Mutaciones alrededor del concepto de mundo



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Mutaciones alrededor del concepto de mundo






MUTACIONES ALREDEDOR DEL CONCEPTO DE MUNDO

Julián Serna Arango

Profesor de la Escuela de Filosofía

Universidad Tecnológica de Pereira, Colombia

julserna@col2.telecom.com.co
Nos proponemos realizar algunas precisiones relativas a la revolución intelectual gestada por los pensadores e investigadores que en el último siglo han puesto en cuestión los presupuestos de la cultura occidental vigentes desde la filosofía platónico-aristotélica hasta el positivismo, y en particular en lo relativo al concepto de mundo, para luego discutir algunas de las implicaciones de allí mismo derivadas.
Palabras clave: Mundo, postmetafísica, palabra, hermenéutica, constructivismo
We attempt to precise some conceptual considerations regarding the intellectual revolution originated from the thinkers and researchers that throughout the late century have questioned the presuppositions of the Western culture, which have been effective from, the plato-aristotelic philosophies up to positivism, in particular the aspects concerned with the concept of the world, leading to subsequent discussions of some implications derived from them.
Key-words: Constructivism, heremeneutics, postmetaphysics, word, world

1. Introducción

En el último siglo el panorama intelectual de Occidente ha crecido y se ha diversificado de manera tan rápida y desordenada, que en medio del ir y venir de escuelas, dogmas, teorías, ismos, hay quienes han postulado el santo y seña de cierto postmodernismo light “Todo vale” como lo único que quedaría por decir en condiciones de sintonizar una audiencia universal. No obstante, es posible ver en lo acontecido síntomas, signos de un hipotético rompecabezas por armar.

Entre la multiplicidad de movimientos hasta cierto punto heterodoxos surgidos en el presente siglo los hay que no sólo toman distancia del orden vigente, sino además de la tradición imperante en Occidente, tradición que se extiende desde los filósofos clásicos griegos hasta el positivismo. Los movimientos intelectuales en cuestión han discutido los más añejos presupuestos de la cultura occidental, y en particular su concepto de mundo. De esa gesta participan autores de muy diversas procedencias. Filósofos como Heidegger, psicólogos como Bruner, filósofos de la ciencia como Feyerabend, inclusive De la revolución intelectual en cuestión derivan aseveraciones como las siguientes:

1. El mundo para nosotros no es la fiel réplica del mundo fuera de nosotros, el mundo para nosotros es un mundo construido, y en particular, un mundo apalabrado.

2. No todos apalabramos el mismo mundo. Así en lo relativo al ámbito físico-biótico sus diferencias suelen ser deleznables, no ocurre lo mismo en lo relativo al ámbito socio-cultural.

Destacamos dos vías para llegar a las conclusiones en cuestión: la hermenéutica y el constructivismo. ¿Cuál hermenéutica? ¿Cuál constructivismo ? Intentaremos precisarlo enseguida.



2. Primera y segunda hermenéutica

Habiendo desarrollado los semitas un alfabeto que únicamente contenía signos para las consonantes, al leer los textos surgían diversas posibilidades, puesto que diferentes palabras contenían las mismas consonantes, como sería en español las palabras casa, caso, cosa. De allí que el lector debía elegir entre diversas opciones, y lo hacía tomando en consideración el texto hasta entonces leído, textos afines, la tradición de la que participaba, y en esa medida podríamos decir que el lector actuaba como intérprete. No es otro el origen de la hermenéutica judía.

Aunque los textos específicamente cristianos fueron escritos en griego, cuyo sistema de escritura alfabético no sólo arbitra signos para las consonantes, sino además para las vocales, hubo una hermenéutica cristiana. Dada la relativa dispersión doctrinal del cristianismo, paralela a la diseminación de Iglesias (comunidades de fieles) en torno al Mediterráneo, abundan las lecturas disímiles de determinados términos y pasajes de los textos sagrados, y no siempre resultó fácil dirimir las divergencias porque las fronteras entre lo literal y lo alegórico se difuminan a través de la historia.

