Muchas Vidas, Muchos Maestros



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—Veo una casa blanca, cuadrada, con un camino de tierra enfrente. Hay gente a caballo, que va y viene.

Catherine hablaba en su habitual susurro adormecido.

—Hay árboles... una plantación, una casa grande y un puñado de viviendas más pequeñas, como para esclavos. Hace mucho calor. Es el sur... ¿Virginia?

Según creía, la fecha era 1873. Ella era una niña.

—Hay caballos y muchos sembrados... maíz, tabaco.

Ella y los otros sirvientes comían en una cocina de la casa grande. Era negra; se llamaba Abby. Tuvo un presentimiento y su cuerpo se puso tenso. La casa grande estaba en llamas; ardió ante sus ojos. La hice avanzar quince años, hasta 1888.

—Llevo un vestido viejo; estoy limpiando un espejo de la planta alta de una casa, una casa de ladrillo con ventanas... con muchos paneles. El espejo no es plano, sino ondulado, y tiene bultos en el extremo. El dueño de la casa se llama James Manson. Usa una chaqueta extraña, con tres botones y un gran cuello negro. Tiene barba... no lo reconozco (como a alguien presente en la vida actual de Catherine). Me trata bien. Yo vivo en una casa de la propiedad. Limpio los cuartos. En la propiedad hay una escuela, pero a mí no se me permite asistir. ¡También hago mantequilla!

Catherine susurraba lentamente, empleando vocablos muy sencillos y prestando mucha atención a los detalles. En los cinco minutos siguientes aprendí a hacer mantequilla. También para Catherine eran nuevos esos conocimientos de Abby. La hice avanzar en el tiempo.

—Estoy con alguien, pero no creo que estemos casados. Dormimos juntos, pero no siempre vivimos juntos. Me siento bien con él, pero no hay nada especial. No veo hijos. Hay manzanos y patos. Hay otra gente en la distancia. Estoy recolectando manzanas. Algo me pica en los ojos. —Catherine hizo una mueca, con los ojos cerrados—. Es el humo. El viento sopla hacia aquí... el humo de la leña encendida. Están quemando toneles de madera. —Ahora tosía—. Pasa con frecuencia. Hacen que los toneles se pongan negros por dentro... brea... para impermeabilizarlos.

Como la sesión anterior había resultado tan apasionante, yo estaba ansioso por llegar otra vez al estado intermedio. Ya habíamos pasado noventa minutos explorando su vida como sirvienta. Había hablado de cubrecamas, mantequilla y toneles; yo estaba hambriento de lecciones más espirituales. Perdida ya la paciencia, la hice avanzar hasta su muerte.

—Me cuesta respirar. Me duele mucho el pecho. —Catherine jadeaba; obviamente, sufría—. Me duele el corazón; late muy deprisa. Tengo tanto frío... me tiembla el cuerpo. —Catherine empezó a estremecerse—. Hay gente en la habitación; me dan a beber hojas (una tisana). Tiene un olor raro. Me están frotando el pecho con linimento. Fiebre... pero tengo mucho frío.

Murió en silencio. Al flotar hasta el cielorraso, vio su cuerpo en la cama: una mujer menuda y encogida, de unos sesenta años. Flotaba, simplemente, esperando que alguien se acercara a ayudarla. Cobró conciencia de una luz y se sintió atraída hacia ella. La luz ganaba en intensidad y en brillo. Aguardamos en silencio, mientras los minutos pasaban con lentitud. De pronto se vio en otra vida, milenios antes de la existencia de Abby.

Catherine susurraba suavemente:

—Veo montones de ajos colgados en un cuarto abierto. Los huelo. Se cree que matan muchos males de la sangre y que purifican el cuerpo, pero hay que comerlos todos los días. También hay ajos fuera, en lo alto de un jardín. Hay otras plantas allí... higos, dátiles y otras cosas. Estas plantas ayudan. Mi madre está comprando ajos y otras plantas. En la casa hay un enfermo. Estas raíces son raras. A veces una se las pone en la boca, en las orejas o en otras aberturas y hay que mantenerlas allí, nada más.

»Veo a un anciano con barba. Es uno de los curanderos de la aldea. Él te dice qué debes hacer. Es algún tipo de... peste... que está matando a la gente. No embalsaman, porque tienen miedo a la enfermedad. A la gente la entierran, nada más, y todos están inquietos por eso. Piensan que, de ese modo, el alma no puede pasar al otro lado (contrariamente a lo establecido por los informes de Catherine después de la muerte). Pero han muerto muchos. También el ganado se muere. Agua... inundaciones... la gente enferma por las inundaciones. (Al parecer, acaba de asimilar este poquito de epidemiología.) Yo también he pillado una enfermedad por el agua. Me duele mucho el estómago. Es una enfermedad del estómago y los intestinos. Se pierde mucha agua del cuerpo. He ido en busca de más agua, pero eso es lo que nos está matando. Vuelvo con el agua. Veo a mi madre y a mis hermanos. Mi padre ya ha muerto. Mis hermanos están muy enfermos.

Hice una pausa antes de llevarla más adelante en el tiempo.

Me fascinaba el modo en que sus conceptos de la muerte y la vida del más allá cambiaban de vida en vida. Sin embargo, su experiencia de la muerte en sí era siempre uniforme, siempre similar.

Una parte consciente de ella abandonaba el cuerpo más o menos en el momento en que se producía el fallecimiento; flotaba por encima y luego se veía atraída hacia una luz maravillosa y energética. Esperaba a que alguien acudiera en su ayuda. El alma pasaba automáticamente al más allá. El embalsamamiento, los ritos fúnebres y cualquier otro procedimiento posterior a la muerte no tenían nada que ver con eso: era automático, sin preparativos necesarios, como cruzar una puerta que se abriera.

