Moral sexual



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Situaciones irregulares


La Iglesia ha permanecido fiel al mensaje evangélico sobre el matrimonio y se ha esforzado sin cesar hasta nuestros días en proteger la comunidad irreversible del hombre y de la mujer. Pero, como el poder del pecado continúa operando, incluso entre los cristianos, ella nunca ha dejado de preguntarse cómo permanecer fiel a la palabra y al ejemplo de Jesús y, al mismo tiempo, testimoniar la misericordia de Dios con respecto a personas que han vivido una ruptura en su matrimonio165. Esto nos lleva al problema de las llamadas situaciones irregulares.
      1. Concepto


El matrimonio entre bautizados es un sacramento, y está sometido a las normas de la Iglesia para su validez (en la legislación vigente, el cumplimiento de la forma)166. Las situaciones de convivencia (more uxorio, como la conyugal) que no se atienen a la ley canónica son denominadas situaciones irregulares.

Recibe el nombre de “irregular”, desde el punto de vista canónico, aquella situación de vida marital de un fiel católico que, presentando elementos de estabilidad pública o notoria, no ha sido (o no puede ser) reconocida como válida por las legítimas autoridades de la Iglesia y, por tanto, no manifiesta la dimensión eclesial de la unión conyugal de los bautizados, estando en contraste público con las enseñanzas de Cristo y de su Iglesia sobre el matrimonio167.

Con este término se indican diferentes tipos de situaciones: matrimonios a prueba, uniones libres de hecho, católicos unidos con mero matrimonio civil, separados y divorciados no casados de nuevo, y divorciados casados de nuevo (cf. FC 79-84). Como se puede apreciar, entre las diversas situaciones irregulares existen diferencias sustanciales: no es lo mismo, por ej., una unión libre de hecho, caracterizada por la precariedad, que un matrimonio civil entre bautizados, que supone un compromiso estable y la disposición a asumir las obligaciones de ese estado (cf. FC 82).

Por otro lado, es claro que el magisterio ha preferido este encuadre amplio, de carácter jurídico, para marcar la diferencia entre el aspecto canónico y el de la responsabilidad personal. Esto resulta aún más claro si se tiene en cuenta que, yendo más allá del concepto canónico que hemos citado, el magisterio incorpora el supuesto de los separados y de los divorciados que no contraen nuevas nupcias (FC 83), que pueden encontrarse en tal situación sin culpa alguna de su parte, y cuya decisión de no contraer una nueva unión se convierte en un importante testimonio de “fidelidad y coherencia cristiana” (ibid.).

Tras estas aclaraciones preliminares, concentraremos nuestra atención en el tema de los divorciados y vueltos a casar.

      1. Magisterio


El Sínodo de la familia (1980) confirmó la práctica de la Iglesia de excluir a los divorciados y vueltos a casar de la comunión sacramental a menos que “se abran con un corazón sincero a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del sacramento del matrimonio”168 . Al mismo tiempo se aconsejaba “un nuevo y más profundo estudio a este respecto, teniendo en cuenta igualmente la práctica de la Iglesia de oriente, a fin de poner mejor en evidencia la misericordia pastoral”169.

La Familiaris consortio no recogió esta última propuesta de estudiar más profundamente la praxis oriental, y precisó la “forma de vida” compatible con la indisolubilidad del matrimonio, a la que hizo referencia el Sínodo del siguiente modo: “cuando el hombre y la mujer, por serios motivos – como por ejemplo, la educación de los hijos – no pueden cumplir con la obligación de la separación, asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea, de abstenerse de los actos propios de los esposos” (FC 84). Se trata, pues, de “vivir como hermanos”.

Los motivos expresados por el texto para mantener la prohibición de acceder a la comunión sacramental en estos casos son dos:


  • tal situación está en contradicción objetiva con la unión de amor de Cristo con la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía;

  • además, desde el punto de vista pastoral, la admisión de estas personas a la Eucaristía podría inducir a muchos fieles a la confusión o al error acerca de la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio.

Siendo estos los fundamentos, no resulta claro el por qué de la admisión a la Eucaristía de aquellos que “viven como hermanos”. Por un lado, aunque quienes se han vuelto a casar vivan de este modo, siguen unidos en un matrimonio contrario a las leyes de la Iglesia, que destruye el simbolismo de la unión de Cristo con la Iglesia. En segundo lugar, los demás no conocen su situación íntima, por lo cual no se ve cómo se evitaría de esta manera el peligro de escándalo.

