Moral sexual


Aplicación de la doctrina de HV. La importancia de las mediaciones



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Aplicación de la doctrina de HV. La importancia de las mediaciones


No se puede desconocer que la fidelidad a la doctrina de la HV puede dar lugar a situaciones dramáticas. No siempre es posible recurrir a los períodos agenésicos, sea por irregularidad de los ciclos, por circunstancias que no permiten elegir las ocasiones para el encuentro íntimo, por la falta de suficiente seguridad de este método, o por falta de preparación de uno o ambos cónyuges para llevar adelante una praxis tan exigente. Ello muestra la necesidad de recurrir a mediaciones racionales que permitan una aplicación prudencial de los principios universales a las particularidades de cada caso.
      1. La ley de la gradualidad


HV alude explícitamente al camino ascético que los cónyuges deben encarar para poder practicar la enseñanza de la Iglesia, y reconoce las dificultades implicadas en el mismo (n.20). Pero ante ellas, se limita a exhortar a los esposos a asumirlas con esperanza, confiados en la ayuda divina y en su misericordia ante las eventuales caídas (HV 25). FC va más allá. Tras llamar a los esposos a ejercitarse en el autocontrol propio de la virtud de la castidad (n.32.2), reconoce la necesidad de tener presente la “ley de la gradualidad”: la vida moral de los esposos es un camino progresivo de realización cada vez mejor lograda de los valores morales. Sin embargo, es preciso ver la ley moral

“no como un mero ideal que se puede alcanzar en el futuro, sino (...) como un mandato de Cristo Señor a superar con valentía las dificultades (...) La llamada «ley de la gradualidad» no debe confundirse con la «gradualidad de la ley», como si hubiera varios grados o formas de precepto en la ley divina para los diversos hombres y situaciones (...) todos los esposos, según el plan de Dios, están llamados a la santidad en el matrimonio» (n.34).



Esta gradualidad exige que los esposos “que los esposos reconozcan ante todo claramente la doctrina de la Humanae vitae como normativa para el ejercicio de su sexualidad y se comprometan sinceramente a poner las condiciones necesarias para observar tal norma” (ibid.). Este itinerario humano y espiritual “comporta la conciencia del pecado, el compromiso sincero a observar la ley moral y el ministerio de la reconciliación” (ibid.).
      1. Posibilidad de disenso y conflictos de deberes


Las conferencias episcopales de diferentes países, en sus orientaciones para la aplicación de la HV, han abordado también este tema139.

  • Algunas conferencias episcopales han señalado la posibilidad de disenso bajo ciertas condiciones: reconocer una presunción a favor del magisterio, adoptar una decisión seria y responsable tras una investigación diligente, mantener la adhesión a Cristo y a la Iglesia, así como el respeto al principio de autoridad (cfr. Alemania, Austria, Bélgica, USA) 140.

El fundamento de esta posibilidad se encuentra en el respeto de la conciencia moral, que es “norma próxima de la moralidad personal” (VS 60) y por lo tanto debe ser siempre seguida. Tal dignidad no se pierde en el caso de error fruto de una ignorancia invencible (VS 62-63). Pero el hecho mismo de que la conciencia no sea un juez infalible, nos indica el deber de formarla adecuadamente, purificándola de errores y prejuicios, con el fin de alcanzar la verdad en el obrar. Esa “conversión continua a la verdad y al bien” no puede realizarse sin el “servicio de la Iglesia y su magisterio” (VS 64).

  • Otras conferencias episcopales han invocado el conflicto de deberes. Así, por ejemplo, los obispos franceses: “La contracepción no puede ser nunca un bien. Siempre es un desorden, pero este desorden no es siempre culpable”. En efecto, puede suceder que en un caso concreto entren en colisión varios deberes siendo imposible cumplirlos todos. En tal caso, los esposos deberán decidir “ante Dios” cuál es el deber mayor141.

La expresión “conflicto de deberes” refleja bien la experiencia vivida en determinadas situaciones, en que la persona se encuentra en la imposibilidad de cumplir simultáneamente todas las obligaciones que pesan sobre ella. Sin embargo, dicho concepto no es fácil de conciliar con la enseñanza del magisterio pontificio en la medida en que se busca resolver el conflicto a través del principio del “mal menor”. Cuando la HV califica los actos de contracepción como intrínsecamente desordenados, está indicando que su realización conciente y voluntaria es siempre un desorden moral. Por ello, no es aplicable el principio del mal menor: nada puede justificar la realización del mal moral, ni siquiera las más graves consecuencias (cf. HV 14). Al sostener los obispos franceses que, en ciertas circunstancias, la contracepción puede constituir un mal meramente físico, contradicen claramente la enseñanza magisterial.