—La tierra es estéril y seca... No veo montañas aquí; sólo tierra, muy llana y seca. Uno de mis hermanos ha muerto. Me siento mejor, pero aún tengo ese dolor. —Sin embargo, no vivió por mucho tiempo más—. Estoy tendida en un jergón, con algo que me cubre.

Estaba muy enferma; no hubo ajo ni hierba alguna que pudieran impedir su muerte. Pronto estaba flotando por encima de su cuerpo, atraída hacia la luz familiar. Esperó con paciencia que alguien acudiera.

Comenzó a mover lentamente la cabeza de un lado a otro, como si estuviera contemplando alguna escena. Su voz había vuelto a ser grave y potente.

—Me dicen que hay muchos dioses, pues Dios está en cada uno de nosotros.

Reconocí la voz de los estados intermedios, tanto por su tono grave como por la decidida espiritualidad del mensaje. Lo que dijo a continuación me dejó sin aliento, sin aire en los pulmones.

—Tu padre está aquí, y también tu hijo, que es muy pequeño. Dice tu padre que lo reconocerás, porque se llama Avrom y has dado su nombre a tu hija. Además, su muerte se debió al corazón. El corazón de tu hijo también era importante, pues estaba hacia atrás, como el de un pollo. Hizo un gran sacrificio por ti, por amor. Su alma está muy avanzada... Su muerte satisfizo las deudas de sus padres. También quería demostrarte que la medicina sólo podía llegar hasta cierto punto, que su alcance era muy limitado.

Catherine dejó de hablar. Yo permanecí en sobrecogido silencio, en tanto mi mente estupefacta trataba de ordenar las cosas. En el cuarto reinaba un frío gélido.

Catherine sabía muy poco de mi vida personal. En mi escritorio había una foto de mi hija, que sonreía alegremente mostrando sus dos únicos dientes de leche. Junto a ella, un retrato de mi hijo. Aparte de eso, Catherine lo ignoraba prácticamente todo con respecto a mi familia y mi historia personal. Yo estaba bien formado en las técnicas psicoterapéuticas profesionales. Se supone que el terapeuta debe ser una tabla rasa, en blanco, en la cual el paciente pueda proyectar sus propios sentimientos, sus ideas y sus actitudes. Entonces el terapeuta podrá analizar ese material, ampliando el campo mental del paciente. Yo había mantenido esa distancia terapéutica con respecto a Catherine: ella sólo me conocía en mi condición de psiquiatra, lo ignoraba todo de mi pasado y de mi vida privada. Ni siquiera mis diplomas estaban colgados en el consultorio.

La mayor tragedia de mi vida había sido la inesperada muerte de nuestro primogénito, Adam, que falleció a principios de 1971, a los veintitrés días de edad. Unos diez días después de que lo trajéramos a casa desde el hospital comenzó a presentar problemas respiratorios y vómitos en bayoneta. El diagnóstico resultó sumamente difícil. «Total anomalía del drenaje venoso pulmonar, con defecto del septum atrial —se nos dijo —. Se presenta una vez de cada diez millones de nacimientos, aproximadamente.» Las venas pulmonares, que deben llevar la sangre oxigenada de regreso al corazón, estaban incorrectamente dispuestas y entraban al corazón por el lado opuesto. Era como si el corazón estuviera vuelto... hacia atrás. Algo muy, pero que muy raro.

Una desesperada intervención a corazón abierto no pudo salvar a Adam, quien murió varios días después. Lo lloramos por muchos meses; nuestras esperanzas, nuestros sueños, estaban destrozados. Un año después nació Jordán, nuestro hijo, agradecido bálsamo para nuestras heridas.

Por la época del fallecimiento de Adam, yo había estado vacilando con respecto a mi temprana elección de la carrera psiquiátrica. Disfrutaba de mi internado en medicina interna y se me había ofrecido un puesto como médico. Tras la muerte de Adam decidí con firmeza hacer de la psiquiatría mi profesión. Me irritaba que la medicina moderna, con todos sus avances y su tecnología, no hubiera podido salvar a mi hijo, ese simple y pequeño bebé.

En cuanto a mi padre, había gozado de excelente salud hasta sufrir un fuerte ataque cardíaco en 1979, a la edad de sesenta y un años. Sobrevivió al ataque inicial, pero la pared cardíaca quedó irreparablemente dañada; falleció tres días después. Eso ocurrió unos nueve meses antes de que Catherine se presentara a la primera sesión.

Mi padre había sido un hombre religioso, más ritualista que espiritual. Avrom, su nombre hebreo, le sentaba mejor que Alvin, el inglés. Cuatro meses después de su muerte nació Amy, nuestra hija, a la que dimos su nombre.

Y ahora, en 1982, en mi tranquilo consultorio en penumbra, una ensordecedora cascada de verdades ocultas, secretas, caía en torrentes sobre mí. Nadaba en un mar espiritual y me encantaba esa agua. Se me puso piel de gallina en los brazos. Catherine no podía conocer esa información en modo alguno. Ni siquiera tenía manera de averiguarla. El nombre hebreo de mi padre, el hecho de que un hijo mío hubiera muerto en la primera infancia con un defecto cardíaco que sólo se presenta una vez de diez millones, mis dudas sobre la medicina, la muerte de mi padre y la elección del nombre de mi hija: todo era demasiado, muy específico, excesivamente cierto. Catherine, esta mujer que sólo era una técnico de laboratorio poco cultivada, actuaba como conducto de conocimientos trascendentales. Y si podía revelar esas verdades, ¿qué más había allí? Necesitaba saber más.

