Índice introducción la historia de jesúS


b) ¿Interesa Cristo únicamente a la tierra, o a todo el cosmos?



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b) ¿Interesa Cristo únicamente a la tierra, o a todo el cosmos?

Al cabo de estas reflexiones, el lector moderno podría preguntarse: ¿No será que toda esta reflexión sobre el Cristo cósmico es victima de una concepción ptolomeica del cosmos, según la cual la tierra, o nuestro sistema solar, sigue siendo el centro de todo? Las ciencias modernas nos han informado acerca de las dimensiones indefinidas de nuestro universo. Los sistemas cerrados son proporcionados a nuestro punto de vista. Pero la realidad de los espacios siderales, poblados por millones y millones de galaxias, nos obliga a pensar en sistemas abiertos, en los que, prácticamente, nada es imposible a priori. Esto no deja de reflejarse en nuestras afirmaciones religiosas, tanto más cuanto que, muchas veces, éstas se presentan de un modo dogmático, infalible e irreformable. ¿No habrá otros seres espirituales que habiten otros planetas en otros sistemas?. ¿Cuál es su relación con Jesús de Nazaret y con el Cristo resucitado? ¿Habrán tenido necesidad también ellos de redención? Y en caso contrario, ¿cómo habríamos de imaginarnos la función de la encarnación de Dios? ¿Se habrá comunicado también a ellos en forma encarnatoria el Verbo u otra Persona divina? ¿Podremos seguir hablando de una unidad del plan divino de creación, redención y consumación?

Habrá quien afirme que tales preguntas son ociosas y carecen de sentido porque no estamos en condiciones de responderlas adecuadamente. Pero creemos que nadie tiene derecho a poner límites a la capacidad humana para preguntar y cuestionar, especialmente en la esfera de los religioso, donde llegamos a tocar, deslumhrados, el Misterio absoluto de Dios, que jamás podrá ser abarcado en una definición ni armonizado en un sistema de comprensión. Esto preocupó ya en su juventud a Paul Claudel, a Teilhard de Chardin y al gran escritor y teólogo laico austríaco Reinhold Schneider, para quien todas estas cuestiones se convirtieron en un drama personal en su vejez. Se preguntaba desesperado: «Aunque reconozcamos los signos de Cristo en la historia, ¿podemos reconocerlos también en el cosmos? Es una osadía invocar el cosmos como testimonio de Jesucristo. El Señor vivió y anduvo por el estrecho camino de los hombres. Al igual que Sócrates, buscó únicamente al hombre; respondió a su propia existencia en el sentido de ofrecerle una oportunidad personal; pero el enigma que el cosmos plantea... eso no lo percibió». Teilhard respondía al problema introduciendo una reflexión nueva, extraída de su meditación sobre el proceso de complejidad-consciencia de la curva de la evolución: existe lo infinitamente grande de los espacios siderales, frente a los cuales el hombre parece realmente una quantité négligeable, perdido como un átomo errante por los infinitos espacios vacíos. Existe, además, lo infinitamente pequeño del microcosmos, cuyo comportamiento tiene probablemente la misma estructura que el macrocosmos. Pero, además de todo ello, existe otra grandeza, lo infinitamente complejo de la conciencia humana, que sabe que existe, que es consciente de su pequenez, y es precisamente esto lo que constituye su grandeza. Es pequeña, y cuantitativamente despreciable; pero posee una cualidad nueva que la hace mayor y más noble que todas las grandezas físicas y matemáticas imaginables: es capaz de pensar y, sobre todo, de amar. Un solo acto de amor, como perfectamente observaba Pascal, vale más que todo el universo físico. Es en esta nueva cualidad de la autoconciencia donde el cosmos llega a su máxima unidad y convergencia. Por eso es en el hombre donde tiene lugar el sentido de la totalidad. Y de todo ello sacaba Teilhard la siguiente conclusión: el mundo no puede tener dos cabezas; sólo Cristo puede ser su centro, su motor, su Alfa y su Omega.