Al mismo tiempo, sin embargo, se los invita a participar en la vida de la Iglesia. Al respecto, se pide a los pastores que:

“ (…) ayuden a los divorciados, procurando con solícita caridad que no se consideren separados de la Iglesia, pudiendo y aun debiendo, en cuanto bautizados, participar en su vida. Se les exhorte a escuchar la Palabra de Dios, a frecuentar el sacrificio de la Misa, a perseverar en la oración, a incrementar las obras de caridad y las iniciativas de la comunidad en favor de la justicia, a educar a los hijos en la fe cristiana, a cultivar el espíritu y las obras de penitencia para implorar de este modo, día a día, la gracia de Dios. La Iglesia rece por ellos, los anime, se presente como madre misericordiosa y así los sostenga en la fe y en la esperanza.” (FC 84; SC 29).

Como se ve, las personas que se encuentran en tal situación no están “excomulgadas” es decir, totalmente excluidas de la comunidad cultual y sacramental. Siguen teniendo una comunión real, aunque imperfecta con la Iglesia, y reciben por su intermedio la gracia de Dios. Por ello, pueden participar realmente de la vida de la vida eclesial, aunque con limitaciones, ya que no pueden “ejercitar ciertas responsabilidades eclesiales”170 (por ej., catequistas, ministros de la liturgia, padrinos, miembros de consejos pastorales, etc.).


      1. Discernimiento de situaciones


El n. 84 establece un criterio de gran importancia: “los pastores, por amor a la verdad, están obligados a discernir bien las situaciones”. Y continúa:

“En efecto, hay diferencia entre los que sinceramente se han esforzado por salvar el primer matrimonio y han sido abandonados del todo injustamente, y los que por culpa grave han destruido un matrimonio canónicamente válido. Finalmente están los que han contraído una segunda unión en vista a la educación de los hijos, y a veces están subjetivamente seguros en conciencia de que el precedente matrimonio, irreparablemente destruido, no había sido nunca válido.”

Ya habíamos dicho que es preciso diferenciar entre tipos de situaciones irregulares. También dentro del supuesto de los divorciados y vueltos a casar es preciso distinguir una variedad de supuestos, que revisten muy distinto grado de gravedad objetiva y de culpabilidad subjetiva171.

¿Cuál es el alcance concreto de esta directiva de “discernir bien”? ¿Se trata simplemente de un criterio para el acompañamiento pastoral de estas uniones, o se podría fundar en ella una solución más matizada con relación al acceso a la comunión sacramental?

Esta última fue la interpretación que el 10 de julio de 1993 adoptaron los obispos alemanes de la provincia eclesiástica del Rin superior, O. Seier, K. Lehmann y W. Kasper, en una Carta pastoral relativa a este tema172.

En dicho documento estos obispos afirman que la búsqueda de un tratamiento diferenciado de situaciones que pide FC 84 no puede interpretarse en el sentido de una admisión general, formal y administrativa a la comunión sacramental, porque ello oscurecería la fidelidad de la Iglesia en relación a la indisolubilidad del matrimonio. Menos aún sería aceptable una admisión unilateral por parte del ministro. Pero sí se considera adecuado que, en el diálogo con un sacerdote competente y experimentado en el tema, tengan las parejas la oportunidad de un discernimiento, al cabo del cual puedan sentirse en conciencia autorizadas para comulgar (n.4). A este efecto, se enumeran algunos criterios de discernimiento (n.3).



El 15 de octubre de 1994 la Congregación para la Doctrina de la Fe hizo público un documento que desautorizaba la referida pastoral173. Sus afirmaciones principales son las siguientes:

  • Los divorciados que se han vuelto a casar civilmente están en una situación que contradice objetivamente la ley de Dios y por consiguiente no pueden acceder a la comunión sacramental mientras persista esta situación. No se trata de un castigo o una discriminación, sino de la expresión de una situación objetiva que hace imposible el acceso a la comunión eucarística (n.4).

  • Si bien FC 84 recuerda a los pastores el deber de discernir bien las situaciones, la estructura del documento pontificio y el tenor de sus palabras dejan entender claramente que la praxis de no admitir en ningún caso a la comunión eucarística a los divorciados vueltos a casar no puede ser modificada fundándose en dicho discernimiento (n.5).

  • El recurso a la convicción y la conciencia personal es inadmisible en este tema, ya que el matrimonio tanto desde el punto de vista sacramental como civil es una realidad pública (n.7). Por lo tanto, el juicio de conciencia sobre la propia situación matrimonial no se refiere únicamente a una relación inmediata entre el hombre y Dios, que pueda dejar de lado la mediación eclesial (n.8).

  • En relación a quienes están subjetivamente convencidos en conciencia de la nulidad del anterior matrimonio, se afirma que dicha situación no basta para convalidar la nueva unión: la nulidad matrimonial debe ser discernida por la vía del fuero externo, siendo este tema competencia exclusiva de los tribunales eclesiásticos (n.9).

