Muchas Vidas, Muchos Maestros



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Las semanas pasaron rápidamente. Yo había escuchado una y otra vez la grabación de la última entrevista. ¿De qué modo me aproximaba al estado de renovación? No me sentía especialmente iluminado. Y ahora vendrían espíritus a ayudarme. Pero ¿qué debía hacer yo?, ¿cuándo lo sabría?, ¿estaría en condiciones de ejecutar la tarea? Sabía que era preciso esperar con paciencia. Recordaba las palabras del Maestro poeta.

«Paciencia y tiempo... todo llega a su debido tiempo. Todo te será claro a su debido tiempo. Pero necesitas una oportunidad para digerir el conocimiento que ya te hemos dado.» Por lo tanto, esperaría.

Al comenzar esa sesión, Catherine relató un fragmento de cierto sueño que había tenido varias noches antes. En el sueño vivía en la casa de sus padres; durante la noche se había declarado un incendio. Ella dominaba la situación y ayudaba a evacuar la casa, pero su padre perdía el tiempo, al parecer indiferente a la urgencia de la situación. Ella lo hizo salir de prisa. Entonces el padre recordó que había dejado algo en la casa e hizo que Catherine volviera al atroz incendio para recuperar ese objeto. Ella no recordaba qué era. Decidí no interpretar aún el sueño; esperaríamos para ver si surgía la oportunidad mientras ella estuviera hipnotizada.

Entró rápidamente en un profundo trance hipnótico.

—Veo una mujer, con una capucha sobre la cabeza; no le cubre la cara, sólo el pelo.

Luego guardó silencio.

—¿Sigues viendo eso? ¿La capucha?

—La he perdido. Veo una tela negra, una especie de brocado, con dibujos dorados... Veo un edificio con algún tipo de puntos estructurales... blancos.

—¿Reconoces el edificio?

—No.


—¿Es grande?

—No. En el fondo hay una montaña, con un poco de nieve en la cima. Pero en el valle la hierba es verde... allí donde estamos.

—¿Puedes entrar en el edificio?

—Sí. Está hecho de cierta clase de mármol... muy frío al tacto.

—¿Es un templo, un edificio religioso?

—No sé. Me ha parecido que podía ser una prisión.

—¿Una prisión? —repetí—. ¿Hay personas en el edificio? ¿A su alrededor?

—Sí, algunos soldados. Llevan uniformes negros, negros con charreteras doradas... y borlas doradas que cuelgan. Cascos negros, con algo dorado... algo puntiagudo y dorado arriba... del casco. Y un fajín rojo, un fajín rojo alrededor de la cintura.

—¿Hay soldados a tu alrededor?

—Dos o tres, quizá.

—¿Estás tú ahí?

—Estoy en alguna parte, pero no en el edificio. Pero estoy cerca.

—Mira a tu alrededor. Trata de hallarte. Ahí están las montañas, la hierba , y el edificio blanco. ¿Hay además algún otro edificio?

—Si hay otros edificios, no están cerca de éste. Veo uno... aislado, con una especie de muralla construida detrás... una muralla.

—¿Crees que se trata de una fortaleza, una prisión o algo parecido?

—Podría ser, pero... está muy aislado.

—¿Por qué te parece importante? (Larga pausa.) ¿Conoces el nombre de la ciudad o del país donde estás? ¿Dónde están los soldados?

—Veo constantemente «Ucrania».

—¿Ucrania? —repetí, fascinado por la diversidad de sus vidas—. ¿No ves el año? ¿No te viene eso a la mente? ¿O la época?

—Mil setecientos diecisiete —respondió ella vacilante. Luego se corrigió —: 1758... 58. Hay muchos soldados. No sé qué propósito llevan. Con largas espadas que se curvan.

—¿Qué más puedes ver u oír? —pregunté.

—Veo una fuente, una fuente en donde abrevan los caballos.

