Moral sexual


Sexualidad y misterio pascual



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Sexualidad y misterio pascual


La misma “hermenéutica del don”77 que nos ha permitido remontar el significado esponsalicio del cuerpo al misterio de la creación, nos permite vincularlo al misterio de redención, es decir, al misterio pascual, y encontrar en él su plena realización. Con esta afirmación no nos referimos sólo al mensaje de Jesús sobre la sexualidad y su desarrollo en el NT, sino también al tema (poco explorado todavía) de la vivencia de la sexualidad en la persona misma de Jesús. En efecto, si Jesús es hombre y no sólo Dios, ello significa que tiene una sexualidad, y contemplar el modo con que Jesús ha vivido esa dimensión puede ser muy iluminador para la vida del creyente.78

Pese a la ausencia de referencias explícitas, lo que hemos dicho anteriormente acerca del aporte de Lacan a la comprensión de la sexualidad puede ayudarnos a buscar en el Evangelio indicaciones sobre la sexualidad de Jesús. En Jesús, la castidad (en sentido psicológico, y también moral) se manifiesta, por ejemplo, en que su conducta no presenta vestigios de miedo a los otros, en especial, de miedo al otro sexo, o de rechazo de la vida. Lo acompañaban mujeres que lo seguían y servían. Una de ellas le lavó los pies con sus cabellos. No temía dejarse tocar. Vivía y trabajaba con otros hombres. Con su madre y José sus relaciones eran de amor, respeto y obediencia, pero sin perder la capacidad de poner distancia cuando era necesario (cf. Lc 2,49 ; Mt 12,46-50). Su vínculo con sus discípulos era sano. Ocupaba, a la vez, el lugar de maestro y también de servidor; compañero de todos los días y responsable de sus vidas. Sus actitudes revelan un equilibrio entre distancia (ej., oración en la montaña) y proximidad (lavatorio de los pies).

Y en todas estas relaciones, Él permanecía extremadamente libre y entregado totalmente a su Padre y a la misión que le había sido confiada. La castidad de Jesús, como toda castidad auténtica, es capacidad de don, de atención y de libertad. Pero en Él esa capacidad de don de sí a través del cuerpo adquiere una profundidad inaudita, de modo que su sexualidad se convierte en modelo de la sexualidad humana.79

En efecto, Jesús, en la Última Cena, hace don de su cuerpo: “Esto es mi cuerpo entregado por ustedes”, gesto que realiza en modo supremo aquello que constituye el sentido último de la sexualidad humana, el don del propio cuerpo, es decir, de la propia existencia, transformar en don lo que se ha recibido como don.80 Esta dimensión pascual de la sexualidad, la revela Jesús de modo paradigmático en la cruz, en el acto de entregar su vida por amor a Dios y a los hombres.

Si la Pascua lleva a su plena realización el sentido de la sexualidad humana, es claro que el camino hacia Dios no implica en modo alguno la represión o la supresión del eros. Éste, según el concepto platónico, no se limita a la atracción sexual (como indica el significado común) sino a la fuerza interior que impulsa al hombre hacia todo lo que es bueno, verdadero y bello.81 Ciertamente, por su misma dinámica, implica el riesgo de ensimismamiento, y apropiación o cosificación de la persona amada, pero es al mismo tiempo la energía que impulsa al hombre hacia Dios, y que por lo tanto está llamada a permanecer, aunque purificada e integrada en el dinamismo oblativo del ágape divino.82

    1. Sexualidad y misterio trinitario


Por último, y la línea del mismo dinamismo del don, el sentido pascual y eucarístico de la sexualidad humana encuentra su raíz última en la intimidad del misterio trinitario. En efecto, lo que funda la castidad de Jesús es la relación con su Padre: Jesús vive su sexualidad en el contexto de su relación con el Padre, y por lo tanto, a partir de su conciencia filial. Es en virtud de ella, que Jesús ve su existencia corporal no como algo poseído desde sí mismo, sino como un don recibido del Padre que no puede ser poseído para sí, sino que debe transformarse por la acción del Espíritu Santo en don entregado al Padre y a los hombres.

Es claro, entonces, que el misterio de la sexualidad humana sólo puede ser comprendido en su última profundidad a la luz del misterio trinitario. No existe una vía puramente espiritual para acceder a la participación en la vida trinitaria. El camino obligado para todo ser humano es el de su propia sexualidad. Es a través de ella donde el cristiano da forma concreta, existencial, a su conciencia filial, aprendiendo progresivamente bajo la moción del Espíritu, a hacer entrega de su propio cuerpo. Precisamente, en esta configuración con la entrega de Cristo en la Eucaristía el creyente ejercita el verdadero “culto espiritual” (cf. Rom 12,1). En este sentido, dice un autor:

“El dominio de sí que necesitamos en el celibato para rechazar las tentaciones y resistir el mal nace de nuestra acogida del Amor indefectible del Padre. Si nos hace falta combatir tentaciones carnales, por ejemplo, o dominar pulsiones sexuales más o menos perversas, ello se logra no tanto castigando nuestro cuerpo o evitando encuentros peligrosos (…) sino manteniéndonos bajo la mirada del Padre.”83

  1. Teología moral y sexualidad


Hasta aquí hemos tratado de componer un concepto integral de la sexualidad humana, en un recorrido que partiendo de sus más elementales manifestaciones empíricas pusiera de manifiesto su última profundidad antropológica y teológica. En base a esta visión, debemos estudiar ahora la sexualidad como llamado a la libertad del sujeto en orden a la construcción de sí y a la comunión, es decir, la sexualidad como tarea ética, en la que se realiza en plenitud o fracasa trágicamente el sentido de la propia existencia. En primer lugar, tras recoger los elementos más relevantes de la visión (o visiones) de la moral sexual en la Biblia y en la Tradición, formularemos criterios para la valoración moral de las conductas sexuales, que no constituyan meros límites exteriores a las mismas sino que respondan a su sentido intrínseco. En segundo lugar, estudiaremos los criterios para determinar la gravedad objetiva y la imputabilidad subjetiva de los pecados sexuales.



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