Moral sexual


Teología moral y sexualidad



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Teología moral y sexualidad


Nos ocuparemos en este capítulo de dos temas. En primer lugar, tras habernos aproximado a la sexualidad desde las perspectivas fenomenológica y bíblico-teológica, formularemos criterios para la valoración moral de las conductas sexuales, que no constituyan meros límites exteriores sino que respondan a su sentido intrínseco. En segundo lugar, estudiaremos los criterios para determinar la gravedad objetiva y la imputabilidad subjetiva de los pecados sexuales.
    1. Criterio de valoración moral de la conducta sexual


La valoración moral de los actos sexuales «no depende solamente de la sincera intención y apreciación de los motivos, sino de criterios objetivos tomados de la naturaleza de la persona y de sus actos» (PH 5.4, subrayado nuestro). El criterio fundamental consiste en que dichos actos «guarden íntegro el sentido de la mutua entrega y de la humana procreación en el contexto del amor verdadero» (PH 5, 7, 9).

La determinación del valor moral de un acto sexual requiere saber distinguir entre los motivos y el significado del acto en sí: es posible, con buenos motivos, realizar actos cuya estructura misma es incompatible con el pleno significado de la sexualidad. No son sólo los motivos, sino el respeto de la finalidad objetiva lo que asegura la honestidad del acto (PH 5.5).

Es preciso, a continuación, profundizar en las implicancias de este criterio.

      1. La castidad


La tarea de la ética sexual es la de explicitar en términos de deber moral el sentido inherente a la sexualidad humana. Los diversos niveles de la misma deben ser asumidos, inscribiéndolos en el proceso de crecimiento global de la persona en su relación con los otros y con Dios. En ello consiste la virtud de la castidad, que regula el comportamiento sexual.

El CEC, al referirse a la vocación a la castidad (2337s.), pone de manifiesto dos dimensiones de esta virtud:

1) El aspecto personal: “La castidad significa la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual” (2337). Esa integridad debe entenderse no como una armonía auto-referencial, sino como capacidad de amor: “La persona casta mantiene la integridad de las fuerzas de vida y de amor depositadas en ella” (2338).

2) El aspecto inter-personal: “La sexualidad ... se hace personal y verdaderamente humana cuando está integrada en la relación de persona a persona, en don mutuo total y temporalmente ilimitado del hombre y de la mujer” (2337). “La virtud de la castidad se desarrolla en la amistad” (2346); expresa especialmente en la amistad con el prójimo ... conduce a la comunión espiritual” (2347). Estas afirmaciones no deben sorprendernos si reconocemos la sexualidad como la energía afectiva del amor.

Entraremos más de cerca en ambos aspectos.

      1. Respeto por la naturaleza de la persona


Esta visión personalista de la sexualidad se arraigua, a su vez, en el respeto de las estructuras naturales de la persona41. Dichas estructuras no consisten en meros mecanismos fisiológicos pre-personales, porque éstos están ya integrados ontológicamente en la unidad de la persona, y tienen por naturaleza, un dinamismo intrínseco propiamente humano. Si dichos mecanismos no son orientados por la libertad del hombre en esa dirección, no se convierten en dinamismos “animales” (en el animal, la pulsión está suficientemente regulada por el instinto), sino en dinamismos inhumanos. Concretamente, la falta de respeto de la estructura de la sexualidad humana, hace a esta incapaz de realizar el amor entre el hombre y la mujer en esa forma específica consistente en la unión corporal.

1. Esta estructura de la sexualidad consiste en sus dos significados: unitivo y procreativo, y su respeto consiste en la atención a la inseparabilidad de los mismos. La correcta interpretación de este principio requiere ciertas aclaraciones.

No es lo mismo hablar de significados de la sexualidad que de funciones. El significado es el sentido humano del acto sexual; la función se refiere a su eficacia actual, de hecho. La función se puede separar del acto sexual, aunque no siempre sea lícito (ej. las relaciones en períodos infértiles, o la anticoncepción). Al hablar de dos significados no nos estamos refiriendo a dos funciones meramente combinadas o yuxtapuestas. El principio de su inseparabilidad debe entenderse, pues, no en que no sea lícito separar los significados, sino en que no es posible hacerlo: los mismos se incluyen recíprocamente; cada uno sólo puede ser adecuadamente entendido por referencia al otro.

2. Para comprender esto es necesario tener en cuenta que el acto sexual es por su objeto un acto de amor y entrega corporal que está naturalmente ordenado a la procreación. Es espiritual y corporal al mismo tiempo, cuerpo y alma son principios que co-actúan en él. La procreación, para ser plenamente humana, requiere el amor espiritual, y este último, a su vez, en cuanto amor entre hombre y mujer que tiende a consumarse en la unión corporal, posee en virtud de su naturaleza, una dimensión procreativa.

Privado del significado unitivo, la procreación pierde su calidad humana. Y a su vez, como explicaremos más adelante, privado del significado procreativo, el acto sexual pierde su capacidad objetiva de expresar ese amor. La lógica de la pulsión, orientada a la propia satisfacción, ya no puede ser integrada en la lógica del espíritu, de la comunión, con lo cual se inicia un proceso desintegrador por el que ambos sujetos tienden a replegarse progresivamente sobre sí.

      1. La valoración del aspecto socio-político


A los anteriores debe incorporarse un criterio habitualmente descuidado en la ponderación de las conductas sexuales, que es su interacción con su contexto socio-político. Este criterio abarca dos aspectos:

1) La repercusión de los factores sociales en el funcionamiento de las normas y en el significado de las conductas. Por ej., según hemos visto, el carácter alienante que puede revestir el trabajo y el consumo en las sociedades modernas; la progresiva privatización de la familia y la sexualidad; el creciente rechazo de lo institucional, etc. No es posible una auténtica liberación sexual que no sea, simultáneamente, liberación cultural, social y política.

2) La referencia de las conductas sexuales al bien común. El ámbito de la sexualidad no puede ser considerado como estrictamente privado, porque conlleva inevitablemente consecuencias sociales de máxima importancia. De ahí que en todas las épocas la comunidad se haya considerado facultada para regular la vida sexual de sus miembros, en la medida en que la misma afecta la subsistencia y estructuración social, y comporta relaciones de justicia. Esta dimensión pública de la sexualidad se hace patente, en primer lugar, en el matrimonio.




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