Muchas Vidas, Muchos Maestros



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Pasaron tres semanas antes de nuestra siguiente sesión. En mis vacaciones, tendido en una playa tropical, tuve el tiempo y la distancia necesarios para reflexionar sobre lo que había ocurrido con Catherine: regresión hipnótica a vidas pasadas, con observaciones detalladas y explicaciones de objetos, procesos y hechos de los que ella no tenía conocimiento en su vida normal y consciente; mejoría de sus síntomas mediante las regresiones, una mejoría que la psicoterapia corriente no había alcanzado, siquiera remotamente, en los primeros dieciocho meses de tratamiento; revelaciones escalofriantemente precisas del estado espiritual posterior a la muerte, en las que transmitía conocimientos a los que ella no tenía acceso; poesía espiritual y lecciones sobre las dimensiones posteriores a la muerte, sobre la vida y la muerte, el nacimiento y el renacimiento, dadas por Espíritus Maestros, que hablaban con una sabiduría y un estilo muy superiores a la capacidad de Catherine. Había mucho que analizar, en efecto.

En el curso de los años yo había tratado a muchos cientos, tal vez a millares de pacientes psiquiátricos, que reflejaban todo el espectro de los trastornos emocionales. Había dirigido unidades de pacientes internos en cuatro grandes escuelas de medicina. Había pasado años en salas de urgencia psiquiátrica, en clínicas para pacientes externos y en diversos lugares, diagnosticando y tratando a pacientes externos. Lo sabía todo sobre las alucinaciones auditivas y visuales, sobre las engañosas ilusiones de la esquizofrenia. Había tratado a muchos pacientes con síntomas dudosos y trastornos de carácter histérico, incluyendo la escisión o las personalidades múltiples. Había sido profesor en abuso de alcohol y drogas en una institución, fundada por el Instituto Nacional de Abuso de Drogas, y estaba familiarizado con toda la gama de los efectos de las drogas sobre el cerebro.

Catherine no presentaba ninguno de esos síntomas o síndromes. Lo ocurrido no era una manifestación de enfermedad psiquiátrica. Ella no era psicópata (no estaba fuera de contacto con la realidad) ni había sufrido nunca alucinaciones (no oía ni veía cosas que en realidad no existieran) o ilusiones (falsas creencias).

No consumía drogas ni tenía rasgos sociopáticos. No tenía una personalidad histérica ni tendencias disociativas. Es decir, en general actuaba con conciencia de lo que hacía y pensaba; no funcionaba con el «piloto automático» y nunca había tenido personalidad escindida o múltiple. El material que producía estaba, con frecuencia, más allá de su capacidad consciente, tanto en estilo como en contenido. Una parte era especialmente psíquica, como las referencias a sucesos específicos de mi propio pasado (por ejemplo, los conocimientos sobre mi padre y mi hijo) así como del propio. Exhibía conocimientos a los que nunca había tenido acceso ni podía haber reunido en su vida presente. Esos conocimientos, así como la experiencia en sí, eran extraños a su cultura y a su educación, además de contrarios a muchas de sus creencias.

Catherine es una persona relativamente sencilla y honesta. No es una erudita; ella no pudo haber inventado los hechos, detalles, acontecimientos históricos, descripciones y elementos poéticos que llegaban a través de ella. Como psiquiatra y científico, yo estaba seguro de que el material se originaba en alguna porción de su mente inconsciente. Era real, sin lugar a dudas. Aunque Catherine hubiera sido una consumada actriz, no habría podido recrear esos hechos. El conocimiento era demasiado exacto y específico; estaba por encima de su capacidad.

Analicé el propósito terapéutico de explorar las vidas pasadas de Catherine. Una vez que hubimos tropezado con ese nuevo reino, su mejoría fue enormemente rápida, sin necesidad de medicación. Existe en ese reino una fuerza poderosamente curativa, una fuerza al parecer mucho más efectiva que la terapia normal o los medicamentos modernos. Esa fuerza incluye recordar y volver a vivir, no sólo grandes acontecimientos traumáticos, sino también los diarios ultrajes a nuestros cuerpos, mentes y egos. En mis preguntas, mientras investigábamos vidas, yo buscaba los patrones de esos insultos, patrones tales como el abuso emocional o físico crónico, la pobreza y el hambre, la enfermedad y la incapacidad, prejuicios y persecuciones persistentes, fracasos repetidos, etcétera. También me mantenía alerta a las tragedias más penetrantes, como una traumática experiencia de muerte, violaciones, catástrofes masivas y cualquier otro suceso horripilante que pudiera haber dejado una huella permanente La técnica era similar a la de repasar una infancia en la terapia común, excepto que el marco cronológico era de varios milenios, en vez de reducirse a los diez o quince años habituales. Por lo tanto, mis preguntas eran más directas y más intencionadas que en una terapia común. Pero el éxito de nuestra poco ortodoxa exploración resultaba incuestionable. Ella (y otros que yo trataría más adelante con regresión hipnótica) se estaba curando con tremenda velocidad.

