Muchas Vidas, Muchos Maestros



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Empecé a fijar las sesiones semanales de Catherine a última hora del día, puesto que siempre duraban varias horas. Cuando volvió, a la semana siguiente, aún tenía el mismo aspecto apacible. Había llamado por teléfono a su padre. Sin darle detalle alguno, lo había perdonado, a su modo. Yo nunca la había visto tan serena. Me maravillaba la rapidez de su progreso. Es raro que un paciente con ansiedades y miedos tan crónicos y arraigados mejore de manera tan espectacular. Claro que Catherine no era en absoluto una paciente común, y el rumbo tomado por su terapia era inigualable, desde luego.

—Veo una muñeca de porcelana sentada en una especie de repisa. —Había caído prontamente en un trance profundo—. A ambos lados del hogar hay libros. Es una habitación dentro de una casa. Junto a la muñeca hay candelabros. Y una pintura... de la cara, la cara del hombre. Es él...

Catherine estaba observando el cuarto. Le pregunté qué veía.

—Algo cubre el suelo. Es velludo, como... es una piel de animal, sí... una especie de alfombra hecha con pieles de animales. A la derecha hay dos puertas de vidrio... que dan a la galena. Hay cuatro peldaños; columnas en la fachada de la casa; cuatro peldaños para descender. Conducen a un sendero. Arboles grandes por todas partes... Hay algunos caballos fuera. Están atados... a unos postes que se levantan fuera, delante de la casa.

—¿Sabes dónde está eso? —pregunté.

Catherine aspiró profundamente.

—No veo ningún nombre —susurró —, pero el año, el año ha de estar en alguna parte. Es el siglo XVIII, pero no... Hay árboles y flores amarillas, flores amarillas muy bonitas. —Las flores la distrajeron —. Tienen un perfume estupendo; un perfume dulce, las flores... flores extrañas, grandes... flores amarillas con el centro negro.

Hizo una pausa, permaneciendo entre las flores. Eso me recordó un sembrado de girasoles en el sur de Francia. Le pregunté por el clima.

—Es muy templado, pero no hay viento. No hace calor ni frío.

No avanzábamos nada en cuanto a identificar el lugar. La llevé otra vez al interior de la casa, lejos de las fascinantes flores amarillas, y le pregunté a quién representaba el retrato que colgaba encima de la repisa.

—No puedo... Oigo una y otra vez Aaron... su nombre es Aaron.

Le pregunté si era el dueño de la casa.

—No, el dueño es su hijo. Yo trabajo aquí.

Una vez más desempeñaba el papel de criada. Nunca se había acercado, siquiera remotamente, a la importancia de una Cleopatra o un Napoleón. Quienes dudan de la reencarnación (incluida mi propia y científica persona hasta dos meses antes de ese momento) suelen señalar la excesiva frecuencia de las encarnaciones en personajes famosos. Yo me encontraba en la rarísima situación de presenciar una demostración científica de la reencarnación en mi consultorio del departamento de Psiquiatría. Y se me estaba revelando mucho más que la autenticidad de la reencarnación.

—Siento la pierna muy... —prosiguió—muy pesada. Me duele. Es casi como si no la tuviera... Me he herido la pierna. Me han dado una coz los caballos. —Le indiqué que se observara.

»Tengo pelo castaño, pelo castaño y rizado. Llevo una especie de sombrero, una especie de toca blanca... y vestido azul, con algo parecido a un mandil... un delantal. Soy joven, pero ya no niña. Pero me duele la pierna. Acaba de ocurrir. Duele muchísimo. —Era evidente que sufría mucho —. Herradura... herradura. Me ha dado con la herradura. Es un caballo muy, pero muy malo. —Su voz se hizo más suave al ceder finalmente el dolor—. Siento el olor del heno, el forraje del granero. Hay otras personas que trabajan en la parte de los establos.

Le pregunté qué funciones cumplía.

—Era responsable de servir... en la casa grande. También me ocupaba a veces de ordeñar las vacas. —Quise saber más sobre los propietarios.

»La esposa es bastante regordeta, muy poco atractiva. Y hay dos hijas... No las conozco —agregó, anticipándose a la pregunta de si habían aparecido ya en la vida actual de Catherine.

