Nietzsche



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Nietzsche

La genealogía de la moral

índice


Prólogo .............................................................................................1

Tratado Primero: «Bueno y malvado», «bueno y malo»....................5

Tratado Segundo: «Culpa», «mala conciencia» y si­milares.............18

Tratado Tercero: ¿Qué significan los ideales ascé­ticos? ................35

Prólogo

1

Nosotros los que conocemos somos desconocidos para no­sotros, nosotros mismos somos desconocidos para noso­tros mismos: esto tiene un buen fundamento. No nos hemos buscado nunca, –– ¿cómo iba a suceder que un día nos encon­trásemos? Con razón se ha dicho: «Donde está vuestro teso­ro, allí está vuestro corazón»1; nuestro tesoro está allí donde se asientan las colmenas de nuestro conocimiento. Estamos siempre en camino hacia ellas cual animales alados de naci­miento y recolectores de miel del espíritu, nos preocupa­mos de corazón propiamente de una sola cosa ––de «llevar a casa» algo. En lo que se refiere, por lo demás, a la vida, a las denominadas «vivencias», –– ¿quién de nosotros tiene si­quiera suficiente seriedad para ellas? ¿O suficiente tiempo? Me temo que en tales asuntos jamás hemos prestado bien atención «al asunto»: ocurre precisamente que no tenemos allí nuestro corazón ––¡y ni siquiera nuestro oído! Antes bien, así como un hombre divinamente distraído y absorto a quien el reloj acaba de atronarle fuertemente los oídos con sus doce campanadas del mediodía, se desvela de golpe y se pregunta «¿qué es lo que en realidad ha sonado ahí?», así también nosotros nos frotamos a veces las orejas después de ocurridas las cosas y preguntamos, sorprendidos del todo, perplejos del todo, «¿qué es lo que en realidad hemos vivido ahí?», más aún, «¿quiénes somos nosotros en reali­dad?» y nos ponemos a contar con retraso, como hemos dicho, las doce vibrantes campanadas de nuestra vivencia, de nuestra vida, de nuestro ser ––¡ay!, y nos equivocamos en la cuenta... Necesariamente permanecemos extraños a nosotros mismos, no nos entendemos, tenemos que con­fundirnos con otros, en nosotros se cumple por siempre la frase que dice «cada uno es para sí mismo el más lejano»2, en lo que a nosotros se refiere no somos «los que conoce­mos»...



1. Véase Evangelio de Mateo, 21; Sermón de la Montaña.

2. Nietzsche invierte aquí una conocida frase de La Andriana, de Teren­cio (IV, 1, 12), en el monólogo de Carino: «proxumus sum egomet mihi» (mi [pariente] más próximo soy yo mismo).

2

–– Mis pensamientos sobre la procedencia de nuestros pre­juicios morales ––pues de ellos se trata en este escrito polé­mico–– tuvieron su expresión primera, parca y provisional en esa colección de aforismos que lleva por título Humano, demasiado humano. Un libro para espíritus libres, cuya re­dacción comencé en Sorrento durante un invierno que me permitió hacer un alto como hace un alto un viajero y abarcar con la mirada el vasto y peligroso país a través del cual había caminado mi espíritu hasta entonces. Ocurría esto en el invierno de 1876 a 1877; los pensamientos mis­mos son más antiguos. En lo esencial eran ya idénticos a los que ahora recojo de nuevo en estos tratados: –– ¡espere­mos que ese prolongado intervalo les haya favorecido y que se hayan vuelto más maduros, más luminosos, más fuertes, más perfectos! El hecho de que yo me aferre a ellos todavía hoy, el que ellos mismos se hayan entre tanto uni­do entre sí cada vez con más fuerza, e incluso se hayan en­trelazado y fundido, refuerza dentro de mí la gozosa con­fianza de que, desde el principio, no surgieron en mí de manera aislada, ni fortuita, ni esporádica, sino de una raíz común, de una voluntad fundamental de conocimiento, la cual dictaba sus órdenes en lo profundo, hablaba de un modo cada vez más resuelto y exigía cosas cada vez más precisas. Esto es, en efecto, lo único que conviene a un fi­lósofo. No tenemos nosotros derecho a estar solos en algún sitio: no nos es lícito ni equivocarnos solos, ni solos encon­trar la verdad. Antes bien, con la necesidad con que un ár­bol da sus frutos, así brotan de nosotros nuestros pensa­mientos, nuestros valores, nuestros síes y nuestros noes, nuestras preguntas y nuestras dudas –– todos ellos empa­rentados y relacionados entre sí, testimonios de una única voluntad, de una única salud, de un único reino terrenal, de un único sol. –– ¿Os gustarán a vosotros estos frutos nuestros? –– Pero ¡qué les importa eso a los árboles! ¡Qué nos importa eso a nosotros los filósofos!...



