Muchas Vidas, Muchos Maestros



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Varias noches después, desperté bruscamente de un sueño profundo. Despabilado de inmediato, tuve una visión de la cara de Catherine, varias veces más grande que su tamaño normal. Parecía afligida, como si necesitara de mi ayuda. Miré el reloj: eran las 3.36 de la madrugada. No se habían producido ruidos exteriores que me despertaran. Carole dormía pacíficamente a mi lado. Descarté el incidente y volví a dormirme.

Esa misma mañana, alrededor de las 3.30, Catherine había despertado de una pesadilla, presa del pánico. Sudaba y tenía el corazón muy acelerado. Decidió meditar para relajarse, visualizándose hipnotizada por mí en el consultorio. Imaginó mi cara, oyó mi voz y se durmió poco a poco.

Catherine se estaba volviendo cada vez más psíquica; al parecer, yo también. Oía las voces de mis antiguos profesores de psiquiatría, que hablaban de las reacciones de transferencia y contratransferencia en las relaciones terapéuticas. Transferencia es la proyección de sentimientos, ideas y deseos que el paciente hace sobre el terapeuta, quien representa a alguien de su pasado. La contratransferencia es lo inverso: las reacciones emocionales inconscientes del terapeuta ante el paciente. Pero esa comunicación de madrugada no era una cosa ni otra. Era un vínculo telepático, en una longitud de onda que superaba los canales normales. De algún modo, la hipnosis estaba abriendo ese canal. ¿O acaso los responsables de esa nueva longitud de onda eran el auditorio, un grupo diverso de espíritus, Maestros, ángeles custodios y otros?

Ya nada podía sorprenderme.


* * *
En la sesión siguiente, Catherine llegó prontamente a un profundo nivel hipnótico. Se alarmó de inmediato.

—Veo una nube grande... me ha asustado. Estaba ahí.

Respiraba aceleradamente.

—¿Aún está ahí?

—No sé. Vino y se fue enseguida... algo arriba, en una montaña.

Seguía alarmada y respirando con agitación. Temí que estuviera viendo una bomba. ¿Podría mirar hacia el futuro?

—¿Puedes ver la montaña? ¿Es una bomba?

—No lo sé.

—¿Por qué te ha asustado?

—Fue muy súbito. Estaba ahí mismo. Hay mucho humo... mucho humo. Es grande. Está a cierta distancia. Oh...

—No corres peligro, Catherine. ¿Puedes acercarte?

—¡No quiero acercarme! —respondió ásperamente.

Era muy raro que ofreciera tanta resistencia. Volví a preguntar:

—¿Por qué le tienes tanto miedo?

—Creo que es de productos químicos o algo así. Cuesta respirar cuando se está cerca.

En verdad respiraba con mucha dificultad.

—¿Es como un gas? ¿Proviene de la misma montaña... como si fuera un volcán?

—Eso creo. Es como un hongo grande. Eso parece: un hongo blanco.

—Pero ¿no es una bomba? ¿No es una bomba atómica ni nada parecido?

Hizo una pausa. Luego prosiguió.

—Es un vol... una especie de volcán o algo así, creo. Me asusta mucho. Me cuesta respirar. En el aire hay polvo. No quiero estar ahí.

Poco a poco, su respiración volvió al ritmo profundo y regular del estado hipnótico. Había abandonado esa atemorizante escena.

—¿Respiras ahora con más facilidad?

—Sí.


—Bien. ¿Qué ves ahora?

—Nada... Veo un collar, un collar en el cuello de alguien. Es azul... es de plata y tiene una piedra azul colgada, con varias más pequeñas abajo.

—¿Hay algo en la piedra azul?

—No, es translúcida. Se puede ver a través de ella. La señora tiene el pelo negro y lleva un sombrero azul... con una pluma grande. Y el vestido es de terciopelo.

—¿Conoces a esa señora?

—No.


—¿Estás tú ahí o eres acaso la señora?

—No losé.

—¿Qué edad tiene?

—Algo más de cuarenta. Pero parece mayor.

—¿Está haciendo algo?

—No. Sólo está de pie junto a la mesa. En la mesa hay un frasco de perfume. Es blanco, con flores verdes. También hay un cepillo y un peine con mangos de plata.

Me impresionó su vista para los detalles.

—¿Ésa es su habitación o una tienda?

—Es su habitación. Hay una cama... con cuatro columnas. Una cama marrón. En la mesa hay una jarra.

—¿Una jarra?

—Sí. En la habitación no hay cuadros. Las cortinas son oscuras, extrañas.

—¿Hay alguien más ahí?

—No.

—¿Qué relación mantiene esta señora contigo?



—Le sirvo. —Una vez más, era criada.

—¿Hace mucho tiempo que estás con ella?

—No... sólo unos pocos meses.

—¿Te gusta a ti ese collar?

—Sí. Ella es muy elegante.

—¿Alguna vez te has puesto tú el collar?

—No.