Inquirí por su propia familia del siglo XVIII.

—No sé; no la veo. No veo a nadie conmigo.

Le pregunté si vivía allí.

—Vivo aquí, sí, pero no en la casa principal. Muy pequeña... la casa que nos han dado. Hay pollos. Recogemos los huevos. Son huevos oscuros. Mi casa es muy pequeña... y blanca... una sola habitación. Veo un hombre. Vivo con él. Tiene el pelo muy rizado y los ojos azules.

Quise saber si estaban casados.

—No; según ellos entienden el casamiento, no.

¿Había nacido allí?

—No. Me trajeron a la finca cuando era muy pequeña. Mi familia era muy pobre.

Su compañero no parecía conocido. Le indiqué que avanzara en el tiempo hasta el siguiente acontecimiento importante de esa vida.

—Veo algo blanco... blanco, con muchas cintas. Ha de ser un sombrero. Una especie de toca, con plumas y cintas blancas.

—¿Quién la lleva? ¿Es...? —Me interrumpió, haciéndome sentir un poco estúpido:

—La señora de la casa, desde luego. Se casa una de sus hijas. Toda la finca participa en la celebración.

Pregunté si el periódico decía algo sobre la boda. En ese caso, le habría pedido que mirara la fecha.

—No, no creo que aquí haya periódicos. No veo nada parecido. —La documentación parecía difícil de conseguir en esa vida.

—¿Te ves en esa boda? —quise saber.

Ella respondió de prisa, en un susurro alto:

—No estamos en la boda. Sólo podemos observar a la gente que va y viene. Los sirvientes no podemos asistir.

—¿Qué sientes?

—Odio.


—¿Por qué? ¿Acaso te tratan mal?

—Porque somos pobres —respondió con suavidad—y estamos reducidos a servirlos a ellos. Y porque tenemos muy poco, en tanto que ellos tienen mucho.

—¿Llegas a salir de esa finca? ¿O pasas toda tu vida allí?

Respondió con melancolía:

—Paso toda mi vida allí.

Pude percibir su tristeza. Esa vida era a un tiempo difícil y desesperanzada. La hice avanzar hasta el día de su muerte.

—Veo una casa. Estoy tendida en cama, tendida en la cama. Me dan algo a beber, algo caliente. Tiene olor a menta. Me pesa mucho el pecho. Me cuesta respirar. Me duelen la espalda y el pecho... Un dolor fuerte... cuesta hablar.

Respiraba aceleradamente, superficialmente, con mucho dolor. Al cabo de algunos minutos de agonía, su cara se ablandó y su cuerpo quedó laxo. La respiración recobró la normalidad.

—He abandonado mi cuerpo. —Su voz era más alta y ronca—. Veo una luz maravillosa... Salen a mi encuentro. Vienen a ayudarme. Personas maravillosas. No tienen miedo... Me siento muy liviana... —Hubo una pausa larga.

—¿Tienes algún pensamiento sobre la vida que acabas de abandonar?

—Eso es para después. Por el momento sólo siento la paz. Es un tiempo de consuelo. La persona debe ser reconfortada. El alma... aquí el alma encuentra paz. Se dejan todos los dolores físicos atrás. El alma está apacible y serena. Es una sensación maravillosa... maravillosa, como si el sol brillara siempre sobre una. ¡La luz es tan intensa! ¡Todo viene de la luz! De esa luz viene la energía. Nuestra alma va inmediatamente hacia allí. Es como una fuerza magnética que nos atrae. Es maravillosa. Es como una fuente de poder. Sabe curar.

—¿Tiene algún color?

—Tiene muchos colores.

Hizo una pausa, descansando en la luz.

—¿Qué estás experimentando? —aventuré.

—Nada... Sólo paz. Una está entre sus amigos. Todos están allí. Veo a muchas personas. Algunas me son familiares; otras, no. Pero estamos allí, esperando.

Continuó aguardando, en tanto pasaban lentamente los minutos. Decidí acelerar el paso.

—Tengo una pregunta que hacer.

