Moral sexual


La normativa sexual en la Biblia y en la Tradición



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La normativa sexual en la Biblia y en la Tradición

  1. La normativa sexual en la Biblia


La Biblia no es un tratado de ética sexual; no provee respuestas precisas para todos los posibles comportamientos, aunque no vacila en tomar posición con relación a muchos de ellos. Intentaremos reunir algunos datos esenciales, en vista a su correcta lectura e interpretación.84

Las costumbres sexuales de Israel, sobre todo en los comienzos, no son muy diversas de las de los pueblos vecinos, rigiéndose por un derecho consuetudinario muy similar al de las culturas circundantes. No sorprende, entonces, la tolerancia hacia la poligamia, el divorcio y la simple fornicación, e incluso de fenómenos como la prostitución sagrada.

La llamativa diversidad de actitudes hacia el sexo que pueden ser identificadas en el AT, responden básicamente a dos sistemas simbólicos e ideológicos:


  • El primero se funda en la perspectiva del don. Todo lo que ha sido creado por Dios es bueno, santo y bendito; el don debe ser aceptado gozosamente para extenderlo a los otros según una lógica de solidaridad. Es la línea tradicional del Génesis, del Cantar de los Cantares y de los profetas.

  • El segundo sistema, en cambio, está conectado con la organización social del templo y con la forma patriarcal de matrimonio y familia. Está visión se centra en el binomio “puro-impuro”, dando lugar a toda una legislación referida, en modo particular, al cuerpo y a la sexualidad. A menudo, este esquema predomina en desmedro de la dimensión moral, que exige relaciones de paridad, igualdad, donación y amor.

Es difícil distinguir netamente entre las dos tradiciones, ya que las normas morales y rituales se mezclan de un modo inextricable. Es cierto que en la legislación del AT prevalece una visión negativa de lo sexual, considerado en cierto modo “impuro”, en especial cuando se trata de manifestaciones fisiológicas de la sexualidad humana. Pero lo que se busca sobre todo es moderar esta esfera de la vida humana y proteger el orden en la sociedad.85

Por otro lado, también es llamativa la combinación de rigidez en relación con ciertas conductas, con la indulgencia frente a otras que hoy no vacilaríamos en condenar. Al respecto, se debe recordar que la pedagogía de Yahvé se funda en la dialéctica condescendencia-exigencia. La revelación del significado profundo de la sexualidad se va dando progresivamente, en un proceso de interiorización. Al mismo tiempo es preciso reconocer que la ley, mientras buscaba combatir el pecado, contenía en sí e incluso protegía ciertas “estructuras sociales de pecado”, como hemos visto en el caso del adulterio y la poligamia (cf. supra 7.2).86

En el NT existen indicaciones morales acerca de la gestión de la vida sexual, aunque en términos genéricos que no contienen precisiones ni detalles.87 Con frecuencia, estas normas aparecen bajo la forma de catálogos de vicios y virtudes, provenientes del tardo judaísmo con influencias helenísticas (Gal 5,16-26; Ef 4,25ss.; Col 3,18ss.). Existen también indicaciones operativas con motivo de problemas que se plantea la comunidad (1 Cor 6,12 – 7,40), o de situaciones concretas (1 Cor 5; 2 Cor 5,11), que procuran ser respuestas desde el mensaje de Cristo, aunque trasunten también influencias ideológicas y culturales.

La cuestión de fondo es, en definitiva, qué es lo que debe buscarse en la Biblia a los efectos de una ética de la sexualidad. En la S. Escritura encontramos orientaciones globales sobre el sentido de la sexualidad, y también normas específicas. Entre ellas, algunas, sobre todo negativas, tienen carácter universal, mientras que otras dependen estrechamente del contexto cultural. Aun en relación con estas últimas, el trabajo hermenéutico debe procurar sacar a la luz el modelo interpretativo subyacente, que en el contexto de la revelación opera el pasaje entre el significado global de la sexualidad y las conductas concretas.


