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Conclusión: El asumió nuestros más profundos anhelos



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7. Conclusión: El asumió nuestros más profundos anhelos

De todo lo anterior debemos retener con certeza una cosa: la encarnación de Dios no significa simplemente que Dios se hizo hombre. Quiere decir mucho más. Quiere decir que Dios tomó realmente parte en nuestra condición humana y asumió nuestros más profundos anhelos. Que utilizó nuestro propio lenguaje, fuertemente marcado de contenidos ideológicos, como puede ser la idea de 'Reino de Dios'. Quiere decir que trató de vaciar nuestro lenguaje y darle un nuevo sentido de total liberación y absoluta esperanza. Que mostró con signos y comportamientos típicos ese nuevo contenido. El Reino de Dios que Jesús predicó ya no es una utopía humana imposible, sino que, «porque ninguna cosa es imposible para Dios» (Lc 1,37), el Reino es una realidad ya incipiente dentro de nuestro mundo. Con Jesús dio comienzo una «gran alegría» para todos (Lc 2,10) porque ahora ya sabemos que, con el nuevo orden por él introducido, será cierto aquello que el Apocalipsis nos prometía cuando hablaba de la irrupción de un nuevo cielo y una nueva tierra (Apoc 21,1-4). Con él, ya nos es posible oír como un eco lejano, pero cierto, aquellas palabras «fieles y verdaderas»: «He aquí que hago un mundo nuevo... Hecho está» (Apoc 21,5-6).


4. JESUCRISTO, LIBERADOR DE LA CONDICIÓN HUMANA

En la religión judaica del tiempo de Jesús todo estaba prescrito y determinado: primero las relaciones del hombre con Dios y, después, las relaciones de los hombres entre sí. La conciencia se sentía oprimida por una insoportable carga de preceptos legales. Entonces Jesús alza su voz para hacer oír su impresionante protesta contra esta forma de esclavizar al hombre en nombre de la ley. En el presente capítulo tratamos de mostrar cuál es la actitud fundamental de Jesús: libertad ante la ley, sí; pero únicamente para el bien, no para el libertinaje. La ley no posee sino una función humana de orden, de creación de las posibilidades de armonía y comprensión entre los hombres. Por eso, las normas del Sermón de la Montaña presuponen el amor, el hombre nuevo y liberado para cosas mayores.



El tema de la predicación de Cristo no fue ni él mismo ni la Iglesia, sino el Reino de Dios. El Reino de Dios significa la realización de una utopía del corazón humano en el sentido de liberación total de la realidad humana y cósmica. Es la nueva situación del viejo mundo, totalmente colmado por Dios y reconciliado consigo mismo. Podría decirse, en pocas palabras, que el Reino de Dios significa una revolución absoluta, global y estructural, del viejo orden, llevada a efecto única y exclusivamente por Dios. Por eso el Reino es Reino de Dios en sentido objetivo y subjetivo. Cristo se concibe a sí mismo no sólo como predicador y profeta de esta novedad (evangelio), sino como un elemento ya de la nueva situación transformada. El es el hombre nuevo, el Reino ya presente, si bien bajo un velo de debilidad. Adherirse a Cristo es condición indispensable para poder participar del nuevo orden que ha de ser introducido por Dios (Lc 12,8-9). Y para que se lleve a cabo semejante transformación liberadora del pecado, de sus consecuencias personales y cósmicas, de todos los demás elementos alienantes que se sienten y padecen en la creación, Cristo plantea dos exigencias fundamentales: La conversión de la persona y la reestructuración del mundo de la persona.

