Moral sexual


El camino de la normativa moral



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El camino de la normativa moral


El aporte de la revelación cristiana a la comprensión de la sexualidad debe buscarse más en el terreno de la mística que en el de la ética. Aquél consiste ante todo en una cosmovisión sobre el hombre y su realización histórica, que abre un nuevo horizonte de sentido y un nuevo ámbito dentro del cual la sexualidad puede ser vivida. Lo cual no quita que en la Biblia se encuentren numerosas prescripciones concretas, cuya normatividad, sin embargo, debe ser discernida a través de un esfuerzo de lectura hermenéutica.
    1. La ética sexual en la Biblia


La Biblia no es un tratado de ética sexual; no provee respuestas precisas para todos los posibles comportamientos, aunque no vacila en tomar posición con relación a muchos de ellos. Intentaremos reunir algunos datos esenciales, en vista a su correcta lectura e interpretación.

1. Las costumbres sexuales de Israel, sobre todo en los comienzos, no son muy diversas de las de los pueblos vecinos. La normativa ético-teológica está determinada por un derecho consuetudinario prácticamente idéntico a aquél de las culturas limítrofes. No sorprende, entonces, que dicho derecho no excluya del todo restos de poliandria, matriarcado y de prostitución sagrada y que se funde sobre una moral de clan tolerante hacia la poligamia, el divorcio y la simple fornicación.

2. El A.T. presenta una notable diversidad de actitudes hacia el sexo que pueden referirse a dos sistemas simbólicos e ideológicos fundamentales.


  • El primero proviene del tema del don. Todo lo que ha sido creado por Dios es bueno, santo y bendito; el don debe ser aceptado gozosamente para extenderlo a los otros según una lógica de solidaridad. Es la línea tradicional del Génesis, del Cantar de los Cantares y de los profetas.

  • El segundo sistema, en cambio, está conectado con la organización social del templo y con la forma patriarcal de matrimonio y familia. Este sistema está asentado en el binomio “puro-impuro”, que dio lugar a toda una legislación, referida en modo particular al cuerpo y a la sexualidad. A menudo, este esquema predomina en desmedro de la dimensión moral, que exige relaciones de paridad, igualdad, donación y amor.

Es difícil distinguir netamente entre los dos niveles, ya que las normas morales y rituales se mezclan de un modo inextricable.

Por otro lado, también es llamativa la combinación de rigidez en relación con ciertas conductas, con la indulgencia frente a otras que no vacilaríamos en condenar. Pero se debe recordar que la pedagogía de Yahvé se funda en la dialéctica condescendencia-exigencia. La revelación del significado profundo de la sexualidad se va dando progresivamente, en un proceso de interiorización.

2. En el N.T. existen indicaciones morales acerca de la gestión de la vida sexual, aunque en términos genéricos que no contienen precisiones ni detalles40. Con frecuencia, estas normas aparecen bajo la forma de catálogos de vicios y virtudes, provenientes del tardo judaísmo con influencias helenísticas (Gal 5,16-26; Ef 4,25ss.; Col 3,18ss.). Existen también indicaciones operativas con motivo de problemas que se plantea la comunidad (1 Cor 6,12 – 7,40), o de situaciones concretas (1 Cor 5; 2 Cor 5,11), que procuran ser respuestas desde el mensaje de Cristo, aunque trasunten también influencias ideológicas y culturales.

3. La cuestión de fondo es, en definitiva, qué es lo que debe buscarse en la Biblia a los efectos de una ética de la sexualidad. En la S. Escritura encontramos orientaciones globales sobre el sentido de la sexualidad, y también normas específicas. Entre ellas, algunas, sobre todo negativas, tienen carácter universal, mientras que otras dependen estrechamente del contexto cultural. Aun en relación con estas últimas, el trabajo hermenéutico debe procurar sacar a la luz el modelo interpretativo subyacente, que en el contexto de la revelación opera el pasaje entre el significado global de la sexualidad y las conductas concretas.


    1. El desarrollo de la tradición eclesial


Todavía más difícil es deslindar el contenido revelado de las incrustaciones culturales e ideológicas en la tradición eclesial. El cristianismo, en el dominio de la sexualidad, ha liberado al hombre de la tiranía de la carne, pero también ha contribuido en ciertas épocas a una represión del instinto realmente neurótica (M. Bellet).