Sus breves respuestas requerían una guía activa de mi parte para obtener información básica. Me recordaba a mi hijo preadolescente.



—¿Qué edad tienes ahora?

—Trece o catorce...

Más o menos la misma edad.

—¿Por qué te has separado de tu familia? —inquirí.

—No me he separado —me corrigió—. Pero trabajo aquí.

—Comprendo. ¿Y después de trabajar vuelves a casa de tu familia?

—Sí.

Sus respuestas dejaban poco sitio a la exploración.



—¿Vive cerca?

—Bastante cerca... Somos muy pobres. Tenemos que trabajar... como sirvientes.

—¿Cómo se llama la señora?

—Belinda.

—¿Te trata bien?

—Sí.


—Bien. ¿Trabajas mucho?

—No es muy cansado.

Entrevistar a adolescentes nunca ha sido fácil, ni siquiera en vidas pasadas. Por suerte, yo tenía bastante práctica.

—Bien. ¿Aún ves a la señora?

—No.

—¿Dónde estás tú ahora?



—En otro cuarto. Hay una mesa con algo negro que la cubre... tiene una orla en los bordes. Huele a muchas hierbas... perfume denso.

—¿Todo eso pertenece a tu señora? ¿Usa ella mucho perfume?

—No, ese cuarto es otro. Estoy en otro cuarto.

—¿A quién pertenece?

—A una señora oscura.

—¿Oscura en qué sentido? ¿Puedes verla?

—Tiene muchas cosas que le cubren la cabeza —susurró Catherine —, muchos chales. Es vieja y arrugada.

—¿Qué relación hay entre vosotras?

—Sólo he ido a verla.

—¿Para qué?

—Por las cartas.

Supe, por intuición, que había ido a consultar con una adivina, que probablemente leía las cartas del tarot. Era un giro irónico: Catherine y yo estábamos inmersos en una increíble aventura psíquica, que abarcaba vidas y dimensiones desconocidas; sin embargo, tal vez doscientos años antes ella había visitado a una parapsicóloga para averiguar algo sobre su futuro. Yo sabía que, en su vida actual, Catherine nunca había visitado a una adivina y no tenía ningún conocimiento sobre las cartas del tarot ni la predicción del futuro: esas cosas la asustaban.

—¿Lee la suerte? —pregunté.

—Ve cosas.

—¿Tienes algo que preguntarle? ¿Qué quieres ver? ¿Qué quieres saber?

—Sobre cierto hombre... con el que podría casarme.

—¿Qué dice ella al tirarte las cartas?

—La carta con... una especie de palos. Palos y flores... pero palos, lanzas o algún tipo de línea. Hay otra carta con un cáliz, una copa... Veo una carta con un hombre o un muchacho que lleva un escudo. Ella dice que me casaré, pero no con ese hombre. No veo nada más.

—¿Ves a la señora?

—Veo algunas monedas.

—¿Aún estás con ella o se trata de otro sitio?

—Estoy con ella.

—¿Cómo son las monedas?

—Son de oro. No tienen bordes lisos, sino cuadrados. Hay una corona en una cara.

—Fíjate si las monedas tienen un año impreso. Algo que puedas leer... en letras.

—Unos números extranjeros —respondió ella —. Equis e íes.

—¿Sabes qué año es ése?

—Mil setecientos... algo. No sé.

Calló otra vez.

—¿Por qué te importa tanto esa adivina?

—No sé.

—¿Se cumple la predicción?



—... Pero ella se ha ido —susurró Catherine —. Se ha ido. No sé.

—¿Ves algo ahora?

—No.

—¿No? —Eso me sorprendió. ¿Dónde estaba? —. ¿Sabes cómo te llamas en esta vida? —pregunté, con la esperanza de recuperar el hilo de esa vida, distante un par de siglos.



—He salido de ahí.

Había abandonado la vida y descansaba. Ahora podía hacerlo por propia cuenta, sin necesidad de experimentar la muerte. Aguardamos varios minutos. Esa vida no había sido espectacular. Sólo recordaba algunos detalles descriptivos y la interesante visita a la adivina.

—¿Ves algo ahora? —pregunté otra vez.

—No —susurró ella.

—¿Estás descansando?

—Sí... joyas de diferentes colores...

—¿Joyas?

—Sí. En realidad son luces, pero parecen joyas...

—¿Qué más? —pregunté.

—Sólo... —Hizo una pausa. Luego su murmullo fue potente y firme—. Hay muchas palabras y pensamientos que vuelan por todas partes... Sobre la convivencia y la armonía... el equilibrio de las cosas.

Comprendí que los Maestros estaban cerca.

—Sí —la animé a continuar—. Quiero saber de esas cosas. ¿Puedes decirme algo?

—Por el momento son sólo palabras.

—Convivencia y armonía —le recordé.

Cuando ella respondió, fue con la voz del Maestro poeta. Me emocionó volver a tener noticias suyas.