—¿A quién? —preguntó Catherine.

—A alguien. A ti o a los Maestros —contesté, saliéndome por la tangente—. Creo que nos ayudará comprender esto. La pregunta es: ¿elegimos el momento y el modo de nacer y de morir? ¿Podemos elegir nuestra situación? ¿Podemos elegir el momento de nuestro nuevo tránsito? Creo que si comprendiéramos esto muchos de tus miedos se aliviarían, Catherine. ¿Hay alguien ahí que pueda responder a esas preguntas?

Hacía frío en el cuarto. Cuando Catherine volvió a hablar, su voz fue más grave y resonante. Era una voz que yo nunca le había oído. Era la voz de un poeta.

—Sí. Nosotros elegimos cuándo entramos en nuestro estado físico y cuándo lo abandonamos. Sabemos cuándo hemos cumplido lo que se nos envió a cumplir. Sabemos cuándo acaba el tiempo y uno aceptará su muerte. Pues uno sabe que no obtendrá nada más de esa vida. Cuando se tiene tiempo, cuando se ha tenido tiempo de descansar y recargar de energías el alma, se le permite a uno elegir su reingreso en el estado físico. Quienes vacilan, quienes no están seguros de su retorno aquí, pueden perder la oportunidad que se les ha dado, la posibilidad de cumplir lo debido cuando están en un cuerpo.

Supe de inmediato, con certeza, que no era Catherine quien hablaba.

—¿Quién me habla? —rogué —. ¿Quién me responde?

Catherine respondió en su familiar susurro:

—No sé. La voz de alguien muy... alguien que tiene dominio sobre las cosas, pero no sé quién es. Sólo puedo oír su voz y tratar de repetir lo que él dice.

También sabía que ese conocimiento no brotaba de ella misma, ni del subconsciente ni del inconsciente. Ni siquiera de su yo supraconsciente. De algún modo, estaba escuchando y transmitiéndome las palabras o las ideas de alguien muy especial, alguien que «tiene dominio sobre las cosas». Por lo tanto, había aparecido otro Maestro, diferente de aquel o aquellos que nos habían dado los mensajes previos, cargados de sabiduría. Se trataba de un nuevo espíritu, con voz y estilo característicos, poético y sereno. Era un Maestro que hablaba sobre la muerte sin vacilar; sin embargo, su voz y sus pensamientos estaban llenos de amor. El amor parecía cálido y real, pero también universal y objetivo. Era una bendición: no sofocaba, no era emocional, no obligaba a nada. Transmitía una sensación de amorosa objetividad, o de objetiva bondad amorosa, y parecía lejanamente familiar.

El susurro de Catherine se hizo más potente.

—No tengo fe en esta gente.

—¿En qué gente? —inquirí.

—En los Maestros.

—¿Que no tienes fe?

—No, me falta fe. Por eso mi vida ha sido tan difícil. En esa vida no tuve fe. —Estaba evaluando tranquilamente su vida del siglo XVIII. Le pregunté qué había aprendido en esa vida.

—Aprendí sobre la ira y el resentimiento, sobre albergar ciertos sentimientos hacia la gente. También tuve que aprender que no puedo manejar mi vida. Quiero dominio, pero no lo tengo. Debo tener fe en los Maestros. Ellos me guiarán a través de todo. Pero no tuve fe. Me sentía condenada desde el principio. Nunca miré nada con buenos ojos. Debemos tener fe... debemos tener fe. Y yo dudo. Prefiero dudar a creer.

Hizo una pausa.

—¿Qué deberíamos hacer, tú y yo, para ser mejores? ¿Nuestros caminos son el mismo? —pregunté.

La respuesta provino del Maestro que en la semana anterior había hablado de poderes intuitivos y del estado de coma. La voz, el estilo, el tono, eran diferentes de los de Catherine y del viril y poético Maestro que acababa de hablar.

—Básicamente, los caminos de todos son el mismo. Todos debemos aprender ciertas actitudes mientras nos encontramos en el estado físico. Algunos somos más rápidos que otros en aceptarlas. Caridad, esperanza, fe, amor... todos debemos conocer estas cosas, y conocerlas bien. No son sólo una esperanza, una fe, un amor; muchas cosas se alimentan de cada una de ellas. Hay muchas maneras de demostrarlas. Y sin embargo, sólo hemos recurrido a un poquito de cada una...