—¿Quién —balbucí—, quién está ahí? ¿Quién te dice esas cosas?

—Los Maestros —susurró ella—, me lo dicen los Espíritus Maestros. Me dicen que he vivido ochenta y seis veces en el estado físico.

La respiración de Catherine se hizo más lenta y dejó de mover la cabeza. Descansaba. Yo quería continuar, pero las implicaciones de lo que me había dicho me distraían. ¿Tendría, en verdad, ochenta y seis vidas anteriores? ¿Y qué podía decirse de «los Maestros»? ¿Era posible? ¿Era posible que nuestras vidas fueran guiadas por espíritus carentes de cuerpo físico, pero dueños de gran conocimiento? ¿Hay acaso peldaños en el camino hacia Dios? ¿Era real todo eso? Me costaba dudar, considerando lo que Catherine acababa de revelarme, pero aún luchaba por creer. Estaba superando años enteros de una formación de programación diferente. Pero en la mente, en el corazón, en las entrañas, sabía que ella estaba en lo cierto. Estaba revelando verdades.

¿Y lo de mi padre y mi hijo? En cierto sentido, aún estaban vivos; nunca habían muerto del todo. Años después de sepultados, me hablaban y lo demostraban así, proporcionando informaciones muy específicas y secretas. Y puesto que todo eso era cierto, ¿era mi hijo un espíritu tan avanzado como Catherine decía? ¿Había aceptado, en verdad, nacer para nosotros y morir veintitrés días después, a fin de ayudarnos a saldar deudas kármicas y, por añadidura, darme lecciones de medicina y de humanidad, empujándome de nuevo hacia la psiquiatría?

Esos pensamientos me alentaron mucho. Por debajo de ese estremecimiento sentía una gran oleada de amor, una fuerte sensación de ser uno con los cielos y la tierra. Había echado de menos a mi padre y a mi hijo. Me hacía bien volver a tener noticias de ellos.

Mi vida jamás volvería a ser la misma. Una mano se había extendido desde lo alto, alterando irreversiblemente el curso de mi vida. Todas mis lecturas, hechas con examen cuidadoso y distanciamiento escéptico, desembocaban en su lugar. Los recuerdos y los mensajes de Catherine eran verdad. Mis intuiciones sobre lo cierto de sus experiencias habían sido correctas. Tenía los hechos. Tenía la prueba.

Sin embargo, aun en ese mismo instante de júbilo y comprensión, aun en ese momento de experiencia mística, la vieja y familiar parte lógica y recelosa de mi mente estableció una objeción. Tal vez se tratara sólo de una percepción extrasensorial, de alguna capacidad psíquica. Era toda una capacidad, sin duda, pero eso no demostraba que existieran las reencarnaciones ni los Espíritus Maestros. Sin embargo, en esa ocasión estaba bien informado. Los millares de casos registrados en la bibliografía científica, sobre todo los de niños que hablaban idiomas extranjeros sin haberlos oído nunca, que tenían marcas de nacimiento allí donde habían recibido antes heridas mortales; esos mismos niños que sabían dónde había objetos preciosos ocultos o enterrados, a miles de kilómetros, décadas o siglos antes, todo era un eco del mensaje de Catherine. Yo conocía el carácter y la mente de la muchacha. Sabía cómo era y cómo no. Y mi mente ya no podía engañarme. La prueba era demasiado evidente, demasiado abrumadora. Eso era real y ella lo verificaría cada vez más en el curso de nuestras sesiones.

En las semanas siguientes, a veces yo olvidaba la intensidad, la fuerza directa de esa sesión. A veces caía de nuevo en la rutina cotidiana, preocupado por las cosas de siempre. Entonces las dudas resurgían. Era como si mi mente, al no concentrarse, tendiera a volver hacia los patrones y creencias de antes, hacia el escepticismo. Pero entonces me obligaba a recordar: ¡eso, había ocurrido realmente! Comprendía lo difícil que era creer esos conceptos sin haber pasado por una experiencia personal. La experiencia es necesaria para añadir crédito emocional a la comprensión intelectual. Pero el impacto de la experiencia siempre se desvanece hasta cierto punto.

En un principio no tuve conciencia del porqué de mis grandes cambios. Me reconocía más sereno y paciente; otros comentaban que se me veía muy en paz, más descansado y feliz. Yo sentía más esperanza y alegría, encontraba en mi vida más sentido y satisfacción. Comprendí al fin que estaba perdiendo el miedo a la muerte. Ya no temía a mi propia muerte ni a la no existencia. Me daba menos miedo la posibilidad de perder a otros, aun sabiendo que desde luego los echaría de menos. ¡Qué poderoso es el miedo a la muerte! Llegamos a grandes extremos para evitarlo: crisis de madurez, aventuras amorosas con personas más jóvenes, cirugías estéticas, obsesiones con la gimnasia, acumulación de bienes materiales, procreación de hijos que lleven nuestro nombre, esforzados intentos de ser cada vez más juveniles, etcétera. Nos preocupa horriblemente nuestra propia muerte; tanto que, a veces, olvidamos el verdadero propósito de la vida.

Además estaba empezando a ser menos obsesivo. No necesitaba dominarme sin cesar. Aunque trataba de mostrarme menos serio, esa transformación me resultaba difícil. Aún tenía mucho que aprender.