Hacia el siglo XIII, la hermenéutica cristiana alcanza indiscutible protagonismo, cuando en desarrollo de las prácticas pedagógicas de la universidad medieval se reconoce que las palabras adquieren su sentido de cara a determinada tradición. Si las palabras, las frases, los discursos, y en general los textos gestan sentido a partir de sus circunstancias socio-culturales, es menester evitar leerlas desde tradiciones ajenas a las suyas. Atendiendo aquel sentido del texto que pudiera derivar de su tradición originaria, de las circunstancias del autor, tomando en consideración la etimología de las palabras, no habiendo caído en la trampa de la lectura literal, el lector, y en este caso el intérprete, estaría en condiciones de descubrir el verdadero significado del texto.

En la primera hermenéutica es posible reconocer, en síntesis, una asimetría sujeto-objeto. Mientras el objeto, el texto, y en particular su significado y su sentido varían según los criterios desde las cuales se realice su lectura; el sujeto, quien aplica el “método hermenéutico”, en cambio, permanece el mismo; al fin y al cabo el hombre fue creado a imagen y a semejanza de la Divinidad de una vez para siempre de acuerdo con la tradición judeo-cristiana imperante. Semejante a-simetría, no obstante, no habría de durar.

Cuando Occidente ahonda en la diversidad de culturas, de tradiciones, cuando reconoce la historicidad de las ideas y de los valores, forzoso es concluir que el sujeto que actúa, piensa, habla, en fin, escribe no constituye un invariante ni mucho menos; él estaría comprometido con sus circunstancias por supuesto cambiantes. Adicionar a la relatividad del significado y sentido del texto, la del intérprete, constituye un hecho pródigo en consecuencias.

No sólo el objeto depende del sujeto (primera hermenéutica), sino que además el sujeto depende del objeto (historicismo). De allí la existencia de un círculo hermenéutico, término acuñado por Heidegger, cuando el objeto es visto desde un sujeto construido y reconstruido a través de su relación con el objeto. Esa doble relación sujeto-objeto, esa relación de ida y vuelta, constituye un movimiento sin fin, uno y continuo, un movimiento circular a través del cual podemos avanzar pero no salir. En esas condiciones no hay mundo diferente al mundo configurado por la unidad sujeto-objeto en el que permanecemos confinados. Heidegger lo expresa sin rodeos: “El mundo es siempre mundo espiritual”1

La segunda hermenéutica, y a diferencia de la primera, no sería un método, sino la manera de ser en el mundo del ser que somos nosotros. Gadamer afirma: “(…) Heidegger ha mostrado (…) de una manera convincente, que la comprensión no es uno de los modos de comportamiento del sujeto, sino el modo de ser del propio estar ahí”2 (2).

A semejanza de la hermenéutica, el constructivismo ha seguido un curso en cierto modo paralelo.

3. Primer y segundo constructivismo

Con el nombre “constructivismo” se alude a la postura intelectual por medio de la cual se reconoce que el mundo que asumimos como tal no es un mundo dado, sino un mundo construido.

Dentro del constructivismo se hace necesario distinguir dos posturas básicas. Una primera modalidad de constructivismo, un constructivismo inicial, que se queda a mitad de camino, y un segundo constructivismo, un constructivismo radical que lleva sus postulados hasta las últimas consecuencias.

Cuando Kant sostiene que nosotros no conocemos la cosa en sí (el nóumeno), sino sólo el resultado de ensamblar (organizar) las sensaciones dadas a partir de unos esquemas intelectuales puestos por el sujeto, define el punto de partida de lo que se denomina constructivismo en lo sucesivo. No obstante, Kant elude las consecuencias relativistas derivadas de la intervención de la subjetividad, cuando concibe esa misma subjetividad como subjetividad trascendental o a priori, es decir, como una serie de formas universales y necesarias; por su conducto todos los seres racionales estarían en condiciones de ensamblar conceptos a partir de las sensaciones; como formas universales y necesarias serían comunes a todos los seres racionales, y garantizan así la uniformidad de las construcciones de mundo en la medida del uso correcto de nuestras facultades, cuando el sujeto no incurre por ejemplo en los usos sofísticos de la razón denunciados por Kant. Comparte el filósofo de Köenigsberg, a pesar y a partir del reconocimiento de la subjetividad la postura metafísica tendiente a sustraer determinados elementos constitutivos de la existencia del flujo de la temporalidad. Antes fueron las ideas de Platón o el dios de la Escolástica, ahora serían las formas a priori postuladas por Kant. De allí que un pensador como Rorty no vacile en clasificar a Kant dentro de la tradición metafísica.