—Los soldados ¿van a caballo?

—Sí.


—¿Se los conoce por algún otro nombre? ¿Se dan a sí mismos algún título especial?

Ella escuchó.

—No oigo nada de eso.

—¿Estás tú entre ellos?

—No. —Sus respuestas eran otra vez las de una criatura: breves, con frecuencia monosilábicas. Eso me exigía interrogarla de modo activo.

—Pero ¿los ves a poca distancia?

—Sí.

—¿Estás en la ciudad?



—Sí.

—¿Vives allí?

—Eso creo.

—Bien. Trata de hallarte, de descubrir dónde vives.

—Veo ropas muy andrajosas. Veo sólo una criatura, un niño. Sus ropas están harapientas. Tiene frío...

—¿Su hogar está en la ciudad?

Hubo una larga pausa.

—No veo eso —continuó Catherine. Parecía tener cierta dificultad para conectar con esa vida. Se mostraba algo vaga en sus respuestas, algo insegura.

—Bien. ¿Sabes el nombre del niño?

—No.


—¿Qué le ocurre al niño? Ve con él y observa qué ocurre.

—Un conocido suyo está prisionero.

—¿Un amigo, un pariente?

—Creo que es su padre.

Las respuestas seguían siendo breves.

—¿Eres tú el niño?

—No estoy segura.

—¿Sabes qué siente él por el hecho de que su padre esté en prisión?

—Sí... tiene mucho miedo, miedo de que lo maten.

—¿Qué ha hecho su padre?

—Ha robado algo a los soldados, algunos papeles, algo así.

—¿El niño no comprende del todo?

—No. Tal vez nunca vuelva a ver a su padre.

—¿Puede ver a su padre, siquiera?

—No.

—¿Se sabe cuánto tiempo estará el padre en la cárcel? ¿O si sobrevivirá?



—¡No! —respondió Catherine.

Le temblaba la voz. Estaba muy alterada, muy triste. No estaba proporcionando muchos detalles, pero la agitaban visiblemente los hechos que presenciaba y experimentaba.

—Tú puedes sentir lo que siente el niño —proseguí—, ese miedo, esa ansiedad. ¿Los sientes?

—Sí.


Una vez más guardó silencio.

—¿Qué ocurre? Ahora adelántate en el tiempo. Sé que es difícil, pero adelántate. Algo ocurre.

—Su padre es ejecutado.

—¿Qué siente el niño ahora?

—Fue por algo que él nunca hizo. Pero se ejecuta a la gente sin motivo alguno.

—El niño ha de estar muy afligido por esto.

—No creo que comprenda del todo... lo que ha pasado.

—¿Tiene otras personas a quienes recurrir?

—Sí, pero su vida será muy dura.

—¿Qué es del niño?

—No sé. Probablemente muera.

Se la oía muy triste. Quedó en silencio otra vez; luego pareció mirar a su alrededor.

—¿Qué ves, Catherine?

—Veo una mano... una mano que se cierra en torno de algo... blanco. No sé qué es...

Guardó silencio otra vez. Pasaron algunos minutos.

—¿Qué más ves? —pregunté.

—Nada... oscuridad.

Había muerto o, de algún modo, se había desconectado del niño triste que vivió en Ucrania, más de doscientos años antes.

—¿Has abandonado al niño?

—Sí —susurró ella. Estaba descansando.

—¿Qué aprendiste en esa vida? ¿Por qué fue importante?

—No se puede juzgar apresuradamente a nadie. Es preciso ser justo. Muchas vidas se han arruinado por juzgar apresuradamente.

—La vida del niño fue breve y dura por ese juicio... contra su padre.

—Sí. —Calló otra vez.

—¿Ves algo ahora? ¿Oyes algo?

—No.


Una vez más se hizo el silencio tras esa breve respuesta. Por alguna razón, esa corta vida había sido especialmente horrible. Le di indicaciones de descansar.