1. El Reino de Dios supone una revolución en el modo de pensar y de actuar

El Reino de Dios afecta, en primer lugar, a las personas, a las cuales se les exige conversión. Conversión significa cambiar el modo de pensar y de actuar al modo de Dios, es decir, revolucionarse interiormente. Por eso Jesús comienza predicando: «Convertios, porque el Reino de los Cielos está cerca» (Mt 3,2; 4,17). Convertirse no consiste en hacer ejercicios piadosos, sino en un nuevo modo de existir ante Dios y ante la novedad anunciada por Jesús. La conversión supone siempre una ruptura: «¿Pensáis que he venido para dar paz a la tierra? No, os lo aseguro, sino división. Porque desde ahora habrá cinco en una casa y estarán divididos: tres contra dos y dos contra tres...» (Lc 12-51-52). Sin embargo, esta transformación del modo de pensar y actuar pretende ser sana: pretende llevar al hombre a una crisis, a decidirse por el nuevo orden que ya está en medio de nosotros, es decir, Jesucristo (Lc 17,21). A Jesús no le interesa tanto si el hombre ha observado todas las leyes por encima de todo, si ha pagado el diezmo de todas las cosas, o si ha observado todas las prescripciones legales de la religión y la sociedad. A Jesús le interesa en primer lugar si el hombre está dispuesto a vender sus bienes para adquirir el campo donde se encuentra el tesoro escondido, si está dispuesto a enajenarlo todo para comprar la piedra preciosa (Mt 13,44-46), si, para ingresar en el nuevo orden, tiene el valor de abandonar familia y fortuna (Mt 10,37), poner en peligro su propia vida (Lc 17,33), extirparse un ojo o cortarse la mano (Mc 9,43 y Mat 5,29). Ese no al orden vigente no significa ascesis, sino actitud de disponibilidad a las exigencias de Jesús. Lo que urge ahora, por consiguiente, es abrirse a Dios. Y esa exigencia llega tan lejos que Jesús amenaza con las durísimas palabras siguientes: «Si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo» (Lc 13,3,5). El diluvio es inminente y es esta la última hora (Mt 24,37-39; 7,24-27). El hacha está puesta a la raíz del árbol y, si éste no da fruto, habrá que cortarlo (Lc 13,9). El dueño de la casa no tardará en cerrar la puerta y los que se demoren tendrán que oír estas tristes palabras: «No se de dónde sois» (Lc 13,25b), ya es demasiado tarde (Mt 25,11). Por eso se llama prudente a la persona que comprende esta situación de crisis radical (Mt 7,24; 24,45; 25,2,4,8,9; Lc 12,42) y ha tomado una decisión en favor del Reino capaz de soportar y superar todas las tentaciones (cf Mt 7,24-25). La invitación se hace a todos. Sin embargo, la mayoría se encuentra tan atareada con sus quehaceres, que rechaza la invitación a la fiesta de las bodas (Lc 14,16-24). Principalmente los ricos están instalados de un modo especial (Mc 10,25; cf Mt 19,24). La puerta es estrecha, y no todos se hacen la violencia necesaria o se esfuerzan para pasar por ella (cf Lc 13,24). La necesidad de conversión exige a veces romper los lazos más elementales del amor a los familiares muertos y a punto de ser enterrados (Lc 9,59-60; Mt 8,21-22). Quien se ha decidido por la novedad de Jesús, únicamente mira al frente. El pasado ha quedado atrás (cf Lc 9,62). Hay en la invitación de Jesús un cierto carácter de intimidación. Un «ágrafon» transmitido por el evangelio apócrifo de Santo Tomás y considerado por algunos excelentes exegetas como auténtico de Jesús, dice de modo perentorio: «Quien está junto a mí, está junto al fuego; quien se encuentra lejos de mí, se encuentra lejos del Reino».

La opción por Jesús no puede quedarse a medio camino, como el constructor de la torre que comenzó a edificar y tuvo que detenerse a la mitad, o como el rey que parte con aires triunfales hacia el combate y, ante la fuerza del enemigo, tiene que retroceder y pactar con él (Lc 14,28-32). Es preciso reflexionar antes de aceptar la invitación. Es fácil decir: «¡Señor, Señor!». Pero es necesario querer hacer lo que él dice (Lc 6,46). De lo contrario, el final viene a ser peor que el principio (Mt 12,43-45b; Lc 11,24-26). La conversión es como el traje de bodas, como la cabeza perfumada y el rostro maquillado (cf Mt 6,17), como la música y la danza (Lc 15,25), como la alegría del hijo que regresa a casa de su padre (Lc 15,32; 15,7),semejante a la satisfacción que se experimenta al encontrar el dinero perdido (Lc 15,8-10). Y todo esto comienza a surgir en el hombre desde el momento en que se hace como un niño (Mt 18,3). La expresión: «Si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos» (Mt 18,3; cf Mc 10,15; Lc 18,17) no pretende exaltar la natural inocencia de los niños. Cristo no es ningún romántico sentimental. El tercio de comparación está en otro lugar: del mismo modo que el niño depende totalmente de sus padres y no puede nada por sí solo, lo mismo le ocurre al hombre ante las exigencias del Reino. San Juan hace decir abiertamente a Jesús: «El que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios» (Jn 3,3). Se exige, pues, un nuevo modo de pensar y de actuar. Y esto se evidencia aún mejor si consideramos la actitud de Jesús ante la ley.



a) Jesucristo, el liberador de la conciencia oprimida

En lá religión judaica de la época del Nuevo Testamento todo estaba prescrito y determinado: primero las relaciones del hombre con Dios y, después, las relaciones de los hombres entre sí. Todo estaba sancionado como la voluntad de Dios expresada en los libros santos de la Ley. Se llegó a absolutizar de tal forma la Ley que, en determinados círculos teológicos, se enseñaba que el mismo Dios de los cielos dedicaba varias horas al día a estudiarla. La conciencia se sentía oprimida por una insoportable carga de prescripciones legales (cf Mt 23,4).