De hecho, ahora tenía la mente abierta a la posibilidad (incluso a la probabilidad) de que las manifestaciones de Catherine fueran reales. Esos datos increíbles sobre mi padre y mi hijo no se podían obtener por medio de los sentidos habituales. Sus conocimientos, sus habilidades, demostraban sin lugar a dudas la existencia de una notable capacidad psíquica. Resultaba lógico creerla, pero yo me mantenía precavido y escéptico con respecto a lo que leía en la literatura popular. ¿Quiénes son estas personas que hablan sobre fenómenos psíquicos, sobre la vida después de la muerte y otros asombrosos hechos paranormales? ¿Están preparados en el método científico de la observación y la comprobación? Pese a mi abrumadora y maravillosa experiencia con Catherine, sabía que mi mente, naturalmente crítica, continuaría analizando cada nuevo hecho, cada fragmento de información. Lo revisaría para ver si concordaba con la estructura y el sistema de trabajo que iba surgiendo de cada sesión. Lo examinaría desde todos los ángulos, con el microscopio del científico.

Sin embargo, ya no podía negar que el marco de trabajo estaba allí.


5
Todavía estábamos en medio de la sesión. Catherine puso fin a su descanso y empezó a hablar de ciertas estatuas verdes que había frente al templo. Salí de mi ensueño para escuchar. Ella estaba en una vida antigua, en algún lugar de Asia pero yo continuaba con los Maestros. «Increíble —me dije—. Está hablando de vidas anteriores, de reencarnaciones; sin embargo, comparado con el hecho de recibir mensajes de los Maestros, eso es casi decepcionante.» Pero comenzaba a comprender que ella necesitaba pasar por una vida antes de abandonar su cuerpo y alcanzar el estado intermedio. No podía llegar a él directamente. Y sólo allí se ponía en contacto con los Maestros.

—Las estatuas verdes están frente a un gran templo —susurró suavemente—. Un edificio con pináculos y bolas marrones. Delante hay diecisiete escalones; después de subirlos, una habitación. Arde el incienso. Nadie calza zapatos. Todos llevan la cabeza rapada. Tienen los ojos oscuros y la cara redonda. Son de piel oscura. Allí estoy yo. Me he lastimado el pie y voy a buscar ayuda. Lo tengo hinchado y no puedo pisar. Me he clavado algo. Me ponen unas hojas en el pie... hojas extrañas... ¿Tanis? (El tanino o ácido tánico, que se presenta naturalmente en las raíces, los frutos, la madera, la corteza y las hojas de muchas plantas, se usa como medicamento desde antiguo, por sus propiedades estípticas o astringentes.) Antes me han limpiado el pie. Esto es un rito ante los dioses. En el pie tengo algún veneno. Se me ha hinchado la rodilla. La pierna está pesada, con vetas. (¿Envenenamiento de la sangre?) Me hacen una incisión en el pie y me ponen algo muy caliente.

Catherine se retorcía de dolor. También daba arcadas por alguna poción horriblemente amarga que le habían dado a beber. La poción estaba hecha con hojas amarillas. Se curó, pero los huesos del pie y la pierna jamás volvieron a ser como antes. La hice avanzar en el tiempo. Sólo veía una existencia desolada afligida debido a la pobreza. Vivía con su familia en una choza pequeña, de una sola habitación, sin mesa. Comían una especie de arroz, como cereal, pero siempre tenían hambre. Envejeció rápidamente, sin escapar nunca a la pobreza ni al hambre, y murió. Esperé, pero me daba cuenta de que ella estaba exhausta. Sin embargo, antes de que pudiera despertarla me dijo que Robert Jarrod necesitaba de mi ayuda. Yo no tenía ninguna idea de quién era Robert Jarrod ni de cómo ayudarlo. No hubo más.

Al despertar del trance, Catherine volvió a recordar muchos detalles de su vida pasada. En cambio, nada sabía de las experiencias posteriores a la muerte, de los estados intermedios, de los Maestros ni del increíble conocimiento que había revelado. Le hice una pregunta:

—Catherine, ¿qué significa para ti la palabra «Maestros» (Masters)?

¡Respondió que era un torneo de golf!

Ahora mejoraba rápidamente, pero aún tenía dificultades para integrar el concepto de reencarnación en su teología. Por lo tanto, decidí no hablarle aún sobre los Maestros. Además, no sabía muy bien cómo darle la noticia de que era una médium increíblemente talentosa que canalizaba maravillosos y trascendentales conocimientos de los Espíritus Maestros.

Catherine se avino a que mi esposa asistiera a la sesión siguiente. Carole es asistente social psiquiátrica, bien preparada y capaz; yo quería saber su opinión sobre esos hechos increíbles. Cuando se enteró de lo que Catherine había dicho sobre mi padre y Adam, nuestro hijo, se mostró muy dispuesta a ayudar. Yo no tenía dificultades para tomar notas de cada palabra susurrada por Catherine sobre sus vidas anteriores, pues hablaba con gran lentitud, pero los Maestros lo hacían con más rapidez, así que decidí grabarlo todo.

Una semana después, Catherine se presentó a la sesión siguiente. Continuaba mejorando; sus temores y ansiedades disminuían. Su mejoría clínica era notable, pero yo aún no estaba seguro de a qué se debía. Había recordado haber muerto ahogada cuando era Aronda, degollada en la persona de Johan, víctima de una epidemia transmitida por el agua como Luisa, y varios otros sucesos aterrorizantes y traumáticos. También había experimentado o vuelto a experimentar existencias de pobreza, servidumbre y abusos dentro de su familia. Esto último ejemplifica los pequeños traumas cotidianos que también se adentran en nuestra psique. El recuerdo de ambos tipos de vida podía estar contribuyendo a su mejoría. Pero existía otra posibilidad. ¿Y si la experiencia espiritual en sí era lo que ayudaba? ¿Y si saber que la muerte no es lo que parece contribuía a procurarle bienestar, a que disminuyeran sus temores? ¿Era posible que todo el proceso, no sólo los recuerdos en sí, fuera parte de la cura?