—Sí —dijo—. Todo debe estar equilibrado. La naturaleza está equilibrada. Los animales viven en armonía. Los humanos no han aprendido a hacerlo. Continúan destruyéndose a sí mismos. No hay armonía ni concierto en lo que hacen. Es tan diferente en la naturaleza... La naturaleza está equilibrada. La naturaleza es energía y vida... y restauración. Y los humanos sólo destruyen. Destruyen la naturaleza. Destruyen a otros seres humanos. Con el correr del tiempo se destruirán a sí mismos.

La predicción resultaba amenazadora. Puesto que el mundo estaba constantemente en caos y torbellino, yo deseé que eso no ocurriera pronto.

—¿Cuándo ocurrirá? —pregunté.

—Ocurrirá antes de lo que todos piensan. La naturaleza sobrevivirá. Las plantas sobrevivirán. Pero nosotros no.

—¿Podemos hacer algo para evitar esa destrucción?

—No. Todo ha de estar equilibrado.

—¿Ocurrirá esa destrucción estando nosotros con vida? ¿Podemos evitarla?

—No ocurrirá en nuestra vida. Cuando ocurra, nosotros estaremos en otro plano, en otra dimensión, pero la veremos.

—¿No hay manera de enseñar a la humanidad? —Yo insistía en buscar una salida, alguna posibilidad de mitigar aquello.

—Se hará en otro nivel. Nosotros aprenderemos de eso.

Me volví hacia el lado positivo.

—Bien, entonces nuestras almas progresarán en diferentes lugares.

—Sí. Ya no estaremos... aquí, tal como conocemos esto. Lo veremos.

—Sí —concedí—. Siento la necesidad de enseñar a la gente, pero no sé cómo llegar a ella. ¿Hay una vía o tendrán que aprender por sí mismos?

—No se puede llegar a todo el mundo. Para evitar la destrucción es preciso llegar a todos, y no se puede. Esto no se puede detener. Aprenderán. Cuando avancen, aprenderán. Habrá paz, pero aquí no; en esta dimensión, no.

—¿Habrá paz a su debido tiempo?

—Sí, en otro nivel.

—Pero parece tan lejano... —me quejé—. La gente parece ahora tan mezquina... Codiciosa, sedienta de poder, ambiciosa. Olvida el amor, la comprensión y el conocimiento. Hay mucho que aprender.

—Sí.


—¿Puedo escribir algo que ayude a la gente? ¿Hay algún modo?

—Tú sabes cómo. No tenemos que decírtelo. No servirá de nada, pues todos llegaremos al nivel y ellos verán. Todos somos iguales. No hay nadie más grande que su prójimo. Y todo esto son sólo lecciones... y castigos.

—Sí —asentí.

La lección era profunda y necesitaba tiempo para digerirla. Catherine guardaba silencio. Esperamos: ella, descansando; yo, absorto en las dramáticas declaraciones de la hora anterior. Por fin, ella quebró el hechizo.

—Las joyas han desaparecido —susurró —. Las joyas... han desaparecido. Las luces... se han ido.

—¿También las voces? ¿Las palabras?

—Sí. No veo nada. —Hizo una pausa. Empezó a mover la cabeza de un lado a otro —. Un espíritu... está mirando.

—¿Te mira a ti?

—Sí.

—¿Reconoces a ese espíritu?



—No estoy segura... Creo que podría ser Edward.

Edward había muerto el año anterior. Era realmente ubicuo; parecía estar siempre rondándola.

—¿Cómo es ese espíritu?

—Es sólo un... sólo blanco, como luces. No tiene cara, lo que nosotros entendemos por cara, pero sé que es él.

—¿Se estaba comunicando contigo de algún modo?

—No. Sólo miraba.

—¿Y escuchaba lo que yo decía?

—Sí —susurró ella —. Pero ya se ha ido. Sólo quería asegurarse de que yo estuviera bien.

Pensé en la mitología popular del ángel de la guarda. Desde luego, ese espíritu amoroso que la rondaba, observándola para asegurarse de que estuviera bien, se acercaba mucho a ese angélico papel. Y Catherine ya había hablado de espíritus custodios. Me pregunté cuántos de nuestros «mitos» infantiles tenían verdaderas raíces en un pasado apenas recordado.

También me pregunté cuál era la jerarquía de los espíritus: quiénes se convertían en guardianes, quiénes en Maestros, quiénes no eran una cosa ni otra, sino que se limitaban a aprender. Debían de existir grados basados en la sabiduría y el conocimiento, con la meta suprema de ser como Dios y acercarse a él, tal vez fundiéndose con él de algún modo. Esa era la meta que los teólogos místicos describían en términos tan extáticos desde hacía siglos. Ellos habían tenido breves visiones de tan divina unión. Aparte de experiencias personales como ésas, intermediarios tales como Catherine, con su extraordinario talento, proporcionaban la mejor visión.

