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Jesús, un hombre de singular fantasía creadora



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2. Jesús, un hombre de singular fantasía creadora

Hablar de la fantasía creadora de Jesús puede resultar extraño. La Iglesia y los teólogos no suelen expresarse de este modo. Pero, a pesar de ello, hemos de decir que hay muchas maneras de hablar de Jesús, como lo demuestra el propio Nuevo Testamento. ¿Quién sabe si esta noción de «fantasía» no nos revelará la originalidad y el misterio de Cristo? Son muchos los que entienden mal la fantasía y piensan que es sinónimo de ensueño, de fuga utópica de la realidad, de ilusión pasajera. Pero, en realidad, la fantasía significa algo mucho más profundo. La fantasía es una forma de libertad, porque nace de la confrontación con la realidad y el orden establecido, del inconformismo frente a una situación ya dada y perfectamente determinada.

La fantasía es la capacidad de ver al hombre como algo mayor y más rico que su entorno cultural y concreto; es tener el valor de pensar y decir algo nuevo y avanzar por caminos aún no explorados, pero llenos de sentido humano. Así considerada, podemos decir que la fantasía era una de las cualidades fundamentales de Jesús. Tal vez no haya habido en la historia de la humanidad nadie con una fantasía más rica que la de Jesús.

a) Jesús, un hombre con el valor de decir: Yo

Como ya hemos suficientemente considerado, Jesús no acepta sin más ni más las tradiciones judaicas, las leyes, los ritos sagrados y el orden establecido de su época. Ya al comienzo de su evangelio nos dice Marcos que Cristo enseñaba una «doctrina nueva» (Mc 1, 27). Jesús no repite lo que había enseñado el Antiguo Testamento. Por eso tuvo el valor de alzarse y proclamar: «Habéis oído que se dijo a los antepasados...» (y al decirlo pensaba Jesús en la Ley, en Moisés y en los Profetas), «pero yo os digo...» Jesús es una persona que se atreve a decir 'YO' en voz alta, sin buscar el aval de otra autoridad exterior a él. Lo nuevo que él predica no es algo que los hombres desconozcan en absoluto, sino lo que ordena el buen sentido y que había sido perdido a causa de las complicaciones religiosas, morales y culturales creadas por los hombres. Cristo vino a descubrir la novedad de lo más antiguo y originario del hombre, hecho a imagen y semejanza del Padre. No se preocupa por el orden (que muchas veces no es sino orden dentro del desorden), sino que permite que reine la fantasía creadora, con lo cual desconcierta a las personas instaladas que se preguntan: Pero ¿quién es éste? ¿Acaso no es el carpintero, el hijo de María? (cf. Mc 6, 3a; Mt 13, 53-58; Lc 4, 16-30; Jn 6, 42). Anda con gente proscrita; acepta en su compañía a personas dudosas, como podían ser dos o tres de sus discípulos antiguos guerrilleros (Simón el cananeo, Judas Iscariote y Simón Bar Joña); origina un vuelco del cuadro social y religioso al decir que los últimos serán los primeros (Mc 10, 31), que los humildes heredarán la tierra (Mt 5, 4) y que los publícanos y las prostitutas entrarán en el Reino de los Cielos más fácilmente que los piadosos escribas y fariseos (Mt 21, 31). No discrimina a nadie: ni a los herejes y cismáticos samaritanos (Lc 10, 29-37; Jn 4, 5-42), ni a las personas de mala reputación como las prostitutas (Lc 7, 36-50), ni a los marginados (enfermos, leprosos, pobres), ni a los ricos, cuyas casas frecuenta para decirles: «¡Ay de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo» (Lc 6, 24), como tampoco rechaza las invitaciones de sus adversarios más recalcitrantes, los fariseos, aunque es capaz de decirles siete veces con toda libertad: «¡Ay de vosotros, fariseos hipócritas y ciegos!» (Mt 23, 13-29).



b) Jesús no empleó nunca la palabra 'obediencia'

