Nietzsche y la filosofía – Gilles Deleuze



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Resumen: Nietzsche afirma el azar, el caos. La necesidad y el cosmos no se oponen al azar y al caos excluyéndolos. La necesidad es una combinación del azar; el cosmos es un orden del caos. Azar y caos se oponen a la concepción teleológica, al finalismo. El azar compone el orden, la necesidad. La finalidad no se corresponde con el orden sino con la razón, es decir, con el espíritu de venganza.

 

12. Consecuencias para el eterno retorno



 

[44] Cuando los dados lanzados afirman una vez el azar, los dados que caen afirman necesariamente el número o el destino que acompaña a la tirada. Es en este sentido que el segundo momento del juego también es el conjunto de los dos momentos o el jugador que vale por el conjunto. El eterno retorno es el segundo momento, el resultado de la tirada, la afirmación de la necesidad, el número que reúne todos los miembros del azar, pero también el retorno del primer momento271, la repetición de la tirada, la reproducción y la re-afirmación del propio azar. El destino en el eterno retorno es también la «bienvenida» del azar: «Hago hervir en mi olla todo lo que es azar. Y hasta que el azar no está cocido y a punto, no le deseo la bienvenida para hacer de él mi alimento. Y en verdad, mucho azar se ha acercado a mí como dueño: pero mi voluntad le ha hablado más imperiosamente todavía, y ya estaba arrodillado delante mío y suplicándome - me suplicaba darle asilo y cordial acogida, y me hablaba de modo adulador: tenlo en cuenta, Zarathustra, sólo hay un amigo que venga así a casa de un amigo»272. Esto quiere decir: hay muchos fragmentos del azar que pretenden valer por sí mismos; se amparan en su probabilidad, cada uno solicita del jugador varias tiradas; repartidos en varias tiradas, convertidos en simples probabilidades, los fragmentos del azar son esclavos que quieren hablar como señores273; pero Zarathustra sabe que no es así como hay que jugar, ni dejar jugar; al contrario, hay que afirmar todo el azar de un golpe (es decir, hacerlo hervir y cocer como el jugador que calienta los dados en sus manos), para reunir todos los fragmentos y para afirmar el número que no es probable, sino fatal y necesario: sólo entonces es el azar un amigo que va a ver a su amigo, y que éste hace volver, un amigo del destino del que el propio destino asegura el eterno retorno como tal.

[45] En un texto más oscuro, repleto de significación histórica, Nietzsche escribe: «El caos universal, que excluye cualquier actividad de carácter final, no se contradice con la idea del ciclo; porque esta idea no es más que una necesidad irracional»274 275. Esto quiere decir: a menudo se han combinado el caos y el ciclo, el devenir y el eterno retorno276, pero como si pusieran en juego dos términos opuestos. Así, para Platón, el devenir es en sí mismo un devenir ilimitado, un devenir loco, un devenir hybrico y culpable, que, para que adopte un movimiento circular debe sufrir la acción de un demiurgo que le doblegue por la fuerza, que le imponga el límite o el modelo de la idea: he aquí que el devenir o el caos son rechazados por parte de una causalidad mecánica oscura, y el ciclo llevado a una especie de finalidad que se impone desde fuera; el caos no subsiste en el ciclo; el ciclo expresa la forzada sumisión del devenir a una ley que no es la suya. Quizás únicamente Heráclito, incluso entre los presocráticos, sabía que el devenir no es «juzgado», que no puede serlo ni tiene ganas de serlo, que no recibe su ley de otra parte, que es «justo» y posee en sí mismo su propia ley277. Únicamente Heráclito presintió que el caos y el ciclo no se oponían en nada. Y, en verdad, basta afirmar el caos (azar y no causalidad) para afirmar al mismo tiempo el número o la necesidad que lo proporciona (necesidad irracional278 y no finalidad). «No hubo primero un caos, y después, poco a poco, un movimiento regular y circular de todas las formas, al contrario: todo esto es eterno, sustraído al devenir; si alguna vez hubo un caos de fuerzas es que el caos era eterno y ha reaparecido en todos los ciclos. [46] El movimiento circular no ha devenido, es la ley original279, del mismo modo que la masa de fuerza es la ley original sin excepción, sin infracción posible. Todo devenir acontece en el interior del ciclo y de la masa de fuerza»280. Se comprende que Nietzsche no reconociese de ninguna manera su idea del eterno retorno en sus antiguos predecesores. Éstos no veían en el eterno retorno el ser del devenir como tal, lo uno de lo múltiple, es decir, el número necesario, surgido necesariamente de todo el azar. Veían en él incluso lo contrario: una sumisión del devenir, una confesión de su injusticia y la expiación de esta injusticia. Excepto quizás Heráclito, no habían visto «la presencia de la ley en el devenir y del juego en la necesidad»281.
Resumen:
 