Las habilidades psíquicas de Catherine iban en aumento; su intuición era cada vez mayor.

Aún tenía problemas con Stuart, pero se sentía capaz de entenderse más efectivamente con él. Le brillaban los ojos; su piel relucía.

Anunció que durante la semana había tenido un sueño extraño, pero sólo recordaba un fragmento: había soñado que la aleta roja de un pez se le clavaba en la mano.

Se sumergió en la hipnosis con pronta facilidad y en pocos minutos alcanzó un nivel profundo.

—Veo una especie de acantilado. Yo estoy de pie en ese acantilado, mirando hacia abajo. Debería estar alerta a la llegada de barcos... para eso me han puesto allí... Llevo algo azul, una especie de pantalones... pantalones cortos, con zapatos extraños... zapatos negros... con hebillas. Los zapatos tienen hebillas; son muy extraños... Veo que en el horizonte no hay barcos.

Catherine susurraba con voz suave. La hice avanzar en el tiempo hasta el siguiente suceso importante de su vida.

—Estamos bebiendo cerveza, cerveza fuerte. Es muy oscura. Los bocks son gruesos. Están viejos y se sostienen con soportes de metal. En ese lugar huele muy mal y hay mucha gente. Es muy ruidoso. Todo el mundo habla y hace ruido.

Le pregunté si se oía llamar por su nombre.

—Christian... Me llamo Christian. —Era otra vez varón—. Estamos comiendo algún tipo de carne y bebiendo cerveza. Es oscura y muy amarga. Se le pone sal.

No logró ver el año.

—Hablan de guerra, ¡de barcos que bloquean algunos puertos! Pero no puedo enterarme de dónde están. Si guardaran silencio, podríamos escuchar, pero todo el mundo habla y hace ruido.

»Hamstead... Hamstead (ortografía fonética). Es un puerto, un puerto marítimo de Gales. Hablan inglés británico. —Se adelantó en el tiempo hasta el momento en que Christian estaba ya a bordo de su barco—. Huelo algo, algo que se quema. Es horrible. Madera quemada, pero también algo más. Hace escocer la nariz... Algo se incendia en la distancia, una especie de navío, un navío de vela. ¡Estamos cargando algo! Estamos cargando algo con pólvora.

La agitación de Catherine era visible.

—Es algo que tiene pólvora, muy negra. Se pega a las manos. Hay que moverse deprisa. El barco lleva una bandera verde. Es una bandera oscura... Una bandera verde y amarilla. Tiene una especie de corona, con tres puntas.

De pronto Catherine hizo una mueca de dolor. Sufría.

—Ah —gruñó—, ¡cómo me duele la mano, cómo me duele la mano! Tengo algo de metal, metal caliente en la mano. ¡Me quema! ¡Ah, ah!

Recordé el fragmento de su sueño y comprendí lo de la aleta roja clavada en la mano. Bloqueé el dolor, pero ella seguía gimiendo.

—Los espigones son de metal... El buque en donde estábamos fue destruido... por babor. Han dominado el incendio. Han muerto muchos hombres... muchos hombres. Yo he sobrevivido... sólo tengo la mano herida, pero cicatriza con el tiempo.

La llevé hacia delante en el tiempo y dejé que escogiera el siguiente acontecimiento de importancia.

—Veo una especie de imprenta; imprime algo con moldes y tinta. Están imprimiendo y encuadernando libros... Los libros tienen cubiertas de cuero y cordeles que los sujetan: cordeles de cuero. Veo un libro rojo... Es algo de historia. No veo el título; todavía no han terminado la impresión. Son libros maravillosos. Tienen cubiertas muy suaves, de cuero. Son maravillosos; te enseñan.

Obviamente, Christian disfrutaba viendo y tocando esos libros; también comprendía vagamente las posibilidades de aprender así. Sin embargo, parecía muy poco instruido. Hice que Christian avanzara hasta el último día de su vida.

—Veo un puente sobre un río. Soy viejo... muy viejo. Me cuesta caminar. Camino por el puente... hacia el otro lado... Me duele el pecho; siento una presión, una presión terrible... ¡Me duele el pecho! ¡Ah!

Catherine emitía sonidos, gorjeaba; experimentaba el ataque cardíaco que Christian estaba sufriendo en el puente. Su respiración era rápida y poco profunda; tenía la cara y el cuello cubiertos de sudor. Empezó a toser y a jadear. Me sentí preocupado: ¿sería peligroso volver a experimentar un ataque cardíaco sufrido en una vida anterior? Ésa era una frontera nueva; nadie conocía las respuestas. Por fin, Christian murió. Catherine permaneció apaciblemente tendida en el diván, respirando profunda y regularmente. Dejé escapar un hondo suspiro de alivio.

—Me siento libre... libre —susurró con suavidad—. Floto en la oscuridad... floto, nada más. Hay luz alrededor... y espíritus, otras personas.

Le pregunté si tenía algún pensamiento sobre la vida que acababa de concluir, su existencia como Christian.

—Debería haber perdonado más, pero no lo hice. No perdoné el daño que otros me causaron y debería haberlo hecho. No perdoné el mal. Me quedé con él dentro y lo albergué durante muchos años... Veo ojos... ojos.

—¿Ojos? —repetí, percibiendo el contacto—. ¿Qué clase de ojos?

—Los ojos de los Espíritus Maestros —susurró Catherine—, pero debo esperar. Tengo cosas en que pensar.

Pasaron unos minutos en tenso silencio.