Entonces Jesús alza su voz para hacer oír su impresionante protesta contra esta forma de esclavizar al hombre en nombre de la ley. «El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado» (Mc 2,27). Aun cuando en el Antiguo Testamento se diga claramente: «No añadiréis nada a lo que yo os mando, ni quitaréis nada, al guardar los mandamientos de Yahvé vuestro Dios que yo os ordeno» (Dt 4,2), sin embargo Jesús se toma la libertad de modificar diversas prescripciones de la ley mosaica: la pena de muerte para los adúlteros sorprendidos en flagrante delito (Jn 8,5), la poligamia (Mc 10,9), la ley de la observancia del sábado (Mc 2,27), considerada como el símbolo del pueblo elegido (Ez 20,12), las prescripciones acerca de la pureza legal (Mc 7,15) y otras. Jesús se comporta con absoluta soberanía frente a las leyes. Si ayudan al hombre, si aumentan o hacen posible el amor, las acepta. Si, por el contrario, legitiman la esclavitud, las rechaza y exige su transgresión. No es la ley la que salva, sino el amor: he aquí el resumen de la predicación ética de Jesús.

Jesús desteologiza la concepción de la ley: la voluntad de Dios no se encuentra únicamente en las prescripciones legales y en los libros sagrados, sino que se manifiesta principalmente en los signos de los tiempos (cf Lc 12,54-57). El amor que él predica y exige ha de ser un amor incondicional a amigos y enemigos (Mt 5,44). No obstante, aunque Cristo libera al hombre de las leyes, no le entrega al libertinaje o a la irresponsabilidad, sino que, por el contrario, crea una serie de lazos y vinculaciones aún más fuertes que los de la ley. El amor debe vincular a todos los hombres entre sí. En una anotación crítica del evangelio de San Lucas (6,5 del Códice D) se cuenta la siguiente anécdota que revela perfectamente la actitud de Jesús ante la ley: Jesús encuentra a un hombre trabajando en el campo en sábado y le dice: «Hombre, si sabes lo que haces, eres feliz. Si, por el contrario, no lo sabes, eres un maldito y un transgresor de la ley». ¿Qué quiere decir Jesús? ¿Desea abolir definitivamente las fiestas sagradas y el sábado? Lo que Jesús quiere decir, y en ello podemos ver su libertad y su inconformismo («Habéis oído que se dijo a los antepasados... pero yo os digo...» Mt 5,21 ss), es lo siguiente: «Hombre, si sabes por qué trabajas en sábado, del mismo modo que yo, que curé en día prohibido a un hombre su mano seca (Mc 3,1), a una mujer encorvada (Lc 13,10) y a un hidrópico (Lc 14,14), si sabes trabajar en sábado para ayudar a alguien, y si sabes que para los hijos de Dios la ley del amor está por encima de todas las leyes, [entonces eres feliz! Pero si no lo sabes, sino que por frivolidad, por capricho y deliberadamente profanas el día sagrado, entonces eres un maldito y un transgresor de la ley». Vemos aquí la actitud fundamental de Jesús: libertad frente a la ley, sí. Pero únicamente para el bien, no para el libertinaje. Cristo no está en contra de nada, sino a favor del amor, de la espontaneidad y de la libertad. Y en virtud únicamente de esta positividad, resulta que a veces tiene que estar en contra.