13. Simbolismo de Nietzsche



 

Cuando los dados han sido lanzados sobre la mesa de la tierra, ésta «tiembla y se rompe». Porque el lanzamiento de dados es la afirmación múltiple, la afirmación de lo múltiple. Pero todos los miembros, todos los fragmentos se lanzan en una tirada: todo el azar de una vez. Este poder, no de suprimir lo múltiple, sino de afirmarlo en una sola vez, es como el juego: el juego es el elemento que juega, el elemento de las metamorfosis que no tiene contrario. La tierra, que se rompe bajo los dados proyecta pues «ríos de llamas». Como dice Zarathustra, lo múltiple, el azar, sólo son buenos cocidos y hervidos. Hacer hervir, poner en el fuego, no significa abolir el azar, ni hallar lo uno detrás de lo múltiple. Al contrario: la ebullición en la olla es como el chocar de los dados en la mano del jugador, el único modo de hacer de lo múltiple o del azar una afirmación. Entonces los dados lanzados forman el número que proporciona la nueva tirada. Al proporcionar la nueva tirada, el número vuelve a poner al fuego el azar, alimenta el fuego que vuelve a cocer el azar. [47] Porque el número es el ser, lo uno y la necesidad, pero lo uno que se afirma en lo múltiple como tal, el ser que se afirma en el devenir como tal, el destino que se afirma en el azar como tal. El número está presente en el azar como el ser y la ley están presentes en el devenir. Y este número presente que alimenta el fuego, este uno que se afirma en lo múltiple cuando lo múltiple está afirmado, es la estrella danzante, o mejor, la constelación salida de la tirada. La fórmula del juego es: engendrar una estrella danzante con el caos que se lleva en sí282. Y cuando Nietzsche se preguntará por las razones que le han llevado a escoger el personaje de Zarathustra, encontrará tres, tres distintas y de desigual valor. La primera es Zarathustra como profeta del eterno retorno283; pero Zarathustra no es el único profeta, ni siquiera el que presintió mejor la verdadera naturaleza de lo que anunciaba. La segunda razón es polémica: Zarathustra fue el primero en introducir la moral en metafísica, hizo de la moral una fuerza, una causa, un objetivo por excelencia; es por tanto el que está mejor situado284 para denunciar la mixtificación y el error de esa misma moral285. (Pero una razón análoga valdría para Cristo: ¿quién mejor que Cristo es apto para desempeñar el papel de anticristo... y de Zarathustra en persona?)286. La tercera razón, retrospectiva pero única suficiente, es la hermosa razón del azar: «Hoy he sabido por azar lo que significa Zarathustra, a saber, estrella de oro. Este azar me encanta»287.

