Moral sexual



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Los pecados sexuales


Aun cuando por aplicación de los criterios de valoración moral se identifica una falta sexual objetiva, queda en pie la cuestión de la responsabilidad subjetiva. ¿Cómo se articula la dimensión del acto objetivo con la dimensión personal subjetiva?
      1. Paradigma tradicional


El enfoque tradicional, que sigue el magisterio, se funda en la distinción entre moralidad objetiva y subjetiva. Según el mismo, para que haya pecado grave se requiere: materia grave; pleno conocimiento; deliberado consentimiento97. El primero es el aspecto objetivo, los dos últimos, subjetivos. Se entiende que, si la materia es grave, en la medida en que no haya impedimentos para conocer y consentir el acto, el acto constituye un pecado mortal.

1) Gravedad objetiva de los pecados sexuales. A este respecto, confirma PH la doctrina según la cual en materia sexual no hay parvedad de materia.

“según la tradición cristiana y la doctrina de la Iglesia, y como también lo reconoce la recta razón, el orden moral de la sexualidad comporta para la vida humana valores tan elevados, que toda violación directa de este orden es objetivamente grave” (n. 10)

Pese a lo dicho en el texto, esta doctrina se remonta al siglo XVII, y por lo tanto, puede considerarse relativamente reciente.98 Su fundamento racional es controvertido. PH señala los valores humanos implicados directamente en la actividad sexual: “el orden moral de la sexualidad comporta para la vida humana valores tan elevados, que toda violación directa de este orden es objetivamente grave”. Para extender esta gravedad no sólo los actos completos, sino también los incompletos, ha sido tradicional el argumento de la incoación: cualquier pecado de índole sexual pone en marcha un dinamismo que tiende al acto completo y que el sujeto se arriesga a no poder controlar.99

Ninguno de estos argumentos es concluyente para justificar que “toda violación” del orden sexual sea objetivamente grave: la importancia de esta materia y los riesgos inherentes son claros; pero si el criterio es válido para este ámbito, no queda claro por qué no habría de aplicarse también a otros aspectos de la vida moral, por ejemplo, la veracidad.



2) Responsabilidad subjetiva. Sin embargo, en PH 10 esta afirmación de que toda falta en el orden sexual es objetivamente grave, está equilibrada con la exhortación a la “cautela” en la apreciación de la responsabilidad subjetiva. Ello no significa, sin embargo, negar la posibilidad de pecado mortal (PH 10.7). PH admite el recurso a la psicología moderna, mientras no se niegue “como regla general” la existencia de responsabilidad grave (PH 9.4).

En referencia a la masturbación, el CEC sigue un criterio que puede aplicarse a otras ofensas contra la castidad: “Para emitir un juicio justo acerca de la responsabilidad moral de los sujetos y para orientar la acción pastoral, ha de tenerse en cuenta la inmadurez afectiva, la fuerza de los hábitos contraídos, el estado de angustia u otros factores psíquicos o sociales que pueden atenuar o tal vez reducir al mínimo la culpabilidad moral» (CEC 2352.2).100


      1. Una interpretación renovada


A los efectos de una interpretación actualizada de este paradigma, es preciso tener presente:

  • La apreciación del grado de responsabilidad debe realizarse a la luz de la ley del crecimiento: la maduración moral se da a través de diferentes etapas, “marcadas por la imperfección y, muy a menudo, por el pecado” (CEC 2343).

  • La doctrina preconciliar de los impedimentos en el nivel cognitivo (ignorancia, inadvertencia, error, olvido) aparece como insuficiente.101 El conocimiento de los valores tiene un marcado componente afectivo, por lo cual la percepción sólo intelectual de un valor no basta para su adecuada comprensión.102

  • En cuanto a la voluntad, los manuales preconciliares indicaban una serie de impedimentos del voluntario (concupiscencia, miedo, hábito, pasiones, etc.). La moderna psicología muestra, desde una perspectiva más amplia, la complejidad de las motivaciones del obrar humano, en el que interactúan factores conscientes e inconscientes.

