuróticos o no, todas las personas tienen la capacidad para dirigirse hacia la salud o hacia la enfermedad, y ya sean introvertidos o extravertidos, todos oscilan entre una vía y la otra.

Otra forma de explicar lo anterior es que los teóricos de la personalidad están interesados en la estructura del individuo y sobre todo sobre la estructura psicológica; es decir, cómo se “ensambla” una persona, cómo “funciona”, cómo se “disgrega”.

Algunos teóricos van un paso más allá, sosteniendo que están buscando la esencia de lo que hace a una persona. O dicen que están preocupados por lo que se entiende como ser humano individual. El campo de la psicología de la personalidad se extiende desde la búsqueda empírica simple de las diferencias entre personas hasta una búsqueda bastante más filosófica sobre el sentido de la vida.

Posiblemente sea solo una cuestión de orgullo, pero a los psicólogos de la personalidad les gusta pensar en su campo como una sombrilla que cubre todo el resto de la psicología. Después de todo, es cierto que estamos preocupados por la genética y la fisiología, por el aprendizaje y el desarrollo, por la interacción social y la cultura, por la patología y la terapia. Todas estas cuestiones están unidas en el individuo.

Existen algunas cosas que  pueden ir mal en una teoría y debemos mantener los ojos bien abiertos a ellas. Esto se aplica evidentemente incluso a aquellas teorías creadas por las grandes mentes que veremos. Incluso Sigmund Freud se equivoca en algún momento. Por otro lado, incluso es más importante que desarrollemos nuestras propias teorías sobre la personas y sus personalidades. A continuación veremos algunas de estas cuestiones.



Etnocentrismo

Todo el mundo crece en una cultura que ha estado ahí antes de que él naciera. La cultura nos influye tan profundamente y tan sutilmente que crecemos creyendo que “las cosas son así”, más que  “las cosas son así en esta sociedad en concreto”. Erich Fromm, uno de los autores que veremos, llama a este pensamiento el inconsciente social y, de hecho, es bastante poderoso.

Así, por ejemplo, Sigmund Freud nació en Viena, no en Nueva York o Tokio. Nació en 1856, no en 1756 . Hubo cuestiones que necesariamente influyeron tanto a su persona como a su teoría, evidentemente distintas de la nuestra.

Las peculiaridades de una cultura pueden percibirse más fácilmente cuando nos preguntamos “¿de qué están hablando todas estas personas?” y “¿de qué no habla nadie?”. En Europa, durante la segunda mitad del 1800, especialmente entre las clases sociales medias y altas, las personas no hablaban mucho sobre el sexo. Era más o menos un tema tabú.

No se suponía que las mujeres enseñaran sus tobillos y mucho menos sus muslos e incluso las piernas de una mujer sentada en un piano eran llamadas “extremidades” de manera de no provocar a nadie. No era infrecuente que un médico fuese llamado para visitar a una pareja de recién casados para que éste le instruyese a la mujer sobre los “deberes conyugales” de la noche de bodas que ella había fallado, solo porque sencillamente los desconocía.

Se debe considerar a Freud por su habilidad para regirse sobre su cultura en este punto. Se extrañó de ver cómo podía pretenderse que las personas (especialmente la mujer) no fueran criaturas sexuales. Mucho de la apertura actual sobre el sexo (para mal y para bien) deriva de las originales reflexiones de Freud.

En la actualidad, la mayoría de las personas no se mortifican por sus naturalezas sexuales. De hecho, ¡presentamos una tendencia a hablar sobre nuestra sexualidad todo el tiempo, a cualquiera que escuche!. El sexo está presente en nuestras carteleras, se ve con frecuencia en la televisión, es una parte importante de las letras de nuestras canciones favoritas, en nuestras películas, nuestras revistas, nuestros libros y por supuesto en Internet!. Este fenómeno es algo peculiar de la cultura, y estamos tan acostumbrados a ello, que prácticamente no nos damos cuenta ya.

Por otra parte, Freud fue malinterpretado por su cultura al pensar que las neurosis siempre tenían una raíz sexual. En nuestra sociedad estamos más preocupados con sentirnos inútiles y tememos al envejecimiento y a la muerte. La sociedad freudiana consideraba la muerte como un hecho y al envejecimiento como un signo de madurez, ambas condiciones de vida accesibles al pensamiento de cualquiera en esa época.