Este juego de imágenes caos-fuego-constelación reúne todos los elementos del mito de Dionysos. O más bien estas imágenes forman el juego propiamente dionisíaco. Los juguetes de Dionysos niño; la afirmación múltiple y los miembros o fragmentos de Dionysos lacerado; la cocción de Dionysos o lo uno afirmándose en lo múltiple; la constelación llevada por Dionysos, Ariana en el cielo como estrella danzante; el retorno de Dionysos, Dionysos «dueño del eterno retorno». [48] Tendremos ocasión de ver, por otra parte, cómo concebía Nietzsche la ciencia física, la energética y la termodinámica de su tiempo. Desde este momento resulta evidente que sueña en una máquina de fuego completamente distinta a la máquina de vapor. Nietzsche tiene una cierta concepción de la física, pero ninguna ambición como físico. Se concede el derecho poético y filosófico de imaginar máquinas que quizás un día la ciencia se vea obligada a realizar por sus propios medios. La máquina de afirmar el azar, de hacer cocer el azar, de componer el número que proporciona el nuevo lanzamiento de dados, la máquina de desencadenar fuerzas inmensas bajo pequeñas solicitaciones múltiples288, la máquina de jugar con los astros, en resumen, la máquina de fuego heraclitiana289.

Pero para Nietzsche nunca un juego de imágenes ha reemplazado un juego más profundo, el de los conceptos y el del pensamiento filosófico. El poema y el aforismo son las dos expresiones en imágenes de Nietzsche; pero estas expresiones se hallan en una relación determinable con la filosofía. Un aforismo considerado formalmente se presenta como un fragmento; es la forma del pensamiento pluralista; y en su contenido, pretende decir y formular un sentido. El sentido de un ser, de una acción, de una cosa, éste es el objeto del aforismo. A pesar de su admiración por los autores de máximas, Nietzsche ve claramente de lo que carece la máxima como género: sólo es apta para descubrir móviles, por eso sólo se refiere, en general, a los fenómenos humanos. [49] Y, para Nietzsche, los móviles, incluso los más secretos, no son sólo un aspecto antropomórfico de las cosas, sino un aspecto superficial de la actividad humana. Sólo el aforismo es capaz de decir, el sentido, el aforismo es la interpretación y el arte de interpretar. De la misma manera que el poema es la valoración y el arte de valorar: dice los valores. Pero precisamente el valor y el sentido de nociones tan complejas, que el propio poema debe ser valorado, a su vez, objeto de una interpretación, de una valoración. «Un aforismo cuya fundición e impacto sean los que deban ser, no está descifrado por haberse leído: queda mucho aún, porque entonces la interpretación no ha hecho más que empezar»290. Sucede que, desde el punto de vista pluralista, un sentido remite al elemento diferencial del que deriva su significación, como los valores remiten al elemento diferencial de donde deriva su valor. Este elemento siempre presente, pero también siempre implícito y oculto en el poema o en el aforismo, es como la segunda dimensión del sentido y de los valores. Al desarrollar este elemento y desarrollándose en él, la filosofía, en su relación esencial con el poema y con el aforismo, constituye la completa valoración e interpretación, es decir, el arte de pensar, la facultad superior de pensar o la «facultad de rumiar»291. Rumiar y eterno retorno: dos estómagos no son demasiado para pensar. Existen dos dimensiones de la interpretación o de la valoración pudiendo muy bien ser la segunda el retorno de la primera, el retorno del aforismo o el ciclo del poema. Cualquier aforismo debe ser, pues, leído dos veces. Con el lanzamiento de dados comienza la interpretación del eterno retorno, pero no es nada más que el principio. Todavía hay que interpretar el propio lanzamiento de dados, al mismo tiempo que retorna.   

