Moral sexual



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PH 9.4.

184 Cf. M. Farley, Just Love, 280-281.

185 El DSM-I (1952), clasificaba la homosexualidad como una desviación sexual dentro de la categoría general de “alteración sociopática de la personalidad”. El DSM-II (1968) la mantenía como desviación, pero bajo el rótulo de “trastornos de personalidad”, clasificación que continuó hasta 1973. En la misma línea del DSM-III, la ONU eliminó la homosexualidad como trastorno mental el 17 de mayo de 1990.

186 Para este tema, seguimos a B. Kiely, La cura pastorale delle persone omosessuali, 6.

187 A. Cencini, Por amor, 922.

188 La misma estadística en R. Barnhouse, Homosexuality: A Symbolic Confusion, 95. Según otros estudios, los homosexuales irreversibles no serían más del 4%, cf. A.C. Kinsey y otros, Il comportamento sessuale dell’uomo, Milano 1967, citado por A. Cencini, Por amor, 925.

189 Cf. C. Domínguez Morano, “El debate psicológico sobre la homosexualidad”, 94.

190 Cf. A. Cencini, Por amor, 925.

191 Cf. A. Cencini, Por amor, 930.

192 Cf. I. Bieber – T.B. Bieber, “Male Homosexuality”, Canadian Journal of Psychiatry, 24 (1979) 409-421.

193 Cf. R.T. Barnhouse, “Homosexuality: a symbolic confusion”, Seabury Press, New York, 1977.

194 Cf. E. Moberley, «Homosexuality: Structure and evaluation», Theology 83 (1980) 178.

195 Es ampliamente reconocida la menor durabilidad que en general muestran las parejas homosexuales, la mayor conflictividad y neurotización, así como la mayor propensión a la promiscuidad, cf. C. Domínguez Morano, “El debate psicológico sobre la homosexualidad”, 19-23, 76-77, citando un estudio de P. Bell – M.S. Weinberg, Homosexualidades. Informe Kinsey, Madrid 1979.

196 La misma idea está expresada en CEC 2335.

197 La Carta hace referencia con esta expresión a las catequesis que sobre el tema desarrolla Juan Pablo II desde la audiencia del 9-1-1980.

198 Se trata de una de las tantas prohibiciones relativas a la conducta sexual atribuida a los pueblos paganos y a su religiosidad idolátrica, cf. X. Thévenot, Homosexualités masculines, 221-224.

199 Recordemos que la identidad moral del acto no se define en primer lugar por las motivaciones, sino por su significado objetivo o estructura intencional, cf. supra, 10.1.2.

200 Cf. PH 8; CEC 2358.

201 Cf. En tal caso, la prohibición de actuar la propia inclinación sería contradictoria, de acuerdo al principio agere sequitur esse, cf. B. Williams, “Homosexuality”, 265.

202 Cf. B. Williams, “Homosexuality”, 265-269.

203 X. Thévenot, “Les homosexualités”, 352.

204 Sagrada Congregación para la doctrina de la fe, Algunas consideraciones sobre la respuesta a propuestas de ley sobre la no discriminación de las personas homosexuales (1992), 10 (en adelante, DPH). Este texto, dirigido a los obispos de Estados Unidos, brinda criterios para los obispos locales y Conferencias nacionales para responder a propuestas de ley relativas a la no discriminación de las personas homosexuales.

205 Cf. DPH, 11.

206 Cf. DPH, 12.

207 Cf. DPH, 14.

208 “La vida en pareja que, en abstracto, parece ser la solución al problema planteado, demuestra no serlo la mayoría de las veces, en lo concreto”, X. Thévenot, Homosexualités masculines, 293; cf. ibid. 277-281. El autor (ibid. 288) recuerda un adagio de J. Lacan: allí donde viene a faltar la carencia (cf. supra 2.4.4) surgen la angustia y la agresividad excesivas. Ello explica el grado de sufrimiento que normalmente acompaña estas relaciones.

209 Cf. X. Thévenot, Homosexualités masculines, 281-283.

210 Muchos homosexuales que niegan que su orientación sea reversible están resistiendo una toma de conciencia que amenazaría su aceptación complaciente de la propia identidad gay, cf. R. Barnhouse, Homosexuality: A Symbolic Confusion, 109.

211 Cf. FC 34.4; supra 11.4.6.

212 El mecanismo habitual de la fobia consiste en hacer recaer sobre el mundo externo la angustia que una moción pulsional inspira, pero que es vivida como un peligro originado en el exterior. Esta interpretación proyectiva puede motivar la adhesión a grupos proselitistas porque brinda seguridad, de la cual el sujeto está carente, cf. T. Anatrella, “Omosessualità e omofobia”, 685-697.

