Moral sexual


La Iglesia ante la sexualidad



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La Iglesia ante la sexualidad


En ambos casos, nos hemos encontrado ante un dualismo antropológico, para el cual el sexo es una realidad puramente biológica, temida por los espiritualistas o aceptada sin reservas por los naturalistas. Frente a ellos ¿cuál ha sido la posición de la Iglesia?

Contra ambos dualismos, la Iglesia ha sostenido una antropología unitaria (pensemos en el dogma de la resurrección de la carne). En el contexto de esta visión del hombre, la sexualidad es buena por ser obra de Dios (contra el espiritualismo); pero es una fuerza ambigua a causa de nuestra condición pecadora (contra el naturalismo).

Sin embargo, desde el punto de vista histórico, se ve con claridad la influencia del pesimismo de la cultura griega en relación a este tema (por ejemplo, la preferencia de la virginidad como «castidad perfecta» sobre el matrimonio, como «castidad imperfecta»; lo mismo puede decirse del concepto de «uso del matrimonio»).

En el ámbito de la educación, ello se tradujo sea en un fomento involuntario del erotismo, (exacerbado a través de los silencios, las cosas dichas a medias, es decir, la dialéctica «visto – no visto»), sea en un espiritualismo exagerado que favorece la represión en vez de la integración.

Esta ambigüedad histórica de la Iglesia en relación a la sexualidad humana nos hace comprender la necesidad de realizar un esfuerzo permanente de profundización en sus fundamentos antropológicos en orden a alcanzar una comprensión cada vez más adecuada de un misterio que resiste toda pretensión de objetivación exhaustiva.

Primera parte: Antropología y sexualidad


La antropología sexual, en su tarea de individualizar las estructuras básicas de la sexualidad, no puede prescindir del aporte de las ciencias humanas (biología, sociología, psicología profunda, antropología cultural, etc.), cuyos aportes debe releer y repensar en una perspectiva de conjunto, con el fin de lograr una aproximación fenomenológica comprensiva al misterio de la sexualidad.

Según la Declaración Persona humana3, n.1:

“La persona humana, según los datos de la ciencia contemporánea, está de tal manera marcada por la sexualidad, que ésta es parte principal entre los factores que caracterizan la vida de los hombres. A la verdad, en el sexo radican las notas características que constituyen a las personas, como hombres y mujeres en el plano biológico, psicológico y espiritual, teniendo así mucha parte en su evolución individual y en su inserción en la sociedad.”4

Frente a la visión más tradicional de la sexualidad, reducida a la dimensión genital, este concepto, al tiempo que abarca las raíces biológicas (sexo cromosómico, gonádico, morfológico), tiene presente cómo aquélla permea la totalidad de la persona (plano psicológico y espiritual). Incluso trasciende al individuo para adquirir una dimensión social (el tema de la diferencia de roles sociales, que si bien tiene connotaciones culturales e históricas, no por ello es menos necesaria).

Debemos diferenciar, entonces, entre:

a) Sexualidad general: es todo el complejo de elementos y factores, desde los biológicos hasta aquellos psicológicos y espirituales, que hacen de un individuo humano una persona sexuada, es decir, de sexo masculino o femenino. Es la sexualidad en su conjunto, como dimensión de la persona, uno de los constitutivos de la persona humana concreta.

b) Sexualidad genital: alude a la base biológica y reproductora del sexo, y al ejercicio de los órganos correspondientes.

Esta pluridimensionalidad del fenómeno de la sexualidad hace necesaria una aproximación interdisciplinar a sus diversas dimensiones, construcción que constituye una legítima e ineliminable precomprensión de la palabra de Dios.

La perspectiva de esta exposición acerca de la sexualidad será de carácter hermenéutico, en el sentido de que tomaremos como punto de partida la comprensión que el hombre tiene de sí como ser sexuado, y desde ella interpelaremos la palabra de Dios y la tradición eclesial. De esta “fusión de horizontes” surgirán las líneas de un proyecto capaz de interpretar correctamente las exigencias de la sexualidad humana, y de fundar indicaciones operativas para valorar éticamente las conductas en este ámbito5.

  1. El dato biológico


Veremos primero la trascendencia que tiene el dato biológico para la reflexión ética sobre la sexualidad, y luego haremos una descripción del componente biológico de la misma.
    1. Significado y límites del dato biológico


El nivel biológico, que es el fondo vital de la sexualidad humana, introduce en la comprensión de la misma las dimensiones de la procreación y del placer. Es inevitable que los progresos en la fisiología produzcan un profundo cambio en la conciencia de sí, y en la valoración ética de los comportamientos sexuales.

1. Un dato relevante es el descubrimiento de la sobreabundancia de elementos fecundantes respecto de los fecundados. Por cada óvulo producido por la mujer, el hombre emplea para la fecundación decenas de millones de espermatozoides, de los cuales uno o dos fecundan el óvulo, perdiéndose todos los demás. Este descubrimiento ha contribuido a desmitificar el esperma, antiguamente “sacralizado” en cuanto portador de vida. La diferencia ética entre la emisión de esperma con el fin de procreación y la que tiene lugar en un acto de masturbación habrá que buscarla en el plano personal e inter-subjetivo.

2. Otro dato biológico, aun de mayor importancia, es el descubrimiento de los mecanismos del deseo en el hombre y la mujer. Se sabe hoy que el deseo en el varón no es provocado por la acumulación del esperma, sino que es fruto de un mecanismo más complejo, de carácter psicológico. Por eso, el deseo sexual no puede ser equiparado con necesidades fisiológicas, caracterizadas por la acumulación y la necesidad de expulsión (ej. defecación).

Como las glándulas salivales, las glándulas sexuales funcionan al mínimo mientras no subentra una exitación psíquica, sensorial o imaginaria. En consecuencia, el deseo sexual masculino y femenino no tienen una periodicidad fija, sino que se desarrolla en virtud de factores no estrictamente fisiológicos. Lo mismo debe decirse en cuanto a la mujer. Entre los animales, el deseo de la hembra está ligado directamente al fenómeno de la ovulación. En el caso de la mujer, además de una proliferación ovárica desproporcionada en relación a las posibilidades reales de gestación, el deseo sexual está dirigido por otros elementos. De ahí que su deseo no se limite a los ciclos fértiles, e incluso pueda tener lugar durante la gestación.

3. Por lo tanto, la diferencia entre el comportamiento sexual de los animales y el del hombre está ligado al hecho de que este último no esta restringido a los límites de una periodicidad preestablecida. Existe en el hombre una impulsividad sexual excedente. Además, la sexualidad humana goza de una plasticidad, que le confiere una apertura a una instancia de regulación superior, racional. La sexualidad es un fenómeno psíquico: el sexo se continúa en el eros, se reviste de lenguaje, se encarna en símbolos.




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