 

14. Nietzsche y Mallarmé



 

[50] No pueden ser exageradas las primeras semejanzas entre Nietzche y Mallarmé292. Éstas se apoyan en cuatro puntos principales y ponen en juego todo el aparato de las imágenes: 1.º Pensar es producir un lanzamiento de dados. Sólo un lanzamiento, a partir del azar, podría afirmar la necesidad, y producir «el único número que no puede ser otro». Se trata de una sola tirada, no de un éxito en varias tiradas: únicamente la combinación, victoriosa de un golpe puede garantizar el volver a tirar293. Los dados lanzados son como el mar y las olas (pero Nietzsche diría: como la tierra y el fuego). Los dados al caer son una constelación, sus puntos forman el número «producto estelar». La mesa del lanzamiento es, pues, doble, mar del azar y cielo de la necesidad, medianoche­mediodía. Medianoche, hora en que se tiran los dados...; 2.º El hombre no sabe jugar. Incluso el hombre superior es incapaz de producir el lanzamiento de dados. El señor es viejo, no sabe lanzar los dados sobre el mar y en el cielo. El viejo señor es «un puente», algo que debe ser superado. Una «sombra pueril», pluma o ala, se posa en la toca de un adolescente, «estatura graciosa, tenebrosa y alzada en torsión de sirena», apta para recoger la tirada. ¿Es el equivalente de Dionysos-niño, ó incluso de los niños de las islas bienaventuradas, hijos de Zarathustra? Mallarmé presenta a Igitur invocando a sus antepasados que no son el hombre sino los Flohim: raza que ha sido pura, que «ha llevado a lo absoluto su pureza, para serlo, y no dejar de ella más que una idea que conduzca a la necesidad»; 3.º No sólo el lanzar los dados es un acto irrazonable e irracional, absurdo y sobrehumano, sino que, al mismo tiempo, constituye la tentativa trágica y el pensamiento trágico por excelencia. [51] La idea mallarmeana del teatro, las célebres correspondencias y ecuaciones entre «drama», «misterio», «himno», «héroe», testimonian una reflexión equiparable en apariencia a la del Origen de la Tragedia, aunque no sea más que por la eficaz sombra de Wagner como común predecesor; 4.º El número-constelación es, o podría ser el libro, la obra de arte, como finalidad y justificación del mundo. (Nietzsche escribía a propósito de la justificación estética de la existencia: se puede ver en el artista «como la necesidad y el juego, el conflicto y la armonía, se acoplan para engendrar la obra de arte»)294. Y el número fatal y sideral produce la nueva tirada, del mismo modo que el libro es a la vez único y móvil. La multiplicidad de los sentidos y de las interpretaciones es explícitamente afirmada por Mallarmé; pero es el correlativo de otra afirmación, la de la unidad del libro o del texto «incorruptible como la ley». El libro es el ciclo y la ley presente en el devenir.

Por muy precisas que sean, estas semejanzas son superficiales. Porque Mallarmé ha concebido siempre la necesidad como abolición del azar. Mallarmé concibe el lanzamiento de dados de manera que el azar y la necesidad se oponen como dos términos, de los que el segundo debe negar al primero, y de los que el primero sólo puede hacer fracasar al segundo. La tirada sólo se consigue si se anula el azar; precisamente fracasa porque, en alguna manera, el azar aún subsiste: «Por el solo hecho de realizarse (la acción humana) utiliza los medios del azar». Por eso el número salido de la tirada todavía es azar. A menudo se ha observado que el poema de Mallarmé se insiere en el viejo pensamiento metafísico de una dualidad de mundos; el azar es como la existencia que debe ser negada, la necesidad como el carácter de la idea pura o de la eterna esencia. [52] Hasta el punto que la última esperanza de la tirada, es que halle su modelo inteligible en el otro mundo, llevada por una constelación a «alguna superficie vacante y superior», donde el azar no exista. Finalmente, la constelación es menos el producto de la tirada que su paso al límite o al otro mundo. No nos preguntaremos cuál es el aspecto que predomina en Mallarmé, el de la depreciación de la vida o el de la exaltación de lo inteligible. En una perspectiva nietzscheana ambos aspectos son inseparables y constituyen propiamente el «nihilismo», es decir la manera en que la vida es acusada, juzgada, condenada. Todo el resto se desprende de ahí; la raza de Igitur no es el superhombre, sino una emanación del otro mundo. La estatura graciosa no es la de los niños de las islas bienaventuradas, sino la de Hamlet «príncipe amargo del escollo», al que Mallarmé llama en otra parte «señor latente que no puede devenir». Herodíade no es Ariana, sino la glacial criatura del resentimiento y de la mala conciencia, el espíritu que niega la vida, perdido en sus agrios reproches a la Nodriza. La obra de arte para Mallarme es «justa», pero su justicia no es la de la existencia, es todavía una justicia acusatoria que niega la vida, que supone su fracaso y su impotencia295. Hasta el ateísmo de Mallarme es curioso, puesto que va a buscar en la misa un modelo del teatro soñado: la misa, no el misterio de Dionysos... Realmente, rara vez se lleva tan lejos, y en todas direcciones, la eterna empresa de depreciar la vida. Mallarmé es el lanzamiento de dados, pero visto por el nihilismo, interpretado en las perspectivas de la mala conciencia o del resentimiento. Y la tirada de dados no es nada, alejada de su contexto afirmativo y apreciativo, alejada de la inocencia y de la afirmación del azar. El lanzamiento de dados no es nada si en él se oponen el azar y la necesidad.