El orden establecido es relativizado, y el hombre liberado de las ataduras que lo mantenían preso. La sujección al orden suele denominarse 'obediencia'. Pero la predicación y las exigencias de Cristo no presuponen un orden establecido (establishment), sino que, por el contrario, lo cuestionan, a causa de la fantasía creadora y la espontaneidad de Jesús. La palabra obediencia (y sus derivados), que aparece 87 veces en el Nuevo Testamento, no fue jamás empleada por Cristo, por lo que podemos saber. Con ello no queremos decir que Cristo no haya planteado severas exigencias. Pero, para él, la obediencia no es el cumplimiento de unas órdenes, sino una decisión firme en favor de lo que Dios exige en una situación determinada. Como tampoco la voluntad de Dios se manifiesta en la ley, sino que suele revelarse en la situación concreta en la que la conciencia se ve sorprendida por una pro-puesta que exige una res-puesta res-ponsable. La gran dificultad que encuentra Jesús en sus disputas con los teólogos y los maestros de su tiempo consiste precisamente en esto: lo que Dios quiere de nosotros no puede ser resuelto con un mero recurso a las Escrituras. Hemos de discernir los signos de los tiempos y lo que de imprevisto pueda tener la situación (cf. Lc 12, 54-59). Esto es un evidente llamamiento a la espontaneidad, a la libertad y al uso de nuestra fantasía creadora. La obediencia significa abrir los ojos a la situación, decidirse y arriesgarse en la aventura de responder a Dios, el cual habla aquí y ahora. El Sermón de la Montaña, que no pretende ser una ley, es una invitación que se hace a todos a adquirir y poseer una conciencia sumamente clara y una capacidad ilimitada para comprender, simpatizar, sintonizar y amar a los hombres en sus limitaciones y en sus realizaciones.



c) Jesús no tiene esquemas pre-fabricados

El mismo Jesús constituye el mejor ejemplo de esta forma de existir, resumida en una frase del evangelio de Juan: «Al que venga a mí, no le echaré fuera» (Jn 6, 37). Jesús acoge a todo el mundo: a los pecadores, con quienes comparte la mesa (Lc 15, 2;Mt 9, 10-11); a los niños (Mc 10, 13-16); atiende a la anciana encorvada (Lc 13, 10-17), al ciego anónimo que le invoca desde el borde del camino (Mc 10, 46-52), a la mujer que se avergüenza de su menstruación (Mc 5, 25-34); recibe por la noche a un conocido 'teólogo' (Jn 3, 1 ss). No tiene tiempo ni para comer (Mc 3, 20; 6, 31), y duerme profundamente a causa del cansancio (Mc 4, 38). Su forma de hablar puede resultar dura cuando habla contra los que procuran conservar las apariencias (Mt 3, 7; 23, 1-39; Jn 8, 33-44), pero pueden ser también palabras de comprensión y perdón (Jn 8, 10-11). En su modo de hablar y de actuar, en el trato que observa con los diversos estratos sociales, nunca encuadra a las personas en esquemas prefabricados. Respeta a cada cual en su originalidad: al fariseo como fariseo, a los escribas como escribas, a los pecadores como pecadores, a los enfermos como enfermos. Su reacción es siempre sorprendente: para cada uno tiene la palabra apropiada o el gesto adecuado. Como dice San Juan: «No tenía necesidad de que se le informara acerca de los hombres, pues él conocía lo que hay en el hombre» (Jn 2, 25). Sin que nadie se lo diga, él conoce los pecados del paralítico (Mc 2, 5), la auténtica gravedad de la hija de Jairo (Mc 5, 39), el estado de la mujer que padecía flujo de sangre (Mc 5, 29 ss), del hombre poseído por el demonio (Mc 1, 23 ss; 5, 1 ss), los pensamientos más íntimos de sus adversarios (Mc 2, 8; 3, 5). Es, con toda seguridad, un carismático sin parangón en la historia. Manifiesta una soberanía impresionante. Pone al descubierto las preguntas capciosas (Mc 12, 13ss) y da respuestas sorprendentes. Puede hacer abrir la boca de sus adversarios, pero puede también tapársela (Mt 22, 34). Los evangelios refieren muchas veces que Cristo callaba. Oir al pueblo y sentir sus problemas es una de las formas de amarlo.



d) ¿Fue Jesús un liberal?