Tras las huellas de Kant, Piaget hallará el equivalente a las formas a priori en las estructuras lógico-matemáticas, y no lo hará desde la reflexión teórica como Kant, sino desde la psicología.

El mundo construido a partir de las estructuras lógico-matemáticas inventariadas por Piaget, cuyo origen remite a los ancestros biológicos de la condición humana, y a semejanza del mundo construido a partir de las formas a priori formuladas por Kant, sería un mundo compartido, común a todos en la medida del uso correcto de nuestras facultades. No en vano Bruner advierte que Piaget “(…) se aferra sin embargo a un realismo residual ingenuo”3. Más irreverente aún Glasersfeld sostiene que Piaget: (…) tiene todavía un ansia de realismo metafísico4.

Tarde o temprano las tesis constructivistas habrían de culminar en un constructivismo radical. Bastaría tomar en consideración experiencias como la siguiente. Todos sabemos que al leer un libro por segunda vez, y así la primera vez haya sido un poco antes, la experiencia no será la misma porque nosotros ya no somos los mismos. En otras palabras, cuando leemos el libro por segunda vez debemos contar forzosamente con los resultados derivados de la primera lectura, los cuales probablemente hayan alterado nuestras actitudes y expectativas.

Al construir mundo nos reconstruimos a nosotros mismos. No sólo el objeto es una construcción, también el sujeto. De allí el carácter provisional de nuestras investigaciones comprometidas con un sujeto interino. Dicha reciprocidad entre la reconstrucción del objeto y la reconstrucción del sujeto, implica nuestro confinamiento dentro de la unidad sujeto-objeto desde un punto de vista intelectual, y como quiera que el pensar acontece a través del lenguaje, se trataría en última instancia de un confinamiento lingüístico. Habitamos, en síntesis, un mundo apalabrado. Leemos en Bruner: “(…) el lenguaje no sólo transmite, el lenguaje crea o constituye el conocimiento o la realidad”5.



4. El fantasma del solipsismo

Si nos atenemos al legado aristotélico, los fenómenos que hacen parte del exclusivo círculo de la realidad real no serían más que los fenómenos percibidos. Si asumimos, en cambio, el concepto de mundo como mundo apalabrado no sólo lo percibido configura el mundo para nosotros, sino también lo meramente pensado, los interrogantes que a diario nos asaltan, y en esa medida configuran, alteran, motivan nuestra conducta. Ello, no obstante, no implica caer en el solipsismo.

Primero porque en lo relativo al ámbito físico-biótico la naturaleza constituye una especie de contexto universal. Segundo porque en lo relativo al ámbito socio-cultural, o bien compartimos con nuestros semejantes más próximos una serie de tradiciones, o bien estamos en condiciones de construirlas, así dicha construcción sea laboriosa y en última instancia parcial. Si fracasamos en el intento por construir contextos compartidos o ni siquiera lo intentamos sobreviene la incomunicación, las relaciones interpersonales quedarían reducidas a un intercambio de monólogos y la vida en sociedad se vería seriamente comprometida.

5. El bunker de la objetividad

Aunque la realidad es inventada, sostiene Watzlawick: “(…) su inventor no tiene conciencia del acto de su invención, sino que cree que esa realidad es algo independiente de él y puede ser descubierta”6. No sólo eso. Después de inventada la realidad, el sujeto suele prestar atención únicamente a los hechos que la confirman de tal suerte que termina convencido que su concepto de mundo es un concepto de mundo objetivo. Ello acontece en la cotidianidad, como también en algunos círculos ilustrados.

A pesar de las experiencias registradas por la segunda hermenéutica, por el constructivismo radical todavía utilizamos términos como el de “mundo objetivo”, en virtud de nuestra experiencia con los fenómenos propios del ámbito físico-biótico, los cuales no sólo acontecen en un espacio concebido como extensión y un tiempo concebido como número del movimiento (Aristóteles), sino que además las más de las veces se pueden individualizar.