Pero ¿había otras explicaciones de los recuerdos que Catherine guardaba de vidas pasadas? ¿Era posible que esos recuerdos le fueran transmitidos por sus genes? Esa posibilidad es científicamente remota. La memoria genética requiere el paso ininterrumpido de material genético de generación en generación. Catherine vivió por toda la tierra y su linaje genético se interrumpió muchas veces. Murió en una inundación con su prole, también en la niñez, y también sin haber procreado. Su reserva genética terminó sin ser transmitida. ¿Y en cuanto a la supervivencia después de la muerte y el estado intermedio? No había cuerpo ni material genético, ciertamente; sin embargo, sus recuerdos continuaban. No, era menester descartar la explicación genética.

¿Cabía la idea de Jung sobre el inconsciente colectivo, almacén de toda la memoria y la experiencia humana, a la que ella podía estar recurriendo, de algún modo? Hay culturas divergentes que poseen, con frecuencia, símbolos similares, aun en sueños. Según Jung, el inconsciente colectivo no se adquiere personalmente, sino que se «hereda» de algún modo en la estructura cerebral. Incluye motivos e imágenes que surgen de nuevo en todas las culturas, sin necesidad de tradición histórica o propagación. Me parecía que los recuerdos de Catherine eran demasiado concretos para que el concepto de Jung les sirviera de explicación. Ella no revelaba símbolos, imágenes ni motivos universales, sino descripciones detalladas de personas y lugares determinados. Las ideas de Jung parecían demasiado vagas. Y aún quedaba por considerar el estado intermedio. En resumidas cuentas, la reencarnación era lo que tenía más sentido.

El conocimiento de Catherine no era sólo detallado y concreto, sino que estaba más allá de su capacidad consciente. Sabía de cosas que no había podido espigar de un libro para olvidarlas después pasajeramente. Sus conocimientos no podían haber sido adquiridos en la niñez y luego suprimidos o reprimidos de la conciencia de modo similar. ¿Y los Maestros y sus mensajes? Eso llegaba mediante Catherine, pero no de ella. Y su sabiduría se reflejaba también en los recuerdos que Catherine guardaba de sus vidas. Yo sabía que esa información y sus mensajes eran verdad. Lo sabía, no por mis muchos años de cuidadoso estudio de las personas, sus mentes, sus cerebros y personalidades, sino también por intuición, aun antes de la visita de mi padre y mi hijo. Mi cerebro, con todos sus años de cuidadoso estudio científico, lo sabía. Pero también tenía un fuerte presentimiento.

—Veo vasijas que contienen una especie de aceite. —Pese a la interrupción de tres semanas, Catherine había caído prontamente en un trance profundo. Estaba sumergida en otro cuerpo, en otra época.

»En las vasijas hay diferentes tipos de aceite. Eso parece una especie de depósito, un lugar para guardar cosas. Las vasijas son rojas... rojas, hechas con algún tipo de tierra colorada. Alrededor tienen bandas azules, bandas azules alrededor de la boca. Veo hombres ahí... hay hombres en la cueva. Están trasladando los jarros y las vasijas de un lado a otro, para acomodarlos y ponerlos en cierto lugar. Tienen la cabeza rapada... no tienen pelo en la cabeza. La piel es morena... piel morena.

—¿Estás tú ahí?

—Sí... Estoy sellando algunos de los jarros... con una especie de cera... sello la tapadera de los jarros con la cera.

—¿Sabes para qué se usan los aceites?

—No lo sé.

—¿Te ves a ti misma? Obsérvate. Dime cómo eres. —Hizo una pausa para observarse.

—Llevo trenza. Hay una trenza en mi pelo. Tengo una especie de... una prenda larga. Tiene un borde dorado alrededor.

—¿Trabajas para esos sacerdotes, para los hombres de cabeza rapada?

—Mi trabajo consiste en sellar los jarros con la cera. Ése es mi trabajo.

—Pero ¿no sabes para qué sirven los jarros?

—Parecen ser para algún rito religioso. Pero no sé con certeza... qué es. Hay un ungüento, algo en la cabeza... uno lo lleva en la cabeza y en las manos, las manos. Veo un pájaro, un pájaro de oro que me cuelga del cuello. Es plano. Tiene una cola plana, una cola muy plana, y la cabeza apunta hacia abajo... hacia mis pies.

—¿Hacia tus pies, Catherine?

—Sí, así es como se debe llevar. Hay una sustancia negra... negra y pegajosa. No sé qué es.

—¿Dónde está?

—En un recipiente de mármol. Ellos usan también eso, pero no sé para qué sirve.

—¿Hay algo en la cueva que puedas leer, para que me indiques el nombre del país, del lugar en donde vives o la fecha?

—En los muros no hay nada; están vacíos. No conozco el nombre.

La hice avanzar en el tiempo.

—Hay un frasco blanco, una especie de frasco blanco. El asa de la tapa es de oro; está como incrustada en oro.

—¿Qué contiene ese frasco?

—Una especie de ungüento. Tiene algo que ver con el paso al otro mundo.

—¿Eres tú la persona que va a pasar ahora?

—¡No! No es nadie que yo conozca.

—¿Éste también es tu trabajo? ¿Preparar a las personas para ese paso?

—No. Es el sacerdote quien debe hacer eso, no yo. Nosotros nos limitamos a suministrarle los ungüentos, el incienso...

—¿Qué edad pareces tener ahora?

—Dieciséis.

—¿Vives con tus padres?

—Sí, en una casa de piedra, una especie de vivienda de piedra. No es muy grande. Hace mucho calor. El clima es caliente y seco.