Esta pregunta se la hacía hace años uno de los principales exegetas, y él mismo respondía: «Jesús fue un liberal. Es algo de lo que podemos estar absolutamente seguros, aun cuando las Iglesias y las personas piadosas protesten y crean que esto es una blasfemia. Jesús fue un liberal porque, en nombre de Dios y con la fuerza del Espíritu Santo, interpretó y valoró a Moisés, la Escritura y la Dogmática a partir del amor, con lo cual permitió a los piadosos seguir siendo humanos y hasta razonables». Para cerciorarnos de la verdad que encierra esta afirmación, basta con recordar el siguiente episodio que realza maravillosamente la liberalidad y la amplitud de miras de Jesús: «Juan le dijo: 'Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y no viene con nosotros; nosotros tratamos de impedírselo porque no venía con nosotros'. Pero Jesús contestó: 'No se lo impidáis, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros'» (Mc 9, 38-40; Lc 9, 49-50). Cristo no es ningún sectario, como lo han sido muchos de sus discípulos a lo largo de la historia. Jesús vino para vivir y ser Cristo, no para predicar a Cristo o anunciarse a sí mismo. Por eso siente realizada su misión allá donde ve a hombres que le siguen y, aun sin una referencia explícita a su nombre, hacen lo que él quiso y proclamó. Y lo que quiso es evidente: la felicidad del hombre, que sólo puede hallarla si se abre al otro y al Gran Otro, Dios (cf. Lc 10, 2537; Mc 12, 28-31; Mt 22, 34-40). Hay un pecado que es radicalmente mortal: el pecado contra el espíritu humanitario. En la parábola de los cristianos anónimos, de Mt 25, 31-46, el Juez eterno no examinará a nadie por los cánones de la dogmática, ni se interesará por saber si en la vida de cada hombre hubo o no una referencia explícita al misterio de Cristo. Nos preguntará si hemos hecho algo en favor de los necesitados. En esto se decide todo. «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o en la cárcel, y no te asistimos?». Y él responderá: «En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños conmigo dejasteis de hacerlo» (Mt 25, 44-45). El sacramento del hermano es absolutamente necesario para la salvación. Quien niega al hermano niega la causa de Cristo, aun cuando tenga siempre a Cristo en los labios y se declare públicamente en su favor. La fantasía exige creatividad, espontaneidad y libertad. Es precisamente esto lo que Cristo exige cuando nos propone el ideal del Sermón de la Montaña. Aquí ya no cabe hablar en términos de leyes, sino en términos del amor que supera todas las leyes. La invitación de Cristo: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5, 48), derribó todas las posibles barreras a la fantasía religiosa que hayan podido ser erigidas por las religiones, por las culturas o por las situaciones existenciales.



3. La originalidad de Jesús

Al hablar de la originalidad de Jesús, hemos de aclarar previamente un equívoco. Original no es una persona que dice pura y simplemente algo nuevo. Original tampoco es sinónimo de 'exquisito'. Original viene de 'origen'. Quien está cerca del origen y de lo originario y, en virtud de su vida, palabras y obras, lleva a los otros al origen y a lo originario de sí mismos, ese puede ser denominado con toda propiedad original. En este sentido, Cristo fue original. No porque descubriera cosas nuevas, sino porque dijo las cosas con una inmediatez y una soberanía absolutas. Todo lo que él dice y hace es diáfano, cristalino y evidente. Y los hombres comprenden en seguida. Eso es precisamente. En contacto con Jesús, cada cual se encuentra consigo mismo y con aquello que de mejor hay en él. Eso es: cada cual es llevado a lo originario. Y el afrontar ese originario genera una crisis: urge decidirse y convertirse o, de lo contrario, instalarse en lo derivado, en lo secundario, en la situación vigente. El buen sentido es la captación de ese originario en el hombre que la gente vive y conoce, pero que es difícil formular y fijar en imágenes. Cristo, sin embargo, supo verbalizar lo originario o sana razón de un modo genial, como ya hemos visto. Por eso resuelve todos los conflictos y pone un «y» donde la mayoría pone un «o». El autor de la carta a los Efesios dice perfectamente que Cristo derribó el muro que separaba a los paganos de los judíos, «haciendo de los dos un solo Hombre Nuevo» (Ef 2, 14-15). El derribó todos los muros, de lo sagrado y lo profano, de los convencionalismos, de los legalismos. de las divisiones entre los hombres y entre los sexos, de los hombres con Dios, porque ahora todos tienen acceso a El y pueden decir: «¡Abbá, Padre!» (Ef 3, 18; cf. Gal 4, 6; Rom 8, 15). Todos somos hermanos e hijos del mismo Padre. La originalidad de Jesús consiste, pues, en que fue capaz de alcanzar aquella profundidad humana que atañe indistintamente a todos los hombres. De ahí que no fundara una escuela más, ni elaborara un nuevo ritual de oración, ni prescribiera una super-moral. Jesús alcanza una dimensión y abre un horizonte que obliga a todo a revolucionarse, a revisarse y a convertirse. ¿A qué se debe el que Cristo sea tan original, soberano y majestuoso? De esta pregunta nació en otro tiempo la Cristología, y sigue naciendo hoy. Antes de ponernos a atribuir títulos divinos a Jesús, los evangelios nos permiten hablar de él en un sentido muy humano. La fe nos dice que en él «apareció la bondad y el amor humanitario de nuestro Dios» (Tit. 3, 4). Y ¿cómo descubrimos esto? ¿Acaso no es en su extraordinario buen sentido, en su singular fantasía creadora y en su inigualable originalidad?