»Los miembros de órdenes religiosas se han acercado más que cualquiera de nosotros, porque han pronunciado votos de castidad y obediencia. Han renunciado a mucho sin pedir nada a cambio. El resto de nosotros continúa pidiendo recompensas: recompensas y justificaciones para nuestra conducta... cuando en realidad no hay recompensas, no las recompensas que deseamos. La recompensa está en hacer, pero en actuar sin esperar nada a cambio... en hacer sin egoísmos.

—Eso no lo he aprendido —añadió Catherine, con un suave susurro.

Por un momento me confundió la palabra «castidad» pero recordé que la raíz significaba «puro», lo cual se refería a un estado muy diferente de la mera abstinencia sexual.

—... No mimarse en exceso —continuó ella—. Cualquier cosa hecha en exceso... en exceso... ya lo comprenderás. En el fondo ya lo comprendes. —Hizo otra pausa.

—Lo intento —dije.

Luego decidí concentrarme en Catherine. Tal vez los Maestros aún no se hubieran retirado.

—¿Qué puedo hacer para ayudar mejor a Catherine a superar sus miedos y ansiedades? ¿Y para que aprenda sus lecciones? ¿Es ésta la mejor manera o debería cambiar algo? ¿O dedicarme a un área específica? ¿Cómo puedo ayudarla mejor?

La respuesta vino en la voz profunda del Maestro poeta. Me incliné hacia delante.

—Estás haciendo lo correcto. Pero es para ti, no para ella.

Una vez más, el mensaje sugería que todo eso era más en mi beneficio que en el de Catherine.

—¿Para mí?

—Sí. Lo que decimos es para ti.

No sólo se refería a Catherine en tercera persona, sino que decía «nosotros». Había, en verdad, varios Espíritus Maestros presentes.

—¿Puedo preguntar vuestros nombres? —inquirí. Inmediatamente hice una mueca de disgusto ante lo mundano de mi pregunta —. Necesito guía. Tengo mucho que aprender.

La respuesta fue un poema de amor, un poema sobre mi vida y mi muerte. La voz era suave y tierna. Sentí la amorosa objetividad de un espíritu universal. Lo escuché, sobrecogido.

—Serás guiado... a su debido tiempo. Serás guiado a su debido tiempo. Cuando hayas cumplido lo que se te envió a cumplir, entonces tu vida tendrá fin. Pero no antes de entonces. Tienes mucho tiempo por delante... mucho tiempo.

Me sentía a un tiempo ansioso y aliviado. Me alegraba de que él no fuera más específico. Catherine se estaba inquietando. Habló en un débil susurro.

—Caigo..., caigo..., trato de hallar mi vida..., caigo.

Suspiró. Yo hice lo mismo. Los Maestros se habían ido.

Medité sobre los milagrosos mensajes, mensajes muy personales de fuentes muy espirituales. Las implicaciones eran abrumadoras. La luz después de la muerte y la vida después de la muerte; nuestra elección del momento de nacer y del momento de morir; la guía segura e infalible de los Maestros; vidas medidas por lecciones aprendidas y tareas completadas, no por años; caridad, esperanza, fe y amor; hacer sin expectativas de recompensa: ese conocimiento era para mí. Pero ¿con qué finalidad? ¿Qué se me había enviado a cumplir?

Los impresionantes mensajes y los acontecimientos que se precipitaban sobre mí en el consultorio correspondían a profundos cambios en mi vida personal y familiar. La transformación fue deslizándose gradualmente en mi conciencia.

Por ejemplo: un día en que llevaba a mi hijo a un partido de béisbol del colegio nos vimos atrapados en un enorme atasco de circulación. Siempre me han fastidiado esos atascos; y en esa ocasión íbamos a perdernos, además, uno o dos innings. Sin embargo, caí en la cuenta de que no estaba fastidiado. No proyectaba la culpa en algún conductor incompetente. Mantenía relajados el cuello y los hombros. No descargaba la irritación contra mi hijo. Pasamos el rato conversando. Comprendí que sólo quería pasar una alegre tarde con Jordán, presenciando un juego del que ambos disfrutábamos. La meta de la tarde era pasar un rato juntos. Si yo me hubiera molestado y enfurecido, la salida se habría estropeado.

