Moral sexual


Relaciones prematrimoniales Argumentación tradicional y nuevos cuestionamientos



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Relaciones prematrimoniales

Argumentación tradicional y nuevos cuestionamientos


La fundamentación tradicional de la ilicitud de las relaciones prematrimoniales estaba referida a la dimensión procreadora y a la educación de los hijos: si éstos no cuentan con un hogar estable no pueden desarrollarse adecuadamente. Este argumento, sin haber perdido totalmente vigencia, hoy resulta menos relevante: es posible evitar la procreación de modos relativamente seguros.

Por otro lado, muchos consideran que el afecto o la amistad en diversos grados pueden justificar las relaciones sexuales. Hoy, por lo tanto, la argumentación debe tomar como primera consideración el aspecto unitivo. La sexualidad es un lenguaje, expresión de una entrega de amor total y exclusiva. Cuando el afecto no llega a este grado de intensidad, madurez y compromiso, la relación «dice» algo que en realidad «no es».

Se podría, todavía, objetar: en caso de existir ese amor total y exclusivo, ¿por qué es necesario institucionalizarlo? ¿qué pueden agregar unas «ceremonias» o unos «papeles» a la realidad misma del amor?

Por otro lado, las condiciones sociológicas y culturales en nuestros días son menos adecuadas para el ejercicio de la castidad prematrimonial. La decisión de casarse tiende a postergarse en el tiempo por muchos motivos. La prolongación de la adolescencia, la fragilidad psicológica que ello supone, y hace incapaces a los jóvenes de decisiones tan comprometidas. Por otra parte, al elevarse el índice medio de escolaridad, el ingreso en el mundo del trabajo y la posibilidad de lograr autosuficiencia económica son demorados. Se agrega a ello la dificultad en el mundo actual de encontrar trabajo y alojamiento. Todo ello conduce a una prolongación del noviazgo, situación que suscita frustración en el plano psicológico y sexual. Esta situación es agravada por la cultura hedonística y permisiva, que exalta el encuentro genital como el momento más alto de la realización de sí.


Valoración ética


El documento Persona humana recuerda sustancialmente la doctrina tradicional:

“Muchos hoy reivindican el derecho a la unión sexual antes del matrimonio, al menos cuando una firme voluntad de casarse y un afecto, de algún modo, conyugal en la psicología de los sujetos, reclaman este complemento, que ellos estiman connatural; ello sobre todo, cuando la celebración del matrimonio es impedida por circunstancias externas, o si esta íntima relación parece necesaria para que sea conservado el amor ... Esta opinión está en contraste con la doctrina cristiana, según la cual todo acto genital humano debe mantenerse en el cuadro del matrimonio” (PH 7).

Sin embargo, el documento tiende a ampliar las motivaciones en una dirección más radicalmente antropológica y personalista que en el pasado. En efecto, las razones que motivan esta posición giran en torno al significado que reviste el amor conyugal y a las consiguientes garantías que a él brinda la institución matrimonial, como la protección de las relaciones de las fantasías y los caprichos, la realización de una definitiva comunidad de vida, la aseguración de un estado de estabilidad para la unión y la posibilidad de expandirse en la fecundidad.

“La experiencia enseña de que, a fin de que la unión sexual pueda responder verdaderamente a las exigencias de la finalidad que le es propia, y de la dignidad humana, el amor debe encontrar su salvaguardia en la estabilidad del matrimonio” (PH 7).

Vamos a profundizar esta argumentación desde la perspectiva personalista, en relación a la institución matrimonial, al noviazgo como pedagogía, y a la estructura metafísica de la sexualidad humana.

      1. Amor e institución


Muchos factores culturales conspiran contra la valoración de lo institucional: la primacía de lo afectivo, el deseo de autonomía, el rechazo de los formalismos, el miedo a los compromisos definitivos en el contexto de una sociedad consumista, en la cual las relaciones personales se van tomando un creciente carácter de transitoriedad.

Sin embargo, amor e institución son aspectos complementarios. El amor auténtico reclama estabilidad, y ésta requiere una forma pública, que sea origen de derechos y deberes recíprocos y hacia la sociedad. El hecho mismo de asumir estos compromisos públicamente forman parte de la realización y perfeccionamiento del amor.

En efecto, el amor no puede concebirse como una realidad puramente interior y afectiva, cuya expresión exterior y pública sea un agregado prescindible. En la aceptación de esa forma pública el amor «toma cuerpo», pasa del plano de las intenciones al de la realización, se verifica a sí mismo. De ahí que lo institucional no sea algo que se añade al amor, sino un momento constitutivo del mismo.

Al mismo tiempo, esta institucionalización es una exigencia del bien común. De ahí la competencia de la autoridad pública, o la Iglesia en su caso, para legislar sobre este tema.