—Ve a tu casa.

—Estoy ahí.

—¿Ves a otras personas de tu familia?

—Veo a un hermano; también está ahí mi madre. Y un bebé, el bebé de alguien.

—¿Es tuyo ese bebé?

—No.

—¿Qué hay de importante ahora? Ve hacia algo importante, que explique tus síntomas en la vida actual. Necesitamos comprender. No hay riesgo en la experiencia. Ve hacia los hechos.



Ella respondió con un susurro muy suave.

—Todo a su tiempo... Veo morir a la gente.

—¿Gente que muere?

—Sí... no saben qué es.

—¿Una enfermedad?

De pronto caí en la cuenta de que ella tocaba nuevamente una vida antigua, a la que había regresado en otra oportunidad. En esa vida, una plaga transmitida por el agua había matado a su padre y a uno de sus hermanos. Catherine también había padecido la enfermedad, pero sin sucumbir a ella. La gente usaba ajo y otras hierbas para tratar de rechazar la plaga. Ella se había sentido muy inquieta porque no se embalsamaba debidamente a los muertos. Pero ahora nos enfrentábamos a esa vida desde un ángulo diferente.

—¿Tiene algo que ver con el agua?

—Eso creen. Son muchos los que mueren.

Yo conocía ya el final.

—Pero tú no mueres por eso.

—No, no muero.

—Pero enfermas mucho. Te sientes mal.

—Sí, tengo mucho frío... mucho frío. Necesito agua... agua. Creen que viene del agua... y algo negro... Alguien muere.

—¿Quién muere?

—Muere mi padre, y también un hermano. Mi madre está bien; se recobra. Está muy débil. Tienen que enterrar a la gente. Los entierran, y la gente se preocupa porque eso va contra las prácticas religiosas.

—¿Cuáles son esas prácticas?

Me maravillaba la concordancia de sus recuerdos, hecho por hecho, exactamente como había relatado esa vida varios meses antes. Una vez más, esa desviación de las costumbres funerarias normales la inquietaba mucho.

—Se ponía a la gente en cuevas. Los cadáveres eran conservados en cuevas. Pero antes debían ser preparados por los sacerdotes... Debían ser envueltos y untados con ungüento. Se los mantenía en cuevas, pero el país está inundado... dicen que el agua es mala. No bebáis el agua.

—¿Hay algún tratamiento? ¿Dio resultado algo?

—Se nos dieron hierbas, hierbas diferentes. Los olores... las hierbas y... percibo el olor. ¡Lo huelo!

—¿Reconoces el olor?

—Es blanco. Lo cuelgan del techo.

—¿Es como ajo?

—Está colgado alrededor... Las propiedades son similares, sí. Sus propiedades... se pone en la boca, en las orejas, en la nariz... El olor es fuerte. Se creía que impedía la entrada a los malos espíritus en el cuerpo. Fruta morada, o algo redondo con superficie morada, corteza morada...

—¿Reconoces la cultura en que estás? ¿Te parece familiar?

—No sé.


—Esa cosa purpúrea, ¿es una especie de fruta?

—Tanis.


—¿Te ayudará eso? ¿Es para la enfermedad?

—En ese tiempo, sí.

—Tanis —repetí, tratando, una vez más, de ver si se refería a lo que llamamos tanino o ácido tánico—. ¿Así se llama? ¿Tanis?

—Oigo... sigo oyendo «tanis».

—De esta vida, ¿qué ha quedado sepultado en tu vida actual? ¿Por qué vuelves una y otra vez aquí? ¿Qué te molesta tanto?

—La religión —susurró Catherine, de inmediato —, la religión de esa época. Era una religión de miedo... miedo. Había tantas cosas que temer... y tantos dioses...

—¿Recuerdas los nombres de algunos dioses? —dije.

—Veo ojos. Veo una cosa negra... una especie de... parece un chacal. Está en una estatua. Es una especie de guardián... Veo una mujer, una diosa, con una especie de toca.

—¿Sabes el nombre de la diosa?

—Osiris... Sirus... algo así. Veo un ojo... un ojo, sólo un ojo con una cadena. Es de oro.

—¿Un ojo?

—Sí... ¿Quién es Hathor?

—¿Qué?

—¡Hathor! ¡Quiénes!



Nunca había oído hablar de Hathor, aunque sabía que Osiris, si la pronunciación era correcta, era el hermano-esposo de Isis, la principal deidad egipcia. Hathor, según supe después, era la diosa egipcia del amor, el regocijo y la alegría.

—¿Es uno de los dioses? —pregunté.

—¡Hathor, Hathor! —Hubo una larga pausa—. Pájaro... es plano... plano, un fénix...

Guardó silencio otra vez.

—Avanza ahora en el tiempo, hasta el último día de esa vida. Ve hasta tu último día, pero antes de morir. Dime qué ves.

Respondió con un susurro muy suave.

—Veo edificios y gentes. Veo sandalias, sandalias. Hay un paño rústico, una especie de paño rústico.

—¿Qué ocurre? Ve ahora al momento de tu muerte. ¿Qué te ocurre? Tú puedes verlo.

—No veo... no me veo más.

—¿Dónde estás? ¿Qué ves?