 

15. El pensamiento trágico



[53] ¿Es sólo una diferencia psicológica? ¿Una diferencia de humor o de tono? Hay que plantear un principio del que depende la filosofía de Nietzsche en general: el resentimiento, la mala conciencia, etc., no son determinaciones psicológicas. Nietzsche llama nihilismo a la empresa de negar la vida, de depreciar la existencia; analiza las principales formas de nihilismo, resentimiento, mala conciencia, ideal ascético; denomina espíritu de venganza al conjunto del nihilismo y de sus formas. Y el nihilismo y sus formas no se reducen a determinaciones psicológicas, pero tampoco a acontecimientos históricos o corrientes ideológicas, y menos aún a estructuras metafísicas.296 Indudablemente el espíritu de venganza se expresa biológica, psicológica, histórica y metafísicamente; el espíritu de venganza es un tipo, no separable de una tipología297, pieza clave de la filosofía nietzscheana. Pero todo el problema se resume en: ¿cuál es el carácter de esta filosofía? Lejos de ser un rasgo psicológico, el espíritu de venganza es el principio del que depende nuestra psicología. No es el resentimiento el que es de la psicología, sino toda nuestra psicología que, sin saberlo, es la del resentimiento. De igual modo, cuando Nietzsche demuestra que el cristianismo está lleno de mala conciencia y de resentimiento, no hace del nihilismo un hecho histórico, sino más bien el elemento de la historia como tal, el motor de la historia universal, el famoso «sentido histórico», o «sentido de la historia», que halla en el cristianismo, en un momento, su manifestación más adecuada. Y cuando Nietzsche lleva a cabo la crítica de la metafísica hace del nihilismo el presupuesto de cualquier metafísica, no la expresión de una metafísica particular: no existe metafísica que no juzgue y no deprecie la existencia en nombre de un mundo supra-sensible298.299 [54] Tampoco se dirá que el nihilismo y sus formas sean categorías del pensamiento300; ya que las ca­tegorías del pensamiento como pensamiento razonable, la identidad, la causalidad, la finalidad, suponen en sí mismas una interpretación de la fuerza que es la del resentimiento. Por todas estas razones Nietzsche puede decir: «El instinto de venganza se ha apoderado hasta tal punto de la humanidad en el curso de los si­glos que toda la metafísica, la psicología301, la historia y sobre todo la moral llevan su huella. Desde que el hombre ha pensado, ha introducido en las cosas el bacilo de la venganza»302 303. Debemos entender: el instinto de venganza es la fuerza que constituye la esencia de lo que nosotros llamamos psicología, historia, metafísica y moral. El espíritu de venganza es el elemento genealógico de nuestro pensamiento, el principio trascendental de nuestro modo de pensar. La lucha de Nietzsche contra el nihilismo y el espíritu de venganza significará, pues, inversión de la metafísica, fin de la historia como historia del hombre304, transformación de ciencias. Y, a decir verdad, ignoramos lo que sería un hombre desprovisto de resentimiento. Un hombre que no acusara y no depreciara la existencia, ¿seguiría siendo un hombre?, ¿pensaría aún como un hombre?, ¿no sería ya algo distinto del hombre, casi el superhombre?305 Tener resentimiento, no tenerlo: no existe mayor diferencia, más allá de la psicología, más allá de la historia, más allá de la meta­física. Es la verdadera diferencia o la tipología trascendental ---la diferencia genealógica y jerárquica306.