Habiendo contado las estrellas en una noche clara o calculado la velocidad de un móvil, su resultado es inapelable. Un mismo número no se interpreta de diversa manera, así varíe el contexto. Excluida la subjetividad, se reivindica la objetividad. No obstante, no todo se puede contar o medir.

A diferencia de los fenómenos físico-bióticos, en los fenómenos históricos resulta difícil delimitar fronteras. En virtud de la complejidad inaudita de la condición humana, los fenómenos históricos suelen individualizarse desde múltiples perspectivas que se superponen, se complementan, se excluyen. Cuando nos proponemos medir la duración de determinado acontecimiento surgen múltiples hipótesis relativas a la fecha de sus orígenes como también a la de su culminación, como ocurre con la edad media, con la edad moderna también. Se puede hablar de una breve edad media que iría desde el resurgimiento de las ciudades en el siglo XI hasta justo antes del Renacimiento, pero también de una larga edad media (Le Goff) que se extiende desde el siglo III hasta el XVIII. La edad moderna empieza para algunos en el Renacimiento, para otros con Descartes, para otros con la Ilustración, para no hablar de las polémicas relativas a su eventual culminación. No sólo resulta problemático fechar los acontecimientos, en ocasiones ni siquiera resulta fácil individualizarlos porque no sabemos por ejemplo si un acto de heroísmo es uno o varios, si un acto de altruismo es en el fondo un profundo acto de egoísmo, etc.

Dadas las dificultades de contar y medir los fenómenos a investigar por parte de las ciencias humanas, se tiende a reconocer la existencia de un abismo entre estas y las ciencias naturales. Mientras los resultados de las investigaciones en ciencias naturales configuran un corpus avalado por la respectiva comunidad de expertos en los más de los casos, no ocurre lo mismo en lo relativo a las ciencias humanas en las que los expertos suelen diseminarse en una serie de ismos, escuelas y tendencias.

Aunque la diferencia entre ciencias naturales y ciencias humanas es considerable no sería tan radical como a primera vista parece. Si atendemos la observación de Quine de acuerdo con la cual en la ciencia se combina un poco de observación con un mucho de teorización, ello llevaría a destacar el valor de las articulaciones conceptuales a pesar y a partir de los registros numéricos. Las observaciones, las mediciones, inclusive, son asumidas desde un paradigma que hace las veces de sistema presupuestos, de prejuicios también, de acuerdo con Kuhn. Hoy día es evidente que no hay percepción pura. En Manera de hacer mundos, Goodman deja constancia de la: “(…) abrumadora crítica a la idea de una percepción carente de concepto, a la idea de lo puramente dado, de la absoluta inmediatez, del ojo inocente (…) que Berkeley, Kant, Cassirer, Gombrich y Bruner, y otros muchos han planteado de manera tan completa y frecuente”7. Si no hay percepción pura, la nuestra no es una excepción y estaría contaminada. A ello alude Feyerabend cuando advierte que: “(…) en el momento actual las formas de percepción son las de la física clásica”8.

No sólo el desarrollo de la segunda hermenéutica en filosofía, del constructivismo radical en psicología, sino además las aseveraciones de filósofos de la ciencia como Kuhn y Feyerabend han llevado a repensar los presupuestos y prejuicios de la cultura occidental. Para ilustrar lo anterior, enseguida nos referimos a los discursos y a las conductas.



6. El discurso

Lejos de ser neutral, articular discursos en el marco de la tradición metafísica se subordina a la exigencia de comunicar verdades, verdades percibidas, interpretadas, construidas pero en todo caso inapelables, fundadas en una concepción del mundo para nosotros como fiel réplica del mundo exterior o como mundo construido bajo parámetros uniformes. Para trasmitir verdades, en síntesis, es menester formular discursos de tal manera que sea quien sea el interlocutor o lector difícilmente se aparte del guión. De allí las siguientes presunciones:

1. La concepción de la palabra como unidad semántica

2. La reducción de las funciones del enunciado a la constatativa

3. La reducción del contenido del discurso a una sucesión de proposi­ciones en cadena

Quisiéramos discutir tales pretensiones:

1. No por conservar su identidad acústica y gráfica a través del discurso, puede colegirse que las palabras conservan su identidad semántica y menos aún pragmática:

Lejos de ser un fenómeno excepcional, la polisemia de las palabras refleja la diversidad de usos acumulados por una palabra a lo largo del acontecer histórico, en diferentes contextos. A semejanza de los electrones que constituyen nubes de probabilidades que se difuminan en un espacio virtual, que únicamente aparecen en un lugar concreto cuando los localizamos mediante haces de luz; las palabras constituyen tramas semánticas que se difuminan, y que únicamente adquieren un sentido más o menos preciso cuando son habladas o escritas en determinado contexto.

