Moral sexual



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CURSO DE VIRTUDES MORALES

MORAL SEXUAL

CURSO 2008

NOTAS INTRODUCTORIAS I


Pbro. Gustavo Irrazabal



1 Aproximación al misterio de la sexualidad humana 1

1.1 El temor a la sexualidad 1

1.2 La atracción por la sexualidad 1

1.3 La Iglesia ante la sexualidad 2



2 El dato biológico 3

2.1 Significado y límites del dato biológico 4

2.2 El sexo biológico humano 4

3 Aportes de la psicología 5

3.1 Etapas de la evolución psico-sexual 5

3.2 Funciones de la sexualidad 7

3.3 La sexualidad como comportamiento simbólico 8

3.4 Los problemas sexuales. Conductas compulsivas 8

4 Otras aproximaciones desde las ciencias 10

4.1 Antropología cultural 10

4.2 El análisis socio-cultural 10

5 La reflexión filosófica 12

5.1 La relación sexualidad – persona 12

5.2 El significado inter-personal 12

5.3 El placer sexual 13

5.4 El pudor 14

5.5 La dimensión socio-política 15

5.6 Apertura a la trascendencia 15

6 La sexualidad en la Biblia 16

6.1 Una radical secularización 16

6.2 Una nueva comprensión religiosa 18

7 La reflexión teológica 19

8 El camino de la normativa moral 21

8.1 La ética sexual en la Biblia 21

8.2 El desarrollo de la tradición eclesial 22

9 Teología moral y sexualidad 23

9.1 Criterio de valoración moral de la conducta sexual 23

9.2 Los pecados sexuales 25




MORAL SEXUAL

Notas introductorias


Partimos de una concepción de la moral como un proyecto de vida, es decir, como el desafío de integrar las diferentes tendencias de nuestra naturaleza de modo de orientarlas hacia nuestra realización plena en cuanto personas. Debemos preguntarnos, pues, qué función y significado adquiere nuestra sexualidad en dicho proyecto.
  1. Aproximación al misterio de la sexualidad humana


Comenzamos por una aproximación fenomenológica: cómo se nos manifiesta, o, lo que es igual, cómo percibimos espontáneamente la sexualidad. A continuación, intentaremos una primera definición conceptual.

La sexualidad es un fenómeno que entra en la categoría de misterio: produce en nosotros dos reacciones opuestas, el temor y la fascinación1.


    1. El temor a la sexualidad


Desde siempre la sexualidad ha sido percibida como una realidad poderosa y, por eso mismo, peligrosa. Ese temor se ha expresado, a nivel religioso, en la categoría de tabú: aquello que inspira temor es rodeado de prohibiciones cuya trasgresión produce una «mancha» o «impureza» y genera una sanción automática (pensemos en las prohibiciones vinculadas a la sangre en el Levítico).

En el pensamiento antiguo, esta actitud negativa se expresó en el rigorismo (por ejemplo, en los estoicos, los maniqueos, ciertas corrientes cristianas influidas por ellos). Frente al ideal de la razón y del espíritu, la sexualidad representa el reclamo del cuerpo y de la materia, que priva al hombre de su verdadera dignidad. Es clara la antropología dualista, en sentido espiritualista, que funda esta visión.


    1. La atracción por la sexualidad


En el ámbito religioso, la tendencia opuesta en relación a la sexualidad se manifiesta en el mito: la sexualidad se atribuye a los dioses, como modo de reconciliarse con ella. El hombre, en su actividad sexual, imita a los dioses, comulga con ellos, participa de su actividad fecundante (pensemos en el culto cananeo de la fecundidad).

En el ámbito secular, esta actitud es prolongada a través del hedonismo contemporáneo. La sexualidad es una realidad inofensiva, que no debe ser sometida a otra norma que no sea la de su libre disfrute, so pena de provocar represión y neurosis (W. Reich). Subyace aquí también de una antropología dualista, esta vez de tipo materialista.