Edward había desaparecido y Catherine callaba. Su rostro estaba apacible; se le veía envuelta en serenidad. ¡Qué maravilloso talento el suyo, la posibilidad de ver más allá de la vida y de la muerte, de hablar con los «dioses» y compartir su sabiduría! Estábamos comiendo del Árbol de la Ciencia, ya no prohibido. Me pregunté cuántas manzanas quedarían.

Minette, la madre de Carole, estaba muriéndose a consecuencia de un cáncer que se le había extendido desde el pecho hasta los huesos y el hígado. El proceso se prolongaba desde hacía cuatro años; ya no era posible aminorarlo mediante la quimioterapia. Minette era una mujer valiente, que soportaba estoicamente el dolor y la debilidad. Pero la enfermedad se aceleraba. Yo sabía que la muerte estaba próxima.

Simultáneamente se sucedían las sesiones con Catherine, y yo compartía con mi suegra la experiencia y sus revelaciones. Me sorprendió un poco descubrir que ella, práctica mujer de negocios, aceptara de buen grado ese conocimiento y quisiera aprender más. Le di libros para que leyera; lo hizo con avidez. Juntos, ella, Carole y yo seguimos un curso sobre la Cábala, los centenarios escritos místicos judíos. La reencarnación y los planos intermedios son principios básicos de la literatura cabalística; sin embargo, la mayor parte de los judíos modernos lo ignoran.

El espíritu de Minette se fortalecía a medida que su cuerpo empeoraba. Su miedo a la muerte era cada vez menor. Comenzaba a esperar con ansias el momento de reunirse con Ben, su amado esposo.

Creía en la inmortalidad de su alma, y eso la ayudaba a soportar el dolor. Se aferraba a la vida para esperar el nacimiento de otro nieto: el primer niño de su hija Donna. Durante uno de sus tratamientos conoció a Catherine en el hospital; sus miradas y sus palabras se unieron pacífica y ansiosamente. La sinceridad de Catherine, su franqueza, ayudaron a convencer a Minette de que la existencia de la vida más allá de la muerte era verdad.

Una semana antes de morir, Minette fue internada en la planta de oncología del hospital. Carole y yo podíamos pasar nuestro tiempo con ella, conversando sobre la vida y la muerte, sobre lo que nos esperaba más allá. Ella, dama muy digna, decidió morir en el hospital, donde las enfermeras pudieran atenderla. Donna, su esposo y su hija de seis semanas fueron a visitarla y a despedirse. Nosotros estábamos con ella casi constantemente.

La noche en que Minette moriría, a eso de las seis de la tarde, Carole y yo, que acabábamos de llegar a casa desde el hospital, experimentamos la fuerte necesidad de regresar. Las seis o siete horas siguientes estuvieron colmadas de serenidad y energía espiritual trascendente. Minette ya no sufría, aunque su respiración era trabajosa. Conversamos sobre su transición al estado intermedio, la luz intensa y la presencia espiritual. Ella repasó su vida, casi siempre en silencio, esforzándose por aceptar las partes negativas. Parecía saber que no podía entregarse mientras no hubiera completado ese proceso. Esperaba un momento muy concreto para morir, en las primeras horas de la mañana, y aguardaba ese momento con impaciencia. Minette fue la primera persona que guié de ese modo hacia la muerte y a través de ella. Se sintió fortalecida, y la experiencia alivió nuestro dolor.

Descubrí que mi capacidad de curar a mis pacientes se había acrecentado notablemente, no sólo con respecto a las fobias y ansiedades, sino sobre todo cuando se requería asesoramiento sobre la muerte y el morir o sobre el dolor de los allegados. Sabía por intuición qué estaba mal y en qué direcciones encaminar la terapia. Lograba transmitir sensaciones de paz, serenidad y esperanza. Tras la muerte de Minette buscaron mi ayuda muchos otros que estaban próximos a la muerte o que habían sobrevivido a un ser querido. Muchos de ellos no estaban preparados para saber lo de Catherine ni para leer bibliografías sobre la vida después de la muerte. Sin embargo, aun sin impartir conocimientos tan específicos, yo me sentía capaz de transmitir el mensaje. Un tono de voz, una comprensión empática del proceso, de sus miedos y sensaciones, una mirada, un contacto, una palabra: todo eso podía llegar a cierto nivel y tocar un acorde de esperanza, de espiritualidad olvidada, de humanidad compartida y aún más. En cuanto a los que estaban listos para recibir más, sugerirles lecturas y compartir con ellos las experiencias vividas junto a Catherine y otros fue como abrir una ventana a la brisa fresca. Los que estaban preparados revivían. Ganaban en esclarecimiento todavía con más rapidez.

Estoy firmemente convencido de que los terapeutas deben tener la mente abierta. Así como es necesario un trabajo más científico para documentar las experiencias de muerte y morir, como las de Catherine, también hace falta más trabajo experimental en ese aspecto. Los terapeutas deben tener en cuenta la posibilidad de una vida después de la muerte e incorporarla a su asesoramiento. No es preciso que utilicen las regresiones hipnóticas, pero sí que se mantengan abiertos, que compartan sus conocimientos con los pacientes y que no descarten las experiencias de estos últimos.