Egocentrismo

El punto potencial en la teorización lo constituye las peculiaridades del teórico como individuo. Cada uno de nosotros, más allá de la cultura, presenta detalles específicos en su vida (genética, estructura y dinámica familiar, experiencias especiales, educación, etc.) que afecta cómo pensamos y sentimos y en definitiva, la forma en que interpretamos la personalidad.

Freud, por ejemplo, fue el primero de siete niños (aunque había tenido dos medio hermanos que habían tenido niños propios antes de que Sigmund naciera). Su madre tenía una personalidad fuerte y era 20 años más jóven que su padre. Fue particularmente apegada a su hijo “Siggie”. Freud fue un genio (¡no todos podemos sostener esta afirmación!). Era judío, aunque nunca, tanto su padre como él, practicaron su religión.

Es muy probable que tanto la estructura familiar patriarcal, así como las relaciones tan estrechas que sostuvo con su madre, dirigieran su atención a este tipo de cuestiones cuando llegó el momento de elaborar su teoría. Su naturaleza pesimista y sus creencias ateas le condujeron a considerar la vida humana como encaminada a sobrevivir y a la búsqueda de un fuerte control social. Usted, también, tiene sus peculiaridades y éstas influirán sobre cómo matizará sus intereses y su comprensión, incluso en ocasiones sin darse cuenta.



Dogmatismo

Un tercer elemento importante es el dogmatismo. Como seres humanos parece que tenemos una tendencia natural al conservadurismo. Nos aferramos a aquello que ha funcionado en el pasado. Y si dedicamos nuestra vida al desarrollo de una teoría de la personalidad, si hemos puesto todas nuestras fuerzas y nuestro corazón en ello, podemos estar seguros de que seremos bastante defensivos (parafraseando a Freud) con nuestra postura.

Las personas dogmáticas no permiten cuestionamientos, dudas, nuevas informaciones y demás. Podemos saber cuándo estamos frente a este tipo de personas al ver cómo reaccionan a las críticas: tienden a usar lo que se conoce como argumento circular.

Este argumento es aquel en el que “justificas” tu opinión asumiendo que las cosas solo serán ciertas si ya lo has considerado como tales en primer lugar. Existen toneladas de ejemplos de argumentos circulares ya que todo el mundo los usa. Un ejemplo simple sería: “Yo sé todo”; “¿y por qué tendría que creerte?”; “Porque sé todo”.

Otro ejemplo: “Tienes que creer en Dios porque la Biblia lo dice, y la Biblia es la palabra de Dios”. Ahora, podemos ver que no es intrínsecamente erróneo decir que Dios existe y tampoco en creer que la Biblia es la palabra de Dios. Donde esta persona se equivoca es cuando utiliza el argumento de que la Biblia es la palabra de Dios para apoyar la tesis de que “tienes que creer en Dios”, ya que el no creyente poco se va a impresionar con el primero si no cree en el segundo.

Este tipo de asuntos ocurre todo el tiempo en psicología y en particular en las teorías sobre personalidad. Siguiendo con Freud, no es inusual escuchar a freudianos argumentar que los que no creen en el pensamiento freudiano están reprimiendo la evidencia que necesitan para creer en él (cuando precisamente es la idea de represión freudiana por donde debemos empezar). Lo que usted necesita, dicen, es pasarse unos años en psicoanálisis para darse cuenta de que Freud tenía razón (cuando, para empezar, va a gastar un tiempo- y dinero- en algo en lo que no cree).

Así que, si se va a dedicar a una teoría que discrimina sus objeciones o cuestionamientos, ¡cuidado!.

interpretaciones sin un sustento

Otro problema, u otro conjunto de problemas, es la implicación imprevista. Parece que cada vez que decimos algo, dejamos caer palabras susceptibles de tener 100 interpretaciones distintas. Por decirlo de manera simple: las personas usualmente te malinterpretan.

Hay varias situaciones o actos que predisponen aún más a la malinterpretación.