Dentro de esta perspectiva teilhardiana podemos ir al fondo de su intuición y preguntar: ¿de qué manera podrá estar Cristo presente y llenar todo el cosmos? La reflexión siguiente tal vez pueda aportarnos alguna luz: La totalidad de la realidad que percibimos y que los instrumentos de investigación nos van revelando progresivamente, no se presenta caótica, sino profundamente armoniosa. Hay una unidad radical que transciende y vincula a todos los seres, unos con otros. Las cosas no han sido arrojadas ahí, mezcladas y amontonadas indiscriminadamente. El mundo es fundamentalmente un cosmos, como perfectamente percibieron los griegos con su genial intuición. Pero ¿qué es lo que hace del mundo una unidad y una totalidad? ¿Cuál es el principio que une a los seres en el ser y en una estructura invisible de totalización? Este problema trasciende los límites de las ciencias que estudian unos campos muy específicos de la realidad, y exige una reflexión de orden metafísico que se pregunte por el todo en cuanto todo.

Entonces, ¿qué es lo que hace de todas las cosas, aun de las más distantes en el cosmos, un todo? Leibniz, que también percibió el problema, respondió con su teoría del Vínculo Substancial que todo lo abarca, vinculando a un ser con otro. Para él, así como para M. Blondel, que reasumió la teoría de Leibniz, Cristo Resucitado sería el Vínculo Substancial, «el amante supremo que atrae y une desde arriba, sistemáticamente, la jerarquía total de los seres distintos y consolidados... El es aquél sin el cual todo lo que ha sido hecho retornaría a la nada». Evidentemente, un Cristo concebido de este modo no puede ser representado como un hombre cósmico, preso de nuestras categorías y coordenadas espacio-temporales. Es el Cristo resucitado quien ha superado estas limitaciones y se encuentra ahora presente, no de un modo físico sino pneumático. Es decir, está presente en el corazón de las cosas, en aquella realidad transfisica que forma una unidad con todos los seres y puede ser comparada con la presencia y la ubicuidad del Espíritu (Pneuma) divino, que todo lo llena y constituye el núcleo más profundo de cada ser, sin hacer que desaparezca, no obstante, su alteridad creacional. Cómo puede verse, se trata de una especulación metafísica cuya representación en categorías de imaginación debe ser evitada para no crear innecesariamente mitos y monstruos.

Con todo, es perfectamente lícito preguntar: ¿no existirán otros seres racionales en el cosmos? A partir de la fe, no hay nada que se oponga a su existencia. Al contrario: dada la inimaginable inmensidad del universo y el fracaso del hombre a la hora de ser el sacerdote cósmico a través del cual le sea dada la gloria a Dios, se puede postular la existencia de otros seres espirituales que desempeñen mejor que el hombre esa función sacerdotal. Como más adelante veremos, si decimos que la encarnación del Logos eterno pertenece al orden de la creación y que fue querida por Dios para ser precisamente el receptáculo de su entrada en dicha creación, entonces también podemos decir: del mismo modo que el Logos eterno, que llena toda la realidad, se manifestó en nuestra carne asumiendo las coordenadas evolutivas de nuestro sistema galáctico, nada impide que ese mismo Logos eterno se haya manifestado y haya asumido las condiciones espirituales y evolutivas de otros seres en otros sistemas. Ya Santo Tomás de Aquino consideraba: «Por el hecho de la encarnación no quedó disminuido en absoluto el poder del Padre y del Hijo. Por consiguiente, parece que, después de la encarnación, el Hijo haya podido asumir otra naturaleza humana...» (S. Theol. III, 3, 7 sed contra; III Sent. dist. 1, 2, 5). De ese modo habría realizado la misión, a la que había sido destinado desde toda la eternidad, de asumir y divinizar la creación. El modo concreto de redención, tal como se produjo aquí en la tierra, no sería sino una forma concreta, entre otras muchas, de relacionarse el Verbo de Dios con la creación. Tampoco hay nada que impida el que se hayan encarnado otras Personas divinas. El misterio de Dios Trino es tan profundo e insondable que jamás podrá agotarse en una concreción como la que se produjo dentro de nuestro sistema galáctico y terrestre.