      1. La normativa sexual en la Tradición


Hemos dicho ya que la revelación permitió a la Iglesia evitar, en línea de principio, los peligros opuestos de condenar la sexualidad como tal, o de afirmar su bondad de un modo ingenuo. Sin embargo, también respecto de la tradición eclesial resulta difícil discriminar entre lo que forma parte del auténtico mensaje revelado y lo que es producto de incrustaciones culturales e ideológicas inconsistentes con el mismo. El cristianismo, en el dominio de la sexualidad, ha tenido un efecto liberador, pero también ha contribuido a generar un clima represivo, muchas cuyas consecuencias se siguen haciendo sentir en el presente.

Desde la época patrística, la normativa ética en el campo sexual se encuentra fuertemente condicionada por el ambiente cultural de la época. Es mérito de los Padres el haber puesto de relieve valores cristianos como la virginidad y la castidad conyugal, y de haber individualizado, a la luz de la revelación, criterios concretos de comportamiento aplicables a las nuevas situaciones. Pero el influjo del dualismo helenístico, en particular del neoplatonismo y del estoicismo, puede observarse con claridad en una valoración negativa del acto conyugal y un pesimismo global en relación con la sexualidad, manifiesto en una concepción restrictiva de la castidad y en la exaltación del ascetismo como medio para una vida más pura y dedicada a la contemplación. La rigidez resultante, se explica también como reacción al contexto ambiental, caracterizado por la decadencia de las costumbres.

Se debe esperar a la gran escolástica medieval para dar comienzo a una progresiva superación del rigorismo del pasado en pos de una valoración ética más positiva de la sexualidad. S. Alberto, bajo la influencia de Aristóteles, pone de relieve el carácter natural y honesto de la relación conyugal y del placer, que en modo normal acompaña el ejercicio de toda función natural. Con él, entra en la consideración moral la naturaleza del hombre como soporte de la ética sexual, conexión que S. Tomás desarrolla ulteriormente, inscribiendo el tema de la sexualidad en el ámbito de la virtud, y más concretamente, en el cuadro de la virtud de la templanza. Ello no afecta el carácter absoluto del imperativo ético que vincula el uso de la sexualidad al matrimonio y a la finalidad procreadora, pero permite superar la tendencia rigorista de la tradición precedente.

En el marco de la moral casuística, que se desarrolla desde el s. XVII, el criterio fundamental para la definición del pecado sexual es de orden rígidamente biológico. La referencia esencial es, entonces, el uso desordenado de la facultad generativa, y la búsqueda y aceptación desordenada del placer venéreo. El orden sexual era determinado mediante el recurso a la naturaleza y a la finalidad biológica del acto sexual, que es la función procreadora. Es esta doctrina la que se difunde en los manuales, redactados para instruir a los confesores.

Fundándose en estos presupuestos extremadamente rigurosos, la doctrina tradicional de los moralistas, sobre todo a partir de S. Alfonso, ha considerado que el acto de lujuria, completa e incompleta (externa o interna) directamente y en sí mismo voluntario, es pecado mortal ex toto genere suo, no admitiendo, por lo tanto, en el ámbito de la sexualidad, la parvedad de materia.

Un cambio profundo de perspectiva se ha producido gracias a la adquisición relativamente reciente de una concepción más amplia y personalista de la antropología sexual. El Concilio Vaticano II ha inaugurado una nueva era con relación a los problemas de la sexualidad. La persona humana comienza a ser considerada como el centro de integración de los diversos componentes del sexo, llamando la atención sobre la cualidad humana de las variadas expresiones sexuales, y sobre la necesidad de prestar atención a sus componentes sociales y comunitarios (cf. GS 47-52). Análoga impostación de fondo, al menos en línea de principio, encontramos como hemos visto ya en el documento Persona humana, en el cual la sexualidad es considerada sobretodo en relación al desarrollo de la persona y de la comunidad humana (cf. PH 1). Otros documentos señalarán de un modo más explícito la gradualidad de este proceso.88





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