—Descansa. Siéntete en paz. Tu cuerpo se está curando; tu alma ahora descansa. ¿Te sientes mejor? ¿Descansada? Fue difícil para el niño, muy difícil. Pero ahora descansas otra vez. La mente puede llevarte a muchos otros sitios, a otros tiempos... a otros recuerdos. ¿Estás descansando?

—Sí.

Decidí analizar el fragmento de sueño con respecto a la casa incendiada, la despreocupada actitud de su padre y el hecho de que la enviara nuevamente a la conflagración en busca de alguna pertenencia suya.



—Ahora quiero hacerte una pregunta sobre el sueño que has tenido... con respecto a tu padre. Ya puedes recordarlo; no hay peligro. Estás en trance profundo. ¿Lo recuerdas?

—Sí.


—Tú entraste en la casa en busca de algo. ¿Recuerdas eso?

—Sí..., era una caja de metal.

—¿Qué contenía que él deseara tanto como para hacerte volver a una casa en llamas?

—Sus sellos y las monedas... que colecciona —respondió.

Su detallada rememoración del sueño bajo hipnosis contrastaba significativamente con la somera descripción en estado consciente. La hipnosis es un instrumento poderoso, no sólo para proporcionar acceso a las zonas más remotas y ocultas de la mente, sino también para permitir una memoria mucho más detallada.

—Esos sellos y esas monedas ¿eran muy importantes para él?

—Sí.

—Pero hacer que tú arriesgaras la vida volviendo a una casa incendiada sólo por unos sellos y monedas...



Ella me interrumpió.

—Él no creía que hubiera riesgo.

—¿Le parecía que no corrías peligro?

—Sí.


—En ese caso, ¿por qué no volvió él en vez de enviarte a ti?

—Porque pensó que yo podía ir más deprisa.

—Comprendo. Pero ¿para ti había riesgo?

—Sí, pero él no se dio cuenta.

—¿Había algún otro significado para ti en ese sueño? ¿Con respecto a tu relación con tu padre?

—No sé.


—Él no parecía darse mucha prisa por salir de la casa en llamas.

—No.


—¿Por qué se tomaba tanto tiempo? Tú actuaste con rapidez; comprendiste el peligro.

—Porque él trata de esconderse de las cosas.

Aproveché ese momento para interpretar parte del sueño.

—Sí, es un viejo patrón de conducta en él, y tú haces cosas que corresponderían a tu padre, como ir en busca de la caja. Espero que él sepa aprender de ti. Tengo la sensación de que ese incendio representa el tiempo que se acaba; tú comprendes el peligro, pero él no. Mientras él holgazanea y te envía a ti en busca de objetos materiales, tú sabes mucho más... y tienes mucho que enseñarle, pero tu padre no parece dispuesto a aprender.

—No —asintió ella —, en efecto.

—Así entiendo yo el sueño. Pero tú no puedes obligarlo. Sólo él puede comprender eso.

—Sí —asintió otra vez. Su voz se hizo grave y ronca—. No importa que nuestro cuerpo arda en el fuego si no lo necesitamos...

Un Espíritu Maestro acababa de presentar un enfoque del sueño completamente distinto. Me sorprendió esa entrada brusca; no pude hacer otra cosa que repetir el pensamiento como un loro:

—¿No necesitamos el cuerpo?

—No. Mientras estamos aquí pasamos por muchas etapas. Nos deshacemos de un cuerpo de bebé para adoptar el de un niño; descartamos el de niño para ser adultos, y el de adultos por el de ancianos. ¿Por qué no dar un paso más y descartar el cuerpo adulto para ir a un plano espiritual? Eso es lo que hacemos. No dejamos de crecer: continuamos creciendo. Cuando llegamos al plano espiritual, continuamos creciendo también allí. Pasamos por diferentes etapas de desarrollo. Cuando llegamos, estamos consumidos. Es preciso pasar por una etapa de renovación, una etapa de aprendizaje y una etapa de decisión. Nosotros decidimos cuándo queremos regresar, adonde y por qué motivos. Algunos prefieren no volver. Prefieren pasar a otra etapa de desarrollo. Y mantienen la forma espiritual... algunos por más tiempo que otros, antes de volver. Todo es crecimiento y aprendizaje... crecimiento continuo., Nuestro cuerpo es sólo un vehículo para que utilicemos mientras estamos aquí. Son nuestra alma y nuestro espíritu los que perduran por siempre.