Parafraseando Rm 14,23, podríamos decir con todo derecho: Todo lo que no viene del amor es pecado. En otra ocasión comprobamos la misma preocupación de Jesús por liberar al hombre de los convencionalismos y prejuicios sociales. En la época y en la patria de Jesús, el hombre tenía el privilegio de poder tener varias mujeres y de poder separarse de ellas. La ley de Moisés decía: «Cuando un hombre toma una mujer y se casa con ella, si resulta que esta mujer no halla gracia a sus ojos, porque descubre en ella algo que le desagrada, le redactará un libelo de repudio, se lo pondrá en su mano y la despedirá de su casa» (Dt 4,1). Los motivos para que una mujer no agradara a un hombre podían ser, según la jurisprudencia de la época, el hecho de que no fuera hermosa, de que no supiera cocinar, de que no pudiera tener hijos, etc. Contra esto se alza Cristo, que dice taxativamente: «Lo que Dios unió, no lo separe el hombre» (Mc 10,9). Estas palabras revelan el espíritu de nobleza de Jesús frente a la anarquía generalizada. En el Reino de Dios han de reinar la libertad y la igualdad fraterna que Jesús poseyó. Pablo, que comprendió muy temprana y profundamente esta novedad de Jesús, escribe a los Gálatas: «Para ser libres nos libertó Cristo... no os dejéis oprimir nuevamente bajo el yugo de la esclavitud... Sólo que no toméis de esa libertad pretexto para la carne; antes al contrario, servios por amor los unos a los otros. Pues toda la ley alcanza su plenitud en este solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Gal 5,1,13-14).

b) El comportamiento del hombre nuevo

La conversión que Jesús pide y la liberación que alcanzó para nosotros son para el amor sin discriminación alguna. Hacer del amor la norma de vida y de conducta moral significa imponer al hombre algo sumamente difícil. Es más fácil vivir dentro de unas leyes y unas prescripciones que lo preveen y determinan todo. Es difícil crear, para cada momento, una norma inspirada en el amor. El amor no conoce límites. Exige una fantasía creadora. Existe únicamente en el dar y en el ponerse al servicio de los demás. Y únicamente dando es como se tiene. Esta es la «ley» de Cristo: que nos amemos los unos a los otros como Dios nos ha amado. Este es el único comportamiento posible del hombre nuevo, libre y liberado por Cristo, invitado a participar del nuevo orden. Este amor se expresa en fórmulas radicales como las del Sermón de la Montaña: no sólo el que 84 Jesucristo, mata, sino también el que se encoleriza contra su hermano es reo de juicio (Mt 5,22); el adulterio ya lo comete el que desea a una mujer en su corazón (Mt 5,28); no se debe jurar en absoluto; «sea vuestro lenguaje: 'Sí, sí'; 'no, no'» (Mt 5,34,37); no resistáis al mal; al que te abofetee en la mejilla derecha, preséntale también la izquierda; al que quiere pleitear contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto (Mt 5,39-40), etc.

¿Es posible organizar la vida y la sociedad con estas normas? Ya Juliano el Apóstata veía aquí un argumento para rechazar in toto el cristianismo: es sencillamente impracticable para el individuo, para la familia y para la sociedad. Hay quienes piensan que esas exigencias del Sermón de la Montaña pretenden demostrar la imposibilidad del hombre para hacer el bien; tratan de llevar al hombre, desesperado y convencido de su pecado, hacia Cristo, el cual cumplió por nosotros todos los preceptos y, de ese modo, nos redimió. Según otros, el Sermón de la Montaña apenas es otra cosa sino la proclamación de una moral basada en la buena intención. Dios no se fija tanto en lo que hacemos, sino en cómo lo hacemos. Con prontitud, obediencia y recta intención interior. Un tercer grupo opina de la siguiente forma: las exigencias de Jesús hay que entenderlas dentro de la situación histórica. Jesús predica la irrupción próxima del Reino de Dios. El tiempo apremia y es escaso. Es la hora de la opción definitiva, la hora veinticinco. Para ese pequeño espacio de tiempo que resta hasta la instauración del nuevo orden hemos de arriesgarlo todo y prepararnos. Y hay unas leyes de excepción. Se trata de una moral de interim, del tiempo que media hasta el advenimiento de la catástrofe final, cuando por fin aparezcan el nuevo cielo y la nueva tierra.