—Nada... sólo oscuridad... veo una luz, una luz cálida. —Ya había muerto, había pasado al estado espiritual. Al parecer, no necesitaba experimentar otra vez su muerte real.

—¿Puedes acercarte a la luz? —pregunté.

—Allá voy.

Descansaba apaciblemente, esperando otra vez.

—¿Puedes mirar ahora hacia atrás, hacia las lecciones de esa vida? ¿Tienes ya conciencia de ellas?

—No —susurró.

Continuaba esperando. De pronto se mostró alerta, aunque sus ojos permanecían cerrados, como ocurría siempre que estaba en trances hipnóticos. Movía la cabeza de un lado a otro.

—¿Qué ves ahora? ¿Qué está pasando?

Su voz era más potente.

—Siento... ¡alguien me habla!

—¿Qué te dicen?

—Hablan de la paciencia. Uno debe tener paciencia...

—Sí, continúa. —La respuesta provino inmediatamente del Maestro poeta.

—Paciencia y tiempo... todo llega a su debido tiempo. No se puede apresurar una vida, no se puede resolver según un plan, como tanta gente quiere. Debemos aceptar lo que nos sobreviene en un momento dado y no pedir más. Pero la vida es infinita; jamás morimos; jamás nacimos, en realidad. Sólo pasamos por diferentes fases. No hay final. Los humanos tienen muchas dimensiones. Pero el tiempo no es como lo vemos, sino lecciones que hay que aprender.

Hubo una larga pausa. El Maestro poeta continuó.

—Todo te será aclarado a su debido tiempo. Pero necesitas una oportunidad para digerir el conocimiento que ya te hemos dado.

Catherine guardó silencio.

—¿Hay algo más que yo deba saber?

—Se han ido —me susurró —. Ya no oigo a nadie.
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Semana a semana, nuevas capas de temores y ansiedades neuróticas se desprendían de Catherine. Semana a semana se la veía un poco más serena, un poco más suave y paciente. Tenía más confianza en sí misma y atraía a la gente. Daba más amor y los demás se lo devolvían. El diamante interior que era su verdadera personalidad brillaba, luminoso, a la vista de todos.

Las regresiones de Catherine abarcaban milenios. Cada vez que entraba en un trance hipnótico, yo no tenía idea alguna de dónde emergerían los hijos de sus vidas. Desde las cuevas prehistóricas hasta los tiempos modernos, pasando por el antiguo Egipto, ella había estado en todas partes. Y todas sus existencias habían sido amorosamente custodiadas por los Maestros, desde más allá del tiempo. En la sesión de ese día apareció; en el siglo XX, pero no como Catherine.

—Veo un fuselaje y una pista aérea, una especie de pista de aterrizaje —susurró suavemente.

—¿Sabes dónde estás?

—No veo... ¿alsaciana? —Luego, con más decisión —: Alsaciana.

—¿En Francia?

—No sé, sólo alsaciana... Veo el nombre Von Marks, Von Marks (ortografía fonética). Una especie de casco marrón o un gorro... un gorro con gafas. La tropa ha sido destruida. Parece ser una zona muy remota. No creo que haya una ciudad cercana.

—¿Qué ves?

—Veo edificios destruidos. Veo edificios... La tierra está destrozada por... los bombardeos. Es una zona muy bien oculta.

—¿Qué haces tú?

—Ayudo con los heridos. Se los están llevando.

—Obsérvate. Descríbete. Mira hacia abajo y dime qué ropa vistes.

—Llevo una especie de chaqueta. Pelo rubio. Ojos azules. Mi chaqueta está muy sucia. Hay mucha gente herida.

—¿Te han formado para que ayudes a los heridos?

—No.

—¿Vives ahí o te han llevado a ese sitio? ¿Dónde vives?



—No sé.

—¿Qué edad tienes?

—Treinta y cinco años.

Catherine tenía veintinueve; sus ojos no eran azules, sino color avellana. Continué con el interrogatorio.

—¿No tienes nombre? ¿No está en la chaqueta?

—En la chaqueta hay unas alas. Soy piloto... algún tipo de piloto.

—¿Pilotas aviones?

—Sí, tengo que hacerlo.

—¿Quién te obliga a volar?

—Estoy de servicio y debo volar. Es mi trabajo.

—¿También dejas caer las bombas?

—En el avión tenemos un artillero. Hay un navegante.

—¿Qué tipo de aviones pilotas?

—Una especie de helicóptero. Tiene cuatro hélices. Es un ala fija.

Eso me llamó la atención, pues Catherine no sabía nada de aviones. Me pregunté qué entendería por «ala fija». Pero en la hipnosis poseía amplios conocimientos, como la técnica para hacer mantequilla o para embalsamar cadáveres. Sin embargo, sólo una fracción de esos conocimientos le era accesible a su mente consciente y cotidiana. Insistí.

—¿Tienes familia?

—No está conmigo.

—Pero ¿ellos están a salvo?

—No sé. Tengo miedo... miedo de que vuelvan. ¡Mis amigos están muriendo!

—Tienes miedo de que vuelvan, ¿quiénes?

—Los enemigos.

—¿Quiénes son?

—Los ingleses... las Fuerzas Armadas americanas... los ingleses.

—Sí. ¿Recuerdas a tu familia?

