Moral sexual


Carácter defensivo de las relaciones homosexuales



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Carácter defensivo de las relaciones homosexuales


Moberley, tratando de la homosexualidad en general, afirma, «En medio de muchísimos detalles, subyace un principio constante: que el homosexual, sea varón o mujer, ha sufrido de alguna carencia en la relación con el progenitor del mismo sexo; existe también una tendencia correspondiente a remediar esta carencia, por medio de relaciones con personas del mismo sexo, es decir, relaciones homosexuales»97.

Esto significa que la persona homosexual busca encuentros caracterizados por la falta de distinción y de complementariedad. Las relaciones heterosexuales son complementarias: se busca al «otro en tanto que otro», querido precisamente en su diferencia (física, psicológica, etc.). Las relaciones homosexuales son no – complementarias, simbióticas: se busca al otro como parte del propio sistema defensivo, se buscan dos personas por sentirse incompletas en la propia identidad sexual, como si ambos pudieran constituir una persona completa.

De ahí la inestabilidad de las parejas homosexuales: cualquier manifestación de autonomía, de tener una vida propia, de poder ser feliz con otras personas, es visto como una amenaza para la relación, la cual se sumerge en ciclos interminables de ofensa y reconciliación. Claro que esta inestabilidad puede darse, y se da con frecuencia en parejas heterosexuales, pero en todo caso, ello no sucede por ser heterosexuales. Lo que aquí afirmamos es que la inestabilidad comentada se da por el hecho de tratarse de una relación homosexual. Lo mismo puede aplicarse a lo dicho sobre las relaciones complementarias y simbióticas. Una relación heterosexual puede ser simbiótica (conforme lo visto en los primeros capítulos), pero la relación homosexual lo es estructuralmente.

Fundamentación bíblica


Aunque no nos detendremos en este tema, son oportunos algunos comentarios. Mientras que PH todavía sustentaba bíblicamente la condena de la homosexualidad a partir de textos aislados, la Carta da un paso adelante, fundándose en «el testimonio bíblico constante» (n.5.2), y más específicamente, en la teología de la creación que encontramos en el Génesis (n.6.1), según la cual las personas «en la complementariedad de los sexos ... están llamadas a reflejar la unidad interna del Creador (ibid.)98. El cuerpo humano tiene, por lo tanto, de modo intrínseco, un «significado esponsal»99.

La mención del episodio de Sodoma y Gomorra (Gen. 19) es desafortunada. En este pasaje, el delito que condena el texto es la violación del deber sagrado de hospitalidad. En todo caso, el hecho consiste en un intento de violencia sexual contra los visitantes, lo cual es ajeno a nuestro tema. Por su parte, la legislación del Levítico, condena la homosexualidad como un pecado de orden religioso: un acto «an-ticreacional» que busca borrar las diferencias del cosmos partiendo desde su coronación en la diferencia sexual hacia abajo. Se trata, por lo tanto, de una norma anti – idolátrica100. Los textos del N.T. hacen referencia a la homosexualidad libremente aceptada, pero hoy no pueden aplicarse sin más a la homosexualidad con componentes compulsivos.


Valoración moral objetiva


Encontramos en esta consideración de orden psicológico una base objetiva para afirmar que las relaciones homosexuales constituyen un desorden moral: se trata de actos defensivos, no auto-trascendentes. Por ello, pueden quizás dar un alivio momentáneo pero, en el largo plazo, no resuelven el problema de fondo, incluida la aspiración a la auto – trascendencia presente en toda persona. Por ello, ante todo, es decir, antes de toda referencia al aspecto procreador, son actos contrarios al significado unitivo de autodonación recíproca.

La Carta sobre la atención pastoral de las personas homosexuales101, n. 7 dice al respecto:

«la actividad homosexual no expresa una unión complementaria, capaz de transmitir la vida, y por lo tanto contradice la vocación a una existencia vivida en aquella forma de auto-donación que, según el Evangelio, es la esencia misma de la vida cristiana».