Todas estas tres soluciones tienen algo de cierto. Pero no atinan con lo esencial, porque parten del presupuesto de que el Sermón de la Montaña es una ley. Cristo, sin embargo, no vino a traer una ley más radical y rigurosa, ni predicó un fariseísmo más perfeccionado, sino que predicó el evangelio que significa una gozosa noticia: lo que salva no es la ley, sino el amor. La ley no posee sino una función humana de orden, de creación de unas posibilidades de armonía y mutua comprensión entre los hombres. El amor que salva, supera todas las leyes y reduce al absurdo todas las normas. El amor exigido por Cristo supera con mucho a la justicia. La justicia, según la definición clásica, Liberador de la condición humana 85 consiste en dar a cada uno lo suyo. Pero lo suyo de cada uno supone, evidentemente, un sistema social previamente dado. En la sociedad esclavista, dar a cada uno lo suyo consiste en dar al esclavo lo que es suyo, y al Señor lo que es suyo; en la sociedad burguesa, dar lo que es suyo tanto al patrón como al obrero; en el sistema neo-capitalista, se trata de dárselo al magnate y al proletario. Pero Cristo, con su predicación del Sermón de la Montaña, rompe con este círculo. El no predica ese tipo de justicia que significa la consagración y legitimación de un status quo social basado en una discriminación entre los seres humanos, sino que anuncia una igualdad fundamental: todos son dignos de amor. '¿Quién es mi prójimo?' es una pregunta equivocada que no debe hacerse. Todos son el prójimo de cada uno. Todos son hijos del mismo Padre y, por consiguiente, todos son hermanos. De ahí que la predicación del amor universal represente una crisis permanente para cualquier sistema social y eclesiástico. Cristo anuncia un principio que pone en evidencia cualquier tipo de fetichización y subordinación a un sistema, ya sea social o religioso. Por eso las normas del Sermón de la Montaña presuponen el amor, el hombre nuevo liberado para cosas mayores: «Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos» (cf Mt 5,20). Originariamente, el Sermón de la Montaña tuvo siempre un carácter escatológico; Cristo predicó el final inminente, para lo cual exige una conversión total en la dirección del amor. En la redacción actual de Mateo, las palabras de Jesús están situadas en un contexto de la Iglesia para la que el fin del mundo se encuentra en un futuro indeterminado. Pero, aun dentro de esta nueva situación, siguió conservándose lo esencial de la predicación de Jesús. Su mensaje no es mensaje de ley, sino de evangelio y de amor. El Sermón de la Montaña, en su actual formulación, pretende ser un catecismo del comportamiento del discípulo de Jesús, de quien ya ha abrazado la buena nueva y trata de regirse de acuerdo con la novedad que Cristo le ha traído: la filiación divina.