La Biblia se limita a dar testimonio de la historia de la salvación humana, pero no especula acerca de otras posibilidades porque, en la época en que fue redactada, estos problemas eran sencillamente inexistentes. Sin embargo, nosotros nos vemos enfrentados hoy a ese tipo de cuestionamientos. Y las posibles respuestas hay que extraerlas de un horizonte más amplio, a partir del propio misterio de Dios y de su relación para con su creación.

Tratando de responder a la pregunta suscitada más arriba —¿Interesa Jesús únicamente a la tierra, o a todo el cosmos?— diríamos hipotéticamente que Jesús, en cuanto que es un hombre como nosotros y en cuanto que es el Logos que asumió nuestra condición, interesa únicamente a nuestra historia. Sin embargo, Jesús de Nazaret no es tan sólo un hombre, sino que forma una unidad inconfundible e indivisible con el Logos eterno de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. En este sentido, interesa a la totalidad de la realidad. El Logos, que todo lo invade y que puede haber asumido en otros sistemas otras condiciones distintas de las nuestras, se llamó entre nosotros Jesús de Nazaret, el cual, mediante la resurrección, confirió a la realidad-Jesús las dimensiones de todo el cosmos. Sin embargo, hemos de hacer aun la siguiente restricción: ciertamente que el cosmos permite otras dimensiones y, consiguientemente, otra forma de relación con Dios y con su comunicación a través del Verbo, distinta de la realizada para Jesús de Nazaret. Pero, para nosotros, fue ésta la forma que Dios tuvo de «agraciarnos»; para eso nos creó, nos redimió y nos glorificó en Jesucristo. Aunque esa forma concreta no tenga por qué ser el modo absoluto de comunicación de Dios a su creación, ello no significa que tenga menos valor para nosotros. Debemos tan sólo mantenernos abiertos a las infinitas posibilidades del misterio de Dios, a fin de que, aunque sea a tientas, podamos vislumbrarlas y, vislumbrándolas, podamos cantarlas y celebrarlas.



c) El hombre, el principal sacramento de Cristo

Si todo fue creado por Cristo, para El y en El, de tal forma que todo posee rasgos del rostro de Cristo, entonces puede aplicarse esto muy especialmente al hombre, hermano Suyo en cuanto a la humanidad. El hombre no es tan sólo imagen y semejanza de Dios (Gn 1, 26), sino que es también imagen y semejanza de Cristo(Rom 8, 29; cf Col 3,10). Ante todo, Cristo es la imagen de Dios por excelencia (2 Cor 4, 4; Jn 16, 15; Col 1, 15; Flp 2, 6; Col 3, 9-10; Ef 4, 24; Rom 8, 29; 1 Cor 15, 49; 2 Cor 3, 18), y sólo después lo es el hombre, en cuanto que fue pensado y creado en El y por El. Esto fue especialmente subrayado por Tertuliano y Orígenes. Por lo tanto, por el simple hecho de haber sido creado, el hombre es constituido en imagen y semejanza de Cristo.

La encarnación y la resurrección revelaron más profundamente esta grandeza. Cada hombre evidencia, de hecho, ser hermano de Jesús y, de algún modo, partícipe de su realidad. La resurrección perpetúa y profundiza la participación de Cristo en cada hombre. Jesús glorificado, presente en cada ser y en cada hombre, actúa y hace fermentar el bien, la humanidad, la fraternidad, la comunión y el amor en todos y cada uno de los hombres, donde quiera que se encuentren. Pero ¿en qué sentido podemos decir que cada hombre es el lugar en el que encontramos a Dios y a Jesucristo?