La fórmula es lograda: tanto la unión complementaria como su consecuencia, la capacidad de transmitir la vida, son aspectos del amor entendido como auto-donación, estando ambos ausentes de la relación homosexual. Esto es un paso adelante en relación a PH, en que todavía se pone el énfasis en el aspecto procreador, al hablar de «actos privados de su ordenación esencial e indispensable» (PH 8)

¿Significa esto que la persona homosexual sea egoísta? Esta lectura constituiría una confusión entre el plano metafísico (la estructura del acto conyugal) en el cual deben situarse las afirmaciones del Magisterio, con el plano psicológico de las motivaciones. El n.7 aclara:

«ello no significa que las personas homosexuales no sean a menudo generosas y no hagan don de sí mismas, pero cuando se empeñan en una actividad homosexual ellas refuerzan en su interior una inclinación sexual desordenada, por sí misma caracterizada por la auto-complacencia»

Es claro que quedan a salvo las actitudes, sentimientos y motivaciones de las personas homosexuales. Lo que el Magisterio afirma es que el acto homosexual mismo. por su estructura no es idóneo para encarnarlas; por el contrario, refuerza las tendencias inconscientes narcisistas que van en contra de aquello a lo que dichas personas muchas veces aspiran.

Es importante tener presente esta distinción de planos: consciente e inconsciente, desde el punto de vista psicológico (por el cual una intención consciente generosa puede tener un trasfondo inconsciente narcisista); motivaciones subjetivas y significado objetivo del acto, en el plano moral, por el cual la identidad del acto no se define formalmente sólo por la buena intención sino en primer lugar por su significado objetivo.

Por ello, «como cualquier otro desorden moral, la actividad homosexual impide la propia felicidad y realización», no constituye un ejercicio «realista y auténtico» de la libertad (cfr. n.7.3).

Es preciso aclarar que esta afirmación de la ilicitud de los actos homosexuales, no se hace extensiva a la orientación, condición o tendencia homosexual. Esta última no es pecado, pero «constituye una tendencia, más o menos fuerte, hacia un comportamiento intrínsecamente malo desde el punto de vista moral. Por este motivo la inclinación misma debe ser considerada objetivamente desordenada» (n.3; cfr. PH 8; CEC 2358).

Esta afirmación descalifica una postura extendida según la cual se trataría de una tendencia «natural», neutral o incluso buena, pero que no debe actuarse. Dicha postura es, en sí misma, contradictoria: agere sequitur esse102.

Es preciso apreciar la diferencia entre la afirmación de que una tendencia es desordenada y la afirmación de que la persona misma es depravada. Una tendencia, aunque se trate de la tendencia sexual, es sólo un aspecto de la persona, que en modo alguno se identifica con ella. Esto es afirmado en uno de los párrafos centrales de la Carta:

«La persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, no puede ser definida de manera adecuada con una referencia reductiva sólo a su orientación sexual. Cualquier persona que viva sobre la faz de la tierra tiene problemas y dificultades personales, pero también tiene oportunidades de crecimiento, recursos, talentos y dones propios. La Iglesia ofrece para la atención a la persona humana, el contexto del que hoy se siente una extrema exigencia, precisamente cuando rechaza el que se considere la persona puramente como un “heterosexual” o un “homosexual”, y cuando subraya que todos tienen la misma identidad fundamental: el ser creatura y, por gracia, hijo de Dios, heredero de la vida eterna” (n.16)

Por ello, esta afirmación en modo alguno debería ser entendida como un agravio a la dignidad de la persona homosexual103.

«Esto quiere decir entonces que la persona homosexual es anormal? No, porque la propia persona humana es un ser capaz de integrar de manera constructiva rasgos no normativos de su cuerpo o de su psiquismo. De hecho, muchas de las personas homosexuales presentan un equilibrio humano al menos equivalente a aquel de muchos heterosexuales y son capaces de acceder, como toda otra persona, a la alegría de vivir.»104




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