Muchas Vidas, Muchos Maestros



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13
Catherine se había liberado de sus perturbadores síntomas. Estaba sana incluso más de lo que se puede considerar normal. Sus vidas empezaban a repetirse. Yo sabía que nos acercábamos al final. Lo que ignoraba en aquel día de otoño, mientras Catherine volvía a caer en su trance hipnótico, era que pasarían cinco meses entre esa sesión y la siguiente, que sería la última.

—Veo tallas —comenzó—. Algunas están hechas en oro. Veo arcilla. Hay gente haciendo vasijas. Son rojas... por el material rojo que usan. Veo un edificio marrón, una especie de estructura marrón. Ahí es dónde estamos.

—¿Estás en el edificio marrón o cerca de él?

—Estoy dentro de él. Trabajamos en cosas diferentes.

—¿Puedes verte mientras trabajas? —pregunté —. ¿Puedes describirte, describir tu ropa? Mira hacia abajo. ¿Qué ves?

—Tengo una especie de... una tela roja, larga. Y zapatos extraños, como sandalias. Tengo el pelo castaño. Estoy trabajando en una especie de figura. Es la figura de un hombre... un hombre. Tiene algo así como un palo, una... una vara en la mano. Los otros están haciendo cosas con... algunos, con metales.

—¿Esto se hace en una fábrica?

—Es sólo un edificio. Un edificio de piedra.

—La estatua en la que trabajas, el hombre de lavara, ¿sabes quién es?

—No, es sólo un hombre. Se encarga del ganado... de las vacas. Hay muchas allí (estatuas). Nosotros sabemos cómo son. Es un material muy raro. Cuesta trabajarlo. Se desmigaja.

—¿Conoces el nombre del material?

—No veo eso. Sólo rojo, algo rojo.

—¿Qué pasará con la estatua después que la hayas terminado?

—La venderán. Algunas las venderán en el mercado. Otras se las darán a los diferentes nobles. Sólo la mejor artesanía irá a las casas de los nobles. El resto será vendido.

—¿Tratas tú alguna vez con esos nobles?

—No.


—¿Éste es tu trabajo?

—Sí.


—¿Te gusta?

—Sí.


—¿Hace mucho tiempo que haces esto?

—No.


—¿Lo haces bien?

—No muy bien.

—¿Necesitas más experiencia?

—Sí, apenas estoy aprendiendo.

—Comprendo. ¿Vives aún con tu familia?

—No sé, pero veo cajas marrones.

—¿Cajas marrones? —repetí.

—Tienen pequeñas aberturas. Hay una puerta y algunas estatuas dentro. Están hechas de madera, madera de alguna clase. Tenemos que hacer las estatuas para ellas.

—¿Cuál es la función de las estatuas?

—Son religiosas —respondió.

—¿Qué religión hay ahí... la estatua?

—Hay muchos dioses, muchos protectores... muchos dioses. La gente tiene mucho miedo. Aquí se hacen muchas cosas. También hacemos juegos... tableros con agujeros. En los agujeros van cabezas de animales.

—¿Ves algo más ahí?

—Hace mucho calor, y hay polvo... arena.

—¿Hay agua en la zona?

—Sí, baja de las montañas.

Esa vida también empezaba a parecerme familiar.

—¿La gente tiene miedo? —sondeé —. ¿Son supersticiosos?

—Sí. Hay mucho miedo. Todos están asustados. Yo también. Tenemos que protegernos. Hay enfermedad. Tenemos que protegernos.

—¿Qué clase de enfermedad?

—Algo los está matando a todos. Muere mucha gente.

—¿Por el agua? —pregunté.

—Sí. Todo está muy seco... muy caluroso, porque los dioses están enojados y nos castigan.

Estaba reviviendo la vida en que había sido curada con tanis. Reconocí la religión del miedo, la religión de Osiris y Hathor.

—¿Por qué se han enojado los dioses? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

—Porque hemos desobedecido las leyes. Están enojados.

—¿Qué leyes habéis desobedecido?

—Las establecidas por los nobles.