Cuando miraba a mis hijos y a mi esposa, me preguntaba si habíamos estado juntos anteriormente. ¿Acaso habíamos elegido compartir las pruebas, las tragedias y las alegrías de esta vida? ¿Carecíamos de edad? Sentía hacia ellos un gran amor, una gran ternura. Comprendí que sus defectos eran cosas sin importancia. En realidad, no tienen tanta importancia.

El amor sí.

Hasta me descubrí pasando por alto mis propios defectos por los mismos motivos. No tenía por qué tratar de ser perfecto ni de controlarlo siempre todo. No tenía necesidad de impresionar a nadie.

Me alegraba mucho poder compartir esta experiencia con Carole. Con frecuencia conversábamos después de cenar, ordenando mis sentimientos y reacciones ante las sesiones con Catherine. Carole tiene una mente analítica y tiene una buena base de conocimientos. Conocía mi fuerte necesidad de realizar esa experiencia con Catherine de manera cuidadosa y científica; entonces desempeñaba el papel de abogado del diablo, para ayudarme a analizar la información con objetividad.

A medida que aumentaban las evidencias críticas de que Catherine estaba, en efecto, revelando grandes verdades, Carole sentía y compartía mis aprensiones y mis alegrías.
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Una semana después, cuando Catherine llegó para su próxima sesión, yo estaba listo para poner la grabación del increíble diálogo mantenido en la anterior. Después de todo, ella me estaba proporcionando poesía celestial, además de recuerdos de vidas pasadas. Le dije que me había relatado informaciones de experiencias vividas después de la muerte, aunque no tuviera ningún recuerdo del estado intermedio o espiritual. Se mostró reacia a escuchar. Asombrosamente mejorada y más feliz, no necesitaba escuchar ese material. Además, todo eso era algo «fantasmagórico». La convencí de que escuchara: era maravilloso, bello, inspirador, y venía a través de ella. Quería compartirlo con Catherine. Escuchó su leve susurro grabado sólo algunos minutos; luego me pidió que lo apagara. Dijo que era demasiado extraño y que la hacía sentirse incómoda. Yo, callado, recordé: «Esto es para ti, no para ella.»

Me pregunté cuánto tiempo durarían estas sesiones, puesto que Catherine mejoraba semana a semana. Sólo quedaba alguna pequeña onda en su estanque antes turbulento. Aún tenía miedo de los lugares cerrados; su relación con Stuart seguía siendo inestable. Por lo demás, su progreso era notable.

Llevábamos meses sin mantener una sesión de psicoterapia tradicional. No era necesario. Solíamos charlar algunos minutos para ponernos al tanto de lo acontecido en la semana; después pasábamos directamente a la regresión hipnótica. Ya fuera por los recuerdos mismos de traumas importantes o de pequeños traumas cotidianos, ya por el proceso de revivir las experiencias, Catherine estaba casi curada. Sus fobias y sus ataques de pánico habían desaparecido casi por completo. No tenía miedo a la muerte ni a morir. No le asustaba la posibilidad de perder el control. En la actualidad, los psiquiatras utilizan grandes dosis de sedantes y antidepresivos para tratar a los pacientes afectados por síntomas como los de Catherine. Además de esos medicamentos, suelen someterlos a psicoterapia intensiva o a sesiones de terapia grupal sobre fobias. Muchos psiquiatras creen que ese tipo de síntomas tienen una base biológica, que hay deficiencias en uno o varios elementos químicos cerebrales.

Mientras hipnotizaba a Catherine para llevarla a un trance profundo, pensé en lo notable y maravilloso de que, en un período de varias semanas, sin emplear medicamentos, terapia tradicional ni terapia de grupo, estuviera casi curada. No se trataba sólo de suprimir los síntomas ni de apretar los dientes y aprender a vivir con los miedos. Eso era curación, ausencia de síntomas. Y ella estaba radiante, serena y feliz más allá de mis más descabelladas esperanzas.