4. Conclusión: Relevancia teológica del comportamiento de Jesús

El interés por las actividades y el comportamiento del Jesús histórico parte del supuesto de que en él se reveló lo que de más divino hay en el hombre y lo que de más humano hay en Dios. Aquello, por consiguiente, que surgió y se expresó en Jesús debe surgir y expresarse también en sus seguidores:18 una apertura total a Dios y a los demás; un amor indiscriminado y sin límites; un espíritu crítico frente a la situación social y religiosa vigente, porque ésta no encarna sin más ni más la voluntad de Dios; un cultivo de la fantasía creadora que, en nombre del amor y de la libertad de los hijos de Dios, cuestione las estructuras culturales; una primacía del hombre-persona sobre las cosas, que son del hombre y para el hombre. El cristiano ha de ser un hombre libre y liberado. Con lo cual no queremos decir que haya de ser un anarquista y un sin-ley, sino que entiende de modo distinto la ley. Como dice Pablo, «ya no está bajo la ley» (Rom 6, 15), sino bajo «la ley de Cristo» (1 Cor 9, 21) que le permite —siendo «totalmente libre» (ICor 9, 19)— vivir ya con los que están bajo la ley, ya con los que están fuera de la ley, a fin de ganar a ambos (ICor 9, 19-23). Como se ve, la ley es aquí relativizada y puesta al servicio del amor. «Para ser libres nos libertó Cristo... y no os dejéis oprimir nuevamente bajo el yugo de la esclavitud» (Gal 5,1). Todo esto lo vemos realizado de un modo paradigmático en Jesús de Nazaret, con una espontaneidad que seguramente no tiene paralelo en la historia de las religiones. Si desteologiza la religión haciendo que se busque la voluntad de Dios no sólo en los Libros Sagrados, sino principalmente en la vida cotidiana; si desmitologiza él lenguaje religioso haciendo uso de las expresiones de las experiencias comunes a todos; si desritualiza la piedad insistiendo en la idea de que el hombre se encuentra siempre delante de Dios y no sólo cuando acude al templo a rezar; si emancipa el mensaje de Dios con respecto a su vinculación exclusiva a una comunidad religiosa haciendo que le sea dirigido a todo hombre de buena voluntad (cf. Mc 9, 38-40; Jn 10, 16); y, por fin, si seculariza los medios de la salvación haciendo del sacramento del otro (Mt 25, 31-46) el elemento determinante para la entrada en el Reino, todo ello no quiere decir, sin embargo, que Jesús viniera a hacer más cómoda la vida del hombre, sino todo lo contrario. En palabras del Gran Inquisidor de Dostoievski: «En lugar de dominar la conciencia, viniste a profundizarla aún más; en lugar de cercenar la libertad de los hombres, viniste a ampliar aún más su horizonte... Tu deseo consistía en liberar a los hombres para el amor. Y libre debe el hombre seguirte, sentirse atraído y agarrado por Ti. En lugar de obedecer a las duras leyes del pasado, el hombre debe a partir de ahora, con corazón libre, decidir ante sí mismo qué es bueno y qué es malo, teniendo Tu ejemplo ante los ojos». Tratar de vivir semejante proyecto de vida es seguir a Cristo, con toda la riqueza que esta palabra —seguir e imitar a Cristo— encierra en el Nuevo Testamento. Significa liberación y experiencia de novedad de vida redimida y reconciliada, pero también puede incluir, como en Cristo, la persecución y la muerte.