—¿Cómo se puede apaciguar a los dioses?

—Es preciso usar ciertas cosas. Algunas personas usan cosas colgadas del cuello. Ayudan contra el mal.

—¿Existe algún dios en especial que asuste más a la gente?

—Todos nos asustan.

—¿Sabes los nombres de algunos?

—No sé sus nombres. Sólo los veo. Hay uno que tiene cuerpo humano y cabeza de animal. Otro parece un sol. Hay uno que se parece a un pájaro; es negro. Llevan una cuerda rodeándoles el cuello.

—¿Sobrevives a todo esto?

—Sí. No muero.

—Pero otros miembros de tu familia, sí.

—Sí... mi padre. Mi madre está bien.

—¿Y tu hermano?

—Mi hermano... ha muerto —recordó.

—¿Por qué sobrevives tú? ¿Hay algo especial, algo que tú hayas hecho?

—No —respondió. Luego cambió el centro de atención—. Veo algo con aceite dentro.

—¿Qué ves?

—Algo blanco. Casi parece mármol. Es... alabastro. Una especie de cuenco... con aceite. Se usa para untar la cabeza...

—¿... de los sacerdotes? —completé.

—Sí.


—¿Cuál es ahora tu función? ¿Ayudar con el aceite?

—No. Hago las estatuas.

—¿En ese mismo edificio marrón?

—No... es más tarde... un templo.

Algo la inquietaba.

—¿Tienes algún problema ahí?

—Alguien ha hecho algo en el templo que ha enfurecido a los dioses. No sé...

—¿Has sido tú?

—No, no... sólo veo a los sacerdotes. Están preparando un sacrificio... un animal... Es un cordero. Tienen la cabeza afeitada. No tienen pelo en ningún lado, ni en la cara...

Calló. Los minutos pasaban lentamente. De pronto se puso alerta, como si escuchara algo. Cuando habló, lo hizo con voz grave. Un Maestro se había hecho presente.

—Es en este plano donde a algunas almas se les permite manifestarse a las personas que aún están en la forma física. Se les permite retornar... sólo si han dejado algún acuerdo sin cumplir. En este plano se permite la intercomunicación. Pero los otros planos... Aquí es donde se nos permite utilizar los poderes psíquicos y comunicarnos con las personas que tienen forma física. Hay muchas maneras de hacerlo. A algunos se les otorga el poder de la vista, para que puedan mostrarse a quienes aún están en la forma física. Otros tienen el poder del movimiento; se les permite mover objetos telepáticamente. Sólo se va a este plano si a uno le es útil ir ahí. Si ha dejado un acuerdo sin cumplir, puede decidir ir ahí para comunicarse de algún modo. Pero eso es todo... para que el acuerdo quede cumplido. Si nuestra vida ha terminado abruptamente, sería un motivo para entrar en este plano. Muchos prefieren ir ahí porque se les permite ver a quienes aún están en la forma física y muy unidos a ellos. Pero no todos quieren tener contacto con ellos. Para algunos puede ser muy aterrador.

Catherine guardó silencio y pareció estar en descanso. De pronto susurró, con suavidad:

—Veo la luz.

—¿Esa luz te da energía?

—Es como empezar... es un renacimiento.

—¿Cómo puede quien está en la forma física sentir esa energía? ¿Cómo recurrir a ella para recargarse?

—Por la mente —respondió suavemente.

—Pero ¿cómo se llega a ese estado?

—Es preciso estar muy relajado. Uno puede renovarse por la luz, por medio de la luz. Es preciso estar muy relajado, de modo que ya no se gasten energías, sino que se renueven. En el sueño uno se renueva. —Estaba en el plano supraconsciente. Decidí ampliar el interrogatorio.

—¿Cuántas veces has renacido? —pregunté—¿Han sido todas en este mundo, la Tierra, o también en otros sitios?

—No —respondió—, no todas aquí.

—¿Qué otros planos, a qué otros lugares se va?

—Aún no he terminado lo que debo hacer aquí. No puedo seguir mientras no haya experimentado toda la vida, y no es así. Habrá muchas vidas más... para cumplir con todos los acuerdos y todas las deudas contraídas.