—¿Cómo sabrás cuándo estarán ellos dispuestos? —pregunté, expectante, rompiendo el largo silencio.

—Ellos me llamarán —respondió.

Pasaron unos minutos más. De pronto empezó a mover la cabeza de un lado a otro. Su voz, ronca y firme, señaló el camino.

—Hay muchas almas en esta dimensión. Yo no soy la única. Debemos ser pacientes. Eso es algo que tampoco aprendí nunca... hay muchas dimensiones...

Le pregunté si ya había estado allí, si se había reencarnado muchas veces.

—He estado en diferentes planos en diferentes tiempos. Cada uno es un nivel de conciencia superior. El plano al que vayamos dependerá de lo mucho que hayamos progresado...

Guardó silencio otra vez. Le pregunté qué lecciones debía aprender a fin de progresar. Respondió de inmediato.

—Que debemos compartir nuestro conocimiento con otros. Que todos tenemos muchas más capacidades de las que utilizamos. Algunos lo descubrimos antes que otros. Que uno debe dominar sus vicios antes de llegar a este punto. De lo contrario, los lleva consigo a otra vida.

Sólo uno mismo puede liberarse... de las malas costumbres que acumulamos cuando estamos en un cuerpo. Los Maestros no pueden hacerlo por nosotros. Si uno elige luchar y no liberarse, los llevará a otra vida. Y sólo cuando decidimos que somos lo bastante fuertes como para dominar los problemas externos, sólo entonces dejaremos de padecerlos en la vida siguiente.

»También debemos aprender a no acercarnos sólo a aquellos cuyas vibraciones coinciden con las nuestras. Es normal sentirse atraído por alguien que está en nuestro mismo nivel. Pero está mal. También es preciso acercarse a aquellos cuyas vibraciones no armonizan... con las de uno. Ésa es la importancia... de ayudar... a esas gentes.

»Se nos dan poderes intuitivos que debemos obedecer sin tratar de resistirnos. Quienes se resistan tropezarán con peligros. No se nos envía desde cada plano con poderes iguales. Algunos de nosotros poseemos poderes mayores que los otros, pues los hemos adquirido en otros tiempos. Luego, no todos somos creados iguales. Pero con el paso del tiempo llegaremos a un punto en el que todos seremos iguales.

Catherine hizo una pausa. Yo sabía que esos pensamientos no eran suyos. No tenía preparación alguna en física o en metafísica; nada sabía de planos, dimensiones y vibraciones. Pero más allá de esto, la belleza de las palabras y las ideas, las implicaciones filosóficas de esas afirmaciones... todo superaba la capacidad de Catherine. Ella nunca había hablado de manera tan concisa y poética. Yo sentía que una fuerza superior y distinta luchaba con la mente y las cuerdas vocales de mi paciente para traducir en palabras esos pensamientos, a fin de que yo comprendiera. No, ésa no era Catherine.

Su voz tenía un tono de ensoñación.

—Los que están en coma... permanecen en un estado de suspensión. Aún no están preparados para cruzar al otro plano... hasta que hayan decidido si quieren cruzar o no. Sólo ellos pueden decidirlo. Si consideran que no tienen nada más que aprender... en estado físico... entonces se les permite cruzar. Pero si tienen cosas por aprender, deben regresar, aunque no quieran. Ése es un período de descanso para ellos, un período en el que sus poderes mentales pueden descansar.

O sea que la gente en estado de coma puede decidir si regresar o no, según el aprendizaje que deba realizar todavía en estado físico. Si consideran que no tienen nada más que aprender, pueden ir directamente al estado espiritual, pese a toda la medicina moderna. Esta información coincidía detalladamente con las investigaciones publicadas sobre las experiencias próximas a la muerte y los motivos por los que algunos decidían regresar. A otros no se les permitía elegir: tenían que volver, pues les quedaba algo por aprender. Claro que todos los entrevistados tras una experiencia próxima a la muerte habían regresado a sus cuerpos.

Hay una llamativa similitud en los relatos de estas personas. Se separan del cuerpo y «contemplan» los esfuerzos que se hace por resucitarlos, desde un punto situado por encima del cuerpo. A su debido tiempo cobran conciencia de una luz brillante o de una relumbrante figura «espiritual» en la distancia; a veces, al final de un túnel. No hay dolor. Cuando cobran conciencia de que aún no han completado la tarea que tienen que cumplir en la Tierra, de que deben regresar al cuerpo, inmediatamente vuelven a él y sienten otra vez dolor y otras sensaciones físicas.

He tenido varios pacientes que pasaron por experiencias cercanas a la muerte. El relato más interesante fue el de un próspero comerciante sudamericano, con quien mantuve varias sesiones de psicoterapia normal, unos dos años después de acabar con el tratamiento de Catherine. Jacob había perdido la conciencia al ser atropellado por una motocicleta; eso ocurrió en Holanda, en 1975, cuando ella tenía treinta y pocos años. Recuerda haber flotado por encima del cuerpo, contemplando la escena del accidente, viendo la ambulancia, el médico que le atendía las heridas, la muchedumbre de curiosos, cada vez mayor. Luego cobró conciencia de una luz dorada, en la distancia; al acercarse a ella, vio a un monje vestido con un hábito pardo. Ese monje dijo a Jacob que aún no era tiempo de morir, que debía regresar a su cuerpo. Él sintió la sabiduría y el poder del religioso, quien también le relató varios acontecimientos futuros que ocurrirían en la vida de Jacob; todos se produjeron. Jacob volvió rápidamente a su cuerpo, que ya estaba en una cama de hospital; recobró la conciencia y, por primera vez, experimentó un intensísimo dolor.