El «otro», cuando es amado, cuando es aceptado tal como es, en su grandeza y en su pequenez, revela una trascendencia perfectamente palpable. Nadie se deja definir, a nadie se le puede encuadrar dentro de una situación. Ese algo más, que se nos escapa continuamente, que es como el misterio íntimo de cada persona, es lo que constituye su trascendencia. El «otro» es el lugar donde yo percibo la trascendencia. Y es también la presencia viva y concreta de esa trascendencia, a la que llamamos «Dios». Dios, por consiguiente, no está lejos del hombre, sino que constituye su máxima profundidad.

Pues bien, en Jesús apareció Dios de un modo concreto, asumiendo nuestra condición humana. Por eso es por lo que cada uno de los hombres recuerda al hombre que fue Jesús. Aceptar al pobre en cuanto pobre es aceptar a Jesús pobre. Jesús se esconde, anónimo, detrás de cada rostro humano. La fe nos obliga a tratar de mirar con profundidad el rostro del hermano, a amarlo, a darle de comer, de beber y de vestir, y a visitarle en la cárcel, porque al visitarle, al vestirle y al darle de comer y de beber, estamos hospedando y sirviendo al propio Cristo. Por eso el homhre constituye la principal manifestación no sólo de Dios, sino también de Cristo resucitado, en medio del mundo. Quien rechaza a su hermano, rechaza al mismísimo Cristo; porque quien rechaza la imagen y semejanza de Dios y de Cristo rechaza al propio Dios y al propio Cristo (cf Gn 9, 6; Mt 25, 42-43). Sin el sacramento del hermano, nadie podrá salvarse. Es aquí donde se manifiesta la identidad del amor al prójimo y el amor a Dios. También el hombre encierra en sí esa posibilidad que ya se ha realizado en Cristo, y es esto lo que fundamenta su radical dignidad y da origen, en definitiva, a su sacralidad, las cuales únicamente por Dios son perfectamente comprendidas (Apoc 21, 27). Ahora sabemos, sólo por la fe, que el Señor está presente en cada hombre. Con nuestra propia resurrección, que será semejante a la de Cristo, veremos y gozaremos, gozaremos y amaremos, amaremos y entenderemos nuestra fraternidad con Jesucristo encarnado y resucitado (cf 1 Jn 3, 2).

d) La presencia de Cristo en los cristianos anónimos o encubiertos

Jesús resucitado está presente y actúa de un modo especial en aquellos que, en el inmenso ámbito de la historia y de la vida, laboran por su causa. Independientemente de los matices ideológicos y de la adhesión a una u otra religión o credo cristiano, siempre que el hombre busca el bien, la justicia, el amor humanitario, la solidaridad, la comunión y el entendimiento entre los hombres, siempre que se esfuerza por superar su propio egoísmo, por hacer este mundo más humano y fraterno y se abre a un Trascendente normativo para su vida, podemos decir con toda certeza que ahí se encuentra presente el Resucitado, porque está siendo llevada adelante la causa por la que él vivió, sufrió, fue procesado y ejecutado. «El que no está contra nosotros, está por nosotros» (Mc 9, 40; Lc 9, 50), llegó a decir Jesús, con lo cual derribó las barreras sectarias que dividen a los hombres y les hacen ver a sus hermanos únicamente en aquellos que se adhieren a su credo.