—¿Si la recuerdo? Hay demasiada confusión.

—Retrocedamos en la misma vida a un momento feliz, antes de la guerra, por la época en que estabas en tu hogar, con tu familia. Puedes verlo. Sé que es difícil, pero quiero que te relajes. Trata de recordar.

Catherine hizo una pausa. Luego susurró:

—Oigo el nombre de Eric... Eric. Veo una criatura rubia, una niña.

—¿Es hija tuya?

—Sí, ha de serlo... Margot.

—¿Está cerca?

—Está conmigo. Estamos de picnic. El día es hermoso.

—¿Hay alguien más ahí? ¿Además de Margot?

—Veo una mujer de pelo castaño, sentada en la hierba.

—¿Es tu esposa?

—Sí..., no la conozco —agregó, refiriéndose a las personas que conocía en su vida actual.

—¿Conoces a Margot? Observa mejor a Margot. ¿La conoces?

—Sí, pero no estoy segura... La conocí en alguna parte...

—Ya lo recordarás. Mírala a los ojos.

—Es Judy —respondió.

En la actualidad, Judy era su mejor amiga. Se habían entendido desde el primer momento, entablando una sincera amistad; cada una confiaba sin reservas en la otra; se adivinaban los pensamientos y las necesidades antes de expresarlos verbalmente.

—¿Judy? —repetí.

—Judy, sí. Se parece a ella... sonríe como ella.

—Sí, qué bien. ¿Eres feliz en tu hogar o hay problemas?

—No hay problemas. (Larga pausa.) Sí. Sí, es una época de disturbios. Hay un profundo problema en el gobierno alemán, la estructura política. Hay demasiada gente que quiere avanzar en demasiadas direcciones. Eso, con el tiempo, nos hará pedazos... Pero debo combatir por mi país.

—¿Amas mucho a tu país?

—No me gusta la guerra. Creo que matar está mal, pero debo cumplir con mi deber.

—Ahora vuelve, vuelve a donde estabas antes, al avión en tierra, los bombardeos, la guerra. Es más adelante; la guerra ya ha empezado. Ingleses y americanos están tirando bombas cerca de ti. Regresa. ¿Ves otra vez el avión?

—Sí.

—¿Aún sientes lo mismo sobre el deber, la guerra y matar?



—Sí. Moriremos por nada.

—¿Qué?


—Que moriremos por nada —repitió, con un susurro más alto.

—¿Por nada? ¿Por qué por nada? ¿No hay gloria en eso? ¿No es por defender a tu patria ni a tus seres amados?

—Moriremos por defender las ideas de unas cuantas personas.

—¿Aunque sean los líderes de tu país? Pueden equivocarse...

Me interrumpió con prontitud:

—No son los líderes. Si fueran líderes, no habría tanto forcejeo interno... en el gobierno.

—Algunos dicen que están locos. ¿Te parece cierto eso? ¿Están locos por el poder?

—Todos debemos de estar locos para dejarnos manejar por ellos, para permitir que nos impulsen... a matar. Y a matarnos.

—¿Te queda algún amigo?

—Sí, aún quedan algunos con vida.

—¿Hay alguien con quien tengas una amistad especial? ¿Entre los tripulantes de tu avión? Tu artillero y tu navegante, ¿viven aún?

—No los veo, pero mi avión no lo han destruido.

—¿Vuelves a pilotar el avión?

—Sí. Tenemos que darnos prisa para despegar con lo que queda del avión... antes de que regresen.

—Sube a tu avión.

—No quiero ir. —Parecía querer negociar conmigo.

—Pero tienes que despegar.

—Es tan inútil...

—¿Qué tipo de profesión tenías antes de la guerra? ¿Lo recuerdas? ¿Qué hacía Eric?

—Era segundo piloto... de un pequeño avión, un avión de carga.

—¿También eras piloto entonces?

—Sí.


—¿Y pasabas mucho tiempo fuera de casa?

Respondió con mucha suavidad, con melancolía:

—Sí.

—Adelántate en el tiempo —le indiqué—, hasta el próximo vuelo. ¿Puedes hacerlo?



—No hay próximo vuelo.

—¿Te ocurre algo?

—Sí.

Su respiración era acelerada; empezaba a agitarse. Se había adelantado hasta el día de su muerte.



—¿Qué ocurre?

—Huyo del fuego. El fuego está destrozando a mi grupo.

—¿Sobrevives a eso?

—Nadie sobrevive... nadie sobrevive a una guerra. ¡Me estoy muriendo! —Su respiración era trabajosa—. ¡Sangre! ¡Hay sangre por todas partes! Me duele el pecho. Me han herido en el pecho... y la pierna... y el cuello. Me duele mucho.

Estaba en agonía, pero pronto su respiración se hizo más lenta y más regular; sus músculos faciales se relajaron y adquirió un aspecto de paz. Reconocí la calma del estado de transición.

—Se te ve más cómoda. ¿Ha pasado?

Hizo una pausa, antes de responder con mucha suavidad:

—Estoy flotando... apartándome de mi cuerpo. No tengo cuerpo. Estoy nuevamente en espíritu.

—Bien. Descansa. Has llevado una vida difícil. Has pasado por una muerte difícil. Necesitas descansar. Reponerte. ¿Qué aprendiste en esa vida?