En 1980, mientras viajaba por Israel, Jacob (que es judío) visitó la Cueva de los Patriarcas, en Hebrón, sitio tan sagrado para los judíos como para los musulmanes. Tras la experiencia vivida en Holanda, se había vuelto más religioso y rezaba con frecuencia. Al ver la mezquita cercana, se sentó a rezar con los musulmanes presentes. Al cabo de un rato se levantó para marcharse. Un anciano musulmán se le acercó para decirle: «Usted es diferente de los otros, que rara vez se sientan a orar con nosotros. —El anciano hizo una pausa y lo miró con atención antes de continuar—: Usted ha visto al monje. No olvide lo que él le dijo.»

Cinco años después del accidente, a miles de kilómetros de distancia, un anciano conocía el encuentro de Jacob con el monje, algo que había ocurrido mientras él estaba desmayado.

En el consultorio, mientras reflexionaba sobre las últimas revelaciones de Catherine, me pregunté qué habrían dicho nuestros antepasados, los fundadores de la nación, ante la idea de que los seres humanos no son creados iguales. La gente nace con talentos, capacidades y poderes adquiridos en otras vidas. «Pero con el paso del tiempo llegaremos a un punto en el que todos seremos iguales.» Sospeché que ese punto distaba muchas, muchísimas vidas.

Pensé en Mozart y en su increíble talento de niño. ¿Habría sido también una herencia de capacidades anteriores? Al parecer, llevábamos con nosotros de una vida a otra tanto las capacidades como las deudas.

Pensé en la gente que tiende a juntarse en grupos homogéneos, evitando e incluso temiendo a los de fuera. Allí estaba la raíz del prejuicio y del odio entre grupos. «También debemos aprender a no acercarnos sólo a aquellos cuyas vibraciones coinciden con las nuestras.» Ayudar a esos otros. Me era posible sentir las verdades espirituales de esas palabras.

—Tengo que regresar —dijo Catherine—. Tengo que regresar.

Pero yo quería saber más. Le pregunté quién era Robert Jarrod. Ella había mencionado ese nombre durante la última sesión, asegurando que necesitaba mi ayuda.

—No sé... Puede estar en otro plano, no en éste. —Al parecer, no pudo hallarlo—. Sólo cuando quiera, sólo si decide venir a mí —susurró —, me enviará un mensaje. Necesita tu ayuda.

Aun así, no logré comprender cómo me sería posible ayudarlo.

—No sé —repitió Catherine—. Pero eres tú el que debe aprender, no yo.

Eso era interesante. Todo ese material ¿era para mí? ¿O acaso yo tenía que ayudar a Robert Jarrod con las enseñanzas recibidas? En verdad, nunca supimos de él.

—Tengo que regresar —insistió ella—. Antes tengo que ir hacia la luz. —De pronto se mostró alarmada—. Oh, oh, he vacilado mucho tiempo... y como he vacilado, tengo que esperar otra vez.

Mientras ella esperaba, le pregunté qué veía, qué sentía.

—Sólo otros espíritus, otras almas. Ellas también están esperando.

Le pregunté si había alguna enseñanza que pudiéramos recibir mientras esperaba.

—¿Puedes decirnos qué debemos saber? —le pregunté.

—No están aquí para decírmelo —respondió.

Fascinante. Si los Maestros no estaban allí para hablarle, Catherine no podía, por sí, proporcionar el conocimiento.

—Me siento muy inquieta. Quiero irme... Cuando llegue el momento adecuado, me iré.

Una vez más pasaron varios minutos en silencio. Por fin debió de llegar el momento oportuno: había entrado en otra vida.

—Veo manzanos... y una casa, una casa blanca. Yo vivo en la casa. Las manzanas están podridas... gusanos, no sirven para comer. Hay un columpio, un columpio en el árbol.

Le pedí que se observara.

—Tengo pelo claro, pelo rubio. Tengo cinco años. Me llamo Catherine.

Me llevé una sorpresa. Había entrado en su vida actual; era Catherine a los cinco años. Pero debía de estar allí por algún motivo.

—¿Ocurrió algo allí, Catherine?

—Mi padre está enojado con nosotros... porque no debemos estar fuera. Me... me pega con un palo. Es muy pesado; duele... Tengo miedo. —Gemía, hablando como una criatura—. No para hasta hacernos daño. ¿Por qué nos hace esto? ¿Por qué es tan malo?

Le pedí que viera su propia vida desde una perspectiva más elevada y que respondiera a su propia pregunta. Poco tiempo antes había leído que eso se podía hacer. Algunos escritores llamaban a esa perspectiva «yo superior» o «yo elevado». Sentía curiosidad por saber si Catherine podía llegar a ese estado, en caso de que existiera.

En ese caso, sería una poderosa técnica terapéutica, un atajo hacia la penetración psicológica y la comprensión.

—Nunca nos quiso —susurró, muy suavemente—. Siente que somos intrusos en su vida... No nos quiere.

—¿Tampoco a tu hermano varón, Catherine? —pregunté.

—A mi hermano, menos aún. Su nacimiento no estaba planeado. No estaban casados cuando... él fue concebido.

Esa nueva información resultó ser asombrosa para Catherine. Ignoraba lo del embarazo prematrimonial. Más adelante, su madre le confirmó que así había sido.