Por último, la ley tiene una función de dar permanencia al vínculo, de defenderlo y estimularlo. Cuando la fidelidad en cuanto sentimiento se debilita, la fidelidad al compromiso obra como una invitación a superarse. Por supuesto que, a la larga, la ley será impotente para suplir una realidad que ya no está; pero pensando en las crisis que debe atravesar toda vida matrimonial, aquella constituye una valla contra la precipitación y un incentivo a no abandonar la lucha por reavivar el cariño conyugal cuando este peligra.

En virtud de estas consideraciones, a quienes alegan su amor recíproco como eximente frente al requisito de la forma pública, sería importante ayudarlos a tomar conciencia de las verdaderas motivaciones de su rechazo de lo institucional


      1. Argumento pedagógico


Hay una serie de argumentaciones que podemos llamar de orden pedagógico, centradas en la importancia del tiempo de noviazgo como tiempo de aprendizaje del amor115.

- El noviazgo es una etapa educativa, en la cual el amor debe madurar y purificarse. Hemos visto cómo las motivaciones egoístas y violentas pueden ocultarse detrás de los sentimientos aparentemente más nobles.

- Por otro lado, la tendencia a la idealización hace difícil ver la realidad del otro con objetividad. Ambas partes tratan de presentar su mejor imagen, que no siempre corresponde plenamente a la realidad (esta actitud es, en buena medida inconsciente, y no afecta la buena fe). Es preciso atravesar la barrera de la idealización para conocer profundamente al otro y aceptarlo en su realidad.

- Sobre la base de un conocimiento adecuado de la otra persona y de sí mismo, es preciso proceder a un discernimiento sereno y ponderado, el cual reclama a su vez la capacidad de tomar distancia y objetivar la persona del otro y la relación misma.

Las relaciones sexuales prematrimoniales, por la centralidad que adquieren en la pareja, no favorecen la purificación de las motivaciones (la misma ya no parece necesaria), pueden reforzar los mecanismos de idealización, bloquean la posibilidad de desarrollar el diálogo en otros niveles, y quitan la serenidad necesaria para un adecuado discernimiento. La incapacidad de esperar o la negativa de hacerlo no son, ciertamente, un signo de dominio de sí y de madurez en el amor.

      1. El argumento antropológico


Es claro que, limitándonos al argumento pedagógico o al del peligro general, es difícil probar la ilicitud de las relaciones prematrimoniales en todos los casos. De hecho, López Azpitarte recurre también aquí a la doctrina de la epiqueya (como lo hace en el tema de las situaciones irregulares) para fundar la posibilidad de «excepciones» responsables al principio116. También M. Vidal niega a la norma de la ilicitud de las relaciones prematrimoniales el carácter absoluto, argumentando que si bien, de hecho, normalmente aquéllas son expresión de un amor inmaduro, no puede excluirse la posibilidad de que eventualmente expresen un amor auténtico. Por esta razón, desde el punto de vista axiológico, es decir, por principio, no se puede afirmar que dichas relaciones sean siempre ilícitas117.

Ambos autores admiten, pues, la posibilidad de un amor «auténtico» que se exprese a través de un modo de relación que no tiene una forma institucional matrimonial118, y que no tiene un propósito de fecundidad. La pregunta que se impone es la siguiente: ¿qué concepto tienen estos autores del amor «auténtico»?

Sin duda, dicha «autenticidad», tiene que estar referida al carácter total y exclusivo de ese amor. ¿Puede un amor total y exclusivo realizarse sin que esa totalidad y exclusividad tomen forma institucional, es decir, fuera de la forma institucional propia del matrimonio? En otras palabras, quien no asume un compromiso público total y exclusivo, con los consiguientes derechos y deberes, ¿puede decir que realiza a través de esa forma de unión un amor auténtico? Creemos que no. Dicho amor puede estar en el sentimiento y en la intención, pero todavía no en la realidad. Recordemos lo que afirmamos más arriba: la formalización institucional del amor no es un agregado a un amor ya maduro, como su mera expresión exterior: es un momento esencial de su perfeccionamiento.

Otro aspecto de la relación entre el amor auténtico y su formalización institucional se pone de manifiesto a través de la siguiente pregunta: ¿Puede decirse, con Fuchs y López Azpitarte, que en ciertos casos excepcionales, las relaciones prematrimoniales podrían constituir una falta contra el orden jurídico y no contra el orden de la castidad119? Esta distinción no parece fundada: el respeto del orden jurídico es el respeto de las exigencias del bien común, correspondientes a la virtud de la justicia. La justicia como virtud general ordena los actos de todas las virtudes hacia el bien común. Por consiguiente, la virtud de la castidad que es parte de la virtud cardinal de la templanza, no puede quedar adecuadamente definida sin referencia al orden de la justicia. Las relaciones prematrimoniales transgreden las normas de la institución matrimonial, afectando el orden de la justicia y el bien común, razón por la cual también constituyen una falta contra la castidad adecuadamente definida.