Para concluir, oigamos qué profundas suenan las palabras de Dostoievski a su regreso de la casa de los muertos, la prisión siberiana en la que estuvo condenado a trabajos forzados: «A veces me envía Dios instantes de paz; y en ellos amo, y siento que soy amado; fue en uno de esos momentos cuando compuse para mí mismo un credo en el que todo resulta evidente y sagrado. Se trata de un credo muy sencillo. Helo aquí: creo que no existe nada más bello, más profundo, más atractivo, más viril y más perfecto que Cristo; y me digo a mí mismo, con celoso amor, que no existe ni puede existir. Más aún: si alguien me demuestra que Cristo está fuera de la verdad, y que ésta no se halla en él, prefiero quedarme con Cristo antes que con la verdad».


6. EL SENTIDO DE LA MUERTE DE JESÚS

Toda la vida de Jesús fue un dar-se, un ser-para-los-demás; fue un intento y una realización en su existencia de la superación de todos los conflictos. En nombre del Reino de Dios, Jesús vivió su serpara-los-demás hasta el final, incluso cuando la experiencia de la muerte (ausencia) de Dios se le hizo sensible en la cruz casi hasta el límite de la desesperación. Pero él confió y creyó hasta el final que, aun asi, Dios le aceptaría. El sin-sentido aún tenía para él un secreto y último sentido.

Una tragedia se cierne sobre ese esfuerzo de Jesús por liberar a los hombres de sí mismos, de las complicaciones que se habían creado y de todo aquello que, en una palabra, denominamos pecado. Su «nueva doctrina» (Mc 1, 27) había indispuesto en su contra a todas las autoridades de la época: los fariseos, partido político-religioso fanáticamente aferrado a las tradiciones y a la observancia de las leyes, hasta el punto de hacer triste y casi imposible la vida; los escribas, teólogos expertos en las Sagradas Escrituras; los saduceos, grupo extremadamente conservador y oportunista, formado por sacerdotes y familias acomodadas; los ancianos, laicos acaudalados y altos funcionarios de la capital, Jerusalén; los herodianos de Galilea, partido seguidor de Herodes, que buscaba la independencia frente a los romanos; y por último, los romanos mismos, que constituían las fuerzas de ocupación. Todos ellos tienen por enemigo a Jesús.

1. El proceso contra Jesús

Los evangelios refieren los siguientes motivos por los que la obra liberadora de Jesús se vio dificultada y por los que mismo, en definitiva, fue preso, torturado y condenado a muerte:



a) La popularidad de Jesús

La aceptación de que gozaba Jesús entre las masas populares preocupaba a las autoridades, a la vez que les creaba envidia y mala voluntad (Mc 11, 18; Jn 4, 1-3; 7, 32, 47; 12, 10, 19). Se pensaba que predicaba la subversión (Lc 23, 2; Jn 7, 12) y que se oponía al pago del impuesto capital al emperador romano (Lc 23, 2), quién sabe si incluso con serias pretensiones de asumir el poder en contra del régimen establecido (cf. Jn 19, 12; 6, 15; Lc 23, 2). En realidad, sus críticas alcanzan a todos cuantos tienen influencia sobre el pueblo, como son los fariseos (Mt 23), Herodes (Lc 13, 32), los que ejercen el poder en general (Mt 20, 25; Lc 22, 25), y los ricos (Lc 6, 24-26; 18, 25). Lo cual les hace decir aterrados: «Si le dejamos que siga así, todos creerán en él; vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación» (Jn 11, 48). De hecho, todos sentían preocupación por su propia situación de fuerza y de privilegio, principalmente los que explotaban los negocios del Templo vendiendo animales para el sacrificio, como era el caso de la familia y la casa de Anas. Había determinadas palai bras de Jesús, pronunciadas en el contexto de la urgencia de conversión ante la inminencia del Reino que, leídas con otra perspectiva, podrían originar malentendidos políticos: «No he venido a traer paz, sino espada» (Mt 10, 34); «he venido a traer división» (Lc 12, 51); «he venido a enfrentar al hombre con su padre y a la hija con su madre» (Mt 10, 35); «he venido a traer fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!» (Lc 12, 49). Evidentemente, Cristo no quería la violencia. Por el contrario, nos ordena amar a los enemigos (Mt 5, 44-48). Y en el momento en que podía haber recurrido a la violencia, ordena sin vacilar: «Vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que empuñan la espada, a espada perecerán» (Mt 26, 52).



