Moral sexual


La indisolubilidad matrimonial



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La indisolubilidad matrimonial


Hemos visto que el matrimonio se define como “una íntima comunidad conyugal de vida y de amor” que se funda en la “alianza” entre los cónyuges, es decir, “en su consentimiento personal e irrevocable”146. Esa íntima unión, como mutua entrega de los esposos, así como el bien de los hijos, “exigen la plena fidelidad conyugal y urgen a la indisoluble unidad”147. Esta indisolubilidad se refuerza en el matrimonio sacramental, en el cual el genuino amor conyugal es asumido en el amor divino, en orden a la mutua santificación y glorificación de Dios a través de su misión conyugal y familiar. Por otro lado, la Iglesia se ha considerado siempre facultada para disolver matrimonios en ciertos supuestos. ¿Cómo explicar esta aparente contradicción? ¿Cuál es la lógica que subyace a la praxis eclesial?

Por otro lado, el hecho de que el matrimonio cristiano esté llamado a ser signo vivo del amor de Cristo por su Iglesia (Ef 5,25), y cuente con la gracia de Dios para ello, no impide que pueda eventualmente fracasar, dando lugar a situaciones que hacen insostenible la vida en común. Cuando ello sucede, ¿tiene sentido exigir el mantenimiento de una fidelidad puramente jurídica? Las actuales condiciones culturales (por ej., la disminución de la presión religiosa; el debilitamiento de las instituciones, etc.) y socio-económicas (por ej., la mayor independencia económica de la mujer), favorecen en tales casos la idea de la disolución del vínculo. ¿Es posible sostener la indisolubilidad y al mismo tiempo dar respuesta a los casos en que el matrimonio en los hechos ha quedado destruido (eversus, cf. FC 84)?


      1. Tipos de indisolubilidad


Para responder a estas cuestiones, es necesario ante todo precisar la terminología. Para comenzar, deben distinguirse dos tipos de indisolubilidad, a saber:

  • Intrínseca: Consiste en que para la disolución del vínculo no sea suficiente el consentimiento mutuo. La razón reside en que los esposos han contraído su vínculo comprometiéndose delante de la sociedad, y asumiendo un conjunto de derechos y deberes cuyo cumplimiento es necesario para el bien común. Esta indisolubilidad es, pues, de derecho natural.

  • Extrínseca. Se verifica cuando el vínculo no puede ser disuelto por parte de la autoridad. Esto no puede considerarse como una exigencia del derecho natural.

De hecho, la Iglesia ha entendido desde el principio que el matrimonio, si bien es intrínsecamente indisoluble, no lo es en un sentido extrínseco, ya que siempre se ha considerado con autoridad para disolver ciertos matrimonios:

  • Privilegio paulino. Se aplica al caso de un matrimonio entre dos no bautizados, cuando uno de ellos se convierte a la fe, y el otro no quiere seguir cohabitando pacíficamente. En este supuesto se permite que el cónyuge bautizado se separe del no bautizado y contraiga nuevo matrimonio, caso en el cual el anterior queda disuelto.

San Pablo se refiere a esta situación en 1Cor 7,12-16, aunque sin mencionar la posibilidad de un nuevo matrimonio148. La Iglesia, sin embargo, ha interpretado este texto en el sentido indicado (aunque, significativamente, jamás lo ha invocado expresa y directamente como fundamento de este privilegio).

  • Privilegio petrino. Se refiere a otros supuestos de disolución extrínseca del vínculo en casos de matrimonios no sacramentales149, como respuesta a problemáticas características de zonas de misión u otras situaciones en las que el Pontífice puede decidir dicha disolución del vínculo a favor de la fe.150

Resulta claro, entonces, que la Iglesia no entiende la indisolubilidad extrínseca del matrimonio como una exigencia que brote de la razón o de la revelación.
      1. Indisolubilidad absoluta del matrimonio rato y consumado


Sin embargo, existe un supuesto de indisolubilidad absoluta del vínculo:
Entre bautizados, “el matrimonio rato y consumado no puede ser disuelto por ningún poder humano ni por ninguna causa fuera de la muerte”151
“rato”: medió la manifestación de consentimiento

“consumado”: los cónyuges han realizado de modo humano el acto conyugal apto de por sí para engendrar la prole (CIC 1061)

¿En qué fundamento se apoya esta doctrina?

1) ¿En la argumentación ética?

