Moral sexual


La sexualidad en el NT. Sexualidad pascual



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La sexualidad en el NT. Sexualidad pascual


Si Jesús es hombre y no sólo Dios, ello significa que tiene una sexualidad. Contemplar el modo con que Jesús ha vivido esa sexualidad puede ser para nosotros una fuente de vida26.

Lo que hemos dicho anteriormente acerca del aporte de Lacan a la comprensión de la sexualidad puede ayudarnos a buscar en el Evangelio indicaciones sobre la sexualidad de Jesús, pese a la ausencia de referencias explícitas. En Jesús, la castidad se manifiesta en que no hay vestigio de miedo a los otros, de miedo al otro sexo, de rechazo de la vida. Estaba rodeado de mujeres que lo seguían y servían. Una de ellas le lavó los pies con sus cabellos. Vivía y trabajaba con otros hombres. No temía dejarse tocar. Con su madre y José sus relaciones eran de distancia pero también de obediencia. Su relación con sus discípulos era sana. Era su maestro y también su servidor; compañero de todos los días y responsable de sus vidas. Un equilibrio entre distancia (ej., oración en la montaña) y proximidad (lavatorio de los pies). Lo que certifica la castidad de Jesús es su libertad frente a los otros, su familia, y en especial, su madre (“mujer, ¿qué hay entre nosotros?).

Y en todas estas relaciones, Él permanecía extremadamente libre y entregado totalmente a su Padre y a la misión que le había sido confiada. La castidad de Jesús, como toda castidad auténtica, es capacidad de don, de atención y de libertad. Lo que funda la castidad de Jesús es la relación con su Padre. En este sentido, dice un autor:

“El dominio de sí que necesitamos en el celibato para rechazar las tentaciones y resistir el mal nace de nuestra acogida del Amor indefectible del Padre. Si nos hace falta combatir tentaciones carnales, por ejemplo, o dominar pulsiones sexuales más o menos perversas, ello se logra no tanto castigando nuestro cuerpo o evitando encuentros peligrosos …, que manteniéndonos bajo la mirada del Padre.”27

Más aun, la sexualidad de Jesús se manifiesta como una sexualidad pascual28. En efecto, Jesús, en la Última Cena, hace don de su Cuerpo: “Esto es mi cuerpo entregado por ustedes”. La Eucaristía como el sexo se centran en el don del cuerpo, la conciencia de haber recibido, que tiende por su naturaleza a convertirse en bien dado. Teológicamente ser “hijo” es ser consciente de que todo lo que tengo lo he recibido y debo darlo; y esto es lo que hace Cristo. La primera carta de Pablo a los Corintios se mueve entre estos dos temas: sexualidad y Eucaristía. Pablo sabe que necesitamos comprender una a la luz de la otra.29

Esta visión supone el paso definitivo a una nueva concepción de la santidad en el ámbito sexual. Ella no se deriva ya de modo automático de ciertos rituales, ni se recupera por prácticas de purificación. La santidad ahora surge de “la inserción en un pueblo hecho santo por la presencia del Espíritu de Dios, gracias al cual el mismo cuerpo está santificado en todas sus partes, sexualidad incluida”30 (cfr. 1 Cor 6,15-20).

Siendo el cuerpo templo del Espíritu Santo, está bajo la nueva Ley de la libertad. Pero esta libertad no des-responsabiliza al cristiano, porque implica la ascesis, la lucha contra todo aquello que puede esclavizarlo. La sexualidad es uno de los ámbitos típicos de la lucha entre la “Ley de la carne” y la “Ley del Espíritu” (cfr. Rom 7,18-19; 2 Cor 12,7), que se prolonga a lo largo de toda la vida terrena. “Pero precisamente este es el precio del paso de la lógica sacral a la lógica liberadora de una santidad difícil y responsable”31. “Si el pecado original había quitado al hombre su libertad, el don del Espíritu se la «restituye», o pone al hombre en condición de tender responsablemente hacia la conquista de la libertad de amar a la manera de Dios”32

En este contexto debe ser colocada la relativización de la sexualidad, e incluso del matrimonio, contenida en la Biblia, que no es, sin embargo, la negación de su validez intrínseca. La perspectiva escatológica del Reino, ya presente y todavía no consumado, hace comprensible la elección de la virginidad y del celibato (Mt 19,12; 22,30; Lc 20,36; 1 Cor 15,28), que se configura como elección del todo en lugar de la realización parcial, como signo, y como servicio a la venida definitiva del Reino.

  1. La reflexión teológica


Este desarrollo bíblico nos muestra de un modo progresivamente claro que la sexualidad es un modo de sentir, expresar y vivir el amor humano.