No reconocí la voz ni el estilo. Quien hablaba era un Maestro «nuevo», y hablaba de conocimientos importantes. Quise saber más de esos remos espirituales.

—En el estado físico ¿se aprende con más rapidez? ¿Hay motivos por los que no todos permanecen en el estado espiritual?

—No. El aprendizaje es mucho más veloz en el estado espiritual, sobradamente más rápido que el del estado físico. Pero elegimos lo que necesitamos aprender. Si necesitamos regresar para elaborar una relación, regresamos. Si hemos terminado con eso, proseguimos. En la forma espiritual uno siempre puede ponerse en contacto con quienes están en la carne, si así lo desea. Pero sólo si hay allí algo de importancia... si debe decirles algo que necesitan saber.

—¿Cómo se establece el contacto? ¿Cómo se transmite el mensaje?

Para sorpresa mía, fue Catherine quien respondió. Su susurro fue más rápido y firme.

—A veces uno puede presentarse ante esa persona... con el mismo aspecto que cuando estaba aquí. Otras veces se hace sólo un contacto mental. A veces los mensajes son crípticos, pero con mayor frecuencia la persona sabe a qué se refieren. Comprende. Es un contacto de mente a mente.

Me dirigí a Catherine.

—El conocimiento que tienes ahora, esta información, esta sabiduría, que es tan importante, ¿por qué no te es accesible cuando estás en el plano físico y consciente?

—Creo que yo no lo comprendería. No soy capaz de comprenderlo.

—Tal vez yo pueda enseñarte a comprenderlo, para que no te asuste, para que aprendas.

—Sí.

—Cuando oyes las voces de los Maestros, ellos dicen cosas similares a las que tú me estás diciendo ahora. Has de compartir una gran cantidad de informaciones.



Me intrigaba la sabiduría que Catherine poseía cuando se encontraba en ese estado.

—Sí —respondió, simplemente.

—¿Y proviene de tu propia mente?

—Pero ellos lo han puesto ahí. —De ese modo hacía que el mérito recayera en los Maestros.

—Sí —reconocí—. ¿Cómo puedo comunicártelo mejor a mi vez, para que tú crezcas y pierdas tus miedos?

—Ya lo has hecho —respondió, suave.

Tenía razón; sus miedos habían desaparecido, prácticamente. Una vez iniciadas las regresiones hipnóticas, el progreso clínico había sido increíblemente rápido.

—¿Qué lecciones necesitas aprender ahora? ¿Qué es lo más importante que puedes aprender durante esta vida, para que puedas seguir creciendo y madurando?

—A confiar —respondió con prontitud. Sabía cuál era su principal tarea.

—¿A confiar? —repetí, sorprendido por la rapidez de la réplica.

—Sí. Debo aprender a tener fe, pero también a confiar en la gente. No lo hago. Creo que todo el mundo trata de hacerme daño. Eso me induce a mantenerme apartada de personas y situaciones con las que, probablemente, no debería mantener distancia. Me lleva a seguir tratando con otras personas de las que debería separarme.

Cuando estaba en ese plano supraconsciente, su penetración psicológica era tremenda. Conocía sus puntos débiles y sus puntos fuertes. Sabía qué aspectos necesitaban de atención y trabajo, qué hacer para mejorar las situaciones. El único problema consistía en que esas nociones tenían que llegar a su mente consciente, para que las aplicara cuando estuviera despierta. La penetración supraconsciente era fascinante, pero en sí no bastaba para transformar su vida.