Su voz volvió a ser un susurro delicado.

—Estoy en un edificio, algo con techo abovedado. La bóveda es azul y dorada. Hay otras personas conmigo. Visten... un viejo... una especie de hábito, muy viejo y sucio. No sé cómo hemos llegado ahí. Hay muchas figuras en la habitación. También hay estatuas, estatuas de pie en una estructura de piedra. En un extremo de la habitación hay una gran figura de oro. Parece... Es muy grande, con alas. Es muy mala. Hace calor en la habitación, mucho calor. Hace calor porque allí no hay aberturas. Tenemos que mantenernos lejos de la aldea. Tenemos algo muy malo.

—¿Estáis enfermos?

—Sí, todos estamos enfermos. No sé qué padecemos, pero se nos muere la piel. Se pone muy negra. Siento mucho frío. El aire es muy seco, muy viciado. No podemos volver a la aldea. Tenemos que permanecer lejos. Algunos tienen la cara deformada.

Esa enfermedad parecía terrible, como la lepra. Si Catherine había tenido alguna existencia llena de placeres, aún no habíamos dado con ella.

—¿Cuánto tiempo tenéis que pasar ahí?

—La eternidad —respondió, sombría—, hasta que muramos. Esto no tiene cura.

—¿Sabes el nombre de la enfermedad? ¿Cómo se llama?

—No. La piel se pone muy seca y se encoge. Hace años que estoy aquí. Otros acaban de llegar. No hay modo de volver. Hemos sido expulsados... para morir. —Sufría una tristísima existencia; vivía en una cueva.

»Para alimentarnos tenemos que cazar. Veo una especie de animal salvaje que estamos cazando... con cuernos. Es pardo, con cuernos, grandes cuernos.

—¿Os visita alguien?

—No, no pueden acercarse o ellos mismos contraerán el mal. Hemos sido maldecidos... por algún daño que hemos hecho. Y éste es nuestro castigo. —Las arenas de su teología cambiaban sin cesar en el reloj de sus existencias. Solamente después de la muerte, en el estado espiritual, se presentaba una bienvenida y reconfortante constancia.

—¿Sabes qué año es ése?

—Hemos perdido la noción del tiempo. Estamos enfermos; nos limitamos a aguardar la muerte.

—¿No hay esperanza? —pregunté, contagiado por la desesperación.

—No hay esperanza. Todos moriremos. Y siento mucho dolor en las manos. Todo mi cuerpo está debilitado. Tengo muchos años. Me cuesta moverme.

—¿Qué ocurre cuando uno no puede moverse más?

—Lo llevan a otra cueva y lo dejan allí para que muera.

—¿Qué hacen con los muertos?

—Sellan la entrada de la cueva.

—¿Alguna vez se sella una cueva antes de que la persona haya muerto? —Yo buscaba una clave de su miedo a los sitios cerrados.

—No lo sé. Nunca he estado allí. Estoy en la habitación con otros. Hace mucho calor. Estoy contra la pared, tendida.

—¿Para qué sirve esa habitación?

—Para adorar... a muchos dioses. Es muy calurosa. —La hice avanzar en el tiempo.

»Veo algo blanco. Veo algo blanco, una especie de dosel. Están trasladando a alguien.

—¿Eres tú?

—No sé. Recibiré de buen grado la muerte. Me duele tanto el cuerpo...

Los labios de Catherine se tensaban por el dolor; el calor de la cueva la hacía jadear. La llevé hasta el día de su muerte. Aún jadeaba.

—¿Cuesta respirar? —pregunté.

—Sí, aquí dentro hace mucho calor... tanto calor, mucha oscuridad. No veo... y no puedo moverme.

Moría, paralizada y sola, en la cueva oscura y calurosa. La boca de la cueva ya estaba sellada. Se sentía asustada y desdichada. Su respiración se hizo más rápida e irregular. Misericordiosamente, murió, poniendo fin a esa angustiosa vida.

