Moral sexual


La sexualidad en la Biblia



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La sexualidad en la Biblia


En la Biblia, la sexualidad es vista en su realidad y su auténtico valor humanos. Sobre esta base será posible descubrir su verdadero significado religioso. Pero el discurso sobre la sexualidad no se sostiene a sí mismo, sino que se desarrolla en el interior de una reflexión más global sobre el misterio del amor nupcial, el lugar privilegiado en el cual la sexualidad humana revela toda la plenitud de su potencialidad.
    1. Una radical secularización


El primer dato que emerge de la revelación bíblica es aquél de una radical secularización de la sexualidad, que aparece como un valor profano y mundano, entregado al hombre para que se haga responsable de él.

1. La originalidad de la Biblia se manifiesta claramente en la total rotura que la religión judaica opera en relación con las otras religiones ambientales. En los pueblos vecinos, la sexualidad era considerada como participación en un arquetipo divino, es decir, en un acontecimiento al inicio de los tiempos, narrado por los mitos, y que debía ser imitado por el hombre en el curso del tiempo. Así, el hombre se sentía más directamente partícipe de las energías vitales y cósmicas divinizadas. Israel rompe con este cuadro ideológico y ritual. En el relato bíblico, la sexualidad es ante todo un “don bueno” del Dios creador, y como tal, no exige ser sacralizada desde el exterior (cf. Gn 1 – 2).

La función primaria del sexo viene presentada en la más antigua tradición yahvista (Gn 2) como relación, posesión recíproca, conectada con el problema de la soledad del hombre (Gn 2,18.24); mientras que la tradición sacerdotal subraya la función procreadora, vista como una bendición de Dios (Gn 1,28).

2. Ello consiente a la Biblia tejer el elogio del amor humano en su realidad natural y profana. El Cantar de los Cantares, colección antiquísima de cantos de amor, cuya interpretación alegórica es considerada por los exégetas como secundaria y tardía, contiene no sólo la afirmación de la bondad terrena de la relación sexual, sino también la exaltación gozosa de la belleza del erotismo humano. Antes que como procreación, la sexualidad es presentada como eros, es decir como búsqueda, como satisfacción del deseo, en la reciprocidad de una relación descripta sin falsos pudores, aunque transfigurada poéticamente para no caer en el peligro de la obscenidad o la ambigüedad morbosa. La religiosidad del sexo es recuperada en la limpieza de su profanidad.

3. Esta visión altamente positiva no excluye, naturalmente, una atención solícita al carácter ambivalente y dramático de la sexualidad humana como consecuencia del pecado. Las cosas, después de lo narrado en Gn 3, no son más como al principio; el sexo y todos los otros valores de la existencia no están más disponibles en estado puro, sino que aparecen marcados por una actitud de egoísmo y posesión, de tendencia al dominio del otro. Por ello el hombre se siente desnudo y se avergüenza de su propia sexualidad (Gn 3,7). La Biblia conoce la capacidad que la pasión posee de arrastrar al hombre a la ruina. Los libres del A.T. nos muestran diversas historias de parejas que ilustran los aspectos de hostilidad y enemistad, de violencia y de dominio que pueden darse en este modo de relación (Sodoma, Gn 19,11; Lot y sus hijas, Gn 19,30ss.; rapto de Dina, Gn 34,1ss., incesto de Rubén, Gn 35,21s.; etc.).

Sin embargo, esta ambigüedad, ligada a la experiencia primordial del pecado, no es capaz de destruir las potencialidades positivas de la sexualidad. Ésta continúa siendo una realidad sustancialmente buena, aunque debe ser vivida (como toda realidad humana) con circunspección y sentido de la medida, y sobre todo con discernimiento, si no se quiere traicionar su significado originario: el del proyecto de Dios.

4. Hemos dicho que la idea de creación desmitifica la sexualidad, pero no la convierte en una realidad simplemente profana: en tanto creada por Dios, revela su bondad; es santa, no en virtud de ciertos ritos sagrados, sino en virtud del gran rito consacratorio que realizó Dios en la creación misma23.

Sin embargo, sobrevivió un aspecto profundamente ambivalente de esa sacralización sobrevivió en los ritos de lo puro y lo impuro24. En ellas se manifiesta un afán de regular y ordenar esta potencia misteriosa, peligrosa y ambigua, que parece escapar al control subjetivo.

Ahora bien, tanto la concepción mítica de la sexualidad como el concepto de pureza ritual, constituyen modos de sacralización que tienen por efecto la des-responsabilización del hombre ante sus conductas sexuales, sea a través de la proyección de las mismas al mundo divino, sea por el intento de purificarlas en un plano meramente exterior y ritual. Ello sólo será superado con la plena asunción de la sexualidad en el ámbito de la responsabilidad humana, que se producirá en el NT.

5. Las consecuencias de tal presentación del discurso cristiano sobre el misterio de la sexualidad, son múltiples:



  1. La reflexión sobre la profanidad de la sexualidad, y por lo tanto, de su fundamental bondad y autonomía, comporta, también para el creyente, el deber de prestar atención al dato antropológico, a la estructura del sexo, a su evolución socio-cultural, y a los aportes de las ciencias humanas.

  2. En segundo lugar, en la concepción cristiana de la vida, la ambivalencia de la sexualidad no se explica sin tener en cuenta el pecado, es decir, la fragilidad de la voluntad humana y sus potencialidades negativas. No se puede hablar como creyentes de la sexualidad sin terminar hablando también de sufrimiento, de renuncia, de tentación y de lucha. En otras palabras, sin pasar a través del misterio de la cruz de Cristo, que todo discípulo debe aceptar y seguir.
    1. Una nueva comprensión religiosa


La Biblia no se contenta con presentar una visión secularizada de la sexualidad, sino que hace de tal adquisición el presupuesto para una nueva comprensión religiosa de la misma.

1. El Eros, en cuanto expresión del pacto nupcial, entra en la esfera verdadera y propia de la revelación como símbolo privilegiado para expresar las relaciones existentes entre Dios y la humanidad25. Sobre todo los profetas, en el A.T., se servirán del drama del amor y de la infidelidad, de la fecundidad y de la esterilidad de la pareja humana como de la mejor imagen para expresar, comprender y significar el drama de la relación de Dios con Israel (Os 1,3; Jer 2,20-25; 3,1-5; 31,2-6; Ez 23; Is 54,6-8; 62, 2-5). El amor humano, entrando en el ámbito de la Alianza, en toda la riqueza de sus dimensiones, sin excluir la sexual, es radicalmente transformado. Hay un arquetipo a realizar: el amor de Dios hacia su pueblo. Se establece así una esencial circularidad entre amor humano y amor de Dios. Si inicialmente el amor humano sirve como término de comparación para expresar la relación Yahvé-Pueblo, esta evocación de la alianza “arroja una luz retrospectiva sobre la realidad humana que le sirve de punto de partida” (Grelot).

Por otro lado, el profundo contenido religioso del encuentro humano sexual está ya implícito en el mismo relato de la Creación (Gn 1,27). El varón y la mujer constituyen juntos, en la reciprocidad de sus relaciones, la “imagen” de Dios, aunque esto no debe ser entendido en un sentido exclusivo. Ello significa que la diferenciación sexual, que está en la raíz de la relacionalidad humana, pertenece a la semejanza del hombre con Dios.




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