—Pero tú estás avanzando —observé.

—Siempre avanzamos.

—¿Cuántas veces has vivido en la Tierra?

—Ochenta y seis.

—¿Ochenta y seis?

—Sí.

—¿Las recuerdas todas?



—Las recordaré cuando sea importante para mí recordarlas. —Habíamos recorrido fragmentos o grandes partes de diez o doce vidas, y en los últimos tiempos se estaban repitiendo. Al parecer, no tenía necesidad de recordar las setenta y cinco restantes. En verdad había hecho progresos notables, al menos a mi modo de ver. Los progresos que lograra a partir de ese punto podían no depender del recuerdo de otras vidas. Su progreso futuro podía no depender siquiera de mí ni de mi ayuda.

»Algunas personas —susurró suavemente otra vez—tocan el plano astral utilizando drogas, pero no comprenden lo que han experimentado. Pero se les ha permitido cruzar.

La había interrogado sobre las drogas. Ella estaba enseñándome, compartiendo conocimientos, aunque no le hiciera preguntas específicas.

—¿No puedes utilizar tus poderes psíquicos para ayudarte a avanzar aquí? —pregunté —. Pareces estar desarrollándolos cada vez más.

—Sí —asintió —. Es importante, pero no tanto aquí como en otros planos. Es parte de la evolución y el crecimiento.

—¿Importante para mí y para ti?

—Importante para todos nosotros.

—¿Cómo desarrollamos estas facultades?

—Las desarrollamos mediante las relaciones. Hay algunos dotados de altos poderes, que han regresado con más conocimientos. Ellos buscarán a quienes necesiten desarrollo, para ayudarlos. —Cayó en un largo silencio. Luego, dejando su estado supraconsciente, entró en otra vida.

»Veo el océano. Veo una casa cerca del océano. Es blanca. Los barcos van y vienen en el puerto. Huelo el agua marina.

—¿Estás ahí?

—Sí.


—¿Cómo es la casa?

—Es pequeña. Tiene una especie de torre arriba... una ventana desde donde se puede mirar hacia el mar. Hay una especie de telescopio. Es de bronce, madera y bronce.

—¿Usas tú ese telescopio?

—Sí, para buscar barcos.

—¿A qué te dedicas?

—Informamos cuándo entra a puerto un buque mercante.

Recordé lo que había hecho en la vida de Christian, el marinero que se había herido una mano durante una batalla naval.

—¿Eres marinero? —pregunté, buscando la confirmación.

—No sé... Puede ser.

—¿Puedes ver la ropa que llevas?

—Sí. Una especie de camisa blanca y pantalones cortos, pardos, y zapatos con hebillas grandes... Más adelante soy marinero, pero ahora no. —Veía su futuro, pero el acto de hacerlo la hizo saltar hacia allí.

»Estoy herido —gimió, retorciéndose de dolor—. Tengo la mano herida. —Era Christian, en efecto, y volvía a revivir la batalla en el mar.

—¿Ha habido alguna explosión?

—Sí... ¡huelo a pólvora!

—Ya pasará todo —la tranquilicé, puesto que conocía el resultado.

—¡Están muriendo muchos! —aún estaba agitada—, las velas están desgarradas... parte de babor ha desaparecido. —Estaba escudriñando el buque en busca de daños —. Tenemos que reparar las velas. Es preciso repararlas.

—¿Te recobras? —pregunté.

—Sí. Es difícil remendar la tela de las velas.

—¿Puedes trabajar con la mano?

—No, pero estoy observando a otros... velas. Están hechas de lona, una especie de lona, muy difícil de remendar. Han muerto muchos. Sufren mucho. —Hizo una mueca de dolor.

—¿Qué pasa?

—Me duele... la mano.

—Tu mano curada. Adelántate en el tiempo. ¿Vuelves a navegar?

—Sí. —Hizo una pausa—. Estamos en el sur de Gales. Tenemos que defender la costa.

—¿Quiénes os atacan?

—Creo que son los españoles... tienen una flota grande.