b) Jesús es alguien que desconcierta

Sin haber frecuentado las escuelas ni haber sido ordenado rabino, Jesús enseña sin apelar a ninguna instancia (Mc 6, 2; Jn 7, 15). Se pone por encima de la casuística en la interpretación de la ley, considerada tan santa como la misma ley (Mc 3, 25; Jn 5, 8-13; Lc 13, 10-17; 14, 1-6). Admitía en su compañía a personas a cuyo contacto se contraía la impureza legal (Mc 2, 16; Mt 11, 19; Lc 7, 39; 15, 1-2; 19, 7). Hablaba con Dios y de Dios haciendo uso de palabras y gestos considerados blasfemos (Mc 2, 6-7; Jn 5, 18; 7, 29-30; 8, 57-58; 10, 30). Lucha encarnizadamente contra todo tipo de falsedad y de formalismos absurdos (Mc 12, 38-40; Mt 23, 1-39; 5, 20; Lc 12, 1; 16, 15; 18, 9-14). Estos asuntos religioso-dogmáticos exacerbaban de un modo especial a los fariseos, que «comenzaron a acosarle implacablemente y hacerle hablar de muchas cosas» (Lc 11, 53). Pero Jesús desconcierta a todos. Y todos se preguntan: ¿Quién es? ¿De dónde le viene semejante poder? (Jn 8, 25; Mc 4, 41; Lc 4, 36; Mt 8, 27).

c) Jesús es alguien que provoca una crisis radical

Jesús desconcierta de un modo extremadamente intenso cuando asume determinadas actitudes que corresponden únicamente a Dios: pone su autoridad por encima de la de Moisés, lo cual equivale a arrogarse poderes divinos (Mc 6, 1-2; Mt 5, 21-48: «Habéis oído que se dijo a los antepasados...»). Jesús perdona los pecados, cosa que sólo compete a Dios (Mc 2, 7; Lc 7, 49). Hace milagros con auténtica soberanía. Muestra a quienes se ven marginados a causa del pecado o del destino (enfermedades, condición social) que no por ello son relegados por Dios, sino que ahora también a ellos les ha llegado la ocasión de poder sentarse con él a la misma mesa. El Dios de Jesucristo es un Dios de misericordia y perdón al que le produce más alegría la conversión de un solo pecador que la presencia de 99 justos que no tienen necesidad de penitencia (Lc 15, 7).

La actuación de Jesús provoca una crisis en sus oyentes. Crisis significa decisión y juicio. Ellos han de decidirse en favor o en contra de Cristo. Esa crisis y esa decisión significan, de hecho, una escisión entre la luz y las tinieblas (Jn 3, 19-20), la vida y la muerte, la salvación y la perdición (Jn 5, 24; 95 39). Por tres veces, dice el evangelista Juan, provocó Cristo en el pueblo un cisma, a causa de sus actitudes (Jn 7, 43; 9, 16; 10, 19), es decir, produjo una crisis que llevó al pueblo a una ruptura-decisión en favor o en contra de él. Cristo es la crisis del mundo: o éste se trasciende a sí mismo y, de ese modo, se salva, o se cierra sobre sí mismo, quita a Jesús de en medio y se pierde. El fanatismo religioso y el deseo de poder y de conservar los privilegios adquiridos fueron, según los evangelios, los principales motivos que llevaron a los enemigos (divididos entre si, pero unidos contra Cristo) a liquidar al incómodo profeta de Nazaret. La tesis de que el odio del status quo hacia Jesús se debía al hecho de haberse negado éste a encabezar una rebelión contra los romanos, o bien a causa de sus relaciones amistosas con los guerrilleros zelotes, no pasan de ser especulaciones y fantasías carentes de fundamento en las fuentes de que disponemos. Los evangelios no saben nada al respecto, y son las únicas fuentes, aparte de algunas citas posteriores de Flavio Josefo (Antigüedades Judaicas, 18, 3, 3; 20, 9, 1), Plinio (Cartas, 10), Tácito (Anales, 15, 44) y Suetonio (Claudio, 25) que hablan de Jesús.




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