Traducción. Freud, Jung, Binswanger y muchos otros escribieron en alemán. Cuando fueron traducidos, algunos de sus conceptos se tergiversaron un poco (algo bastante natural, tomando en cuenta que cada lenguaje posee su propia idiosincrasia). El Ello, el Yo y el Superyo de Freud*, seguro que son vocablos familiares para el que ha leido a Freud. Los términos originales fueron Es, Ich y überich en alemán. Son, en otras palabras, términos simples. En el proceso de traducción, estas palabras fueron trasladadas al griego, sonando poco científicas. Así que los traductores, creyendo que los lectores norteamericanos aceptarían mejor a Freud si las palabras sonaban un poco más científicas, decidieron mantener la terminología inglesa, en vez de la alemana que suena también más poética.

Esto quiere decir que cuando escuchamos a Freud, es como si estuviésemos oyendo afirmaciones científicas, estableciendo el psiquismo en compartimentos bien definidos, cuando verdaderamente hablaba mucho más metafóricamente, sugiriendo que éstos se difuminaban entre ellos.



Neologismos. Los neologismos significan nuevas palabras. Cuando desarrollamos una teoría, podemos tener conceptos que no habían sido nombrados antes, así que hallamos o creamos palabras para nombrarles. Algunas veces usamos el griego o el latín, otras usamos combinaciones de viejas palabras (como en el alemán), otras utilizamos frases (como en el francés) y en otras ocasiones simplemente usamos alguna palabra antigua y la utilizamos en otro nuevo contexto: anticatexis, gemeinschaftgefuhl, être-en-soi, y self (sí mismo), por ejemplo.
Creo que no necesita mucha explicación el hecho de que palabras como self o ansiedad tengan cientos de significados distintos dependiendo del autor.

Metáforas. Las metáforas (o símiles, más correctamente) son palabras o frases que, aunque no son literalmente ciertas, de alguna forma captan ciertos aspectos de la verdad. Cada autor, de una manera o de otra, utiliza modelos sobre la personalidad humana, pero sería un error confundir el modelo (la metáfora) con su verdadero sentido.
Un buen ejemplo de nuestros días sería el relativo al funcionamiento de los ordenadores y el procesamiento de la información. ¿Funcionamos parecido a ordenadores?. Claro; de hecho, varios aspectos de nuestro funcionamiento trabaja como ellos. ¿Somos ordenadores?. No, claro que no. A la larga, la metáfora falla. Pero resulta útil, y así es como tenemos que considerarla. Es como un mapa; te ayuda a encontrar la vía, pero no podemos considerarlo como el territorio en sí mismo.

Evidencia

La evidencia, o mejor dicho, la falta de ella, es por supuesto otro problema. ¿Qué clase de apoyo tiene su teoría?; ¿o simplemente fue algo que se le ocurrió mientras estaba bajo los efectos de algún alucinógeno?. Hay varios tipos de evidencia; anecdotaria, clínica, fenomenológica, correlativa y experimental.

Evidencia anecdotaria: es un tipo de evidencia casual que se ofrece usualmente cuando narramos una historia: “Recuerdo cuando…” y “He oído que”, son ejemplos. Es, por supuesto, notoriamente imprecisa. Es mejor utilizar este tipo de evidencia solo para promover las investigaciones futuras.

Evidencia clínica: Es aquella evidencia que obtenemos a través de la experiencia clínica de las sesiones psicoterapéuticas. Su obtención es bastante más precisa cuando es recogida por terapeutas expertos. Su mayor debilidad reside en que tiende a ser muy individual e incluso inusual, ya que describe a un paciente que es, casi por definición, un sujeto inusualmente individual. La evidencia clínica no provee las bases de la mayoría de las teorías que conocemos, aunque induce a realizar más investigaciones.

Evidencia fenomenológica: constituye el resultado de una observación precisa en varias circunstancias, así como la introspección relativa a los propios procesos psicológicos. Muchos de los teóricos han desarrollado una investigación fenomenológica, ya sea formal o informalmente. Requiere de una gran formación, así como una cierta habilidad natural.

La investigación correlativa en la personalidad usualmente comprende la creación y aplicación de tests de personalidad. Los resultados de éstos se comparan con otros aspectos “medibles” de nuestra vida y con otros tests. Así, por ejemplo, podemos crear un test para la timidez (introversión) y podemos compararlo con las puntuaciones sobre tests de inteligencia o evaluaciones sobre la satisfacción laboral. Desafortunadamente, estas medidas no nos dicen cómo trabajan o incluso si son reales, y muchos aspectos de la personalidad se resisten a medirse conjuntamente.