—¿Qué pasa después?

—Sólo veo la nave. Veo el puerto. Hay tiendas. En algunas de esas tiendas se hacen cirios. Hay tiendas donde se compran libros.

—Sí. ¿Vas a las tiendas de libros?

—Sí. Me gustan mucho. Los libros son estupendos. Veo muchos libros. El rojo es de historia. Hablan de ciudades... de la Tierra. Hay mapas. Me gusta este libro... Hay una tienda donde venden sombreros.

—¿Hay algún lugar para beber? —pregunté, recordando la descripción de la cerveza hecha por Christian.

—Sí, muchos —respondió ella—. Sirven cerveza... cerveza muy oscura... y cierta carne... cordero y pan, pan muy grande. La cerveza es muy amarga, muy amarga. Siento el sabor. También hay vino, y largas mesas de madera...

Decidí llamarla por su nombre de esa vida, para apreciar sus reacciones.

—¡Christian! —grité enérgicamente.

Ella respondió en voz alta, sin vacilar.

—¡Sí! ¿Qué desea usted?

—¿Dónde está tu familia, Christian?

—En una ciudad cercana. Zarpamos desde este puerto.

—¿Quiénes componen tu familia?

—Tengo una hermana... Mary, una hermana.

—¿Dónde está tu novia?

—No tengo novia. Sólo las mujeres de la ciudad.

—¿Ninguna en especial?

—No, sólo mujeres... Vuelvo a navegar. Combato en muchas batallas pero estoy ileso.

—Envejeces.

—Sí.


—¿Llegas a casarte?

—Creo que sí. Veo un anillo.

—¿Tienes hijos?

—Sí. Mi hijo también será marino. Hay un anillo con una mano. La mano sostiene algo. No veo qué. El anillo es una mano. Es una mano que sujeta algo. —Comenzó a dar arcadas.

—¿Qué pasa?

—La gente de a bordo está enferma... es por la comida en mal estado. Es cerdo salado.

Las arcadas continuaban. La adelanté en el tiempo y la náusea pasó. Decidí no hacerla pasar nuevamente por el ataque cardíaco de Christian. Como ya estaba exhausta, la saqué del trance.
14
Pasaron tres semanas antes de que volviéramos a vernos. Una breve enfermedad mía y las vacaciones de Catherine provocaron esa demora. Durante ese período, ella continuó madurando. Sin embargo, cuando se inició la sesión parecía ansiosa. Anunció que estaba muy bien y que se sentía mucho mejor; por lo tanto, no creía que la hipnosis pudiera servir más.

Tenía razón, desde luego. En circunstancias ordinarias, podríamos haber terminado con la terapia semanas antes. Yo la había prolongado por mi interés en los mensajes de los Maestros, en parte, y también porque aún persistían algunos pequeños problemas en la vida presente de Catherine. Estaba casi curada y sus vidas se iban repitiendo. Pero ¿y si los Maestros tenían algo más que decirme? ¿Cómo se comunicarían sin Catherine? No ignoraba que, si yo insistía, ella aceptaría continuar con las sesiones. Pero no me sentía con el derecho de insistir. Con cierta tristeza, me mostré de acuerdo. Conversamos sobre lo sucedido en las tres últimas semanas, pero yo no podía poner mucho interés.

Pasaron cinco meses. Catherine conservaba su mejoría clínica. Sus miedos y ansiedades eran mínimos. La calidad de su vida y de sus relaciones se había incrementado espectacularmente. Ahora salía con otros hombres, aunque Stuart aún estaba en escena. Por primera vez desde su infancia, experimentaba goce y verdadera felicidad. De vez en cuando nos cruzábamos en el vestíbulo o en la cafetería, pero no había entre nosotros una relación formal de médico y paciente.

Pasó el invierno y comenzó la primavera. Catherine pidió una entrevista en mi consultorio. Tenía un sueño recurrente sobre cierto sacrificio religioso que se refería a un foso de serpientes. Obligaban a la gente (ella incluida) a bajar al foso. Ella estaba allí, tratando de salir, clavando las manos en las paredes arenosas, con las serpientes abajo. A esta altura del sueño despertaba, con el corazón palpitante.