Todos los que se adhieren a la causa de Jesús están hermanados con El, y El actúa en ellos para que haya en este mundo una mayor apertura al «otro» y un mayor lugar humano para Dios. Cristo no vino a fundar una nueva religión, sino a traer al hombre nuevo (cf Ef 2, 15) que se define no por los criterios establecidos en la sociedad (cf Gal 3, 28), sino por la opción que sea capaz de hacer por la causa del amor, que es la causa de Cristo. Al igual que el Espíritu, Jesús resucitado actúa donde quiere. Ahora, en la plenitud de su realidad humana y divina, ha trascendido ya todas las posibles barreras de lo sagrado y lo profano, del mundo y de la Iglesia, del espacio y del tiempo, que podían oponerse a su acción. Y su acción alcanza a todos, pero especialmente a aquellos que luchan durante su vida por aquello mismo por lo que el propio Jesús luchó y murió, aun cuando no hagan ninguna referencia explícita a Jesús y a su significado salvífico universal, y que precisamente por ello pueden ser llamados cristianos anónimos o encubiertos.

e) La presencia de Cristo en los cristianos explícitos y declarados

Pero de un modo más profundo está presente Cristo resucitado en aquellos que se han propuesto seguirle e imitarle por la fe, por el amor y por la adhesión explícita y patente a su divina realidad y a la absoluta significación que, para nuestra existencia, posee ante Dios. En una palabra: Cristo está presente de un modo cualificado en los cristianos. El cristiano es, fundamentalmente, aquella persona que se decide a imitar y seguir a Cristo. El bautismo es el símbolo de dicha decisión. Y el sentido de la imitación de Cristo es, en sí mismo, bien sencillo; tratar de comportarse, en la propia situación existencial, de un modo semejante a como Cristo se comportó en la suya. Así, el esclavo ultrajado sufra como Cristo, el cual, sometido a la injusticia, no respondía con insultos y, al ser atormentado, no replicó con amenazas (1 Pe 2, 23). Imitar a Cristo no consiste en copiar o remedar sus gestos, sino en poseer la misma actitud y el mismo espíritu que Jesús, encarnándose dentro de la situación concreta, la cual es diferente de la de Jesús. Imitarle es tener «los mismos sentimientos que tuvo Cristo» (Flp 2, 5); ser abnegado como él lo fue; sentir con los demás e identificarse con ellos; perseverar en el amor y en la fe, en la bondad del corazón humano hasta el fin y, en función de esto, no tener miedo a mostrarse crítico y cuestionador de una situación religiosa o social que no es capaz de humanizar al hombre ni de hacerle libre para el «otro» y para Dios; tener el valor de ser liberal y, al mismo tiempo, conservar el buen sentido; hacer uso de la fantasía creadora y ser fiel a las leyes que contribuyan a crear y mantener la atmósfera de amor y comprensión humana, a semejanza de Cristo.

Una forma más radical de imitación es el seguimiento de Jesús. Durante la vida terrena de Jesús, seguirlo significaba andar con él, ayudarle a anunciar a este mundo la Buena Nueva de que había para él un futuro totalmente reconciliado con Dios, con el hombre y consigo mismo (cf Mc 1, 17 par; 3, 14- 15 par; 6, 7, 13; Lc 9, 1-6 par; 10, 1-20) y participar de su destino, que incluía el riesgo de vivir y morir violentamente (Mc 8, 34-35; Mt 16, 24-25; Lc 9, 23-24; 14, 27). Tras la resurrección, cuando, en rigor, ya no se podía hablar de seguir a Cristo, porque se había convertido de terreno en celestial, de visible en invisible, se tradujo o se dio un nuevo significado a la expresión: seguir a Cristo y ser discípulo eran sinónimos de ser cristiano (Hech 11, 26), de vincularse a él por la fe, por la esperanza, por el amor, por el Espíritu (1 Cor 6, 17), por los sacramentos (Rom 6, 3 ss.; 1 Cor 11, 17-30) y, de este modo, estar en él y formar con él un cuerpo (1 Cor 12, 27; Rom 12, 5).