Lejos de ser un accidente, la polisemia del significado, y en particular, la difuminación del sentido, constituyen un fenómeno hasta cierto punto irreductible, no neutralizado por el diccionario que en su condición de mundo de las ideas portátil hace abstracción de la diversidad de contextos en los que aparecen las palabras, y únicamente proporciona unas pistas.

Amparado en diccionarios o en tradiciones que operan como tales, el uso esencialista de las palabras origina múltiples dificultades. Consideremos el concepto de justicia. Hay quienes piensan el concepto de justicia como igualdad, pero la igualdad -no siendo meritocrática- resulta inequitativa, y ello se considera injusto. Quienes, en cambio, conciben la justicia como equidad legitiman así la desigualdad, desigualdad que por su propia inercia conduce a situaciones de injusticia social. Pudiera aducirse que la justicia es la igualdad ante la ley y en esos términos la justicia operaría como imparcialidad. ¿Que a posteriori la ley sea imparcial resulta defensable, pero lo es a priori? Ello dista de ser evidente. No compiten en las pistas del mercado en igualdad de condiciones el comerciante judío y el monje tibetano; no se adaptan de igual manera al socialismo el mujik ruso que el chino tradicionalista.

Quien pretenda resolver interrogantes como el relativo a la esencia de la justicia se hace sospechoso de metafísica. Leemos en Rorty: “'¿Cómo decidir cuándo luchar contra la injusticia y cuándo dedicarse a los proyectos privados de creación de sí mismo? (…) '¿ Es correcto entregar n inocentes a la tortura para salvar la vida de otros m x n inocentes ?' (…) '¿ Cuándo se puede favorecer a miembros de la propia familia, o de la propia comunidad, frente a otros seres humanos tomados al azar?' El que cree que hay, para preguntas de este tipo, respuestas teóricas bien fundadas -algoritmos para la resolución de dilemas morales de esa especie- es todavía, en el fondo de su corazón, un teólogo o un metafísico”9.

2. No es posible reducir las funciones del enunciado a la función constatativa por medio de la cual se deja testimonio de algo. “El árbol es verde por ejemplo”.

Cuando César exclama en Grecia su célebre frase: vini, vidi, vinci (vine, vi y vencí) no se limita a informar: Yo vine + yo vi + yo vencí, sino que además tal exclamación contiene un elemento implícito relativo a la velocidad de las acciones por medio de las cuales aniquiló al enemigo, como una manifestación de poderío. La frase vini, vidi, vinci, trasmite una voluntad de intimidación que probablemente no haya pasado desapercibida para sus competidores políticos a quienes estaría dirigida.

Con el tránsito de la oralidad a la escritura las funciones no constatativas de la comunicación pasarían a un segundo plano si nos atenemos a las observaciones realizadas por diversos autores. Exenta de replicas y contra-réplicas, comentarios y digresiones, y a diferencia del diálogo, la lectura de un texto escrito suele hacer abstracción de los protagonistas para limitarse al asunto. De allí que expresiones verbales performativas como “te prometo”, “te ordeno”, etc., abundantes en el habla cotidiana suelen estar ausentes del lenguaje escrito. De las consideraciones antes mencionadas, no obstante, no pudiera derivarse la ausencia de contenidos performativos en la escritura, cuando no todos son explícitos; también las hay implícitos.

Ante la imposibilidad de realizar demostraciones científicas. habiendo renegado de los argumentos de autoridad, algunos filósofos han hecho de la coherencia de su obra un meta-valor ético y estético tendiente a inducir su aceptación allende su contenido proposicional, su valor argumentativo.