Juan Pablo II ha insistido en que el amor une correctamente los dos significados del acto conyugal excluyendo no sólo en teoría sino también en la práctica la “contradicción” que podría darse en este campo. No hay que hablar pues de “contradicción” sino de “dificultad”, causada por la concupiscencia.142

Pese a la perceptible tensión entre estos documentos pastorales de los episcopados locales y la doctrina de HV, los mismos no han sido desautorizados por la Santa Sede. Al parecer, se debe concluir que el conflicto ha quedado “en suspenso”143.


      1. “Intrínsecamente malo”


Ya hemos dicho, un acto se califica de “intrínsecamente malo” cuando debe ser considerado tal siempre y en toda circunstancia. Pero es importante aclarar que no se lo califica de ese modo en razón de su exterioridad física, sino interpretándolo a la luz de su contexto ético144. Pongamos un ejemplo.

Una mujer toma un anticonceptivo porque con su marido han decidido recurrir a este método para no tener más hijos, dada su precaria situación económica. Una misionera toma un anticonceptivo para evitar las consecuencias de una posible violación. Una mujer exige a su marido el uso de profilácticos porque sabe que éste, permaneciendo alejado de su hogar por largos períodos en razón de su trabajo, lleva una vida sexual promiscua. Desde el punto de vista físico estamos en los tres casos ante el mismo acto; desde el punto de vista moral debemos decir que la identidad de los tres actos es distinta. Lo que varía en estos diferentes casos es el contexto ético, que revela la dimensión interior, voluntaria del acto. En el primer caso, se trata de un acto de anticoncepción: los esposos excluyen, por un acto voluntario directo, la potencialidad procreadora del acto conyugal. En el segundo caso, estamos ante un acto de autodefensa ante una posible agresión sexual. El tercer caso puede definirse como un acto de prevención sanitaria145.

La misma consideración nos permite concluir que, en el caso de relaciones extramatrimoniales en las que se utilizan anticonceptivos, no nos encontramos ante el contexto ético de la anticoncepción al que se refiere la HV, es decir, el del amor conyugal. En las relaciones extramatrimoniales no puede existir, por definición, el amor conyugal. Por ese motivo, las parejas que mantienen ese tipo de relaciones no tienen el deber, ni tan siquiera el derecho, de abrirse a la vida en su ejercicio de la sexualidad. De ahí que su recurso a los anticonceptivos no constituye un acto culpable de “cerrarse a la vida”, que pueda agravar la ilicitud de sus relaciones. Dicho empleo, más que una causa de distorsión del amor conyugal (que en este caso no existe) es un signo del desorden moral de ese tipo de relaciones. E incluso podrían considerarse como factor atenuante de la gravedad de las mismas, ya que limita sus efectos negativos e irresponsables.

Por el mismo motivo, debemos afirmar que la licitud del recurso a los “medios terapéuticos” (HV 15), no constituye una excepción a la doctrina de la encíclica: el recurso a medios anticonceptivos con fines medicinales es un acto terapéutico, cuya identidad intencional es distinta a la de un acto de anticoncepción, ya que la voluntad no se dirige directamente a producir la infecundidad, sino a sanar una disfunción orgánica.

Del mismo modo, una deportista que toma anovulatorios por las exigencias relativas a las competencias en su disciplina, no realiza un acto de anticoncepción. Se trata de un acto intencionalmente distinto, en el cual la anticoncepción no es buscada en modo directo, sino aceptada indirectamente.

En todos los casos mencionados, la infecundidad constituye un efecto secundario, no querido directamente, y por lo tanto, en la medida en que es proporcionado, no puede ser imputado a la voluntad del sujeto, aunque desde el punto de vista físico sea efecto de su acto.

En conclusión, la ley de la gradualidad, el respeto de la conciencia personal, la atención al conflicto de deberes, y la consideración del contexto ético del obrar, son ejemplos de mediaciones racionales que, sin cuestionar la doctrina pontificia, contribuyen a una aplicación prudente de la misma que respete las exigencias de las situaciones concretas y las posibilidades de las personas involucradas.




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