Nietzsche presenta la finalidad de su filosofía: liberar el pen­samiento del nihilismo y de sus formas. Y esto implica un nuevo modo de pensar, una conmoción del principio del que depende el pensamiento, una reincorporación del propio principio genealógico, una «transmutación». Desde hace mucho tiempo, no hemos dejado de pensar en términos de resentimiento y de mala conciencia. No hemos tenido otro ideal que el ideal ascético. Hemos opuesto el conocimiento a la vida, para juzgar la vida, para hacer de ella algo culpable, responsable y erróneo. [55] Hemos hecho de la voluntad algo malo, atacado por una contradicción original: decíamos que había que rectificarla, frenarla, limitarla, e incluso negarla, suprimirla. Sólo a este precio era buena. Ninguna filosofía al descubrir aquí o allí la esencia de la voluntad, ha dejado de gemir sobre su propio descubrimiento y, como el divino atemorizado no ha dejado de ver en ella tanto el mal presagio para el futuro como la fuente de los males del pasado. Schopenhauer lleva hasta las últimas consecuencias esta vieja concepción: el presidio de la voluntad, dice, y la rueda de Ixion. Nietzsche es el único que no gime sobre el descubrimiento de la voluntad, que no intenta conjurarla ni limitar su efecto. «Nuevo modo de pensar» significa: un pensamiento afirmativo, un pensamiento que afirma la vida y la voluntad en la vida, un pensamiento que expulsa, finalmente, todo lo negativo307. Creer en la inocencia del porvenir y del pasado, creer en el eterno retorno. Ni se plantea la voluntad como culpable, ni la propia voluntad se siente culpable de existir: es lo que Nietzsche llama su alegre mensaje. «Voluntad, así se llama el liberador y el mensajero de alegría»308. El alegre men­saje es el pensamiento trágico; porque lo trágico no está en las recriminaciones del resentimiento, en los conflictos de la mala conciencia, ni en las contradicciones de una voluntad que se siente culpable y responsable. Lo trágico tampoco se halla en la lucha contra el resentimiento, la mala conciencia o el nihilismo. Según Nietzsche lo trágico nunca ha sido comprendido: trágico = alegre. Otro modo de plantear la gran ecuación: querer = crear. No se ha comprendido que lo trágico era positividad pura y múltiple, alegría dinámica. Trágico es la afirmación: porque afirma el azar y, por el azar, la necesidad; porque afirma el devenir y, por el devenir, el ser; porque afirma lo múltiple y, por lo múltiple, lo uno309. Trágico es el lanzamiento de dados. Todo lo demás es nihilismo, pathos dialéctico y cristiano, caricatura de lo trágico, comedia de la mala conciencia.

 

16. La piedra clave



 