Pese a la larga separación, cayó muy pronto en un profundo estado hipnótico. No me sorprendió que regresara instantáneamente a una vida antigua.

—Hace mucho calor en donde estoy —comenzó —. Veo a dos hombres negros, de pie junto a unos muros de piedra, fríos y húmedos. Tienen sombreros puestos. Una cuerda les rodea el tobillo derecho. La cuerda está trenzada con cuentas y borlas de adorno. Están construyendo un depósito con piedra y arcilla; ponen trigo allí, una especie de cereal molido. El cereal se trae en un carro con ruedas de hierro. En una parte de la carreta hay esterillas tejidas. Veo agua, muy azul. Alguien da órdenes a los otros. Hay tres peldaños que bajan al granero. Fuera, la estatua de un dios. Tiene cabeza de animal, de ave, y cuerpo de hombre. Es un dios de las estaciones. Los muros están impermeabilizados con una especie de brea, para evitar que entre el aire y para mantener fresco el cereal. Me pica la cara... Veo cuentas azules en mi pelo. Hay bichos ahí, moscas, que me producen escozor en la cara y en las manos. Me pongo algo pegajoso en la cara para espantarlas... tiene un olor horrible; es savia de algún árbol.

»Tengo trenzas en el pelo y cuentas en las trenzas, con hebras de oro. Mi pelo es negro oscuro. Formo parte de la casa real. Estoy allí por alguna festividad. He venido a ver cómo se ungen los sacerdotes... una fiesta a los dioses por la próxima cosecha. Sólo hay sacrificios de animales; de humanos, no. La sangre de los animales sacrificados corre desde una plataforma blanca hasta un cuenco... corre por la boca de una serpiente. Los hombres usan pequeños sombreros dorados. Todo el mundo es de tez oscura. Tenemos esclavos de otras tierras, de allende el mar...

Calló. Nos quedamos esperando, como si los meses no hubieran transcurrido. Ella pareció ponerse alerta, escuchando algo.

—Todo es tan rápido, tan complicado... lo que me dicen... sobre el cambio, el crecimiento y los diferentes planos. Hay un plano de conciencia y un plano de transición. Venimos de una vida y, si las lecciones se han completado, pasamos a otra dimensión, a otra vida. Debemos comprender plenamente. De lo contrario, no se nos permite pasar... tenemos que repetir, porque no aprendemos. Debemos experimentarlo desde todos los aspectos. Debemos conocer el lado de las carencias, pero también el de la entrega. Hay muchísimo que saber, muchísimos espíritus dedicados a eso. Por eso estamos aquí... Los Maestros... son sólo uno en este plano.

Catherine hizo una pausa. Luego habló con la voz del Maestro poeta. Se dirigía a mí.

—Lo que ahora decimos es para ti. Debes aprender ahora por medio de tu propia intuición.

Al cabo de algunos minutos, Catherine volvió a su suave murmullo.

—Hay una cerca negra... dentro, lápidas. Ahí está la tuya.

—¿La mía? —pregunté, sorprendido por la visión.

—Sí.

—¿Puedes leer la inscripción?



—El nombre es «Noble»: 1668-1724. Sobre ella hay una flor... Es en Francia o en Rusia. Usabas un uniforme rojo... te caíste de un caballo... Hay un anillo de oro... con una cabeza de león... usado como insignia.

No hubo más. Según interpreté, la declaración del Maestro poeta significaba que no habría más revelaciones por medio de la hipnosis de Catherine.

En efecto, así fue. No hubo más sesiones. Su curación era completa y yo había aprendido todo lo que podía aprender mediante las regresiones. El resto, lo que estaba en el futuro, tendría que aprenderlo mediante mi propia intuición.
15
Dos meses después de nuestra última sesión, Catherine llamó para pedir una entrevista, diciendo que tenía algo muy interesante que contarme.