Aunque estaba relatando una vida, Catherine exhibía ahora una sabiduría y un punto de vista con respecto a su existencia que, hasta entonces, habían estado restringidos al estado intermedio o espiritual. En cierto modo había una parte de su mente más «elevada» una especie de supraconciencia. Tal vez ése era el yo superior que otros describían. Aunque no estuviera en contacto con los Maestros y su espectacular conocimiento, aun así poseía, en su estado supraconsciente, profunda penetración psicológica y gran información, como la de la concepción de su hermano. La Catherine consciente, cuando estaba despierta, se mostraba mucho más ansiosa y limitada, mucho más simple y comparativamente superficial. No podía recurrir a ese estado supraconsciente. Me pregunté si los profetas y los sabios de las religiones orientales y occidentales, esos que llamamos «realizados», eran capaces de utilizar ese estado para obtener su sabiduría y sus conocimientos. En ese caso, todos tendríamos la capacidad de hacerlo, pues todos debemos de poseer ese supraconsciente. El psicoanalista Carl Jung sabía de la existencia de los diferentes niveles de conciencia; escribió acerca del inconsciente colectivo, un estado que tiene similitudes con el supraconsciente de Catherine.

Cada vez me sentía más frustrado por el abismo infranqueable que había entre el intelecto despierto y consciente de Catherine y su mente supraconsciente en el nivel de trance. Mientras estaba hipnotizada podía mantener conmigo fascinantes diálogos filosóficos a nivel supraconsciente. Sin embargo, cuando estaba despierta no mostraba interés alguno por la filosofía ni los temas relacionados con ella. Vivía en el mundo de los detalles cotidianos, ignorante del genio que en ella habitaba.

Mientras tanto, su padre la estaba atormentando, y los motivos se hacían evidentes.

—Tiene muchas lecciones que aprender —sugerí, en tono de interrogación.

—Sí..., en efecto.

Le pregunté si sabía qué necesitaba aprender él.

—Ese conocimiento no se me revela. —La voz era objetiva y distante—. Se me revela lo que es importante para mí, lo que me concierne. Cada persona debe ocuparse de sí misma... de hacerse... íntegra. Tenemos lecciones que aprender... cada uno de nosotros. Deben ser aprendidas una a una... en orden. Sólo entonces podemos saber qué necesita la persona de al lado, qué le falta o qué nos falta a nosotros para ser íntegros.

Hablaba en un susurro suave, y ese susurro encerraba una amorosa objetividad.

Cuando Catherine volvió a hablar, lo hizo otra vez con voz aniñada:

—¡Me da asco! Me hace comer esas cosas que no quiero. Es una comida... lechuga, cebollas, cosas que detesto. Me obliga a comerlas y sabe que me voy a poner mala. ¡Pero no le importa!

Catherine empezó a dar arcadas. Jadeaba, sofocada. Volví a sugerir que viera la escena desde una perspectiva superior, pues necesitaba comprender qué inducía a su padre a actuar de ese modo. Ella replicó en un susurro enronquecido:

—Eso ha de llenar en él cierto vacío. Me odia por lo que me hizo. Me odia y se odia a sí mismo.

Yo tenía casi olvidado el abuso sexual sufrido por Catherine a los tres años.

—Por eso debe castigarme... Debo de haber hecho algo para que él actúe así.

Ella tenía sólo tres años de edad y su padre estaba ebrio. Sin embargo, desde entonces llevaba esa culpa muy dentro. Le expliqué lo obvio:

—Tu eras sólo un bebé. Tienes que liberarte de esa culpa. Tú no hiciste nada. ¿Qué podía hacer una niña de tres años? No fuiste tú, sino tu padre.

—Debía de odiarme ya entonces —susurró, con suavidad—. Yo lo conocía antes, pero ahora no puedo recurrir a esa información. Tengo que volver a ese momento.

Aunque ya habían pasado varias horas, quise regresar a esa relación previa. Le di instrucciones detalladas.

—Te hallas en un estado profundo. Dentro de un instante empezaré a contar hacia atrás, de tres a uno. Entrarás en un estado más profundo y te sentirás totalmente segura. Tu mente estará en libertad de vagar otra vez por el tiempo, hasta la época en que se inició el vínculo con el padre que tienes en tu vida actual, hasta el momento que tuvo mayor influencia en lo que ocurrió en tu infancia entre tú y él. Cuando yo diga «uno» volverás a esa vida y lo recordarás. Es importante para tu curación. Puedes hacerlo. Tres... dos... uno.

Hubo una larga pausa.

—No lo veo... ¡pero veo que están matando a la gente!

Su voz era ahora fuerte y ronca.

—No tenemos derecho a interrumpir abruptamente la vida de alguien antes de que haya podido cumplir con su karma. Y es lo que estamos haciendo.

»No tenemos derecho. Sufrirán mayor castigo si los dejamos vivir. Cuando mueran y vayan a la próxima dimensión sufrirán allá. Estarán en un estado de gran inquietud. No tendrán paz. Y serán enviados de regreso aquí, pero para una vida muy dura. Y tendrán que compensar a esas personas a las que hicieron daño por las injusticias que cometieron contra ellas. Están interrumpiendo la vida de estas gentes y no tienen derecho a hacerlo. Sólo Dios puede castigarlas; nosotros, no. Serán castigados.

Pasó un minuto de silencio.

—Se han ido —susurró.

Los Espíritus Maestros nos habían dado un mensaje más, potente y claro. No debemos matar, cualesquiera que sean las circunstancias. Sólo Dios puede castigar.

Catherine estaba exhausta. Decidí postergar la búsqueda del pasado vínculo con su padre y la saqué del trance.

No recordaba nada, salvo sus encarnaciones como Christian y la pequeña Catherine. Se sentía cansada, pero también apacible y relajada, como si se le hubiera quitado un peso enorme. Mi mirada se cruzó con la de Carole. Nosotros también estábamos exhaustos. Habíamos estado temblando, sudorosos, pendientes de cada palabra. Acabábamos de compartir una experiencia increíble.





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