La gente está ahora abrumada por las amenazas a su mortalidad. El sida, el holocausto nuclear, el terrorismo, la enfermedad y muchas otras catástrofes penden sobre nosotros, torturándonos diariamente. Muchos adolescentes están convencidos de que no llegarán a los treinta años. Esto es increíble; refleja las tremendas tensiones de nuestra sociedad.

En el plano individual, la reacción de Minette ante los mensajes de Catherine resulta alentadora. Su espíritu se había fortalecido; tenía esperanza, pese a los intensos dolores físicos y a la decadencia de su cuerpo. Pero los mensajes están ahí para todos nosotros, no sólo para los moribundos. También hay esperanzas para nosotros. Necesitamos que otros médicos y otros científicos nos informen sobre casos como el de Catherine, que confirmen y amplíen sus mensajes. Las respuestas están ahí. Somos inmortales. Siempre estaremos juntos.
12
Habían pasado tres meses y medio desde nuestra primera sesión de hipnosis. En ese tiempo, no sólo los síntomas de Catherine habían casi desaparecido, sino que sus progresos superaban la mera curación. Estaba radiante, llena de apacible energía. Atraía a la gente. Cuando desayunaba en la cafetería del hospital, tanto hombres como mujeres corrían a reunirse con ella.

—¡Qué guapa estás! Sólo quería decirte eso —comentaban.

Ella, como un pescador, los enganchaba con un invisible sedal psíquico. Y durante años enteros había comido en la misma cafetería sin llamar la atención.

Como de costumbre, se hundió pronto en el profundo trance hipnótico, en mi consultorio en penumbra; mechones de su pelo caían sobre la familiar almohada beige.

—Veo un edificio... está hecho de piedra. Y en lo más alto hay algo puntiagudo. Es una zona muy montañosa. Hay mucha humedad... afuera hay mucha humedad. Veo una carreta. Veo una carreta que pasa por... delante del edificio. La carreta está llena de heno, paja o heno, algo para que coman los animales. Ahí hay algunos hombres. Llevan una especie de estandarte, algo que flamea en la punta de un asta. Los colores son muy intensos. Les oigo hablar de moros... moros. Y de una guerra que se está librando. Les cubre la cabeza algo que parece de metal, algo metálico... una especie de protección para la cabeza, hecha de metal. El año es 1483. Algo sobre los daneses. ¿Estamos en guerra contra los daneses? Hay alguna guerra, sí.

—¿Estás tú ahí? —pregunté.

—Eso no lo veo —me respondió con suavidad—. Veo las carretas. Tienen dos ruedas, dos ruedas y la parte trasera abierta. Son abiertas; los costados son abiertos, con una especie de tablillas de madera unidas entre sí. Veo... algo metálico que llevan alrededor del cuello... algo muy pesado, en forma de cruz. Pero las puntas se curvan, las puntas de la cruz... son redondas. Es la festividad de algún santo... veo espadas. Tienen una especie de puñal o de espada... muy pesada, con el extremo muy romo. Se están preparando para una batalla.

—Trata de encontrarte —le indiqué —. Mira a tu alrededor. Tal vez seas un soldado. Los estás viendo desde algún sitio.

—No soy un soldado. —Lo dijo con toda seguridad.

—Mira alrededor.

—He traído algunas provisiones. Es una aldea, alguna aldea.

Guardó silencio.

—¿Qué ves ahora?

—Veo un estandarte, una especie de estandarte. Es rojo y blanco... blanco, con una cruz roja.

—¿Es la enseña de tu pueblo? —le pregunté.

—Es la enseña de los soldados del rey —respondió.

—¿Y ése es tu rey?

—Sí.


—¿Conoces el nombre del rey?

—No lo oigo. No está aquí.

—¿Puedes ver qué ropa llevas puesta? Mira hacia abajo y dime qué vistes.

—Algo de cuero... una chaqueta de cuero sobre... sobre una camisa muy tosca. Una chaqueta de cuero... corta. Un calzado de piel de animal... no son zapatos; más bien, botas o mocasines. Nadie me dirige la palabra.

—Comprendo. ¿De qué color es tu pelo?

—Es claro, pero tengo muchos años y hay canas en él.

—¿Qué opinas de esta guerra?

—Se ha convertido en un modo de vivir para mí. He perdido un hijo en una escaramuza anterior.

—¿Un hijo varón?

—Sí. —Estaba triste.

—¿Quién te queda? ¿Quién sobrevive de tu familia?

—Mi esposa... y mi hija.

—¿Cómo se llamaba tu hijo?

—No veo su nombre. A él lo recuerdo. Veo a mi esposa.

Catherine había sido hombre o mujer muchas veces. En su vida actual no tenía hijos, pero en otras había procreado numerosos vástagos.

—¿Cómo es tu esposa?

—Está muy cansada, muy cansada. Es vieja. Tenemos algunas cabras.

—Tu hija ¿aún vive contigo?