Dentro del género de los enunciados no constatativos no sólo estarían los enunciados que comprometen al emisor o al receptor con determinada conducta; sería menester destacar, además, los que gestan mundo. Ello acontece con los enunciados emitidos en desarrollo de los actos litúrgicos, las maldiciones, etc. Otro tanto sucede con aquellas frases en apariencia metafóricas, pero que asumidas en su significado literal gestan sentido donde antes había nada. Al decir: “La alegría es contagiosa”, es evidente que el término “contagiosa”, procedente del argot médico, pudiera asumirse como un símil. Empero, ocurre que lo “contagiosa” de la alegría ha terminado por asumirse como algo real.

Mientras los enunciados constatativos suelen suministrar información de una vez para siempre, no acontece lo mismo con todo tipo de enunciados. Como lo enseña el sistema mito-rito, al sentido hay que reactualizarlo periódicamente; si se conserva únicamente, se extingue. Las diferentes culturas han ingeniado múltiples vías para reactualizar sentido mediante acciones que si bien pasan de largo por el mundo percibido, actúan sobre el mundo apalabrado. Rituales, énfasis, condecoraciones, detalles, símbolos son utilizados en esa dirección. Habiendo reducido el mundo al mundo percibido tales acciones han sido declaradas superfluas en Occidente. Lejos de ser neutral, ello potencia la crisis de sentido.

3. Lejos de reducir el significado y el sentido del discurso a la serie de proposiciones, es menester reconocer la existencia de un significado y un sentido procedentes de niveles subproposicionales y supraproposicionales. Cuando decimos: “El panfleto con los dogmas del partido fue repartido en la reunión de anoche”. Resulta evidente que la utilización de la palabra “panfleto” y la expresión “dogmas del partido”, proporcionan una información adicional de carácter subproposicional, que haría sospechoso de tendencias autoritarias al autor del texto en cuestión. Si decimos: “Tomó el maletín, abrió la puerta, se montó en el coche, hundió el acelerador”. Resulta evidente que aparte de la información que nos proporciona cada una de las expresiones involucradas, se comunica la prisa que acompaña al sujeto, sentido que deriva de una lectura supraproposicional.

El esfuerzo por realizar un discurso válido para todos los contextos posibles, en síntesis:

1. Compromete la comunicación con los presupuestos propios de los enunciados constatativos, como la antítesis sujeto-objeto.

2. Limita la comunicación, la recorta, al descartar lecturas diferentes de la proposicional.

Si el mundo para nosotros deja de concebirse como fiel réplica del mundo fuera de nosotros o como mundo construido bajo parámetros uniformes, para concebirse, en cambio, como mundo apalabrado, implicaría la recuperación de las dimensiones perdidas de la comunicación, así se tome distancia de la antítesis sujeto-objeto, cuando la percepción pura, de un lado, y el discurso no comprometido, de otro lado, se reconocen otras tantas falacias, cuando en lo relativo a las disciplinas humanísticas es posible registrar el relevo de los discursos que pugnan por conquistar validez para todos los contextos posibles por los discursos que toman partido de los contextos compartidos y lo hacen por medio de los recursos literarios, la ejemplificación, la ironía, inclusive, en aras de sensibilizar, comprometer, provocar al lector, profundizar con él.



7. Conductas

Si reducimos el mundo para nosotros al mundo percibido nos sentimos habitantes de un mundo infinito en el espacio y en el tiempo, en el que nuestra finitud se revela literalmente infinitesimal, es decir, tiende a cero. Es cuando acudimos a una serie de prótesis espirituales en aras de redimir nuestra finitud, que nos proporcionen un sentido infinito, como serían los monoteísmos y las metafísicas.

Dominados por la inercia del acontecer, cuando las historias de ritmo rápido como la económica y la política no sólo aceleran su curso, sino que además adquieren un protagonismo de primer orden, las prótesis espirituales se revelan ineptas para cumplir su cometido. Es cuando nos proponemos realizar lo infinito en lo finito directamente, cuando queremos más de lo mismo por el placer de acumularlo, es decir, el dinero por el dinero, el poder por el poder al margen de cualquier otra consideración. De allí el auge del neoliberalismo y las partidocracias bajo el signo de la racionalidad instrumental.

Pero los proyectos diseñados para conquistar sentido no sólo fracasan por su desmesura, sino además porque aplazan la gratificación hasta el límite del ridículo. Es cuando sobreviene el nihilismo.