—¿Quiénes son esas personas de las que deberías separarte? —pregunté.

Ella hizo una pausa.

—Becky me da miedo. Stuart me da miedo... Temo que algún daño me llegue... de ellos.

—¿Puedes romper con eso?

—No del todo, pero sí con algunas de sus ideas. Stuart trata de mantenerme en una prisión y lo está logrando. Sabe que tengo miedo. Sabe que me asusta estar lejos de él y utiliza ese conocimiento para mantenerme a su lado.

—¿Y Becky?

—Se pasa el tiempo tratando de socavar mi fe en las personas en quienes confío. Donde yo veo el bien, ella ve el mal. Y trata de sembrar esas semillas en mi mente. Estoy aprendiendo a confiar... en personas en las que debo confiar, pero Becky me llena de dudas con respecto a ellas. Y ése es su problema. No puedo permitir que me haga pensar como ella.

En su estado supraconsciente, Catherine podía señalar grandes fallos de carácter, tanto en Becky como en Stuart. Catherine, hipnotizada, habría sido una excelente psiquiatra, empática e infaliblemente intuitiva. Despierta no poseía esos atributos. Mi misión consistía en franquear el abismo. Su mejoría clínica, tan espectacular, significaba que algo de todo eso se estaba filtrando. Intenté construir más puentes.

—¿En quién puedes confiar? —pregunté—. Piénsalo ¿Quiénes son las personas que merecen tu confianza, de las que puedes aprender, a las que puedes acercarte? ¿Quiénes son?

—Puedo confiar en ti —susurró.

Yo lo sabía, pero comprendí que necesitaba más aún confiar en personas que formaran parte de su vida cotidiana.

—Puedes, sí. Tienes una buena relación conmigo, pero tienes que acercarte a otras personas de tu vida, a otros que puedan dedicarte más tiempo que yo.

Yo quería que fuera independiente, una persona cabal, en vez de depender de mí.

—Puedo confiar en mi hermana. A los otros no los conozco. En Stuart puedo confiar, pero sólo hasta cierto punto. Me quiere, pero está confundido. Y en su confusión me hace daño sin darse cuenta.

—Sí, es cierto. ¿Hay algún otro hombre en el que puedas confiar?

—Puedo confiar en Robert —respondió. Era otro médico del hospital con el que mantenía una buena amistad.

—Sí. Tal vez conozcas a otros... en el futuro.

—Sí —reconoció.

La idea de un conocimiento futuro resultaba intrigante y me distrajo. Catherine hablaba con mucha precisión sobre el pasado. Por medio de los Maestros, conocía hechos específicos y secretos. ¿Podría acaso conocer hechos del futuro? En ese caso, ¿podríamos compartir esa precognición? En la mente me estallaban mil preguntas.

—Cuando estableces contacto con tu mente supraconsciente, como ahora, y posees esa sabiduría, ¿adquieres también poderes en el reino psíquico? ¿Te es posible mirar hacia el futuro? En el pasado has logrado mucho.

—Es posible —reconoció —, pero ahora no veo nada.

—¿Es posible? —repetí.

—Eso creo.

—¿Puedes hacerlo sin asustarte? ¿Puedes ir hacia el futuro y obtener información de tipo neutro, que no te asuste? ¿Puedes ver el futuro?

Su respuesta fue pronta.

—No veo eso. Ellos no lo permiten.

Comprendí que se refería a los Maestros.

—¿Están ahora a tu alrededor?

—Sí.

—¿Te hablan?



—No. Lo controlan todo.

Puesto que la controlaban, no le permitían mirar el futuro. Tal vez no teníamos nada que ganar, en lo personal, con un vistazo semejante. Tal vez la aventura hubiera puesto muy ansiosa a Catherine. Tal vez no estábamos aún preparados para soportar esa información. No insistí.