—Aprendí cosas sobre el odio...las matanzas insensatas... el odio mal dirigido... la gente que odia sin saber por qué. Se nos impulsa a eso... nos impulsa el mal, cuando nos encontramos en estado físico...

—¿Hay una obligación más elevada que la obligación para con el país? ¿Algo que hubiera podido impedir que tú mataras? ¿Pese a las órdenes? ¿Alguna obligación para consigo misma?

—Sí...


Pero no dio detalles.

—¿Ahora esperas algo?

—Sí... Espero ir a un estado de renovación. Tengo que esperar. Vendrán por mí... vendrán...

—Bien. Cuando vengan, me gustaría hablar con ellos.

Aguardamos varios minutos más. Luego, de forma abrupta, su voz sonó potente y grave. Hablaba el primero de los Espíritus Maestros, no el poeta.

—Tenías razón al suponer que éste era el tratamiento correcto para quienes están en un plano físico. Debes erradicar los miedos de sus mentes. El miedo es un derroche de energía; impide a las personas cumplir con aquello para lo cual fueron enviados. Guíate por lo que te rodea. Primero es preciso llevarlos a un nivel muy profundo... donde ya no puedan sentir el cuerpo. Allí podrás llegar a ellos. Es únicamente en la superficie... donde yacen los problemas. Muy dentro del alma, donde se crean las ideas, allí es donde hay que ir a buscarlos.

»Energía... todo es energía. Se malgasta tanta... Las montañas... Dentro de la montaña hay quietud; el centro es sereno. Pero es afuera donde está el problema. Los humanos sólo pueden ver el exterior, pero se puede ir mucho más adentro. Hay que ver el volcán. Para eso es preciso ir muy adentro.

»Estar en el estado físico es algo anormal. Cuando se está en el plano espiritual, eso nos resulta natural. Cuando se nos envía de regreso es como ser enviados otra vez a algo que no conocemos. Nos llevará más tiempo. En el mundo espiritual es preciso esperar; luego somos renovados. Hay un estado de renovación. Es una dimensión, como las otras, y tú has logrado casi llegar a ese estado...

Eso me pilló por sorpresa. ¿Cómo era posible que yo estuviera acercándome al estado de renovación?

—¿Que casi he llegado? —repetí, incrédulo.

—Sí. Sabes mucho más que los otros. Comprendes mucho más. Ten paciencia con ellos. No tienen el conocimiento que tú posees. Serán enviados espíritus en su ayuda. Pero lo que tú estás haciendo es correcto... continúa. Esta energía no debe ser malgastada. Debe liberarse del temor. Será la mayor de tus armas.

El Espíritu Maestro guardó silencio. Reflexioné sobre el significado de ese increíble mensaje. Sabía que yo estaba teniendo éxito en liberar a Catherine de sus miedos, pero ese mensaje tenía un significado más global. No se trataba de una mera confirmación de que la hipnosis era efectiva como instrumento terapéutico. Implicaba aún más que las regresiones a vidas pasadas, cosa que resultaría difícil de aplicar a la población en general, de uno en uno. No: me pareció que se refería al miedo a la muerte, el miedo muy oculto dentro del volcán. El miedo a la muerte, ese temor escondido y constante que ni el dinero o el poder pueden neutralizar: ése es el centro.

Pero si la gente supiera que «la vida es infinita; que jamás morimos; que nunca nacimos, en realidad», entonces ese miedo desaparecería. Si todos supieran que han vivido antes incontables veces y que volverán a vivir otras tantas, ¡cuánto más reconfortados se sentirían! Si supieran que hay espíritus a su alrededor, cuando se encuentran en estado físico; que después de la muerte, en estado espiritual, se reunirán con esos espíritus, incluidos los de sus muertos amados, ¡cuánto sería el consuelo! Si supieran que los «ángeles de la guarda» existen, en realidad, ¡cuánto más seguros se sentirían! Si supieran que los actos de violencia y de injusticia no pasan desapercibidos, sino que deben ser pagados con la misma moneda en otras vidas, ¡cuánto menor sería el deseo de venganza! Y si de verdad «por el conocimiento nos aproximamos a Dios», ¿de qué sirven las posesiones materiales y el poder, cuando son un fin en sí y no un medio para ese acercamiento? La codicia y el ansia de poder no tienen ningún valor.

Pero ¿cómo llegar a la gente con ese conocimiento? Casi todos recitan plegarias en sus iglesias, en las sinagogas, mezquitas o templos, plegarias que proclaman la inmortalidad del alma. Sin embargo, terminados los ritos del culto vuelven a sus caminos competitivos, a practicar la codicia, la manipulación y el egocentrismo. Estos rasgos retrasan el progreso del alma. Por lo tanto, si la fe no basta, quizá la ciencia ayude. Tal vez experiencias como la de Catherine conmigo deban ser estudiadas, analizadas y descritas de manera objetiva y científica por personas preparadas en ciencias físicas y conductistas. Sin embargo, por entonces nada estaba tan lejos de mi mente como la idea de redactar un artículo científico o un libro, posibilidad remota y muy improbable. Pensé en los espíritus que serían enviados para ayudarme. ¿Ayudarme a qué?

Catherine se movió y empezó a susurrar.

—Alguien llamado Gideon, alguien llamado Gideon... Gideon. Trata de hablar conmigo.