Por otro lado, la exclusión de la finalidad procreadora, ¿deja intacta la autenticidad del amor? La respuesta es claramente negativa. La eliminación voluntaria de la potencialidad procreadora de tal unión, desvirtúa la dimensión unitiva, y es signo del desorden intrínseco de este tipo de relaciones.

Al parecer, existe una cierta tendencia, en los autores que hemos mencionado, a considerar el amor «auténtico», es decir, total y exclusivo, como una realidad puramente espiritual, que después se «expresa» en el orden sexual. La sexualidad, en este sentido, constituiría la materia infra-personal, que sería luego «elevada» al nivel personal por ese amor «espiritual», que actúa como su «forma». Por ello, semejante amor podría, sin verse afectado en su autenticidad, alterar la estructura del acto conyugal (por ejemplo, prescindiendo de la dimensión procreadora). Es clara la tendencia dualista de esta concepción:



CONCEPCIÓN DUALISTA DE LA SEXUALIDAD

ESPÍRITU

PERSONA

AMOR

FIN UNITIVO

FORMA

CUERPO

NIVEL INFRA-PERSONAL

SEXUALIDAD

FIN PROCREADOR

MATERIA

En cambio, desde el punto de vista antropológico, podemos decir que el acto conyugal tiene una estructura: la significación unitiva y procreadora indisolublemente unidas, de modo tal que no pueden ser separadas por voluntad directa del hombre sin desvirtuar el sentido humano de dicho acto.

Entre aquellos que tienen relaciones prematrimoniales puede existir, sin duda, un amor «auténtico», si entendemos por tal una motivación espiritual. Pero las relaciones prematrimoniales en sí mismas, es decir, por su estructura, no son aptas para encarnar un amor auténtico. No pueden ser consideradas un acto de amor auténtico. Dicho amor puede estar en la motivación subjetiva. Pero, en todo caso, la significación objetiva del acto no es coherente con dicha motivación.

Desde el punto de vista metafísico, única perspectiva en la que se puede sostener adecuadamente una visión unitaria de la persona, las relaciones prematrimoniales deben considerarse siempre y en todos los casos, ilícitas.

El mismo dualismo afecta el modo de concebir la relación entre el amor y la institución. Estos autores tienden a concebir el amor como una realidad puramente espiritual que ya se posee, y luego se expresa institucionalmente. Por ello, que la institución sea la matrimonial o un tipo de institución «ordenada» al matrimonio, no resulta, en esta visión, una cuestión decisiva. Nosotros afirmamos, en cambio, que el amor se realiza a través de la forma institucional, y antes de ella no está perfeccionado (puedo tener toda la intención y el deseo de decir «sí», puedo estar segurísimo de que lo haré, pero hasta que no digo efectivamente «sí», todavía no lo dije, y mis deseos e intenciones todavía son precisamente eso, deseos e intenciones).

Podríamos trazar una analogía entre esta última afirmación y el texto de Hb 5,8 en el cual se nos dice que Jesucristo «aunque era Hijo de Dios, aprendió por medio de sus propios sufrimientos qué significa obedecer. De este modo, él alcanzó la perfección». La obediencia del Señor no se realizó ni perfeccionó como un puro sentimiento o intención, o decisión interior, que con actos ulteriores simplemente se «expresara», sino en el hecho mismo de obedecer, a través de los actos de la obediencia, y más específicamente, en el acto total y definitivo de la entrega de su vida en la Cruz.

      1. Otro argumento atendible: la responsabilidad por las consecuencias


Finalmente, un argumento que no se puede descartar es el de la responsabilidad del sujeto moral por las consecuencias previsibles del propio obrar. En las relaciones prematrimoniales, la posibilidad de engendrar un hijo no puede ser descartada, ni aun en el caso del recurso a medios anticonceptivos. Ese hijo no es engendrado en el seno de una familia constituida sino, en el mejor de los casos, en un proyecto de familia estable, y con frecuencia, ni siquiera así. El embarazo no querido ni previsto, trae aparejadas además numerosas consecuencias negativas para los mismos novios. A ello se debe agregar, en muchos casos, la dificultad o imposibilidad de la pareja, o de la madre sola, de hacerse cargo del hijo, por razones económicas, psicológicas, afectivas, etc. ¿Qué derecho tienen los novios de asumir el riesgo de engendrar un hijo en tales condiciones?

El sentido de responsabilidad por las consecuencias del propio obrar debe hacer clara la ilicitud de este tipo de conductas. Y en última instancia, el temor de tales consecuencias, como expresión mínima de esa responsabilidad y a falta de motivaciones más altas, no deja de tener cierto valor moral como último límite120.





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