—Gideon, el espíritu que estuvo antes a tu alrededor... .

—Sí.


—¿Qué necesita él? ¿Por qué está cerca? ¿Lo conoces?

—No, no creo.

—Pero ¿te protege del peligro?

—Sí.


—Los Maestros...

—No los veo.

—A veces tienen mensajes que darme, mensajes que nos ayudan a los dos. Esos mensajes, ¿son accesibles para ti aun cuando ellos no hablen? ¿Ponen ellos ideas en tu mente, Catherine?

—Sí.


—¿Controlan hasta dónde puedes llegar y qué puedes recordar?

—Sí.


—Por lo tanto, hay una finalidad en esta explicación de vidas pasadas...

—Sí.


—Para ti y para mí... para enseñarnos. Para conseguir que en nosotros desaparezca el miedo.

—Hay muchas maneras de comunicación. Ellos eligen muchas... para demostrar que existen.

Si Catherine estaba escuchando sus voces, visualizando imágenes y escenas del pasado, experimentando fenómenos físicos o recibiendo en la mente ideas y pensamientos, la finalidad era la misma: demostrarnos que ellos existen y, todavía más allá, ayudarnos, apoyarnos en nuestro sendero al proporcionar esclarecimiento y sabiduría, ayudarnos a ser como dioses.

—¿Sabes porqué te han elegido?

—No.

—¿Para que actúes como canal?



La pregunta era delicada, puesto que Catherine, despierta, no podía siquiera escuchar las grabaciones.

—No —susurró, suave.

—¿Te asusta eso?

—A veces.

—¿Y otras veces no?

—Así es.


—Esto puede ser reconfortante —agregué —. Ahora sabemos que somos eternos; por lo tanto, perdemos el miedo a la muerte.

—Sí —reconoció ella. Hizo una pausa—. Debo aprender a confiar. —Había vuelto a la gran lección de su vida —. Cuando se me dice algo, debo aprender a confiar en lo que se me dice... cuando esa persona sabe.

—Hay, es cierto, gente en la que no se debe confiar —añadí.

—Sí, pero estoy confundida. Y cuando sé que debería confiar en una persona, lucho contra esa sensación. Y no quiero confiar en nadie.

Guardó silencio; una vez más, yo admiraba su penetración psicológica.

—La última vez hablamos de ti cuando niña, en un jardín donde había caballos. ¿Recuerdas? ¿La boda de tu hermana?

—Un poquito.

—¿Había algo más que aprender de ese tiempo? ¿Lo sabes?

—Sí.

—¿Valdría la pena que volviéramos allá para explorar?



—Ahora no volverá. Hay muchas cosas en una vida... hay mucho conocimiento que alcanzar... de cada vida. Sí, debemos explorar, pero ahora no volverá.

Por lo tanto, la llevé otra vez a su problemática relación con el padre.

—Tu relación con tu padre es otro aspecto que te ha afectado profundamente en esta vida.

—Sí —respondió con simplicidad.

—Es otra área que aún nos queda por explorar. Tienes mucho que aprender de esa relación. Compárala con el niño de Ucrania que perdió a su padre a edad temprana. En esta vida no has sufrido esa pérdida. Sin embargo, tener a tu padre aquí, aunque ciertos padecimientos han sido menores...

—Ha sido una carga mayor —concluyó ella—. Pensamientos —añadió luego —, pensamientos...

—¿Qué pensamientos? —Percibí que estaba en otro terreno.

—Sobre la anestesia. Cuando nos anestesian ¿podemos oír? ¡Todavía se puede oír!

Había respondido a su propia pregunta. Comenzó a susurrar con rapidez, excitada.

—La mente está muy consciente de lo que pasa. Hablaban de mi asfixia, de la posibilidad de que yo me asfixiara cuando me operaran de la garganta.