Este seguimiento de Cristo no debe ser reducido a una categoría moral, porque nos vincula profundamente a Cristo resucitado y hace que El actúe en nosotros y nos inserte en su nueva realidad de tal forma que, dentro del hombre viejo caracterizado por la ambigüedad de pecado-gracia, justicia-injusticia, comience a crecer el hombre nuevo (cf 2 Cor 5, 17; Ef 2, 15; 4, 22-24) que, en la muerte, habrá de abrirse a la resurrección (cf 1 Cor 6, 14; 2 Cor 5, 8; Flp 1, 20-23). En todos los cristianos sinceros, aun en aquellos que no están en plena comunión con la Iglesia Católica, se encuentra presente el Resucitado; por eso «son justamente reconocidos como hermanos en el Señor por los hijos de la Iglesia católica».



f) La Iglesia Católica, el sacramento primordial de la presencia del Señor

El Cristo resucitado que llena todo el cosmos, que se hace presente de forma concreta en cada hombre, que es visualizado por la fe en todos cuantos laboran por su causa y que adquiere auténtico carácter fenoménico en los cristianos explícitos, alcanza su mayor grado de concreción histórica en el católico que se haya en posesión del Espíritu Santo (cf Lumen Gentium n.° 14). La Iglesia, comunidad de los fieles, forma el cuerpo de Cristo resucitado. La Iglesia es cuerpo no a semejanza del cuerpo «sárquico» (carnal) de Jesús, sino de su cuerpo pneumático (resucitado). Ese cuerpo, por lo tanto, no está limitado a un determinado espacio, sino que, liberado de todo condicionamiento espacio-temporal, se relaciona con la totalidad. La Iglesia local, donde se escucha la palabra de Dios, donde la comunidad se reúne para celebrar en la mesa eucarística la presencia del Resucitado y vive el vínculo del amor, de la fe, de la esperanza, de la caridad y de la comunión con la jerarquía, da una forma concreta al Señor presente. En su condición de pneumático, el cuerpo del Señor no se limita exclusivamente a la Iglesia, sino que en ella se hace presente de una manera única: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues», dice el Resucitado a Pablo, que se dedicaba a buscar a los cristianos para matarlos (Hech 9, 5).

En el magisterio infalible, en los sacramentos y en el anuncio y gobierno ortodoxos, se hace presente Cristo resucitado sin la menor ambigüedad: es él quien bautiza, consagra y perdona; es él quien enseña cuando, de un modo solemne e irreformable, la Iglesia establece orientaciones en asuntos de fe y de moral para toda la Iglesia universal; es él quien gobierna cuando, en asuntos relacionados con su catolicidad y colegialidad con el Papa, la Iglesia toma decisiones que implican a todo el Pueblo de Dios. La Iglesia se constituye, pues, en el sacramento primordial de la presencia del Señor resucitado.

En la palabra, especialmente en la oración y meditación de sus misterios, el Señor está presente, tal como él mismo prometió (Mt 18, 20): «En la liturgia Dios habla a su pueblo; Cristo sigue anunciando el Evangelio», comentaba acertadamente la Constitución sobre Sagrada Liturgia, del Vaticano II (n.° 33). Y, de hecho, los actos litúrgicos, los gestos, palabras y objetos sagrados asumen un carácter simbólico: simbolizan el encuentro del Resucitado con sus fieles y le hacen mistéricamente presente dentro del mundo viejo. En ellos y a través de ellos, Cristo se comunica y el hombre experimenta su proximidad.