Se podría hacer referencia al mal social del divorcio vincular, el daño a la institución familiar, las consecuencias negativas para los hijos, etc.152 Sin embargo, la misma argumentación podría aplicarse a los matrimonios separados, o disueltos por potestad de la Iglesia. En rigor, dichos argumentos sólo sirven contra el permisivismo.

2) ¿En la Sagrada Escritura?

El Evangelio presenta en este punto una gran dificultad: mientras que Lc 16,18 es terminante en la afirmación de la indisolubilidad, Mt 5,32 y 19,9 incluye una aparente cláusula de excepción: “salvo en caso de pornéia”.

En la Iglesia occidental se ha entendido que no se trata, en sentido propio, de una excepción a la indisolubilidad. De otro modo, si Jesús se limita a repetir la doctrina del AT, no se explica la sorpresa de los apóstoles ante sus palabras, ni la ubicación de este texto en el Sermón de la Montaña donde Jesús formula una serie de contraposiciones entre la justicia nueva y la justicia antigua153.

Para fundar esta posición, es preciso resolver la difícil cuestión del significado del término pornéia y de la cláusula que lo menciona. Algunos pornéia sería sinónimo de moichéia (adulterio), y han interpretado esta cláusula como autorización, en caso de adulterio, para la separación sin nuevo matrimonio (cf. S. Jerónimo y S. Tomás154, aunque en el derecho hebreo no existía esta institución). Otros identifican pornéia con el término hebraico zenût referido a las uniones ilegales condenadas en el Levítico 18, pero que eran permitidas por la casuística judaica para paganos conversos155. También se ha pretendido entender la cláusula en un sentido preteritivo (“prescindiendo de este caso”) o inclusivo (“aun en este caso”), aunque son posiciones gramaticalmente débiles.

Como se ve, la interpretación de la base escriturística dista de ser unánime y, en todo caso, Jesús en los textos analizados está hablando de todos los matrimonios, sin perjuicio de lo cual la Iglesia ha querido referirlo con posterioridad sólo a los matrimonios sacramentales ratos y consumados. El mandato de Jesús podría entenderse como una formulación moral dirigida contra una visión legalista del matrimonio, permisiva para el varón e injusta para la mujer. Por ello, las palabras de Jesús no podrían interpretarse sin más como una ley. De hecho, luego habría sido aplicada a las diversas circunstancias de las comunidades eclesiales, a través de reglas que buscaban mediar entre el ideal y la limitación humana156.

Así lo habría hecho Pablo en el texto citado más arriba, con el fin de preservar la “paz” (1Cor 7,15). También Mateo habría admitido el divorcio para casos de “inmoralidad sexual”, muy sensibles para su propia comunidad (Mt 19, 8-9). Marcos mantuvo la prohibición sólo para el divorcio con nuevo casamiento, pero no para la separación (Mc 10, 11-12). Lucas extendió la prohibición del Señor al soltero que quisiera casarse con una divorciada (Lc 16,18). En todos los casos, parece tratarse de una adaptación del mandato de Jesús a las exigencias de cada contexto social y cultural.


  1. ¿En el magisterio?

El tema de la indisolubilidad del matrimonio está tratado en el canon 7 del Concilio de Trento (DH 1807). Para interpretarlo es preciso recordar que los padres conciliares no tenían la intención de condenar a los católicos que habían sostenido una posición contraria (es decir, favorable a la posibilidad de nuevas nupcias de la parte inocente en caso de adulterio157), ni a la praxis de la Iglesia oriental. Sólo pretenden atacar la doctrina de Lutero, quien sostenía la disolubilidad intrínseca del matrimonio y negaba la potestad de la Iglesia para intervenir en él. Tal es, pues, el alcance de este canon: la inerrancia de la Iglesia en su doctrina sobre el divorcio cuando niega la disolubilidad intrínseca del matrimonio, o la posibilidad de nuevas nupcias en caso de adulterio. Se trata de una enseñanza cierta y común158. En conclusión, no se habla de la indisolubilidad absoluta del matrimonio rato y consumado.

  1. ¿En la argumentación teológica?

La doctrina que estudiamos se funda en que la sacramentalidad consumada hace que el vínculo matrimonial se convierta en símbolo pleno de la unión de Cristo con la Iglesia (cf. CEC 2365).

Sin embargo, “no se ve por qué la unión de estos elementos (sacramentalidad y consumación), que por sí mismos no dan una firmeza total al vínculo, constituye ya un matrimonio indisoluble”. De hecho, esta argumentación ha sido discutida en la historia de la teología159.



