Moral sexual


Valoración de los llamados “actos parciales”



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Valoración de los llamados “actos parciales”


Si consideramos que la relación de amor entre un hombre y una mujer es una realidad que crece y se desarrolla progresivamente en el tiempo, el gesto sexual debe ser valorado sobre la base de su capacidad para expresar en modo coherente el nivel de maduración del encuentro. Es diverso el significado de un gesto sexual realizado por dos personas que están recién en una etapa inicial de conocimiento recíproco, respecto al significado del mismo gesto cumplido por dos novios entre los cuales existe una comunión de sentimientos profundos y una seria decisión de querer vivir juntos y para siempre, aunque esa decisión no haya sido aún convertida en pública a través del matrimonio.

Decir que el significado es diverso, no significa por eso mismo legitimar este tipo de actos (“parciales”), ni menos aún el uso completo de la sexualidad en el noviazgo, sino sólo subrayar la exigencia de un juicio articulado con relación a los actos parciales o limitados, que adquieren un valor diverso según el momento de crecimiento de la relación y del significado que les es atribuido por los novios222.


Orientaciones pedagógico-pastorales


Es claro que no basta proclamar abstractamente la ilicitud de las relaciones prematrimoniales. Es necesario crear las condiciones para que esta normativa pueda ser vivida de un modo humano y positivo:

  1. En el terreno cultural es preciso crear las condiciones para la superación de la concepción privatizada del sexo, que lamentablemente tiene hoy una amplia difusión (cf. supra 5.2). El amor no es un hecho puramente privado frente al cual la sociedad no tiene nada que decir. Es preciso ayudar a tomar conciencia de la trascendencia social del amor, y a revalorizar el significado de la institución matrimonial.

  2. Esto, sin embargo, no basta. El problema de las relaciones prematrimoniales debe ser inscripto en el contexto más amplio de la educación a la sexualidad, con el aporte de las familias y de las estructuras sociales. Debe ser propuesto de un modo renovado el valor de la castidad, no como frustración de legítimas exigencias, sino como renuncia a la expresión inmediata de los instintos en vista a la adquisición de un modo más auténtico de vivir el encuentro con el otro en la donación de sí.

  3. Tanto en el terreno eclesial como en el social, debe buscarse la eliminación de los obstáculos y la creación de condiciones positivas que favorezcan el crecimiento del amor y su orientación hacia el matrimonio. La coincidencia entre la plena maduración de la relación entre los novios y la elección del matrimonio a menudo se torna difícil a causa de las condiciones injustas de la sociedad actual (por ej., el desempleo, la inestabilidad económica, la dificultad del acceso a la vivienda, etc.)223.

  4. Un modo de des-dramatizar este problema y de hacer accesible el cumplimiento de la norma moral, es el de restituir al noviazgo su dignidad civil y eclesial, y en este último ámbito, pensar en una espiritualidad que cualifique este tiempo decisivo de la existencia humana224.
  1. Convivencia prematrimonial


En el caso de novios cuyas relaciones íntimas se insertan en el contexto de un proyecto compartido, que se orienta, en el corto o mediano plazo, hacia el matrimonio, hoy en día es cada vez más frecuente que ambos decidan iniciar una convivencia estable more uxorio (como la conyugal), que tiene sus formas de celebración y expresión social, y que recibe creciente reconocimiento en nuestra cultura225. En estos casos, las relaciones prematrimoniales adquieren la forma de lo que FC 80 denomina “matrimonio a prueba o experimental”, enumerándolo entre las “situaciones irregulares”, cuya difusión acarrea un importante perjuicio a la familia y a la sociedad (FC 79).
    1. Amor “a prueba” y amor conyugal


Superando una perspectiva puramente afectiva o psicológica, y situándonos en el plano intencional, es claro que el carácter experimental de este tipo de unión ya de por sí resulta incompatible, desde el punto de vista antropológico, con la dignidad de las personas, que exige que las mismas sean siempre y únicamente término de un amor de donación, incondicional e irrevocable (cf. supra, 14.4).

Este argumento gana fuerza y plausibilidad cuando se considera de qué manera resulta corroborado por la experiencia. Es conocido el fenómeno del estrés provocado por la necesidad de gustar y convencer a la persona amada, que no termina de darse, y que podría interrumpir la convivencia en cualquier momento, así como la humillación que ese ejercicio cotidiano provoca; el sentimiento de inseguridad que se genera ante los conflictos propios de la convivencia, que sin un marco institucional estable, pueden llevar con facilidad a la ruptura; la angustia ante la posibilidad de tener un hijo no buscado, que podría cambiar o precipitar los planes de futuro, etc. Y como es fácil de comprender, la mujer se encuentra normalmente en una posición más vulnerable que el varón, sea en la misma convivencia como ante su eventual fracaso.



Para quienes son creyentes, este mismo argumento puede ser asumido e integrado en una visión específicamente cristiana. Se trata de aquellos “motivos ulteriores y originales derivados de la fe” (FC 80.2).

  1. En primer lugar, es preciso comprender la necesidad de la gracia para realizar plenamente el sentido de la sexualidad. En efecto, el camino de la castidad, como camino de maduración en el dominio de sí al servicio de la comunión en la plena e irrevocable donación de sí, es un itinerario que pasa por “grados marcados por la imperfección y, muy a menudo, por el pecado” (CEC 2343). Para que tal donación pueda realizarse con plena verdad, se requiere por lo tanto, el concurso del amor de caridad dado por Cristo (ibid.). Este amor va disponiendo a los novios que cultivan su vínculo en la fe y la fidelidad a los mandamientos, y es recibido por los contrayentes en el sacramento del matrimonio. La convivencia prematrimonial, en cambio, implica prescindir de la gracia sacramental, lo cual no puede dejar de afectar la verdad de dicho vínculo.

  2. En segundo lugar, el matrimonio entre dos bautizados es el símbolo real de la unión de Cristo con la Iglesia, unión no temporal o ad experimentum sino eternamente fiel. La convivencia prematrimonial entre bautizados, aunque se trate de creyentes que a su manera practican su fe, que oran y participan en diferentes grados del culto y de la vida de sus comunidades, nunca puede en sí misma ser expresión del amor de Cristo, lo cual sólo es posible a través del matrimonio sacramental e indisoluble.



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