1. Desde la época patrística la elaboración de las normativas éticas relativas a la gestión de la sexualidad acusan fuertemente el impacto de los condicionamientos del tiempo y de los distintos ambientes culturales. Es mérito de los Padres el haber puesto de relieve valores cristianos como la virginidad y la castidad conyugal, y de haber individualizado, a la luz de la revelación, criterios concretos de comportamiento aplicables a las nuevas situaciones. Pero ello no quita que, por influjo del dualismo helenístico, en particular del neoplatonismo y del estoicismo, hayan tenido una valoración negativa del acto conyugal y un pesimismo global en relación con la sexualidad, manifiesto en una concepción restrictiva de la castidad y en la exaltación del ascetismo como medio para una vida más pura y dedicada a la contemplación. La rigidez resultante, se explica también como reacción al contexto ambiental, caracterizado por la decadencia de las costumbres.

Se debe esperar a la gran escolástica medieval, con San Alberto y S. Tomás de Aquino, para salir del rigorismo del pasado y ver abrirse un camino de valoración ética positiva de la sexualidad. S. Alberto, bajo la influencia de Aristóteles, pone de relieve el carácter natural y honesto de la relación conyugal y del placer, que en modo normal acompaña el ejercicio de toda función natural. Con Alberto entra en la moral el soporte “natural” (la “base antropológica”, diríamos hoy) de la ética sexual, que Tomás desarrolla ulteriormente, inscribiendo el tema de la sexualidad en el ámbito de la virtud, y más concretamente, en el cuadro de la virtud de la temperancia. Lo cual no quita que su juicio continúe siendo gravemente negativo en relación con el uso de la sexualidad fuera del contexto del matrimonio y de la finalidad procreadora.

2. Más que la posición de los autores en particular, sin embargo, merecen ser analizados los criterios de valoración de la existencia del pecado sexual y el juicio relativo a su gravedad. El criterio fundamental para la definición del pecado sexual, en el cuadro de la moral casuística, es de orden rígidamente biológico. La referencia esencial es, entonces, el uso desordenado de una facultad, la generativa, y la búsqueda y aceptación desordenada del placer venéreo. El orden sexual era determinado mediante el recurso a la naturaleza y a la finalidad biológica del acto sexual, que es la función procreadora. Las normas protegían este confín intangible, afirmando la ilicitud moral de toda “delectación venérea” fuera del contexto matrimonial, o contra natura, es decir, contra la finalidad procreadora de la sexualidad.

En los manuales, que se desarrollan a partir del s. XIX, destinados sobre todo a la formación de los confesores, la prioridad del criterio de la procreación se refleja en la distinción fundamental entre pecados sexuales secundum natura y los pecados sexuales contra natura. Los primeros (fornicación, adulterio, incesto, estupro y rapto) dejan intacta la posibilidad de la procreación, y por lo tanto son considerados, prescindiendo de otros factores, como una violación menos grave del orden moral. Los segundos (masturbación, sodomía, homosexualidad y bestialidad), en cuanto eluden la finalidad procreadora, son juzgados como culpas más graves.

3. Fundándose en estos presupuestos extremadamente rigurosos, la doctrina tradicional de los moralistas, sobre todo a partir de S. Alfonso, ha considerado que el acto de lujuria, completa e incompleta (externa o interna) directamente y en sí mismo voluntario, es pecado mortal ex toto genere suo, no admitiendo, por lo tanto, en el ámbito de la sexualidad, la parvedad de materia. Las razones de la gravedad eran las indicaciones del NT al respecto, y la consideración de la violación del fin establecido por Dios, que es para la sexualidad la función generativa. La extensión de la gravedad al acto de lujuria incompleta era motivada en base al nexo intrínseco existente entre éste y la satisfacción completa, sea porque, por su naturaleza, el placer inicial está ordenado al placer completo, sea porque, dada la fragilidad humana, es imposible contener la concupiscencia dentro de ciertos límites: el acto incompleto constituye, por tanto, un peligro próximo.

La superación de estas posiciones se ha producido gracias a la adquisición relativamente reciente de una concepción más amplia y personalista de la antropología sexual. El Concilio Vaticano II ha inaugurado una nueva era con relación a los problemas de la sexualidad. La Gaudium et spes señala la persona humana como el centro de integración de los diversos componentes del sexo, llamando la atención sobre la cualidad humana de las variadas expresiones sexuales, y sobre la necesidad de prestar atención a sus componentes sociales y comunitarios (cf. GS 47-52). Análoga impostación de fondo encontramos en la Declaración sobre algunas cuestiones de ética sexual (Persona humana) de la Congregación para la doctrina de la fe. En ella, la sexualidad es considerada sobretodo en relación al desarrollo de la persona y de la comunidad humana, teniendo en cuenta la necesaria gradualidad que tal desarrollo comporta (cf. PH 1-9)




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