Moral sexual


Criterios para la valoración moral de la conducta sexual



Descargar 0.68 Mb.
Página17/32
Fecha de conversión10.12.2017
Tamaño0.68 Mb.
Vistas883
Descargas0
1   ...   13   14   15   16   17   18   19   20   ...   32

Criterios para la valoración moral de la conducta sexual


En la perspectiva de una ética de la virtud, el criterio fundamental para la valoración de la conducta sexual no puede ser la ley exterior. Ésta sólo expresa a través de enunciados y de modo inevitablemente parcial una realidad inmanente a la persona: el orden interior de los afectos que es obra de la razón práctica, la cual orienta la inclinación sexual hacia el bien de la persona como tal. Es ésta la referencia normativa fundamental, cuyas implicancias analizaremos a continuación.
      1. La virtud de la castidad


La virtud de la castidad, es el aspecto de la virtud de la templanza que regula el comportamiento sexual. Históricamente, esta virtud se ha visto empobrecida por una concepción legalista, que la redujo a un conjunto de normas restrictivas sobre el “uso” de la facultad sexual y la licitud del “placer venéreo”. El CEC constituye en este sentido un gran avance, al definir esta virtud en categorías personalistas, como una la vocación (2337s.) que afecta al conjunto de la vida humana y se despliega en dos dimensiones:

  1. Dimensión personal: “La castidad significa la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual” (2337). Esa integridad debe entenderse no como una armonía auto-referencial, sino como capacidad de amor: “La persona casta mantiene la integridad de las fuerzas de vida y de amor depositadas en ella” (2338).

  2. Dimensión inter-personal: “La sexualidad (...) se hace personal y verdaderamente humana cuando está integrada en la relación de persona a persona, en don mutuo total y temporalmente ilimitado del hombre y de la mujer” (2337). “La virtud de la castidad se desarrolla en la amistad” (2346); “se expresa especialmente en la amistad con el prójimo (...) conduce a la comunión espiritual” (2347). Estas afirmaciones no deben sorprendernos si reconocemos la sexualidad como la energía afectiva del amor.

Estos dos aspectos de la castidad constituyen otros tantos criterios para la valoración de las conductas sexuales.89 En continuidad con el giro personalista que se ha dado en la concepción teológica de la sexualidad a partir del Concilio, corresponde afirmar que, en la perspectiva de la virtud, el pecado consistirá en la no integración de la sexualidad en la totalidad dinámica de la persona y en la realidad del encuentro interpersonal.

Como hemos dicho anteriormente, la pureza no es sólo una virtud, sino que posee una dimensión carismática, es decir, es un don del Espíritu Santo: el don de piedad (eusebeía). Si la pureza dispone al hombre a “mantener el propio cuerpo con santidad y respeto” (1 Tes 4,3-5), la piedad asiste de modo particular a la pureza porque sensibiliza al sujeto humano ante la dignidad propia del cuerpo humano en virtud del misterio de la creación y de la redención.90 A través de este don, la castidad que se inicia como abstención de la “impureza”, permite que Dios sea glorificado en nuestro cuerpo (cf. 1 Cor 6,20). Si la primera es la función negativa de la castidad (templanza, en sentido estricto), la segunda es la función positiva en la que se pone de manifiesto en modo pleno el significado del cuerpo, y se hace una nueva experiencia del mismo.91


      1. El respeto por la totalidad de la persona. La integración afectiva


El respeto por la totalidad de la persona implica que las conductas sexuales no deben obstaculizar sino que, por el contrario, deben favorecer el despliegue equilibrado de todas las dimensiones de aquélla, en un progreso continuo hacia la realización de sus mejores posibilidades. Un comportamiento que se centre exclusivamente en la esfera física con detrimento del espíritu (ej., una vivencia hedonista de la sexualidad), o por el contrario, en el uso de la razón en detrimento del cuerpo y de los sentimientos (ej., un celibato sostenido en la represión), conlleva el peligro de la fragmentación y la deshumanización.