Sin embargo, es en la Eucaristía donde el Señor resucitado adquiere su más alto grado de densidad y presencia: la transubstanciación del pan y el vino presencializan al Resucitado bajo unas especies localmente circunscritas: Ahí está El, en la totalidad de su misterio y en la realidad de su transfiguración. El pan y el vino exhiben y contienen, bajo la frágil realidad material, al Señor mismo, en el pleno realismo de su humanidad transfigurada, autodonándose a todos, como siempre hizo en su existencia «sárquica» y sigue haciendo ahora, de un modo pleno, en su existencia pneumática. El comer y beber su cuerpo y sangre constituye el sentido radical de su donación: insertarnos en su propia vida al entrar en la nuestra, porque «la participación del cuerpo y sangre de Cristo no hace otra cosa sino que pasemos a ser aquello que recibimos» (Lumen Gentium, n.° 26). Al comer el Cuerpo de Cristo en la Eucaristía, el Pueblo de Dios se hace también Cuerpo de Cristo. La presencia eucarística no constituye un fin en sí mismo, sino que es el medio por el que Cristo desea vivir en la intimidad de los suyos. La Eucaristía celebra la entrega y la autocomunicación del Señor: «Esto es mi cuerpo (yo) que se entrega por vosotros... Este es el cáliz de mi sangre (vida) que es derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados». Quien come de ella, debe vivir de la entrega y la apertura a los demás. La Eucaristía es un llamamiento a la reciprocidad, que ha de ser vivida también fuera del sacramento, dentro de la vida, a fin de que el católico sea realmente la diafanía y el sacramento de la presencia del Resucitado en el mundo.

4. Conclusión: El orgullo de la copa está en la bebida; su humildad, en el servir

Si el Señor transfigurado está presente en los hombres, en los cristianos, en los católicos, entonces a todos ellos les es dada una misión: la de ser transparentes a El y signos de El en el mundo. Muchas veces, por nuestro modo de ser y de actuar, nos convertimos en contra-signo del Señor y de su causa y, en lugar de ser un «syn-bolon» de Cristo (signo que habla de Cristo y lleva a El), nos transformamos en «dia-bolon» (signo que separa y divide). Otras veces, las Iglesias sucumben a la tentación y, en lugar de representar a Cristo, lo que hacen es sustituirlo. En lugar de llevar a los hombres a Cristo, se limitan a atraerlos hacia sí mismas. Y otras veces, en fin, no se crea el silencio suficiente para que pueda oirse su voz. Son especialmente válidas para las Iglesias las palabras de Juan el Bautista: «Es preciso que él crezca y que yo disminuya» (Jn 3, 30). Todos los cristianos deberían vivir en sí mismos el sentido de la copa: su orgullo está en la bebida; su humildad, en el servir, según palabras escritas en su diario íntimo por Dag Hammarskjóld en 1954.

El sentido de ser-cristiano consiste en intentar constantemente reproducir en la propia vida aquello que se manifestó en Jesucristo; crear espacio para que El, a través de nuestra existencia y nuestro comportamiento, pueda aparecer y convidar a los hombres. Cada cristiano y toda la Iglesia deberían comportarse como el amigo del novio: «El que tiene a la novia es el novio; pero el amigo del novio, el que asiste y le oye, se alegra mucho con la voz del novio» (Jn 3, 29). ¿Podemos nosotros decir con Juan: «Esta es, pues, mi alegría, que ha alcanzado su plenitud» (ibid.) «No eres tú el aceite, ni el aire; eres tan sólo el punto de combustión, el punto de claridad donde nace la luz. No eres más que la lente bajo el chorro de luz. Tan sólo puedes recibir, dar y poseer la luz, como hace la lente. Si te buscas a tí mismo y «tus derechos», impedirás que el aceite y el aire se encuentren en la llama, privarás de su transparencia a la lente. La santidad, tanto para ser luz como para ser reflejada en la luz, debe apagarse para poder nacer, debe apagarse para poder concentrarse y poder difundirse».

La resurrección de Cristo trajo una nueva forma de ver el mundo. Únicamente por la fe descubrimos la parte más recóndita de las cosas, allí donde éstas se ciñen estrechamente a Dios y al Cristo cósmico, que ahora, resucitado, ha penetrado en el corazón de la materia y de toda la creación. En nuestra actual situación terrena, como peregrinos que tan sólo podemos tantear las realidades definitivas, apenas sentimos todo esto. Pero nos consolamos con las palabras de Pedro: «A quien amáis sin haberle visto; en quien creéis, aunque de momento no le veáis, rebosando de alegría inefable y gloriosa; y alcanzáis la meta de vuestra fe, la salvación de las almas» (1 Pe 1, 8-9).




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