Moral sexual



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Conclusiones


El psicoanálisis nos ayuda comprender, en primer lugar, cómo la realización efectiva de los valores morales no es sólo fruto de la libre decisión, sino también la consecuencia de la adquisición de un adecuado equilibrio psicológico. Las frustraciones y complejos no resueltos juegan un rol determinante sobre el obrar humano, sobre todo en el campo de la sexualidad, porque producen una dilatación desmesurada del inconsciente, el cual interfiere profundamente sobre las decisiones del sujeto, incluso sobre aquellas que se pretenden más libres y responsables.

En el contexto de la investigación psicoanalítica, la madurez sexual y personal comporta la renuncia a la pretensión totalitaria del placer, que no reconoce medida ni ley, y al mismo tiempo, la renuncia al perfeccionismo de una moral de tipo narcisista, que persigue la realización de una imagen gratificante de sí, negándose a tomar conciencia de las propias pulsiones. El reconocimiento humilde de tales límites y condicionamientos es la base para la actuación de la libertad y la integración sana y madura de la sexualidad en el proyecto personal de vida.


    1. La sexualidad como comportamiento simbólico


Todo acto humano puede ser simbólico, es decir, que además de su significado objetivo (el que tiene el acto en sí mismo) puede revestir un significado subjetivo, el que el mismo agente le atribuye, no sólo de modo consciente, sino también inconsciente, como consecuencia de conflictos no resueltos. Estos significados subjetivos pueden estar incluso en contradicción con el significado objetivo. Por consiguiente, para interpretar un acto determinado, es importante no limitarse a la consideración de su significado objetivo (o lo que se considera comúnmente tal) y tratar de comprender también si se añaden al primero otros significados, sean conscientes e inconscientes, para llegar en tal caso a una adecuada integración y no conflictividad de estos tres aspectos.26

La sexualidad tiene dos características que hacen de ella una de las áreas más directamente implicadas en el comportamiento simbólico:



  1. Omnipresencia o ubicuidad: el sexo puede servir a muchas necesidades de carácter no sexual;

  2. plasticidad: puede ser estimulado por motivaciones diversas que tienen poco y nada que ver con el sexo como tal.

Ello nos permite entender dos afirmaciones en referencia a la sexualidad:

  1. En razón de la omnipresencia, los comportamientos no sexuales pueden manifestar conflictos sexuales: conductas de manipulación, seducción, exhibicionismo, etc., pueden esconder problemáticas sexuales inconscientes.

  2. En razón de la plasticidad, los comportamientos sexuales pueden tener motivaciones no sexuales: dominación, dependencia, agresividad, compensación de una escasa identidad personal, etc.

Como otros ejemplos de necesidades y sentimientos no sexuales podemos citar: alivio de la tensión, deseo de quedar embarazada, prueba de identidad masculina o femenina, sentirse deseado o competente, defensa contra los sentimientos homosexuales, huida de la soledad y el sufrimiento, dominación, rabia, deseo infantil de protección, etc.

La medida en que la sexualidad promueve la humanización depende del significado subjetivo que le da la persona. Por ejemplo, las relaciones sexuales en búsqueda de la positividad del propio yo. Siendo el conflicto inconsciente, se está dando al acto sexual una función que no le pertenece. Por ello, el problema permanece, y más aún, se instaura un proceso repetitivo que con el tiempo agrava las dificultades.

En conclusión, para poder interpretar el significado de los comportamientos sexuales de una persona, es preciso ponerlos en relación con su existencia y su personalidad. La relación sexual expresa una dinámica que se realiza fuera y antes de ella. Es la dinámica psíquica interna e interpersonal y el grado de madurez lo que determina las características de la vida sexual. Por lo tanto, no es la actividad genital la que produce la maduración del sujeto, sino a la inversa: su grado de madurez se expresará en su vida sexual.

    1. Los problemas sexuales. Conductas compulsivas


De lo dicho concluimos que la sexualidad es una variable consecuente, no antecedente: es el efecto y el medio de expresión más que la causa de los conflictos psicológicos. De ahí que, para determinar la naturaleza de los problemas sexuales es preciso ir del efecto (sexualidad) a la causa (personalidad en general: necesidades, actitudes, valores, defensas, emociones, etc.).

Por lo mismo, es claro que la solución de la debilidad sexual (conducta exterior) no implica necesariamente la resolución del problema sexual en cuanto problema de personalidad: puede haber una sustitución del síntoma, mientras persisten los signos del problema de fondo: agresividad, intolerancia, dependencia infantil, etc.

Se puede, por ejemplo, buscar disminuir la tensión a través de una satisfacción compensatoria, que produce la ilusión de haber resuelto el problema. También se puede cambiar el objeto o instrumento para obtener la disminución de tensión: ya que el instrumento sexual es problemático (produce culpa, crisis de autoestima, temor al castigo, etc.), se desplaza a otros instrumentos (por ejemplo, represión incondicionada de los sentimientos, rigidez, voluntarismo, etc.). Con ello no se hace otra cosa que transferir el problema sexual a otras áreas de la vida cotidiana.

Un tema particularmente importante es el de las conductas denominadas compulsivas. Para comprender este concepto es preciso no confundir consciente con voluntario. Es posible que alguien tenga plena advertencia de la propia conducta y, sin embargo, no pueda evitarla.27

La compulsividad de la que nos habla la moderna psicología prolonga la intuición de teólogos moralistas de los siglos pasados que hablaban de “malos hábitos” y de “reincidentes” (utilizadas, por ejemplo, por San Alfonso, en referencia a los homosexuales, bajo determinadas condiciones).

Lo relevante es determinar cuándo una conducta es globalmente compulsiva, para no encerrar a la persona en deberes imposibles ni someterla a falsos discursos acerca de la misericordia de Dios.

Hablamos de conductas “globalmente” compulsivas, ya que el sujeto puede experimentar que, a pesar de sus fuertes condicionamientos, algunos pasajes al acto podrían haber sido evitados. Esto no impide que, de un modo general, su conducta pueda ser calificada de tal.

A fin de efectuar esta determinación, es importante situar las dificultades sexuales dentro de un cuadro clínico más vasto: “estas dificultades, ¿son mal asumidas? ¿Se inscriben dentro de una historia de vida muy atormentada? ¿Hay en el sujeto otros síntomas que los sexuales: angustias, insomnios, miedos relacionales, deseos de morir? La conducta del sujeto, ¿es degradante para otras personas?”28

Se puede presumir la existencia de compulsividad cuando la persona ha ensayado con seriedad los medios clásicos del combate espiritual: oración asidua, vida sacramental profunda, apertura a un director espiritual, don real de sí a los otros, ascesis seria, voluntad de romper el círculo de la soledad, y no ha logrado resultados.




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