—No, se casó y se fue hace algún tiempo.

—Luego tu esposa y tú estáis solos.

—Sí.

—¿Qué vida lleváis?



—Estamos cansados. Somos muy pobres. No ha sido fácil.

—No. Has perdido a tu hijo. ¿Lo echas de menos?

—Sí —respondió, simplemente. Pero el dolor era palpable.

—¿Has sido agricultor? —le pregunté, cambiando de tema.

—Sí. Hay trigo... trigo o algo así.

—¿Has conocido muchas guerras en tu tierra, con muchas tragedias?

—Sí.

—Pero has llegado a viejo.



—Es que luchan lejos de la aldea, no en ella —explicó—. Tienen que viajar hacia donde se combate, cruzando muchas montañas.

—¿Conoces el nombre del país en donde vives? ¿O el de la ciudad?

—No lo veo, pero ha de tener un nombre. No lo veo.

—¿Es éste un tiempo muy religioso para ti? Ves cruces en los soldados.

—Para otros, sí. Para mí, no.

—¿Sobrevive alguien del resto de tu familia, además de tu esposa y tu hija?

—No.

—¿Tus padres han muerto?



—Sí.

—¿Tus hermanos?

—Tengo una hermana. Vive aún. No la conozco —agregó, refiriéndose a su vida bajo el nombre de Catherine.

—Bien. Trata de reconocer a alguien de la aldea o de tu familia.

Si verdaderamente las personas se reencarnaban en grupos, era probable que encontrara a alguien que también tuviera importancia en su vida actual.

—Veo una mesa de piedra... Veo cuencos.

—¿Es ésa tu casa?

—Sí. Algo hecho de... algo amarillo, hecho de maíz... o algo... amarillo. Eso comemos.

—Bien —añadí, tratando de acelerar el paso —. Esta vida ha sido muy dura para ti, muy difícil. ¿En qué piensas?

—En caballos —susurró.

—¿Posees caballos? ¿O son de otra persona?

—No, de los soldados... de algunos. En general, van a pie. Pero no son caballos; son asnos, algún animal más pequeño que el caballo. Son salvajes en su mayoría.

—Ahora adelántate en el tiempo —le indiqué—. Eres muy anciano. Trata de ir al último día de tu vida como anciano.

—Pero no soy muy viejo —objetó.

En esas vidas pasadas no se mostraba muy sensible a la sugestión. Lo que pasaba, pasaba. Yo no podía sugerirle que descartara los recuerdos en sí. No podía hacerle cambiar los detalles de lo que había ocurrido y ella estaba recordando.

—¿Hay algo más en esa vida? —pregunté, cambiando de enfoque —. Es importante que lo sepamos.

—Nada importante —respondió, sin emoción.

—Adelántate, en ese caso; adelántate en el tiempo. Averigüemos lo que necesitabas aprender. ¿Lo sabes?

—No, todavía estoy aquí.

—Sí, lo sé. ¿Ves algo?

Pasaron uno o dos minutos antes de que respondiera.

—Estoy flotando —susurró, con suavidad.

—¿Ya has dejado al anciano?

—Sí, estoy flotando.

Había entrado otra vez en el estado espiritual.

—¿Sabes ahora lo que necesitabas aprender? Ha sido otra vida difícil para ti.

—No lo sé. Estoy flotando, nada más.

—Bien. Descansa, descansa.

Pasaron otros minutos en silencio. De pronto ella pareció prestar oídos a algo. Habló abruptamente, con voz alta y grave.

Ésa no era Catherine.

—Hay siete planos en total, siete planos, cada uno de los cuales consta de muchos niveles; uno de ellos es el plano de la rememoración. Se nos permite ver la vida que acaba de pasar. A los de niveles superiores se les permite ver la historia. Pueden volver y enseñarnos la historia. Pero nosotros, los de los niveles inferiores, sólo podemos ver nuestra propia vida... la que acaba de pasar.

»Tenemos deudas que deben saldarse. Si no hemos pagado esas deudas, las tendremos que llevar con nosotros a otra vida... a fin de que puedan ser elaboradas. Se progresa pagando las deudas. Algunas almas progresan más deprisa que otras. Cuando se está en la forma física y se elabora... se elabora una vida... si algo interrumpe nuestra capacidad de... de pagar esa deuda, debemos regresar al plano de la rememoración, y allí esperar a que el alma con quien estamos endeudados venga a vernos. Y cuando ambas podamos volver al estado físico al mismo tiempo, entonces se nos permitirá volver. Pero cada uno determina cuándo debe volver. Cada uno determina qué debe hacer para pagar esa deuda. No recordará sus otras vidas... sólo aquella de la que acaba de salir. Sólo las almas del nivel superior, los sabios, pueden recurrir a la historia y los sucesos pasados... para ayudarnos, para enseñarnos qué debemos hacer.