De ahí la importancia de la integración de la afectividad y la sexualidad en la persona. Todo proceso de integración consiste en una unificación de la complejidad, lo cual requiere tanto la existencia de un centro activo de composición de las partes, como la subordinación de las partes a la actividad de este centro. En el tema que nos ocupa, el proceso referido consiste en unificar las energías afectivo-sexuales, sin prescindir de ninguna de ellas, pero tampoco dejándolas girar en torno a sí mismas. Este centro activo de unificación es el yo en cuanto se posee a sí mismo, por la auto-posesión y el autodominio. Y esta condición, paradójicamente, sólo se verifica cuando el este yo, lejos de replegarse narcisísticamente sobre sí mismo, se abre a la auto-trascendencia de un proyecto personal de vida orientado a las otras personas y a Dios.92

Esta integración de la sexualidad en la persona comporta un esfuerzo de autoposesión, que sólo puede alcanzarse a través de un esfuerzo constante marcado también por la renuncia, no como un fin en sí misma sino como condición de posibilidad para una plena expresión de sí a través del lenguaje sexual. Se recupera así el aspecto ascético de la castidad, no como instrumento de represión indiscriminada, sino como vía a través de la cual es posible vivir el sentido pleno de la sexualidad.

      1. El respeto por el ideal de la comunión inter-personal


Así como la conducta humana debe fundarse en el respeto de la totalidad personal, debe ayudar al hombre, en su búsqueda del encuentro, a conservar el deseo abierto al otro en su totalidad, y a evitar el repliegue sobre sí. No es otra la finalidad de la integración afectiva a la que acabamos de hacer referencia: “el amor verdadero es el fruto de un crecimiento y de una integración progresiva de los diversos componentes de la sexualidad en la decisión espiritual de recíproca y total donación, que se realiza a través de una conquista gradual y la gradual superación de las propias e inevitables debilidades”.93

En consecuencia, el ejercicio de la sexualidad debe ser juzgado también por la capacidad de relación interpersonal que el mismo actúa y revela. Como hemos visto ya, la sexualidad es un lenguaje del amor (cf. supra 6.3) y únicamente realiza su sentido alcanzando el nivel de la comunicación personal. Cuando la experiencia sexual no logra esa densidad propia del encuentro personal, queda como una experiencia vacía, estéril, que genera depresión y sentimiento de culpa. Ello comporta una consideración de la sexualidad en el plano del crecimiento y la maduración de la relación inter-humana. De ello se sigue que cada expresión sexual debe ser valorada no como simplemente como un acto aislado, sino como un momento en el proceso de crecimiento y maduración hacia el ideal de la comunión interpersonal.


      1. El respeto por la naturaleza de la persona y su sexualidad


Siguiendo el principio enunciado en GS, el documento PH afirma que la valoración moral de los actos sexuales “no depende solamente de la sincera intención y apreciación de los motivos, sino de criterios objetivos tomados de la naturaleza de la persona y de sus actos”.94 La determinación del valor moral de un acto sexual requiere saber distinguir entre los motivos subjetivos y el significado del acto considerado en sí mismo: es posible, con buenos motivos, adoptar conductas cuya estructura misma es incompatible con el pleno significado de la sexualidad. Este principio se explica por lo que dijimos anteriormente: la sexualidad constituye un lenguaje, con un significado objetivo, lo cual pone un límite a la posibilidad del sujeto de atribuirle significados a su conducta sexual. No son sólo los motivos, sino el respeto de la finalidad objetiva lo que asegura la honestidad del acto (PH 5.5). Y ese respeto se verifica cuando dichos actos “guardan íntegro el sentido de la mutua entrega y de la humana procreación en el contexto del amor verdadero”.95

La visión personalista de la sexualidad que se evidencia en los criterios anteriores no se contrapone al respeto de las estructuras naturales de la persona, sino que arraiga en ellas.96 Tales estructuras no consisten en meros mecanismos fisiológicos pre-personales, porque éstos están ya integrados ontológicamente en la unidad de la persona, y tienen por naturaleza un dinamismo intrínseco propiamente humano. Si dichos mecanismos no son orientados por la libertad del hombre en esa dirección, no se convierten en dinamismos “animales” (en el animal, la pulsión está suficientemente regulada por el instinto), sino en dinamismos inhumanos. Concretamente, la falta de respeto de la estructura de la sexualidad humana, hace a esta incapaz de realizar el amor entre el hombre y la mujer en esa forma específica consistente en la unión corporal.