[56] Cuando nos entran ganas de comparar a Nietzsche con otros autores que se llamaron o fueron llamados «filósofos trágicos» (Pascal, Kierkegaard, Chestov), no debemos contentarnos con la palabra tragedia. Hemos de tener en cuenta la última voluntad de Nietzsche. No basta preguntar: ¿qué piensa este otro? ¿puede compararse con lo que piensa Nietzsche? Pero, ¿cómo piensa este otro? ¿cuál es, en su pensamiento, la parte subsistente de resentimiento y de mala conciencia? El ideal ascético, el espíritu de venganza ¿subsisten en su manera de comprender lo trágico? Pascal, Kierkegaard, Chestov, con su genio, supieron llevarla crítica más lejos de lo que se había hecho hasta entonces. Eliminaron la moral, invirtieron la razón. Pero, atrapados en las redes del resentimiento, seguían dirigiendo sus fuerzas hacia el ideal ascético. Eran poetas de este ideal. Lo que oponían a la moral, a la razón, seguía siendo este ideal en el que se sumerge la razón, este cuerpo místico en el que se enraiza, la interioridad-la araña. Para filosofar necesitan de todos los recursos y del hilo de la interioridad; angustia, gemido, culpabilidad, todas las formas del descontento310 311. Ellos mismos se colocan bajo el signo del resentimiento: Abraham y Job312. Les falta el sentido de la afirmación, el sentido de la exterioridad, la inocencia y el juego. «No hay que esperar encontrarse en la desgracia313, dice Nietzsche, como creen los que hacen derivar la filosofía del descontento. Es en la felicidad donde hay que empezar, en plena madurez viril, en el fuego de esta ardiente alegría, que es la de la edad adulta y victoriosa»314 315. Desde Pascal a Kierkegaard, se apuesta y se salta. Pero no son los ejercicios de Dionysos ni de Zarathustra: saltar no es danzar, y apostar no es jugar. Obsérvese como Zarathustra, sin ninguna idea preconcebida, opone jugar a apostar, y danzar a saltar: el mal jugador es el que apuesta, y sobre todo, el bufón es el que salta, el que cree que saltar significa danzar, alcanzar, sobrepasar316.

[57] Si invocamos la apuesta de Pascal es para concluir finalmente que no tiene nada en común con el lanzamiento de dados. En la apuesta no se trata de afirmar el azar, todo el azar, sino, al contrario, de fragmentarlo en probabilidades, de cotizarlo en «azares de ganancia y de pérdida». Por esto es inútil preguntarse si la apuesta tiene un sentido teológico o puramente apologético. Porque la apuesta de Pascal no concierne para nada a la existencia o a la no-existencia de Dios. La apuesta es antropológica, y concierne únicamente a dos modos de existencia del hombre, la existencia del hombre que dice que Dios existe y la existencia del hombre que dice que Dios no existe. La existencia de Dios, al no estar puesta en juego en la apuesta, es al mismo tiempo la perspectiva supuesta por la apuesta, el punto de vista según el cual el azar se fragmenta en azar de ganancia y azar de pérdida. La alternativa se halla enteramente bajo el signo del ideal ascético de la depreciación de la vida. Tiene razón Nietzsche al oponer su propio juego a la apuesta de Pascal. «Sin la fe cristiana, pensaba Pascal, seríais por vosotros mismos, como la naturaleza y la historia, un monstruo y un caos: hemos comprobado esta profecía»317. Nietzsche quiere decir: hemos sabido descubrir otro juego, otra manera de jugar; hemos descubierto lo sobrehumano por encima de dos modos existencia humanos-demasiado humanos; hemos sabido afirmar todo318 el azar en lugar de fragmentarlo y dejar hablar a un fragmento como señor; hemos sabido hacer del caos un objeto de afirmación, en lugar de plantearlo como algo que debe ser negado319... Y cada vez que se compara a Nietzsche con Pascal (o Kierkegaard, o Chestov), se impone una idéntica conclusión, la comparación sólo vale hasta un cierto punto: hecha abstracción de lo que es lo esencial para Nietzsche, hecha abstracción del modo de pensar. [58] Hecha abstracción del pequeño bacilo, el espíritu de venganza, que Nietzsche diagnostica en el universo. Nietzsche decía: «El hybris es la piedra clave de todo heraclitismo, allí es donde puede demostrar si ha comprendido o no a su maestro». El resentimiento, la mala conciencia, el ideal ascético, el nihilismo, son la piedra clave de todo nietzscheano. Allí es donde puede demostrar si ha comprendido o no el verdadero sentido de lo trágico




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