3

Dada mi peculiar inclinación a cavilar sobre ciertos proble­mas, inclinación que yo confieso a disgusto ––pues se refiere a la moral, a todo lo que hasta ahora se ha ensalzado en la tierra como moral–– y que en mi vida apareció tan precoz, tan espontánea, tan incontenible, tan en contradicción con mi ambiente, con mi edad, con los ejemplos recibidos, con mi procedencia, que casi tendría derecho a llamarla mi a priori, –– tanto mi curiosidad como mis sospechas tuvieron que detenerse tempranamente en la pregunta sobre qué ori­gen tienen propiamente nuestro bien y nuestro mal. De he­cho, siendo yo un muchacho de trece años me acosaba ya el problema del origen del mal: a él le dediqué, en una edad en que se tiene «el corazón dividido a partes iguales entre los juegos infantiles y Dios»3, mi primer juego literario de niño, mi primer ejercicio de caligrafía filosófica ––y por lo que respecta a la «solución» que entonces di al problema, otorgué a Dios, como es justo, el honor e hice de él el Padre del Mal4. ¿Es que me lo exigía precisamente así mi a priori? ¿aquel a priori nuevo, inmoral, o al menos inmoralista, y el ¡ay! tan antikantiano, tan enigmático «imperativo categóri­co» que en él habla y al cual desde entonces he seguido pres­tando oídos cada vez más, y no sólo oídos?... Por fortuna aprendí pronto a separar el prejuicio teológico del prejuicio moral, y no busqué ya el origen del mal por detrás del mun­do. Un poco de aleccionamiento histórico y filológico, y además una innata capacidad selectiva en lo que respecta a las cuestiones psicológicas en general, transformaron pronto mi problema en este otro: ¿en qué condiciones se inventó el hombre esos juicios de valor que son las pala­bras bueno y malvado?, ¿y qué valor tienen ellos mismos? ¿Han frenado o han estimulado hasta ahora el desarrollo humano? ¿Son un signo de indigencia, de empobreci­miento, de degeneración de la vida? ¿O, por el contrario, en ellos se manifiestan la plenitud, la fuerza, la voluntad de la vida, su valor, su confianza, su futuro? –– Dentro de mí encontré y osé dar múltiples respuestas a tales preguntas, distinguí tiempos, pueblos, grados jerárquicos de los indi­viduos, especialicé mi problema, las respuestas se convir­tieron en nuevas preguntas, investigaciones, suposiciones y verosimilitudes: hasta que acabé por poseer un país pro­pio, un terreno propio, todo un mundo reservado que cre­cía y florecía, unos jardines secretos, si cabe la expresión, de los que a nadie le era lícito barruntar nada... ¡Oh, qué fe­lices somos nosotros los que conocemos, presuponiendo que sepamos callar durante suficiente tiempo!...



3. Cita de los versos 3.781-3.782 del Fausto; palabras dichas por el Espí­ritu Maligno a Gretchen mientras ésta asiste al funeral en la catedral.