—¿Qué dice?

—Está por todo por todas partes. No se detiene. Es una especie de ángel custodio... algo así. Pero ahora está jugando conmigo.

—¿Es uno de tus ángeles de la guarda?

—Sí, pero está jugando... se limita a saltar a mi alrededor. Creo que quiere darme a entender que está a mi alrededor... por todas partes.

—¿Gideon? —repetí.

—Aquí está.

—¿Y te hace sentir más segura?

—Sí. Volverá cuando yo lo necesite.

—Bien. ¿Hay espíritus alrededor de nosotros?

Respondió con un susurro, desde la perspectiva de su mente supraconsciente.

—Oh, sí... muchos espíritus. Sólo vienen cuando así lo desean. Vienen... cuando lo desean. Todos somos espíritus. Pero otros... algunos se encuentran en estado físico; otros, en un período de renovación. Y otros son guardianes. Pero todos vamos allá. Nosotros también hemos sido guardianes.

—¿Por qué volvemos para aprender? ¿Por qué no aprendemos como espíritus?

—Son diferentes niveles de aprendizaje; algunos tienen que aprenderse en la carne. Tenemos que sentir el dolor. Cuando se es espíritu no se experimenta dolor. Es un período de renovación. El alma se renueva. Cuando se está en la carne se puede sentir el dolor, se sufre. En forma espiritual no se siente. Sólo hay felicidad, una sensación de bienestar. Pero es un período de renovación para... nosotros. La interacción entre las personas, en forma espiritual, es diferente. Cuando se está en el estado físico... se pueden experimentar las relaciones.

—Comprendo. Todo saldrá bien.

Ella había vuelto a quedar en silencio. Pasaron algunos minutos.

—Veo un coche —comenzó —, un coche azul.

—¿Un cochecito de bebé?

—No, un carruaje... ¡Algo azul! Una orla azul arriba, azul por fuera...

—¿Es un carruaje tirado por caballos?

—Tiene ruedas grandes. No veo a nadie en él; sólo dos caballos enganchados... uno gris y otro castaño. El caballo se llama Manzana, el gris, porque le gustan las manzanas. El otro es Duque. Son muy buenos. No muerden. Tienen patas grandes... patas grandes.

—¿Hay también un caballo malo? ¿Un caballo distinto?

—No, son muy buenos.

—¿Tú estás ahí?

—Sí. Le veo el hocico. Es mucho más grande que yo.

—¿Estás en el carruaje? —Por la naturaleza de sus respuestas yo había comprendido que ella era una criatura.

—Hay caballos. También hay un niño.

—¿Qué edad tienes?

—Soy muy pequeña. No sé. Creo que no sé contar.

—¿Conoces al niño? ¿Es tu amigo, tu hermano?

—Es un vecino. Ha venido a... una fiesta. Hay... una boda o algo así.

—¿Sabes quién se casa?

—No. Nos dijeron que no nos ensuciáramos. Tengo pelo castaño... y zapatos que se abotonan por un lado, hasta arriba.

—¿Son tus ropas de fiesta? ¿Ropas finas?

—Es blanco... una especie de vestido blanco con un... con algo lleno de volantes y se ata por atrás.

—Tu casa ¿está cerca?

—Es una casa grande —respondió la niña.

—¿Es ahí donde vives?

—Sí.


—Bien. Ahora puedes mirar dentro de la casa; es correcto. Se trata de un día importante. Habrá gente bien vestida, con ropa especial.

—Están preparando comida, muchísima comida.

—¿La hueles?

—Sí. Están haciendo una especie de pan. Pan... carne... Nos dicen que volvamos a salir.

Eso me divirtió. Yo le había dicho que podía entrar sin problemas y alguien le ordenaba que volviera a salir.

—¿Te llaman por tu nombre?

—Mandy... Mandy y Edward.

—¿Edward es el niño?

—Sí.

—¿Y no os dejan entrar en la casa?



—No. Están muy ocupados.

—¿Y qué pensáis al respecto?

—No nos importa. Pero lo difícil es no ensuciarse. No podemos hacer nada.

—¿Vas a la boda? ¿Más tarde?

—Sí... veo a mucha gente. El salón está atestado. Hace calor, mucho calor. Allí hay un párroco; ha venido el párroco... con un sombrero raro... grande... negro. Le sobresale mucho sobre la cara... mucho.

—¿Es un momento feliz para tu familia?

—Sí.

—¿Sabes quién se casa?



—Mi hermana.

—¿Es mucho mayor que tú?

—Sí.

—¿La ves ahora? ¿Tiene puesto el vestido de novia?



—Sí.

—¿Y es bonita?

—Sí, muy bonita. Lleva muchas flores alrededor del pelo.

—Mírala bien. ¿La conoces de algún otro lugar? Mírale los ojos, la boca...

—Sí. Creo que es Becky... pero más pequeña, mucho más pequeña...

Becky era amiga y compañera de trabajo de Catherine. Aunque íntimas, a Catherine le molestaba la actitud crítica de Becky y el hecho de que se entrometiera en su vida y en sus decisiones. Después de todo, eran amigas y no parientes. Pero tal vez la diferencia ya no estuviera tan clara.

—Me... me tiene cariño... y por eso puedo estar bastante cerca de ella en la ceremonia.