A través de estos criterios se busca no ya simplemente conocer los límites de la comprensión y la libertad del obrar (los “impedimentos”), sino sobre todo descubrir el sentido de dicho obrar. El énfasis se ubica en la necesidad de una “hermenéutica del acto moral”, colocando la conducta en el contexto de la biografía del sujeto, lo cual hace justicia a su dimensión histórica y su individualidad.
  1. El matrimonio

Los fines del matrimonio. Historia de la doctrina


Hemos señalado ya la postura rigorista de los Padres de la Iglesia en materia de sexualidad y matrimonio. S. Agustín, no constituye una excepción. Sin embargo, es preciso recordar que este santo defiende una postura intermedia entre quienes afirmaban la malicia del matrimonio y la procreación (gnósticos, maniqueos) y quienes, con excesivo optimismo, negaban la concupiscencia que afecta la sexualidad (jovinianos, pelagianos). Para S. Agustín, el matrimonio es bueno pero la sexualidad, a partir del pecado original, conlleva un mal. Dicho mal sólo es excusable cuando tiene lugar con el fin exclusivo de la procreación; en lo que exceda dicho fin supone, al menos, una falta venial. Como se ve, la visión agustiniana de la sexualidad está inspirada en una forma mitigada de dualismo.

S. Tomás, a partir de la revalorización del placer que tiene lugar con el resurgimiento de la filosofía aristotélica, ya no considera la sexualidad como un mal a justificar, ya que se trata de una inclinación natural, que el hombre comparte con los animales.103 Por eso mismo, considera la procreación como la finalidad primaria del matrimonio, mientras que la unión de los esposos es el fin secundario.104

La evolución posterior del tema se orientó en un sentido liberal, afirmándose la licitud de pedir el débito conyugal para escapar a la melancolía, e incluso la licitud de los actos “imperfectos” (incompletos) como expresión de afecto. A partir del siglo XVII, sin embargo, por influencia del rigorismo jansenista, se condena todo ejercicio de la sexualidad que no esté orientado al fin procreador (cfr. Billuart).

En el siglo pasado, Pío XI (encíclica Casti connubii) reafirma la doctrina de la existencia de un fin primario y un fin secundario en el matrimonio.105 El acto completo no debe imposibilitar la función procreadora, pero confirma la licitud del recurso a los períodos estériles (agenésicos) por serios motivos (indicación médica, eugenésica, económica o social). Al mismo tiempo, rescata una idea relegada desde el Catecismo de Trento: el matrimonio como unión conyugal de amor e intimidad.106 Pío XII mantiene firmemente la doctrina de los dos fines contra algunos intentos de equipararlos dando así al amor entre los cónyuges la misma jerarquía que la procreación.

La idea del matrimonio como unión de amor entre los esposos, expresada por Pío XI, fue desarrollada por dos autores alemanes, Dietrich Von Hildebrand y Heribert Doms.107 Para este último, el fin primario de las relaciones conyugales y del matrimonio, es la comunión de amor y de vida entre los esposos, que tiende naturalmente a la procreación y educación de los hijos. En 1944, el Santo Oficio condenó la opinión de que intentaba equiparar la procreación y el amor como fines del matrimonio.108 En 1951, Pío XII se sintió obligado a intervenir nuevamente ante la difusión de tales ideas.109

El Vaticano II constituye un cambio de paradigma en el modo de concebir la institución matrimonial. GS, en efecto, supera la idea predominantemente jurídica del matrimonio (matrimonio como contrato, cf. CIC de 1917), y lo describe ante todo como una “comunidad de amor” fundada sobre la “alianza” o “pacto”, personal e irrevocable de los cónyuges, “un don libre y mutuo de sí mismos”.110

En este nuevo contexto, la doctrina de la jerarquización de fines, que seguía trasluciendo un cierto dualismo, una separación entre comunidad espiritual y entrega corporal, ya no podía sostenerse. Si bien el Concilio no trató el problema de la anticoncepción (cuyo estudio fue confiado a una comisión pontificia), sí se refirió, en nuevos términos, a los fines del matrimonio. La comisión redactora rechazó explícitamente la doctrina de la jerarquización de dichos fines.111 En consecuencia, GS 50 afirma el valor de la finalidad procreadora “sin menoscabo de los otros fines” (es decir, de la dimensión unitiva), expresión que deliberadamente excluye la idea de una prioridad.112 HV 8 y CIC 1055 tampoco mencionan una dicha jerarquía.




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