Si la racionalidad instrumental, el último de los retoños de la metafísica, se traduce en nihilismo, acaso no haya otra opción que llevar hasta las últimas consecuencias las implicaciones de la revolución intelectual por medio de la cual los conceptos de mundo de estirpe metafísica son relevados por el concepto de mundo como mundo apalabrado. ¿Qué implicaría? Un par de ejemplos:

1. Una reivindicación del espacio y el tiempo para nosotros. De allí la reconsideración de la atracción ejercida por las metrópolis en las que escasea el espacio y el tiempo para nosotros.

2. Una reivindicación de nuestro hábitat espiritual, de donde proceden nuestras fuentes de sentido, en los más de los casos constituido por una familia, un trabajo, algunas relaciones personales, algunos intereses. Relegar a un segundo plano nuestro hábitat espiritual en aras de pretendidas gigantomaquias no sólo iría en contra de nosotros mismos, sino además de quienes nos rodean. Leemos en Feyerabend: “Muchos de los llamados grandes son monomaniacos que no tuvieron escrúpulos en destruir su humanidad (y la de sus amigos y colaboradores) para poder acabar así el cuadro perfecto, la teoría perfecta, el arma perfecta”10.

8. Conclusión

Términos como hermenéutica y constructivismo, giro lingüístico y deconstrucción, postmodernidad y posthistoria aluden a una revolución intelectual que se viene gestando en Occidente. El resultado de semejante mutación todavía es incierto. Acaso no tenga más porvenir que las historias de la filosofía, pero también pudiera ser la alternativa al nihilismo, al vacío dejado por la crisis de la metafísica.

A diferencia de las críticas de la modernidad que toman distancia de sus instituciones económicas y políticas, las críticas de estirpe postmetafísica no sólo cuestionan los fines de la sociedad industrial contemporánea, cuando además los reconocen comprometidos con los conceptos de mundo de estirpe metafísica.

A diferencia de las revoluciones económico-políticas, la mutación del léxico y los hábitos intelectuales vigentes requiere de tiempo. Las nuevas vías tendientes a la construcción de mundo deberán incidir en las prácticas educativas. Leemos en Feyerabend: “(…) la aceptación gradual de la teoría por un núcleo de personas cada vez mayor debe producir finalmente una transformación incluso del lenguaje común que se enseña en la más tierna infancia”11. No es otra la garantía del cambio.



Si la autonomía del pensar en Grecia dio origen (y fundamento) a Occidente, si el reconocimiento de la subjetividad en los tiempos modernos posibilitó la ciencia matemática, empiezan a insinuarse las repercusiones de la mutación del léxico y hábitos lingüísticos que han regentado el ámbito académico desde Platón hasta el positivismo, y en lo que constituye el tercero de los hitos de la historia de la filosofía.


1 HEIDEGGER, Martin. Introducción a la metafísica. Buenos Aires: Nova, 1977. p. 82.

2 GADAMER, Hans George. Verdad y método. Salamanca: Sígueme, 1993. v. I, p. 12.

3 BRUNNER, Jerome. Realidad mental y mundos posibles. Barcelona: Gedisa, 1996. p. 106.

4 GLASERSFELD, Ernst von. “Introducción al constructivismo radical”. En La realidad inventada. Paul Watzlawick y otros. Barcelona: Gedisa, 1998. p. 26

5 BRUNNER, Jerome. Realidad mental y mundos posibles. Barcelona: Gedisa, 1996. p. 137.

6 WATZLAWICK, Paul. “Prefacio”. En: La realidad inventada. Paul Watzlawick y otros. Barcelona: Gedisa, 1998. p. 15

7 GOODMAN, Nelson. Maneras de hacer mundos. Madrid: Visor. 1990. p. 23.

8 FEYERABEND, Paul K. Límites de la ciencia. Barcelona: Paidós, 1989. p. 137

9 RORTY, Richard. Ironía, contingencia y solidaridad. Barcelona: Paidós, 1991. p. 17.

10 FEYERABEND, Paul. Adiós a la razón. Barcelona: Altaya, 1995. p. 114

11 FEYERABEND, Paul K. Límites de la ciencia. Barcelona: Paidós, 1989. p. 107.




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