La investigación experimental es la forma más precisa y controlada de investigación y si los temas que estamos investigando están sujetos a experimentación, constituye el método de elección. Como sabrán, la experimentación comprende una selección aleatoria de sujetos, un control cuidadoso de las condiciones, una gran preocupación sobre los aspectos que pueden influir negativamente sobre la muestra, así como medidas y estadísticas. Su debilidad se basa en el gran trabajo que supone obtener las múltiples variables que usan los teóricos de la personalidad. Además, ¿cómo podemos controlar o medir cuestiones como el amor, rabia o consciencia?.

Supuestos filosóficos

El que las personas, incluso los genios, cometan errores no debe ser una sorpresa. Tampoco debería sorprendernos que las personas sean limitadas. Existen muchas preguntas como aquellas que necesitamos para construir nuestras teorías, que carecen de respuesta. Incluso hay algunas que nunca la tendrán. Pero de todas maneras las contestamos, ya que necesitamos seguir viviendo. A estas preguntas y respuestas les llamamos supuestos filosóficos.


Organización

Supuestos y métodos, se podría pensar que habría poco que hacer en términos de la organización de “las teorías de la personalidad”. Afortunadamente, las personas de mente privilegiada tienden a superponerse unas a otras. Existen tres orientaciones teóricas que se mantienen sobre las otras:



Psicoanalítica o la llamada “1° Corriente”. Aunque lo psicoanalítico se refiere literalmente a los freudianos, utilizaremos el vocablo para designar a aquellos que han estado muy influenciados por la obra de Freud, así como a aquellos que comparten su actitud, a pesar de que éstos puedan estar en desacuerdo con el resto de sus postulados. Estos autores tienden a creer que las respuestas se esconden en algún lugar bajo la superficie, escondidas en el inconsciente.

Este libro revisará tres versiones de esta corriente. La primera es la concerniente al punto de vista freudiano propiamente dicho, la cual incluye a Sigmund y a Anna Freud y a la psicología del Yo, cuya mejor representante lo constituye Erik Erikson.

La segunda versión podría llamarse la perspectiva transpersonal, la cual tiene una influencia bastante más espiritual y será representada aquí por Carl Jung.

La tercera es el punto de vista psicosocial e incluye a Alfred Adler, Karen Horney y Erich Fromm.



Conductista o “2° Corriente”. En esta perspectiva, las respuestas parecen recaer sobre una observación cuidadosa del comportamiento y del ambiente, así como sus relaciones. Los conductistas, así como su descendiente moderno, el cognocivismo prefiere métodos cuantitativos y experimentales.

El enfoque conductista estará representado en nuestra revisión por Hans Eysenck, B.F. Skinner y Albert Bandura.



Humanista o “3° Corriente”. El enfoque humanista, que incluye según consideran algunos a la psicología existencialista, es la más reciente de las tres. Se piensa que es una respuesta a las teorías psicoanalítica y conductista y su base racional es que las respuestas se deben buscar en la consciencia o experiencia. La mayoría de los humanistas prefieren los métodos fenomenológicos.

Examinaremos dos tendencias de este acercamiento. La primera es la humanista propiamente dicha, representada por Abraham Maslow, Carl Rogers y George Kelly.

La segunda es la psicología existencialista, definida como un acercamiento humanista filosófico muy popular en Europa y latinoamérica. Revisaremos dos de los autores más representativos:Ludwig Binswanger y Viktor Frankl.
Si se fijan en la tabla de contenidos podrán observar que hay capítulos sobre otros teóricos. Para ver las relaciones existentes entre las teorías y teóricos, pulse aquí.

OBJETIVOS DE APRENDIZAJE


  • Conocer las teorías de la personalidad

  • Explicar los diferentes tipos de comportamiento

  • Explicar la personalidad individual y social

  • Conocer las capacidades, y habilidades del alumno a través de su personalidad.

  • Aplicación del conocimiento de la personalidad en el entorno familiar e industrial.