»Hay siete planos... siete, a través de los cuales debemos pasar antes de que regresemos. Uno de ellos es el plano de la transición. Allí esperamos. En ese plano se determina qué llevará cada uno a su próxima vida. Todos tendremos... un rasgo dominante. Puede ser la codicia, la lujuria... pero sea lo que fuere lo determinado, necesitamos saldar nuestras deudas con esas personas. Después se debe superar ese rasgo en esa vida. Debemos aprender a superar la codicia. De lo contrario, al retornar tendremos que llevar ese rasgo, además de otro, a la vida siguiente. Las cargas se harán mayores. Con cada vida por la que pasamos sin pagar las deudas, cada una de las siguientes será más dura. Si las saldamos, se nos dará una vida fácil. Así elegimos qué vida vamos a tener. En la fase siguiente somos responsables de la vida que tenemos. La elegimos.

Catherine calló.

Al parecer, eso no provenía de un Maestro. Se identificaba como «nosotros, los de los niveles inferiores», en comparación con las almas del nivel superior, «los sabios». Pero el conocimiento transmitido era tan claro como práctico.

Me quedé pensando en los otros cinco planos y en sus cualidades. ¿Sería uno de ellos la etapa de renovación? ¿Y la etapa de aprendizaje, la de decisión? Toda la sabiduría revelada por esos mensajes recibidos de almas en diversas dimensiones del estado espiritual era consecuente. Aunque difirieran el estilo de expresión, la fraseología y la gramática, el refinamiento del verso y el vocabulario, el contenido se mantenía coherente. Yo iba adquiriendo un conocimiento espiritual sistemático. Y ese conocimiento hablaba de amor y esperanza, fe y caridad. Examinaba virtudes y vicios, deudas para con otros y para con uno mismo. Incluía vidas pasadas y planos espirituales entre una y otra vidas. Y hablaba del progreso del alma por medio de la armonía y el equilibrio, el amor y la sabiduría, el progreso hacia una unión mística y extática con Dios.

En el trayecto se me brindaban muchos consejos prácticos: sobre el valor de la paciencia y de la espera, la sabiduría del equilibrio natural, la erradicación de los miedos, sobre todo del miedo a la muerte; la necesidad de aprender la confianza y el perdón; la importancia de no juzgar a otros, de no interrumpir la vida de nadie; la acumulación y el uso de los poderes intuitivos. Y también, quizá lo más importante de todo, la inconmovible certeza de que somos inmortales. Estamos más allá de la vida y de la muerte, más allá del espacio y del tiempo. Somos los dioses, y ellos son nosotros.

—Estoy flotando.

Catherine volvía a susurrar.

—¿En qué estado te encuentras? —pregunté.

—Nada... estoy flotando... Edward me debe algo... me debe algo...

—¿Sabes cuál es esa deuda?

—No... Algún conocimiento... que me debe. Tenía algo que decirme, tal vez sobre la hija de mi hermana.

—¿La hija de tu hermana? —repetí.

—Sí... es una niña. Se llama Stephanie.

—¿Stephanie? ¿Qué necesitas saber sobre ella?

—Necesito saber cómo ponerme en contacto con ella —respondió.

Catherine nunca me había mencionado la existencia de esa sobrina.

—¿Mantiene una relación muy estrecha contigo? —pregunté.

—No, pero querrá encontrarlos.

—¿A quiénes? —interrogué, confundido.

—A mi hermana y a su esposo. Y la única manera en que podrá reunirse con ellos es a través de mí. Yo soy el lazo. Él tiene información. El padre de la niña es médico; ejerce en Vermont, en la parte sur de Vermont. La información vendrá a mí cuando haga falta.

Más tarde supe que la hermana de Catherine y su futuro esposo habían dado en adopción a una hija recién nacida. Por entonces eran adolescentes y no estaban casados. La adopción fue tramitada por la Iglesia. A partir de entonces no hubo información disponible.

—Sí —asentí—. Cuando llegue el momento.

—Sí. Entonces él me lo dirá. Él me lo dirá.

—¿Qué otra información tiene para ti?

—No lo sé, pero tiene cosas que decirme. Y me debe algo... algo, no sé qué. Me debe algo.

Guardó silencio.

—¿Estás cansada? —le pregunté.

—Veo una brida —fue la respuesta, en susurros—.Unos arreos en la pared. Una brida... veo una manta extendida ante un pesebre.

—¿Es un establo?

—Ahí hay caballos. Muchos caballos.

—¿Qué más ves?

—Veo muchos árboles, con flores amarillas. Ahí está mi padre. Él cuida de los caballos.

Comprendí que me hallaba ante una criatura.

—¿Cómo es él?

—Es muy alto, de pelo gris.

—¿Te ves a ti misma?

—Soy una criatura..., una niña.

—¿Tu padre es el dueño de los caballos o sólo los cuida?

—Sólo los cuida. Vivimos cerca.

—¿Te gustan los caballos?

—Sí.

—¿Tienes un favorito?



—Sí. Mi caballo se llama Manzana.