—Me siento muy liviana... como si estuviera flotando. Aquí hay mucha luz. Es maravilloso.

—¿Sientes olores?

—¡No!


Hizo una pausa. Quedé a la espera de los Maestros, pero ella fue rápidamente arrebatada.

—Caigo muy deprisa. ¡Vuelvo a un cuerpo!

Parecía tan sorprendida como yo.

—Veo edificios, edificios con columnas redondeadas. Hay muchos edificios. Estamos fuera. Hay árboles, olivos, en torno nuestro. Es muy bello. Estamos presenciando algo... La gente lleva máscaras muy curiosas, que le cubren la cara. Es alguna festividad. Visten largas túnicas y se cubren la cara con máscaras. Fingen ser lo que no son. Están en una plataforma... por encima de nuestros asientos.

—¿Estás presenciando una obra de teatro?

—Sí.


—¿Cómo eres? Mírate.

—Tengo el pelo castaño. Lo llevo trenzado.

Hizo una pausa. Su descripción de sí misma y la presencia de los olivos me recordaron esa vida de tipo griego, mil quinientos años antes de Cristo, en que yo había sido Diógenes, su maestro. Decidí investigar.

—¿Conoces la fecha?

—No.

—¿Te acompaña alguien que tú conozcas?



—Sí. Mi esposo está sentado junto a mí. No lo conozco (en su vida actual).

—¿Tienes hijos?

—Estoy encinta. —La elección del vocabulario era interesante, algo anticuado y en nada parecido al estilo consciente de Catherine.

—¿Está tu padre ahí?

—No lo veo. Tú estás presente... pero no conmigo. —Conque yo tenía razón: habíamos retrocedido treinta y cinco siglos.

—¿Qué hago ahí?

—Estás mirando, tan sólo... pero enseñas. Enseñas... Hemos aprendido de ti... cuadrados y círculos, cosas extrañas. Diógenes, eres tú ahí.

—¿Qué más sabes de mí?

—Eres anciano. Tenemos algún parentesco... Eres el hermano de mi madre.

—¿Conoces a otros de mi familia?

—Conozco a tu esposa... y a tus hijos. Tienes hijos varones. Dos de ellos son mayores que yo. Mi madre ha muerto. Murió muy joven.

—¿Y a ti te ha criado tu padre?

—Sí, pero ahora estoy casada.

—¿Y esperas un bebé?

—Sí. Tengo miedo. No quiero morir cuando nazca el niño.

—¿Eso es lo que le ocurrió a tu madre?

—Sí.

—¿Y tú temes que te pase lo mismo?



—Ocurre muchas veces.

—¿Es éste tu primer hijo?

—Sí. Estoy asustada. Será pronto. Estoy muy pesada. Me cuesta moverme... Hace frío.

Se había adelantado sola en el tiempo. El bebé estaba a punto de nacer. Catherine no había tenido hijos y yo no había asistido a ningún parto en los catorce años transcurridos desde mis prácticas de obstetricia en la escuela de medicina.

—¿Dónde estás? —pregunté.

—Tendida en algo de piedra. Hace mucho frío. Siento dolores... Alguien tiene que ayudarme. Alguien tiene que ayudarme. —Le indiqué que respirara profundamente; el bebé nacería sin dolor. Ella jadeaba y gruñía al mismo tiempo. El trabajo de parto duró varios minutos de tormento; por fin nació el niño. Tuvo una hija.

—¿Te sientes mejor ahora?

—Muy débil... ¡Mucha sangre!

—¿Sabes cómo se va a llamar la niña?

—No, estoy demasiado cansada... Quiero a mi bebé.

—Tu bebé está aquí —improvisé yo—; una niñita.

—Sí, mi esposo está complacido.

Se sentía exhausta. Le indiqué que durmiera un momento y que despertara repuesta. Al cabo de uno o dos minutos la desperté de la siesta.

—¿Te sientes mejor ahora?

—Sí... veo animales. Llevan algo en el lomo. Son cestos. En los cestos hay muchas cosas... comida... algunas frutas rojas...

—¿La región es bonita?

—Sí, con mucha comida.