Esta estructura de la sexualidad posee dos significados: unitivo y procreativo, y su respeto se traduce en el reconocimiento de la inseparabilidad de los mismos. La correcta interpretación de este principio requiere ciertas aclaraciones.

      1. Inseparabilidad de los significados de la sexualidad humana


No es lo mismo hablar de significados de la sexualidad que de funciones. El significado es el sentido humano del acto sexual; la función se refiere a su eficacia actual, de hecho. La función se puede separar del acto sexual, aunque no siempre sea lícito (ej. las relaciones en períodos infértiles, o la anticoncepción). Al hablar de dos significados no nos estamos refiriendo a dos funciones meramente combinadas o yuxtapuestas. El principio de su inseparabilidad debe entenderse, pues, no en que no sea lícito separar los significados, sino en que no es posible hacerlo: los mismos se incluyen recíprocamente; cada uno sólo puede ser adecuadamente entendido por referencia al otro; la supresión de uno afecta profundamente el otro.

Para comprender esto es necesario tener en cuenta que el acto sexual es por su objeto un acto de amor y entrega corporal que está naturalmente ordenado a la procreación. Es espiritual y corporal al mismo tiempo; cuerpo y alma son principios que co-actúan en él. La procreación, para ser plenamente humana, requiere el amor espiritual, y este último, a su vez, en cuanto amor entre hombre y mujer que tiende a consumarse en la unión corporal, posee en virtud de su naturaleza, una dimensión procreativa.

Privado del significado unitivo, la procreación pierde su calidad humana. Y a su vez, como explicaremos más adelante, privado del significado procreativo, el acto sexual pierde su capacidad objetiva de expresar ese amor. La lógica de la pulsión, orientada a la propia satisfacción, ya no puede ser integrada en la lógica del espíritu, de la comunión, con lo cual se inicia un proceso desintegrador por el que ambos sujetos tienden a replegarse progresivamente sobre sí.

      1. La valoración del aspecto socio-político


A los anteriores debe incorporarse un criterio habitualmente descuidado en la ponderación de las conductas sexuales, que es su interacción con su contexto socio-político. Este criterio abarca dos aspectos:

1) La repercusión de los factores sociales en el funcionamiento de las normas y en el significado de las conductas. Por ej., según hemos visto, el carácter alienante que puede revestir el trabajo y el consumo en las sociedades modernas, puede traducirse en la vivencia de la sexualidad como ámbito de “desahogo” de la presión laboral, o como producto de consumo; la creciente regulación de amplios sectores de la vida social que lleva a la privatización del matrimonio, el cual se busca un espacio de gratuidad y autenticidad, etc.; proceso que conlleva a su vez el riesgo de ver la procreación no como una parte integrante del amor conyugal sino como un elemento accesorio; etc. Como se ve, no es posible una auténtica liberación sexual que no sea, simultáneamente, liberación cultural, social y política.

2) La referencia de las conductas sexuales al bien común. El ámbito de la sexualidad no puede ser considerado como estrictamente privado, porque conlleva inevitablemente consecuencias sociales de máxima importancia. De ahí que en todas las épocas la comunidad se haya considerado facultada para regular la vida sexual de sus miembros, en la medida en que la misma afecta la subsistencia y estructuración social, y comporta relaciones de justicia. Esta dimensión pública de la sexualidad se hace patente, en primer lugar, en el matrimonio (cf. infra 11).

Como se ve, para juzgar los comportamientos sexuales es preciso tener presentes al mismo tiempo las condiciones reales de los sujetos y los valores irrenunciables que las normas están llamadas a encarnar. Estas últimas deben ser situadas históricamente, con atención al peso objetivo de los condicionamientos socio-culturales.





    1. Compartir con tus amigos:
1   ...   13   14   15   16   17   18   19   20   ...   32


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos