Mujeres y madres privadas de libertad



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MUJERES y MADRES PRIVADAS DE LIBERTAD


I. INTRODUCCIÓN

La prisión es para la mujer un espacio discriminador y opresivo, particularmente por el significado que asume el encierro para ellas, ya que, para la interna, esta experiencia es doblemente estigmatizadora y dolorosa dado el rol que la sociedad le ha asignado. Una mujer que pasa por la prisión es calificada de “mala” porque contravino el papel que le corresponde como esposa y madre, sumisa, dependiente y dócil”1


Los estudios que abordan la temática de la mujer privada de libertad en América Latina constatan que la marginación y los abusos que muchas de las mujeres reclusas han sufrido en su vida, continúan al momento de ser encerradas. Si antes del encierro eran mujeres marginadas, luego lo son aún más, ya que, según la idea tradicional del rol femenino, se transforman en malas mujeres, que han abandonado a su familia, con lo cual, al sentimiento de abandono se suma el de culpa.
Resulta innegable entonces, que la población interna femenina tiene características de vulnerabilidad física y emocional que las afectan en mayor medida que a los hombres, sobre todo por la separación de sus familias. De este modo, a pesar de representar un porcentaje menor dentro del total de la población penal, sus necedades particulares deben ser tomadas en cuenta especialmente.
Al respecto, la Declaración de San José, suscrita el 9 de marzo de 2010, por la Conferencia de Ministros de Justicia de los Países Iberoamericanos COMJIB, de la que Chile participa activamente, constituye un instrumento internacional que enfatiza en este aspecto. En ella se consagra el acceso a derechos de las personas privadas de libertad en Iberoamérica, contemplando reglas mínimas de derechos para las mujeres privadas de libertad, que buscan evitar el uso intensivo de la cárcel, en particular para aquella que está embarazada o tiene hijos menores, privilegiando las medidas en libertad y el monitoreo electrónico. En el caso que la mujer debiera estar privada de libertad, se propone que en el contexto de encierro no se reproduzcan roles sociales de carácter machista y se vele en todo momento por su especial situación de vulnerabilidad, brindándole todas las prestaciones que recibiría en el caso que estuviera en libertad y analizando permanentemente, las particularidades de la población femenina.
Sin embargo, el sistema penitenciario y la privación de libertad, imprime un tratamiento que no distingue características esenciales entre sus destinatarios. Los planes de rehabilitación, el entorno arquitectónico del encierro, el fortalecimiento de la relación entre la mujer interna y sus hijos, la realización de una vida sexual mínima, el despliegue de actividades de desarrollo laboral y académico constituyen tópicos que, de existir, han sido pensados para hombres y, en el mejor de los casos, incorporan a la mujer que experimenta la cárcel, como destinataria de un rol o de unas expectativas que deben de cumplirse por el hecho de ser mujeres; roles y expectativas que exigen una profunda revisión.

Según señala Antony, las características en todos los establecimientos penitenciarios de América Latina son sospechosamente similares: regímenes duros, largas condenas, alta proporción de detenidas no condenadas, mal estado de las instalaciones, falta de atención y tratamientos médicos especializados, terapias basadas en trastornos calificados como «nerviosos», escasa o nula capacitación laboral y pocas actividades educativas y recreativas. Estas características indican que no se está utilizando la perspectiva de género y que, por el contrario, se refuerza la formación –o, mejor dicho, la asignación de sexo– y se consolida la idea androcéntrica de la mujer como un ser subordinado, incapaz de tomar decisiones, sin responsabilidades y sin posibilidad de enfrentar el futuro. “El objetivo de los regímenes penitenciarios es devolverla a la sociedad como una «verdadera mujer», para lo cual se recurre a las técnicas tradicionales de socialización. Los trabajos y la supuesta formación profesional impartida en la cárcel están dirigidos a aprender a coser, planchar, cocinar, limpiar, confeccionar pequeñas artesanías y tomar cursos de modistería. Esto traduce una total despreocupación por el mercado laboral que les espera cuando salgan en libertad, pues pocas de estas actividades les permitirán subsistir de manera independiente”2



II. SITUACION DE LAS MUJERES PRIVADAS DE LIBERTAD EN CHILE

Si bien la prisión representa una dura experiencia tanto para hombres como para mujeres, porque ambos viven las consecuencias del castigo, del desarraigo y de la separación de su mundo, para las mujeres existe una realidad penitenciaria específica que ha sido ignorada por el sistema carcelario, en toda América Latina, al estar inspirado en un modelo que responde a las necesidades masculinas. Esto se debe principalmente, a la poca importancia que los diferentes enfoques criminológicos les han dado a las mujeres como autoras de delitos, no sólo por el escaso número de ellas que delinque, sino también, porque por muchos años se ha creído que participan únicamente en delitos estereotipados como femeninos (aborto, parricidio o infanticidio).

Durante las últimas décadas se han efectuado una serie de estudios, la mayoría en países desarrollados, que buscan relevar la importancia de abordar las necesidades de intervención especificas a la mujer (Worrall, 2002; Blanchette& Brown, 2006). En este sentido, las prácticas basadas en la evidencia han establecido que la privación de libertad para las mujeres, es una experiencia que reviste características diferentes que, para los hombres, lo cual puede explicarse por la respuesta diferencial que los profesionales del sistema tienen hacia el género, como por las necesidades específicas en materia de intervención que son requeridas por éstas.
Población femenina atendida por Gendarmería de Chile
al Año 2008, 12.233 mujeres, desagregado por subsistema.







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