4. Este escrito de Nietzsche parece haberse perdido. Uno de los fragmen­tos póstumos, de la primavera-verano de 1878, dice lo siguiente: «De niño vi a Dios en su gloria.-Primer escrito filosófico sobre la génesis del demonio (Dios se piensa a sí mismo, pero sólo puede hacerlo me­diante la representación de su antítesis). Tarde melancólica. Función religiosa en la capilla de Pforta, lejanos sonidos de órgano.

Por ser de una familia de pastores [protestantes], temprana visión de la limitación intelectual y anímica, de la capacidad de trabajo, de la soberbia, de lo decoroso.»



4

El primer estímulo para divulgar algo de mis hipótesis acerca del origen de la moral me lo dio un librito claro, lim­pio e inteligente, también sabihondo, en el cual tropecé cla­ramente por vez primera con una especie invertida y per­versa de hipótesis genealógicas, con su especie auténtica­mente inglesa, librito que me atrajo ––con esa fuerza de atracción que posee todo lo que nos es antitético, todo lo que está en nuestros antípodas. El título del librito era El ori­gen de los sentimientos morales; su autor, el doctor Paul Rée 5; el año de su aparición, 1877. Acaso nunca haya leído yo algo a lo que con tanta fuerza haya dicho no dentro de mí, frase por frase, conclusión por conclusión, como a este li­bro; pero lo hacía sin el menor fastidio ni impaciencia. En la obra antes mencionada, en la cual estaba trabajando yo en­tonces, me referí, con ocasión y sin ella, a las tesis de aquél, no refutándolas –– ¡qué me importan a mí las refutaciones! ––, sino, cual conviene a un espíritu positivo, poniendo, en lu­gar de lo inverosímil, algo más verosímil, y, a veces, en lugar de un error, otro distinto. Como he dicho, fue entonces la primera vez que yo saqué a luz aquellas hipótesis genealógi­cas a las que estos tratados van dedicados, con torpeza, que yo sería el último en querer ocultarme, y además sin liber­tad, y además sin disponer de un lenguaje propio para decir estas cosas propias, y con múltiples recaídas y fluctuaciones. En particular véase lo que en Humano, demasiado humano digo, pág. 51 6, acerca de la doble prehistoria del bien y del mal (es decir, su procedencia de la esfera de los nobles y de los esclavos); asimismo lo que digo, págs. 119 y ss 7, sobre el valor y la procedencia de la moral ascética; también, págs. 78, 82, y II, 35 8, sobre la «eticidad de la costumbre», esa es­pecie mucho más antigua y originaria de moral, que difiere toto cælo [totalmente] de la forma altruista de valoración (en la cual ve el doctor Rée, al igual que todos los genealo­gistas ingleses de la moral, la forma de valoración en sí); igualmente, pág. 74 9; El viajero, página 29 10; Aurora, pág. 99 11, sobre la procedencia de la justicia como un compromi­so entre quienes tienen aproximadamente el mismo poder (el equilibrio como presupuesto de todos los contratos y, por tanto, de todo derecho); además, sobre la procedencia de la pena, El viajero, págs. 25 y 34 12, a la cual no le es esen­cial ni originaria la finalidad intimidatoria (como afirma el doctor Rée: –– esa finalidad le fue agregada, antes bien, más tarde, en determinadas circunstancias, y siempre como algo accesorio, como algo sobreañadido).



5. Paul Rée (1849-1901) mantuvo amistad con Nietzsche e induso con­vivió con él, en Sorrento, durante el invierno de 1876-1877. La coin­cidencia de ambos en puntos de vista fundamentales sirvió para for­talecer a Nietzsche en el desarrollo de sus nuevas ideas. Nietzsche rompió con él más tarde, a consecuencia de la ruptura con Lou von Salomé en 1883. La obra aquí citada por Nietzsche le fue dedicada por su autor con estas palabras: «Al padre de esta obra, muy agra­decida, su madre.» Véanse las interesantes observaciones de Nietzs­che sobre Paul Rée en su autobiografía Ecce Homo, así como notas 118 y 119.