TEMA 3


3.-Teoría de la personalidad

3.1. Definición de la teoría de personalidad

Diferenciar los postulados teóricos que abordan a la personalidad y la elaboración de concepciones o definiciones.
3.2. Etnocentrismo

Explicar como se desarrolla la etnografía y sus diversas concepciones teóricas y epistemológicas


3.3 Egocentrismo

Explicar como se desarrolla el egocentrismo y sus diversas concepciones teóricas y epistemológicas


3.4. Dogmatismo

Explicar como se desarrolla el Dogmatismo y sus diversas concepciones teóricas y epistemológicas

3.5. Teoría Psicoanalista

Conocer la Teoría del Psicoanálisis a partir del sustento epistemológico y su contexto histórico-social. Así como el impacto dentro de la explicación e interpretación de la personalidad.


3.6. Teoría Conductista

Conocer la Teoría Conductual a partir del sustento epistemológico y su contexto histórico-social. Así como el impacto dentro de la explicación de la personalidad.


3.7. Teoría humanista

Conocer la Teoría Humanista a partir del sustento epistemológico y su contexto histórico-social. Así como el impacto dentro de la explicación de la personalidad.

3.8. Personalidad social

Conocer como se desarrolla la personalidad en un grupo determinado, bajo cierto contexto.

Ejercicio 1 Explicar las concepciones psicológicas que hacen referencia a la personalidad
Instrucciones: Discute en clase, lasa corrientes psicológicas que abordan la concepción de personalidad y ejemplifica la teoría.



Teoría


Autores más importantes



Principales aportaciones

Humanista

Carl Rogers

La teoría en donde el ser humano, junto con sus sentimientos, emociones, etc. Forman parte importante para la explicación de los comportamientos que presenta.

Psicoanalista

Sigmund Freud

La histeria como primera aproximación al entendimiento del hombre, el inconciente, el aparato psíquico.

Conductista





B.F. Skinner


Condicionamiento operante, estímulos-respuestas


Otra







Preguntas finales

1.- ¿Cuáles son las principales aportaciones de la corriente conductista?

La conducta del individuo es medible, cuantificable y observable, no se toman encuenta los sentimientos, es decir, la eliminación de los subjetivo es un paso importante para el desarrollo de algunas ramas para el estudio del hombre.

2.- Define que es la conducta

son los comportamiento que presenta el individuo, es decir, la parte motriz que tiene que ver con los meramente fisiológico.

3.- Enlista los conceptos principales de la corriente psicoanalítica.

Inconciente

Preconciente

Libido

Etapas de desarrollo psicosexual



Eros-tanathos

Complejo de Edipo

4.,- Explica como se desarrolla la personalidad según Freud

Es desarrollada a partir de la infancia en donde el inconciente juega un papel importante como un instrumento de recuerdo de situaciones en donde el individuo redacta su vida y hace conciente la experiencia.

5.-Explica la etapas psicosexuales por las que pasa el hombre según Freud

Oral


Anal

Fálica


Genital

6.-Explica la teoría humanista de Carl Rogers.

Redacta al ser humano como un ente involucrado en sentimientos, emociones y pensamiento, es decir, el individuo lo observa con partes ya subjetivas en donde no existe la operacionalidad sino la emotividad.

7.- Ejemplifica la forma en que se desarrollo de la personalidad

Dependiendo de la teoría que se maneja, pero en general la formación de la personalidad se da desade el momento que el individuo nace y otras dirán que desde antes.

EVALUACIÓN PARCIAL:


Si


No


1.- Participaciones





2.- Asistencia





3.- Cuadro sinóptico de cada uno de los temas







4.-Prueba escrita con el contenido de cada una de los temas.







5.- Monografía







6.- Proyección y análisis de una película







UNIDAD IIi

MOTIVACIÓN
INTRODUCCIÓN


Catálogo: pai
pai -> Directori o Lic. Mario Marín Torres Gobernador Constitucional del Estado de Puebla y Presidente Honorario de la Junta de Gobierno del Instituto Poblano de la Mujer Lic
pai -> Activitat alumne/a data
pai -> JustificacióN
pai -> Antología adicciones
pai -> Psicogeriatria
pai -> La escuela constituye, actualmente, un referente crucial en los procesos de aprendizaje y desarrollo individual, cumpliendo, así mismo
pai -> Propuesta de investigación información General Propuesta
pai -> Formación sociocultural 1 guía del alumno secretaría de educación pública subsecretaría de educación superior e investigación científica subsistema de universidades tecnológicas coordinación general de universidades tecnológicas
pai -> En los últimos diez años hemos asistido a una renovación de la noción convencional de paisaje que ha situado este concepto en


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