Recordé la operación quirúrgica de cuerdas vocales de Catherine, pocos meses antes de su primera sesión conmigo. Si antes de la operación ya estaba ansiosa, al despertar en la sala de recuperación se encontraba absolutamente aterrorizada. El personal tardó horas en lograr calmarla. Al parecer, lo que los cirujanos habían dicho durante la operación, mientras ella estaba profundamente anestesiada, era lo que la había aterrorizado. Mi mente volvió a la escuela de medicina y a mis prácticas de cirugía. Recordé las conversaciones desenvueltas que uno sostenía durante las operaciones, ante el paciente anestesiado. Recordé los chistes, las maldiciones, las discusiones y los berrinches temperamentales de los cirujanos. ¿Qué oían los pacientes, en el plano subconsciente? ¿Cuánto regañaban que pudiera afectar a sus ideas y emociones, temores y ansiedades al despertar? El curso postoperatorio, la misma recuperación del paciente después de la intervención, ¿podía sufrir la influencia positiva o negativa de los comentarios hechos durante la anestesia? ¿Habría muerto alguien por las expectativas pesimistas oídas durante la operación? ¿Acaso algún paciente se entregaba, considerando que no tenía salvación?

—¿Recuerdas lo que decían?

—Que tenían que poner un tubo hacia abajo. Que se me podía hinchar la garganta cuando sacaran el tubo. No se imaginaban que yo los estaba oyendo.

—Pero oías.

—Sí. Por eso tuve tantos problemas.

Después de esa sesión, Catherine perdió el miedo a tragar y a asfixiarse. Así de simple resultó.

—Toda la ansiedad... —prosiguió—. Yo temía ahogarme.

—¿Te sientes liberada?

—Sí. Tú puedes neutralizar lo que ellos hicieron.

—¿Puedo?


—Sí. Lo estás haciendo... Deberían tener mucho cuidado con lo que dicen. Ahora recuerdo. Me pusieron un tubo en la garganta. Y después no pude hablar para decirles nada.

—Pero ahora está libre... Los oíste.

—Sí, los oí hablar...

Calló uno o dos minutos; luego comenzó a girar la cabeza de un lado a otro. Parecía escuchar algo.

—Pareces estar oyendo mensajes. ¿Sabes de dónde provienen? —Yo esperaba que los Maestros aparecieran.

—Alguien me lo dijo —fue la críptica respuesta.

—¿Alguien estaba hablando contigo?

—Pero se ha ido.

Traté de hacer que volviera.

—Prueba a traer a los espíritus que tengan mensajes... para ayudarnos.

—Sólo vienen cuando así lo desean, no cuando yo decido —respondió con firmeza.

—¿Tú no tienes ningún poder sobre eso?

—No.

—Bueno —concedí—, pero el mensaje sobre la anestesia era muy importante. Ésa era la fuente de tus asfixias.



—Era importante para ti, no para mí —contestó.

La respuesta me retumbó en la mente. Ella quedaría curada de su miedo a ahogarse, pero esta revelación era, aun así, más importante para mí que para ella. Yo era quien curaba. Esa simple respuesta tema varios planos de significado. Tuve la sensación de que, si yo llegaba a comprenderlos del todo, a comprender esas resonantes octavas de significados, avanzaría un enorme paso en la comprensión de las relaciones humanas. Tal vez la ayuda era más importante que la cura.

—¿Para que yo te ayude? —pregunté.

—Sí. Tú puedes anular lo que ellos hicieron. Has estado ya anulando lo que ellos hicieron...

Descansaba. Ambos habíamos aprendido una gran lección.
* * *
Poco después de su tercer cumpleaños, mi hija, Amy, corrió hacia mí para abrazarme las piernas. Levantó la vista, diciendo:

—Papaíto, hace cuarenta mil años que te quiero.

Miré aquella carita y me sentí muy, muy feliz.




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