Moral sexual



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Aspectos jurídicos


El n.9 de la Carta expresa la preocupación de la Iglesia por las reivindicaciones de orden jurídico, que considerando la homosexualidad como «una realidad perfectamente inocua, si no totalmente buena», pretenden su reconocimiento a la par del amor conyugal, poniendo el peligro la concepción de la sociedad acerca de la naturaleza y los derechos de la familia.

Ciertamente la Iglesia se opone a todo comportamiento malévolo o violento contra las personas homosexuales, así como palabras, acciones y leyes que ofenden su dignidad (n.10). Pero la «tendencia sexual» no constituye una cualidad comparable a la raza, origen étnico, etc., pues se trata, a diferencia de éstas, de un desorden objetivo105. Por ello, no es discriminación injusta tener en cuenta la tendencia sexual, por ejemplo, en la entrega de niños en adopción, en la contratación de profesores de gimnasia, en la admisión al servicio militar, en la selección de inquilinos, etc.106 Las personas homosexuales tienen los mismos derechos que las demás personas, pero los mismos no son absolutos, y pueden ser legítimamente limitados por motivo de un comportamiento externo objetivamente desordenado107.

Es importante remarcar que la justa discriminación está dirigida a quienes se identifican públicamente como homosexuales, que generalmente son aquellos que consideran el estilo de vida homosexual «indiferente o incluso bueno» (Carta, n.3). Quienes no hacen pública su orientación sexual normalmente no padecen el problema de la discriminación108.

En el documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe, del 31/7/03, sobre el reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales, se destacan las siguientes afirmaciones:



  • La naturaleza y las características del matrimonio, como unión entre personas de sexo opuesto, que por medio de la donación personal, propia y exclusiva de ellos, tienden a la comunión de sus personas, la generación y la educación de los hijos, es atestiguada por la recta razón y confirmada por la revelación (2-3).

  • La tolerancia de hecho de estas conductas por el Estado es algo aceptable, aunque exige las acciones necesarias para poner límites al fenómeno en aras de la moralidad pública. Pero no se puede aceptar que a partir de la tolerancia se quiera proceder a su aprobación o legalización (5).

  • Las leyes favorables las uniones homosexuales, confiriéndoles garantías análogas a las de la institución matrimonial son contrarias a la recta razón: el Estado falta a su deber de promover el matrimonio como institución esencial al bien común (5).

    • Si la homosexualidad como comportamiento privado puede ser tolerado, como comportamiento público afecta valores fundamentales de la sociedad (6)

    • En las uniones homosexuales están ausentes la dimensión procreativa y conyugal, y constituyen un ámbito inadecuado para la formación de los niños, violando sus derechos internacionalmente reconocidos (7)

    • Desde el punto de vista social, el reconocimiento legal de tales uniones importaría una redefinición del matrimonio, contraria al bien común: esta institución perdería referencia a los valores ligados a la heterosexualidad, como la tarea procreativa y educativa, y concedería tutela legal a conductas que no contribuyen en modo alguno al bien de la persona y la sociedad (8)

Cuidado pastoral


Por último, elencamos algunos criterios para la atención pastoral de personas homosexuales:

1. La adecuada presentación de la doctrina que hemos reseñado puede contribuir a que la persona reconozca humildemente sus dificultades sin sentirse menoscabada en su dignidad. Es importante ayudarlas a no definir su identidad exclusivamente en términos de su orientación sexual (Carta, n.16).

2. La invitación a la castidad debe ir acompañada por una invitación a la vida espiritual y sacramental que la hace posible (Carta, n.12).

3. Cuando es posible, conviene sugerir una psicoterapia (según Bieber & Bieber, en el estudio citado, del 30 al 50 % de los varones homosexuales puede, con ayuda de una terapia, superar el problema de su orientación sexual109). Cuando tal resultado no es posible, la ayuda terapéutica puede ser todavía de utilidad para ayudar a la persona a lograr un mayor señorío de sí y mayor paz consigo misma.

4. No se debe alentar en modo alguno la actuación homosexual, que por su carácter defensivo no hace más que ahondar las dificultades que la originan (cfr. Carta, 7.2).

5. En el caso de las conductas compulsivas, la aplicación del criterio del mal menor para convalidarlas sigue siendo incorrecta (pensar que una relación estable se debe tolerar, por ser preferible a una vida sexual promiscua), por lo que expresamos en el punto 4110.

Sin embargo, no es prudente, en principio, exigir a la persona homosexual que se abstenga o ponga fin a sus amistades con otras personas homosexuales. Si se trata de amistades auténticas, si estas relaciones tienen valor humano, pueden ser positivas en el proceso de crecimiento de estas personas, aunque impliquen el riesgo de eventuales caídas en actos homosexuales111.

6. De todos modos, la compulsividad no debe presumirse. Tal presunción sería «infundada y humillante» (Carta, 11). Es preciso que la persona tome conciencia de las posibilidades de su libertad, por limitadas que sean, y que las utilice responsablemente112.

7. Debe tenerse presente la «ley de la gradualidad» (Familiaris Consortio, 34.4), según la cual, cuando una persona tiene una debilidad real, no fingida, frente a la norma moral, está obligada a comprometerse sinceramente «a poner las condiciones necesarias para observar esta norma» (ibid.). De este modo se protege a la persona frente al desánimo cuando en el camino de la castidad encuentra dificultades especiales o experimenta caídas repetidas.

No debe confundirse la «ley de la gradualidad» con la «gradualidad de la ley», según la cual las leyes serían distintas para los diversos sujetos y situaciones. En el primer caso se conserva la tensión hacia el ideal, que desaparece, en cambio, en el segundo supuesto.

8. Los movimientos gay. Muchos homosexuales aceptan su condición sin resentimientos y son indiferentes a la militancia activista. Otros en cambio, precisamente porque no logran asumir su homosexualidad y la viven de modo atormentado, en un movimiento paranoico ya descripto por Freud, se vuelven contra los otros, su familia, su educación, la sociedad, pretendiendo un reconocimiento en aquello en que ellos mismos no logran estimarse. Se busca culpabilizar a la sociedad con la acusación de homofobia (odio a los homosexuales) y de discriminación113.

El mecanismo habitual de la fobia consiste en hacer recaer sobre el mundo externo la angustia que una moción pulsional inspira, pero que es vivida como un peligro originado en el exterior. Esta interpretación proyectiva puede motivar la adhesión porque brinda seguridad, de la cual el sujeto está carente.

Como hemos dicho, la pertenencia a movimientos gay es perniciosa en la medida que brinda una falsa seguridad que impide a la persona tomar distancia y apreciar su problema con realismo. Sin embargo, es también necesario distinguir entre aquellos grupos cuyo accionar es insidioso, otros que están simplemente equivocados y aquellos que buscan el respeto de los derechos, que luchan contra discriminaciones injustas, o promueven la auto-estima o la amistad114.




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