  1. ¿En la Tradición?

En última instancia, la doctrina de la indisolubilidad absoluta se funda en la tradición de la Iglesia occidental, que si bien durante el primer milenio fue vacilante, desde el s. XII se ha volcado claramente en este sentido.

La Iglesia de Oriente, por el contrario, se ha guiado por el principio de economía, conforme al cual, aunque el matrimonio en el Señor reclame fidelidad absoluta, las caídas y fracasos no pueden considerarse irreparables. La Iglesia debe imitar a su Señor, “administrador” misericordiosísimo de la salvación. Un segundo matrimonio no constituye el ideal, (y de hecho es comúnmente afirmado que para los ortodoxos el segundo matrimonio no es sacramental), pero aun así puede ser la mejor solución posible como prevención de males peores: “mejor es romper un matrimonio que perderse” (S. Juan Crisóstomo)160.

Es posible que, en la Iglesia occidental, la aplicación de la imagen de la unión de Cristo con la Iglesia al matrimonio, que se remonta al s. XII, comporte el peligro de “divinizar desde arriba” el amor matrimonial, resultando poco apta para contemplar la dimensión de la debilidad y el fracaso humanos161.

      1. Una búsqueda de soluciones


Partiendo de la base de la admisión de la doctrina de la indisolubilidad absoluta del matrimonio rato y consumado, se han propuesto diferentes soluciones a la dificultad que la misma plantea.

  • Nulidades. La nueva legislación canónica ha ampliado las causales de nulidad en relación con la legislación anterior, haciendo lugar a los progresos de la psicología, la antropología y otras ciencias del comportamiento humano. Pero existe el peligro de que las declaraciones de nulidad se conviertan en formas de divorcio camuflado. En este sentido, Tanto Juan Pablo II como Benedicto XVI han insistido en sus discursos a la rota romana sobre la necesidad de que los jueces utilicen criterios más bien estrictos162.

  • Interpretación de la “sacramentalidad”. Careciendo la mayoría de los contrayentes católicos de una profunda vida de fe que les permita comprender adecuadamente la dimensión sacramental del matrimonio y las consecuencias que de ella derivan, ¿no sería oportuno separar el sacramento del contrato matrimonial, permitiendo matrimonios no sacramentales entre bautizados? FC 68 se ha pronunciado en contra de esta posibilidad (cf. CIC 1055): en la medida en que los contrayentes acaten lo que la Iglesia tiene la intención de hacer cuando celebra el matrimonio, están abiertos a la acción de la gracia de Cristo que, en la preparación del sacramento, en su celebración y con posterioridad, no los dejará de favorecer y sostener.

  • Interpretación de la “consumación”. En una perspectiva personalista, difícilmente pueda atribuírsele a la realización de un solo acto conyugal la capacidad de perfeccionar la unión matrimonial. ¿No se requerirá más bien, para esta consumación, un tiempo de vida en común, en que el matrimonio haya sido vivido efectivamente como tal, manifestando en los hechos el propósito expresado verbalmente en el momento del consentimiento?163

Se trata de algunos caminos por los cuales hoy se sigue buscando interpretar el concepto de indisolubilidad de un modo humano y misericordioso, y a la vez fiel a la voluntad del Señor.

Algunos autores, por último, sostienen que la Iglesia podría superar la barrera que se ha auto-impuesto frente al matrimonio rato y consumado. De hecho la Iglesia, siguiendo a S. Pablo (1 Cor 7,8.39-40), en caso de muerte de uno de los cónyuges, ha preferido siempre que el viudo permaneciera tal (signo de una supervivencia del vínculo personal) y, sin embargo, ha aceptado (en el plano jurídico) la posibilidad segundas nupcias de los viudos. Análogamente, en caso de que, sin tratarse del supuesto de muerte, un matrimonio terminara en una separación irreversible (de hecho FC 84 reconoce que el matrimonio puede ser destruido [eversum]), y esta situación pudiera ser constatada por un órgano eclesial competente, ¿no podría el magisterio, valiéndose de su autoridad apostólica, como Pablo, declarar válidas las segundas nupcias (aunque con un menor valor sacramental), dejando luego a los expertos el problema de analizar la repercusión de las mismas sobre el primer vínculo?164 Esta solución tendría la ventaja de presentarse como un desarrollo de la propia Tradición, más que como la incorporación fragmentaria de una tradición ajena (como es la praxis de las iglesias orientales).





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