Cuando entró en el consultorio me sorprendió por un instante la presencia de la nueva Catherine, feliz, sonriente, irradiando una paz interior que la hacía refulgir. Por un momento pensé en la Catherine de un principio, en lo mucho que había progresado en tan corto tiempo.

Catherine había ido a visitar a Iris Saltzman, una conocida astróloga psíquica que se especializaba en lectura de vidas pasadas. Eso me sorprendió un poco, pero comprendí la curiosidad de Catherine y su necesidad de buscar alguna confirmación de lo que había experimentado. Me alegró que sintiera la suficiente confianza como para hacer eso.

En tiempos recientes, una amiga le había hablado de Iris. Llamó para pedirle una entrevista, sin decir nada a Iris de lo que había ocurrido en mi consultorio.

Iris le pidió sólo la fecha, la hora y el lugar de su nacimiento. Según le explicó, con eso construiría una carta astral que, en conjunción con sus propios dones intuitivos, le permitiría discernir detalles de las vidas pasadas de Catherine.

Era la primera experiencia de mi paciente con una parapsicóloga y no sabía qué esperar. Para asombro suyo, Iris corroboró la mayor parte de lo que ella había descubierto bajo hipnosis.

La psíquica fue pasando gradualmente de un estado alterado de conciencia; lo conseguía hablando y tomando anotaciones en el gráfico astrológico, apresuradamente construido. Minutos después de haber entrado en ese estado, Iris se llevó la mano al cuello y anunció que, en una vida anterior, Catherine había sido estrangulada y degollada. El degüello se había producido en tiempos de guerra; Iris veía llamas y destrucción en la aldea, muchos siglos antes; dijo que, por entonces, Catherine era un hombre joven.

Con ojos vidriosos, la describió acto seguido como un hombre joven vestido de uniforme naval, con pantalones negros, cortos, y zapatos de hebillas extrañas. De pronto se apretó la mano izquierda y experimentó un dolor palpitante, exclamando que algo agudo le había atravesado la mano, y que le dejaría una cicatriz permanente. Había grandes batallas marítimas frente a la costa inglesa. Pasó a describir una vida de navegación.

Describió otros fragmentos de vida. Hubo una breve existencia en París, como niño, que murió joven y en la pobreza. En otra ocasión fue una india americana en la costa sudoeste de Florida; por entonces era curandera y caminaba descalza; su piel era oscura y tenía ojos extraños. Aplicaba ungüentos a las heridas y daba medicamentos preparados con hierbas; era muy psíquica. Le encantaba llevar una joya con piedras azules, mucho lapislázuli, y una piedra roja entre ellas.

En otra vida Catherine fue española y vivió de la prostitución; su nombre comenzaba con la letra L. Vivía con un hombre mayor.

En otra fue la hija ilegítima de un caballero adinerado, que tenía muchos títulos. Iris vio el escudo de la familia en las jarras de la casa grande. Dijo que Catherine era muy rubia y que tenía dedos largos, finos. Tocaba el arpa. Su matrimonio fue convenido. Amaba a los animales, especialmente a los caballos, y los trataba mejor que a las personas que la rodeaban.

En una breve vida fue un niño marroquí que murió en la juventud, a consecuencia de una enfermedad. Una vez vivió en Haití, dedicada a prácticas mágicas.

En una vida antigua fue egipcia y estuvo relacionada con los ritos fúnebres de esa cultura. Era mujer, de pelo trenzado.

Había vivido varias veces en Francia y en Italia. Pasó una de esas existencias en Florencia, dedicada a la religión. Más tarde se trasladó a Suiza, donde tuvo algo que ver con un monasterio; era mujer y tenía dos hijos varones; le gustaban el oro y las esculturas de ese material; llevaba una cruz de oro. En Francia había estado encarcelada en un lugar frío y oscuro.

En otra vida, Iris vio a Catherine como hombre de uniforme rojo, trabajando con caballos y soldados. El uniforme, rojo y dorado, parecía ruso. Pasó otra existencia como esclava nubia en el antiguo Egipto. En algún momento la capturaron y la arrojaron a la cárcel. También fue un japonés, dedicado a libros y a la enseñanza, muy erudito. Trabajaba en varias escuelas y vivió hasta edad muy avanzada.

