Moral sexual



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El temor a la sexualidad


Desde siempre la sexualidad ha sido percibida como una realidad poderosa y, por eso mismo, peligrosa y potencialmente destructiva. Ese temor se ha expresado, a nivel religioso, en la categoría de tabú:4 aquello que inspira temor es rodeado de prohibiciones cuya trasgresión produce una “mancha” o “impureza” y genera una sanción automática (pensemos en las prohibiciones vinculadas a la sangre, contenidas en el libro del Levítico5).

Nótese que no nos estamos refiriendo exclusivamente a un tabú sociológico, es decir, a la prohibición emanada de la autoridad o del grupo social, sino en primer lugar a una realidad antropológica: la búsqueda, propia del ser humano, de un cierto dominio sobre aquello que constituye la fuente y dirección de la propia existencia.6

En el pensamiento antiguo, esta actitud negativa se expresó en el rigorismo (por ejemplo, en los estoicos, los maniqueos, y ciertas corrientes cristianas influidas por ellos). Frente al ideal de la razón y del espíritu, la sexualidad representa el reclamo del cuerpo y de la materia, que ofusca la racionalidad del hombre privándolo de su verdadera dignidad. En esta contraposición entre espíritu y cuerpo se pone de manifiesto una antropología dualista, en este caso, identificando al hombre con sus facultades superiores (espiritualismo).

    1. La atracción por la sexualidad


En el ámbito religioso, la tendencia opuesta en relación a la sexualidad se manifiesta en el mito: la sexualidad se atribuye a los dioses, para poder, de esa manera, reconciliarse con ella. Se la numiniza para poder de ese modo asimilarla y “domesticarla”. El hombre, en su actividad sexual, imita a los dioses, comulga con ellos, participa de su actividad fecundante (pensemos en el culto cananeo de la fecundidad).

En el ámbito secular, esta actitud divinizadora de la sexualidad se prolonga en el hedonismo contemporáneo. La sexualidad es vista como una realidad inofensiva, que no debe ser sometida a otra norma que no sea la de su libre disfrute, so pena de provocar represión y neurosis (W. Reich7). Subyace aquí también de una antropología dualista, esta vez de tipo materialista.

No podemos dejar de pensar en el influjo que tiene la vida contemporánea en la visión hedonista de la sexualidad. El hombre que en su vida pública se siente oprimido por los mecanismos de la sociedad (que le impone lo que ha de hacer, lo que ha de pensar, lo que ha de consumir, etc.), busca en la privacidad de la actividad sexual un desahogo y una liberación (cfr. H. Marcuse, El hombre unidimensional8).

    1. La Iglesia ante la sexualidad


En ambos casos nos hemos encontrado, pues, ante un dualismo antropológico, para el cual el sexo es una realidad puramente biológica, temida por los espiritualistas o aceptada sin reservas por los naturalistas. Frente a ellos, ¿cuál ha sido la posición de la Iglesia?

En contra de ambos extremos, la Iglesia ha sostenido una antropología tendencialmente unitaria, que está implícita en la misma Revelación (pensemos en la obvia conexión de este tema con el dogma de la resurrección de la carne). En el contexto de esta visión del hombre, la sexualidad se reconoce como esencialmente buena por ser obra de Dios (contra el espiritualismo); pero al mismo tiempo se señala su ambigüedad, derivada de nuestra condición pecadora (contra el naturalismo).

Pese a lo dicho, desde el punto de vista histórico, este mensaje no logra sustraerse del pesimismo de la cultura circundante en relación con este tema.9 Signos históricos de ello pueden encontrarse, por ejemplo, en la preferencia de la virginidad como “castidad perfecta” sobre el matrimonio, como “castidad imperfecta”; lo mismo puede decirse del concepto de “uso del matrimonio”, en un contexto en que influye fuertemente la idea estoica de que la procreación es el único fin racional de la sexualidad.

En el ámbito de la educación, esta visión negativa derivó sea en un ruidoso silencio sobre el tema, que de modo involuntario fomentaba el erotismo (que se nutre precisamente de la dialéctica “visto – no visto”), sea en un espiritualismo exagerado que favorecía la represión en vez de la integración. Paradójicamente, la misma desconfianza hacia la sexualidad puede encontrarse hoy disimulada bajo la forma de un discurso idealizado que oculta la real complejidad de la experiencia.

Esta ambigüedad histórica de la Iglesia en relación a la sexualidad humana nos hace comprender la necesidad de realizar un esfuerzo permanente de profundización en sus fundamentos antropológicos en orden a alcanzar una comprensión cada vez más adecuada de un misterio que resiste toda pretensión de objetivación exhaustiva.

Primera parte: Antropología y sexualidad

Si bien nuestra vivencia de la sexualidad la riqueza de sentido y la profundidad propia del misterio, nuestras ideas espontáneas sobre ella suelen ser fragmentarias y superficiales. Por un lado, solemos reducir la sexualidad a su aspecto biológico, concentrándonos sólo en ciertas manifestaciones exteriores de la misma. Por otro lado, tendemos a veces a imaginarla como una realidad meramente instrumental, algo a lo cual se puede “recurrir” para ciertos fines. La sexualidad humana sólo puede ser entendida adecuadamente cuando se la considera en su relación con el conjunto de la existencia del ser humano en cuanto persona, en la unidad de su ser corporal y espiritual. Por ello, no podemos dar por supuesto que sabemos cuál es el objeto de nuestro estudio. Al contrario, antes de abordar la moral sexual, debemos preguntarnos humildemente: ¿Qué es la sexualidad?


  1. La sexualidad




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