6. Véase Humano, demasiado humano, I, aforismo 45, titulado «Doble prehistoria del bien y del mal».

7. Véase ibidem, aforismo 136 («De la ascética y la santidad cristianas»), 137 y ss.

8. Véase ibídem, aforismo 96 («La costumbre y lo ético») y 99 («Lo ino­cente en las denominadas acciones malvadas»), y Humano, demasia­do humano, 11, aforismo 89 («La costumbre y sus víctimas»).

9. Véase Humano, demasiado humano, I («Origen de la justicia»).

10. Véase El viajero y su sombra, aforismo 26 («Los estados de derecho como medios»).

11. Véase Aurora, aforismo 112 («Para la historia natural del deber y del derecho»).

12. Véase El viajero y su sombra, aforismo 22 («Principio del equilibrio») y 33 («Elementos de la venganza»).

5

En el fondo lo que a mí me interesaba precisamente entonces era algo mucho más importante que unas hipótesis propias o ajenas acerca del origen de la moral (o más exactamente: esto último me interesaba sólo en orden a una finalidad para la cual aquello es un medio entre otros muchos). Lo que a mí me importaba era el valor de la moral, –– y en este punto casi el único a quien yo tenía que enfrentarme era mi gran maestro Schopenhauer 13, al cual se dirige, como si él estuviera presen­te, aquel libro, la pasión y la secreta contradicción de aquel li­bro (pues también él era un «escrito polémico»). Se trataba en especial del valor de lo «no––egoísta», de los instintos de com­pasión, autonegación, autosacrificio, a los cuales cabalmente Schopenhauer había recubierto de oro, divinizado y situado en el más allá durante tanto tiempo, que acabaron por que­darle como los «valores en sí», y basándose en ellos dijo no a la vida y también a sí mismo. ¡Mas justo contra esos instintos dejaba oír su voz en mí una suspicada cada vez más radical, un escepticismo que cavaba cada vez más hondo! Justo en ellos veía yo el gran peligro de la humanidad, su más sublime tentación y seducción ––¿hacia dónde?, ¿hacia la nada?––, justo en ellos veía yo el comienzo del fin, la detención, la fatiga que dirige la vista hacia atrás, la voluntad volviéndose contra la vida, la última enfermedad anunciándose de manera delica­da y melancólica: yo entendía que esa moral de la compasión, que cada día gana más terreno y que ha atacado y puesto en­fermos incluso a los filósofos, era el síntoma más inquietante de nuestra cultura europea, la cual ha perdido su propio ho­gar, era su desvío ¿hacia un nuevo budismo?, ¿hacia un budis­mo de europeos?, ¿hacia el nihilismo?... Esta moderna prefe­rencia de los filósofos por la compasión y esta moderna so­breestimación de la misma son, en efecto, algo nuevo: precisamente sobre la carencia de valor de la compasión ha­bían estado de acuerdo hasta ahora los filósofos. Me limito a mencionar a Platón, Spinoza, La Rochefoucauld y Kant 14, cuatro espíritus totalmente diferentes entre sí, pero confor­mes en un punto: en su menosprecio de la compasión. ––



13. El magisterio de Schopenhauer sobre Nietzsche, primero aceptado con entusiasmo, después rechazado, tiene su máxima expresión en la tercera Intempestiva: Schopenhauer como educador.

