Neuroeducación: el cerebro en la escuela



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Neuroeducación: el cerebro en la escuela
Antonio M. Battro
Doctor en Medicina (Universidad de Buenos Aires). Doctor en Psicología (Universidad de Paris).

Miembro de la Pontificia Academia de Ciencias y de la Academia Nacional de Educación.

Director de International Institute of Mind, Brain and Education: Ettore Majorana Centre for Scientific Culture. Erice, Italia www.ccsem.infn.it

Presidente de IMBES, International Mind, Brain and Education Society. www.imbes.org

Jefe de Educación, One Laptop per Child, Cambridge, Massachusetts. www.laptop.org


Introducción
El gran tema en toda nuestra educación es convertir al sistema nervioso en nuestro aliado y no en nuestro enemigo

William James. (The principles of psychology, 1890)
Se trata de introducir una nueva forma de encarar la educación con el auxilio de las ciencias del cerebro y de la mente. Llamamos neuroeducación a esta nueva interdisciplina y transdisciplina que promueve una mayor integración de las ciencias de la educación con aquellas que se ocupan del desarrollo neurocognitivo de la persona humana (Battro & Cardinali, 1996). Interdisciplina en tanto es la intersección de muchas disciplinas relacionadas con el aprendizaje y la enseñanza en todas sus formas, transdisciplina en cuanto es una nueva integración, absolutamente original de aquellas en una nueva categoría conceptual y práctica (Koizumi, 2006). Ello implica la formación de “neuroeducadores” entre los docentes interesados por la investigación en neurociencias y entre los neurocientíficos interesados en la educación, es decir se abre la puerta a una nueva profesión y a un nuevo tipo de expertos.
Es interesante consignar al respecto, que hasta hace pocos años educación y las neurociencias sólo se tocaban tangencialmente. La prueba es que en los tratados más autorizados (Gazzaniga, 2000) y en los variados congresos de neurociencias cognitivas realizados en la llamada “década del cerebro” (1990-2000) la educación como tal no tenía casi relevancia. El primer curso universitario sobre mente, cerebro y educación (Mind, Brain and Education, MBE), fue inaugurado en la Escuela de Educación de Harvard por Kurt W. Fischer y Howard Gardner en 2000 y sigue convocando a numerosos estudiantes. Muchos de ellos se han graduado y son los propulsores más comprometidos en las nuevas actividades de la neuroeducación (http://gseweb.harvard,edu/-mbe), una ciencia joven para jóvenes (Fischer, Immordino-Yang, 2008, Tokuhama-Espinosa, 2010, 2011). El ejemplo cunde y ya son varias las universidades de América, Europa y Asia- Pacífico, que ofrecen cursos y promueven investigaciones de neuroeducación (IMBES, Mind, Brain and Education Society: www.imbes.org).
Por eso hablamos del “cerebro en la escuela”. Esta expresión destaca el papel crucial del cerebro en el aprendizaje tanto como en la enseñanza. Evidentemente el cerebro está siempre activo en toda tarea humana y es obvio que se lo tome en cuenta en la educación. Pero no basta hacerlo en forma implícita, como es lo habitual, es preciso explicitar las funciones neurocognitivas propias de la educación, tanto en el aprendizaje como en la enseñanza, con el mayor detalle posible. La novedad estriba en que hoy se lo puede estudiar con recursos de alta tecnología como las imágenes cerebrales, las pruebas genéticas y las simulaciones computacionales. Se trata de estudiar el cerebro de quien aprende y de quien enseña con los métodos que ofrecen las ciencias naturales y humanas más avanzadas. El cerebro humano es un órgano de una complejidad inigualable y es el fruto de una historia evolutiva que resulta crucial a la hora de proceder a su estudio, por eso las investigaciones comparadas de los procesos de aprendizaje entre diferentes especies son imprescindibles y, a su vez, resaltan el valor excepcional de la persona humana, el único ser capaz de enseñar de generación y generación acrecentando la información recibida y perfeccionando sin cesar los instrumentos tecnológicos y cognitivos. La notable capacidad de enseñar y de aprender del Homo sapiens es el motor de la sociedad y la fuente de la cultura y de sus más altos valores. Ello significa que debemos encontrar un nuevo equilibrio entre los avances científicos y los desafíos de una educación en un mundo que marcha hacia una globalización creciente e inexorable, es decir a favor de la dignidad de la persona humana en todo tiempo y lugar.
Si queremos traer el cerebro al aula es porque pensamos que su mejor conocimiento enriquecerá tremendamente la actividad docente, el proceso de aprendizaje del alumno y nuestro conocimiento sobre el ser humano. Es bueno que enfaticemos el grado superlativo de complejidad de los procesos cerebrales para no aspirar a recetas mágicas ni a contentarnos con programas elementales que tratan al cerebro como un simple músculo que es conveniente ejercitar para adquirir una habilidad mental determinada. Debemos luchar desde el comienzo contra una visión tan superficial que lamentablemente es la que a veces se transmite a la opinión pública. Los organismos responsables, nacionales e internacionales deben dar los pasos que aconseje la prudencia y la investigación incesante y rigurosa para que la información sea veraz y probada. Un ejemplo admirable es el de la Organización Económica para el Desarrollo con sede en París OECD que puso en funcionamiento una iniciativa internacional llamada CERI para las ciencias del aprendizaje y la investigación cerebral, que cuenta ya con decenas de países afiliados y una multitud de programas científicos exitosos en curso. La característica común de todos estos proyectos es el trabajo en equipo, internacional e interdisciplinario. Una increíble variedad de disciplinas y conocimientos, de personalidades y motivaciones se entrelazan y fecundan en una tarea educativa que pocos pudieron imaginar hace apenas una década. Pero tal vez lo decisivo haya sido que los educadores y los investigadores han comenzado a conocerse mejor, a trabajar juntos, a enriquecerse mutuamente. Las alianzas más variadas se construyen por encima de las fronteras tradicionales y se van extendiendo a culturas diferentes de manera gradual pero sistemática. Esto es importante pues la educación es a su vez semilla y fruto de la cultura. El cerebro humano se educa en una cultura determinada donde se habla una lengua particular y se practican valores familiares, sociales, económicos, políticos y religiosos propios. La novedad absoluta es que hoy podemos estudiar cómo se incorpora la cultura en el cerebro. Por ejemplo, antes sabíamos que el lenguaje se procesaba en determinados circuitos de la corteza cerebral, ahora podemos incluso detectar por la imagen cerebral si es una primera lengua, o también si se trata de una lengua “transparente” como el español donde hay estrecha correspondencia entre la ortografía y la fonética, y muchos detalles más. Dicho de otro modo, la cultura modifica nuestro cerebro y esto se hace de muy variadas maneras (Paulesu, 2000, Dehaene, 2007, 2008, 2011). La exploración de este campo apasionante apenas ha comenzado pero ya promete resultados significativos para la educación.




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