No podemos dejar de pensar en el influjo que tiene la vida contemporánea en la visión hedonista de la sexualidad. El hombre que durante todo el día vive oprimido por los mecanismos de la sociedad (que le impone lo que ha de hacer, lo que ha de pensar, lo que ha de consumir, etc.), busca en la actividad sexual un desahogo y una liberación (cfr. Marcusse, El hombre unidimensional2)

    1. La Iglesia ante la sexualidad


En ambos casos, nos hemos encontrado ante un dualismo antropológico, para el cual el sexo es una realidad puramente biológica, temida por los espiritualistas o aceptada sin reservas por los naturalistas. Frente a ellos ¿cuál ha sido la posición de la Iglesia?

Contra ambos dualismos, la Iglesia ha sostenido una antropología unitaria (pensemos en el dogma de la resurrección de la carne). En el contexto de esta visión del hombre, la sexualidad es buena por ser obra de Dios (contra el espiritualismo); pero es una fuerza ambigua a causa de nuestra condición pecadora (contra el naturalismo).

Sin embargo, desde el punto de vista histórico, se ve con claridad la influencia del pesimismo de la cultura griega en relación a este tema (por ejemplo, la preferencia de la virginidad como «castidad perfecta» sobre el matrimonio, como «castidad imperfecta»; lo mismo puede decirse del concepto de «uso del matrimonio»).

En el ámbito de la educación, ello se tradujo sea en un fomento involuntario del erotismo, (exacerbado a través de los silencios, las cosas dichas a medias, es decir, la dialéctica «visto – no visto»), sea en un espiritualismo exagerado que favorece la represión en vez de la integración.

Esta ambigüedad histórica de la Iglesia en relación a la sexualidad humana nos hace comprender la necesidad de realizar un esfuerzo permanente de profundización en sus fundamentos antropológicos en orden a alcanzar una comprensión cada vez más adecuada de un misterio que resiste toda pretensión de objetivación exhaustiva.

Primera parte: Antropología y sexualidad


La antropología sexual, en su tarea de individualizar las estructuras básicas de la sexualidad, no puede prescindir del aporte de las ciencias humanas (biología, sociología, psicología profunda, antropología cultural, etc.), cuyos aportes debe releer y repensar en una perspectiva de conjunto, con el fin de lograr una aproximación fenomenológica comprensiva al misterio de la sexualidad.

Según la Declaración Persona humana3, n.1:

“La persona humana, según los datos de la ciencia contemporánea, está de tal manera marcada por la sexualidad, que ésta es parte principal entre los factores que caracterizan la vida de los hombres. A la verdad, en el sexo radican las notas características que constituyen a las personas, como hombres y mujeres en el plano biológico, psicológico y espiritual, teniendo así mucha parte en su evolución individual y en su inserción en la sociedad.”4

Frente a la visión más tradicional de la sexualidad, reducida a la dimensión genital, este concepto, al tiempo que abarca las raíces biológicas (sexo cromosómico, gonádico, morfológico), tiene presente cómo aquélla permea la totalidad de la persona (plano psicológico y espiritual). Incluso trasciende al individuo para adquirir una dimensión social (el tema de la diferencia de roles sociales, que si bien tiene connotaciones culturales e históricas, no por ello es menos necesaria).

Debemos diferenciar, entonces, entre:

a) Sexualidad general: es todo el complejo de elementos y factores, desde los biológicos hasta aquellos psicológicos y espirituales, que hacen de un individuo humano una persona sexuada, es decir, de sexo masculino o femenino. Es la sexualidad en su conjunto, como dimensión de la persona, uno de los constitutivos de la persona humana concreta.

b) Sexualidad genital: alude a la base biológica y reproductora del sexo, y al ejercicio de los órganos correspondientes.

Esta pluridimensionalidad del fenómeno de la sexualidad hace necesaria una aproximación interdisciplinar a sus diversas dimensiones, construcción que constituye una legítima e ineliminable precomprensión de la palabra de Dios.

La perspectiva de esta exposición acerca de la sexualidad será de carácter hermenéutico, en el sentido de que tomaremos como punto de partida la comprensión que el hombre tiene de sí como ser sexuado, y desde ella interpelaremos la palabra de Dios y la tradición eclesial. De esta “fusión de horizontes” surgirán las líneas de un proyecto capaz de interpretar correctamente las exigencias de la sexualidad humana, y de fundar indicaciones operativas para valorar éticamente las conductas en este ámbito5.




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