Por fin había una vida más reciente: como soldado alemán muerto en combate.

Me fascinó la detallada exactitud de esos acontecimientos pasados descritos por Iris. Era asombroso el modo en que se correspondían con los recuerdos de la propia Catherine bajo regresión hipnótica: la herida en la mano sufrida por Christian en la batalla naval y la descripción de sus ropas; Luisa, la prostituta española; Aronda y los entierros egipcios; Johan, el joven invasor degollado por una antigua encarnación de Stuart mientras ardía la aldea de éste; Eric, el malhadado piloto alemán, etcétera.

También había coincidencias con la vida actual de Catherine. Por ejemplo: a ella le encantaban las joyas de piedras azules, sobre todo el lapislázuli. Sin embargo, no se había puesto ninguna para asistir a la entrevista con Iris. Siempre le habían gustado los animales, sobre todo los caballos y los gatos; se sentía más a salvo con ellos que con la gente. Y si hubiera podido elegir una ciudad en el mundo entero, habría elegido Florencia.

Bajo ningún concepto diría yo que esta experiencia es un experimento científico válido. No habría modo de controlar las variables. Pero ocurrió y creo que es importante relatarlo aquí.

No tengo certeza de lo que pueda haber ocurrido ese día. Tal vez Iris utilizó inconscientemente la telepatía para «leer» la mente de Catherine, puesto que las vidas pasadas ya estaban en su subconsciente. O tal vez era, verdaderamente, capaz de percibir información de vidas pasadas mediante el uso de sus poderes psíquicos. De un modo u otro, las dos obtuvieron la misma información por medios diferentes. Lo que Catherine supo por regresión hipnótica, Iris lo alcanzó por medio de canales psíquicos.

Muy pocas personas pueden hacer lo que hizo Iris. Muchos de los que se jactan de psíquicos no hacen sino aprovecharse de los miedos del prójimo, así como de su curiosidad por lo desconocido. Hoy en día, los falsos parapsicólogos parecen brotar como hongos. La popularidad de libros tales como Out on a Limb, de Shirley MacLaine, ha provocado un torrente de nuevos «médiums en trance». Muchos vagan por ahí, anunciando su presencia, y se ponen en «trance» para decirle al público, embobado y sobrecogido, lugares comunes tales como: «Si no estás en armonía con la naturaleza, la naturaleza no estará en armonía contigo.» Estas declaraciones suelen hacerse con una voz muy diferente de la habitual en un médium; con frecuencia están teñidas de algún acento extranjero. Los mensajes son vagos y aplicables a una amplia variedad de personas. Muchas veces se refieren, sobre todo, a las dimensiones espirituales, que resultan difíciles de valorar.

Es importante separar lo falso de lo cierto, para que ese campo no caiga en el descrédito. Hacen falta científicos conductistas serios para que se encarguen de este importante trabajo; psiquiatras, para que efectúen diagnósticos y descarten las enfermedades mentales, las falsedades y las tendencias sociopáticas; también los estadísticos, los psicólogos y los médicos son vitales para estas evaluaciones y las pruebas posteriores.

Los pasos importantes que se den en este campo tendrán que utilizar una metodología científica. La ciencia postula una hipótesis (supuesto preliminar hecho sobre la base de una serie de observaciones) para explicar un fenómeno. A partir de ahí es preciso poner a prueba esa hipótesis bajo condiciones controladas. Es preciso demostrar y reproducir los resultados de esas pruebas antes de formar una teoría. Una vez que los científicos obtienen una teoría aparentemente sólida, ésta debe ser puesta a prueba una y otra vez por otros investigadores, con resultados iguales.

Los estudios detallados, científicamente satisfactorios, de los doctores Joseph B. Rhine, de la Universidad de Duke; Ian Stevenson, de la Universidad de Virginia, departamento de psiquiatría; Gertrude Schmeidler, del Colegio de la Ciudad de Nueva York, y muchos otros investigadores serios, demuestran que esto es posible.




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