14. La alusión de Nietzsche a estos cuatro filósofos, tan escueta, puede ser ejemplificada con facilidad. Sobre la compasión (έλεος) en Platón existen varios textos. De Spinoza baste el siguiente: «Commiseratio in homine qui ex ductu rationis vivit per se mala et inutilis est» (En el hombre que se guía en su vida por la razón, la compasión resulta de suyo mala e inútil). De La Rochefoucauld es Nietzsche mismo quien en otro lugar (Humano, demasiado humano, aforismo 50) cita el pa­saje más significativo de Réflexions, sentences et maximes morales, de La Rochefoucauld. El pasaje, que se encuentra en el Retrato hecho por él mismo, dice así: «Soy poco sensible a la compasión y quisiera no serlo en modo alguno... Pues es ésta una pasión que de nada sirve para la interioridad de un hombre excelente..., debe ser dejada para el pueblo, que, no haciendo nunca nada con la razón, tiene necesidad de las pasiones para ser movido a hacer algo.» En fin, de Kant puede ver­se Crítica de la razón práctica parte primera, libro segundo, capítu­lo 11, 2: «Ese sentimiento mismo de la compasión y de la simpatía tierna, cuando precede a la reflexión sobre qué sea el deber y se con­vierte en fundamento de determinación, es pesado aun a las personas que piensan bien, lleva la confusión a sus máximas reflexionadas y produce el deseo de librarse de él y someterse sólo a la razón legisla­dora.»

6

Este problema del valor de la compasión y de la moral de la compasión (––yo soy un adversario del vergonzoso reblande­cimiento moderno de los sentimientos––) parece ser en un primer momento tan sólo un asunto aislado, un signo de in­terrogación solitario; mas a quien se detenga en esto una vez y aprenda a hacer preguntas aquí, le sucederá lo que me sucedió a mí: –– se le abre una perspectiva nueva e inmensa, se apodera de él, como un vértigo, una nueva posibilidad, surgen toda suerte de desconfianzas, de suspicacias, de mie­dos, vacila la fe en la moral, en toda moral, –– finalmente se deja oír una nueva exigencia. Enunciémosla: necesitamos una crí­tica de los valores morales, hay que poner alguna vez en entre­dicho el valor mismo de esos valores ––y para esto se necesita te­ner conocimiento de las condiciones y circunstancias de que aquéllos surgieron, en las que se desarrollaron y modificaron (la moral como consecuencia, como síntoma, como máscara, como tartufería, como enfermedad, como malentendido; pero también la moral como causa, como medicina, como es­tímulo, como freno, como veneno), un conocimiento que hasta ahora ni ha existido ni tampoco se lo ha siquiera desea­do. Se tomaba el valor de esos «valores» como algo dado, real y efectivo, situado más allá de toda duda; hasta ahora no se ha dudado ni vacilado lo más mínimo en considerar que el «bue­no» es superior en valor a «el malvado» 15, superior en valor en el sentido de ser favorable, útil, provechoso para el hombre como tal (incluido el futuro del hombre). ¿Qué ocurriría si la verdad fuera lo contrario? ¿Qué ocurriría si en el «bueno» hu­biese también un síntoma de retroceso, y asimismo un peligro, una seducción, un veneno, un narcótico, y que por causa de esto el presente viviese tal vez a costa del futuro? ¿Viviese qui­zá de manera más cómoda, menos peligrosa, pero también con un estilo inferior, de modo más bajo?... ¿De tal manera que justamente la moral fuese culpable de que jamás se alcan­zasen una potencialidad y una magnificencia sumas, en sí po­sibles, del tipo hombre? ¿De tal manera que justamente la mo­ral fuese el peligro de los peligros?...



15. La clara distinción alemana entre schlecht y bóse resulta difícil de mantener siempre en castellano. Dada la importancia de la cuestión en este escrito de Nietzsche, en esta traducción se traduce sistemática­mente, como ya se habrá observado, bóse por «malvado» y sehlecht por «malo».