2. El Reino de Dios supone una revolución del mundo de la persona

La predicación de Jesús sobre el Reino de Dios no afecta sólo a las personas en su exigencia de conversión. Afecta también al mundo de las personas como liberación del legalismo, de los convencionalismos absurdos, del autoritarismo y de las fuerzas y potestades que sojuzgan al hombre. Veamos cómo se comportó Cristo frente a los mentores del orden establecido en su tiempo. Los mentores del orden religioso y social, para el pueblo sencillo, no lo eran tanto los romanos de Cesárea, junto al mar, o de Jerusalen; ni el sumo sacerdote del templo; ni tampoco, directamente, los gobernantes puestos por las fuerzas de ocupación romanas, como Herodes, Filipo, Arquelao o Poncio Pilato. Los que distribuían la justicia, solucionaban los casos y cuidaban del orden público eran, concretamente, los escribas y fariseos. Los escribas eran rabinos, teólogos que estudiaban detenidamente las Escrituras y la ley mosaica, principalmente las tradiciones religiosas del pueblo. Los fariseos constituían una congregación de laicos particularmente fervorosos y pietistas". Observaban todo al pie de la letra y se preocupaban de que también el pueblo lo observara estrictamente. Se encontraban dispersos por todo Israel, regían las sinagogas, poseían un enorme influjo sobre el pueblo y tenían, para cada caso, una solución que ellos sacaban por los pelos de las tradiciones religiosas del pasado y de los comentarios de la ley mosaica (halacha). Todo lo hacían en función del orden establecido, «para ser vistos por los hombres» (Mt 23,5). No eran malos. Al contrario: pagan todos los impuestos (Mt 23,23); gustan de los primeros lugares en la sinagoga (Mt 23,6); sienten tanto fervor por su sistema que recorren el mundo para hacer un prosélito (Mt 23,15); no son como los demás hombres que pueden «ser rapaces, injustos, adúlteros» y defraudadores de impuestos (Lc 18,11); observan los ayunos y pagan el diezmo de cuanto poseen (Lc 18,12); sienten tal aprecio por la religión que construyen monumentos sagrados (Mt 23,29). Pero, con toda su perfección, poseen un defecto capital que Jesús no se recata en denunciar: descuidan «la justicia, la misericordia y la fe» (Mt 23,23). «Esto es lo que había que practicar», comenta Jesús, «aunque sin descuidar aquello» (Mt 23,23). Hablan y no hacen nada. Atan pesados fardos de preceptos y leyes y los cargan sobre los hombros de los demás, mientras ellos mismos ni con el dedo quieren moverlos (Mt 23,3-4). Para entrar en el Reino no basta con hacer lo que la ley ordena. El actual orden de las cosas no puede salvar al hombre de su alienación fundamental. Se trata del orden dentro del desorden. Urge realizar una transformación vital y un cambio total de los fundamentos de la antigua situación. Por eso los marginados del orden establecido se encuentran más cerca del Reino de Dios que los otros. Y a ellos se siente Jesús especialmente llamado (Mt 9,13), por lo cual rompe con los convencionalismos sociales de la época. Sabemos cómo se observaban estrictamente las diferencias de clase social entre ricos y pobres, familiares y extraños, sacerdotes del templo y levitas de las pequeñas aldeas, fariseos, saduceos y publícanos. Los que practicaban las profesiones despreciables eran evitados en lo posible y maldecidos; era el caso de los pastores, los médicos, los sastres, los barberos, los carniceros y, sobre todo, los publícanos (recaudadores de impuestos), considerados como colaboradores de los romanos. Y ¿cómo se comporta Jesús frente a esta estratificación social? Pues con absoluta indiferencia. No se atiene a los convencionalismos religiosos, como lavarse las manos antes de comer o de entrar en una casa, y tantas otras cosas. No respeta la división de clases. Habla con todos. Busca el contacto con los marginados, los pobres y los despreciados. Y a quienes se escandalizan, les dice: «No he venido a llamar a justos sino a pecadores. No necesitan médico los sanos, sino los que están mal» (Mt 9,12-13). Conversa con una prostituta; acoge a las multitudes (Mc 7,24- 30); come con un gran ladrón como es Zaqueo; acepta en su compañía a Judas Iscariote, un avaro que acabará traicionándole; permite que tres antiguos guerrilleros se hagan discípulos suyos, y acepta que le acompañen las mujeres en sus viajes, cosa inaudita para un rabino de su época. La «gente de bien» comenta: «Ahí tenéis a un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores» (Mt 11,19). Seculariza el principio de autoridad. Las autoridades constituidas no son sin más ni más representantes de Dios: «Lo del César, devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios» (Mt 22,21). Al rey Herodes, que le expulsa de Galilea, manda que le digan: «Id a decir a ese zorro: Yo expulso demonios y llevo a cabo curaciones hoy y mañana, y el tercer día soy consumado» (Lc 13,32). La autoridad es una pura función de servicio: «Sabéis que los jefes de las naciones las gobiernan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre nosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo vuestro» (Mt 20,25-27). No se siente obligado por los convencionalismos sociales: «Muchos primeros serán los últimos y los últimos, primeros» (Mc 10,31) y «los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios», les dice a los fariseos (Mt 21,31).

¿Por qué es así? Porque esos seres, por su condición de marginados del sistema socio-religioso judaico, están más dispuestos a escuchar y seguir el mensaje de Jesús. No tienen nada que perder, puesto que nada poseen o nada son socialmente. Sólo tienen que esperar. El fariseo, no. El fariseo vive estructurado dentro del sistema que él mismo ha creado para sí: es rico, tiene fama, tiene religión y está convencido de que Dios está de su parte. Triste ilusión. La parábola del fariseo, fiel cumplidor de la ley y orgulloso de ello, y del publicano arrepentido y humilde, nos enseña algo bien distinto (Lc 18,9-14). El fariseo no quiere escuchar a Jesús porque su mensaje le resulta incómodo, le obliga a desinstalarse, le exige una conversión que le obliga a abandonar el terreno seguro y firme de la ley y regirse por el amor universal que supera todas las leyes (Mt 5,43-48). Por algo los fariseos murmuran (Lc 15,2) y se burlan de Jesús (Lc 16,14), le acusan, de endemoniado (Mt 12,24; Jn 8,48,52), intentan embarcarle en diálogos capciosos (Mt 22,15-22; Jn 7,45-8,11), tratan de apresarlo (Mt 21,45 s; Jn 7,30,32,44) y hasta de matarlo (Mc 3,6; Jn 5,18; 8,59; 10,31), recojen datos que puedan servir para acusarle (Mt 12,10; 21,23-27) y, al final, se encuentran entre los que le condenan a muerte. Pero Jesús no se deja intimidar, sino que predica abiertamente la conversión individual y social porque el final está cerca, el tiempo se ha cumplido y el nuevo orden que ha de ser introducido por Dios está a punto de llegar (Mc 1,15; Mt 4,17).





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