—¿Sabes cómo se llama la región? ¿Cómo la llamáis cuando un forastero os pregunta el nombre de la aldea?

—Cathenia... Cathenia...

—Se diría que es una ciudad griega —sugerí.

—No sé. ¿Lo sabes tú? Tú has viajado lejos de la aldea y has regresado. Yo no.

Ésa era una novedad. Puesto que en esa vida yo era su tío, mayor y más sabio, ella me preguntaba si yo conocía la respuesta a mi propia pregunta. Por desgracia, yo no tenía acceso a esa información.

—¿Has pasado toda tu vida en la aldea?

—Sí —susurró—, pero tú viajas, para poder saber lo que enseñas. Viajas para aprender, para conocer la tierra... las diferentes rutas comerciales, para poder anotarlas y hacer mapas... Tú eres anciano. Vas con dos más jóvenes porque comprendes las cartas. Eres muy sabio.

—¿A qué cartas te refieres? ¿Cartas de las estrellas?

—Sí, tú comprendes los símbolos. Puedes ayudarlos a hacer... ayudarlos a hacer mapas.

—¿Reconoces a otras personas de la aldea?

—No los conozco... pero a ti sí.

—Bien. ¿Cómo son nuestras relaciones?

—Muy buenas. Tú eres muy bondadoso. Me gusta sentarme a tu lado, simplemente; es muy reconfortante... Nos has ayudado. Has ayudado a mis hermanas...

—Pero llega un momento en el que debo dejaros, puesto que soy viejo.

—No.


No estaba dispuesta a vérselas con mi muerte.

—Veo un pan, pan plano, muy plano y delgado.

—¿Hay gente que coma ese pan?

—Sí, mi padre, mi esposo y yo. Y otras personas de la aldea.

—¿A qué se debe?

—Es un... algún festival.

—¿Está tu padre ahí?

—Sí.


—¿Y tu bebé también?

—Sí, pero no conmigo. Está con mi hermana.

—Mira con atención a tu hermana —sugerí, buscando la identificación de alguna persona importante en la vida actual de Catherine.

—Sí, la conozco.

—¿Conoces a tu padre?

—Sí... sí... Edward. Hay higos, higos y aceitunas... y fruta roja. Hay pan aplanado. Y han matado algunas ovejas. Están asando las ovejas. —Hubo una larga pausa—. Veo algo blanco…

Una vez más había avanzado sola en el tiempo.

—Es blanco... es una caja cuadrada. Allí ponen a la gente cuando muere.

—¿Ha muerto alguien, entonces?

—Sí... mi padre. No quiero mirarlo. No me gusta mirarlo.

—¿Es preciso que mires?

—Sí. Se lo llevarán para enterrarlo. Estoy muy triste.

—Sí, lo sé. ¿Cuántos hijos tienes? —El periodista que había en mí no la dejaba en paz con su luto.

—Tengo tres: dos varones y una niña.

Después de responder a mi pregunta, obediente, volvió a su dolor.

—Han puesto su cuerpo bajo algo, bajo una cubierta... —Parecía muy triste.

—¿Yo también he muerto para entonces?

—No. Estamos tomando algunas uvas, uvas en copas.

—¿Cómo soy ahora?

—Muy, muy viejo.

—¿Te sientes ya mejor?

—¡No! Cuando mueras, me quedaré sola.

—¿Acaso has sobrevivido a tus hijos? Ellos cuidarán de ti.

—¡Pero tú sabes tanto! —Hablaba como una niñita.

—Lo superarás. Tú también sabes mucho. Estarás a salvo.

La reconforté; pareció descansar apaciblemente.

—¿Estás más en paz? ¿Dónde te encuentras ahora?

—No sé.


Al parecer, había cruzado al estado espiritual, aun sin haber experimentado su muerte en esa vida. Esa semana habíamos recorrido dos vidas en considerable detalle. Aguardé a los Maestros, pero Catherine continuó descansando. Al cabo de varios minutos más, le pregunté si podía hablar con los Espíritus Maestros.

—No he llegado a ese plano —explicó—. No puedo hablar mientras no llegue.

Nunca llegó a ese plano. Después de mucho esperar, la saqué de su trance.




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