7

Esto fue suficiente para que, desde el momento en que se me abrió tal perspectiva, yo buscase a mi alrededor camaradas doctos, audaces y laboriosos (todavía hoy los busco). Se trata de recorrer con preguntas totalmente nuevas y, por así decirlo, con nuevos ojos, el inmenso, lejano y tan recóndito país de la moral ––de la moral que realmente ha existido, de la moral realmente vivida––: ¿y no viene esto a significar casi lo mismo que descubrir por vez primera tal país?... Si aquí pensé, entre otros, también en el mencionado doctor Rée se debió a que yo no dudaba en absoluto de que la naturaleza misma de sus interrogaciones le empujaría hacia una metó­dica más adecuada, con el fin de obtener respuestas. ¿Me engañé en este punto? En todo caso, mi deseo era propor­cionar a una mirada tan aguda y tan imparcial como aqué­lla una dirección mejor, la dirección hacia la efectiva histo­ria de la moral, y ponerla en guardia, en tiempo todavía oportuno, contra esas hipótesis inglesas que se pierden en el azul del cielo. ¡Pues resulta evidente cuál color ha de ser cien veces más importante para un genealogista de la moral que justamente el azul; a saber, el gris, quiero decir, lo fun­dado en documentos, lo realmente comprobable, lo efecti­vamente existido, en una palabra, toda la larga y difícil­mente descifrable escritura jeroglífica del pasado de la mo­ral humana? –– Este pasado era desconocido para el doctor Rée; pero él había leído a Darwin: y así en sus hipótesis la bestia darwiniana y el modernísimo y comedido alfeñique de la moral, que «ya no muerde», se tienden gentilmente la mano de un modo que, cuando menos, resulta entretenido, mostrando el último en su rostro la expresión de una cierta indolencia bondadosa y delicada, en la que se entremezcla también una pizca de pesimismo, de cansancio: como si en realidad no compensase en absoluto el tomar tan en serio tales cosas ––los problemas de la moral––. A mí, por el contra­rio, me parece que no hay ninguna cosa que compense tan­to tomarla en serio; de esa compensación forma parte, por ejemplo, el que alguna vez se nos permita tomarla con jovia­lidad. Pues, en efecto, la jovialidad, o, para decirlo en mi lenguaje, la gaya ciencia ––es una recompensa: la recompen­sa de una seriedad prolongada, valiente, laboriosa y subte­rránea, que, desde luego, no es cosa de cualquiera. Pero el día en que podamos decir de todo corazón: «¡Adelante! ¡También nuestra vieja moral forma parte de la comedia!», habremos descubierto un nuevo enredo y una nueva posibi­lidad para el drama dionisíaco del «destino del alma» ––: ¡y ya él sacará provecho de ello, sobre esto podemos apostar, él, el grande, viejo y eterno autor de la comedia de nuestra existencia!...



8

–– Si este escrito resulta incomprensible para alguien y llega mal a sus oídos, la culpa, según pienso, no reside necesaria­mente en mí. Este escrito es suficientemente claro, presupo­niendo lo que yo presupongo, que se hayan leído primero mis escritos anteriores y que no se haya escatimado algún esfuerzo al hacerlo: pues, desde luego, no son fácilmente accesibles. En lo que se refiere a mi Zaratustra, por ejemplo, yo no considero conocedor del mismo a nadie a quien cada una de sus palabras no le haya unas veces herido a fondo y, otras, encantado también a fondo 16: sólo entonces le es líci­to, en efecto, gozar del privilegio de participar con respeto en el elemento alciónico 17 de que aquella obra nació, en su luminosidad, lejanía, amplitud y certeza solares. En otros casos la forma aforística produce dificultad: se debe esto a que hoy no se da suficiente importancia a tal forma. Un afo­rismo, si está bien acuñado y fundido, no queda ya «desci­frado» por el hecho de leerlo; antes bien, entonces es cuan­do debe comenzar su interpretación, y para realizarla se ne­cesita un arte de la misma. En el tratado tercero de este libro he ofrecido una muestra de lo que yo denomino «interpre­tación» en un caso semejante: –– ese tratado va precedido de un aforismo, y el tratado mismo es un comentario de él. Des­de luego, para practicar de este modo la lectura como arte se necesita ante todo una cosa que es precisamente hoy en día la más olvidada ––y por ello ha de pasar tiempo todavía hasta que mis escritos resulten «legibles»––, una cosa para la cual se ha de ser casi vaca y, en todo caso, no «hombre moderno»: el rumiar...



16. En varias ocasiones habla Nietzsche de los lectores que él desea para sus obras. Véase en especial Ecce Homo.



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