Recordé la vida de Mandy; allí también había aparecido un caballo llamado Manzana. ¿Estaría repitiendo una vida que ya habíamos experimentado? Tal vez la enfocaba desde otra perspectiva.

—Manzana... sí. Tu padre ¿te deja montar a Manzana?

—No, pero puedo darle cosas para comer. Lo usan para tirar de la carreta del señor, para tirar de su carruaje. Es muy grande. Tiene patas grandes. Si no tienes cuidado, te pisa.

—¿Quién más está contigo?

—Mi madre. Veo a una hermana... es más grande que yo. No veo a nadie más.

—¿Qué ves ahora?

—Sólo los caballos.

—¿Es una época feliz para ti?

—Sí. Me gusta el olor del establo.

Era muy concreta en referencia a ese momento en el establo.

—¿Hueles los caballos?

—Sí.

—¿Y el heno?



—Sí..., tienen la cara tan suave... también hay perros... negros, algunos negros, y algunos gatos... muchos animales. Los perros se usan para cazar. Cuando cazan aves dejan que los perros los acompañen.

—¿Te ocurre algo?

—No. —Mi pregunta era demasiado vaga.

—¿Creces en esa finca?

—Sí. El hombre que cuida de los caballos. —Hizo una pausa—. En realidad no es mi padre.

Eso me confundió.

—¿No es tu verdadero padre?

—No sé, es... no es mi verdadero padre, no. Pero es como un padre para mí. Es un segundo padre. Es muy bueno. Tiene ojos verdes.

—Míralo a los ojos, ojos verdes, y trata de reconocerlo. Es bueno contigo, te quiere.

—Es mi abuelo... mi abuelo. Nos quería mucho. Mi abuelo nos quería mucho. Solía llevarnos a pasear siempre. Nosotros lo acompañábamos a un lugar donde él bebía. Y podíamos tomar gaseosas. Le gustábamos.

Mi pregunta la había sacado de esa vida para llevarla a su estado supraconsciente, observador. Ahora contemplaba la vida de Catherine y sus relaciones con su abuelo.

—¿Aún lo echas de menos? —pregunté.

—Sí —respondió con suavidad.

—Pero ya ves que ha estado antes contigo —expliqué, tratando de reducir su dolor al mínimo.

—Era muy bueno con nosotros. Nos amaba. Nunca nos gritó. Solía darnos dinero y nos llevaba siempre a pasear con él. Eso le gustaba. Pero murió.

—Sí, pero tú volverás a estar con él. Ya lo sabes.

—Sí. He estado antes con él. No era como mi padre. Son muy diferentes.

—¿Por qué uno te quiere tanto y te trata tan bien, mientras que el otro es tan diferente?

—Porque uno ha aprendido. Ha pagado la deuda que tenía. Mi padre no ha pagado su deuda. Ha regresado... sin comprender. Tendrá que hacerlo otra vez.

—Sí —asentí—. Tiene que aprender a amar, a educar.

—Sí—respondió.

—Si no comprenden esto —añadí—, tratan a los hijos como a objetos de su propiedad, no como a personas que merecen amor.

—Sí

—Tu padre aún debe aprender eso.



—Sí.

—Tu abuelo ya lo sabe...

—Lo sé —interrumpió—. Tenemos muchas etapas que pasar cuando estamos en estado físico, igual que las otras etapas de evolución. Tenemos que atravesar la etapa infantil, la de la niñez, la de la adolescencia... Tenemos que avanzar cierta distancia antes de alcanzar... antes de alcanzar nuestra meta. Las etapas en la forma física son difíciles. En el plano astral son sencillas. Allí sólo descansamos y esperamos. Las otras son las difíciles.

—¿Cuántos planos hay en el estado astral?

—Hay siete —respondió.

—¿Cuáles son? —interrogué, tratando de confirmar los otros, aparte de los dos mencionados un rato antes.

—Sólo me han dicho dos: la etapa de transición y la de rememoración —repuso.

—Ésas son las dos que yo también conozco.

—Más adelante conoceremos las otras.

—Tú has aprendido al mismo tiempo que yo —observé —. Hoy hemos aprendido lo de las deudas. Es muy importante.

—Recordaré lo que deba recordar —añadió, enigmática.

—¿Recordarás estos planos? —inquirí.

—No. Para mí no son importantes. Para ti sí.

No era la primera vez que yo escuchaba algo así. Eso era para mí. Para que la ayudara, pero también más que eso. Para ayudarme, pero también más que esto. Sin embargo, no llegaba a descubrir cuál sería la finalidad más importante.

—Pareces estar mejorando muchísimo —continué—. Aprendes mucho.

—Sí.


—¿Por qué atraes ahora a la gente?

—Porque me he liberado de muchos miedos y puedo ayudar. La gente siente una atracción psíquica hacia mí.

—¿Podrás entendértelas con eso?

—Sí —no cabía duda—. No tengo miedo —agregó.

—Bien. Yo te ayudaré.

—Lo sé —replicó—. Tú eres mi maestro.




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