—Bien. Mira a tu alrededor. ¿Están ahí tus padres?

—Sí.

—¿Ellos también te tienen cariño?



—Sí.

—Qué bien. Míralos bien. Primero, a tu madre. Tal vez la recuerdes. Mírale la cara.

Catherine inspiró muy profundamente varias veces.

—No la conozco.

—Mira a tu padre. Obsérvalo bien. Su expresión, sus ojos... también la boca. ¿Lo conoces?

—Es Stuart —respondió de inmediato.

Conque Stuart acababa de aparecer, una vez más. Eso valía la pena examinarlo mejor.

—¿Qué relaciones tienes con él?

—Lo quiero mucho... me trata muy bien.

Pero opina que soy un fastidio. Piensa que los niños son un fastidio.

—¿Es demasiado serio?

—No; le gusta jugar con nosotros. Pero hacemos demasiadas preguntas. Pero es muy bueno con nosotros, salvo cuando hacemos demasiadas preguntas.

—¿Eso lo enfada algunas veces?

—Sí. Debemos aprender del maestro, no de él. Para eso vamos a la escuela: para aprender.

—Esas palabras parecen de él. ¿Te dice él eso?

—Sí, tiene cosas más importantes que hacer. Tiene que administrar la finca.

—¿Es una finca grande?

—Sí.


—¿Sabes dónde está?

—No.


—¿Nunca mencionan la ciudad o el estado? ¿El nombre de la ciudad?

Ella hizo una pausa para escuchar con atención.

—No oigo eso.

Y volvió a guardar silencio.

—Bien, ¿quieres explorar más en esta vida? ¿Adelantarte en el tiempo? ¿O con esto...?

Me interrumpió:

—Basta.

Durante todo este proceso con Catherine, yo me había mostrado reacio a analizar sus revelaciones con otros profesionales. En realidad, exceptuando a Carole y a otros pocos con quienes me sentía «a salvo», no había compartido esta notable información con nadie. Sabía que el conocimiento proveniente de nuestras sesiones era verdadero y muy importante, pero me preocupaban las posibles reacciones de mis colegas profesionales y científicos; por eso guardaba silencio.



Aún me preocupaba por mi reputación, mi carrera y la opinión ajena.

Mi escepticismo personal se había ido mermando con las pruebas que recibía de labios de Catherine, semana tras semana. Con frecuencia volvía a escuchar las grabaciones y a experimentar nuevamente las sesiones, con todo su dramatismo y su fuerza directa. Pero los otros tendrían que confiar en mis experiencias; aunque intensas no serían con todo las suyas. Me sentía obligado a reunir aún más datos.

A medida que gradualmente aceptaba y daba crédito a los mensajes, mi vida se iba volviendo más simple y satisfactoria. Ya no había necesidad de fingir, desempeñar papeles ni ser otra cosa que yo mismo. Las relaciones se tornaron más francas y directas. La vida familiar era menos confusa, más descansada. La renuencia a compartir la sabiduría que me había sido dada a través de Catherine iba disminuyendo. Me sorprendió descubrir que casi todo el mundo se mostraba muy interesado y quería saber más. Muchos me hablaron de sus privadísimas experiencias de hechos parapsíquicos, ya fueran percepciones extrasensoriales, cosas vividas anteriormente, abandonos del cuerpo, sueños de vidas anteriores u otras cosas. Muchos no se habían atrevido a revelar esas experiencias ni a sus mismos cónyuges. Imperaba un miedo casi uniforme a que, al compartir sus experiencias, los otros los consideraran extraños, aun sus propios familiares.

Sin embargo, esos sucesos parapsíquicos son bastante comunes, más frecuentes de lo que la gente cree. Es sólo la renuencia a revelar los fenómenos psíquicos a otros lo que les hace parecer raros. Y los más instruidos son los más renuentes a compartirlos.

El respetado presidente de un gran departamento clínico de mi hospital cuenta con la admiración internacional por su experiencia; él habla con su padre fallecido, que varias veces lo ha protegido de peligros graves. Otro profesor tiene sueños que le proporcionan los pasos que faltan o las soluciones para sus complejos experimentos de investigación; los sueños nunca se equivocan. Otro doctor, muy conocido, suele saber quién lo llama por teléfono antes de levantar el auricular. La esposa del presidente de psiquiatría de una universidad del Medio Oeste es doctora en psicología; sus proyectos de investigación están siempre cuidadosamente planeados y ejecutados; nunca ha revelado a nadie que, cuando visitó Roma por primera vez, caminaba por la ciudad como si tuviera un mapa impreso en la memoria. Sabía, sin un fallo, lo que había a la vuelta de cada esquina. Aunque nunca había estado en Italia ni conocía el idioma, los italianos se dirigían a ella invariablemente en el idioma del país, confundiéndola con una compatriota. Su mente luchaba por asimilar esas experiencias vividas en Roma.

Comprendí por qué esos profesionales, tan bien preparados, mantenían sus experiencias en secreto. Yo era uno de ellos. No podíamos rechazar nuestras propias experiencias, los datos de nuestros sentidos. Sin embargo, nuestros estudios se oponían diametralmente, en muchos aspectos, a la información, las experiencias y las creencias que habíamos acumulado. Por eso guardábamos silencio.




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