En respuesta, los obispos arriba mencionados publicaron, en octubre de 1994, el texto alemán de la Carta de la Congregación, acompañado por una segunda carta contextual: Carta a las mujeres y hombres activos a tiempo pleno en el cuidado pastoral en las diócesis de Freiburg i.Br., Mainz, Rottenburg-Stuttgart. En dicho documento los obispos afirman coincidir en los puntos fundamentales con el documento de la Congregación. Recalcan que su perspectiva no es la de la posibilidad de admitir a la comunión a los divorciados vueltos a casar, sino de tolerar su acercamiento subjetivo en determinadas condiciones. Pero, dado que “algunas afirmaciones contenidas en nuestra Carta pastoral (...) no son aceptadas a nivel de la Iglesia universal por el documento de la Congregación para la doctrina de la fe (...) ellas no pueden ser una norma vinculante para la acción pastoral” (subrayado nuestro). En una palabra, los obispos, expresando su acuerdo doctrinal con el documento, dejan a salvo la propia autonomía pastoral. El hecho de que Roma haya aceptado de hecho esta solución, significa que la misma es lícita en las diócesis del norte del Rin, aunque no pueda aplicarse en las demás iglesias locales. Se sienta así un precedente cuyos alcances últimos son todavía difíciles de precisar174.

Una mención especial merece la invocación de la epiqueya como argumento para admitir a la Eucaristía en ciertas situaciones a divorciados y vueltos a casar175. La necesidad de la epiqueya surge del hecho de que las normas, habiendo sido redactadas para abarcar la generalidad de los casos, pueden no adaptarse a la infinita variedad de las situaciones concretas. Por lo tanto, el cumplimiento de los objetivos de la ley requiere, algunas veces, apartarse de su tenor literal. Este razonamiento, sin embargo, tiene su ámbito adecuado en el orden jurídico. Ahora bien, el magisterio insiste en que la prohibición que estamos estudiando no es una mera disposición legal, una regla disciplinaria de la Iglesia, sino que se trata de una imposibilidad que se deriva de la misma situación de aquellos que están divorciados y vueltos a casar, situación que es objetivamente incompatible con el sentido del sacramento. No es la Iglesia la que se los prohíbe: “son ellos los que no pueden ser admitidos” (FC 84).

Si bien es cierto que la diferenciación de situaciones puede interpretarse de modos que van más allá de la intención de la FC 84, fallando por exceso, también es posible caer en interpretaciones que ignoran las diferencias, fallando por defecto.

En este sentido, el Card. J. Medina Estévez, en un estudio sobre el tema176, equipara “situación irregular” a “pecado grave objetivo”, calificándolo como “situación adulterina”, que “se asemeja a la idolatría”. De esta manera, termina Medina Estévez equiparando las diversas situaciones hasta hacer sus diferencias irrelevantes. Es necesario notar que las palabras “pecado”, “grave” y “adulterio” no son términos que describan las situaciones irregulares en la FC y en la Carta que hemos comentado. Es cierto que el Catecismo los utiliza en el n.2384 al referirse al divorcio, pero qué casos contempla puede verse claramente en el n.2385, mientras que el n.2386 recuerda la “diferencia considerable” que existe entre el cónyuge injustamente abandonado y aquél que por causa grave destruye su matrimonio.

Ciertamente, como recuerda Medina Estévez, la “irregularidad” no tiene un significado meramente jurídico, pero tampoco el significado moral unívoco que él le asigna: sin duda se recurre a este concepto como una categoría amplia capaz de abarcar supuestos de muy distinta gravedad, diferenciación que se tornaría ociosa si el término “irregularidad” fuera un mero eufemismo para referirse al pecado grave.

El tema de si el c. 915 del CIC que excluye de la eucaristía a quienes estén en “manifiesto pecado grave”, se refiere también a los divorciados y vueltos a casar, es actualmente discutido. Ciertamente, los órganos competentes para la interpretación oficial del CIC de 1983 así lo entienden. En todo caso, a mi juicio la expresión en cuestión debe interpretarse en sentido puramente objetivo (pecado objetivo o material), único modo de hacer lugar a la diferenciación de situaciones, y a los diferentes grados de responsabilidad subjetiva.

Por otra parte, ya en el Código pío-benedictino (1917) la figura del divorciado vuelto a casar (c.2356) era distinguida de la del concubino y la del adúltero, que eran tratados en un canon aparte (c.2357)177. Es claro que el magisterio actual es cuidadoso de evitar tal identificación.

        1. Parte III: Algunas dificultades sexuales particulares




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