213 Cfr. B. Williams, «Homosexuality: The New Vatican Statement», Theological Studies 48 (1987) 259-277, 270. El autor señala en el documento sobre el Cuidado pastoral de las personas homosexuales una dureza excesiva e indiscriminada frente al movimiento gay, con alguna expresión notablemente desafortunada como nº 10.2.

214 Cf. E. López Azpitarte, Ética de la sexualidad y del matrimonio, 285-288; id, Amor, sexualidad, 167-170; M. Vidal, Moral de actitudes, II.2, 433-435.

215 Cf. E. López Azpitarte, Ética de la sexualidad y del matrimonio, 293-294; id, Amor, sexualidad, 173. M. Vidal, Moral de actitudes, II.2, 435-439.

216 Cf. M. Vidal, Moral de actitudes, II.2, 433-435.

217 Para Vidal, sería apropiado que el noviazgo tuviera una forma institucional propia, orientada hacia el matrimonio (forma “progresiva”). Dada dicha forma, las relaciones durante el noviazgo podrían considerarse lícitas, cf. M. Vidal, Moral de actitudes, II.2, 438-439.

218 Cf. E. López Azpitarte, Ética de la sexualidad y del matrimonio, 288-290; id, Amor, sexualidad, 170.

219 Pero hay que reconocer la existencia de situaciones-límite, es decir, situaciones de grave y prolongada dificultad (o incluso, imposibilidad) de acceder al matrimonio por motivos principalmente socio-económicos (por ej., inestabilidad o precariedad laboral, insuficientes ingresos, problemas de vivienda, etc.). Tales casos podrían implicar una modificación del contexto ético de la conducta analizada, puesto que ya no estaríamos ante un rechazo más o menos culpable de la forma legal, que sería positivamente querida pero inaccesible en la práctica por motivos exteriores a las partes. En casos así, sería la sociedad la que falla en su deber de brindar las condiciones para que un amor que alcanza su madurez pueda institucionalizarse adecuadamente, evitando así que muchas parejas se vean privadas de la posibilidad de un ejercicio efectivo de sus derechos. Para una profundización de este tema, cf. G. Irrazábal, “Reflexiones sobre el método moral en Persona Humana”, 443-444.

220 J. Noriega, El destino del Eros, 216-220.

221 Vidal ubica este argumento entre los que considera “insuficientes”, por partir de “una visión antropológica ya superada de la sexualidad humana”, M. Vidal, Moral de actitudes, II.2, 430-431. Sin duda no se trata del principal argumento, pero tampoco se puede prescindir de él. La responsabilidad por las consecuencias de los propios actos es un principio moral insoslayable.

222 Cf. G. Piana, Orientamenti di etica sessuale, 353.

223 Esta orientación expresa, con un alcance más general, la exhortación de FC 81 referida a los países pobres: “Dado que en muchas regiones, a causa de la extrema pobreza derivada de unas estructuras socio-económicas injustas o inadecuadas, los jóvenes no están en condiciones de casarse como conviene, la sociedad y las autoridades públicas favorezcan el matrimonio legítimo a través de una serie de intervenciones sociales y políticas, garantizando el salario familiar, emanando disposiciones para una vivienda apta a la vida familiar y creando posibilidades adecuadas de trabajo y de vida.”

224 Cf. G. Piana, Orientaciones, 360; M. Vidal, Moral de actitudes, II.2, 438-440.

225 Resumo en este punto un breve estudio de mi autoría, cf. G. Irrazábal, “Convivencia ad experimentum en Familiaris consortio”.

226 Tal es así, que algunos autores prefieren hablar de convivencia o cohabitación “nupcial”, más que “prematrimonial” (término que abarca casos en que la orientación al matrimonio no es tan marcada), cf. T. Salzmann, The Sexual Person, 193.

227 Cf. M. Legrain, Mariage chrétien, modele unique? Questions venues d’Afrique, Chalet, Paris 1978, 72-70.

228 Cf. T. Salzmann, The Sexual Person, 197-201, citando como bibliografía, en otros, a J. Remy, “The Family: Contemporary Models and Historical Perspectiva”, en: The Family in Crisis or Transition, ed. Andrew Greeley, Concilium 121 (1979); L. Stone, The Family, Sex, and Marriage in England: 1500-1800, Londres, 1979. También M. Vidal, Moral de actitudes, II.2, 425-429.

229 Así lo propone T. Salzmann, The Sexual Person, 201-207, citando en su apoyo la obra de A. Thatcher, Marriage after Modernity: Christian Marriage in Postmodern Times, Sheffield, U.K., 1999.



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