La sexualidad, orientada, elevada e integrada por el amor, adquiere verdadera madurez humana. En el marco del desarrollo biológico y psíquico, crece armónicamente y se realiza en sentido pleno solo con la conquista de la madurez afectiva, que se manifiesta en el amor desinteresado y en la total entrega de uno mismo”.33

En esta comprensión de la sexualidad, el cuerpo desarrolla una función importante: es como una especie de sacramento primordial, es decir, el signo visible del misterio de la vocación humana. El cuerpo revela al hombre, manifiesta su persona, y su llamada a la comunión personal, y por medio de ella, a la comunión con Dios.34Y especialmente la sexualidad es la evidencia carnal, concreta, tangible de que el hombre ha sido hecho para otro, está dirigido a otro.

Esta primera expresión del llamado a la autodonación, escrita ya en la naturaleza biológica del hombre, sólo puede realizarse a través de una opción responsable. Esta opción requiere:

1. la libertad de recibir, es decir, la capacidad de acoger el don que el otro hace de sí mismo. Esa acogida es ya una apertura de sí y un primer don para el otro. Sin la capacidad de recibir el don gratuito del otro es imposible a su vez, darse a sí mismo: “el don de sí que fuera solamente un dar sin recibir, terminaría inevitablemente por ser una imposición de sí al otro, por tanto dominio más que don”35

2. A partir de la libertad de recibir y la gratitud por lo recibido, nace la libertad de darse. Aquí termina de expresarse la reciprocidad sexual, que no es mera complementariedad a nivel fisiológico-sexual, sino también y sobre todo, la complementariedad del don de acoger y de dar, que origina la comunión de personas.

En la visión cristiana, el misterio de la sexualidad se revela en su última profundidad a la luz del misterio trinitario. El Dios cristiano se revela en Cristo como Ágape, no como Dios solitario, sino como comunión de personas. La participación del hombre en el misterio trinitario es participación del amor tal como existe en Dios. “La vida trinitaria es el absoluto de la vida de relación; ella es don, arquetipo real y perfecto de la imperfecta vida de relación” (M. Oraison). Sexo, eros, filía deben ser integrados, pues, en el Ágape, principio operativo último de la vida cristiana.

La autodonación como realización del hombre constituye un reflejo de la vida trinitaria.

“La kenosis primaria está en la generación del Hijo, en la que el Padre le da todo su ser. Esta generación establece una absoluta e infinita distancia. La respuesta del Hijo al don de la posesión consustancial de la divinidad puede ser solo un eterno agradecimiento (eucaristía) al Padre, fuente y origen del don, agradecimiento tan libre de egoísmo y de cálculo como la primera autodonación del Padre. En las dos sopla el mismo Espíritu, que mantiene la infinita diferencia (como esencia del amor) y la confirma, y al mismo tiempo, las une. Esta Kenosis eterna es el fundamento ontológico de la kenosis histórica de Cristo, como dice Fil 2,5-11”36.

Refiriéndose a esta ley de la autodonación, dice Lewis:

“Esta no es una ley celestial que nosotros podemos evitar siendo terrenos, ni es una ley terrena que se puede evitar con una salvación celestial. Lo que se encuentra fuera de la lógica de la autodonación no es tierra, ni naturaleza, ni “vida ordinaria”, sino simple y llanamente infierno37.

Estas afirmaciones nos ayudan a comprender el significado esponsal del cuerpo:

1. “Desde el principio” (cfr. Mt 19,8-9) el significado esponsal del cuerpo está inscrito en la estructura personal del hombre y la mujer. El cuerpo manifiesta en sí mismo que procede del don de otro y su vocación es también la de ser don, es decir, que es capacidad de reciprocidad y comunión. Este significado es evidente sean las que sean después las opciones de vida de cada individuo: tanto el amor conyugal como el amor virginal38 deben expresar este significado esponsal del cuerpo.

2. Al fin de los tiempos, esa esponsalidad del cuerpo se revelará definitivamente como esponsalidad virginal. Ya “no se tomará ni mujer ni marido” (Mt 22,30), sino que se manifestará la virginidad escatológica del hombre resucitado, que está destinado a la unión esponsal con Dios mismo. La persona humana es, pues, una realidad escatológicamente esponsal (Grygiel). Pero esa esponsalidad es virginal, porque “ser sujeto significa ser prometido esposo de la trascendencia”39.

Esta esponsalidad virginal de la persona humana se realiza en todos los estados: en la virginidad y el matrimonio. Y como el matrimonio recuerda de algún modo a la virginidad el carácter esponsal de la vida humana, así también la virginidad recuerda al matrimonio el carácter virginal del ser humano, o sea, su destino y esponsalidad escatológica. El hombre es libre no solo porque puede elegir entre dos estados de vida, sino que es libre en la medida en que realiza la llamada a la esponsalidad en uno de ellos, mediante la donación de sí hecha en el amor.




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